Su Santidad

SAN JUAN PABLO II

promulgó el

CATECISMO

DE LA

IGLESIA CATÓLICA

el 11 de octubre de 1992

La edición típica latina fue promulgada por él mismo

el 15 de agosto de 1997

Esta edición electrónica es conforme

a la edición típica de 1997

Textos tomados de

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ÍNDICE SINTÉTICO

(Con hipervínculos en todos los apartados)

Prólogo

Primera parte: La profesión de la fe

- El Credo

Segunda parte: La celebración del misterio cristiano

- Los siete sacramentos

Tercera parte: La vida en Cristo

- Los diez mandamientos

Cuarta parte: La oración cristiana

- El “Padre nuestro”

ÍNDICE ANALÍTICO

Siglas

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ÍNDICE GENERAL

(Con hipervínculos en todos los apartados)

Presentación de esta edición electrónica del Catecismo

Carta apostólica Laetamur magnopere para promulgar la edición típica latina

Constitución apostólica Fidei Depositum para promulgar el Catecismo

Prólogo

I.

LA VIDA DEL HOMBRE: CONOCER Y AMAR A DIOS

II.

TRANSMITIR LA FE: LA CATEQUESIS

III.

FIN Y DESTINATARIOS DE ESTE CATECISMO

IV.

LA ESTRUCTURA DEL ―CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA‖

- Primera parte: la profesión de la fe

- Segunda parte: Los sacramentos de la fe

- Tercera parte: La vida según la fe

- Cuarta parte: La oración en la vida de la fe

V.

INDICACIONES PRÁCTICAS PARA EL USO DE ESTE CATECISMO

VI.

LAS NECESARIAS ADAPTACIONES

- Por encima de todo, la caridad

PRIMERA PARTE

LA PROFESIÓN DE LA FE

PRIMERA SECCION:

“CREO”, “CREEMOS

CAPITULO PRIMERO:

EL HOMBRE ES "CAPAZ" DE DIOS

I.

EL DESEO DE DIOS

II.

LAS VÍAS DE ACCESO AL CONOCIMIENTO DE DIOS

III.

EL CONOCIMIENTO DE DIOS SEGÚN LA IGLESIA

IV.

¿COMO HABLAR DE DIOS?

CAPITULO SEGUNDO:

DIOS AL ENCUENTRO DEL HOMBRE

Artículo 1. LA REVELACION DE DIOS

I.

DIOS REVELA SU DESIGNIO AMOROSO

II.

LAS ETAPAS DE LA REVELACIÓN

- Desde el origen, Dios se da a conocer

- La alianza con Noé

- Dios elige a Abraham

- Dios forma a su pueblo Israel

III. CRISTO JESÚS, "MEDIADOR Y PLENITUD DE TODA LA

REVELACION"

- Dios ha dicho todo en su Verbo

- No habrá otra revelación

Artículo 2. LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACION DIVINA

I.

LA TRADICION APOSTOLICA

- La predicación apostólica...

- … continuada en la sucesión apostólica

II.

LA RELACIÓN ENTRE LA TRADICIÓN Y LA SAGRADA ESCRITURA

- Una fuente común...

- … dos modos distintos de transmisión

- Tradición apostólica y tradiciones eclesiales

III.

LA INTERPRETACIÓN DEL DEPÓSITO DE LA FE

- El depósito de la fe confiado a toda la Iglesia

- El Magisterio de la Iglesia

- Los dogmas de la fe

- El sentido sobrenatural de la fe

- El crecimiento en la inteligencia de la fe

Artículo 3. LA SAGRADA ESCRITURA

I.

CRISTO, PALABRA ÚNICA DE LA SAGRADA ESCRITURA

II.

INSPIRACION Y VERDAD DE LA SAGRADA ESCRITURA

III.

EL ESPÍRITU SANTO, INTÉRPRETE DE LA ESCRITURA

- El sentido de la Escritura

IV.

EL CANON DE LAS ESCRITURAS

- El Antiguo Testamento

- El Nuevo Testamento

- La unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento

V.

LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA

CAPITULO TERCERO:

LA RESPUESTA DEL HOMBRE A DIOS

Artículo 1. CREO

I.

LA OBEDIENCIA DE LA FE

- Abraham, "el padre de todos los creyentes"

- María: "Dichosa la que ha creído"

II.

"YO SE EN QUIEN TENGO PUESTA MI FE"

- Creer solo en Dios

- Creer en Jesucristo, el Hijo de Dios

- Creer en el Espíritu Santo

III.

LAS CARACTERISTICAS DE LA FE

- La fe es una gracia

- La fe es un acto humano

- La fe y la inteligencia

- La libertad de la fe

- La necesidad de la fe

- La perseverancia en la fe

- La fe, comienzo de la vida eterna

Artículo 2. CREEMOS

I.

"MIRA, SEÑOR, LA FE DE TU IGLESIA"

II.

EL LENGUAJE DE LA FE

III.

UNA SOLA FE

EL CREDO

SEGUNDA SECCION

LA PROFESION DE LA FE CRISTIANA

LOS SIMBOLOS DE LA FE

CAPITULO PRIMERO:

CREO EN DIOS PADRE

Artículo 1. “CREO EN DIOS, PADRE TODOPODEROSO, CREADOR DEL

CIELO Y DE LA TIERRA”

Párrafo 1. CREO EN DIOS

I.

"CREO EN UN SOLO DIOS"

II.

DIOS REVELA SU NOMBRE

- El Dios vivo

- "Yo soy el que soy"

- "Dios misericordioso y clemente"

- Solo Dios ES

III.

DIOS, "EL QUE ES", ES VERDAD Y AMOR

- Dios es la Verdad

- Dios es Amor

IV.

CONSECUENCIAS DE LA FE EN EL DIOS UNICO

Párrafo 2. EL PADRE

I.

"EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPIRITU SANTO"

II.

LA REVELACION DE DIOS COMO TRINIDAD

- El Padre revelado por el Hijo

- El Padre y el Hijo revelados por el Espíritu

III.

LA SANTISIMA TRINIDAD EN LA DOCTRINA DE LA FE

- La formación del dogma trinitario

- El dogma de la Santísima Trinidad

IV.

LAS OBRAS DIVINAS Y LAS MISIONES TRINITARIAS

Párrafo 3. EL TODOPODEROSO

- "Todo cuanto le place, lo realiza"

- "Te compadeces de todos porque lo puedes todo"

- El misterio de la aparente impotencia de Dios

Párrafo 4. EL CREADOR

I.

LA CATEQUESIS SOBRE LA CREACIÓN

II.

LA CREACION: OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

III.

―EL MUNDO HA SIDO CREADO PARA LA GLORIA DE DIOS‖

IV.

EL MISTERIO DE LA CREACION

- Dios crea por sabiduría y por amor

- Dios crea ―de la nada‖

- Dios crea un mundo ordenado y bueno

- Dios transciende la creación y está presente en ella

- Dios mantiene y conduce la creación

V.

DIOS REALIZA SU DESIGNIO: LA DIVINA PROVIDENCIA

- La providencia y las causas segundas

- La providencia y el escándalo del mal

Párrafo 5. EL CIELO Y LA TIERRA

I.

LOS ANGELES

- La existencia de los ángeles, verdad de fe

- Quiénes son los ángeles

- Cristo "con todos sus ángeles"

- Los ángeles en la vida de la Iglesia

II.

EL MUNDO VISIBLE

Párrafo 6. EL HOMBRE

I.

"A IMAGEN DE DIOS"

II.

―CORPORE ET ANIMA UNUS‖

III.

―HOMBRE Y MUJER LOS CREO‖

- Igualdad y diferencia queridas por Dios

- ―El uno para el otro‖, ―una unidad de dos‖

IV.

EL HOMBRE EN EL PARAISO

Párrafo 7. LA CAIDA

I.

DONDE ABUNDO EL PECADO, SOBREABUNDO LA GRACIA

- La realidad del pecado

- El pecado original: verdad esencial de la fe

- Para leer el relato de la caída

II.

LA CAIDA DE LOS ANGELES

III.

EL PECADO ORIGINAL

- La prueba de la libertad

- El primer pecado del hombre

- Consecuencias del pecado de Adán para la humanidad

- Un duro combate...

IV.

―NO LO ABANDONASTE AL PODER DE LA MUERTE‖

CAPITULO SEGUNDO:

CREO EN JESUCRISTO, HIJO UNICO DE DIOS

- La Buena Nueva: Dios ha enviado a su Hijo

- "Anunciar... la inescrutable riqueza de Cristo"

- En el centro de la catequesis: Cristo

Artículo 2. “Y EN JESUCRISTO, SU UNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR”

I.

JESUS

II.

CRISTO

III.

HIJO UNICO DE DIOS

IV.

SEÑOR

Artículo 3. JESUCRISTO “FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL

ESPIRITU SANTO Y NACIO DE SANTA MARIA VIRGEN"

Párrafo 1. EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE

I.

POR QUE EL VERBO SE HIZO CARNE

II.

LA ENCARNACION

III.

VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE

IV.

COMO ES HOMBRE EL HIJO DE DIOS

- El alma y el conocimiento humano de Cristo

- La voluntad humana de Cristo

- El verdadero cuerpo de Cristo

- El Corazón del Verbo encarnado

Párrafo 2. ―... CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO, NACIO

DE SANTA MARIA VIRGEN‖

I.

CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO…

II.

... NACIO DE LA VIRGEN MARIA

- La predestinación de María

- La Inmaculada Concepción

- ―Hágase en mí según tu palabra…‖

- La maternidad divina de María

- La virginidad de María

- María, la "siempre Virgen"

- La maternidad virginal de María en el designio de Dios

Párrafo 3. LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO

I.

TODA LA VIDA DE CRISTO ES MISTERIO

- Los rasgos comunes en los Misterios de Jesús

- Nuestra comunión en los Misterios de Jesús

II.

LOS MISTERIOS DE LA INFANCIA Y DE LA VIDA OCULTA DE JESUS

- Los preparativos

- El Misterio de Navidad

- Los Misterios de la Infancia de Jesús

- Los misterios de la vida oculta de Jesús

III.

LOS MISTERIOS DE LA VIDA PÚBLICA DE JESUS

- El Bautismo de Jesús

- Las Tentaciones de Jesús

- "El Reino de Dios está cerca"

- El anuncio del Reino de Dios

- Los signos del Reino de Dios

- "Las llaves del Reino"

- Una visión anticipada del Reino: La Transfiguración.

- La subida de Jesús a Jerusalén

- La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

Artículo 4. JESUCRISTO “PADECIO BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,

FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO”

Párrafo 1. JESUS E ISRAEL

I.

JESUS Y LA LEY

II.

JESUS Y EL TEMPLO

III.

JESUS Y LA FE DE ISRAEL EN EL DIOS UNICO

Y SALVADOR

Párrafo 2. JESUS MURIO CRUCIFICADO

I.

EL PROCESO DE JESUS

- Divisiones de las autoridades judías respecto a Jesús

- Los Judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús

- Todos los pecadores fueron los autores de la Pasión de Cristo

II.

LA MUERTE REDENTORA DE CRISTO EN EL DESIGNIO DIVINO DE

SALVACION

- "Jesús entregado según el preciso designio de Dios"

- "Muerto por nuestros pecados según las Escrituras"

- "Dios le hizo pecado por nosotros"

- Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

III.

CRISTO SE OFRECIÓ A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS

- Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre

- "El cordero que quita el pecado del mundo"

- Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre

- Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida

- La agonía de Getsemaní

- La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo

- Jesús reemplaza nuestra desobediencia con su obediencia

- En la cruz, Jesús consuma su sacrificio

- Nuestra participación en el sacrificio de Cristo

Párrafo 3. JESUCRISTO FUE SEPULTADO

- El cuerpo de Cristo en el sepulcro

- "No dejarás que tu santo vea la corrupción"

- "Sepultados con Cristo ... "

Artículo 5. "JESUCRISTO DESCENDIO A LOS INFIERNOS, AL TERCER DIA

RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS"

Párrafo 1. JESUS DESCENDIO A LOS INFIERNOS

Párrafo 2. AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS

I.

ACONTECIMIENTO HISTORICO Y TRANSCENDENTE

- El sepulcro vacío

- Las apariciones del Resucitado

- El estado de la humanidad resucitada de Cristo

- La resurrección como acontecimiento transcendente

II.

LA RESURRECCION OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

III.

SENTIDO Y ALCANCE SALVIFICO DE LA RESURRECCION

Artículo 6. “JESUCRISTO SUBIO A LOS CIELOS, Y ESTA SENTADO A LA

DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO”

Artículo 7. “DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS”

I.

VOLVERA EN GLORIA

- Cristo reina ya mediante la Iglesia ...

- ... esperando que todo le sea sometido

- El glorioso advenimiento de Cristo, esperanza de Israel

- La última prueba de la Iglesia

II.

PARA JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS

CAPITULO TERCERO:

CREO EN EL ESPIRITU SANTO

Artículo 8. “CREO EN EL ESPIRITU SANTO”

I.

LA MISION CONJUNTA DEL HIJO Y DEL ESPIRITU

II.

NOMBRE, APELATIVOS Y SIMBOLOS DEL ESPIRITU SANTO

- El nombre propio del Espíritu Santo

- Los apelativos del Espíritu Santo

- Los símbolos del Espíritu Santo

III.

EL ESPIRITU Y LA PALABRA DE DIOS EN EL TIEMPO DE LAS

PROMESAS

- En la Creación

- El Espíritu de la promesa

- En las Teofanías y en la Ley

- En el Reino y en el Exilio

- La espera del Mesías y de su Espíritu

IV.

EL ESPIRITU DE CRISTO EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

- Juan, Precursor, Profeta y Bautista

- ―Alégrate, llena de gracia‖

- Cristo Jesús

V.

EL ESPIRITU Y LA IGLESIA EN LOS ULTIMOS TIEMPOS

- Pentecostés

- El Espíritu Santo, El Don de Dios

- El Espíritu Santo y la Iglesia

Articulo 9. “CREO EN LA SANTA IGLESIA CATOLICA”

Párrafo 1. LA IGLESIA EN EL DESIGNIO DE DIOS

I.

NOMBRES E IMAGENES DE LA IGLESIA

- Símbolos de la Iglesia

II.

ORIGEN, FUNDACION Y MISION DE LA IGLESIA

- Un designio nacido en el corazón del Padre

- La Iglesia, prefigurada desde el origen del mundo

- La Iglesia, preparada en la Antigua Alianza

- La Iglesia, instituida por Cristo Jesús

- La Iglesia, manifestada por el Espíritu Santo

- La Iglesia, consumada en la gloria

III.

EL MISTERIO DE LA IGLESIA

- La Iglesia, a la vez visible y espiritual

- La Iglesia, Misterio de la unión de los hombres con Dios

- La Iglesia, sacramento universal de la salvación

Párrafo 2. LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS, CUERPO DE CRISTO, TEMPLO DEL

ESPIRITU SANTO

I.

LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS

- Las características del Pueblo de Dios

- Un pueblo sacerdotal, profético y real

II.

LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO

- La Iglesia es comunión con Jesús

- ―Un solo cuerpo‖

- Cristo, Cabeza de este Cuerpo

- La Iglesia es la Esposa de Cristo

III.

LA IGLESIA, TEMPLO DEL ESPIRITU SANTO

- Los carismas

Párrafo 3. LA IGLESIA ES UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA

I.

LA IGLESIA ES UNA

- "El sagrado Misterio de la Unidad de la Iglesia" (UR 2)

- Las heridas de la unidad

- Hacia la unidad

II.

LA IGLESIA ES SANTA

III.

LA IGLESIA ES CATOLICA

- Qué quiere decir ―católica‖

- Cada una de las Iglesias particulares es "católica"

- Quién pertenece a la Iglesia católica

- La Iglesia y los no cristianos

- "Fuera de la Iglesia no hay salvación"

- La misión, exigencia de la catolicidad de la Iglesia

IV.

LA IGLESIA ES APOSTÓLICA

- La misión de los apóstoles

- Los obispos sucesores de los apóstoles

- El apostolado

Párrafo 4. LOS FIELES DE CRISTO: JERARQUIA, LAICOS, VIDA CONSAGRADA

I.

LA CONSTITUCION JERARQUICA DE LA IGLESIA

- Razón del ministerio eclesial

- El colegio episcopal y su cabeza, el Papa

- La misión de enseñar

- La misión de santificar

- La misión de gobernar

II.

LOS FIELES CRISTIANOS LAICOS

- La vocación de los laicos

- La participación de los laicos en la misión sacerdotal de Cristo

- Su participación en la misión profética de Cristo

- Su participación en la misión real de Cristo

III.

LA VIDA CONSAGRADA

- Consejos evangélicos, vida consagrada

- Un gran árbol, múltiples ramas

- La vida eremítica

- Las vírgenes y las viudas consagradas

- La vida religiosa

- Los institutos seculares

- Las sociedades de vida apostólica

- Consagración y misión: anunciar al Rey que viene

Párrafo 5. LA COMUNION DE LOS SANTOS

I.

LA COMUNION DE LOS BIENES ESPIRITUALES

II.

LA COMUNION ENTRE LA IGLESIA DEL CIELO Y LA DE LA TIERRA

Párrafo 6. MARIA, MADRE DE CRISTO, MADRE DE LA IGLESIA

I.

LA MATERNIDAD DE MARIA RESPECTO DE LA IGLESIA

- Totalmente unida a su Hijo...

- ... también en su Asunción ...

- ... ella es nuestra Madre en el orden de la gracia

II.

EL CULTO A LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

III.

MARIA, ICONO ESCATOLOGICO DE LA IGLESIA

Artículo 10. "CREO EN EL PERDON DE LOS PECADOS"

I.

UN SOLO BAUTISMO PARA EL PERDON DE LOS PECADOS

II.

LA POTESTAD DE LAS LLAVES

Artículo 11. "CREO EN LA RESURRECCION DE LA CARNE"

I.

LA RESURRECCION DE CRISTO Y LA NUESTRA

- Revelación progresiva de la Resurrección

- Cómo resucitan los muertos

- Resucitados con Cristo

II.

MORIR EN CRISTO JESUS

- La muerte

- El sentido de la muerte cristiana

Artículo 12. “CREO EN LA VIDA ETERNA”

I.

EL JUICIO PARTICULAR

II.

EL CIELO

III.

LA PURIFICACION FINAL O PURGATORIO

IV.

EL INFIERNO

V.

EL JUICIO FINAL

VI.

LA ESPERANZA DE LOS CIELOS NUEVOS Y DE LA TIERRA NUEVA

“AMEN”

SEGUNDA PARTE

LA CELEBRACIÓN DEL MISTERIO CRISTIANO

- Razón de ser de la liturgia

- Significación de la palabra "Liturgia"

- La liturgia como fuente de Vida

- Oración y Liturgia

- Catequesis y Liturgia

PRIMERA SECCION:

LA ECONOMIA SACRAMENTAL

CAPITULO PRIMERO:

EL MISTERIO PASCUAL EN EL TIEMPO DE LA IGLESIA

Artículo 1. LA LITURGIA, OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

I.

EL PADRE, FUENTE Y FIN DE LA LITURGIA

II.

LA OBRA DE CRISTO EN LA LITURGIA

- Cristo glorificado...

- ...desde la Iglesia de los Apóstoles...

- ...está presente en la Liturgia terrena...

- ...la cual participa de la Liturgia celestial.

III.

EL ESPIRITU SANTO Y LA IGLESIA EN LA LITURGIA

- El Espíritu Santo prepara a recibir a Cristo

- El Espíritu Santo recuerda el Misterio de Cristo

- El Espíritu Santo actualiza el Misterio de Cristo

- La comunión en el Espíritu Santo

Artículo 2. EL MISTERIO PASCUAL EN LOS SACRAMENTOS DE LA

IGLESIA

I.

SACRAMENTOS DE CRISTO

II.

SACRAMENTOS DE LA IGLESIA

III.

SACRAMENTOS DE LA FE

IV.

SACRAMENTOS DE LA SALVACION

V.

SACRAMENTOS DE LA VIDA ETERNA

CAPITULO SEGUNDO:

LA CELEBRACION SACRAMENTAL DEL MISTERIO PASCUAL

Artículo 1. CELEBRAR LA LITURGIA DE LA IGLESIA

I.

¿QUIEN CELEBRA?

- Los celebrantes de la Liturgia celestial

- Los celebrantes de la liturgia sacramental

II.

¿COMO CELEBRAR?

- Signos y símbolos

- Palabras y acciones

- Canto y música

- Imágenes sagradas

III.

¿CUANDO CELEBRAR?

- El tiempo litúrgico

- El día del Señor

- El año litúrgico

- El santoral en el año litúrgico

- La Liturgia de las Horas

IV.

¿DONDE CELEBRAR?

Artículo 2. DIVERSIDAD LITURGICA Y UNIDAD DEL MISTERIO

- Tradiciones litúrgicas y catolicidad de la Iglesia

- Liturgia y culturas

SEGUNDA SECCION:

LOS SIETE SACRAMENTOS DE LA IGLESIA

CAPITULO PRIMERO:

LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACION CRISTIANA

Artículo 1. EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

I.

EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO

II.

EL BAUTISMO EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION

- Las prefiguraciones del Bautismo en la Antigua Alianza

- El Bautismo de Cristo

- El Bautismo en la Iglesia

III.

LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

- La iniciación cristiana

- La mistagogia de la celebración

IV.

QUIEN PUEDE RECIBIR EL BAUTISMO

- El Bautismo de adultos

- El Bautismo de niños

- Fe y Bautismo

V.

QUIEN PUEDE BAUTIZAR

VI.

NECESIDAD DEL BAUTISMO

VII.

LA GRACIA DEL BAUTISMO

- Para la remisión de los pecados

- ―Una criatura nueva‖

- Incorporados a la Iglesia, Cuerpo de Cristo

- Vínculo sacramental de la unidad de los cristianos

- Sello espiritual indeleble...

Artículo 2. EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACION

I.

LA CONFIRMACION EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION

- Dos tradiciones: Oriental y Occidental

II.

LOS SIGNOS Y EL RITO DE LA CONFIRMACION

- La celebración de la Confirmación

III.

LOS EFECTOS DE LA CONFIRMACION

IV.

QUIEN PUEDE RECIBIR ESTE SACRAMENTO

V.

EL MINISTRO DE LA CONFIRMACION

Artículo 3. EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTIA

I.

LA EUCARISTIA, FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA ECLESIAL

II.

EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO

III.

LA EUCARISTIA EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION

- Los signos del pan y del vino

- La institución de la Eucaristía

- "Haced esto en memoria mía"

IV.

LA CELEBRACION LITURGICA DE LA EUCARISTIA

- La misa de todos los siglos

- El desarrollo de la celebración

V.

EL SACRIFICIO SACRAMENTAL: ACCION DE GRACIAS,

MEMORIAL, PRESENCIA.

- La acción de gracias y la alabanza al Padre

- El memorial sacrificial de Cristo y de su Cuerpo, que es la Iglesia

- La presencia de Cristo por el poder de su Palabra y del Espíritu Santo

VI.

EL BANQUETE PASCUAL

- ―Tomad y comed todos de él‖: la comunión

- Frutos de la comunión

VII.

LA EUCARISTIA, "PIGNUS FUTURAE GLORIAE"

CAPITULO SEGUNDO:

LOS SACRAMENTOS DE CURACION

Artículo 4. EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE LA

RECONCILIACION

I.

EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO

II.

POR QUÉ UN SACRAMENTO DE LA RECONCILIACION

DESPUES DEL BAUTISMO

III.

LA CONVERSION DE LOS BAUTIZADOS

IV.

LA PENITENCIA INTERIOR

V.

DIVERSAS FORMAS DE PENITENCIA EN LA VIDA CRISTIANA

VI.

EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACION

- Sólo Dios perdona el pecado

- Reconciliación con la Iglesia

- El sacramento del perdón

VII.

LOS ACTOS DEL PENITENTE

- La contrición

- La confesión de los pecados

- La satisfacción

VIII. EL MINISTRO DE ESTE SACRAMENTO

IX.

LOS EFECTOS DE ESTE SACRAMENTO

X.

LAS INDULGENCIAS

- Qué son las indulgencias

- Las penas del pecado

- En la comunión de los santos

- La indulgencia de Dios se obtiene por medio de la Iglesia

XI.

LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

Artículo 5. LA UNCION DE LOS ENFERMOS

I.

FUNDAMENTOS DE ESTE SACRAMENTO EN LA ECONOMIA DE LA

SALVACION

- La enfermedad en la vida humana

- El enfermo ante Dios

- Cristo, médico

- ―Sanad a los enfermos‖

- Un sacramento de los enfermos

II.

QUIEN RECIBE Y QUIEN ADMINISTRA ESTE SACRAMENTO

- En caso de grave enfermedad ...

- "...llame a los presbíteros de la Iglesia"

III.

LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO

IV.

EFECTOS DE LA CELEBRACION DE ESTE SACRAMENTO

V.

EL VIÁTICO, ÚLTIMO SACRAMENTO DEL CRISTIANO

CAPITULO TERCERO:

LOS SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD

Artículo 6. EL SACRAMENTO DEL ORDEN

I.

EL NOMBRE DE SACRAMENTO DEL ORDEN

II.

EL SACRAMENTO DEL ORDEN EN LA ECONOMIA DE LA

SALVACION

- El sacerdocio de la Antigua Alianza

- El único sacerdocio de Cristo

- Dos modos de participar en el único sacerdocio de Cristo

- In persona Christi Capitis...

- ―In nomine totius Ecclesiae‖

III.

LOS TRES GRADOS DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

- La ordenación episcopal, plenitud del sacramento del Orden

- La ordenación de los presbíteros - cooperadores de los obispos

- La ordenación de los diáconos, ―en orden al ministerio‖

IV.

LA CELEBRACION DE ESTE SACRAMENTO

V.

EL MINISTRO DE ESTE SACRAMENTO

VI.

QUIEN PUEDE RECIBIR ESTE SACRAMENTO

VII.

EFECTOS DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

- El carácter indeleble

- La gracia del Espíritu Santo

Artículo 7. EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

I.

EL MATRIMONIO EN EL PLAN DE DIOS

- El matrimonio en el orden de la creación

- El matrimonio bajo la esclavitud del pecado

- El matrimonio bajo la pedagogía de la antigua Ley

- El matrimonio en el Señor

- La virginidad por el Reino de Dios

II.

LA CELEBRACION DEL MATRIMONIO

III.

EL CONSENTIMIENTO MATRIMONIAL

- Matrimonios mixtos y disparidad de culto

IV.

LOS EFECTOS DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

- El vínculo matrimonial

- La gracia del sacramento del matrimonio

V.

BIENES Y LAS EXIGENCIAS DEL AMOR CONYUGAL

- Unidad e indisolubilidad del matrimonio

- La fidelidad del amor conyugal

- La apertura a la fecundidad

VI.

LA IGLESIA DOMESTICA

CAPITULO CUARTO:

OTRAS CELEBRACIONES LITURGICAS

Artículo 1. LOS SACRAMENTALES

- Características de los sacramentales

- Diversas formas de sacramentales

- La religiosidad popular

Artículo 2. LAS EXEQUIAS CRISTIANAS

I.

LA ÚLTIMA PASCUA DEL CRISTIANO

II.

LA CELEBRACION DE LAS EXEQUIAS

TERCERA PARTE

LA VIDA EN CRISTO

PRIMERA SECCION:

LA VOCACION DEL HOMBRE: LA VIDA EN EL ESPIRITU

CAPITULO PRIMERO:

LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

Artículo 1. EL HOMBRE IMAGEN DE DIOS

Artículo 2. NUESTRA VOCACION A LA BIENAVENTURANZA

I.

LAS BIENAVENTURANZAS

II.

EL DESEO DE FELICIDAD

III.

LA BIENAVENTURANZA CRISTIANA

Artículo 3. LA LIBERTAD DEL HOMBRE

I.

LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD

II.

LA LIBERTAD HUMANA EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION

Artículo 4. LA MORALIDAD DE LOS ACTOS HUMANOS

I.

FUENTES DE LA MORALIDAD

II.

ACTOS BUENOS Y ACTOS MALOS

Artículo 5. LA MORALIDAD DE LAS PASIONES

I.

LAS PASIONES

II.

PASIONES Y VIDA MORAL

Artículo 6. LA CONCIENCIA MORAL

I.

EL DICTAMEN DE LA CONCIENCIA

II.

LA FORMACION DE LA CONCIENCIA

III.

DECIDIR EN CONCIENCIA

IV.

EL JUICIO ERRONEO

Artículo 7. LAS VIRTUDES

I.

LAS VIRTUDES HUMANAS

- Distinción de las virtudes cardinales

- Las virtudes y la gracia

II.

LAS VIRTUDES TEOLOGALES

- La fe

- La esperanza

- La caridad

III.

DONES Y FRUTOS DEL ESPIRITU SANTO

Artículo 8. EL PECADO

I.

LA MISERICORDIA Y EL PECADO

II.

DEFINICION DEL PECADO

III.

DIVERSIDAD DE PECADOS

IV.

LA GRAVEDAD DEL PECADO: PECADO MORTAL Y VENIAL

V.

LA PROLIFERACION DEL PECADO

CAPITULO SEGUNDO:

LA COMUNIDAD HUMANA

Artículo 1. PERSONA Y SOCIEDAD

I.

EL CARACTER COMUNITARIO DE LA VOCACION HUMANA

II.

LA CONVERSION Y LA SOCIEDAD

Artículo 2. PARTICIPACION EN LA VIDA SOCIAL

I.

LA AUTORIDAD

II.

EL BIEN COMUN

III.

RESPONSABILIDAD Y PARTICIPACION

Artículo 3. JUSTICIA SOCIAL

I.

EL RESPETO DE LA PERSONA HUMANA

II.

IGUALDAD Y DIFERENCIAS ENTRE LOS HOMBRES

III.

LA SOLIDARIDAD HUMANA

CAPITULO TERCERO:

LA SALVACION DE DIOS: LA LEY Y LA GRACIA

Artículo 1. LA LEY MORAL

I.

LA LEY MORAL NATURAL

II.

LA LEY ANTIGUA

III.

LA LEY NUEVA O LEY EVANGELICA

Artículo 2. GRACIA Y JUSTIFICACION

I.

LA JUSTIFICACION

II.

LA GRACIA

III.

EL MERITO

IV.

LA SANTIDAD CRISTIANA

Artículo 3. LA IGLESIA, MADRE Y MAESTRA

I.

VIDA MORAL Y MAGISTERIO DE LA IGLESIA

II.

LOS MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA

III

VIDA MORAL Y TESTIMONIO MISIONERO

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

SEGUNDA SECCION:

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

- ―Maestro, ¿qué he de hacer…?‖

- El Decálogo en la Sagrada Escritura

- El Decálogo en la Tradición de la Iglesia

- La unidad del Decálogo

- El Decálogo y la ley natural

- La obligación del Decálogo

- "Sin mí no podéis hacer nada"

CAPITULO PRIMERO:

“AMARAS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZON,

CON TODA TU ALMA Y CON TODAS TUS FUERZAS”

Artículo 1. EL PRIMER MANDAMIENTO

I.

―ADORARAS AL SEÑOR TU DIOS, Y LE SERVIRAS‖

- La fe

- La esperanza

- La caridad

II.

―A EL SOLO DARAS CULTO‖

- La adoración

- La oración

- El sacrificio

- Promesas y votos

- El deber social de la religión y el derecho a la libertad religiosa

III.

―NO HABRA PARA TI OTROS DIOSES DELANTE DE MI‖

- La superstición

- La idolatría

- Adivinación y magia

- La irreligión

- El ateísmo

- El agnosticismo

IV.

―NO TE HARAS ESCULTURA ALGUNA...‖

Artículo 2. EL SEGUNDO MANDAMIENTO

I.

EL NOMBRE DEL SEÑOR ES SANTO

II.

TOMAR EL NOMBRE DEL SEÑOR EN VANO

III.

EL NOMBRE CRISTIANO

Artículo 3. EL TERCER MANDAMIENTO

I.

EL DIA DEL SABADO

II.

EL DIA DEL SEÑOR

- El día de la Resurrección: la nueva creación

- El domingo, plenitud del sábado

- La Eucaristía dominical

- La obligación del Domingo

- Día de gracia y de descanso

CAPITULO SEGUNDO:

“AMARAS A TU PROJIMO COMO A TI MISMO”

Artículo 4. EL CUARTO MANDAMIENTO

I.

LA FAMILIA EN EL PLAN DE DIOS

- Naturaleza de la familia

- La familia cristiana

II.

LA FAMILIA Y LA SOCIEDAD

III.

DEBERES DE LOS MIEMBROS DE LA FAMILIA

- Deberes de los hijos

- Deberes de los padres

IV.

LA FAMILIA Y EL REINO DE DIOS

V.

LAS AUTORIDADES EN LA SOCIEDAD CIVIL

- Deberes de las autoridades civiles

- Deberes de los ciudadanos

- La comunidad política y la Iglesia

Artículo 5. EL QUINTO MANDAMIENTO

I.

EL RESPETO DE LA VIDA HUMANA

- El testimonio de la historia sagrada

- La legítima defensa

- El homicidio voluntario

- El aborto

- La eutanasia

- El suicidio

II.

EL RESPETO DE LA DIGNIDAD DE LAS PERSONAS

- El respeto del alma del prójimo: el escándalo

- El respeto de la salud

- El respeto de la persona y la investigación científica

- El respeto de la integridad corporal

- El respeto a los muertos

III.

LA DEFENSA DE LA PAZ

- La paz

- Evitar la guerra

Artículo 6. EL SEXTO MANDAMIENTO

I.

―HOMBRE Y MUJER LOS CREO...‖

II.

LA VOCACION A LA CASTIDAD

- La integridad de la persona

- La totalidad del don de sí

- Los diversos géneros de la castidad

- Las ofensas a la castidad

- Castidad y homosexualidad

III.

EL AMOR DE LOS ESPOSOS

- La fidelidad conyugal

- La fecundidad del matrimonio

- El don del hijo

IV.

LAS OFENSAS A LA DIGNIDAD DEL MATRIMONIO

- El divorcio

- Otras ofensas a la dignidad del matrimonio

Artículo 7. EL SEPTIMO MANDAMIENTO

I.

EL DESTINO UNIVERSAL Y LA PROPIEDAD PRIVADA DE LOS

BIENES

II.

EL RESPETO DE LAS PERSONAS Y DE SUS BIENES

- El respeto de los bienes ajenos

- El respeto de la integridad de la creación

III.

LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

IV.

ACTIVIDAD ECONOMICA Y JUSTICIA SOCIAL

V.

JUSTICIA Y SOLIDARIDAD ENTRE LAS NACIONES

VI.

EL AMOR A LOS POBRES

Artículo 8. EL OCTAVO MANDAMIENTO

I.

VIVIR EN LA VERDAD

II.

"DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD"

III.

OFENSAS A LA VERDAD

IV.

EL RESPETO DE LA VERDAD

V.

EL USO DE LOS MEDIOS DE COMUNICACION SOCIAL

VI.

VERDAD, BELLEZA Y ARTE SACRO

Artículo 9. EL NOVENO MANDAMIENTO

I.

LA PURIFICACION DEL CORAZON

II.

EL COMBATE POR LA PUREZA

Artículo 10. EL DECIMO MANDAMIENTO

I.

EL DESORDEN DE LA CONCUPISCENCIA

II.

LOS DESEOS DEL ESPIRITU

III.

LA POBREZA DE CORAZON

IV.

"QUIERO VER A DIOS"

CUARTA PARTE

LA ORACIÓN CRISTIANA

PRIMERA SECCION:

LA ORACION EN LA VIDA CRISTIANA

¿QUE ES LA ORACION?

- La oración como don de Dios

- La oración como Alianza

- La oración como Comunión

CAPITULO PRIMERO:

LA REVELACION DE LA ORACION

VOCACION UNIVERSAL A LA ORACION

Artículo 1. EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

- La creación, fuente de la oración

- La Promesa y la oración de la fe

- Moisés y la oración del mediador

- David y la oración del rey

- Elías, los profetas y la conversión del corazón

- Los Salmos, oración de la asamblea

Artículo 2. EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

- Jesús ora

- Jesús enseña a orar

- Jesús escucha la oración

- La oración de la Virgen María

Artículo 3. EN EL TIEMPO DE LA IGLESIA

I.

LA BENDICION Y LA ADORACION

II.

LA ORACION DE PETICION

III.

LA ORACION DE INTERCESION

IV.

LA ORACION DE ACCION DE GRACIAS

V.

LA ORACION DE ALABANZA

CAPITULO SEGUNDO:

LA TRADICION DE LA ORACION

Artículo 1. LAS FUENTES DE LA ORACION

- La Palabra de Dios

- La Liturgia de la Iglesia

- Las virtudes teologales

- "Hoy"

Artículo 2. EL CAMINO DE LA ORACION

- La oración al Padre

- La oración a Jesús

- ―Ven, Espíritu Santo‖

- En comunión con la Santa Madre de Dios

Artículo 3. MAESTROS Y LUGARES DE ORACION

- Una pléyade de testigos

- Servidores de la oración

- Lugares favorables para la oración

CAPITULO TERCERO:

LA VIDA DE ORACION

Artículo 1. EXPRESIONES DE LA ORACION

I.

LA ORACION VOCAL

II.

LA MEDITACION

III.

LA ORACION CONTEMPLATIVA

Artículo 2. EL COMBATE DE LA ORACION

I.

OBSTACULOS PARA LA ORACION

II.

LA HUMILDE VIGILANCIA DEL CORAZÓN

- Frente a las dificultades de la oración

- Frente a las tentaciones en la oración

III.

LA CONFIANZA FILIAL

- Queja por la oración no escuchada

- Para que nuestra oración sea eficaz

IV.

PERSEVERAR EN EL AMOR

LA ORACION DE LA HORA DE JESUS

SEGUNDA SECCION:

LA ORACION DEL SEÑOR: "PADRE NUESTRO"

Artículo 1. “RESUMEN DE TODO EL EVANGELIO”

I.

CORAZON DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS

II.

―LA ORACION DEL SEÑOR‖

III.

ORACION DE LA IGLESIA

Artículo 2. “PADRE NUESTRO QUE ESTAS EN EL CIELO”

I.

ACERCARSE A EL CON TODA CONFIANZA

II.

―¡PADRE!‖

III.

PADRE ―NUESTRO‖

IV.

―QUE ESTAS EN EL CIELO‖

Artículo 3. LAS SIETE PETICIONES

I.

―SANTIFICADO SEA TU NOMBRE‖

II.

―VENGA A NOSOTROS TU REINO‖

III.

―HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO‖

IV.

―DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DIA‖

V.

―PERDONA NUESTRAS OFENSAS COMO TAMBIEN NOSOTROS

PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN‖

- ―Perdona nuestras ofensas…‖

- ―… como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden‖

VI.

―NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACION‖

VII.

―Y LIBRANOS DEL MAL‖

LA DOXOLOGIA FINAL

Presentación de esta edición electrónica

del Catecismo de la Iglesia Católica

Esta nueva edición electrónica del Catecismo de la Iglesia Católica

(que se ofrece en formatos PDF, EPUB Y MOBI) permite, por sus

características, un uso más fácil y fecundo del documento. Como

novedades incluye:

• Un índice general completo, con hipervínculos en todos los apartados,

que posibilita el acceso inmediato a cualquier lugar del documento.

• Hipervínculos para regresar desde los títulos del cuerpo del Catecismo

al apartado correspondiente del índice general.

• El índice analítico, como lo encontramos en el texto impreso de la

edición típica, que supone una gran ayuda para estudiar o consultar temas

concretos.

• En la versión en PDF, que es la más completa, se incluyen los números

marginales, tomados también de la editio typica. Esto favorece la

profundización en los temas estudiados, acudiendo a lugares

complementarios en que el Catecismo trata sobre esa misma materia.

• Finalmente se añade, también en la versión en PDF, unas instrucciones

de uso del documento, con el fin de ayudar a los que están menos

familiarizados con la utilización de este tipo de archivos, así como para

presentar algunos consejos para sacarles el máximo provecho.

Quiera Dios que, por intercesión de la Santísima Virgen María y de su

esposo San José, esta nueva edición electrónica del Catecismo contribuya a

la difusión de este inestimable documento, don providencial de Dios a su

Iglesia.

CARTA APOSTÓLICA

«LAETAMUR MAGNOPERE»

por la que se aprueba la edición típica latina

del Catecismo de la Iglesia Católica

A los Venerables Hermanos Cardenales, Patriarcas, Arzobispos,

Obispos, Presbíteros, Diáconos y demás miembros del Pueblo de Dios

JUAN PABLO II, OBISPO,

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS

PARA PERPETUA MEMORIA

Es motivo de gran alegría la publicación de la edición típica latina del

Catecismo de la Iglesia Católica, que apruebo y promulgo con esta Carta

apostólica, y que se convierte así en el texto definitivo de dicho Catecismo.

Esto tiene lugar casi cinco años después de la promulgación de la

Constitución Apostólica Fidei depositum, del día 11 de octubre de 1992, la

cual encabezaba la publicación del texto del Catecismo universal,

redactado en lengua francesa, y editado con ocasión del trigésimo

aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II.

Todos hemos podido comprobar felizmente la acogida positiva general

y la vasta difusión que el Catecismo ha tenido durante estos años,

especialmente en las Iglesias particulares, que han procedido a la

traducción a sus respectivas lenguas, para hacerlo más accesible a las

diversas comunidades lingüísticas del mundo. Este hecho confirma cuán

oportuna fue la petición que me presentó la Asamblea extraordinaria del

Sínodo de los Obispos de 1985, proponiéndome que se elaborara un

Catecismo o compendio de toda la doctrina católica, tanto de la fe como de

la moral.

Con la citada Constitución Apostólica, que conserva aún hoy su validez

y actualidad, y encuentra su aplicación definitiva en la presente edición

típica, aprobé y promulgué el Catecismo, que fue elaborado por la

correspondiente Comisión de cardenales y obispos instituida en 1986.

Esta edición la ha preparado una Comisión formada por miembros de

los diversos dicasterios de la Sede Apostólica, que constituí con dicha

finalidad en 1993. Presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, dicha

comisión ha trabajado asiduamente para cumplir el mandato recibido. Ha

dedicado particular atención al examen de las numerosas propuestas de

modificación de los contenidos del texto, que durante estos años han

llegado de varias partes del mundo y de diferentes componentes del ámbito

eclesial.

A este respecto, se puede notar oportunamente que el envío tan

considerable de propuestas de mejora manifiesta, en primer lugar, el

notable interés que el Catecismo ha suscitado en todo el mundo, incluso en

ambientes no cristianos. Confirma, además, la finalidad del Catecismo de

presentarse como una exposición completa e íntegra de la doctrina católica,

gracias a lo cual, cualquiera pueda conocer aquello que la Iglesia profesa y

celebra, lo que vive y ora en su quehacer diario. Al mismo tiempo, muestra

el gran esfuerzo de todos por querer ofrecer su contribución, para que la fe

cristiana, cuyos contenidos esenciales y fundamentales se resumen en el

Catecismo, pueda presentarse en nuestros días a los hombres de nuestro

tiempo del modo más adecuado posible. A través de esta colaboración

múltiple y complementaria de los diversos miembros de la Iglesia se

realiza así, una vez más, cuanto escribí en la Constitución Apostólica Fidei

depositum: «El concurso de tantas voces expresa verdaderamente lo que se

puede llamar sinfonía de la fe»[1].

También por estos motivos, la comisión ha tomado en seria

consideración las propuestas enviadas, las ha examinado atentamente a

través de las diversas instancias, y ha sometido a mi aprobación sus

conclusiones. He aprobado estas conclusiones en la medida en que

permiten expresar mejor los contenidos del Catecismo respecto al depósito

de la fe católica, o formular algunas verdades de la misma fe del modo más

conveniente a las exigencias de la catequesis actual. Y, por tanto, han

entrado a formar parte de la presente edición típica latina. Esta repite

fielmente los contenidos doctrinales que presenté oficialmente a la Iglesia

y al mundo en diciembre de 1992. Con esta promulgación de la edición

típica latina concluye, pues, el camino de elaboración del Catecismo,

comenzado en 1986, y se cumple felizmente el deseo de la referida

Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos. La Iglesia dispone

ahora de esta nueva exposición autorizada de la única y perenne fe

apostólica, que servirá de «instrumento válido y legítimo al servicio de la

comunión eclesial» y de «regla segura para la enseñanza de la fe», así

como de «texto de referencia seguro y auténtico» para la elaboración de los

catecismos locales [2].

En esta presentación auténtica y sistemática de la fe y de la doctrina

católica la catequesis encontrará un camino plenamente seguro para

presentar con renovado impulso a los hombres de nuestro tiempo el

mensaje cristiano en todas y cada una de sus partes. Todo catequista podrá

recibir de este texto una sólida ayuda para transmitir, en el ámbito de la

Iglesia local, el único y perenne depósito de la fe, tratando de conjugar, con

la ayuda del Espíritu Santo, la admirable unidad del misterio cristiano con

la multiplicidad de las necesidades y de las condiciones de vida de aquellos

a quienes va destinado este anuncio. Toda la actividad catequética podrá

experimentar un nuevo y amplio impulso en el Pueblo de Dios si acierta a

valorar y a utilizar rectamente este Catecismo postconciliar.

Todo esto resulta aún más importante hoy en los umbrales del tercer

milenio. En efecto, es urgente un compromiso extraordinario de

evangelización, para que todos puedan conocer y acoger el anuncio del

Evangelio, y cada uno pueda llegar «a la madurez de la plenitud de Cristo»

( Ef 4, 13).

Por tanto, exhorto encarecidamente a mis venerables hermanos en el

episcopado, a quienes de manera especial queda encomendado el

Catecismo de la Iglesia Católica, para que, aprovechando esta notable

ocasión de la promulgación de la edición típica, intensifiquen su

compromiso a favor de una mayor difusión del texto, y, sobre todo, de su

cordial acogida, como don privilegiado para las comunidades a ellos

encomendadas, las cuales podrán redescubrir aún más las inagotables

riquezas de la fe.

Quiera Dios que, gracias al compromiso concorde y complementario de

todos los sectores que componen el Pueblo de Dios, el Catecismo sea

conocido y aceptado por todos, para que se fortalezca y se propague hasta

los confines del mundo la unidad en la fe que tiene su modelo y principio

supremo en la unidad trinitaria.

A María, Madre de Cristo, a quien hoy celebrarnos elevada al cielo en

cuerpo y alma, encomiendo estos deseos, a fin de que se realicen para el

bien de toda la humanidad.

Castelgandolfo, 15 de agosto de 1997, año decimonoveno de mi

pontificado.

IOANNES PAULUS PP II.

––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

[1] Cf. Juan Pablo II, Cost. ap. Fidei depositum, 2.

[2] Cf. Juan Pablo II, Cost. ap. Fidei depositum, 4.

CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA

«FIDEI DEPOSITUM»

por la que se promulga y establece,

después del Concilio Vaticano II,

y con carácter de instrumento de derecho público,

el Catecismo de la Iglesia Católica

A los Venerables Hermanos Cardenales, Arzobispos, Obispos, Presbíteros,

Diáconos y demás miembros del Pueblo de Dios

JUAN PABLO II, OBISPO,

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS

PARA PERPETUA MEMORIA

1. Introducción

Conservar el depósito de la fe es la misión que el Señor confió a su

Iglesia y que ella realiza en todo tiempo. El Concilio Ecuménico Vaticano

II, inaugurado hace treinta años por mi predecesor Juan XXIII, de feliz

memoria, tenía como propósito y deseo hacer patente la misión apostólica

y pastoral de la Iglesia, y conducir a todos los hombres, mediante el

resplandor de la verdad del Evangelio, a la búsqueda y acogida del amor de

Cristo que está sobre toda cosa (cf. Ef 3, 19).

A esta asamblea el Papa Juan XXIII le fijó como principal tarea la de

custodiar y explicar mejor el depósito precioso de la doctrina cristiana, con

el fin de hacerlo más accesible a los fieles de Cristo y a todos los hombres

de buena voluntad. Para ello, el Concilio no debía comenzar por condenar

los errores de la época, sino, ante todo, debía dedicarse a mostrar

serenamente la fuerza y la belleza de la doctrina de la fe. «Confiamos que

la Iglesia —decía él—, iluminada por la luz de este Concilio, crecerá en

riquezas espirituales, cobrará nuevas fuerzas y mirará sin miedo hacia el

futuro [...]; debemos dedicarnos con alegría, sin temor, al trabajo que exige

nuestra época, prosiguiendo el camino que la Iglesia ha recorrido desde

hace casi veinte siglos» [1].

Con la ayuda de Dios, los padres conciliares pudieron elaborar, a lo

largo de cuatro años de trabajo, un conjunto considerable de exposiciones

doctrinales y directrices pastorales ofrecidas a toda la Iglesia. Pastores y

fieles encuentran en ellas orientaciones para la «renovación de

pensamiento, de actividad, de costumbres, de fuerza moral, de renovación

de alegría y de la esperanza, que ha sido el objetivo del Concilio» [2].

Desde su clausura, el Concilio no ha cesado de inspirar la vida eclesial.

En 1985, yo pude afirmar: «Para mí —que tuve la gracia especial de

participar en él y colaborar activamente en su desarrollo—, el Vaticano II

ha sido siempre, y es de una manera particular en estos años de mi

pontificado, el punto constante de referencia de toda mi acción pastoral, en

un esfuerzo consciente por traducir sus directrices en aplicaciones

concretas y fieles, en el seno de cada Iglesia particular y de toda la Iglesia

Católica. Es preciso volver sin cesar a esa fuente» [3]

En este espíritu, el 25 de enero de 1985 convoqué una asamblea

extraordinaria del Sínodo de los Obispos, con ocasión del vigésimo

aniversario de la clausura del Concilio. El fin de esta asamblea era dar

gracias y celebrar los frutos espirituales del concilio Vaticano II,

profundizando en sus enseñanzas para una más perfecta adhesión a ellas y

promoviendo el conocimiento y aplicación de las mismas por parte de

todos los fieles cristianos.

En la celebración de esta asamblea, los padres del Sínodo expresaron el

deseo de que fuese redactado un Catecismo o compendio de toda la

doctrina católica, tanto sobre la fe como sobre la moral, que sería como el

punto de referencia para los catecismos o compendios que se redacten en

los diversos países. La presentación de la doctrina debería ser bíblica y

litúrgica, exponiendo una doctrina segura y, al mismo tiempo, adaptada a

la vida actual de los cristianos [4]. Desde la clausura del Sínodo, hice mío

este deseo juzgando que «responde enteramente a una verdadera necesidad

de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares»[5].

De todo corazón hay que dar gracias al Señor, en este día en que

podemos ofrecer a toda la Iglesia, con el título de «Catecismo de la Iglesia

católica», este «texto de referencia» para una catequesis renovada en las

fuentes vivas de la fe.

Tras la renovación de la Liturgia y el nuevo Código de Derecho

Canónico de la Iglesia latina y de los Cánones de las Iglesias Orientales

Católicas, este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de

renovación de la vida eclesial, promovida y llevada a la práctica por el

Concilio Vaticano II.

2. Itinerario y espíritu de la preparación del texto

El Catecismo de la Iglesia católica es fruto de una amplísima

colaboración. Es el resultado de seis años de trabajo intenso, llevado a cabo

en un espíritu de atenta apertura y con perseverante ánimo.

El año 1986, confié a una Comisión de doce cardenales y obispos,

presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, la tarea de preparar un proyecto

del Catecismo solicitado por los padres sinodales. Un Comité de redacción

de siete obispos de diócesis, expertos en teología y en catequesis, fue

encargado de realizar el trabajo junto a la Comisión.

La Comisión, encargada de dar directrices y de velar por el desarrollo

de los trabajos, ha seguido atentamente todas las etapas de la redacción de

las nueve versiones sucesivas. El Comité de redacción, por su parte, recibió

el encargo de escribir el texto, de introducir en él las modificaciones

indicadas por la Comisión y de examinar las observaciones que numerosos

teólogos y maestros en la presentación de la doctrina cristiana, diversas

instituciones y, sobre todo, obispos del mundo entero, formularon en orden

al perfeccionamiento el texto. Los miembros del Comité redactor han

llevado a cabo su tarea en un intercambio enriquecedor y fructuoso que ha

contribuido a garantizar la unidad y homogeneidad del texto.

El proyecto fue objeto de una amplia consulta a todos los obispos

católicos, a sus Conferencias Episcopales o Sínodos, a institutos de

teología y de catequesis. En su conjunto, el proyecto recibió una acogida

considerablemente favorable por parte de los obispos. Puede decirse

ciertamente que este Catecismo es fruto de la colaboración de todo el

Episcopado de la Iglesia católica, que ha acogido cumplidamente mi

invitación a corresponsabilizarse en una iniciativa que atañe de cerca a toda

la vida eclesial. Esa respuesta suscita en mí un profundo sentimiento de

gozo, porque el concurso de tantas voces expresa verdaderamente lo que se

puede llamar s infonía de la fe. Aún más, la realización de este Catecismo

refleja la naturaleza colegial del Episcopado: atestigua la catolicidad de la

Iglesia.

3. Distribución de la materia

Un Catecismo debe presentar fiel y orgánicamente la enseñanza de la

Sagrada Escritura, de la Tradición viva de la Iglesia y del Magisterio

auténtico, así como la herencia espiritual de los Padres, de los santos y

santas de la Iglesia, para que se conozcan mejor los misterios cristianos y

se reavive la fe del Pueblo de Dios. Debe recoger aquellas explicitaciones

de la doctrina que el Espíritu Santo ha sugerido a la Iglesia a lo largo de los

siglos. Es preciso también que ayude a iluminar con la luz de la fe las

situaciones nuevas y los problemas que en el pasado aún no se habían

planteado.

El Catecismo, por tanto, contiene «lo nuevo y lo viejo» (cf. Mt 13, 52),

pues la fe es siempre la misma y fuente siempre de luces nuevas.

Para responder a esa doble exigencia, el Catecismo de la Iglesia

católica, por una parte recoge el orden antiguo, tradicional, y seguido ya

por el Catecismo de san Pío V, dividiendo el contenido en cuatro partes:

el Credo, la Sagrada Liturgia, con los Sacramentos en primer plano;

el obrar cristiano, expuesto a partir de los mandamientos, y, finalmente,

la oración cristiana. Pero, al mismo tiempo, es expresado con frecuencia

de una forma «nueva», con el fin de responder a los interrogantes de

nuestra época.

Las cuatro partes se articulan entre sí: el misterio cristiano es el objeto

de la fe (primera parte); es celebrado y comunicado mediante acciones

litúrgicas (segunda parte); está presente para iluminar y sostener a los hijos

de Dios en su obrar (tercera parte); es el fundamento de nuestra oración,

cuya expresión principal es el "Padre Nuestro", que expresa el objeto de

nuestra súplica, nuestra alabanza y nuestra intercesión (cuarta parte).

La liturgia es, por sí misma, oración; la confesión de fe tiene su justo

lugar en la celebración del culto. La gracia, fruto de los sacramentos, es la

condición insustituible del obrar cristiano, igual que la participación en la

liturgia de la Iglesia requiere la fe. Si la fe no se concreta en obras

permanece muerta (cf. St 2, 14-26). Y no puede dar frutos de vida eterna.

En la lectura del Catecismo de la Iglesia católica se puede percibir la

admirable unidad del misterio de Dios, de su designio de salvación, así

como el lugar central de Jesucristo, Hijo único de Dios, enviado por el

Padre, hecho hombre en el seno de la Virgen María por el Espíritu Santo,

para ser nuestro Salvador. Muerto y resucitado, está siempre presente en su

Iglesia, particularmente en los Sacramentos; es la fuente de la fe, el modelo

del obrar cristiano y el Maestro de nuestra oración.

4. Valor doctrinal del texto

El Catecismo de la Iglesia católica que aprobé el 25 de junio pasado, y

cuya publicación ordeno hoy en virtud de la autoridad apostólica, es la

exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas e

iluminadas por la sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio

de la Iglesia. Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y

como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial.

Dios quiera que sirva para la renovación a la que el Espíritu Santo llama

sin cesar a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en peregrinación a la luz sin

sombra del Reino.

Aprobar el Catecismo de la Iglesia católica, y publicarlo con carácter de

instrumento de derecho público pertenece al ministerio que el sucesor de

Pedro quiere prestar a la Santa Iglesia Católica, a todas las Iglesias

particulares en paz y comunión con la Sede Apostólica: es decir, el

ministerio de sostener y confirmar la fe de todos los discípulos del Señor

Jesús (cf. Lc 22, 32), así como fortalecer los lazos de unidad en la misma fe

apostólica.

Pido, por tanto, a los pastores de la Iglesia, y a los fieles, que reciban

este Catecismo con espíritu de comunión y lo utilicen constantemente

cuando realicen su misión de anunciar la fe y llamar a la vida evangélica.

Este Catecismo les es dado para que les sirva de texto de referencia seguro

y auténtico en la enseñanza de la doctrina católica, y muy particularmente,

para la composición de los catecismos locales. Se ofrece también, a todos

aquellos fieles que deseen conocer mejor las riquezas inagotables de la

salvación (cf. Jn 8, 32). Quiere proporcionar un punto de apoyo a los

esfuerzos ecuménicos animados por el santo deseo de unidad de todos los

cristianos, mostrando con diligencia el contenido y la coherencia suma y

admirable de la fe católica. El Catecismo de la Iglesia Católica es

finalmente ofrecido a todo hombre que nos pide razón de la esperanza que

hay en nosotros (cf. 1 P 3, 15) y que quiera conocer lo que cree la Iglesia

católica.

Este Catecismo no está destinado a sustituir los catecismos locales

debidamente aprobados por las autoridades eclesiásticas, los Obispos

diocesanos o las Conferencias episcopales, sobre todo cuando estos

catecismos han sido aprobados por la Sede Apostólica. El Catecismo de la

Iglesia católica se destina a alentar y facilitar la redacción de nuevos

catecismos locales que tengan en cuenta las diversas situaciones y culturas,

siempre que guarden cuidadosamente la unidad de la fe y la fidelidad a la

doctrina católica.

5. Conclusión

Al concluir este documento, que presenta el Catecismo de la Iglesia

católica, pido a la Santísima Virgen María, Madre del Verbo Encarnado y

Madre de la Iglesia, que sostenga con su poderosa intercesión el trabajo

catequético de la Iglesia entera en todos sus niveles, en este tiempo en que

es llamada a un nuevo esfuerzo de evangelización. Que la luz de la fe

verdadera libre a los hombres de la ignorancia y de la esclavitud del

pecado, para conducirlos a la única libertad digna de este nombre (cf. Jn 8,

32): la de la vida en Jesucristo bajo la guía del Espíritu Santo, aquí y en el

Reino de los cielos, en la plenitud de la bienaventuranza de la visión de

Dios cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; 2 Co 5, 6-8).

Dado el 11 de octubre de 1992, trigésimo aniversario de la apertura del

Concilio Ecuménico Vaticano II y año decimocuarto de mi pontificado.

IOANNES PAULUS PP. II

––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

[1] Juan XXIII, Discurso de apertura del concilio ecuménico Vaticano II, 11 de octubre de 1962: AAS 54 (1962), pp. 788-791.

[2] Pablo VI, Discurso de clausura del concilio ecuménico Vaticano II, 8

de diciembre de 1965: AAS 58 (1966), pp. 7-8.

[3] Juan Pablo II, Homilía del 25 de enero de 1985, cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de febrero de 1985, p. 12).

[4] Relación final del Sínodo extraordinario, 7 de diciembre de 1985, II, B, a, n. 4; Enchiridion Vaticanum, vol. 9, p. 1.758, n. 1.797.

[5] Juan Pablo II, Discurso de clausura de la II Asamblea general extraordinaria del Sínodo de los Obispos, 7 de diciembre de 1985; AAS 78

(1986), p. 435; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15

de diciembre de 1985, p. 11.

PRÓLOGO

"Padre […], ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios

verdadero y a tu enviado Jesucristo" ( Jn 17,3). Dios, nuestro Salvador,

"quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno

de la verdad" ( 1Tm 2,3-4). "No hay bajo el cielo otro nombre dado a los

hombres por el que nosotros debamos salvarnos" ( Hch 4,12), sino el

nombre de Jesús.

I. La vida del hombre: conocer y amar a Dios

1. Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un

designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle

partícipe de su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo

lugar, se hace cercano del hombre: le llama y le ayuda a buscarle, a

conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los

hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia.

Para lograrlo, llegada la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo como

Redentor y Salvador. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el

Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su

vida bienaventurada.

2. Para que esta llamada resonara en toda la tierra, Cristo envió a los

apóstoles que había escogido, dándoles el mandato de anunciar el

Evangelio: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes

bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y

enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo

estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" ( Mt 28,19-

20). Fortalecidos con esta misión, los apóstoles "salieron a predicar

por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la

Palabra con las señales que la acompañaban" ( Mc 16,20).

3. Quienes con la ayuda de Dios, han acogido el llamamiento de

Cristo y han respondido libremente a ella, se sienten por su parte

urgidos por el amor de Cristo a anunciar por todas partes en el mundo

la Buena Nueva. Este tesoro recibido de los Apóstoles ha sido

guardado fielmente por sus sucesores. Todos los fieles de Cristo son

llamados a transmitirlo de generación en generación, anunciando la fe,

viviéndola en la comunión fraterna y celebrándola en la liturgia y en la

oración (cf. Hch 2,42).

II. Transmitir la fe: la catequesis

4. Muy pronto se llamó catequesis al conjunto de los esfuerzos

realizados en la Iglesia para hacer discípulos, para ayudar a los

hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios a fin de que, creyendo

esto, tengan la vida en su nombre, y para educarlos e instruirlos en

esta vida y construir así el Cuerpo de Cristo (cf. Juan Pablo II,

Catechesi tradendae [CT] 1).

5. "La catequesis es una educación en la fe de los niños, de los

jóvenes y adultos, que comprende especialmente una enseñanza de la

doctrina cristiana, dada generalmente de modo orgánico y sistemático

con miras a iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana" (CT 18).

6. Sin confundirse con ellos, la catequesis se articula dentro de un cierto

número de elementos de la misión pastoral de la Iglesia, que tienen un

aspecto catequético, que preparan para la catequesis o que derivan de ella,

como son: primer anuncio del Evangelio o predicación misionera para

suscitar la fe; búsqueda de razones para creer; experiencia de vida cristiana:

celebración de los sacramentos; integración en la comunidad eclesial;

testimonio apostólico y misionero (cf. CT 18).

7. "La catequesis está unida íntimamente a toda la vida de la Iglesia.

No sólo la extensión geográfica y el aumento numérico de la Iglesia,

sino también y, más aún, su crecimiento interior, su correspondencia

con el designio de Dios dependen esencialmente de ella" (CT 13).

8. Los períodos de renovación de la Iglesia son también tiempos en los que

a la catequesis le corresponde un mayor empeño. Así, en la gran época de los

Padres de la Iglesia, vemos a santos obispos consagrar una parte importante

de su ministerio a la catequesis. Es la época de san Cirilo de Jerusalén y de

san Juan Crisóstomo, de san Ambrosio y de san Agustín, y de muchos otros

Padres cuyas obras catequéticas siguen siendo modelos.

9. El ministerio de la catequesis saca energías siempre nuevas de los

concilios. El Concilio de Trento constituye a este respecto un ejemplo digno

de ser destacado: dio a la catequesis una prioridad en sus constituciones y sus

decretos; de él nació el Catecismo Romano que lleva también su nombre y

que constituye una obra de primer orden como resumen de la doctrina

cristiana; este Concilio suscitó en la Iglesia una organización notable de la

catequesis; promovió, gracias a santos obispos y teólogos como san Pedro

Canisio, san Carlos Borromeo, san Toribio de Mogrovejo, san Roberto

Belarmino, la publicación de numerosos catecismos.

10. No es extraño, por ello, que, en el dinamismo del Concilio Vaticano II

(que el Papa Pablo VI consideraba como el gran catecismo de los tiempos

modernos), la catequesis de la Iglesia haya atraído de nuevo la atención.

El Directorio general de la catequesis de 1971, las sesiones del Sínodo de

los Obispos consagradas a la evangelización (1974) y a la catequesis (1977),

las exhortaciones apostólicas correspondientes, Evangelii nuntiandi (1975) y

Catechesi tradendae (1979), dan testimonio de ello. La sesión extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 1985 pidió "que sea redactado un catecismo o

compendio de toda la doctrina católica, tanto sobre la fe como sobre la

moral" ( Relación final II, B, a, 4). El Santo Padre, Juan Pablo II, hizo suyo

este deseo emitido por el Sínodo de los Obispos reconociendo que "responde

totalmente a una verdadera necesidad de la Iglesia universal y de las Iglesias

particulares" ( Discurso de clausura del Sínodo, asamblea extraordinaria, 7

de diciembre de 1985). El Papa dispuso todo lo necesario para que se

realizara la petición de los padres sinodales.

III. Fin y destinatarios de este Catecismo

11. Este catecismo tiene por fin presentar una exposición orgánica y

sintética de los contenidos esenciales y fundamentales de la doctrina

católica, tanto sobre la fe como sobre la moral, a la luz del Concilio

Vaticano II y del conjunto de la Tradición de la Iglesia. Sus fuentes

principales son la sagrada Escritura, los santos Padres, la Liturgia y el

Magisterio de la Iglesia. Está destinado a servir "como un punto de

referencia para los catecismos o compendios que sean compuestos en

los diversos países" (Sínodo de los Obispos 1985, Relación final II, B,

a, 4).

12. El presente catecismo está destinado principalmente a los

responsables de la catequesis: en primer lugar a los Obispos, en cuanto

doctores de la fe y pastores de la Iglesia. Les es ofrecido como

instrumento para la realización de su tarea de enseñar al Pueblo de

Dios. A través de los Obispos, se dirige a los redactores de catecismos,

a los sacerdotes y a los catequistas. Será también de útil lectura para

todos los demás fieles cristianos.

IV. La estructura del "Catecismo de la Iglesia Católica"

13. El plan de este catecismo se inspira en la gran tradición de los

catecismos, los cuales articulan la catequesis en torno a cuatro

"pilares": la profesión de la fe bautismal (el Símbolo), los sacramentos

de la fe, la vida de fe (los Mandamientos), la oración del creyente

(el Padre Nuestro).

PRIMERA PARTE: LA PROFESIÓN DE LA FE

14. Los que por la fe y el Bautismo pertenecen a Cristo deben

confesar su fe bautismal delante de los hombres (cf. Mt 10,32;

Rm 10,9). Para esto, el catecismo expone en primer lugar en qué

consiste la Revelación por la que Dios se dirige y se da al hombre, y la

fe, por la cual el hombre responde a Dios ( primera sección). El

Símbolo de la fe resume los dones que Dios hace al hombre como

Autor de todo bien, como Redentor, como Santificador y los articula

en torno a los "tres capítulos" de nuestro Bautismo — la fe en un solo

Dios: el Padre Todopoderoso, el Creador; y Jesucristo, su Hijo,

nuestro Señor y Salvador; y el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia

( segunda sección).

SEGUNDA PARTE: LOS SACRAMENTOS DE LA FE

15. La segunda parte del catecismo expone cómo la salvación de

Dios, realizada una vez por todas por Cristo Jesús y por el Espíritu

Santo, se hace presente en las acciones sagradas de la liturgia de la

Iglesia ( primera sección), particularmente en los siete sacramentos

( segunda sección).

TERCERA PARTE: LA VIDA DE FE

16. La tercera parte del catecismo presenta el fin último del hombre,

creado a imagen de Dios: la bienaventuranza, y los caminos para

llegar a ella: mediante un obrar recto y libre, con la ayuda de la ley y

de la gracia de Dios ( primera sección); mediante un obrar que realiza

el doble mandamiento de la caridad, desarrollado en los diez

mandamientos de Dios ( segunda sección).

CUARTA PARTE: LA ORACIÓN EN LA VIDA DE LA FE

17. La última parte del catecismo trata del sentido y la importancia

de la oración en la vida de los creyentes ( primera sección). Se cierra

con un breve comentario de las siete peticiones de la oración del Señor

( segunda sección). En ellas, en efecto, encontramos la suma de los

bienes que debemos esperar y que nuestro Padre celestial quiere

concedernos.

V. Indicaciones prácticas para el uso de este Catecismo

18. Este catecismo está concebido como una exposición orgánica de

toda la fe católica. Es preciso, por tanto, leerlo como una unidad. Por

ello, en los márgenes del texto se remite al lector frecuentemente a

otros lugares (señalados por números más pequeños y que se refieren a

su vez a otros párrafos que tratan del mismo tema) y, con ayuda del

índice analítico al final del volumen, se permite ver cada tema en su

vinculación con el conjunto de la fe.

19. Con frecuencia, los textos de la sagrada Escritura no son citados

literalmente, sino indicando sólo la referencia (mediante cf.). Para una

inteligencia más profunda de esos pasajes, es preciso recurrir a los

textos mismos. Estas referencias bíblicas son un instrumento de

trabajo para la catequesis.

20. Cuando, en ciertos pasajes, se emplea letra pequeña, con ello se

indica que se trata de puntualizaciones de tipo histórico, apologético o de

exposiciones doctrinales complementarias.

21. Las citas, en letra pequeña, de fuentes patrísticas, litúrgicas,

magisteriales o hagiográficas tienen como fin enriquecer la exposición

doctrinal. Con frecuencia estos textos han sido escogidos con miras a un

uso directamente catequético.

22. Al final de cada unidad temática, una serie de textos breves resumen

en fórmulas condensadas lo esencial de la enseñanza. Estos "resúmenes"

tienen como finalidad ofrecer sugerencias para fórmulas sintéticas y

memorizables en la catequesis de cada lugar.

VI. Las necesarias adaptaciones

23. El acento de este catecismo se pone en la exposición doctrinal.

Quiere, en efecto, ayudar a profundizar el conocimiento de la fe. Por

lo mismo está orientado a la maduración de esta fe, su enraizamiento

en la vida y su irradiación en el testimonio (cf. CT 20-22; 25).

24. Por su misma finalidad, este catecismo no se propone dar una

respuesta adaptada, tanto en el contenido cuanto en el método, a las

exigencias que dimanan de las diferentes culturas, de edades, de la

vida espiritual, de situaciones sociales y eclesiales de aquellos a

quienes se dirige la catequesis. Estas indispensables adaptaciones

corresponden a catecismos propios de cada lugar, y más aún a aquellos

que toman a su cargo instruir a los fieles:

"El que enseña debe hacerse todo a todos, para ganarlos a todos para

Jesucristo [...]¡Sobre todo que no se imagine que le ha sido confiada una

sola clase de almas, y que, por consiguiente, le es lícito enseñar y formar

igualmente a todos los fieles en la verdadera piedad, con un único método

y siempre el mismo! Que sepa bien que unos son, en Jesucristo, como

niños recién nacidos, otros como adolescentes, otros finalmente como

poseedores ya de todas sus fuerzas [...] es necesario tener en cuenta

cuidadosamente quiénes pueden necesitar leche y quiénes otro alimento

más sólido [...]. El Apóstol [...] señaló que había que considerar que los

que son llamados al ministerio de la predicación deben, al transmitir la

enseñanza del misterio de la fe y de las reglas de las costumbres,

acomodar sus palabras al espíritu y a la inteligencia de sus oyentes"

( Catecismo Romano, Prefacio, 11).

POR ENCIMA DE TODO, LA CARIDAD

25. Para concluir esta presentación es oportuno recordar el principio

pastoral que enuncia el Catecismo Romano:

"El camino mejor es el que el Apóstol [...] mostró: Toda la finalidad de la

doctrina y de la enseñanza debe ser puesta en el amor que no acaba.

Porque se puede muy bien exponer lo que es preciso creer, esperar o

hacer; pero sobre todo debe resaltarse que el amor de Nuestro Señor

siempre prevalece, a fin de que cada uno comprenda que todo acto de

virtud perfectamente cristiano no tiene otro origen que el amor, ni otro

término que el amor" ( Catecismo Romano, Prefacio, 10).

PRIMERA PARTE

LA PROFESIÓN DE LA FE

PRIMERA SECCION:

"CREO", "CREEMOS"

"CREO", "CREEMOS"

26. Cuando profesamos nuestra fe, comenzamos diciendo: "Creo" o

"Creemos". Antes de exponer la fe de la Iglesia tal como es confesada

en el Credo, celebrada en la Liturgia, vivida en la práctica de los

mandamientos y en la oración, nos preguntamos qué significa "creer".

La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él,

dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca

el sentido último de su vida. Por ello consideramos primeramente esta

búsqueda del hombre ( capítulo primero), a continuación la Revelación

divina, por la cual Dios viene al encuentro del hombre ( capítulo

segundo), y finalmente la respuesta de la fe ( capítulo tercero).

CAPÍTULO PRIMERO

EL HOMBRE ES "CAPAZ" DE DIOS

I. El deseo de Dios

27. El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque

355, 1701

el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de

atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la

1718

verdad y la dicha que no cesa de buscar:

«La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del

hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con

Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios

por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según

la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su

Creador» (GS 19,1).

28. De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los

hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus

843, 2566

creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, 2095-2109

cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden

entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede

llamar al hombre un ser religioso:

Dios «creó [...], de un solo principio, todo el linaje humano, para que

habitase sobre toda la faz de la tierra y determinó con exactitud el tiempo

y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen

a Dios, para ver si a tientas le buscaban y le hallaban; por más que no se

encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos

movemos y existimos» ( Hch 17, 26-28).

29. Pero esta "unión íntima y vital con Dios" (GS 19,1) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el 2123-2128

hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos

(cf. GS 19-21): la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas

(cf. Mt 13,22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes del

pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre

pecador que, por miedo, se oculta de Dios (cf. Gn 3,8-10) y huye ante

398

su llamada (cf. Jon 1,3).

30. "Alégrese el corazón de los que buscan a Dios" ( Sal 105,3). Si el

hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo

hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta

845, 2567

búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la

rectitud de su voluntad, "un corazón recto", y también el testimonio de

368

otros que le enseñen a buscar a Dios.

«Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande es tu poder, y

tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu creación,

pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de su condición

mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú

resistes a los soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu

creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que

encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y

nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (San Agustín,

Confessiones, 1,1,1).

II. Las vías de acceso al conocimiento de Dios

31. Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el

hombre que busca a Dios descubre ciertas "vías" para acceder al

conocimiento de Dios. Se las llama también "pruebas de la existencia

de Dios", no en el sentido de las pruebas propias de las ciencias

naturales, sino en el sentido de "argumentos convergentes y

convincentes" que permiten llegar a verdaderas certezas.

Estas "vías" para acercarse a Dios tienen como punto de partida la

creación: el mundo material y la persona humana.

32. El mundo: A partir del movimiento y del devenir, de la

contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede conocer a

54, 337

Dios como origen y fin del universo.

San Pablo afirma refiriéndose a los paganos: "Lo que de Dios se puede

conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo

invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja ver a la

inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad" ( Rm

1,19-20; cf. Hch 14,15.17; 17,27-28; Sb 13,1-9).

Y san Agustín: "Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza

del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga

a la belleza del cielo [...] interroga a todas estas realidades. Todas te

responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es su proclamación

( confessio). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la

Suma Belleza ( Pulcher), no sujeta a cambio?" ( Sermo 241, 2: PL 38,

1134).

2500

33. El hombre: Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su

1730, 1776 sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con

su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la

existencia de Dios. En todo esto se perciben signos de su alma

espiritual. La "semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a

1703

la sola materia" (GS 18,1; cf. 14,2), su alma, no puede tener origen 366

más que en Dios.

34. El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos

ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel

que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas "vías",

el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una

realidad que es la causa primera y el fin último de todo, "y que todos

199

llaman Dios" (Santo Tomás de Aquino, S.Th. 1, q. 2 a. 3, c.).

35. Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la

50

existencia de un Dios personal. Pero para que el hombre pueda entrar

en la intimidad de Él ha querido revelarse al hombre y darle la gracia

de poder acoger en la fe esa revelación. Sin embargo, las pruebas de la

existencia de Dios pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la fe no

159

se opone a la razón humana.

III. El conocimiento de Dios según la Iglesia

36. "La Santa Madre Iglesia, mantiene y enseña que Dios, principio y

fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz

natural de la razón humana a partir de las cosas creadas" (Concilio

Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, c.2: DS 3004; cf. Ibíd., De

revelatione, canon 2: DS 3026; Concilio Vaticano II, DV 6). Sin esta capacidad, el hombre no podría acoger la revelación de Dios. El

hombre tiene esta capacidad porque ha sido creado "a imagen de Dios"

355

(cf. Gn 1,27).

37. Sin embargo, en las condiciones históricas en que se encuentra, el

hombre experimenta muchas dificultades para conocer a Dios con la

1960

sola luz de su razón:

«A pesar de que la razón humana, sencillamente hablando, pueda

verdaderamente por sus fuerzas y su luz naturales, llegar a un

conocimiento verdadero y cierto de un Dios personal, que protege y

gobierna el mundo por su providencia, así como de una ley natural puesta

por el Creador en nuestras almas, sin embargo hay muchos obstáculos

que impiden a esta misma razón usar eficazmente y con fruto su poder

natural; porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres

sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles, y cuando deben

traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se

entregue y renuncie a sí mismo. El espíritu humano, para adquirir

semejantes verdades, padece dificultad por parte de los sentidos y de la

imaginación, así como de los malos deseos nacidos del pecado original.

De ahí procede que en semejantes materias los hombres se persuadan de

que son falsas, o al menos dudosas, las cosas que no quisieran que fuesen

verdaderas» (Pío XII, enc. Humani generis: DS 3875).

38. Por esto el hombre necesita ser iluminado por la revelación de

Dios, no solamente acerca de lo que supera su entendimiento, sino

2036

también sobre "las verdades religiosas y morales que de suyo no son

inaccesibles a la razón, a fin de que puedan ser, en el estado actual del

género humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza

firme y sin mezcla de error" ( ibid. , DS 3876; cf. Concilio Vaticano I:

DS 3005; DV 6; santo Tomás de Aquino, S.Th. 1, q. 1 a. 1, c.).

IV. ¿Cómo hablar de Dios?

39. Al defender la capacidad de la razón humana para conocer a

851

Dios, la Iglesia expresa su confianza en la posibilidad de hablar de

Dios a todos los hombres y con todos los hombres. Esta convicción

está en la base de su diálogo con las otras religiones, con la filosofía y

las ciencias, y también con los no creyentes y los ateos.

40. Puesto que nuestro conocimiento de Dios es limitado, nuestro

lenguaje sobre Dios lo es también. No podemos nombrar a Dios sino a

partir de las criaturas, y según nuestro modo humano limitado de

conocer y de pensar.

41. Todas las criaturas poseen una cierta semejanza con Dios, muy

especialmente el hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Las

múltiples perfecciones de las criaturas (su verdad, su bondad, su

belleza) reflejan, por tanto, la perfección infinita de Dios. Por ello,

213, 299

podemos nombrar a Dios a partir de las perfecciones de sus criaturas,

"pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por

analogía, a contemplar a su Autor" ( Sb 13,5).

42. Dios transciende toda criatura. Es preciso, pues, purificar sin

212, 300

cesar nuestro lenguaje de todo lo que tiene de limitado, de expresión

por medio de imágenes, de imperfecto, para no confundir al Dios "que

está por encima de todo nombre y de todo entendimiento, el invisible

y fuera de todo alcance" (Liturgia bizantina. Anáfora de san Juan

Crisóstomo) con nuestras representaciones humanas. Nuestras

370

palabras humanas quedan siempre más acá del Misterio de Dios.

43. Al hablar así de Dios, nuestro lenguaje se expresa ciertamente de

modo humano, pero capta realmente a Dios mismo, sin poder, no

obstante, expresarlo en su infinita simplicidad. Es preciso recordar, en

efecto, que "entre el Creador y la criatura no se puede señalar una

semejanza tal que la desemejanza entre ellos no sea mayor todavía"

(Concilio de Letrán IV: DS 806), y que "nosotros no podemos captar

de Dios lo que Él es, sino solamente lo que no es, y cómo los otros

206

seres se sitúan con relación a Él" (Santo Tomás de Aquino, Summa

contra gentiles, 1,30).

Resumen

44. El hombre es por naturaleza y por vocación un ser religioso.

Viniendo de Dios y yendo hacia Dios, el hombre no vive una vida

plenamente humana si no vive libremente su vínculo con Dios.

45. El hombre está hecho para vivir en comunión con Dios, en quien

encuentra su dicha. "Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, no

habrá ya para mí penas ni pruebas, y mi vida, toda llena de ti, será

plena" (San Agustín, Confessiones , 10,28,39).

46. Cuando el hombre escucha el mensaje de las criaturas y la voz

de su conciencia, entonces puede alcanzar la certeza de la existencia

de Dios, causa y fin de todo.

47. La Iglesia enseña que el Dios único y verdadero, nuestro

Creador y Señor, puede ser conocido con certeza por sus obras,

gracias a la luz natural de la razón humana (cf. Concilio Vaticano I:

DS 3026).

48. Nosotros podemos realmente nombrar a Dios partiendo de las

múltiples perfecciones de las criaturas, semejanzas del Dios

infinitamente perfecto, aunque nuestro lenguaje limitado no agote su

misterio.

49. "Sin el Creador la criatura se [...] diluye" ( GS 36). He aquí por qué los creyentes saben que son impulsados por el amor de Cristo a

llevar la luz del Dios vivo a los que no le conocen o le rechazan.

CAPÍTULO SEGUNDO

DIOS AL ENCUENTRO DEL HOMBRE

50. Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con

36

certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento

que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias

fuerzas, el de la Revelación divina (cf. Concilio Vaticano I: DS 3015).

Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y se da al hombre.

1066

Lo hace revelando su misterio, su designio benevolente que estableció

desde la eternidad en Cristo en favor de todos los hombres. Revela

plenamente su designio enviando a su Hijo amado, nuestro Señor

Jesucristo, y al Espíritu Santo.

ARTÍCULO 1

LA REVELACIÓN DE DIOS

I. Dios revela su designio amoroso

51. "Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a

conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por

2823

medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el

Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina" (DV 2).

1996

52. Dios, que "habita una luz inaccesible" ( 1 Tm 6,16) quiere

comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por

Él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1,4-5).

Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de

responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían

capaces por sus propias fuerzas.

53. El designio divino de la revelación se realiza a la vez "mediante

acciones y palabras", íntimamente ligadas entre sí y que se esclarecen

1953

mutuamente (DV 2). Este designio comporta una "pedagogía divina"

1950

particular: Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por

etapas para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y

que culminará en la Persona y la misión del Verbo encarnado,

Jesucristo.

San Ireneo de Lyon habla en varias ocasiones de esta pedagogía divina

bajo la imagen de un mutuo acostumbrarse entre Dios y el hombre: "El

Verbo de Dios [...] ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del

hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para

acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la voluntad del Padre"

( Adversus haereses, 3,20,2; cf. por ejemplo, Ibid. , 3, 17,1; Ibíd. , 4,12,4;

Ibíd., 4, 21,3).

II. Las etapas de la revelación

DESDE EL ORIGEN, DIOS SE DA A CONOCER

32

54. "Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los

hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo

abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además,

personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio" (DV

3). Los invitó a una comunión íntima con Él revistiéndolos de una

374

gracia y de una justicia resplandecientes.

397, 410

55. Esta revelación no fue interrumpida por el pecado de nuestros

primeros padres. Dios, en efecto, "después de su caída [...] alentó en

ellos la esperanza de la salvación con la promesa de la redención, y

tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a

todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas

obras" (DV 3).

«Cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder

761

de la muerte [...] Reiteraste, además, tu alianza a los hombres» ( Plegaria

eucarística IV: Misal Romano).

LA ALIANZA CON NOÉ

56. Una vez rota la unidad del género humano por el pecado, Dios

401

decide desde el comienzo salvar a la humanidad a través de una serie

de etapas. La alianza con Noé después del diluvio (cf. Gn 9,9) expresa

1219

el principio de la Economía divina con las "naciones", es decir con los

hombres agrupados "según sus países, cada uno según su lengua, y

según sus clanes" ( Gn 10,5; cf. Gn 10,20-31).

57. Este orden a la vez cósmico, social y religioso de la pluralidad de

las naciones (cf. Hch 17,26-27), está destinado a limitar el orgullo de

una humanidad caída que, unánime en su perversidad (cf. Sb 10,5),

quisiera hacer por sí misma su unidad a la manera de Babel (cf. Gn

11,4-6). Pero, a causa del pecado (cf. Rm 1,18-25), el politeísmo, así

como la idolatría de la nación y de su jefe, son una amenaza constante

de vuelta al paganismo para esta economía aún no definitiva.

58. La alianza con Noé permanece en vigor mientras dura el tiempo

de las naciones (cf. Lc 21,24), hasta la proclamación universal del

674

Evangelio. La Biblia venera algunas grandes figuras de las "naciones",

como "Abel el justo", el rey-sacerdote Melquisedec (cf. Gn 14,18),

figura de Cristo (cf. Hb 7,3), o los justos "Noé, Daniel y Job"

( Ez 14,14). De esta manera, la Escritura expresa qué altura de santidad

pueden alcanzar los que viven según la alianza de Noé en la espera de

2569

que Cristo "reúna en uno a todos los hijos de Dios dispersos"

( Jn 11,52).

D

IOS ELIGE A ABRAHAM

59. Para reunir a la humanidad dispersa, Dios elige a Abram

145, 2570

llamándolo "fuera de su tierra, de su patria y de su casa" ( Gn 12,1),

para hacer de él "Abraham", es decir, "el padre de una multitud de

naciones" ( Gn 17,5): "En ti serán benditas todas las naciones de la

tierra" ( Gn 12,3; cf. Ga 3,8).

760

60. El pueblo nacido de Abraham será el depositario de la promesa

hecha a los patriarcas, el pueblo de la elección (cf. Rm 11,28), llamado

762, 781

a preparar la reunión un día de todos los hijos de Dios en la unidad de

la Iglesia (cf. Jn 11,52; 10,16); ese pueblo será la raíz en la que serán

injertados los paganos hechos creyentes (cf. Rm 11,17-18.24).

61. Los patriarcas, los profetas y otros personajes del Antiguo

Testamento han sido y serán siempre venerados como santos en todas

las tradiciones litúrgicas de la Iglesia.

DIOS FORMA A SU PUEBLO ISRAEL

62. Después de la etapa de los patriarcas, Dios constituyó a Israel

2060, 2574 como su pueblo salvándolo de la esclavitud de Egipto. Estableció con

él la alianza del Sinaí y le dio por medio de Moisés su Ley, para que lo

reconociese y le sirviera como al único Dios vivo y verdadero, Padre

1961

providente y juez justo, y para que esperase al Salvador prometido

(cf. DV 3).

204, 2801

63. Israel es el pueblo sacerdotal de Dios (cf. Ex 19, 6), "sobre el que

es invocado el nombre del Señor" ( Dt 28, 10). Es el pueblo de aquellos

"a quienes Dios habló primero" ( Viernes Santo, Pasión y Muerte del

839

Señor, Oración universal VI, Misal Romano), el pueblo de los

"hermanos mayores" en la fe de Abraham (cf. Juan Pablo II, Discurso

en la sinagoga ante la comunidad hebrea de Roma, 13 abril 1986).

711

64. Por los profetas, Dios forma a su pueblo en la esperanza de la

salvación, en la espera de una Alianza nueva y eterna destinada a

1965

todos los hombres (cf. Is 2,2-4), y que será grabada en los corazones

(cf. Jr 31,31-34; Hb 10,16). Los profetas anuncian una redención

radical del pueblo de Dios, la purificación de todas sus infidelidades

(cf. Ez 36), una salvación que incluirá a todas las naciones (cf. Is 49,5-

6; 53,11). Serán sobre todo los pobres y los humildes del Señor

(cf. So 2,3) quienes mantendrán esta esperanza. Las mujeres santas

como Sara, Rebeca, Raquel, Miriam, Débora, Ana, Judit y Ester

conservaron viva la esperanza de la salvación de Israel. De ellas la

489

figura más pura es María (cf. Lc 1,38).

III. Cristo Jesús, «mediador y plenitud de toda la

Revelación» (DV 2)

DIOS HA DICHO TODO EN SU VERBO

65. "Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a

nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos

nos ha hablado por su Hijo" ( Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho

102

hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo

dice todo, no habrá otra palabra más que ésta. San Juan de la Cruz,

después de otros muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando

Hb 1,1-2:

«Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que

no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra

[...]; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado

todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora

516

quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo

haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos

totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad» (San Juan de

2717

la Cruz, Subida del monte Carmelo 2,22,3-5: Biblioteca Mística

Carmelitana, v. 11 [Burgos 1929], p. 184).

NO HABRÁ OTRA REVELACIÓN

66. "La economía cristiana, como alianza nueva y definitiva, nunca

pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa

manifestación de nuestro Señor Jesucristo" (DV 4). Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente

explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente

todo su contenido en el transcurso de los siglos.

94

67. A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas "privadas",

algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia.

84

Éstas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de

"mejorar" o "completar" la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar

a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el

93

Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles ( sensus fidelium) sabe discernir

y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de

Cristo o de sus santos a la Iglesia.

La fe cristiana no puede aceptar "revelaciones" que pretenden superar o

corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas

religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en

semejantes "revelaciones".

Resumen

68. Por amor, Dios se ha revelado y se ha entregado al hombre. De

este modo da una respuesta definitiva y sobreabundante a las

cuestiones que el hombre se plantea sobre el sentido y la finalidad de

su vida.

69. Dios se ha revelado al hombre comunicándole gradualmente su

propio Misterio mediante obras y palabras.

70. Más allá del testimonio que Dios da de sí mismo en las cosas

creadas, se manifestó a nuestros primeros padres. Les habló y,

después de la caída, les prometió la salvación (cf. Gn 3,15), y les

ofreció su alianza.

71. Dios selló con Noé una alianza eterna entre Él y todos los seres

vivientes (cf. Gn 9,16). Esta alianza durará tanto como dure el mundo.

72. Dios eligió a Abraham y selló una alianza con él y su

descendencia. De él formó a su pueblo, al que reveló su ley por medio

de Moisés. Lo preparó por los profetas para acoger la salvación

destinada a toda la humanidad.

73. Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en

quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra

definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra Revelación

después de Él.

ARTÍCULO 2

LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN DIVINA

74. Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al

conocimiento de la verdad" ( 1 Tim 2,4), es decir, al conocimiento de

851

Cristo Jesús (cf. Jn 14,6). Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a

todos los pueblos y a todos los hombres y que así la Revelación llegue

hasta los confines del mundo:

«Dios quiso que lo que había revelado para salvación de todos los

pueblos se conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las

generaciones» (DV 7).

I. La Tradición apostólica

75. "Cristo nuestro Señor, en quien alcanza su plenitud toda la

Revelación de Dios, mandó a los Apóstoles predicar a todos los

hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda

171

norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el

Evangelio prometido por los profetas, que Él mismo cumplió y

promulgó con su voz" (DV 7).

LA PREDICACIÓN APOSTÓLICA...

76. La transmisión del Evangelio, según el mandato del Señor, se

hizo de dos maneras:

– oralmente: "los Apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus

instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido

de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les

enseñó";

–

por escrito: "los mismos Apóstoles y los varones apostólicos

pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el

Espíritu Santo" (DV 7).

… CONTINUADA EN LA SUCESIÓN APOSTÓLICA

77. «Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en

861

la Iglesia, los Apóstoles nombraron como sucesores a los obispos,

"dejándoles su cargo en el magisterio"» (DV 7). En efecto, «la predicación apostólica, expresada de un modo especial en los libros

sagrados, se ha de conservar por transmisión continua hasta el fin de

los tiempos» (DV 8).

78. Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo, es

174

llamada la Tradición en cuanto distinta de la sagrada Escritura, aunque

1124, 2651 estrechamente ligada a ella. Por ella, "la Iglesia con su enseñanza, su

vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo

que cree" (DV 8). "Las palabras de los santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a la

práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora" (DV 8).

79. Así, la comunicación que el Padre ha hecho de sí mismo por su

Verbo en el Espíritu Santo sigue presente y activa en la Iglesia: "Dios,

que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa

de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del

Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va

introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos

intensamente la palabra de Cristo" (DV 8).

II. La relación entre la Tradición y la Sagrada Escritura

UNA FUENTE COMÚN...

80. La Tradición y la Sagrada Escritura "están íntimamente unidas y

compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se

funden en cierto modo y tienden a un mismo fin" (DV 9). Una y otra

hacen presente y fecundo en la Iglesia el misterio de Cristo que ha

prometido estar con los suyos "para siempre hasta el fin del mundo"

( Mt 28,20).

…

DOS MODOS DISTINTOS DE TRANSMISIÓN

81. "La sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por

inspiración del Espíritu Santo".

"La Tradición recibe la palabra de Dios, encomendada por Cristo

113

y el Espíritu Santo a los Apóstoles, y la transmite íntegra a los

sucesores; para que ellos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la

conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación".

82. De ahí resulta que la Iglesia, a la cual está confiada la transmisión

y la interpretación de la Revelación "no saca exclusivamente de la

Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así las dos se han de recibir

y respetar con el mismo espíritu de devoción" (DV 9).

TRADICIÓN APOSTÓLICA Y TRADICIONES ECLESIALES

83. La Tradición de que hablamos aquí es la que viene de los apóstoles y

transmite lo que éstos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y

lo que aprendieron por el Espíritu Santo. En efecto, la primera generación de

cristianos no tenía aún un Nuevo Testamento escrito, y el Nuevo Testamento

mismo atestigua el proceso de la Tradición viva.

Es preciso distinguir de ella las "tradiciones" teológicas, disciplinares, 1202, 2041

litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en las Iglesias

2684

locales. Estas constituyen formas particulares en las que la gran Tradición

recibe expresiones adaptadas a los diversos lugares y a las diversas épocas.

Sólo a la luz de la gran Tradición aquéllas pueden ser mantenidas,

modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.

III. La interpretación del depósito de la fe

EL DEPÓSITO DE LA FE CONFIADO A LA TOTALIDAD DE LA IGLESIA

84. "El depósito" (cf. 1 Tm 6,20; 2 Tm 1,12-14) de la fe ( depositum

857, 871

fidei), contenido en la sagrada Tradición y en la sagrada Escritura fue

confiado por los Apóstoles al conjunto de la Iglesia. "Fiel a dicho

2033

depósito, todo el pueblo santo, unido a sus pastores, persevera

constantemente en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la

fracción del pan y en las oraciones, de modo que se cree una particular

concordia entre pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la

fe recibida" (DV 10).

E

L MAGISTERIO DE LA IGLESIA

888-892

85. "El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o

2032-2040

escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el

cual lo ejercita en nombre de Jesucristo" (DV 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.

86. "El Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a

su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato

688

divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente,

lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito

de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser

creído" (DV 10).

1548

87. Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus Apóstoles: "El

que a vosotros escucha a mí me escucha" ( Lc 10,16; cf. LG 20), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les

2037

dan de diferentes formas.

LOS DOGMAS DE LA FE

88. El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que

888-892

tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando propone, de

una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de 2032-2040

fe, verdades contenidas en la Revelación divina o también cuando

propone de manera definitiva verdades que tienen con ellas un vínculo

necesario.

89. Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida espiritual y los

2625

dogmas. Los dogmas son luces que iluminan el camino de nuestra fe y

lo hacen seguro. De modo inverso, si nuestra vida es recta, nuestra

inteligencia y nuestro corazón estarán abiertos para acoger la luz de

los dogmas de la fe (cf. Jn 8,31-32).

90. Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas pueden ser

hallados en el conjunto de la Revelación del Misterio de Cristo (cf.

114, 158

Concilio Vaticano I: DS 3016: "mysteriorum nexus "; LG 25).

«Conviene recordar que existe un orden o "jerarquía" de las verdades

de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el

fundamento de la fe cristiana» (UR 11).

234

EL SENTIDO SOBRENATURAL DE LA FE

91. Todos los fieles tienen parte en la comprensión y en la

transmisión de la verdad revelada. Han recibido la unción del Espíritu

737

Santo que los instruye (cf. 1 Jn 2, 20-27) y los conduce a la verdad

completa (cf. Jn 16, 13).

92. «La totalidad de los fieles [...] no puede equivocarse en la fe. Se

manifiesta esta propiedad suya, tan peculiar, en el sentido sobrenatural

785

de la fe de todo el pueblo: cuando "desde los obispos hasta el último

de los laicos cristianos" muestran su consentimiento en cuestiones de

fe y de moral» (LG 12).

93. «El Espíritu de la verdad suscita y sostiene este sentido de la fe.

Con él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del Magisterio [...], se

889

adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez

para siempre, la profundiza con un juicio recto y la aplica cada día

más plenamente en la vida» (LG 12).

EL CRECIMIENTO EN LA INTELIGENCIA DE LA FE

94. Gracias a la asistencia del Espíritu Santo, la inteligencia tanto de

las realidades como de las palabras del depósito de la fe puede crecer

66

en la vida de la Iglesia:

–

«Cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su

2651

corazón» (DV 8); es en particular la «investigación teológica

[...] la que debe profundizar en el conocimiento de la verdad

revelada» (GS 62,7; cf.r. Ibíd. , 44,2; DV 23; Ibíd., 24; UR 4).

2038, 2518

– Cuando los fieles «comprenden internamente los misterios que

viven» (DV 8); Divina eloquia cum legente crescunt («la comprensión de las palabras divinas crece con su reiterada

lectura», San Gregorio Magno, Homiliae in Ezechielem, 1,7,8:

PL 76, 843).

–

«Cuando las proclaman los obispos, que con la sucesión

apostólica reciben un carisma de la verdad» (DV 8).

95. «La santa Tradición, la sagrada Escritura y el Magisterio de la

Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de

modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno

según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo,

contribuyen eficazmente a la salvación de las almas» (DV 10,3).

Resumen

96. Lo que Cristo confió a los Apóstoles, éstos lo transmitieron por

su predicación y por escrito, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a

todas las generaciones hasta el retorno glorioso de Cristo.

97. «La santa Tradición y la sagrada Escritura constituyen un único

depósito sagrado de la palabra de Dios» ( DV 10), en el cual, como en

un espejo, la Iglesia peregrinante contempla a Dios, fuente de todas

sus riquezas.

98. «La Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y

transmite a todas las edades lo que ella es, todo lo que cree" ( DV 8).

99. En virtud de su sentido sobrenatural de la fe, todo el Pueblo de

Dios no cesa de acoger el don de la Revelación divina, de penetrarla

más profundamente y de vivirla de modo más pleno.

100. El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios ha

sido confiado únicamente al Magisterio de la Iglesia, al Papa y a los

obispos en comunión con él.

ARTÍCULO 3

LA SAGRADA ESCRITURA

I. Cristo, palabra única de la Sagrada Escritura

101. En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los

hombres, les habla en palabras humanas: «La palabra de Dios,

expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano,

como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra débil condición

humana, se hizo semejante a los hombres» (DV 13).

102. A través de todas las palabras de la sagrada Escritura, Dios dice

sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se da a conocer en

65, 2763

plenitud (cf. Hb 1,1-3):

«Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas

426-429

las Escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos

los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no

necesita sílabas porque no está sometido al tiempo» (San Agustín,

Enarratio in Psalmum, 103,4,1).

1100, 1184 103. Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas

Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de

presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la

1378

Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. DV 21).

104. En la sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su

alimento y su fuerza (cf. DV 24), porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios

(cf. 1 Ts 2,13). «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo

sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos»

(DV 21).

II. Inspiración y verdad de la Sagrada Escritura

105. Dios es el autor de la Sagrada Escritura. «Las verdades

reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada

Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo».

«La santa madre Iglesia, según la fe de los Apóstoles, reconoce

que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas

sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por

inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales

han sido confiados a la Iglesia« (DV 11).

106. Dios ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados.

«En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres

elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo,

obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron

por escrito todo y sólo lo que Dios quería» (DV 11).

107. Los libros inspirados enseñan la verdad. «Como todo lo que

afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu

702

Santo, se sigue que los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente

y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para

salvación nuestra» (DV 11).

108. Sin embargo, la fe cristiana no es una «religión del Libro». El

cristianismo es la religión de la «Palabra» de Dios, «no de un verbo

escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo» (San Bernardo de

Claraval, Homilia super missus est, 4,11: PL 183, 86B). Para que las

Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra

eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la

inteligencia de las mismas (cf. Lc 24, 45).

III. El Espíritu Santo, intérprete de la Escritura

109. En la sagrada Escritura, Dios habla al hombre a la manera de los

hombres. Por tanto, para interpretar bien la Escritura, es preciso estar

atento a lo que los autores humanos quisieron verdaderamente afirmar

y a lo que Dios quiso manifestarnos mediante sus palabras (cf. DV

12,1).

110. Para descubrir la intención de los autores sagrado s es preciso

tener en cuenta las condiciones de su tiempo y de su cultura, los

«géneros literarios» usados en aquella época, las maneras de sentir, de

hablar y de narrar en aquel tiempo. «Pues la verdad se presenta y se

enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros

proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios» (DV 12,2).

111. Pero, dado que la sagrada Escritura es inspirada, hay otro

principio de la recta interpretación, no menos importante que el

precedente, y sin el cual la Escritura sería letra muerta: «La Escritura

se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita»

(DV 12,3).

El Concilio Vaticano II señala tres criterios para una interpretación

de la Escritura conforme al Espíritu que la inspiró (cf. DV 12,3): 112. 1. Prestar una gran atención «al contenido y a la unidad de

128

toda la Escritura». En efecto, por muy diferentes que sean los libros

que la componen, la Escritura es una en razón de la unidad del

368

designio de Dios, del que Cristo Jesús es el centro y el corazón,

abierto desde su Pascua (cf. Lc 24,25-27. 44-46).

«Por el corazón (cf. Sal 22,15) de Cristo se comprende la sagrada

Escritura, la cual hace conocer el corazón de Cristo. Este corazón estaba

cerrado antes de la Pasión porque la Escritura era oscura. Pero la

Escritura fue abierta después de la Pasión, porque los que en adelante

tienen inteligencia de ella consideran y disciernen de qué manera deben

ser interpretadas las profecías» (Santo Tomás de Aquino, Expositio in

Psalmos, 21,11).

81

113. 2. Leer la Escritura en «la Tradición viva de toda la Iglesia».

Según un adagio de los Padres, Sacra Scriptura pincipalius est in

corde Ecclesiae quam in materialibus instrumentis scripta («La

sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la

materialidad de los libros escritos»). En efecto, la Iglesia encierra en

su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios, y el Espíritu

Santo le da la interpretación espiritual de la Escritura ( ... secundum

spiritualem sensum quem Spiritus donat Ecclesiae [Orígenes,

Homiliae in Leviticum, 5,5]).

90

114. 3. Estar atento «a la analogía de la fe» (cf. Rm 12, 6). Por

«analogía de la fe» entendemos la cohesión de las verdades de la fe

entre sí y en el proyecto total de la Revelación.

EL SENTIDO DE LA ESCRITURA

115. Según una antigua tradición, se pueden distinguir dos sentidos de la

Escritura: el sentido literal y el sentido espiritual; este último se subdivide en

sentido alegórico, moral y anagógico. La concordancia profunda de los

cuatro sentidos asegura toda su riqueza a la lectura viva de la Escritura en la

Iglesia.

110-114

116. El sentido literal. Es el sentido significado por las palabras de la

Escritura y descubierto por la exégesis que sigue las reglas de la justa

interpretación. Omnes sensus (sc. sacrae Scripturae) fundentur super unum

litteralem sensum (Santo Tomás de Aquino, S.Th., 1, q.1, a. 10, ad 1). Todos

los sentidos de la Sagrada Escritura se fundan sobre el sentido literal.

117. El sentido espiritual. Gracias a la unidad del designio de Dios, no

1101

solamente el texto de la Escritura, sino también las realidades y los

acontecimientos de que habla pueden ser signos.

1. El sentido alegórico. Podemos adquirir una comprensión más

profunda de los acontecimientos reconociendo su significación en

Cristo; así, el paso del mar Rojo es un signo de la victoria de Cristo

y por ello del Bautismo (cf. 1 Cor 10, 2).

2. El sentido moral. Los acontecimientos narrados en la Escritura

pueden conducirnos a un obrar justo. Fueron escritos «para nuestra

instrucción» ( 1 Cor 10, 11; cf. Hb 3-4,11).

3. El sentido anagógico. Podemos ver realidades y acontecimientos en

su significación eterna, que nos conduce (en griego: «anagoge»)

hacia nuestra Patria. Así, la Iglesia en la tierra es signo de la

Jerusalén celeste (cf. Ap 21,1- 22,5).

118. Un dístico medieval resume la significación de los cuatro sentidos:

"Littera gesta docet, quid credas allegoria,

Moralis quid agas, quo tendas anagogia"

(La letra enseña los hechos,

la alegoría lo que has de creer,

el sentido moral lo que has de hacer,

y la anagogía a dónde has de tender).

(Agustín de Dacia, Rotulus pugillaris, I: ed. A. Walz: Angelicum 6

[1929], 256)

119. «A los exegetas toca aplicar estas normas en su trabajo para ir

penetrando y exponiendo el sentido de la sagrada Escritura, de modo

que mediante un cuidadoso estudio pueda madurar el juicio de la

94

Iglesia. Todo lo dicho sobre la interpretación de la Escritura queda

sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de Dios el

encargo y el oficio de conservar e interpretar la palabra de Dios»

(DV 12,3): 113

«Ego vero Evangelio non crederem, nisi me catholicae Ecclesiae

commoveret auctoritas» (No creería en el Evangelio, si no me moviera a

ello la autoridad de la Iglesia católica) (San Agustín, Contra epistulam

Manichaei quam vocant fundamenti, 5,6).

IV. El canon de las Escrituras

1117

120. La Tradición apostólica hizo discernir a la Iglesia qué escritos

constituyen la lista de los Libros Santos (cf. DV 8,3). Esta lista integral es llamada «canon» de las Escrituras. Comprende para el

Antiguo Testamento 46 escritos (45 si se cuentan Jr y Lm como uno

solo), y 27 para el Nuevo (cf. Decretum Damasi: DS 179; Concilio de

Florencia, año 1442: ibíd. ,1334-1336; Concilio de Trento: ibíd. , 1501-

1504):

Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces,

Rut, los dos libros de Samuel, los dos libros de los Reyes, los dos libros

de las Crónicas, Esdras y Nehemías, Tobías, Judit, Ester, los dos libros de

los Macabeos, Job, los Salmos, los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de

los Cantares, la Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías, las

Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías,

Jonás Miqueas, Nahúm , Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías

para el Antiguo Testamento;

Los Evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan, los Hechos

de los Apóstoles, las cartas de Pablo a los Romanos, la primera y segunda

a los Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los

Colosenses, la primera y la segunda a los Tesalonicenses, la primera y la

segunda a Timoteo, a Tito, a Filemón, la carta a los Hebreos, la carta de

Santiago, la primera y la segunda de Pedro, las tres cartas de Juan, la

carta de Judas y el Apocalipsis para el Nuevo Testamento.

EL ANTIGUO TESTAMENTO

121. El Antiguo Testamento es una parte de la sagrada Escritura de la

1093

que no se puede prescindir. Sus libros son divinamente inspirados y

conservan un valor permanente (cf. DV 14), porque la Antigua Alianza no ha sido revocada.

122. En efecto, «el fin principal de la economía del Antiguo

702

Testamento era preparar la venida de Cristo, redentor universal».

763

«Aunque contienen elementos imperfectos y pasajeros», los libros del

Antiguo Testamento dan testimonio de toda la divina pedagogía del

708

amor salvífico de Dios: «Contienen enseñanzas sublimes sobre Dios y

una sabiduría salvadora acerca de la vida del hombre, encierran

admirables tesoros de oración, y en ellos se esconde el misterio de

2568

nuestra salvación» (DV 15).

123. Los cristianos veneran el Antiguo Testamento como verdadera

Palabra de Dios. La Iglesia ha rechazado siempre vigorosamente la

idea de prescindir del Antiguo Testamento so pretexto de que el

Nuevo lo habría hecho caduco (marcionismo).

EL NUEVO TESTAMENTO

124. «La Palabra de Dios, que es fuerza de Dios para la salvación del

que cree, se encuentra y despliega su fuerza de modo privilegiado en

el Nuevo Testamento» (DV 17). Estos escritos nos ofrecen la verdad definitiva de la Revelación divina. Su objeto central es Jesucristo, el

Hijo de Dios encarnado, sus obras, sus enseñanzas, su pasión y su

glorificación, así como los comienzos de su Iglesia bajo la acción del

Espíritu Santo (cf. DV 20).

125. Los Evangelios son el corazón de todas las Escrituras «por ser

515

el testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne,

nuestro Salvador» (DV 18).

126. En la formación de los Evangelios se pueden distinguir tres etapas:

1. La vida y la enseñanza de Jesús. La Iglesia mantiene firmemente que

los cuatro evangelios, «cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican

fielmente lo que Jesús, Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y

enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día en que fue levantado

al cielo».

2. La tradición oral. «Los apóstoles ciertamente después de la ascensión

76

del Señor predicaron a sus oyentes lo que Él había dicho y obrado, con

aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, instruidos y guiados por

los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad».

76

3. Los evangelios escritos. «Los autores sagrados escribieron los cuatro

evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se transmitían de

palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la

situación de las Iglesias, conservando por fin la forma de proclamación, de

manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús»

(DV 19).

127. El Evangelio cuadriforme ocupa en la Iglesia un lugar único; de

1154

ello dan testimonio la veneración de que lo rodea la liturgia y el

atractivo incomparable que ha ejercido en todo tiempo sobre los

santos:

«No hay ninguna doctrina que sea mejor, más preciosa y más espléndida

que el texto del Evangelio. Ved y retened lo que nuestro Señor y Maestro,

Cristo, ha enseñado mediante sus palabras y realizado mediante sus

obras» (Santa Cesárea Joven, Epistula ad Richildam et Radegundem: SC

345, 480).

2705

«Es sobre todo el Evangelio lo que me ocupa durante mi oración; en él

encuentro todo lo que es necesario a mi pobre alma. En él descubro

siempre nuevas luces, sentidos escondidos y misteriosos» (Santa Teresa

del Niño Jesús, Manuscritos autobiográficos, París 1922, p. 268).

LA UNIDAD DEL ANTIGUO Y DEL NUEVO TESTAMENTO

128. La Iglesia, ya en los tiempos apostólicos (cf. 1 Cor 10,6.11;

Hb 10,1; 1 Pe 3,21), y después constantemente en su tradición,

esclareció la unidad del plan divino en los dos Testamentos gracias a

la tipología. Esta reconoce, en las obras de Dios en la Antigua

Alianza, prefiguraciones de lo que Dios realizó en la plenitud de los

1094, 489

tiempos en la persona de su Hijo encarnado.

129. Los cristianos, por tanto, leen el Antiguo Testamento a la luz de

Cristo muerto y resucitado. Esta lectura tipológica manifiesta el

651

contenido inagotable del Antiguo Testamento. Ella no debe hacer

olvidar que el Antiguo Testamento conserva su valor propio de

revelación que nuestro Señor mismo reafirmó (cf. Mc 12,29-31). Por

2055

otra parte, el Nuevo Testamento exige ser leído también a la luz del

Antiguo. La catequesis cristiana primitiva recurrirá constantemente a

él (cf. 1 Co 5, 6-8; 10, 1-11). Según un viejo adagio, el Nuevo

Testamento está escondido en el Antiguo, mientras que el Antiguo se

hace manifiesto en el Nuevo: Novum in Vetere latet et in Novo Vetus

1968

patet (San Agustín, Quaestiones in Heptateuchum 2,73; cf. DV 16).

130. La tipología significa un dinamismo que se orienta al

cumplimiento del plan divino cuando «Dios sea todo en todo» ( 1 Co

15, 28). Así la vocación de los patriarcas y el éxodo de Egipto, por

ejemplo, no pierden su valor propio en el plan de Dios por el hecho de

que son al mismo tiempo etapas intermedias.

V. La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia

131. «Es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios, que

constituye sustento y vigor para la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos,

alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual»

(DV 21). «Los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura»

(DV 22).

132. «La sagrada Escritura debe ser como el alma de la sagrada

94

teología. El ministerio de la palabra, que incluye la predicación

pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana y, en puesto

privilegiado, la homilía, recibe de la palabra de la Escritura alimento

saludable y por ella da frutos de santidad» (DV 24).

2653

133. La Iglesia «recomienda de modo especial e insistentemente a

todos los fieles [...] la lectura asidua de las divinas Escrituras para que

adquieran "la ciencia suprema de Jesucristo» ( Flp 3,8), «pues

1792

desconocer la Escritura es desconocer a Cristo» (DV 25; cf. San Jerónimo, Commentarii in Isaiam, Prólogo: CCL 73, 1 [PL 24, 17]).

Resumen

134. «Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo,

porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura

divina se cumple en Cristo» (Hugo de San Víctor, De arca Noe 2,8:

PL 176, 642C; cf. Ibíd., 2,9: PL 176, 642-643).

135. «Las sagradas Escrituras contienen la Palabra de Dios y,

porque están inspiradas, son realmente Palabra de Dios» ( DV 24).

136. Dios es el autor de la sagrada Escritura porque inspira a sus

autores humanos: actúa en ellos y por ellos. Da así la seguridad de

que sus escritos enseñan sin error la verdad salvífica (cf. DV 11).

137. La interpretación de las Escrituras inspiradas debe estar sobre

todo atenta a lo que Dios quiere revelar por medio de los autores

sagrados para nuestra salvación. «Lo que viene del Espíritu sólo es

plenamente percibido por la acción del Espíritu» (Cf. Orígenes,

Homiliae in Exodum, 4,5).

138. La Iglesia recibe y venera como inspirados los cuarenta y seis

libros del Antiguo Testamento y los veintisiete del Nuevo.

139. Los cuatro Evangelios ocupan un lugar central, pues su centro

es Cristo Jesús.

140. La unidad de los dos Testamentos se deriva de la unidad del

plan de Dios y de su Revelación. El Antiguo Testamento prepara el

Nuevo mientras que éste da cumplimiento al Antiguo; los dos se

esclarecen mutuamente; los dos son verdadera Palabra de Dios.

141. «La Iglesia siempre ha venerado la sagrada Escritura, como lo

ha hecho con el Cuerpo de Cristo» ( DV 21): aquélla y éste alimentan y rigen toda la vida cristiana. «Para mis pies antorcha es tu palabra,

luz para mi sendero» ( Sal 119,105; cf. Is 50,4).

CAPÍTULO TERCERO

LA RESPUESTA DEL HOMBRE A DIOS

142. Por su revelación, «Dios invisible habla a los hombres como a

amigos, movido por su gran amor, y mora con ellos para invitarlos a la

comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (DV 2). La 1102

respuesta adecuada a esta invitación es la fe.

143. Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su

voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios

2087

que revela (cf. DV 5). La sagrada Escritura llama «obediencia de la fe» a esta respuesta del hombre a Dios que revela (cf. Rm 1,5; 16,26).

ARTÍCULO 1

1814-1816

CREO

I. La obediencia de la fe

144. Obedecer ( ob-audire) en la fe es someterse libremente a la

palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la

Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos

propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más

perfecta de la misma.

ABRAHAM, «PADRE DE TODOS LOS CREYENTES»

145. La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los

antepasados, insiste particularmente en la fe de Abraham: «Por la fe,

59, 2570

Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en

herencia, y salió sin saber a dónde iba» ( Hb 11,8; cf. Gn 12,1-4). Por

la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida

(cf. Gn 23,4). Por la fe, a Sara se le otorgó el concebir al hijo de la

489

promesa. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en

sacrificio (cf. Hb 11,17).

146. Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los

1819

Hebreos: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las

realidades que no se ven» ( Hb 11,1). «Creyó Abraham en Dios y le

fue reputado como justicia» ( Rm 4,3; cf. Gn 15,6). Y por eso,

fortalecido por su fe, Abraham fue hecho «padre de todos los

creyentes» ( Rm 4,11.18; cf. Gn 15, 5).

147. El Antiguo Testamento es rico en testimonios acerca de esta fe.

La carta a los Hebreos proclama el elogio de la fe ejemplar por la que

839

los antiguos «fueron alabados» ( Hb 11, 2. 39). Sin embargo, «Dios

tenía ya dispuesto algo mejor»: la gracia de creer en su Hijo Jesús, «el

que inicia y consuma la fe» ( Hb 11,40; 12,2).

MARÍA: «DICHOSA LA QUE HA CREÍDO»

148. La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia

494, 2617

de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el

ángel Gabriel, creyendo que «nada es imposible para Dios» ( Lc 1,37;

cf. Gn 18,14) y dando su asentimiento: «He aquí la esclava del Señor;

hágase en mí según tu palabra» ( Lc 1,38). Isabel la saludó: «¡Dichosa

la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de

506

parte del Señor!» ( Lc 1,45). Por esta fe todas las generaciones la

proclamarán bienaventurada (cf. Lc 1,48).

149. Durante toda su vida, y hasta su última prueba (cf. Lc 2,35),

cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó

969

de creer en el «cumplimiento» de la palabra de Dios. Por todo ello, la

Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.

507, 829

II. "Yo sé en quién tengo puesta mi fe" (2 Tm 1,12)

CREER SOLO EN DIOS

150. La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es

al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la

verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y

asentimiento a la verdad que Él ha revelado, la fe cristiana difiere de la

fe en una persona humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a

Dios y creer absolutamente lo que Él dice. Sería vano y errado poner

222

una fe semejante en una criatura (cf. Jr 17,5-6; Sal 40,5; 146,3-4).

CREER EN JESUCRISTO, EL HIJO DE DIOS

151. Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en

Aquel que Él ha enviado, «su Hijo amado», en quien ha puesto toda su

complacencia ( Mc 1,11). Dios nos ha dicho que le escuchemos

(cf. Mc 9,7). El Señor mismo dice a sus discípulos: «Creed en Dios,

424

creed también en mí» ( Jn 14,1). Podemos creer en Jesucristo porque

es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el

Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» ( Jn 1,18).

Porque «ha visto al Padre» ( Jn 6,46), Él es único en conocerlo y en

poderlo revelar (cf. Mt 11,27).

CREER EN EL ESPÍRITU SANTO

243, 683

152. No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es

el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque

«nadie puede decir: "Jesús es Señor" sino bajo la acción del Espíritu

Santo» ( 1 Co 12,3). «El Espíritu todo lo sondea, hasta las

profundidades de Dios [...] Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el

Espíritu de Dios» ( 1 Co 2, 10-11). Sólo Dios conoce a Dios

enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo porque es Dios.

232

La Iglesia no cesa de confesar su fe en un solo Dios, Padre, Hijo y

Espíritu Santo.

III. Las características de la fe

LA FE ES UNA GRACIA

153. Cuando san Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de

Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido «de la

552

carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos»

( Mt 16,17; cf. Ga 1,15; Mt 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud

1814

sobrenatural infundida por Él. «Para dar esta respuesta de la fe es

1996

necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con los

2609

auxilios interiores del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige

a Dios, abre los ojos del espíritu y concede "a todos gusto en aceptar y

creer la verdad"» (DV 5).

LA FE ES UN ACTO HUMANO

154. Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del

Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto

auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la

1749

inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a

las verdades por Él reveladas. Ya en las relaciones humanas no es

contrario a nuestra propia dignidad creer lo que otras personas nos

dicen sobre ellas mismas y sobre sus intenciones, y prestar confianza a

sus promesas (como, por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se

casan), para entrar así en comunión mutua. Por ello, es todavía menos

contrario a nuestra dignidad «prestar por la fe la sumisión plena de

2126

nuestra inteligencia y de nuestra voluntad al Dios que revela»

(Concilio Vaticano I: DS 3008) y entrar así en comunión íntima con

Él.

155. En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la

2008

gracia divina: «Creer es un acto del entendimiento que asiente a la

verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la

gracia» (Santo Tomás de Aquino, S.Th. , 2-2, q. 2 a. 9; cf. Concilio

Vaticano I: DS 3010).

LA FE Y LA INTELIGENCIA

156. El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades

reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra

1063

razón natural. Creemos «a causa de la autoridad de Dios mismo que

2465

revela y que no puede engañarse ni engañarnos». «Sin embargo, para

que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha

querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan

acompañados de las pruebas exteriores de su revelación» ( ibíd. , DS

548

3009). Los milagros de Cristo y de los santos (cf. Mc 16,20; Hch 2,4),

las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad

812

y su estabilidad «son signos certísimos de la Revelación divina,

adaptados a la inteligencia de todos», motivos de credibilidad que

muestran que «el asentimiento de la fe no es en modo alguno un

movimiento ciego del espíritu» (Concilio Vaticano I: DS 3008-3010).

157. La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento humano,

porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir.

Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón

y a la experiencia humanas, pero «la certeza que da la luz divina es

mayor que la que da la luz de la razón natural» (Santo Tomás de

Aquino, S.Th. , 2-2, q.171, a. 5, 3). «Diez mil dificultades no hacen una

2088

sola duda» (J. H. Newman, Apologia pro vita sua, c. 5).

158. «La fe trata de comprender» (San Anselmo de Canterbury,

Proslogion, proemium: PL 153, 225 A), es inherente a la fe que el

2705

creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe, y

comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más

penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de

1827

amor. La gracia de la fe abre «los ojos del corazón» ( Ef 1,18) para

una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación, es decir, del

90

conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su

conexión entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado. Ahora

bien, «para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda, el

mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de

2518

sus dones» (DV 5). Así, según el adagio de san Agustín «cree para comprender y comprende para creer» (San Agustín, Sermo 43,7,9: PL

38, 258).

159. Fe y ciencia. «A pesar de que la fe esté por encima de la razón,

jamás puede haber contradicción entre ellas. Puesto que el mismo

283

Dios que revela los misterios e infunde la fe otorga al espíritu humano

la luz de la razón, Dios no puede negarse a sí mismo ni lo verdadero

contradecir jamás a lo verdadero» (Concilio Vaticano I: DS 3017).

«Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas, si se

2293

procede de un modo realmente científico y según las normas morales,

nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades

profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más

aún, quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por

escrutar lo escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como guiado

por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean

lo que son» (GS 36,2).

L

A LIBERTAD DE LA FE

160. «El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios;

nadie debe ser obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, 1738, 2106

el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza» (DH 10; cf. CIC,

can. 748, 2). «Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en

espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados en conciencia, pero

no coaccionados [...] Esto se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús»

(DH 11). En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión, Él no forzó jamás a nadie. «Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla

por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino [...] crece por el

amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia

616

Él» (DH 11).

LA NECESIDAD DE LA FE

432

161. Creer en Cristo Jesús y en Aquel que lo envió para salvarnos es

1257

necesario para obtener esa salvación (cf. Mc 16,16; Jn 3,36; 6,40 e.a.).

«Puesto que "sin la fe... es imposible agradar a Dios" ( Hb 11,6) y

llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin

ella, y nadie, a no ser que "haya perseverado en ella hasta el fin"

846

( Mt 10,22; 24,13), obtendrá la vida eterna» (Concilio Vaticano I: DS

3012; cf. Concilio de Trento: DS 1532).

LA PERSEVERANCIA EN LA FE

162. La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don

2089

inestimable podemos perderlo; san Pablo advierte de ello a Timoteo:

«Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta;

algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe» ( 1 Tm 1,18-19).

Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos

1037, 2016 alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que nos la

2573, 2849 aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe «actuar por la caridad»

( Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rm 15,13)

y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

LA FE, COMIENZO DE LA VIDA ETERNA

163. La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión

beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios

1088

«cara a cara» ( 1 Co 13,12), «tal cual es» ( 1 Jn 3,2). La fe es, pues, ya

el comienzo de la vida eterna:

«Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como

reflejadas en un espejo, es como si poseyésemos ya las cosas maravillosas

de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día» (San Basilio

Magno, Liber de Spiritu Sancto 15,36: PG 32, 132; cf. Santo Tomás de

Aquino, S.Th. , 2-2, q.4, a.1, c).

164. Ahora, sin embargo, «caminamos en la fe y no [...] en la visión»

( 2 Co 5,7), y conocemos a Dios «como en un espejo, de una manera

confusa [...], imperfecta" ( 1 Co 13,12). Luminosa por aquel en quien

cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser

2846

puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy

lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del

309

sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la 1502, 1006

buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una

tentación.

165. Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la

fe: Abraham, que creyó, «esperando contra toda esperanza»

( Rm 4,18); la Virgen María que, en «la peregrinación de la fe»

(LG 58), llegó hasta la «noche de la fe» (Juan Pablo II, Redemptoris

Mater, 17) participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de 2719

su sepulcro; y tantos otros testigos de la fe: «También nosotros,

teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo

lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba

que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la

fe» ( Hb 12,1-2).

ARTÍCULO 2

CREEMOS

166. La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la

iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie

875

puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe

a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha

recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y

a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada

creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no

puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo

contribuyo a sostener la fe de los otros.

1124

167. "Creo" (Símbolo de los Apóstoles): Es la fe de la Iglesia

profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su

bautismo. "Creemos" (Símbolo de Nicea-Constantinopla, en el

original griego): Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos

reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de

2040

los creyentes. "Creo", es también la Iglesia, nuestra Madre, que

responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: "creo", "creemos".

I. "Mira, Señor, la fe de tu Iglesia"

168. La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y

sostiene mi fe. La Iglesia es la primera que, en todas partes, confiesa al

Señor ( Te per orbem terrarum sancta confitetur Ecclesia, –A Ti te

confiesa la Santa Iglesia por toda la tierra– cantamos en el himno Te

Deum), y con ella y en ella somos impulsados y llevados a confesar

también: "creo", "creemos". Por medio de la Iglesia recibimos la fe y

la vida nueva en Cristo por el bautismo. En el Ritual Romano, el

1253

ministro del bautismo pregunta al catecúmeno: "¿Qué pides a la

Iglesia de Dios?" Y la respuesta es: "La fe". "¿Qué te da la fe?" "La

vida eterna".

169. La salvación viene solo de Dios; pero puesto que recibimos la

vida de la fe a través de la Iglesia, ésta es nuestra madre: "Creemos en

la Iglesia como la madre de nuestro nuevo nacimiento, y no en la

750

Iglesia como si ella fuese el autor de nuestra salvación" (Fausto de

Riez, De Spiritu Sancto, 1,2: CSEL 21, 104). Porque es nuestra madre,

2030

es también la educadora de nuestra fe.

II. El lenguaje de la fe

170. No creemos en las fórmulas, sino en las realidades que estas

expresan y que la fe nos permite "tocar". "El acto [de fe] del creyente

no se detiene en el enunciado, sino en la realidad [enunciada]" (Santo

Tomás de Aquino, S.Th. , 2-2, q.1, a. 2, ad 2). Sin embargo, nos

186

acercamos a estas realidades con la ayuda de las formulaciones de la

fe. Estas permiten expresar y transmitir la fe, celebrarla en comunidad,

asimilarla y vivir de ella cada vez más.

171. La Iglesia, que es "columna y fundamento de la verdad" ( 1

Tm 3,15), guarda fielmente "la fe transmitida a los santos de una vez 78, 84, 857

para siempre" (cf. Judas 3). Ella es la que guarda la memoria de las

palabras de Cristo, la que transmite de generación en generación la

confesión de fe de los apóstoles. Como una madre que enseña a sus

hijos a hablar y con ello a comprender y a comunicar, la Iglesia,

185

nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en la

inteligencia y la vida de la fe.

III. Una sola fe

172. Desde siglos, a través de muchas lenguas, culturas, pueblos y

naciones, la Iglesia no cesa de confesar su única fe, recibida de un solo

813

Señor, transmitida por un solo bautismo, enraizada en la convicción de

que todos los hombres no tienen más que un solo Dios y Padre

(cf. Ef 4,4-6). San Ireneo de Lyon, testigo de esta fe, declara:

173. "La Iglesia, diseminada por el mundo entero hasta los confines

830

de la tierra, recibió de los Apóstoles y de sus discípulos la fe [...]

guarda diligentemente la predicación [...] y la fe recibida, habitando

como en una única casa; y su fe es igual en todas partes, como si

tuviera una sola alma y un solo corazón, y cuanto predica, enseña y

transmite, lo hace al unísono, como si tuviera una sola boca"

( Adversus haereses, 1, 10,1-2).

174. "Porque, aunque las lenguas difieren a través del mundo, el

contenido de la Tradición es uno e idéntico. Y ni las Iglesias

78

establecidas en Germania tienen otra fe u otra Tradición, ni las que

están entre los iberos, ni las que están entre los celtas, ni las de

Oriente, de Egipto, de Libia, ni las que están establecidas en el centro

del mundo..." ( Ibíd.). "El mensaje de la Iglesia es, pues, verídico y

sólido, ya que en ella aparece un solo camino de salvación a través del

mundo entero" ( Ibíd. 5,20,1).

175. "Esta fe que hemos recibido de la Iglesia, la guardamos con

cuidado, porque sin cesar, bajo la acción del Espíritu de Dios, como

un contenido de gran valor encerrado en un vaso excelente, rejuvenece

y hace rejuvenecer el vaso mismo que la contiene" ( Ibíd., 3,24,1).

Resumen

176. La fe es una adhesión personal del hombre entero a Dios que se

revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a

la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y sus

palabras.

177. "Creer" entraña, pues, una doble referencia: a la persona y a la

verdad; a la verdad por confianza en la persona que la atestigua.

178. No debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo,

y Espíritu Santo.

179. La fe es un don sobrenatural de Dios. Para creer, el hombre

necesita los auxilios interiores del Espíritu Santo.

180. "Creer" es un acto humano, consciente y libre, que corresponde

a la dignidad de la persona humana.

181. "Creer" es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede,

engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la Madre de

todos los creyentes. "Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a

la Iglesia por Madre" (San Cipriano de Cartago, De Ecclesiae

catholicae unitate, 6: PL 4,503A).

182. "Creemos todas aquellas cosas que se contienen en la Palabra

de Dios escrita o transmitida y son propuestas por la Iglesia [...] para

ser creídas como divinamente reveladas" (Pablo VI, Credo del Pueblo

de Dios , 20) .

183. La fe es necesaria para la salvación. El Señor mismo lo afirma:

"El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se

condenará" ( Mc 16,16).

184. "La fe [...] es un gusto anticipado del conocimiento que nos

hará bienaventurados en la vida futura" (Santo Tomás de Aquino,

Compendium theologiae , 1,2).

El Credo

Símbolo de los Apóstoles

Credo de Nicea-Constantinopla

Creo en Dios,

Creo en un solo Dios,

Padre Todopoderoso,

Padre Todopoderoso,

Creador del cielo y de la tierra.

Creador del cielo y de la tierra,

de todo lo visible y lo invisible.

Creo en Jesucristo, su único Hijo,

Creo en un solo Señor, Jesucristo,

Nuestro Señor,

Hijo único de Dios,

nacido del Padre

antes de todos los siglos:

Dios de Dios, Luz de Luz,

Dios verdadero de Dios verdadero,

engendrado, no creado,

de la misma naturaleza del Padre,

por quien todo fue hecho;

que por nosotros, los hombres, y

por nuestra salvación bajó del cielo,

que fue concebido por obra y gracia y por obra del Espíritu Santo

del Espíritu Santo,

se encarnó de María, la Virgen,

nació de Santa María Virgen,

y se hizo hombre;

padeció bajo el poder

y por nuestra causa fue crucificado

de Poncio Pilato

en tiempos de Poncio Pilato;

fue crucificado,

padeció

muerto y sepultado,

y fue sepultado,

descendió a los infiernos,

al tercer día resucitó

y resucitó al tercer día,

de entre los muertos,

según las Escrituras,

subió a los cielos

y subió al cielo,

y está sentado a la derecha de Dios, y está sentado a la derecha del Padre;

Padre todopoderoso.

Desde allí ha de venir

y de nuevo vendrá con gloria

a juzgar a vivos y muertos.

para juzgar a vivos y muertos,

y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo,

Creo en el Espíritu Santo,

Señor y dador de vida,

que procede del Padre y del Hijo,

que con el Padre y el Hijo recibe

una misma adoración y gloria,

y que habló por los profetas.

la santa Iglesia católica,

Creo en la Iglesia, que es una,

la comunión de los santos,

santa, católica y apostólica.

Confieso que hay un solo Bautismo

el perdón de los pecados,

para el perdón de los pecados.

la resurrección de la carne

Espero la resurrección de los muertos

y la vida eterna.

y la vida del mundo futuro.

Amén.

Amén.

SEGUNDA SECCION

LA PROFESION DE LA FE CRISTIANA

(Credo Apostólico y Niceno-Constantinopolitano en la página anterior)

LOS SÍMBOLOS DE LA FE

185. Quien dice "Yo creo", dice "Yo me adhiero a lo que nosotros

creemos". La comunión en la fe necesita un lenguaje común de la fe,

normativo para todos y que nos una en la misma confesión de fe.

171, 949

186. Desde su origen, la Iglesia apostólica expresó y transmitió su

propia fe en fórmulas breves y normativas para todos (cf. Rm 10,9; 1

Co 15,3-5; etc.). Pero muy pronto, la Iglesia quiso también recoger lo

esencial de su fe en resúmenes orgánicos y articulados destinados

sobre todo a los candidatos al bautismo:

«Esta síntesis de la fe no ha sido hecha según las opiniones humanas, sino

que de toda la Escritura ha sido recogido lo que hay en ella de más

importante, para dar en su integridad la única enseñanza de la fe. Y como

el grano de mostaza contiene en un grano muy pequeño gran número de

ramas, de igual modo este resumen de la fe encierra en pocas palabras

todo el conocimiento de la verdadera piedad contenida en el Antiguo y el

Nuevo Testamento» (San Cirilo de Jerusalén, Catecheses illuminadorum,

5,12; PG 33).

187. Se llama a estas síntesis de la fe "profesiones de fe" porque

resumen la fe que profesan los cristianos. Se les llama "Credo" por

razón de que en ellas la primera palabra es normalmente: "Creo". Se

les denomina igualmente "símbolos de la fe".

188. La palabra griega symbolon significaba la mitad de un objeto partido

(por ejemplo, un sello) que se presentaba como una señal para darse a

conocer. Las partes rotas se ponían juntas para verificar la identidad del

portador. El "símbolo de la fe" es, pues, un signo de identificación y de

comunión entre los creyentes. Symbolon significa también recopilación,

colección o sumario. El "símbolo de la fe" es la recopilación de las

principales verdades de la fe. De ahí el hecho de que sirva de punto de

referencia primero y fundamental de la catequesis.

1237

189. La primera "Profesión de fe" se hace en el Bautismo. El

232

"Símbolo de la fe" es ante todo el símbolo bautismal. Puesto que el

Bautismo es dado "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu

Santo" ( Mt 28,19), las verdades de fe profesadas en el Bautismo son

articuladas según su referencia a las tres Personas de la Santísima

Trinidad.

190. El Símbolo se divide, por tanto, en tres partes: "primero habla

de la primera Persona divina y de la obra admirable de la creación; a

continuación, de la segunda Persona divina y del Misterio de la

Redención de los hombres; finalmente, de la tercera Persona divina,

fuente y principio de nuestra santificación" ( Catecismo Romano,

1,1,3). Son "los tres capítulos de nuestro sello (bautismal)" (San

Ireneo de Lyon, Demonstratio apostolicae praedicationis, 100).

191. Cada una de estas tres partes se subdividen en una serie de

fórmulas

variadas

y

exactas.

Utilizando

una

comparación

frecuentemente repetida en las obras de los Santos Padres, llamamos

artículos a cada una de las fórmulas del Símbolo que clara y

distintamente hemos de creer, lo mismo que llamamos artículos

(articulaciones) a las distintas partes en que se divide cada una de las

partes del organismo humano ( Catecismo Romano, 1,1,4). Según una

antigua tradición, atestiguada ya por san Ambrosio, se acostumbra a

enumerar doce artículos del Credo, simbolizando con el número de los

doce apóstoles el conjunto de la fe apostólica (cf. San Ambrosio,

Explanatio Symboli, 8: PL 17, 1158D).

192. A lo largo de los siglos, en respuesta a las necesidades de

diferentes épocas, han sido numerosas las profesiones o símbolos de la

fe: los símbolos de las diferentes Iglesias apostólicas y antiguas (cf.

DS 1-64), el Símbolo Quicumque, llamado de san Atanasio (cf. Ibíd. ,

75-76), las profesiones de fe de varios Concilios (de Toledo XI: DS

525-541; de Letrán IV: ibíd. , 800-802; de Lyon II: ibíd., 851-861; de

Trento: ibíd., 1862-1870) o de algunos Papas, como la fides Damasi

(cf. DS 71-72) o el "Credo del Pueblo de Dios" de Pablo VI (1968).

193. Ninguno de los símbolos de las diferentes etapas de la vida de la

Iglesia puede ser considerado como superado e inútil. Nos ayudan a

captar y profundizar hoy la fe de siempre a través de los diversos

resúmenes que de ella se han hecho.

Entre todos los símbolos de la fe, dos ocupan un lugar muy

particular en la vida de la Iglesia:

194. El Símbolo de los Apóstoles, llamado así porque es considerado

con justicia como el resumen fiel de la fe de los Apóstoles. Es el

antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma. Su gran autoridad le

viene de este hecho: "Es el símbolo que guarda la Iglesia romana, la

que fue sede de Pedro, el primero de los apóstoles, y a la cual él llevó

la doctrina común" (San Ambrosio, Explanatio Symboli, 7: PL 17,

1158D).

195. El Símbolo llamado de Nicea-Constantinopla debe su gran

242, 245

autoridad al hecho de que es fruto de los dos primeros Concilios

465

ecuménicos (325 y 381). Sigue siendo todavía hoy el símbolo común a

todas las grandes Iglesias de Oriente y Occidente.

196. Nuestra exposición de la fe seguirá el Símbolo de los Apóstoles,

que constituye, por así decirlo, "el más antiguo catecismo romano".

No obstante, la exposición será completada con referencias constantes

al Símbolo Niceno-Constantinopolitano, que con frecuencia es más

explícito y más detallado.

197. Como en el día de nuestro Bautismo, cuando toda nuestra vida

fue confiada "a la regla de doctrina" ( Rm 6,17), acogemos el símbolo

1064

de esta fe nuestra que da la vida. Recitar con fe el Credo es entrar en

comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es entrar también en

comunión con toda la Iglesia que nos transmite la fe y en el seno de la

cual creemos:

1274

«Este símbolo es el sello espiritual [...] es la meditación de nuestro

corazón y el guardián siempre presente, es, con toda certeza, el tesoro de

nuestra alma» (San Ambrosio, Explanatio Symboli, 1: PL 17, 1155C).

CAPÍTULO PRIMERO

CREO EN DIOS PADRE

198. Nuestra profesión de fe comienza por Dios, porque Dios es "el

primero y el [...] último" ( Is 44,6), el principio y el fin de todo. El

Credo comienza por Dios Padre, porque el Padre es la primera

Persona divina de la Santísima Trinidad; nuestro Símbolo se inicia con

la creación del cielo y de la tierra, ya que la creación es el comienzo y

el fundamento de todas las obras de Dios.

ARTÍCULO 1

«CREO EN DIOS, PADRE TODOPODEROSO,

CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA»

Párrafo 1

CREO EN DIOS

199. "Creo en Dios": Esta primera afirmación de la Profesión de fe es

también la más fundamental. Todo el Símbolo habla de Dios, y si

habla también del hombre y del mundo, lo hace por relación a Dios.

Todos los artículos del Credo dependen del primero, así como los

mandamientos son explicitaciones del primero. Los demás artículos

2083

nos hacen conocer mejor a Dios tal como se reveló progresivamente a

los hombres. Con razón los fieles confiesan que lo más importante de

todo es creer en Dios ( Catecismo Romano, 1,2,2).

I. «Creo en un solo Dios»

200. Con estas palabras comienza el Símbolo Niceno-

2085

Constantinopolitano. La confesión de la unicidad de Dios, que tiene su

raíz en la Revelación Divina en la Antigua Alianza, es inseparable de

la confesión de la existencia de Dios y asimismo también

fundamental. Dios es Único: no hay más que un solo Dios: "La fe

cristiana cree y confiesa que hay un solo Dios [...] por naturaleza, por

substancia y por esencia" ( Catecismo Romano, 1,2,2).

2083

201. A Israel, su elegido, Dios se reveló como el Único: "Escucha

Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu

Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza"

( Dt 6,4-5). Por los profetas, Dios llama a Israel y a todas las naciones

a volverse a Él, el Único: "Volveos a mí y seréis salvados, confines

todos de la tierra, porque yo soy Dios, no existe ningún otro [...] ante

mí se doblará toda rodilla y toda lengua jurará diciendo: ¡Sólo en Dios

hay victoria y fuerza!" ( Is 45,22-24; cf. Flp 2,10-11).

202. Jesús mismo confirma que Dios es "el único Señor" y que es

preciso amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todo el

espíritu y todas las fuerzas (cf. Mc 12,29-30). Deja al mismo tiempo

446

entender que Él mismo es "el Señor" (cf. Mc 12,35-37). Confesar que

"Jesús es Señor" es lo propio de la fe cristiana. Esto no es contrario a

152

la fe en el Dios Único. Creer en el Espíritu Santo, "que es Señor y

dador de vida", no introduce ninguna división en el Dios único:

«Creemos firmemente y confesamos que hay un solo verdadero Dios,

42

inmenso e inmutable, incomprensible, todopoderoso e inefable, Padre,

Hijo y Espíritu Santo: Tres Personas, pero una sola esencia, substancia o

naturaleza absolutamente simple» (Concilio de Letrán IV: DS 800).

II. Dios revela su Nombre

203. Dios se reveló a su pueblo Israel dándole a conocer su Nombre.

2143

El nombre expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido

de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza anónima.

Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es, en cierta

manera, comunicarse a sí mismo haciéndose accesible, capaz de ser

más íntimamente conocido y de ser invocado personalmente.

204. Dios se reveló progresivamente y bajo diversos nombres a su

pueblo, pero la revelación del Nombre Divino, hecha a Moisés en la

63

teofanía de la zarza ardiente, en el umbral del Éxodo y de la Alianza

del Sinaí, demostró ser la revelación fundamental tanto para la

Antigua como para la Nueva Alianza.

E

L DIOS VIVO

205. Dios llama a Moisés desde una zarza que arde sin consumirse.

2575

Dios dice a Moisés: "Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de

Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob" ( Ex 3,6). Dios es el

Dios de los padres. El que había llamado y guiado a los patriarcas en

sus peregrinaciones. Es el Dios fiel y compasivo que se acuerda de

ellos y de sus promesas; viene para librar a sus descendientes de la

esclavitud. Es el Dios que más allá del espacio y del tiempo lo puede y

lo quiere, y que pondrá en obra toda su omnipotencia para este

designio.

268

"YO SOY EL QUE SOY"

Moisés dijo a Dios: «Si voy a los hijos de Israel y les digo: "El Dios de

vuestros padres me ha enviado a vosotros"; cuando me pregunten: "¿Cuál

es su nombre?", ¿qué les responderé?» Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el

que soy». Y añadió: «Así dirás a los hijos de Israel: "Yo soy" me ha

enviado a vosotros [...] Este es ni nombre para siempre, por él seré

invocado de generación en generación» ( Ex 3,13-15).

206. Al revelar su nombre misterioso de YHWH, "Yo soy el que es"

o "Yo soy el que soy" o también "Yo soy el que Yo soy", Dios dice

quién es y con qué nombre se le debe llamar. Este Nombre Divino es

misterioso como Dios es Misterio. Es a la vez un Nombre revelado y

como el rechazo de un nombre propio, y por esto mismo expresa

mejor a Dios como lo que Él es, infinitamente por encima de todo lo

43

que podemos comprender o decir: es el "Dios escondido" ( Is 45,15),

su Nombre es inefable (cf. Jc 13,18), y es el Dios que se acerca a los

hombres.

207. Al revelar su nombre, Dios revela, al mismo tiempo, su

fidelidad que es de siempre y para siempre, valedera para el pasado

("Yo soy el Dios de tus padres", Ex 3,6) como para el porvenir ("Yo

estaré contigo", Ex 3,12). Dios, que revela su Nombre como "Yo soy",

se revela como el Dios que está siempre allí, presente junto a su

pueblo para salvarlo.

208. Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el hombre

724

descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente, Moisés se quita las

sandalias y se cubre el rostro (cf. Ex 3,5-6) delante de la santidad

divina. Ante la gloria del Dios tres veces santo, Isaías exclama: "¡Ay

de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!"

( Is 6,5). Ante los signos divinos que Jesús realiza, Pedro exclama:

448

"Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador" ( Lc 5,8). Pero

porque Dios es santo, puede perdonar al hombre que se descubre

388

pecador delante de Él: "No ejecutaré el ardor de mi cólera [...] porque

soy Dios, no hombre; en medio de ti yo el Santo" ( Os 11,9). El apóstol

Juan dirá igualmente: "Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en

caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que

nuestra conciencia y conoce todo" ( 1 Jn 3,19-20).

209. Por respeto a su santidad el pueblo de Israel no pronuncia el Nombre

de Dios. En la lectura de la Sagrada Escritura, el Nombre revelado es

446

sustituido por el título divino "Señor" ( Adonai, en griego Kyrios). Con este

título será aclamada la divinidad de Jesús: "Jesús es Señor".

"D

IOS MISERICORDIOSO Y CLEMENTE"

210. Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para adorar al

2116

becerro de oro (cf. Ex 32), Dios escucha la intercesión de Moisés y

2577

acepta marchar en medio de un pueblo infiel, manifestando así su

amor (cf. Ex 33,12-17). A Moisés, que pide ver su gloria, Dios le

responde: "Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad (belleza) y

pronunciaré delante de ti el nombre de YHWH" ( Ex 33,18-19). Y el

Señor pasa delante de Moisés, y proclama: "Señor, Señor, Dios

misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y

fidelidad" ( Ex 34, 5-6). Moisés confiesa entonces que el Señor es un

Dios que perdona (cf. Ex 34,9).

211. El Nombre divino "Yo soy" o "Él es" expresa la fidelidad de

Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del

castigo que merece, "mantiene su amor por mil generaciones"

( Ex 34,7). Dios revela que es "rico en misericordia" ( Ef 2,4) llegando

hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del

604

pecado, revelará que Él mismo lleva el Nombre divino: "Cuando

hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy"

( Jn 8,28).

SOLO DIOS ES

212. En el transcurso de los siglos, la fe de Israel pudo desarrollar y

profundizar las riquezas contenidas en la revelación del Nombre

divino. Dios es único; fuera de Él no hay dioses (cf. Is 44,6). Dios

transciende el mundo y la historia. Él es quien ha hecho el cielo y la

42

tierra: "Ellos perecen, mas tú quedas, todos ellos como la ropa se

desgastan [...] pero tú siempre el mismo, no tienen fin tus años"

( Sal 102, 27-28). En Él "no hay cambios ni sombras de rotaciones"

469, 2086

( St 1,17). Él es "Él que es", desde siempre y para siempre y por eso

permanece siempre fiel a sí mismo y a sus promesas.

213. Por tanto, la revelación del Nombre inefable "Yo soy el que

soy" contiene la verdad de que sólo Dios ES. En este mismo sentido,

ya la traducción de los Setenta y, siguiéndola, la Tradición de la

Iglesia han entendido el Nombre divino: Dios es la plenitud del Ser y

de toda perfección, sin origen y sin fin. Mientras todas las criaturas

41

han recibido de Él todo su ser y su poseer. Él solo es su ser mismo y es

por sí mismo todo lo que es.

III. Dios, "El que es", es verdad y amor

214. Dios, "El que es", se reveló a Israel como el que es "rico en

amor y fidelidad" ( Ex 34,6). Estos dos términos expresan de forma

condensada las riquezas del Nombre divino. En todas sus obras, Dios

muestra su benevolencia, su bondad, su gracia, su amor; pero también

1062

su fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad. "Doy gracias a tu

Nombre por tu amor y tu verdad" ( Sal 138,2; cf. Sal 85,11). Él es la

Verdad, porque "Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna" ( 1 Jn 1,5);

él es "Amor", como lo enseña el apóstol Juan ( 1 Jn 4,8).

DIOS ES LA VERDAD

2465

215. "Es verdad el principio de tu palabra, por siempre, todos tus

justos juicios" ( Sal 119, 160). "Ahora, mi Señor Dios, tú eres Dios, tus

palabras son verdad" ( 2 S 7,28); por eso las promesas de Dios se

1063

realizan siempre (cf. Dt 7,9). Dios es la Verdad misma, sus palabras

156

no pueden engañar. Por ello el hombre se puede entregar con toda

confianza a la verdad y a la fidelidad de la palabra de Dios en todas las

cosas. El comienzo del pecado y de la caída del hombre fue una

mentira del tentador que indujo a dudar de la palabra de Dios, de su

397

benevolencia y de su fidelidad.

295

216. La verdad de Dios es su sabiduría que rige todo el orden de la

creación y del gobierno del mundo (cf. Sb 13,1-9). Dios, único

Creador del cielo y de la tierra (cf. Sal 115,15), es el único que puede

32

dar el conocimiento verdadero de todas las cosas creadas en su

relación con Él (cf. Sb 7,17-21).

217. Dios es también verdadero cuando se revela: la enseñanza que

viene de Dios es "una Ley de verdad" ( Ml 2,6). Cuando envíe su Hijo

al mundo, será para "dar testimonio de la Verdad" ( Jn 18,37):

851

"Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia

para que conozcamos al Verdadero" ( 1 Jn 5,20; cf. Jn 17,3).

2466

DIOS ES AMOR

218. A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo

tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos

como pueblo suyo: su amor gratuito (cf. Dt 4,37; 7,8; 10,15). E Israel

295

comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no

cesó de salvarlo (cf. Is 43,1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus

pecados (cf. Os 2).

219. El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su

hijo (cf. Os 11,1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a

239

sus hijos (cf. Is 49,14-15). Dios ama a su pueblo más que un esposo a

796

su amada ( Is 62,4-5); este amor vencerá incluso las peores

infidelidades (cf. Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso:

"Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único" ( Jn 3,16).

458

220. El amor de Dios es "eterno" ( Is 54,8). "Porque los montes se

correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se

apartará" ( Is 54,10). "Con amor eterno te he amado: por eso he

reservado gracia para ti" ( Jr 31,3).

221. Pero san Juan irá todavía más lejos al afirmar: "Dios es Amor"

733

( 1 Jn 4,8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud

de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su

851

secreto más íntimo (cf. 1 Cor 2,7-16; Ef 3,9-12); Él mismo es una

eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha

257

destinado a participar en Él.

IV. Consecuencias de la fe en el Dios único

222. Creer en Dios, el Único, y amarlo con todo el ser tiene

consecuencias inmensas para toda nuestra vida:

400

223. Es reconocer la grandeza y la majestad de Dios: "Sí, Dios es

tan grande que supera nuestra ciencia" ( Jb 36,26). Por esto Dios debe

ser "el primer servido" (Santa Juana de Arco, Dictum: Procès de

condamnation).

2637

224. Es vivir en acción de gracias: Si Dios es el Único, todo lo que

somos y todo lo que poseemos vienen de Él: "¿Qué tienes que no

hayas recibido?" ( 1 Co 4,7). "¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que

me ha hecho?" ( Sal 116,12).

356, 360

225. Es reconocer la unidad y la verdadera dignidad de todos los

1700, 1934 hombres: Todos han sido hechos "a imagen y semejanza de Dios"

( Gn 1,26).

339, 2402

226. Es usar bien de las cosas creadas: La fe en Dios, el Único, nos

2415

lleva a usar de todo lo que no es Él en la medida en que nos acerca a

Él, y a separarnos de ello en la medida en que nos aparta de Él

(cf. Mt 5,29-30; 16, 24; 19,23-24):

«¡Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti! ¡Señor mío y

Dios mío, dame todo lo que me acerca a ti! ¡Señor mío y Dios mío,

despójame de mí mismo para darme todo a ti» (San Nicolás de Flüe,

Oración).

313

227. Es confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso en la

2090

adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa

admirablemente:

Nada te turbe, / Nada te espante

Todo se pasa, / Dios no se muda

2830

La paciencia / Todo lo alcanza;

Quien a Dios tiene / Nada le falta:

1723

Sólo Dios basta. ( Poesía, 30)

Resumen

228. "Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el Único Señor..."

( Dt 6,4; Mc 12,29). "Es absolutamente necesario que el Ser supremo

sea único, es decir, sin igual [...] Si Dios no es único, no es Dios"

(Tertuliano, Adversus Marcionem , 1,3).

229. La fe en Dios nos mueve a volvernos solo a Él como a nuestro

primer origen y nuestro fin último; y a no preferir nada a Él.

230. Dios al revelarse sigue siendo Misterio inefable: "Si lo

comprendieras, no sería Dios" (San Agustín, Sermones , 52,6,16: PL

38, 360).

231. El Dios de nuestra fe se ha revelado como Él que es; se ha dado

a conocer como "rico en amor y fidelidad" ( Ex 34,6). Su Ser mismo es

Verdad y Amor.

Párrafo 2

EL PADRE

I. "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"

232. Los cristianos son bautizados "en el nombre del Padre y del Hijo

189, 1223

y del Espíritu Santo" ( Mt 28,19). Antes responden "Creo" a la triple

pregunta que les pide confesar su fe en el Padre, en el Hijo y en el

Espíritu: Fides omnium christianorum in Trinitate consistit ("La fe de

todos los cristianos se cimenta en la Santísima Trinidad") (San

Cesáreo de Arlés, Expositio symboli [ sermo 9]: CCL 103, 48).

233. Los cristianos son bautizados en "el nombre" del Padre y del

Hijo y del Espíritu Santo y no en "los nombres" de éstos (cf.

Virgilio, Professio fidei (552): DS 415), pues no hay más que un solo

Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo: la

Santísima Trinidad.

2157

234. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la

fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues,

la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina.

90

Es la enseñanza más fundamental y esencial en la "jerarquía de las

verdades de fe" (DCG 43). "Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios

verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los

1449

hombres, los aparta del pecado y los reconcilia y une consigo"

(DCG 47).

235. En este párrafo, se expondrá brevemente de qué manera es

revelado el misterio de la Bienaventurada Trinidad (I), cómo la Iglesia

ha formulado la doctrina de la fe sobre este misterio (II), y finalmente

cómo, por las misiones divinas del Hijo y del Espíritu Santo, Dios

Padre realiza su "designio amoroso" de creación, de redención, y de

santificación (III).

1066

236. Los Padres de la Iglesia distinguen entre la Theologia y la Oikonomia,

designando con el primer término el misterio de la vida íntima del Dios-

Trinidad, con el segundo todas las obras de Dios por las que se revela y

comunica su vida. Por la Oikonomia nos es revelada la Theologia; pero

259

inversamente, es la Theologia, la que esclarece toda la Oikonomia. Las obras

de Dios revelan quién es en sí mismo; e inversamente, el misterio de su Ser

íntimo ilumina la inteligencia de todas sus obras. Así sucede,

analógicamente, entre las personas humanas. La persona se muestra en su

obrar y a medida que conocemos mejor a una persona, mejor comprendemos

su obrar.

237. La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los

misterios escondidos en Dios, "que no pueden ser conocidos si no son

50

revelados desde lo alto" (Concilio Vaticano I: DS 3015). Dios,

ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de

Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero

la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio

inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la

Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.

II. La revelación de Dios como Trinidad

EL PADRE REVELADO POR EL HIJO

238. La invocación de Dios como "Padre" es conocida en muchas

religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como "padre de

los dioses y de los hombres". En Israel, Dios es llamado Padre en

cuanto Creador del mundo (Cf. Dt 32,6; Ml 2,10). Pues aún más, es

Padre en razón de la Alianza y del don de la Ley a Israel, su

"primogénito" ( Ex 4,22). Es llamado también Padre del rey de Israel

(cf. 2 S 7,14). Es muy especialmente "el Padre de los pobres", del

2443

huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa

(cf. Sal 68,6).

239. Al designar a Dios con el nombre de "Padre", el lenguaje de la fe

indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y

autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud

amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser

expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13;

Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la

intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la

experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros

representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también

que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la

paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios

370, 2779

transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es

Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal

27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef 3,14; Is 49,15): Nadie es padre

como lo es Dios.

240. Jesús ha revelado que Dios es "Padre" en un sentido nuevo: no

2780

lo es sólo en cuanto Creador; Él es eternamente Padre en relación a su

441-445

Hijo único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre:

"Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino

el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" ( Mt 11,27).

241. Por eso los Apóstoles confiesan a Jesús como "el Verbo que en

el principio estaba junto a Dios y que era Dios" ( Jn 1,1), como "la

imagen del Dios invisible" ( Col 1,15), como "el resplandor de su

gloria y la impronta de su esencia" ( Hb 1,3).

242. Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia

465

confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que

el Hijo es "consubstancial" al Padre ( Símbolo Niceno: DS 125), es

decir, un solo Dios con Él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido

en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su

formulación del Credo de Nicea y confesó "al Hijo Único de Dios,

nacido del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero

de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre"

( Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150).

EL PADRE Y EL HIJO REVELADOS POR EL ESPÍRITU

243. Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de "otro Paráclito"

683

(Defensor), el Espíritu Santo. Éste, que actuó ya en la Creación

(cf. Gn 1,2) y "por los profetas" ( Símbolo Niceno-Constantinopolitano:

DS 150), estará ahora junto a los discípulos y en ellos (cf. Jn 14,17),

2780

para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos "hasta la verdad

687

completa" ( Jn 16,13). El Espíritu Santo es revelado así como otra

persona divina con relación a Jesús y al Padre.

244. El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El

Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el

Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que

vuelve junto al Padre (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,14). El envío de la

persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús (cf. Jn 7,39), revela

732

en plenitud el misterio de la Santa Trinidad.

152

245. La fe apostólica relativa al Espíritu fue proclamada por el

segundo Concilio Ecuménico en el año 381 en Constantinopla:

"Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del

Padre" (DS 150). La Iglesia reconoce así al Padre como "la fuente y el

origen de toda la divinidad" (VI Concilio de Toledo, año 638: DS

490). Sin embargo, el origen eterno del Espíritu Santo está en

conexión con el del Hijo: "El Espíritu Santo, que es la tercera persona

de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma

sustancia y también de la misma naturaleza [...] por eso, no se dice que

es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el Espíritu del Padre y del

Hijo" (XI Concilio de Toledo, año 675: DS 527). El Credo del

685

Concilio de Constantinopla (año 381) confiesa: "Con el Padre y el

Hijo recibe una misma adoración y gloria" (DS 150).

246. La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu "procede

del Padre y del Hijo (Filioque)" . El Concilio de Florencia, en el año

1438, explicita: "El Espíritu Santo [...] tiene su esencia y su ser a la

vez del Padre y del Hijo y procede eternamente tanto del Uno como

del Otro como de un solo Principio y por una sola espiración [...]. Y

porque todo lo que pertenece al Padre, el Padre lo dio a su Hijo único

al engendrarlo a excepción de su ser de Padre, esta procesión misma

del Espíritu Santo a partir del Hijo, éste la tiene eternamente de su

Padre que lo engendró eternamente" (DS 1300-1301).

247. La afirmación del Filioque no figuraba en el símbolo confesado el

año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina

y alejandrina, el Papa san León la había ya confesado dogmáticamente el año

447 (cf. Quam laudabilitier: DS 284) antes incluso que Roma conociese y

recibiese el año 451, en el concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso

de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina

(entre los siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo

Niceno-Constantinopolitano por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un

motivo de no convergencia con las Iglesias ortodoxas.

248. La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen

primero del Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu

como "salido del Padre" ( Jn 15,26), esa tradición afirma que éste procede del

Padre por el Hijo (cf. AG 2). La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu

procede del Padre y del Hijo ( Filioque). Lo dice "de manera legítima y

razonable" (Concilio de Florencia, 1439: DS 1302), porque el orden eterno

de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el Padre

sea el origen primero del Espíritu en tanto que "principio sin principio"

(Concilio de Florencia 1442: DS 1331), pero también que, en cuanto Padre

del Hijo Único, sea con él "el único principio del que procede el Espíritu

Santo" (Concilio de Lyon II, año 1274: DS 850). Esta legítima

complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la

realidad del mismo misterio confesado.

III. La Santísima Trinidad en la doctrina de la fe

LA FORMACIÓN DEL DOGMA TRINITARIO

249. La verdad revelada de la Santísima Trinidad ha estado desde los

683

orígenes en la raíz de la fe viva de la Iglesia, principalmente en el acto

189

del Bautismo. Encuentra su expresión en la regla de la fe bautismal,

formulada en la predicación, la catequesis y la oración de la Iglesia.

Estas formulaciones se encuentran ya en los escritos apostólicos, como

este saludo recogido en la liturgia eucarística: "La gracia del Señor

Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con

todos vosotros" ( 2 Co 13,13; cf. 1 Co 12,4-6; Ef 4,4-6).

250. Durante los primeros siglos, la Iglesia formula más

explícitamente su fe trinitaria tanto para profundizar su propia

94

inteligencia de la fe como para defenderla contra los errores que la

deformaban. Esta fue la obra de los Concilios antiguos, ayudados por

el trabajo teológico de los Padres de la Iglesia y sostenidos por el

sentido de la fe del pueblo cristiano.

251. Para la formulación del dogma de la Trinidad, la Iglesia debió crear

una terminología propia con ayuda de nociones de origen filosófico:

"substancia", "persona" o "hipóstasis", "relación", etc. Al hacer esto, no sometía la fe a una sabiduría humana, sino que daba un sentido nuevo,

sorprendente, a estos términos destinados también a significar en adelante un

170

Misterio inefable, "infinitamente más allá de todo lo que podemos concebir

según la medida humana" (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 2).

252. La Iglesia utiliza el término "substancia" (traducido a veces

también por "esencia" o por "naturaleza") para designar el ser divino

en su unidad; el término "persona" o "hipóstasis" para designar al

Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distinción real entre sí; el

término "relación" para designar el hecho de que su distinción reside

en la referencia de cada uno a los otros.

EL DOGMA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

253. La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo

Dios en tres personas: "la Trinidad consubstancial" (Concilio de

2789

Constantinopla II, año 553: DS 421). Las personas divinas no se

reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente

Dios: "El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el

Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un

590

solo Dios por naturaleza" (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 530).

"Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia,

la esencia o la naturaleza divina" (Concilio de Letrán IV, año 1215:

DS 804).

254. Las Personas divinas son realmente distintas entre sí. "Dios es

único pero no solitario" ( Fides Damasi: DS 71). "Padre", "Hijo",

468, 689

"Espíritu Santo" no son simplemente nombres que designan

modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: "El

que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el

Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo" (Concilio de Toledo XI,

año 675: DS 530). Son distintos entre sí por sus relaciones de origen:

"El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el

Espíritu Santo es quien procede" (Concilio de Letrán IV, año 1215:

DS 804). La Unidad divina es Trina.

255. Las Personas divinas son relativas unas a otras. La distinción

real de las Personas entre sí, porque no divide la unidad divina, reside

únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras: "En los

nombres relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo

240

lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se

habla de estas tres Personas considerando las relaciones se cree en una

sola naturaleza o substancia" (Concilio de Toledo XI, año 675: DS

528). En efecto, "en Dios todo es uno, excepto lo que comporta

relaciones opuestas" (Concilio de Florencia, año 1442: DS 1330). "A

causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu

Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el

Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo" (Concilio de

Florencia, año 1442: DS 1331).

256. A los catecúmenos de Constantinopla, san Gregorio

Nacianceno, llamado también "el Teólogo", confía este resumen de la

236, 684

fe trinitaria:

84

«Ante todo, guardadme este buen depósito, por el cual vivo y combato,

con el cual quiero morir, que me hace soportar todos los males y

despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión de fe en el Padre y

el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío hoy. Por ella os introduciré

dentro de poco en el agua y os sacaré de ella. Os la doy como compañera

y patrona de toda vuestra vida. Os doy una sola Divinidad y Poder, que

existe Una en los Tres, y contiene los Tres de una manera distinta.

Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior

que eleve o grado inferior que abaje [...] Es la infinita connaturalidad de

tres infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios todo entero [...]

Dios los Tres considerados en conjunto [...] No he comenzado a pensar en

la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he

comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de

nuevo» ( Orationes, 40,41: PG 36,417).

IV. Las obras divinas y las misiones trinitarias

257. O lux beata Trinitas et principalis Unitas! ("¡Oh Trinidad, luz

bienaventurada y unidad esencial!") (LH, himno de vísperas "O lux

beata Trinitas"). Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso.

221

Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar

libremente la gloria de su vida bienaventurada. Tal es el "designio

benevolente" ( Ef 1,9) que concibió antes de la creación del mundo en

su Hijo amado, "predestinándonos a la adopción filial en Él" ( Ef 1,4-

5), es decir, "a reproducir la imagen de su Hijo" ( Rm 8,29) gracias al

758

"Espíritu de adopción filial" ( Rm 8,15). Este designio es una "gracia

dada antes de todos los siglos" ( 2 Tm 1,9-10), nacido inmediatamente

del amor trinitario. Se despliega en la obra de la creación, en toda la

292

historia de la salvación después de la caída, en las misiones del Hijo y

del Espíritu, cuya prolongación es la misión de la Iglesia (cf. AG 2-9).

850

258. Toda la economía divina es la obra común de las tres Personas

divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y

misma naturaleza, así también tiene una sola y misma operación (cf.

686

Concilio de Constantinopla II, año 553: DS 421). "El Padre, el Hijo y

el Espíritu Santo no son tres principios de las criaturas, sino un solo

principio" (Concilio de Florencia, año 1442: DS 1331). Sin embargo,

cada Persona divina realiza la obra común según su propiedad

personal. Así la Iglesia confiesa, siguiendo al Nuevo Testamento (cf. 1

Co 8,6): "Uno es Dios [...] y Padre de quien proceden todas las cosas,

Uno el Señor Jesucristo por el cual son todas las cosas, y Uno el

Espíritu Santo en quien son todas las cosas" (Concilio de

Constantinopla II: DS 421). Son, sobre todo, las misiones divinas de la

Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo las que manifiestan

las propiedades de las personas divinas.

259. Toda la economía divina, obra a la vez común y personal, da a

236

conocer la propiedad de las Personas divinas y su naturaleza única.

Así, toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas

divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo

hace por el Hijo en el Espíritu Santo; el que sigue a Cristo, lo hace

porque el Padre lo atrae (cf. Jn 6,44) y el Espíritu lo mueve

(cf. Rm 8,14).

260. El fin último de toda la economía divina es la entrada de las 1050, 1721

criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad

(cf. Jn 17,21-23). Pero desde ahora somos llamados a ser habitados

1997

por la Santísima Trinidad: "Si alguno me ama –dice el Señor–

guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y

haremos morada en él" ( Jn 14,23).

«Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí

misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma

estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme

salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la

profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu

morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en

ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en

2565

adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora» (Beata Isabel de

la Trinidad, Oración).

Resumen

261. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la

fe y de la vida cristiana. Sólo Dios puede dárnoslo a conocer

revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

262. La Encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre

eterno, y que el Hijo es "de la misma naturaleza que el Padre", es

decir, que es en Él y con Él el mismo y único Dios.

263. La misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre

del Hijo (cf. Jn 14,26) y por el Hijo "de junto al Padre" ( Jn 15,26),

revela que Él es con ellos el mismo Dios único. "Con el Padre y el

Hijo recibe una misma adoración y gloria".

264. "El Espíritu Santo procede principalmente del Padre, y por

concesión del Padre, sin intervalo de tiempo, procede de los dos como

de un principio común" (S. Agustín, De Trinitate , 15,26,47).

265. Por la gracia del bautismo "en el nombre del Padre y del Hijo y

del Espíritu Santo" ( Mt 28, 19) somos llamados a participar en la vida

de la Bienaventurada Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y,

después de la muerte, en la luz eterna (cf. Pablo VI, Credo del Pueblo

de Dios 9).

266. "La fe católica es ésta: que veneremos un Dios en la Trinidad y

la Trinidad en la unidad, no confundiendo las Personas, ni separando

las substancias; una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la

del Espíritu Santo; pero del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo una

es la divinidad, igual la gloria, coeterna la majestad" ( Símbolo

"Quicumque" : DS, 75).

267. Las Personas divinas, inseparables en su ser, son también

inseparables en su obrar. Pero en la única operación divina cada una

manifiesta lo que le es propio en la Trinidad, sobre todo en las

misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu

Santo.

Párrafo 3

EL TODOPODEROSO

268. De todos los atributos divinos, sólo la omnipotencia de Dios es

nombrada en el Símbolo: confesarla tiene un gran alcance para nuestra

222

vida. Creemos que esa omnipotencia es universal, porque Dios, que ha

creado todo (cf. Gn 1,1; Jn 1,3), rige todo y lo puede todo; es

amorosa, porque Dios es nuestro Padre (cf. Mt 6,9); es misteriosa,

porque sólo la fe puede descubrirla cuando "se manifiesta en la

debilidad" ( 2 Co 12,9; cf. 1 C o 1,18).

"TODO CUANTO LE PLACE, LO REALIZA" (SAL 115, 3)

269. Las sagradas Escrituras confiesan con frecuencia el poder

universal de Dios. Es llamado "el Poderoso de Jacob" ( Gn 49,24;

Is 1,24, etc.), "el Señor de los ejércitos", "el Fuerte, el Valeroso"

( Sal 24,8-10). Si Dios es Todopoderoso "en el cielo y en la tierra"

( Sal 135,6), es porque Él los ha hecho. Por tanto, nada le es imposible

(cf. Jr 32,17; Lc 1,37) y dispone de su obra según su voluntad

(cf. Jr 27,5); es el Señor del universo, cuyo orden ha establecido, que

le permanece enteramente sometido y disponible; es el Señor de la

303

historia: gobierna los corazones y los acontecimientos según su

voluntad (cf. Est 4,17c; Pr 21,1; Tb 13,2): "El actuar con inmenso

poder siempre está en tu mano. ¿Quién podrá resistir la fuerza de tu

brazo?" ( Sb 11,21).

"TE COMPADECES DE TODOS PORQUE LO PUEDES TODO" (SB 11, 23)

270. Dios es el Padre todopoderoso. Su paternidad y su poder se

2777

esclarecen mutuamente. Muestra, en efecto, su omnipotencia paternal

por la manera como cuida de nuestras necesidades (cf. Mt 6,32); por la

adopción filial que nos da ("Yo seré para vosotros padre, y vosotros

seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso": 2 Co 6,18);

finalmente, por su misericordia infinita, pues muestra su poder en el

1441

más alto grado perdonando libremente los pecados.

271. La omnipotencia divina no es en modo alguno arbitraria: "En

Dios el poder y la esencia, la voluntad y la inteligencia, la sabiduría y

la justicia son una sola cosa, de suerte que nada puede haber en el

poder divino que no pueda estar en la justa voluntad de Dios o en su

sabia inteligencia" (Santo Tomás de Aquino, S.Th. , I, q. 25, a.5, ad 1).

EL MISTERIO DE LA APARENTE IMPOTENCIA DE DIOS

272. La fe en Dios Padre Todopoderoso puede ser puesta a prueba

309

por la experiencia del mal y del sufrimiento. A veces Dios puede

412

parecer ausente e incapaz de impedir el mal. Ahora bien, Dios Padre

ha revelado su omnipotencia de la manera más misteriosa en el

609

anonadamiento voluntario y en la Resurrección de su Hijo, por los

cuales ha vencido el mal. Así, Cristo crucificado es "poder de Dios y

sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la

sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la

648

fuerza de los hombres" ( 1 Co 2, 24-25). En la Resurrección y en la

exaltación de Cristo es donde el Padre "desplegó el vigor de su fuerza"

y manifestó "la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los

creyentes" ( Ef 1,19-22).

273. Sólo la fe puede adherir a las vías misteriosas de la

omnipotencia de Dios. Esta fe se gloría de sus debilidades con el fin

de atraer sobre sí el poder de Cristo (cf. 2 Co 12,9; Flp 4,13). De esta

fe, la Virgen María es el modelo supremo: ella creyó que "nada es

148

imposible para Dios" ( Lc 1,37) y pudo proclamar las grandezas del

Señor: "el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es

Santo" ( Lc 1,49).

274. "Nada es, pues, más propio para afianzar nuestra fe y nuestra

1814

esperanza que la convicción profundamente arraigada en nuestras

1817

almas de que nada es imposible para Dios. Porque todo lo que (el

Credo) propondrá luego a nuestra fe, las cosas más grandes, las más

incomprensibles, así como las más elevadas por encima de las leyes

ordinarias de la naturaleza, en la medida en que nuestra razón tenga la

idea de la omnipotencia divina, las admitirá fácilmente y sin

vacilación alguna" ( Catecismo Romano, 1,2,13).

Resumen

275. Con Job, el justo, confesamos: "Sé que eres todopoderoso:

ningún proyecto te es irrealizable" ( Job 42,2).

276. Fiel al testimonio de la Escritura, la Iglesia dirige con

frecuencia su oración al "Dios todopoderoso y eterno" ( omnipotens

sempiterne Deus... ), creyendo firmemente que "nada es imposible

para Dios" ( Lc 1,37; Gn 18,14; Mt 19,26).

277. Dios manifiesta su omnipotencia convirtiéndonos de nuestros

pecados y restableciéndonos en su amistad por la gracia ( Deus, qui

omnipotentiam tuam parcendo maxime et miserando manifestas... ,

"Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la

misericordia..." [Misal Romano , Colecta del domingo XXVI]).

278. De no ser por nuestra fe en que el amor de Dios es

todopoderoso, ¿cómo creer que el Padre nos ha podido crear, el Hijo

rescatar, el Espíritu Santo santificar?

Párrafo 4

EL CREADOR

279. "En el principio, Dios creó el cielo y la tierra" ( Gn 1,1). Con

estas palabras solemnes comienza la sagrada Escritura. El Símbolo de

la fe las recoge confesando a Dios Padre Todopoderoso como "el

Creador del cielo y de la tierra", "de todo lo visible y lo invisible".

Hablaremos, pues, primero del Creador, luego de su creación,

finalmente de la caída del pecado de la que Jesucristo, el Hijo de Dios,

vino a levantarnos.

288

280. La creación es el fundamento de "todos los designios salvíficos

de Dios", "el comienzo de la historia de la salvación" (DCG 51), que culmina en Cristo. Inversamente, el Misterio de Cristo es la luz

1043

decisiva sobre el Misterio de la creación; revela el fin en vista del cual,

"al principio, Dios creó el cielo y la tierra" ( Gn 1,1): desde el principio

Dios preveía la gloria de la nueva creación en Cristo (cf. Rm 8,18-23).

1095

281. Por esto, las lecturas de la Noche Pascual, celebración de la creación

nueva en Cristo, comienzan con el relato de la creación; de igual modo, en la

liturgia bizantina, el relato de la creación constituye siempre la primera

lectura de las vigilias de las grandes fiestas del Señor. Según el testimonio de

los antiguos, la instrucción de los catecúmenos para el bautismo sigue el

mismo camino (cf. Egeria, Peregrinatio ad loca sancta, 46: PLS 1, 1047; san

Agustín, De catechizandis rudibus, 3,5).

I. La catequesis sobre la creación

282. La catequesis sobre la Creación reviste una importancia capital.

Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana:

explicita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los

hombres de todos los tiempos se han formulado: "¿De dónde

venimos?" "¿A dónde vamos?" "¿Cuál es nuestro origen?" "¿Cuál es

nuestro fin?" "¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe?" Las

dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables. Son

decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro

1730

obrar.

283. La cuestión sobre los orígenes del mundo y del hombre es objeto de

numerosas investigaciones científicas que han enriquecido magníficamente

159

nuestros conocimientos sobre la edad y las dimensiones del cosmos, el

devenir de las formas vivientes, la aparición del hombre. Estos

descubrimientos nos invitan a admirar más la grandeza del Creador, a darle

341

gracias por todas sus obras y por la inteligencia y la sabiduría que da a los

sabios e investigadores. Con Salomón, éstos pueden decir: "Fue él quien me

concedió el conocimiento verdadero de cuanto existe, quien me dio a

conocer la estructura del mundo y las propiedades de los elementos [...]

porque la que todo lo hizo, la Sabiduría, me lo enseñó" ( Sb 7,17-21).

284. El gran interés que despiertan a estas investigaciones está fuertemente

estimulado por una cuestión de otro orden, y que supera el dominio propio

de las ciencias naturales. No se trata sólo de saber cuándo y cómo ha surgido

materialmente el cosmos, ni cuando apareció el hombre, sino más bien de

descubrir cuál es el sentido de tal origen: si está gobernado por el azar, un

destino ciego, una necesidad anónima, o bien por un Ser transcendente,

inteligente y bueno, llamado Dios. Y si el mundo procede de la sabiduría y

de la bondad de Dios, ¿por qué existe el mal?, ¿de dónde viene?, ¿quién es

responsable de él?, ¿dónde está la posibilidad de liberarse del mal?

285. Desde sus comienzos, la fe cristiana se ha visto confrontada a

respuestas distintas de las suyas sobre la cuestión de los orígenes. Así, en las

religiones y culturas antiguas encontramos numerosos mitos referentes a los

orígenes. Algunos filósofos han dicho que todo es Dios, que el mundo es

Dios, o que el devenir del mundo es el devenir de Dios (panteísmo); otros

han dicho que el mundo es una emanación necesaria de Dios, que brota de

295

esta fuente y retorna a ella ; otros han afirmado incluso la existencia de dos

principios eternos, el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas, en lucha

permanente (dualismo, maniqueísmo); según algunas de estas concepciones,

el mundo (al menos el mundo material) sería malo, producto de una caída, y

por tanto que se ha de rechazar y superar (gnosis); otros admiten que el

mundo ha sido hecho por Dios, pero a la manera de un relojero que, una vez

hecho, lo habría abandonado a él mismo (deísmo); otros, finalmente, no

aceptan ningún origen transcendente del mundo, sino que ven en él el puro

juego de una materia que ha existido siempre (materialismo). Todas estas

tentativas dan testimonio de la permanencia y de la universalidad de la

28

cuestión de los orígenes. Esta búsqueda es inherente al hombre.

286. La inteligencia humana puede ciertamente encontrar por sí

32

misma una respuesta a la cuestión de los orígenes. En efecto, la

existencia de Dios Creador puede ser conocida con certeza por sus

37

obras gracias a la luz de la razón humana (cf. Concilio Vaticano I: DS,

3026), aunque este conocimiento es con frecuencia oscurecido y

desfigurado por el error. Por eso la fe viene a confirmar y a esclarecer

la razón para la justa inteligencia de esta verdad: "Por la fe, sabemos

que el universo fue formado por la palabra de Dios, de manera que lo

que se ve resultase de lo que no aparece" ( Hb 11,3).

287. La verdad en la creación es tan importante para toda la vida

107

humana que Dios, en su ternura, quiso revelar a su pueblo todo lo que

es saludable conocer a este respecto. Más allá del conocimiento

natural que todo hombre puede tener del Creador (cf. Hch 17,24-

29; Rm 1, 19-20), Dios reveló progresivamente a Israel el misterio de

la creación. El que eligió a los patriarcas, el que hizo salir a Israel de

Egipto y que, al escoger a Israel, lo creó y formó (cf. Is 43,1), se

revela como aquel a quien pertenecen todos los pueblos de la tierra y

la tierra entera, como el único Dios que "hizo el cielo y la tierra"

( Sal 115,15; 124,8; 134,3).

280

288. Así, la revelación de la creación es inseparable de la revelación

y de la realización de la Alianza del Dios único, con su pueblo. La

creación es revelada como el primer paso hacia esta Alianza, como el

primero y universal testimonio del amor todopoderoso de Dios (cf. Gn

15,5; Jr 33,19-26). Por eso, la verdad de la creación se expresa con un

2569

vigor creciente en el mensaje de los profetas (cf. Is 44,24), en la

oración de los salmos (cf. Sal 104) y de la liturgia, en la reflexión de la

sabiduría (cf. Pr 8,22-31) del pueblo elegido.

289. Entre todas las palabras de la sagrada Escritura sobre la

creación, los tres primeros capítulos del Génesis ocupan un lugar

único. Desde el punto de vista literario, estos textos pueden tener

390

diversas fuentes. Los autores inspirados los han colocado al comienzo

de la Escritura de suerte que expresan, en su lenguaje solemne, las

verdades de la creación, de su origen y de su fin en Dios, de su orden y

de su bondad, de la vocación del hombre, finalmente, del drama del

pecado y de la esperanza de la salvación. Leídas a la luz de Cristo, en

111

la unidad de la sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia,

estas palabras siguen siendo la fuente principal para la catequesis de

los misterios del "comienzo": creación, caída, promesa de la salvación.

II. La creación: obra de la Santísima Trinidad

290. "En el principio, Dios creó el cielo y la tierra" ( Gn 1,1): tres

cosas se afirman en estas primeras palabras de la Escritura: el Dios

eterno ha dado principio a todo lo que existe fuera de Él. Solo Él es

creador (el verbo "crear" –en hebreo bara– tiene siempre por sujeto a

Dios). La totalidad de lo que existe (expresada por la fórmula "el cielo

326

y la tierra") depende de Aquel que le da el ser.

291. "En el principio existía el Verbo [...] y el Verbo era Dios [...]

241

Todo fue hecho por él y sin él nada ha sido hecho" ( Jn 1,1-3). El

Nuevo Testamento revela que Dios creó todo por el Verbo Eterno, su

Hijo amado. "En él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la

331

tierra [...] todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a

todo y todo tiene en él su consistencia" ( Col 1, 16-17). La fe de la

Iglesia afirma también la acción creadora del Espíritu Santo: él es el

"dador de vida" ( Símbolo Niceno-Constantinopolitano), "el Espíritu

Creador" ( Liturgia de las Horas, Himno Veni, Creator Spiritus), la

703

"Fuente de todo bien" ( Liturgia bizantina, Tropario de vísperas de

Pentecostés).

292. La acción creadora del Hijo y del Espíritu, insinuada en el

Antiguo Testamento (cf. Sal 33,6; 104,30; Gn 1,2-3), revelada en la

Nueva Alianza, inseparablemente una con la del Padre, es claramente

afirmada por la regla de fe de la Iglesia: "Sólo existe un Dios [...]: es

el Padre, es Dios, es el Creador, es el Autor, es el Ordenador. Ha

hecho todas las cosas por sí mismo, es decir, por su Verbo y por su

699

Sabiduría", "por el Hijo y el Espíritu", que son como "sus manos" (San

Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 2,30,9 y 4, 20, 1). La creación es

257

la obra común de la Santísima Trinidad.

III. “El mundo ha sido creado para la gloria de Dios”

293. Es una verdad fundamental que la Escritura y la Tradición no

cesan de enseñar y de celebrar: "El mundo ha sido creado para la

337, 344

gloria de Dios" (Concilio Vaticano I: DS 3025). Dios ha creado todas

las cosas, explica san Buenaventura, non [...] propter gloriam augendam,

sed propter gloriam manifestandam et propter gloriam suam

1361

communicandam ("no para aumentar su gloria, sino para manifestarla

y comunicarla") ( In secundum librum sententiarum, dist. 1, p. 2, a.2, q.

1, concl.). Porque Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su

bondad: Aperta manu clave amoris creaturae prodierunt ("Abierta su

mano con la llave del amor surgieron las criaturas") (Santo Tomás de

Aquino, Commentum in secundum librum Sententiarum, 2, prol.) Y el

Concilio Vaticano I explica:

759

«El solo verdadero Dios, en su bondad y por su fuerza todopoderosa, no

para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirirla, sino para manifestar

su perfección por los bienes que otorga a sus criaturas, con libérrimo

designio, justamente desde el comienzo del tiempo, creó de la nada una y

otra criatura» (DS 3002).

2809

294. La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y

esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido

creado. Hacer de nosotros "hijos adoptivos por medio de Jesucristo,

según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su

gracia" ( Ef 1,5-6): "Porque la gloria de Dios es que el hombre viva, y

la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por

1722

la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra,

cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a

los que ven a Dios" (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4,20,7).

El fin último de la creación es que Dios, «Creador de todos los seres,

sea por fin "todo en todas las cosas" ( 1 Co 15,28), procurando al

1992

mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad» (AG 2).

IV. El misterio de la creación

DIOS CREA POR SABIDURÍA Y POR AMOR

295. Creemos que Dios creó el mundo según su sabiduría (cf. Sb 9,

9). Este no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino

ciego o del azar. Creemos que procede de la voluntad libre de Dios

que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su

216, 1951

sabiduría y de su bondad: "Porque tú has creado todas las cosas; por tu

voluntad lo que no existía fue creado" ( Ap 4,11). "¡Cuán numerosas

son tus obras, Señor! Todas las has hecho con sabiduría" ( Sal 104,24).

"Bueno es el Señor para con todos, y sus ternuras sobre todas sus

obras" ( Sal 145,9).

DIOS CREA ―DE LA NADA‖

296. Creemos que Dios no necesita nada preexistente ni ninguna

ayuda para crear (cf. Concilio Vaticano I: DS 3022). La creación

tampoco es una emanación necesaria de la substancia divina (cf. ibíd. ,

285

3023-3024). Dios crea libremente "de la nada" (Concilio de Letrán IV:

DS 800; Concilio Vaticano I: ibíd. , 3025):

«¿Qué tendría de extraordinario si Dios hubiera sacado el mundo de una

materia preexistente? Un artífice humano, cuando se le da un material,

hace de él todo lo que quiere. Mientras que el poder de Dios se muestra

precisamente cuando parte de la nada para hacer todo lo que quiere» (San

Teófilo de Antioquía, Ad Autolycum, 2,4: PG 6, 1052).

338

297. La fe en la creación "de la nada" está atestiguada en la Escritura

como una verdad llena de promesa y de esperanza. Así la madre de los

siete hijos macabeos los alienta al martirio:

«Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el

espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno.

Pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento

y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida

con misericordia, porque ahora no miráis por vosotros mismos a causa de

sus leyes [...] Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo

lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo Dios y que

también el género humano ha llegado así a la existencia» ( 2 M 7,22-

23.28).

1375

298. Puesto que Dios puede crear de la nada, puede por el Espíritu

Santo dar la vida del alma a los pecadores creando en ellos un corazón

992

puro (cf. Sal 51,12), y la vida del cuerpo a los difuntos mediante la

Resurrección. Él "da la vida a los muertos y llama a las cosas que no

son para que sean" ( Rm 4,17). Y puesto que, por su Palabra, pudo

hacer resplandecer la luz en las tinieblas (cf. Gn 1,3), puede también

dar la luz de la fe a los que lo ignoran (cf. 2 Co 4,6).

DIOS CREA UN MUNDO ORDENADO Y BUENO

299. Porque Dios crea con sabiduría, la creación está ordenada: "Tú

339

todo lo dispusiste con medida, número y peso" ( Sb 11,20). Creada en y

por el Verbo eterno, "imagen del Dios invisible" ( Col 1,15), la

creación está destinada, dirigida al hombre, imagen de Dios (cf. Gn

1,26), llamado a una relación personal con Dios. Nuestra inteligencia,

41, 1147

participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que

Dios nos dice por su creación (cf. Sal 19,2-5), ciertamente no sin gran

esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su

obra (cf. Jb 42,3). Salida de la bondad divina, la creación participa en

esa bondad ("Y vio Dios que era bueno [...] muy bueno": Gn 1,4.

10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un don

dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada.

358

La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la

creación, comprendida la del mundo material (cf. San León Magno,

2415

c. Quam laudabiliter, DS, 286; Concilio de Braga I: ibíd. , 455-463;

Concilio de Letrán IV: ibíd., 800; Concilio de Florencia: ibíd., 1333;

Concilio Vaticano I: ibíd., 3002).

DIOS TRANSCIENDE LA CREACIÓN Y ESTÁ PRESENTE EN ELLA

300. Dios es infinitamente más grande que todas sus obras

42

(cf. Si 43,28): "Su majestad es más alta que los cielos" ( Sal 8,2), "su

223

grandeza no tiene medida" ( Sal 145,3). Pero porque es el Creador

soberano y libre, causa primera de todo lo que existe, está presente en

lo más íntimo de sus criaturas: "En él vivimos, nos movemos y

existimos" ( Hch 17,28). Según las palabras de san Agustín, Dios es

superior summo meo et interior intimo meo ("Dios está por encima de

lo más alto que hay en mí y está en lo más hondo de mi intimidad")

( Confessiones, 3,6,11).

DIOS MANTIENE Y CONDUCE LA CREACIÓN

301. Realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella

misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada

instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término. Reconocer esta

1951

dependencia completa con respecto al Creador es fuente de sabiduría y

396

de libertad, de gozo y de confianza:

«Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo

odiases, no lo hubieras creado. Y ¿cómo podría subsistir cosa que no

hubieses querido? ¿Cómo se conservaría si no la hubieses llamado? Mas

tú todo lo perdonas porque todo es tuyo, Señor que amas la vida» ( Sb 11,

24-26).

V. Dios realiza su designio: la divina providencia

302. La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no

salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada "en

estado de vía" ( in statu viae) hacia una perfección última todavía por

alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las

disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia

esta perfección:

«Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, "alcanzando

con fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiéndolo todo

suavemente" ( Sb 8,1). Porque "todo está desnudo y patente a sus ojos"

( Hb 4,13), incluso cuando haya de suceder por libre decisión de las

criaturas» (Concilio Vaticano I: DS, 3003).

303. El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la

divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de

las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo

y de la historia. Las sagradas Escrituras afirman con fuerza la

soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos:

269

"Nuestro Dios en los cielos y en la tierra, todo cuanto le place lo

realiza" ( Sal 115, 3); y de Cristo se dice: "Si Él abre, nadie puede

cerrar; si Él cierra, nadie puede abrir" ( Ap 3,7); "hay muchos

proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se

realiza" ( Pr 19, 21).

304. Así vemos al Espíritu Santo, autor principal de la sagrada Escritura,

atribuir con frecuencia a Dios acciones sin mencionar causas segundas. Esto

no es "una manera de hablar" primitiva, sino un modo profundo de recordar

la primacía de Dios y su señorío absoluto sobre la historia y el mundo

(cf. Is 10,5-15; 45,5-7; Dt 32,39; Si 11,14) y de educar así para la confianza

2568

en Él. La oración de los salmos es la gran escuela de esta confianza (cf.

Sal 22; 32; 35; 103; 138).

305. Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre

2115

celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: "No

andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos

a beber? [...] Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de

todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se

os darán por añadidura" ( Mt 6, 31-33; cf. Mt 10, 29-31).

LA PROVIDENCIA Y LAS CAUSAS SEGUNDAS

306. Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su

realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es

1884

un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios

todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la

existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser

1954

causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de

su designio.

307. Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente

106

en su providencia confiándoles la responsabilidad de "someter'' la

373

tierra y dominarla (cf. Gn 1, 26-28). Dios da así a los hombres el ser

causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para 1954, 2427

perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los

hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina,

pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por su acciones y

sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (cf. Col 1, 24).

2738

Entonces llegan a ser plenamente "colaboradores [...] de Dios" ( 1 618, 1505

Co 3, 9; 1 Ts 3, 2) y de su Reino (cf. Col 4, 11).

308. Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa

en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por

las causas segundas: "Dios es quien obra en vosotros el querer y el

obrar, como bien le parece" ( Flp 2, 13; cf. 1 Co 12, 6). Esta verdad,

lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza. Sacada de la

nada por el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, no puede nada si

está separada de su origen, porque "sin el Creador la criatura se

970

diluye" (GS 36, 3); menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia (cf. Mt 19, 26; Jn 15, 5; Flp 4, 13).

LA PROVIDENCIA Y EL ESCÁNDALO DEL MAL

309. Si Dios Padre todopoderoso, Creador del mundo ordenado y

164, 385

bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A

esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como

misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe

cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la

creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al

encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora

de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia,

con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida

bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente,

pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden

negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea

2850

en parte una respuesta a la cuestión del mal.

412

310. Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no

pudiera existir ningún mal? En su poder infinito, Dios podría siempre

crear algo mejor (cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th. , 1, q. 25, a. 6).

Sin embargo, en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente

1042-1050

crear un mundo "en estado de vía" hacia su perfección última. Este

devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de

342

ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo

menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también

las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal

físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección (cf. Santo

Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, 3, 71).

311. Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben

396

caminar hacia su destino último por elección libre y amor de

1849

preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así

como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave

que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni

indirectamente, la causa del mal moral, (cf. San Agustín, De libero

arbitrio, 1, 1, 1: PL 32, 1221-1223; Santo Tomás de Aquino, S. Th. 1-

2, q. 79, a. 1). Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su

criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien:

«Porque el Dios todopoderoso [...] por ser soberanamente bueno, no

permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera

suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo

mal» (San Agustín, Enchiridion de fide, spe et caritate, 11, 3).

312. Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su

providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias

de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas: "No fuisteis

vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino

Dios [...] aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó

para bien, para hacer sobrevivir [...] un pueblo numeroso" ( Gn 45,

8;50, 20; cf. Tb 2, 12-18 vulg.). Del mayor mal moral que ha sido

cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por

los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su

598-600

gracia (cf. Rm 5, 20), sacó el mayor de los bienes: la glorificación de

1994

Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se

convierte en un bien.

313. "En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le

aman" ( Rm 8,28). El testimonio de los santos no cesa de confirmar

esta verdad:

227

Así santa Catalina de Siena dice a "los que se escandalizan y se

rebelan por lo que les sucede": "Todo procede del amor, todo está

ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con

este fin" ( Dialoghi, 4, 138).

Y santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija:

"Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por

muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor" ( Carta de prisión; cf.

Liturgia de las Horas, III, Oficio de lectura 22 junio).

Y Juliana de Norwich: "Yo comprendí, pues, por la gracia de Dios,

que era preciso mantenerme firmemente en la fe [...] y creer con no

menos firmeza que todas las cosas serán para bien [...] Tú misma verás

que todas las cosas serán para bien" ("Thou shalt see thyself that all

manner of thing shall be well") ( Revelation 13, 32).

314. Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la

1040

historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia

desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento

parcial, cuando veamos a Dios "cara a cara" ( 1 Co 13, 12), nos serán

plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de

los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación

2550

hasta el reposo de ese Sabbat (cf. Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual

creó el cielo y la tierra.

Resumen

315. En la creación del mundo y del hombre, Dios ofreció el primero

y universal testimonio de su amor todopoderoso y de su sabiduría, el

primer anuncio de su "designio benevolente" que encuentra su fin en

la nueva creación en Cristo.

316. Aunque la obra de la creación se atribuya particularmente al

Padre, es igualmente verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu

Santo son el principio único e indivisible de la creación.

317. Sólo Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda.

318. Ninguna criatura tiene el poder infinito que es necesario para

"crear" en el sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de

dar el ser a lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia

de la nada) (cf. Congregación para la Educación Católica, Decreto

del 27 de julio de 1914, Theses approbatae philosophiae

tomisticae: DS 3624).

319. Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La

gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan

parte en su verdad, su bondad y su belleza.

320. Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia

por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa"

( Hb 1, 3) y por su Espirita Creador que da la vida.

321. La divina providencia consiste en las disposiciones por las que

Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin

último.

322. Cristo nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro

Padre celestial (cf. Mt 6,26-34) y el apóstol san Pedro insiste:

"Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros"

( 1 P 5, 7; cf. Sal 55, 23).

323. La providencia divina actúa también por la acción de las

criaturas. A los seres humanos Dios les concede cooperar libremente

en sus designios.

324. La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio

que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para

vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal

si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros

sólo conoceremos plenamente en la vida eterna.

Párrafo 5

EL CIELO Y LA TIERRA

325. El Símbolo de los Apóstoles profesa que Dios es "el Creador del

cielo y de la tierra", y el Símbolo Niceno-Constantinopolitano

explicita: "...de todo lo visible y lo invisible".

290

326. En la sagrada Escritura, la expresión "cielo y tierra" significa:

todo lo que existe, la creación entera. Indica también el vínculo que,

en el interior de la creación, a la vez une y distingue cielo y tierra: "La

1023, 2794 tierra", es el mundo de los hombres (cf. Sal 115, 16). "El cielo" o "los

cielos" puede designar el firmamento (cf. Sal 19, 2), pero también el

"lugar" propio de Dios: "nuestro Padre que está en los cielos" ( Mt 5,

16; cf. Sal 115,16), y por consiguiente también el "cielo", que es la

gloria escatológica. Finalmente, la palabra "cielo" indica el "lugar" de

las criaturas espirituales –los ángeles– que rodean a Dios.

327. La profesión de fe del IV Concilio de Letrán afirma que Dios,

296

"al comienzo del tiempo, creó a la vez de la nada una y otra criatura, la

espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana; luego, la

criatura humana, que participa de las dos realidades, pues está

compuesta de espíritu y de cuerpo" (Concilio de Letrán IV: DS, 800;

cf. Concilio Vaticano I: ibíd. , 3002 y Pablo VI, Credo del Pueblo de

Dios, 8).

I. Los ángeles

LA EXISTENCIA DE LOS ÁNGELES, VERDAD DE FE

328. La existencia de seres espirituales, no corporales, que la sagrada

150

Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El

testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la

Tradición.

QUIÉNES SON LOS ÁNGELES

329. San Agustín dice respecto a ellos: Angelus officii nomen est, non

naturae. Quaeris nomen huius naturae, spiritus est; quaeris officium,

angelus est: ex eo quod est, spiritus est, ex eo quod agit, angelus ("El

nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su

naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te

diré que es un ángel") ( Enarratio in Psalmum, 103, 1, 15). Con todo

su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Porque

contemplan "constantemente el rostro de mi Padre que está en los

cielos" ( Mt 18, 10), son "agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su

palabra" ( Sal 103, 20).

330. En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia

y voluntad: son criaturas personales (cf. Pío XII, enc. Humani generis:

DS 3891) e inmortales (cf. Lc 20, 36). Superan en perfección a todas

las criaturas visibles. El resplandor de su gloria da testimonio de ello

(cf. Dn 10, 9-12).

CRISTO "CON TODOS SUS ÁNGELES"

331. Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le

pertenecen: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria

acompañado de todos sus ángeles..." ( Mt 25, 31). Le pertenecen

porque fueron creados por y para Él: "Porque en él fueron creadas

291

todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles,

los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo

fue creado por Él y para Él" ( Col 1, 16). Le pertenecen más aún

porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: "¿Es que

no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los

que han de heredar la salvación?" ( Hb 1, 14).

332. Desde la creación (cf. Jb 38, 7, donde los ángeles son llamados

"hijos de Dios") y a lo largo de toda la historia de la salvación, los

encontramos, anunciando de lejos o de cerca, esa salvación y sirviendo

al designio divino de su realización: cierran el paraíso terrenal (cf. Gn

3, 24), protegen a Lot (cf. Gn 19), salvan a Agar y a su hijo (cf. Gn 21,

17), detienen la mano de Abraham (cf. Gn 22, 11), la ley es

comunicada por su ministerio (cf. Hch 7,53), conducen el pueblo de

Dios (cf. Ex 23, 20-23), anuncian nacimientos (cf. Jc 13) y vocaciones

(cf. Jc 6, 11-24; Is 6, 6), asisten a los profetas (cf. 1 R 19, 5), por no

citar más que algunos ejemplos. Finalmente, el ángel Gabriel anuncia

el nacimiento del Precursor y el del mismo Jesús (cf. Lc 1, 11.26).

333. De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado

está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. Cuando

Dios introduce «a su Primogénito en el mundo, dice: "adórenle todos

los ángeles de Dios"» ( Hb 1, 6). Su cántico de alabanza en el

559

nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la

Iglesia: "Gloria a Dios..." ( Lc 2, 14). Protegen la infancia de Jesús

(cf. Mt 1, 20; 2, 13.19), le sirven en el desierto (cf. Mc 1, 12; Mt 4,

11), lo reconfortan en la agonía (cf. Lc 22, 43), cuando Él habría

podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos (cf. Mt 26,

53) como en otro tiempo Israel (cf. 2 M 10, 29-30; 11,8). Son también

los ángeles quienes "evangelizan" ( Lc 2, 10) anunciando la Buena

Nueva de la Encarnación (cf. Lc 2, 8-14), y de la Resurrección

(cf. Mc 16, 5-7) de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de

Cristo, anunciada por los ángeles (cf. Hb 1, 10-11), éstos estarán

presentes al servicio del juicio del Señor (cf. Mt 13, 41; 25, 31; Lc 12,

8-9).

LOS ÁNGELES EN LA VIDA DE LA IGLESIA

334. De aquí que toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda

misteriosa y poderosa de los ángeles (cf. Hch 5, 18-20; 8, 26-29; 10,

3-8; 12, 6-11; 27, 23-25).

1138

335. En su liturgia, la Iglesia se une a los ángeles para adorar al Dios

tres veces santo (cf. Misal Romano, "Sanctus"); invoca su asistencia

(así en el « Supplices te rogamus...» [«Te pedimos humildemente...»]

del Canon romano o el « In Paradisum deducant te angeli...» [«Al

Paraíso te lleven los ángeles...»] de la liturgia de difuntos, o también

en el "himno querúbico" de la liturgia bizantina) y celebra más

particularmente la memoria de ciertos ángeles (san Miguel, san

Gabriel, san Rafael, los ángeles custodios).

1020

336. Desde su comienzo (cf. Mt 18, 10) hasta la muerte (cf. Lc 16,

22), la vida humana está rodeada de su custodia (cf. Sal 34, 8; 91, 10-

13) y de su intercesión (cf. Jb 33, 23-24; Za 1,12; Tb 12, 12). "Nadie

podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y

pastor para conducir su vida" (San Basilio Magno, Adversus

Eunomium, 3, 1: PG 29, 656B). Desde esta tierra, la vida cristiana

participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de

los hombres, unidos en Dios.

II. El mundo visible

337. Dios mismo es quien ha creado el mundo visible en toda su

290

riqueza, su diversidad y su orden. La Escritura presenta la obra del

Creador simbólicamente como una secuencia de seis días "de trabajo"

divino que terminan en el "reposo" del día séptimo ( Gn 1, 1-2,4). El

texto sagrado enseña, a propósito de la creación, verdades reveladas

por Dios para nuestra salvación (cf. DV 11) que permiten "conocer la naturaleza íntima de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la

293

alabanza divina" (LG 36).

338. Nada existe que no deba su existencia a Dios creador. El

mundo comenzó cuando fue sacado de la nada por la Palabra de Dios;

297

todos los seres existentes, toda la naturaleza, toda la historia humana

están enraizados en este acontecimiento primordial: es el origen

gracias al cual el mundo es constituido, y el tiempo ha comenzado (cf.

San Agustín, De Genesi contra Manichaeos, 1, 2, 4: PL 35, 175).

339. Toda criatura posee su bondad y su perfección propias. Para

2501

cada una de las obras de los "seis días" se dice: "Y vio Dios que era

bueno". "Por la condición misma de la creación, todas las cosas están

dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes

299

propias" (GS 36, 2). Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad

infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia

de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas, que

desprecie al Creador y acarree consecuencias nefastas para los

226

hombres y para su ambiente.

1937

340. La interdependencia de las criaturas es querida por Dios. El sol

y la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el gorrión: las

innumerables diversidades y desigualdades significan que ninguna

criatura se basta a sí misma, que no existen sino en dependencia unas

de otras, para complementarse y servirse mutuamente.

341. La belleza del universo: el orden y la armonía del mundo creado

derivan de la diversidad de los seres y de las relaciones que entre ellos

283

existen. El hombre las descubre progresivamente como leyes de la

2500

naturaleza y causan la admiración de los sabios. La belleza de la

creación refleja la infinita belleza del Creador. Debe inspirar el respeto

y la sumisión de la inteligencia del hombre y de su voluntad.

342. La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los

310

"seis días", que va de lo menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama

todas sus criaturas (cf. Sal 145, 9), cuida de cada una, incluso de los

pajarillos. Sin embargo Jesús dice: "Vosotros valéis más que muchos

pajarillos" ( Lc 12, 6-7), o también: "¡Cuánto más vale un hombre que

una oveja!" ( Mt 12, 12).

355

343. El hombre es la cumbre de la obra de la creación. El relato

inspirado lo expresa distinguiendo netamente la creación del hombre y

la de las otras criaturas (cf. Gn 1, 26).

344. Existe una solidaridad entre todas las criaturas por el hecho de

que todas tienen el mismo Creador, y que todas están ordenadas a su

293, 1939

gloria:

2416

«Loado seas por toda criatura, mi Señor,

y en especial loado por el hermano Sol,

que alumbra, y abre el día, y es bello en su esplendor

y lleva por los cielos noticia de su autor.

1218

Y por la hermana agua, preciosa en su candor,

que es útil, casta, humilde: ¡loado mi Señor!

Y por la hermana tierra que es toda bendición,

la hermana madre tierra, que da en toda ocasión

las hierbas y los frutos y flores de color,

y nos sustenta y rige: ¡loado mi Señor!

Servidle con ternura y humilde corazón,

agradeced sus dones, cantad su creación.

Las criaturas todas, load a mi Señor. Amén».

(San Francisco de Asís, Cántico de las criaturas.)

345. El Sabbat, culminación de la obra de los "seis días" . El texto

2168

sagrado dice que "Dios concluyó en el séptimo día la obra que había

hecho" y que así "el cielo y la tierra fueron acabados"; Dios, en el

séptimo día, "descansó", santificó y bendijo este día ( Gn 2, 1-3). Estas

palabras inspiradas son ricas en enseñanzas salvíficas:

346. En la creación Dios puso un fundamento y unas leyes que permanecen

2169

estables (cf. Hb 4, 3-4), en los cuales el creyente podrá apoyarse con

confianza, y que son para él el signo y garantía de la fidelidad inquebrantable

de la Alianza de Dios (cf. Jr 31, 35-37, 33, 19-26). Por su parte, el hombre

deberá permanecer fiel a este fundamento y respetar las leyes que el Creador

ha inscrito en la creación.

347. La creación está hecha con miras al Sabbat y, por tanto, al culto 1145-1152

y a la adoración de Dios. El culto está inscrito en el orden de la

creación (cf. Gn 1,14). Operi Dei nihil praeponatur ("Nada se

anteponga a la dedicación a Dios"), dice la regla de san Benito,

indicando así el recto orden de las preocupaciones humanas.

348. El Sabbat pertenece al corazón de la ley de Israel. Guardar los

2172

mandamientos es corresponder a la sabiduría y a la voluntad de Dios,

expresadas en su obra de creación.

349. El octavo día. Pero para nosotros ha surgido un nuevo día: el día

2174

de la Resurrección de Cristo. El séptimo día acaba la primera creación.

Y el octavo día comienza la nueva creación. Así, la obra de la creación

1046

culmina en una obra todavía más grande: la Redención. La primera

creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en

Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la primera (cf. Misal Romano,

Vigilia Pascual, oración después de la primera lectura).

Resumen

350. Los ángeles son criaturas espirituales que glorifican a Dios sin

cesar y que sirven sus designios salvíficos con las otras criaturas: Ad

omnia bona nostra cooperantur angel ("Los ángeles cooperan en toda

obra buena que hacemos") (Santo Tomás de Aquino, S. Th. , 1, 114, 3,

ad 3).

351. Los ángeles rodean a Cristo, su Señor. Le sirven particularmente

en el cumplimiento de su misión salvífica para con los hombres.

352. La Iglesia venera a los ángeles que la ayudan en su peregrinar

terrestre y protegen a todo ser humano.

353. Dios quiso la diversidad de sus criaturas y la bondad peculiar

de cada una, su interdependencia y su orden. Destinó todas las

criaturas materiales al bien del género humano. El hombre, y toda la

creación a través de él, está destinado a la gloria de Dios.

354. Respetar las leyes inscritas en la creación y las relaciones que

derivan de la naturaleza de las cosas es un principio de sabiduría y un

fundamento de la moral.

Párrafo 6

EL HOMBRE

355. "Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó,

1700

hombre y mujer los creó" ( Gn 1,27). El hombre ocupa un lugar único

343

en la creación: "está hecho a imagen de Dios" (I); en su propia

naturaleza une el mundo espiritual y el mundo material (II); es creado

"hombre y mujer" (III); Dios lo estableció en la amistad con él (IV).

I. "A imagen de Dios"

356. De todas las criaturas visibles sólo el hombre es "capaz de

conocer y amar a su Creador" (GS 12,3); es la "única criatura en la 1703, 2258

tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (GS 24,3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de

Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su

dignidad:

225

«¿Qué cosa, o quién, fue el motivo de que establecieras al hombre en

semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor

inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te

dejaste cautivar de amor por ella; por amor lo creaste, por amor le diste

295

un ser capaz de gustar tu Bien eterno» (Santa Catalina de Siena, Il

dialogo della Divina providenza, 13).

357. Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la

dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de

1935

conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión

1877

con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su

Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser

puede dar en su lugar.

358. Dios creó todo para el hombre (cf. GS 12,1; 24,3; 39,1), pero el 299

hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la

901

creación:

«¿Cuál es, pues, el ser que va a venir a la existencia rodeado de semejante

consideración? Es el hombre, grande y admirable figura viviente, más

precioso a los ojos de Dios que la creación entera; es el hombre, para él

existen el cielo y la tierra y el mar y la totalidad de la creación, y Dios ha

dado tanta importancia a su salvación que no ha perdonado a su Hijo

único por él. Porque Dios no ha cesado de hacer todo lo posible para que

el hombre subiera hasta él y se sentara a su derecha» (San Juan

Crisóstomo, Sermones in Genesim, 2,1: PG 54, 587D - 588A).

1701

359. "Realmente, el el misterio del hombre sólo se esclarece en el

misterio del Verbo encarnado" (GS 22,1):

«San Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al género humano, a

388, 411

saber, Adán y Cristo [...] El primer hombre, Adán, fue un ser animado; el

último Adán, un espíritu que da vida. Aquel primer Adán fue creado por

el segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a vivir [...] El

segundo Adán es aquel que, cuando creó al primero, colocó en él su

divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo

nombre, para que aquel a quien había formado a su misma imagen no

pereciera. El primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer

Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este

último es, realmente, el primero, como él mismo afirma: "Yo soy el

primero y yo soy el último"». (San Pedro Crisólogo, Sermones, 117: PL

52, 520B).

225, 404

360. Debido a la comunidad de origen, el género humano forma una

775, 831

unidad. Porque Dios "creó [...] de un solo principio, todo el linaje

842

humano" ( Hch 17,26; cf. Tb 8,6):

«Maravillosa visión que nos hace contemplar el género humano en la

unidad de su origen en Dios [...]; en la unidad de su naturaleza,

compuesta de igual modo en todos de un cuerpo material y de un alma

espiritual; en la unidad de su fin inmediato y de su misión en el mundo;

en la unidad de su morada: la tierra, cuyos bienes todos los hombres, por

derecho natural, pueden usar para sostener y desarrollar la vida; en la

unidad de su fin sobrenatural: Dios mismo a quien todos deben tender; en

la unidad de los medios para alcanzar este fin; [...] en la unidad de su

Redención realizada para todos por Cristo (Pío XII, Enc. Summi

Pontificatus, 3; cf. Concilio Vaticano II, Nostra aetate, 1).

361. "Esta ley de solidaridad humana y de caridad ( ibíd.), sin excluir

1939

la rica variedad de las personas, las culturas y los pueblos, nos asegura

que todos los hombres son verdaderamente hermanos.

II. “Corpore et anima unus”

362. La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez

corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un 1146, 2332

lenguaje simbólico cuando afirma que "Dios formó al hombre con

polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el

hombre un ser viviente" ( Gn 2,7). Por tanto, el hombre en su totalidad

es querido por Dios.

363. A menudo, el término alma designa en la Sagrada Escritura

1703

la vida humana (cf. Mt 16,25-26; Jn 15,13) o toda la persona humana

(cf. Hch 2,41). Pero designa también lo que hay de más íntimo en el

hombre (cf. Mt 26,38; Jn 12,27) y de más valor en él (cf. Mt 10,28;

2M 6,30), aquello por lo que es particularmente imagen de Dios:

"alma" significa el principio espiritual en el hombre.

364. El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la "imagen de

1004

Dios": es cuerpo humano precisamente porque está animado por el

alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a

ser, en el Cuerpo de Cristo, el templo del Espíritu (cf. 1 Co 6,19-20;

15,44-45):

«Uno en cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal,

reúne en sí los elementos del mundo material, de tal modo que, por medio

de él, éstos alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del

Creador. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la vida

2289

corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno

y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en

el último día» (GS 14,1).

365. La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe

considerar al alma como la "forma" del cuerpo (cf. Concilio de

Vienne, año 1312, DS 902); es decir, gracias al alma espiritual, la

materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el

hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino

que su unión constituye una única naturaleza.

366. La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente

creada por Dios (cf. Pío XII, Enc. Humani generis, 1950: DS 3896; Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 8) –no es "producida" por los padres–, y que es inmortal (cf. Concilio de Letrán V, año 1513: DS

1005

1440): no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá

997

de nuevo al cuerpo en la resurrección final.

367. A veces se acostumbra a distinguir entre alma y espíritu. Así san

2083

Pablo ruega para que nuestro "ser entero, el espíritu [...], el alma y el

cuerpo" sea conservado sin mancha hasta la venida del Señor ( 1

Ts 5,23). La Iglesia enseña que esta distinción no introduce una

dualidad en el alma (Concilio de Constantinopla IV, año 870: DS

657). "Espíritu" significa que el hombre está ordenado desde su

creación a su fin sobrenatural (Concilio Vaticano I: DS 3005;

cf. GS 22,5), y que su alma es capaz de ser sobreelevada gratuitamente a la comunión con Dios (cf. Pío XII, Humani generis, año 1950: DS

3891).

478, 582,

368. La tradición espiritual de la Iglesia también presenta el corazón

1431,1764, en su sentido bíblico de "lo más profundo del ser" "en sus corazones"

2517,2562, ( Jr 31,33), donde la persona se decide o no por Dios (cf. Dt 6,5; 29,3;

2843

Is 29,13; Ez 36,26; Mt 6,21; Lc 8,15; Rm 5,5).

2331-2336

III. “Hombre y mujer los creó”

IGUALDAD Y DIFERENCIA QUERIDAS POR DIOS

369. El hombre y la mujer son creados, es decir, son queridos por

Dios: por una parte, en una perfecta igualdad en tanto que personas

humanas, y por otra, en su ser respectivo de hombre y de mujer. "Ser

hombre", "ser mujer" es una realidad buena y querida por Dios: el

hombre y la mujer tienen una dignidad que nunca se pierde, que viene

inmediatamente de Dios su creador (cf. Gn 2,7.22). El hombre y la

mujer son, con la misma dignidad, "imagen de Dios". En su "ser-

hombre" y su "ser-mujer" reflejan la sabiduría y la bondad del

Creador.

370. Dios no es, en modo alguno, a imagen del hombre. No es ni hombre ni

mujer. Dios es espíritu puro, en el cual no hay lugar para la diferencia de

42, 239

sexos. Pero las "perfecciones" del hombre y de la mujer reflejan algo de la

infinita perfección de Dios: las de una madre (cf. Is 49,14-15; 66,13; Sal

131,2-3) y las de un padre y esposo (cf. Os 11,1-4; Jr 3,4-19).

―EL UNO PARA EL OTRO‖, ―UNA UNIDAD DE DOS‖

371. Creados a la vez, el hombre y la mujer son queridos por Dios el

uno para el otro. La Palabra de Dios nos lo hace entender mediante

1605

diversos acentos del texto sagrado. "No es bueno que el hombre esté

solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada" ( Gn 2,18). Ninguno de los

animales es "ayuda adecuada" para el hombre ( Gn 2,19-20). La mujer,

que Dios "forma" de la costilla del hombre y presenta a éste, despierta

en él un grito de admiración, una exclamación de amor y de

comunión: "Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi

carne" ( Gn 2,23). El hombre descubre en la mujer como un otro "yo",

de la misma humanidad.

372. El hombre y la mujer están hechos "el uno para el otro": no que

Dios los haya hecho "a medias" e "incompletos"; los ha creado para

una comunión de personas, en la que cada uno puede ser "ayuda" para

el otro porque son a la vez iguales en cuanto personas ("hueso de mis

huesos...") y complementarios en cuanto masculino y femenino

(cf. Mulieris dignitatem, 7). En el matrimonio, Dios los une de manera que, formando "una sola carne" ( Gn 2,24), puedan transmitir la vida 1652, 2366

humana: "Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra" ( Gn 1,28). Al

trasmitir a sus descendientes la vida humana, el hombre y la mujer,

como esposos y padres, cooperan de una manera única en la obra del

Creador (cf. GS 50,1).

373. En el plan de Dios, el hombre y la mujer están llamados a

307

"someter" la tierra ( Gn 1,28) como "administradores" de Dios. Esta

2415

soberanía no debe ser un dominio arbitrario y destructor. A imagen del

Creador, "que ama todo lo que existe" ( Sb 11,24), el hombre y la

mujer son llamados a participar en la providencia divina respecto a las

otras cosas creadas. De ahí su responsabilidad frente al mundo que

Dios les ha confiado.

IV. El hombre en el paraíso

374. El primer hombre fue no solamente creado bueno, sino también

54

constituido en la amistad con su creador y en armonía consigo mismo

y con la creación en torno a él; amistad y armonía tales que no serán

superadas más que por la gloria de la nueva creación en Cristo.

375. La Iglesia, interpretando de manera auténtica el simbolismo del

lenguaje bíblico a la luz del Nuevo Testamento y de la Tradición,

enseña que nuestros primeros padres Adán y Eva fueron constituidos

1997

en un estado "de santidad y de justicia original" (Concilio de Trento:

DS 1511). Esta gracia de la santidad original era una "participación de

la vida divina" (LG 2).

376. Por la irradiación de esta gracia, todas las dimensiones de la

vida del hombre estaban fortalecidas. Mientras permaneciese en la

1008

intimidad divina, el hombre no debía ni morir (cf. Gn 2,17; 3,19) ni

1502

sufrir (cf. Gn 3,16). La armonía interior de la persona humana, la

armonía entre el hombre y la mujer (cf. Gn 2,25), y, por último, la

armonía entre la primera pareja y toda la creación constituía el estado

llamado "justicia original".

377. El "dominio" del mundo que Dios había concedido al hombre

desde el comienzo, se realizaba ante todo dentro del hombre mismo

como dominio de sí. El hombre estaba íntegro y ordenado en todo su

ser por estar libre de la triple concupiscencia (cf. 1 Jn 2,16), que lo

2514

somete a los placeres de los sentidos, a la apetencia de los bienes

terrenos y a la afirmación de sí contra los imperativos de la razón.

378. Signo de la familiaridad con Dios es el hecho de que Dios lo

2415

coloca en el jardín (cf. Gn 2,8). Vive allí "para cultivar la tierra y

guardarla" ( Gn 2,15): el trabajo no le es penoso (cf. Gn 3,17-19), sino

2427

que es la colaboración del hombre y de la mujer con Dios en el

perfeccionamiento de la creación visible.

379. Toda esta armonía de la justicia original, prevista para el

hombre por designio de Dios, se perderá por el pecado de nuestros

primeros padres.

Resumen

380. "A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el

universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su Creador, dominara

todo lo creado" ( Misal Romano , Plegaria eucarística IV, 118).

381. El hombre es predestinado a reproducir la imagen del Hijo de

Dios hecho hombre –"imagen del Dios invisible" ( Col 1,15)–, para

que Cristo sea el primogénito de una multitud de hermanos y de

hermanas (cf. Ef 1,3-6; Rm 8,29).

382. El hombre es corpore et anima unus ("una unidad de cuerpo y

alma") ( GS 14,1). La doctrina de la fe afirma que el alma espiritual e inmortal es creada de forma inmediata por Dios.

383. «Dios no creó al hombre solo: en efecto, desde el principio "los

creó hombre y mujer" ( Gn 1,27). Esta asociación constituye la

primera forma de comunión entre personas» ( GS 12,4).

384. La revelación nos da a conocer el estado de santidad y de

justicia originales del hombre y la mujer antes del pecado: de su

amistad con Dios nacía la felicidad de su existencia en el paraíso.

Párrafo 7

LA CAÍDA

385. Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas. Sin

embargo, nadie escapa a la experiencia del sufrimiento, de los males

en la naturaleza –que aparecen como ligados a los límites propios de

las criaturas–, y sobre todo a la cuestión del mal moral. ¿De dónde

309

viene el mal? Quaerebam unde malum et non erat exitus ("Buscaba el

origen del mal y no encontraba solución") dice san Agustín

( Confessiones, 7,7.11), y su propia búsqueda dolorosa sólo encontrará

salida en su conversión al Dios vivo. Porque "el misterio [...] de la

iniquidad" ( 2 Ts 2,7) sólo se esclarece a la luz del "Misterio de la

457

piedad" ( 1 Tm 3,16). La revelación del amor divino en Cristo ha

manifestado a la vez la extensión del mal y la sobreabundancia de la

gracia (cf. Rm 5,20). Debemos, por tanto, examinar la cuestión del

1848

origen del mal fijando la mirada de nuestra fe en el que es su único

539

Vencedor (cf. Lc 11,21-22; Jn 16,11; 1 Jn 3,8).

I. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia

LA REALIDAD DEL PECADO

386. El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano

intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para

intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar

1847

reconocer el vínculo profundo del hombre con Dio s, porque fuera de

esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera

identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando

sobre la vida del hombre y sobre la historia.

387. La realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los

orígenes, sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el

1848

conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede reconocer

claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente

como un defecto de crecimiento, como una debilidad psicológica, un

error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada,

etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se

comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las

1739

personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente.

EL PECADO ORIGINAL: UNA VERDAD ESENCIAL DE LA FE

388. Con el desarrollo de la Revelación se va iluminando también la

431

realidad del pecado. Aunque el Pueblo de Dios del Antiguo

Testamento conoció de alguna manera la condición humana a la luz de

208

la historia de la caída narrada en el Génesis, no podía alcanzar el

significado último de esta historia que sólo se manifiesta a la luz de la

muerte y de la resurrección de Jesucristo (cf. Rm 5,12-21). Es preciso

conocer a Cristo como fuente de la gracia para conocer a Adán como

359

fuente del pecado. El Espíritu-Paráclito, enviado por Cristo resucitado,

es quien vino "a convencer al mundo en lo referente al pecado"

729

( Jn 16,8) revelando al que es su Redentor.

389. La doctrina del pecado original es, por así decirlo, "el reverso"

de la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador de todos los hombres,

422

que todos necesitan salvación y que la salvación es ofrecida a todos

gracias a Cristo. La Iglesia, que tiene el sentido de Cristo (cf. 1

Cor 2,16) sabe bien que no se puede lesionar la revelación del pecado

original sin atentar contra el Misterio de Cristo.

P

ARA LEER EL RELATO DE LA CAÍDA

390. El relato de la caída ( Gn 3) utiliza un lenguaje hecho de

289

imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que

tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre (cf. GS 13,1). La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está

marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros

primeros padres (cf. Concilio de Trento: DS 1513; Pío XII,

enc. Humani generis: ibíd, 3897; Pablo VI, discurso 11 de julio de 1966).

II. La caída de los ángeles

391. Detrás de la elección desobediente de nuestros primeros padres

se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf. Gn 3,1-5) que, por

2538

envidia, los hace caer en la muerte (cf. Sb 2,24). La Escritura y la

Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o

diablo (cf. Jn 8,44; Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero fue un

ángel bueno, creado por Dios. Diabolus enim et alii daemones a Deo

quidem natura creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali ("El

diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una

naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos") (Concilio

de Letrán IV, año 1215: DS, 800).

1850

392. La Escritura habla de un pecado de estos ángeles ( 2 P 2,4). Esta

"caída" consiste en la elección libre de estos espíritus creados que

rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino.

Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a

nuestros primeros padres: "Seréis como dioses" ( Gn 3,5). El diablo es

2482

"pecador desde el principio" ( 1 Jn 3,8), "padre de la mentira"

( Jn 8,44).

393. Es el carácter irrevocable de su elección, y no un defecto de la

1033-1037

infinita misericordia divina lo que hace que el pecado de los ángeles

no pueda ser perdonado. "No hay arrepentimiento para ellos después

1022

de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de

la muerte" (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 2,4: PG 94,

877C).

394. La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien

Jesús llama "homicida desde el principio" ( Jn 8,44) y que incluso

538-540

intentó apartarlo de la misión recibida del Padre (cf. Mt 4,1-11). "El

550

Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo" ( 1

Jn 3,8). La más grave en consecuencias de estas obras ha sido la

2846-2849

seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios.

395. Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que

309

una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre

criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. Aunque

Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en

Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños –de naturaleza

1673

espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física– en cada

hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina

412

providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y

del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran

2850-2854

misterio, pero "nosotros sabemos que en todas las cosas interviene

Dios para bien de los que le aman" ( Rm 8,28).

III. El pecado original

LA PRUEBA DE LA LIBERTAD

396. Dios creó al hombre a su imagen y lo estableció en su amistad.

1730

Criatura espiritual, el hombre no puede vivir esta amistad más que en

la forma de libre sumisión a Dios. Esto es lo que expresa la

311

prohibición hecha al hombre de comer del árbol del conocimiento del

bien y del mal, "porque el día que comieres de él, morirás sin

remedio" ( Gn 2,17). "El árbol del conocimiento del bien y del mal"

evoca simbólicamente el límite infranqueable que el hombre en cuanto

criatura debe reconocer libremente y respetar con confianza. El

hombre depende del Creador, está sometido a las leyes de la Creación

301

y a las normas morales que regulan el uso de la libertad.

EL PRIMER PECADO DEL HOMBRE

397. El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la 1707, 2541

confianza hacia su creador (cf. Gn 3,1-11) y, abusando de su libertad,

desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer

pecado del hombre (cf. Rm 5,19). En adelante, todo pecado será una

desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad.

1850, 215

398. En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de

2084

Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra

Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra

su propio bien. El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba

destinado a ser plenamente "divinizado" por Dios en la gloria. Por la

2113

seducción del diablo quiso "ser como Dios" (cf. Gn 3,5), pero "sin

Dios, antes que Dios y no según Dios" (San Máximo el Confesor,

Ambiguorum liber: PG 91, 1156C).

399. La Escritura muestra las consecuencias dramáticas de esta

primera desobediencia. Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia

de la santidad original (cf. Rm 3,23). Tienen miedo del Dios

(cf. Gn 3,9-10) de quien han concebido una falsa imagen, la de un

Dios celoso de sus prerrogativas (cf. Gn 3,5).

400. La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la

justicia original, queda destruida; el dominio de las facultades

espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra (cf. Gn 3,7); la unión

1607

entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones (cf. Gn 3,11-13);

2514

sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio

(cf. Gn 3,16). La armonía con la creación se rompe; la creación visible

se hace para el hombre extraña y hostil (cf. Gn 3,17.19). A causa del

hombre, la creación es sometida "a la servidumbre de la corrupción"

( Rm 8,21). Por fin, la consecuencia explícitamente anunciada para el

caso de desobediencia (cf. Gn 2,17), se realizará: el hombre "volverá

602, 1008

al polvo del que fue formado" ( Gn 3,19). La muerte hace su entrada

en la historia de la humanidad (cf. Rm 5,12).

401. Desde este primer pecado, una verdadera invasión de pecado

1865, 2259 inunda el mundo: el fratricidio cometido por Caín en Abel (cf. Gn 4,3-

15); la corrupción universal, a raíz del pecado (cf. Gn 6,5.12;

Rm 1,18-32); en la historia de Israel, el pecado se manifiesta

frecuentemente, sobre todo como una infidelidad al Dios de la Alianza

y como transgresión de la Ley de Moisés; e incluso tras la Redención

de Cristo, entre los cristianos, el pecado se manifiesta de múltiples

maneras (cf. 1 Co 1-6; Ap 2-3). La Escritura y la Tradición de la

Iglesia no cesan de recordar la presencia y la universalidad del pecado

1739

en la historia del hombre:

«Lo que la Revelación divina nos enseña coincide con la misma

experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también

inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden proceder de

su Creador, que es bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Dios

como su principio, rompió además el orden debido con respecto a su fin

último y, al mismo tiempo, toda su ordenación en relación consigo

mismo, con todos los otros hombres y con todas las cosas creadas»

(GS 13,1).

CONSECUENCIAS DEL PECADO DE ADÁN PARA LA HUMANIDAD

402. Todos los hombres están implicados en el pecado de Adán. San

Pablo lo afirma: "Por la desobediencia de un solo hombre, todos

fueron constituidos pecadores" ( Rm 5,19): "Como por un solo hombre

entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte

alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron..." ( Rm 5,12).

A la universalidad del pecado y de la muerte, el apóstol opone la

430, 605

universalidad de la salvación en Cristo: "Como el delito de uno solo

atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de

justicia de uno solo (la de Cristo) procura a todos una justificación que

da la vida" ( Rm 5,18).

403. Siguiendo a san Pablo, la Iglesia ha enseñado siempre que la

inmensa miseria que oprime a los hombres y su inclinación al mal y a

2606

la muerte no son comprensibles sin su conexión con el pecado de

Adán y con el hecho de que nos ha transmitido un pecado con que

todos nacemos afectados y que es "muerte del alma" (Concilio de

Trento: DS 1512). Por esta certeza de fe, la Iglesia concede el

Bautismo para la remisión de los pecados incluso a los niños que no

1250

han cometido pecado personal (cf. ibíd. , DS 1514).

404. ¿Cómo el pecado de Adán vino a ser el pecado de todos sus

descendientes? Todo el género humano es en Adán sicut unum corpus

unius hominis ("Como el cuerpo único de un único hombre") (Santo

Tomás de Aquino, Quaestiones disputatae de malo, 4,1). Por esta

360

"unidad del género humano", todos los hombres están implicados en el

pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo.

50

Sin embargo, la transmisión del pecado original es un misterio que no

podemos comprender plenamente. Pero sabemos por la Revelación

que Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él

solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador, Adán y

Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la

naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído (cf. Concilio

de Trento: DS 1511-1512). Es un pecado que será transmitido por

propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una

naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales.

Por eso, el pecado original es llamado "pecado" de manera análoga: es

un pecado "contraído", "no cometido", un estado y no un acto.

405. Aunque propio de cada uno (cf. ibíd. , DS 1513), el pecado

original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta

personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero

la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en

sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento

y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal

2515

es llamada "concupiscencia"). El Bautismo, dando la vida de la gracia

de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero

las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal,

1264

persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual.

406. La doctrina de la Iglesia sobre la transmisión del pecado original fue

precisada sobre todo en el siglo V, en particular bajo el impulso de la

reflexión de san Agustín contra el pelagianismo, y en el siglo XVI, en

oposición a la Reforma protestante. Pelagio sostenía que el hombre podía,

por la fuerza natural de su voluntad libre, sin la ayuda necesaria de la gracia

de Dios, llevar una vida moralmente buena: así reducía la influencia de la

falta de Adán a la de un mal ejemplo. Los primeros reformadores

protestantes, por el contrario, enseñaban que el hombre estaba radicalmente

pervertido y su libertad anulada por el pecado de los orígenes; identificaban

el pecado heredado por cada hombre con la tendencia al mal

( concupiscentia), que sería insuperable. La Iglesia se pronunció

especialmente sobre el sentido del dato revelado respecto al pecado original

en el II Concilio de Orange en el año 529 (cf. Concilio de Orange II: DS

371-372) y en el Concilio de Trento, en el año 1546 (cf. Concilio de Trento:

DS 1510-1516).

UN DURO COMBATE...

407. La doctrina sobre el pecado original –vinculada a la de la

Redención de Cristo– proporciona una mirada de discernimiento

2015

lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo. Por el

pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio

2852

sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El pecado original

entraña "la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la

muerte, es decir, del diablo" (Concilio de Trento: DS 1511,

cf. Hb 2,14). Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida,

inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la

educación, de la política, de la acción social (cf. CA 25) y de las 1888

costumbres.

408. Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados

personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una

condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de san

Juan: "el pecado del mundo" ( Jn 1,29). Mediante esta expresión se

significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas

las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de 1865, 1869

los pecados de los hombres (cf. RP 16).

409. Esta situación dramática del mundo que "todo entero yace en

poder del maligno" ( 1 Jn 5,19; cf. 1 P 5,8), hace de la vida del

hombre un combate:

2516

«A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla

contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del

mundo, durará hasta el último día, según dice el Señor. Inserto en esta

lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y

no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de

lograr la unidad en sí mismo» (GS 37,2).

IV. “No lo abandonaste al poder de la muerte”

55, 705

410. Tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios. Al

1609, 2568 contrario, Dios lo llama (cf. Gn 3,9) y le anuncia de modo misterioso

la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída (cf. Gn 3,15).

Este pasaje del Génesis ha sido llamado "Protoevangelio", por ser el

675

primer anuncio del Mesías redentor, anuncio de un combate entre la

serpiente y la Mujer, y de la victoria final de un descendiente de ésta.

411. La tradición cristiana ve en este pasaje un anuncio del "nuevo

359, 615

Adán" (cf. 1 Co 15,21-22.45) que, por su "obediencia hasta la muerte

en la Cruz" ( Flp 2,8) repara con sobreabundancia la desobediencia de

Adán (cf. Rm 5,19-20). Por otra parte, numerosos Padres y doctores de

la Iglesia ven en la mujer anunciada en el "protoevangelio" la madre

de Cristo, María, como "nueva Eva". Ella ha sido la que, la primera y

de una manera única, se benefició de la victoria sobre el pecado

491

alcanzada por Cristo: fue preservada de toda mancha de pecado

original (cf. Pío IX: Bula Ineffabilis Deus: DS 2803) y, durante toda

su vida terrena, por una gracia especial de Dios, no cometió ninguna

clase de pecado (cf. Concilio de Trento: DS 1573).

310, 395

412. Pero, ¿ por qué Dios no impidió que el primer hombre pecara?

San León Magno responde: "La gracia inefable de Cristo nos ha dado

bienes mejores que los que nos quitó la envidia del demonio"

( Sermones, 73,4: PL 54, 396). Y santo Tomás de Aquino: «Nada se

opone a que la naturaleza humana haya sido destinada a un fin más

alto después del pecado. Dios, en efecto, permite que los males se

272

hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de san

Pablo: "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" ( Rm 5,20). Y

en la bendición del Cirio Pascual: "¡Oh feliz culpa que mereció tal y

1994

tan grande Redentor!"» ( S.Th. , 3, q.1, a.3, ad 3: en el Pregón Pascual

«Exultet» se recogen textos de santo Tomas de esta cita).

Resumen

413. "No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción

de los vivientes [...] por envidia del diablo entró la muerte en el

mundo" ( Sb 1,13; 2,24).

414. Satán o el diablo y los otros demonios son ángeles caídos por

haber rechazado libremente servir a Dios y su designio. Su opción

contra Dios es definitiva. Intentan asociar al hombre en su rebelión

contra Dios.

415. "Constituido por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo,

persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de

la historia, levantándose contra Dios e intentando alcanzar su propio

fin al margen de Dios" ( GS 13,1).

416. Por su pecado, Adán, en cuanto primer hombre, perdió la

santidad y la justicia originales que había recibido de Dios no

solamente para él, sino para todos los humanos.

417. Adán y Eva transmitieron a su descendencia la naturaleza

humana herida por su primer pecado, privada por tanto de la

santidad y la justicia originales. Esta privación es llamada "pecado

original".

418. Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana

quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al

sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado

(inclinación llamada "concupiscencia").

419. «Mantenemos, pues, siguiendo el Concilio de Trento, que el

pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana,

"por propagación, no por imitación" y que "se halla como propio en

cada uno"» (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios , 16) .

420. La victoria sobre el pecado obtenida por Cristo nos ha dado

bienes mejores que los que nos quitó el pecado: "Donde abundó el

pecado, sobreabundó la gracia" ( Rm 5,20).

421. "Los fieles cristianos creen que el mundo [...] ha sido creado y

conservado por el amor del Creador, colocado ciertamente bajo la

esclavitud del pecado, pero liberado por Cristo crucificado y

resucitado, una vez que fue quebrantado el poder del Maligno..."

( GS 2,2).

CAPÍTULO SEGUNDO

CREO EN JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS

LA BUENA NUEVA: DIOS HA ENVIADO A SU HIJO

422. "Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo,

385, 389

nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que se

hallaban bajo la Ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva"

( Ga 4, 4-5). He aquí "la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios"

2763

( Mc 1, 1): Dios ha visitado a su pueblo (cf. Lc 1, 68), ha cumplido las

promesas hechas a Abraham y a su descendencia (cf. Lc 1, 55); lo ha

hecho más allá de toda expectativa: Él ha enviado a su "Hijo amado"

( Mc 1, 11).

423. Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido

judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey Herodes el

Grande y del emperador César Augusto I; de oficio carpintero, muerto

crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el

reinado del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho

hombre, que ha "salido de Dios" ( Jn 13, 3), "bajó del cielo" ( Jn 3, 13;

6, 33), "ha venido en carne" ( 1 Jn 4, 2), porque "la Palabra se hizo

carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria

que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad [...]

Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia" ( Jn 1,

14. 16).

424. Movidos por la gracia del Espíritu Santo y atraídos por el Padre

683

nosotros creemos y confesamos a propósito de Jesús: "Tú eres el

Cristo, el Hijo de Dios vivo" ( Mt 16, 16). Sobre la roca de esta fe,

552

confesada por San Pedro, Cristo ha construido su Iglesia (cf. Mt 16,

18; san León Magno, Sermones, 4, 3: PL 54, 151; 51, 1: PL 54, 309B;

62, 2: PL 54, 350C-351A; 83, 3: PL 54, 432A).

"A

NUNCIAR... LA INESCRUTABLE RIQUEZA DE CRISTO" (EF 3, 8)

425. La transmisión de la fe cristiana es ante todo el anuncio de

Jesucristo para conducir a la fe en Él. Desde el principio, los primeros

discípulos ardieron en deseos de anunciar a Cristo: "No podemos

nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" ( Hch 4, 20). Y

850, 858

ellos mismos invitan a los hombres de todos los tiempos a entrar en la

alegría de su comunión con Cristo:

«Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto

con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca

de la Palabra de vida, —pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos

visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con

el Padre y se nos manifestó— lo que hemos visto y oído, os lo

anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros.

Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo.

Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo» ( 1 Jn 1, 1-4).

EN EL CENTRO DE LA CATEQUESIS: CRISTO

1698

426. "En el centro de la catequesis encontramos esencialmente una

persona, la de Jesús de Nazaret, Unigénito del Padre [...]; que ha

sufrido y ha muerto por nosotros y que ahora, resucitado, vive para

siempre con nosotros [...] Catequizar es [...] descubrir en la Persona de

Cristo el designio eterno de Dios [...]. Se trata de procurar comprender

513

el significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos

realizados por Él mismo" (CT 5). El fin de la catequesis: "conducir a la comunión con Jesucristo [...]; sólo Él puede conducirnos al amor del

260

Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima

Trinidad". ( ibíd.).

2145

427. «En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo

encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único

876

que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es

portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca [...]. Todo

catequista debería poder aplicarse a sí mismo estas misteriosas

palabras de Jesús: "Mi doctrina no es mía, sino del que me ha

enviado" ( Jn 7, 16)» ( ibid., 6).

428. El que está llamado a "enseñar a Cristo" debe por tanto, ante

todo, buscar esta "ganancia sublime que es el conocimiento de Cristo";

es necesario "aceptar perder todas las cosas para ganar a Cristo, y ser

hallado en Él" y "conocerle a Él, el poder de su resurrección y la

comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su

muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos"

( Flp 3, 8-11).

429. De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el

851

deseo de anunciarlo, de "evangelizar", y de llevar a otros al "sí" de la

fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de

conocer siempre mejor esta fe. Con este fin, siguiendo el orden del

Símbolo de la fe, presentaremos en primer lugar los principales títulos

de Jesús: Cristo, Hijo de Dios, Señor ( artículo 2). El Símbolo confiesa

a continuación los principales misterios de la vida de Cristo: los de su

Encarnación ( artículo 3), los de su Pascua ( artículos 4 y 5), y, por

último, los de su glorificación ( artículos 6 y 7).

ARTÍCULO 2

“Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR”

I. Jesús

430. Jesús quiere decir en hebreo: "Dios salva". En el momento de la

210

anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de

Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya

que "¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?" ( Mc 2, 7), es Él

quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre "salvará a su pueblo de

402

sus pecados" ( Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula así toda la historia

de la salvación en favor de los hombres.

431. En la historia de la salvación, Dios no se ha contentado con

librar a Israel de "la casa de servidumbre" ( Dt 5, 6) haciéndole salir de

1441, 1850 Egipto. Él lo salva además de su pecado. Puesto que el pecado es

siempre una ofensa hecha a Dios (cf. Sal 51, 6), sólo Él es quien puede

absolverlo (cf. Sal 51, 12). Por eso es por lo que Israel, tomando cada

388

vez más conciencia de la universalidad del pecado, ya no podrá buscar

la salvación más que en la invocación del nombre de Dios Redentor

(cf. Sal 79, 9).

589, 2666

432. El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está

presente en la Persona de su Hijo (cf. Hch 5, 41; 3 Jn 7) hecho hombre

para la Redención universal y definitiva de los pecados. Él es el

389

Nombre divino, el único que trae la salvación (cf. Jn 3, 18; Hch 2, 21)

y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha

unido a todos los hombres por la Encarnación (cf. Rm 10, 6-13) de tal

forma que "no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el

161

que nosotros debamos salvarnos" ( Hch 4, 12; cf. Hch 9, 14; St 2, 7).

433. El Nombre de Dios Salvador era invocado una sola vez al año

por el sumo sacerdote para la expiación de los pecados de Israel,

cuando había asperjado el propiciatorio del Santo de los Santos con la

sangre del sacrificio (cf. Lv 16, 15-16; Si 50, 20; Hb 9, 7). El

615

propiciatorio era el lugar de la presencia de Dios (cf. Ex 25, 22; Lv 16,

2; Nm 7, 89; Hb 9, 5). Cuando san Pablo dice de Jesús que "Dios lo

exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre"

( Rm 3, 25) significa que en su humanidad "estaba Dios reconciliando

al mundo consigo" ( 2 Co 5, 19).

434. La Resurrección de Jesús glorifica el Nombre de Dios

2812

"Salvador" (cf. Jn 12, 28) porque de ahora en adelante, el Nombre de

Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano del "Nombre

que está sobre todo nombre" ( Flp 2, 9). Los espíritus malignos temen

su Nombre (cf. Hch 16, 16-18; 19, 13-16) y en su nombre los

discípulos de Jesús hacen milagros (cf. Mc 16, 17) porque todo lo que

2614

piden al Padre en su Nombre, Él se lo concede ( Jn 15, 16).

435. El Nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria cristiana. 2667-2668

Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula Per Dominum

nostrum Jesum Christum... ("Por nuestro Señor Jesucristo..."). El

"Avemaría" culmina en "y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". La

2676

oración del corazón, en uso en Oriente, llamada "oración a Jesús" dice:

"Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador".

Numerosos cristianos mueren, como santa Juana de Arco, teniendo en

sus labios una única palabra: "Jesús".

II. Cristo

436. Cristo viene de la traducción griega del término hebreo

"Mesías" que quiere decir "ungido". Pasa a ser nombre propio de Jesús

690-695

porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra

significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los

que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él.

Este era el caso de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R 1,

39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de

los profetas (cf. 1 R 19, 16). Este debía ser por excelencia el caso del

Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino

(cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu

del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (cf. Za 4, 14; 6,

13) pero también como profeta (cf. Is 61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús

cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de

711-716

sacerdote, profeta y rey.

783

437. El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el

486, 525

del Mesías prometido a Israel: "Os ha nacido hoy, en la ciudad de

David, un salvador, que es el Cristo Señor" ( Lc 2, 11). Desde el

principio él es "a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo"

( Jn 10, 36), concebido como "santo" ( Lc 1, 35) en el seno virginal de

María. José fue llamado por Dios para "tomar consigo a María su

esposa" encinta "del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo"

( Mt 1, 20) para que Jesús "llamado Cristo" nazca de la esposa de José

en la descendencia mesiánica de David ( Mt 1, 16; cf. Rm 1, 3; 2 Tm 2,

8; Ap 22, 16).

727

438. La consagración mesiánica de Jesús manifiesta su misión

divina. "Por otra parte eso es lo que significa su mismo nombre,

porque en el nombre de Cristo está sobreentendido Él que ha ungido,

Él que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido:

Él que ha ungido, es el Padre. Él que ha sido ungido, es el Hijo, y lo

ha sido en el Espíritu que es la Unción" (San Ireneo de Lyon,

Adversus haereses, 3, 18, 3). Su eterna consagración mesiánica fue

revelada en el tiempo de su vida terrena, en el momento de su

535

bautismo, por Juan cuando "Dios le ungió con el Espíritu Santo y con

poder" ( Hch 10, 38) "para que él fuese manifestado a Israel" ( Jn 1, 31)

como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a conocer como

"el santo de Dios" ( Mc 1, 24; Jn 6, 69; Hch 3, 14).

528-529

439. Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su

esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del

547

mesiánico "hijo de David" prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9,

27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías

al cual tenía derecho (cf. Jn 4, 25-26; 11, 27), pero no sin reservas

porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una

concepción demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente

política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).

552

440. Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como

el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre

(cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica

en la identidad transcendente del Hijo del Hombre "que ha bajado del

cielo" ( Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13), a la vez que en su misión

redentora como Siervo sufriente: "el Hijo del hombre no ha venido a

ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos"

( Mt 20, 28; cf. Is 53, 10-12). Por esta razón, el verdadero sentido de su

550

realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz

(cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43). Solamente después de su resurrección

445

su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de

Dios: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha

constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis

crucificado" ( Hch 2, 36).

III. Hijo único de Dios

441. Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es un título dado a los

ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb 1, 6), al pueblo elegido (cf. E x 4, 22; Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb 18, 13), a los hijos de Israel (cf. Dt 14,

1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2 S 7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces

una filiación adoptiva que establece entre Dios y su criatura unas

relaciones de una intimidad particular. Cuando el Rey-Mesías

prometido es llamado "hijo de Dios" (cf. 1 Cro 17, 13; Sal 2, 7), no

implica necesariamente, según el sentido literal de esos textos, que sea

más que humano. Los que designaron así a Jesús en cuanto Mesías de

Israel (cf. Mt 27, 54), quizá no quisieron decir nada más (cf. Lc 23,

47).

442. No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como "el

Cristo, el Hijo de Dios vivo" ( Mt 16, 16) porque Jesús le responde con

solemnidad " no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi

552

Padre que está en los cielos" ( Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a

propósito de su conversión en el camino de Damasco: "Cuando Aquel

que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia,

tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los

gentiles..." ( Ga 1,15-16). "Y en seguida se puso a predicar a Jesús en

las sinagogas: que él era el Hijo de Dios" ( Hch 9, 20). Este será, desde

el principio (cf. 1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31)

profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia

424

(cf. Mt 16, 18).

443. Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación

divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente.

Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: "Entonces, ¿tú eres

el Hijo de Dios?", Jesús ha respondido: "Vosotros lo decís: yo soy"

( Lc 22, 70; cf. Mt 26, 64; Mc 14, 61). Ya mucho antes, Él se designó

como el "Hijo" que conoce al Padre (cf. Mt 11, 27; 21, 37-38), que es

distinto de los "siervos" que Dios envió antes a su pueblo (cf. Mt 21,

34-36), superior a los propios ángeles (cf. Mt 24, 36). Distinguió su

2786

filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás "nuestro Padre"

(cf. Mt 5, 48; 6, 8; 7, 21; Lc 11, 13) salvo para ordenarles " vosotros,

pues, orad así: Padre Nuestro" ( Mt 6, 9); y subrayó esta distinción: "Mi

Padre y vuestro Padre" ( Jn 20, 17).

536

444. Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el Bautismo

554

y la Transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como

su "Hijo amado" ( Mt 3, 17; 17, 5). Jesús se designa a sí mismo como

"el Hijo Único de Dios" ( Jn 3, 16) y afirma mediante este título su

preexistencia eterna (cf. Jn 10, 36). Pide la fe en "el Nombre del Hijo

Único de Dios" ( Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la

exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz:

"Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" ( Mc 15, 39), porque

es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar

el sentido pleno del título "Hijo de Dios".

653

445. Después de su Resurrección, su filiación divina aparece en el

poder de su humanidad glorificada: "Constituido Hijo de Dios con

poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los

muertos" ( Rm 1, 4; cf. Hch 13, 33). Los apóstoles podrán confesar

"Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único,

lleno de gracia y de verdad "( Jn 1, 14).

IV. Señor

446. En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el

nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés (cf. Ex 3, 14),

YHWH, es traducido por Kyrios ["Señor"]. Señor se convierte desde

entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma

del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte

209

el título "Señor" para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la

novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (cf. 1 Co 2,8).

447. El mismo Jesús se atribuye de forma velada este título cuando

discute con los fariseos sobre el sentido del Salmo 109 (cf. Mt 22, 41-

46; cf. también Hch 2, 34-36; Hb 1, 13), pero también de manera

explícita al dirigirse a sus Apóstoles (cf. Jn 13, 13). A lo largo de toda

su vida pública sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre las

548

enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado,

demostraban su soberanía divina.

448. Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas que se

dirigen a Jesús llamándole "Señor". Este título expresa el respeto y la

confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y

curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del Espíritu

Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús

208, 683

(cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte

641

en adoración: "Señor mío y Dios mío" ( Jn 20, 28). Entonces toma una

connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la

tradición cristiana: "¡Es el Señor!" ( Jn 21, 7).

449. Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las primeras

confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio (cf. Hch 2,

34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre

convienen también a Jesús (cf. Rm 9, 5; Tt 2, 13; Ap 5, 13) porque Él

es de "condición divina" ( Flp 2, 6) y porque el Padre manifestó esta

461

soberanía de Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a

653

su gloria (cf. Rm 10, 9; 1 Co 12, 3; Flp 2,11).

450. Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del

señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia (cf. Ap 11, 15)

significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad

668-672

personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios

Padre y al Señor Jesucristo: César no es el "Señor" (cf. Mc 12,

2242

17; Hch 5, 29). "La Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda

historia humana se encuentra en su Señor y Maestro" (GS 10, 2; cf.

45, 2).

2664-2665

451. La oración cristiana está marcada por el título "Señor", ya sea en

la invitación a la oración "el Señor esté con vosotros", o en su

conclusión "por Jesucristo nuestro Señor" o incluso en la exclamación

2817

llena de confianza y de esperanza: Maran atha ("¡el Señor viene!")

o Marana tha ("¡Ven, Señor!") ( 1 Co 16, 22): "¡Amén! ¡Ven, Señor

Jesús!" ( Ap 22, 20).

Resumen

452. El nombre de Jesús significa "Dios salva". El niño nacido de la

Virgen María se llama "Jesús" "porque él salvará a su pueblo de sus

pecados" ( Mt 1, 21); "No hay bajo el cielo otro nombre dado a los

hombres por el que nosotros debamos salvarnos" ( Hch 4, 12).

453. El nombre de Cristo significa "Ungido", "Mesías". Jesús es el

Cristo porque "Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder"

( Hch 10, 38). Era "el que ha de venir" ( Lc 7, 19), el objeto de "la esperanza de Israel"( Hch 28, 20).

454. El nombre de Hijo de Dios significa la relación única y eterna

de Jesucristo con Dios su Padre: el es el Hijo único del Padre

(cf. Jn 1, 14. 18; 3, 16. 18) y Él mismo es Dios (cf. Jn 1, 1). Para ser

cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios

(cf. Hch 8, 37; 1 Jn 2, 23).

455. El nombre de Señor significa la soberanía divina. Confesar o

invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad "Nadie puede

decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo"( 1 Co 12,

3).

ARTÍCULO 3

"JESUCRISTO FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA

DEL ESPÍRITU SANTO Y NACIÓ DE SANTA MARÍA

VIRGEN"

Párrafo 1

EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE

I. Por qué el Verbo se hizo carne

456. Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos

confesando: " Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó

del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen

y se hizo hombre" (DS 150).

457. El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios:

607

"Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros

pecados" ( 1 Jn 4, 10). "El Padre envió a su Hijo para ser salvador del

mundo" ( 1 Jn 4, 14). "Él se manifestó para quitar los pecados" ( 1 Jn 3,

5):

«Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser

385

restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del

bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas,

hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un

salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían

importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta

el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla,

ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan

desgraciado?» (San Gregorio de Nisa, Oratio catechetica, 15: PG 45,

48B).

458. El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el

219

amor de Dios: "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en

que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio

de él" ( 1 Jn 4, 9). "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo

único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida

eterna" ( Jn 3, 16).

520, 823

459. El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad:

2012

"Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí..." ( Mt 11, 29). "Yo

soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí"

( Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena:

"Escuchadle" ( Mc 9, 7; cf. Dt 6, 4-5). Él es, en efecto, el modelo de

1717, 1965 las bienaventuranzas y la norma de la Ley nueva: "Amaos los unos a

los otros como yo os he amado" ( Jn 15, 12). Este amor tiene como

consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).

1265, 1391 460. El Verbo se encarnó para hacernos "partícipes de la naturaleza

divina" ( 2 P 1, 4): "Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo

hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al

entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se

convirtiera en hijo de Dios" (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses,

1988

3, 19, 1). "Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios"

(San Atanasio de Alejandría, De Incarnatione, 54, 3: PG 25,

192B). Unigenitus [...] Dei Filius, suae divinitatis volens nos esse

participes, naturam nostram assumpsit, ut homines deos faceret factus

homo ("El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de

su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho

hombre, hiciera dioses a los hombres") (Santo Tomás de Aquino,

Oficio de la festividad del Corpus, Of. de Maitines, primer Nocturno,

Lectrua I).

II. La Encarnación

461. Volviendo a tomar la frase de san Juan ("El Verbo se

653, 661

encarnó": Jn 1, 14), la Iglesia llama "Encarnación" al hecho de que el

449

Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo

por ella nuestra salvación. En un himno citado por san Pablo, la Iglesia

canta el misterio de la Encarnación:

«Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual,

siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino

que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose

semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se

humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz»

( Flp 2, 5-8; cf. Liturgia de las Horas, Cántico de las Primeras Vísperas

de Domingos).

462. La carta a los Hebreos habla del mismo misterio:

«Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No quisiste sacrificio y

oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por

el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo [...] a hacer,

oh Dios, tu voluntad!» ( Hb 10, 5-7; Sal 40, 7-9 [LXX]).

463. La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo

90

distintivo de la fe cristiana: "Podréis conocer en esto el Espíritu de

Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de

Dios" ( 1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus

comienzos cuando canta "el gran misterio de la piedad": "Él ha sido

manifestado en la carne" ( 1 Tm 3, 16).

III. Verdadero Dios y verdadero hombre

464. El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación

del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en

parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo

divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de

ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero

hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante

88

los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban.

465. Las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo

que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde la época

apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación del Hijo

de Dios, "venido en la carne" (cf. 1 Jn 4, 2-3; 2 Jn 7). Pero desde el

siglo III, la Iglesia tuvo que afirmar frente a Pablo de Samosata, en un

Concilio reunido en Antioquía, que Jesucristo es Hijo de Dios por

naturaleza y no por adopción. El primer Concilio Ecuménico de Nicea,

en el año 325, confesó en su Credo que el Hijo de Dios es

«engendrado, no creado, "de la misma substancia" [en griego

242

homousion] que el Padre» y condenó a Arrio que afirmaba que "el

Hijo de Dios salió de la nada" (Concilio de Nicea I: DS 130) y que

sería "de una substancia distinta de la del Padre" ( Ibíd., 126).

466. La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana junto a

la persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella san Cirilo de

Alejandría y el tercer Concilio Ecuménico reunido en Efeso, en el año

431, confesaron que "el Verbo, al unirse en su persona a una carne

animada por un alma racional, se hizo hombre" (Concilio de Efeso:

DS, 250). La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona

divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su

concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que

495

María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la

concepción humana del Hijo de Dios en su seno: "Madre de Dios, no

porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina,

sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un

alma racional [...] unido a la persona del Verbo, de quien se dice que

el Verbo nació según la carne" (DS 251).

467. Los monofisitas afirmaban que la naturaleza humana había

dejado de existir como tal en Cristo al ser asumida por su persona

divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía, el cuarto Concilio

Ecuménico, en Calcedonia, confesó en el año 451:

«Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay

que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto

en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y

verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo;

consubstancial con el Padre según la divinidad, y consubstancial con

nosotros según la humanidad, "en todo semejante a nosotros, excepto en

el pecado" ( Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la

divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos

tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad.

Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos

naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La

diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión,

sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y

confluyen en un solo sujeto y en una sola persona» (Concilio de

Calcedonia; DS, 301-302).

468. Después del Concilio de Calcedonia, algunos concibieron la

naturaleza humana de Cristo como una especie de sujeto personal.

Contra éstos, el quinto Concilio Ecuménico, en Constantinopla, el año

553 confesó a propósito de Cristo: "No hay más que una sola

hipóstasis [o persona] [...] que es nuestro Señor Jesucristo, uno de la

Trinidad" (Concilio de Constantinopla II: DS, 424). Por tanto, todo en

254

la humanidad de Jesucristo debe ser atribuido a su persona divina

como a su propio sujeto (cf. ya Concilio de Éfeso: DS, 255), no

616

solamente los milagros sino también los sufrimientos (cf. Concilio de

Constantinopla II: DS, 424) y la misma muerte: "El que ha sido

crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es verdadero Dios,

Señor de la gloria y uno de la Santísima Trinidad" ( ibíd. , 432).

469. La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero

Dios y verdadero Hombre. Él es verdaderamente el Hijo de Dios que

212

se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios,

nuestro Señor:

Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit ("Sin dejar de ser lo que

era ha asumido lo que no era"), canta la liturgia romana ( Solemnidad de

la Santísima Virgen María, Madre de Dios, Antífona al «Benedictus»; cf.

san León Magno, Sermones 21, 2-3: PL 54, 192). Y la liturgia de san Juan

Crisóstomo proclama y canta: "¡Oh Hijo unigénito y Verbo de Dios! Tú

que eres inmortal, te dignaste, para salvarnos, tomar carne de la santa

Madre de Dios y siempre Virgen María. Tú, Cristo Dios, sin sufrir

cambio te hiciste hombre y, en al cruz, con tu muerte venciste la muerte.

Tú, Uno de la Santísima Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo

Espíritu, ¡sálvanos! ( Oficio Bizantino de las Horas, Himno O'

Monogenés" ).

IV. Cómo es hombre el Hijo de Dios

470. Puesto que en la unión misteriosa de la Encarnación "la

naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida" (GS 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar con el correr de los siglos, la plena

realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de

voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha

tenido que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de

Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que

516

la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella proviene de "uno de la

Trinidad". El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio

626

modo personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su

cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la

Trinidad (cf. Jn 14, 9-10):

«El Hijo de Dios [...] trabajó con manos de hombre, pensó con

inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón

2599

de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de

nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado» (GS 22, 2).

EL ALMA Y EL CONOCIMIENTO HUMANO DE CRISTO

471. Apolinar de Laodicea afirmaba que en Cristo el Verbo había

sustituido al alma o al espíritu. Contra este error la Iglesia confesó que

363

el Hijo eterno asumió también un alma racional humana (cf. Dámaso

I, Carta a los Obispos Orientales: DS, 149).

472. Este alma humana que el Hijo de Dios asumió está dotada de un

verdadero conocimiento humano. Como tal, éste no podía ser de por sí

ilimitado: se desenvolvía en las condiciones históricas de su existencia

en el espacio y en el tiempo. Por eso el Hijo de Dios, al hacerse

hombre, quiso progresar "en sabiduría, en estatura y en gracia" ( Lc 2,

52) e igualmente adquirir aquello que en la condición humana se

adquiere de manera experimental (cf. Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34; etc.).

Eso correspondía a la realidad de su anonadamiento voluntario en "la

condición de esclavo" ( Flp 2, 7).

473. Pero, al mismo tiempo, este conocimiento verdaderamente

humano del Hijo de Dios expresaba la vida divina de su persona (cf.

san Gregorio Magno, carta Sicut aqua: DS, 475). "El Hijo de Dios

conocía todas las cosas; y esto por sí mismo, que se había revestido de

la condición humana; no por su naturaleza, sino en cuanto estaba

unida al Verbo [...]. La naturaleza humana, en cuanto estaba unida al

Verbo, conocida todas las cosas, incluso las divinas, y manifestaba en

sí todo lo que conviene a Dios" (san Máximo el Confesor,

Quaestiones et dubia, 66: PG 90, 840). Esto sucede ante todo en lo

que se refiere al conocimiento íntimo e inmediato que el Hijo de Dios

240

hecho hombre tiene de su Padre (cf. Mc 14, 36; Mt 11, 27; Jn 1, 18; 8,

55; etc.). El Hijo, en su conocimiento humano, mostraba también la

penetración divina que tenía de los pensamientos secretos del corazón

de los hombres (cf. Mc 2, 8; Jn 2, 25; 6, 61; etc.).

474. Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona del

Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en

plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a

revelar (cf. Mc 8,31; 9,31; 10, 33-34; 14,18-20. 26-30). Lo que

reconoce ignorar en este campo (cf. Mc 13,32), declara en otro lugar

no tener misión de revelarlo (cf. Hch 1, 7).

LA VOLUNTAD HUMANA DE CRISTO

475. De manera paralela, la Iglesia confesó en el sexto Concilio

Ecuménico que Cristo posee dos voluntades y dos operaciones

naturales, divinas y humanas, no opuestas, sino cooperantes, de forma

2008

que el Verbo hecho carne, en su obediencia al Padre, ha querido

2824

humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el

Espíritu Santo para nuestra salvación (cf. Concilio de Constantinopla

III, año 681: DS, 556-559). La voluntad humana de Cristo "sigue a su

voluntad divina sin hacerle resistencia ni oposición, sino todo lo

contrario, estando subordinada a esta voluntad omnipotente" ( ibíd.,

556).

EL VERDADERO CUERPO DE CRISTO

476. Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera

humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf. Concilio de Letrán,

1159-1162

año 649: DS, 504). Por eso se puede "pintar" la faz humana de Jesús

( Ga 3,2). En el séptimo Concilio ecuménico, la Iglesia reconoció que

2129-2132

es legítima su representación en imágenes sagradas (Concilio de Nicea

II, año 787: DS, 600-603).

477. Al mismo tiempo, la Iglesia siempre ha admitido que, en el

cuerpo de Jesús, Dios "que era invisible en su naturaleza se hace

visible" ( Misal Romano, Prefacio de Navidad). En efecto, las

particularidades individuales del cuerpo de Cristo expresan la persona

divina del Hijo de Dios. Él ha hecho suyos los rasgos de su propio

cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en una imagen

sagrada, pueden ser venerados porque el creyente que venera su

imagen, "venera a la persona representada en ella" (Concilio de Nicea

II: DS, 601).

EL CORAZÓN DEL VERBO ENCARNADO

478. Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y

616

amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada

uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por

368

mí" ( Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por

2669

esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros

766

pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), "es considerado como

el principal indicador y símbolo [...] de aquel amor con que el divino

Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres"

(Pio XII, Enc. Haurietis aquas: DS, 3924; cf. ID. enc. Mystici Corporis: ibíd., 3812).

Resumen

479. En el momento establecido por Dios, el Hijo único del Padre, la

Palabra eterna, es decir, el Verbo e Imagen substancial del Padre, se

hizo carne: sin perder la naturaleza divina asumió la naturaleza

humana.

480. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre en la unidad

de su Persona divina; por esta razón Él es el único Mediador entre

Dios y los hombres.

481. Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana, no

confundidas, sino unidas en la única Persona del Hijo de Dios.

482. Cristo, siendo verdadero Dios y verdadero Hombre, tiene una

inteligencia y una voluntad humanas, perfectamente de acuerdo y

sometidas a su inteligencia y a su voluntad divinas que tiene en común

con el Padre y el Espíritu Santo.

483. La encarnación es, pues, el misterio de la admirable unión de la

naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del

Verbo.

Párrafo 2

“... CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU

SANTO, NACIÓ DE SANTA MARÍA VIRGEN‖

I. Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo...

484. La Anunciación a María inaugura "la plenitud de los tiempos"

( Ga 4,4), es decir, el cumplimiento de las promesas y de los

preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará

"corporalmente la plenitud de la divinidad" ( Col 2, 9). La respuesta

461

divina a su "¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?" ( Lc 1,

34) se dio mediante el poder del Espíritu: "El Espíritu Santo vendrá

721

sobre ti" ( Lc 1, 35).

485. La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la

689

del Hijo (cf. Jn 16,14-15). El Espíritu Santo fue enviado para

723

santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él

que es "el Señor que da la vida", haciendo que ella conciba al Hijo

eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.

486. El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el

seno de la Virgen María es "Cristo", es decir, el ungido por el Espíritu

437

Santo (cf. Mt 1, 20; Lc 1, 35), desde el principio de su existencia

humana,

aunque

su

manifestación

no

tuviera

lugar

sino

progresivamente: a los pastores (cf. Lc 2,8-20), a los magos (cf. Mt 2,

1-12), a Juan Bautista (cf. Jn 1, 31-34), a los discípulos (cf. Jn 2, 11).

Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará "cómo Dios le ungió

con el Espíritu Santo y con poder" ( Hch 10, 38).

II. ... nació de la Virgen María

487. Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que

cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez

la fe en Cristo.

LA PREDESTINACIÓN DE MARÍA

488. "Dios envió a su Hijo" ( Ga 4, 4), pero para "formarle un

cuerpo" (cf. Hb 10, 5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para

eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo

a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a "una

virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el

nombre de la virgen era María" ( Lc 1, 26-27):

«El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que

estaba predestinada a ser la Madre precediera a la Encarnación para que,

así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer

contribuyera a la vida» (LG 56; cf. 61).

722

489. A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue

722

preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio de

todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una

descendencia que será vencedora del Maligno (cf. Gn 3, 15) y la de ser

410

la madre de todos los vivientes (cf. Gn 3, 20). En virtud de esta

promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada (cf. Gn 18,

145

10-14; 21,1-2). Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que

era tenido por impotente y débil (cf. 1 Co 1, 27) para mostrar la

fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel (cf. 1 S 1), Débora,

Rut, Judit, y Ester, y muchas otras mujeres. María "sobresale entre los

64

humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la

salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión,

después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se

inaugura el nuevo plan de salvación" (LG 55).

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

490. Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por Dios con

dones a la medida de una misión tan importante" (LG 56). El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como "llena de 2676, 2853

gracia" ( Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su

2001

fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente

conducida por la gracia de Dios.

491. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que

María "llena de gracia" por Dios ( Lc 1, 28) había sido redimida desde

411

su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada

Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:

«... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la

mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por

singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los

méritos de Jesucristo Salvador del género humano (Pío IX,

Bula Ineffabilis Deus: DS, 2803).

492. Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella

fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción" (LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más

2011

sublime en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la ha 1077

"bendecido [...] con toda clase de bendiciones espirituales, en los

cielos, en Cristo" ( Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. Él

la ha "elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e

inmaculada en su presencia, en el amor" (cf. Ef 1, 4).

493. Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios

"la Toda Santa" ( Panaghia), la celebran "como inmune de toda

mancha de pecado y como plasmada y hecha una nueva criatura por el

Espíritu Santo" (LG 56). Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

"HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA ..."

2617

494. Al anuncio de que ella dará a luz al "Hijo del Altísimo" sin

conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 28-37), María

148

respondió por "la obediencia de la fe" ( Rm 1, 5), segura de que "nada

hay imposible para Dios": "He aquí la esclava del Señor: hágase en mí

según tu palabra" ( Lc 1, 37-38). Así, dando su consentimiento a la

palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de

todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado

se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la

968

obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia

de Dios, al Misterio de la Redención (cf. LG 56):

«Ella, en efecto, como dice san Ireneo, "por su obediencia fue causa de la

salvación propia y de la de todo el género humano". Por eso, no pocos

Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar "el

nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que

ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe".

726

Comparándola con Eva, llaman a María "Madre de los vivientes" y

afirman con mayor frecuencia: "la muerte vino por Eva, la vida por

María"» (LG 56; cf. Adversus haereses, 3, 22, 4).

L

A MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA

495. Llamada en los Evangelios "la Madre de Jesús" ( Jn 2, 1; 19, 25;

cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu

como "la madre de mi Señor" desde antes del nacimiento de su hijo

(cf. Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por

obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo

según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda

persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es

verdaderamente Madre de Dios [ Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso,

466, 2677

año 649: DS, 251).

LA VIRGINIDAD DE MARÍA

496. Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la

Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen

María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también

el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine

ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin

semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la

concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios

el que ha venido en una humanidad como la nuestra:

Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis

firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente

de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la

voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una

virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo

Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó

verdaderamente» ( Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

497. Los relatos evangélicos (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38) presentan

la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda

comprensión y toda posibilidad humanas (cf. Lc 1, 34): "Lo concebido

en ella viene del Espíritu Santo", dice el ángel a José a propósito de

María, su desposada ( Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento

de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: "He aquí que la

virgen concebirá y dará a luz un hijo" ( Is 7, 14) según la versión

griega de Mt 1, 23.

498. A veces ha desconcertado el silencio del Evangelio de san Marcos y de

las cartas del Nuevo Testamento sobre la concepción virginal de María.

También se ha podido plantear si no se trataría en este caso de leyendas o de

construcciones teológicas sin pretensiones históricas. A lo cual hay que

responder: la fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado viva

oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y

paganos (cf. san Justino, Dialogus cum Tryphone Judaeo, 99, 7;

Orígenes, Contra Celsum, 1, 32, 69; y otros); no ha tenido su origen en la

mitología pagana ni en una adaptación de las ideas de su tiempo. El sentido

de este misterio no es accesible más que a la fe que lo ve en ese "nexo que

90

reúne entre sí los misterios" (Concilio Vaticano I: DS, 3016), dentro del

conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua.

San Ignacio de Antioquía da ya testimonio de este vínculo: "El príncipe de

este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así como la muerte del

2717

Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el silencio de Dios"

(San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Ephesios, 19, 1; cf. 1 Co 2, 8).

MARÍA, LA "SIEMPRE VIRGEN"

499. La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado

a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María (cf.

Concilio de Constantinopla II: DS, 427) incluso en el parto del Hijo de

Dios hecho hombre (cf. San León Magno, c. Lectis dilectionis tuae:

DS, 291; ibíd., 294; Pelagio I, c. Humani generis: ibíd. 442; Concilio

de Letrán, año 649: ibíd., 503; Concilio de Toledo XVI: ibíd., 571; Pío

IV, con. Cum quorumdam hominum: ibíd., 1880). En efecto, el

nacimiento de Cristo "lejos de disminuir consagró la integridad

virginal" de su madre (LG 57). La liturgia de la Iglesia celebra a María como la Aeiparthénon, la "siempre-virgen" (cf. LG 52).

500. A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y

hermanas de Jesús (cf. Mc 3, 31-55; 6, 3; 1 Co 9, 5; Ga 1, 19). La Iglesia

siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la

Virgen María; en efecto, Santiago y José "hermanos de Jesús" ( Mt 13, 55)

son los hijos de una María discípula de Cristo (cf. Mt 27, 56) que se designa

de manera significativa como "la otra María" ( Mt 28, 1). Se trata de parientes

próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento

(cf. Gn 13, 8; 14, 16; 29, 15; etc.).

501. Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de

969

María se extiende (cf. Jn 19, 26-27; Ap 12, 17) a todos los hombres a

los cuales Él vino a salvar: "Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó

el Primogénito entre muchos hermanos ( Rm 8,29), es decir, de los

creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de

970

madre" (LG 63).

LA MATERNIDAD VIRGINAL DE MARÍA EN EL DESIGNIO DE DIOS

502. La mirada de la fe, unida al conjunto de la Revelación, puede

90

descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio

salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se

refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la

aceptación por María de esta misión para con los hombres.

503. La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la

422

Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios (cf. Lc 2, 48-49).

"La naturaleza humana que asumió no le ha alejado jamás de su Padre [...];

Uno y el mismo es el Hijo de Dios y del hombre, por naturaleza Hijo del

Padre según la divinidad; por naturaleza Hijo de la Madre según la

humanidad, pero propiamente Hijo del Padre en sus dos naturalezas"

(Concilio del Friul, año 796: DS, 619).

504. Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen

María porque él es el Nuevo Adán (cf. 1 Co 15, 45) que inaugura la nueva

359

creación: "El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo viene

del cielo" ( 1 Co 15, 47). La humanidad de Cristo, desde su concepción, está

llena del Espíritu Santo porque Dios "le da el Espíritu sin medida" ( Jn 3, 34).

De "su plenitud", cabeza de la humanidad redimida (cf. Col 1, 18), "hemos

recibido todos gracia por gracia" ( Jn 1, 16).

505. Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su concepción virginal el nuevo

nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe "¿Cómo

1265

será eso?" ( Lc 1, 34; cf. Jn 3, 9). La participación en la vida divina no nace

"de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios"

( Jn 1, 13). La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es dada al

hombre por el Espíritu. El sentido esponsal de la vocación humana con

relación a Dios (cf. 2 Co 11, 2) se lleva a cabo perfectamente en la

maternidad virginal de María.

148, 1814

506. María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe no adulterada

por duda alguna (cf. LG 63) y de su entrega total a la voluntad de Dios (cf. 1

Co 7, 34-35). Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador:

Beatior est Maria percipiendo fidem Christi quam concipiendo carnem

Christi ("Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al

concebir en su seno la carne de Cristo" [San Agustín, De sancta virginitate,

3: PL 40, 398]).

507. María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más

967

perfecta realización de la Iglesia (cf. LG 63): "La Iglesia [...] se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el

bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos

por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda

149

íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo" (LG 64).

Resumen

508. De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para

ser la Madre de su Hijo. Ella, "llena de gracia", es "el fruto más

excelente de la redención" ( SC 103); desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado

original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de

toda su vida.

509. María es verdaderamente "Madre de Dios" porque es la madre

del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo.

510. María "fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el

embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen

siempre" (San Agustín, Sermo 186, 1): ella, con todo su ser, es "la

esclava del Señor" ( Lc 1, 38).

511. La Virgen María "colaboró por su fe y obediencia libres a la

salvación de los hombres" ( LG 56). Ella pronunció su "fiat" loco totius humanae naturae ("ocupando el lugar de toda la naturaleza

humana") (Santo Tomás de Aquino, S.Th. , 3, q. 30, a. 1): Por su

obediencia, ella se convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes.

Párrafo 3

LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO

512. Respecto a la vida de Cristo, el Símbolo de la Fe no habla más

que de los misterios de la Encarnación (concepción y nacimiento) y de

la Pascua (pasión, crucifixión, muerte, sepultura, descenso a los

infiernos, resurrección, ascensión). No dice nada explícitamente de los

misterios de la vida oculta y pública de Jesús, pero los artículos de la

fe referentes a la Encarnación y a la Pascua de Jesús iluminan toda la

vida terrena de Cristo. "Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el

1163

principio hasta el día en que [...] fue llevado al cielo" ( Hch 1, 1-2) hay

que verlo a la luz de los misterios de Navidad y de Pascua.

513. La catequesis, según las circunstancias, debe presentar toda la

426

riqueza de los misterios de Jesús. Aquí basta indicar algunos

561

elementos comunes a todos los misterios de la vida de Cristo (I), para

esbozar a continuación los principales misterios de la vida oculta (II) y

pública (III) de Jesús.

I. Toda la vida de Cristo es misterio

514. Muchas de las cosas respecto a Jesús que interesan a la

curiosidad humana no figuran en el Evangelio. Casi nada se dice sobre

su vida en Nazaret, e incluso una gran parte de la vida pública no se

narra (cf. Jn 20, 30). Lo que se ha escrito en los Evangelios lo ha sido

"para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que

creyendo tengáis vida en su nombre" ( Jn 20, 31).

126

515. Los evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al

grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1,1; Jn 21,24) y

quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es

Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su misterio durante toda

su vida terrena. Desde los pañales de su natividad ( Lc 2, 7) hasta el

vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su Resurrección

(cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través

de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que "en él

reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente" ( Col 2, 9). Su

609, 774

humanidad aparece así como el "sacramento", es decir, el signo y el

instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que

477

había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su

filiación divina y de su misión redentora.

LOS RASGOS COMUNES EN LOS MISTERIOS DE JESÚS

65

516. Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y

sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de

hablar. Jesús puede decir: "Quien me ve a mí, ve al Padre" ( Jn 14, 9),

y el Padre: "Este es mi Hijo amado; escuchadle" ( Lc 9, 35). Nuestro

Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre

2708

(cf. Hb 10,5-7), nos "manifestó el amor que nos tiene" ( 1 Jn 4,9)

incluso con los rasgos más sencillos de sus misterios.

606, 1115

517. Toda la vida de Cristo es misterio de Redención. La Redención

nos viene ante todo por la sangre de la cruz (cf. Ef 1, 7; Col 1, 13-

14; 1 P 1, 18-19), pero este misterio está actuando en toda la vida de

Cristo: ya en su Encarnación porque haciéndose pobre nos enriquece

con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9); en su vida oculta donde repara nuestra

insumisión mediante su sometimiento (cf. Lc 2, 51); en su palabra que

purifica a sus oyentes (cf. Jn 15,3); en sus curaciones y en sus

exorcismos, por las cuales "él tomó nuestras flaquezas y cargó con

nuestras enfermedades" ( Mt 8, 17; cf. Is 53, 4); en su Resurrección,

por medio de la cual nos justifica (cf. Rm 4, 25).

518. Toda la vida de Cristo es misterio de Recapitulación. Todo lo 668, 2748

que Jesús hizo, dijo y sufrió, tuvo como finalidad restablecer al

hombre caído en su vocación primera:

«Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga

historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la salvación

de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán, es decir, el ser imagen y

semejanza de Dios, lo recuperamos en Cristo Jesús» (San Ireneo de

Lyon, Adversus haereses, 3, 18, 1). «Por lo demás, ésta es la razón por la

cual Cristo ha vivido todas las edades de la vida humana, devolviendo así

a todos los hombres la comunión con Dios» ( ibíd. , 3,18,7; cf. 2, 22, 4).

NUESTRA COMUNIÓN EN LOS MISTERIOS DE JESÚS

519. Toda la riqueza de Cristo "es para todo hombre y constituye el

793

bien de cada uno" (RH 11). Cristo no vivió su vida para sí mismo, sino para nosotros, desde su Encarnación "por nosotros los hombres y por

nuestra salvación" hasta su muerte "por nuestros pecados" ( 1 Co 15, 3)

602

y en su Resurrección "para nuestra justificación" ( Rm 4,25). Todavía

ahora, es "nuestro abogado cerca del Padre" ( 1 Jn 2, 1), "estando

siempre vivo para interceder en nuestro favor" ( Hb 7, 25). Con todo lo

que vivió y sufrió por nosotros de una vez por todas, permanece

presente para siempre "ante el acatamiento de Dios en favor nuestro"

1085

( Hb 9, 24).

520. Durante toda su vida, Jesús se muestra como nuestro

459

modelo (cf. Rm 15,5; Flp 2, 5): Él es el "hombre perfecto" (GS 38) 359

que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento,

nos ha dado un ejemplo que imitar (cf. Jn 13, 15); con su oración atrae

2607

a la oración (cf. Lc 11, 1); con su pobreza, llama a aceptar libremente

la privación y las persecuciones (cf. Mt 5, 11-12).

521. Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en Él y que

2715

Él lo viva en nosotros. "El Hijo de Dios con su encarnación se ha

unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2). Estamos llamados 1391

a no ser más que una sola cosa con Él; nos hace comulgar, en cuanto

miembros de su Cuerpo, en lo que Él vivió en su carne por nosotros y

como modelo nuestro:

«Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y misterios de

Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en

nosotros y en toda su Iglesia [...] Porque el Hijo de Dios tiene el designio

de hacer participar y de extender y continuar sus misterios en nosotros y

en toda su Iglesia [...] por las gracias que Él quiere comunicarnos y por

los efectos que quiere obrar en nosotros gracias a estos misterios. Y por

este medio quiere cumplirlos en nosotros» (San Juan Eudes, Tractatus de

regno Iesu).

II. Los misterios de la infancia y de la vida oculta de Jesús

LOS PREPARATIVOS

522. La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan

711, 762

inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios,

figuras y símbolos de la "Primera Alianza" ( Hb 9,15), todo lo hace

converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas

que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los

paganos una espera, aún confusa, de esta venida.

712-720

523. San Juan Bautista es el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del

Señor, enviado para prepararle el camino (cf. Mt 3,3). "Profeta del

Altísimo" ( Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de

los que es el último (cf. Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch 1,

22; Lc 16,16); desde el seno de su madre (cf. Lc 1,41) saluda la venida

de Cristo y encuentra su alegría en ser "el amigo del esposo" ( Jn 3, 29)

a quien señala como "el Cordero de Dios que quita el pecado del

mundo" ( Jn 1, 29). Precediendo a Jesús "con el espíritu y el poder de

Elías" ( Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su

bautismo de conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29).

524. Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia

1171

actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación

de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente

deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y

el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: "Es preciso

que él crezca y que yo disminuya" ( Jn 3, 30).

EL MISTERIO DE NAVIDAD

525. Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre

(cf. Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son los primeros testigos del

437

acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo

2443

(cf. Lc 2, 8-20). La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta

noche:

«Hoy la Virgen da a luz al Transcendente.

Y la tierra ofrece una cueva al Inaccesible.

Los ángeles y los pastores le alaban.

Los magos caminan con la estrella:

Porque ha nacido por nosotros,

Niño pequeñito

el Dios eterno»

(San Romano Melodo, Kontakion, 10)

526. "Hacerse niño" con relación a Dios es la condición para entrar

en el Reino (cf. Mt 18, 3-4); para eso es necesario abajarse (cf. Mt 23,

12), hacerse pequeño; más todavía: es necesario "nacer de lo alto"

( Jn 3,7), "nacer de Dios" ( Jn 1, 13) para "hacerse hijos de Dios" ( Jn 1, 12). El misterio de Navidad se realiza en nosotros cuando Cristo

"toma forma" en nosotros ( Ga 4, 19). Navidad es el misterio de este

"admirable intercambio":

«¡Oh admirable intercambio! El Creador del género humano, tomando

cuerpo y alma, nace de la Virgen y, hecho hombre sin concurso de varón,

460

nos da parte en su divinidad» ( Solemnidad de la Santísima Virgen María,

Madre de Dios, Antífona de I y II Vísperas: Liturgia de las Horas).

LOS MISTERIOS DE LA INFANCIA DE JESÚS

527. La Circuncisión de Jesús, al octavo día de su nacimiento

(cf. Lc 2, 21) es señal de su inserción en la descendencia de Abraham,

580

en el pueblo de la Alianza, de su sometimiento a la Ley (cf. Ga 4, 4) y

de su consagración al culto de Israel en el que participará durante toda

su vida. Este signo prefigura "la circuncisión en Cristo" que es el

1214

Bautismo ( Col 2, 11-13).

439

528. La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel,

Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el

Jordán y las bodas de Caná (cf. Solemnidad de la Epifanía del Señor,

Antífona del "Magnificat" en II Vísperas, LH), la Epifanía celebra la

adoración de Jesús por unos "magos" venidos de Oriente ( Mt 2, 1) En

estos "magos", representantes de religiones paganas de pueblos

vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por

la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los

magos a Jerusalén para "rendir homenaje al rey de los Judíos" ( Mt 2,

2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de

David (cf. Nm 24, 17; Ap 22, 16) al que será el rey de las naciones

(cf. Nm 24, 17-19). Su venida significa que los gentiles no pueden

descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo

sino volviéndose hacia los judíos (cf. Jn 4, 22) y recibiendo de ellos su

711-716

promesa mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento

122

(cf. Mt 2, 4-6). La Epifanía manifiesta que "la multitud de los gentiles

entra en la familia de los patriarcas" (San León Magno, Sermones, 23:

PL 54, 224B) y adquiere la israelitica dignitas (la dignidad israelítica)

(Vigilia pascual, Oración después de la tercera lectura: Misal

Romano).

529. La Presentación de Jesús en el Templo (cf. Lc 2, 22-39) lo

583

muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf. Ex 13,2.12-

13). Con Simeón y Ana, toda la expectación de Israel es la que viene

al Encuentro de su Salvador (la tradición bizantina llama así a este

acontecimiento). Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado,

439

"luz de las naciones" y "gloria de Israel", pero también "signo de

contradicción". La espada de dolor predicha a María anuncia otra

oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que

614

Dios ha preparado "ante todos los pueblos".

530. La Huida a Egipto y la matanza de los inocentes (cf. Mt 2, 13-

18) manifiestan la oposición de las tinieblas a la luz: "Vino a su Casa,

y los suyos no lo recibieron"( Jn 1, 11). Toda la vida de Cristo estará

bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten con él

574

(cf. Jn 15, 20). Su vuelta de Egipto (cf. Mt 2, 15) recuerda el éxodo

(cf. Os 11, 1) y presenta a Jesús como el liberador definitivo.

L

OS MISTERIOS DE LA VIDA OCULTA DE JESÚS

531. Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición

de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente

importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la

2427

ley de Dios (cf. Ga 4, 4), vida en la comunidad. De todo este período

se nos dice que Jesús estaba "sometido" a sus padres y que

"progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los

hombres" ( Lc 2, 51-52).

532. Con la sumisión a su madre, y a su padre legal, Jesús cumple

con perfección el cuarto mandamiento. Es la imagen temporal de su 2214-2220

obediencia filial a su Padre celestial. La sumisión cotidiana de Jesús a

José y a María anunciaba y anticipaba la sumisión del Jueves Santo:

"No se haga mi voluntad..."( Lc 22, 42). La obediencia de Cristo en lo

612

cotidiano de la vida oculta inauguraba ya la obra de restauración de lo

que la desobediencia de Adán había destruido (cf. Rm 5, 19).

533. La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión

con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana:

«Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la

escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio. [...] Su primera

2717

lección es el silencio. Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera

en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del

espíritu, tan necesario para nosotros. [...] Se nos ofrece además una

2204

lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe el significado de la

familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter

sagrado e inviolable. [...] Finalmente, aquí aprendemos también

la lección del trabajo. Nazaret, la casa del "hijo del Artesano": cómo

deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del

trabajo humano y exaltarla debidamente. [...] Queremos finalmente

saludar desde aquí a todos los trabajadores del mundo y señalarles al gran

2427

modelo, al hermano divino» (Pablo VI, Homilía en el templo de la

Anunciación de la Virgen María en Nazaret, 5 de enero de 1964).

583

534. El hallazgo de Jesús en el Templo (cf. Lc 2, 41-52) es el único

suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos

de Jesús. Jesús deja entrever en ello el misterio de su consagración

2599

total a una misión derivada de su filiación divina: "¿No sabíais que me

964

debo a los asuntos de mi Padre?" María y José "no comprendieron"

esta palabra, pero la acogieron en la fe, y María "conservaba

cuidadosamente todas las cosas en su corazón", a lo largo de todos los

años en que Jesús permaneció oculto en el silencio de una vida

ordinaria.

III. Los misterios de la vida pública de Jesús

EL BAUTISMO DE JESÚS

535. El comienzo (cf. Lc 3, 23) de la vida pública de Jesús es su

719-720

bautismo por Juan en el Jordán (cf. Hch 1, 22). Juan proclamaba "un

bautismo de conversión para el perdón de los pecados" ( Lc 3, 3). Una

multitud de pecadores, publicanos y soldados (cf. Lc 3, 10-14),

fariseos y saduceos (cf. Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32) viene a

hacerse bautizar por él. "Entonces aparece Jesús". El Bautista duda.

Jesús insiste y recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en

forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él

701

es "mi Hijo amado" ( Mt 3, 13-17). Es la manifestación ("Epifanía") de

438

Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.

536. El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la

inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los

pecadores (cf. Is 53, 12); es ya "el Cordero de Dios que quita el

606

pecado del mundo" ( Jn 1, 29); anticipa ya el "bautismo" de su muerte

sangrienta (cf. Mc 10, 38; Lc 12, 50). Viene ya a "cumplir toda

1224

justicia" ( Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de

su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de

nuestros pecados (cf. Mt 26, 39). A esta aceptación responde la voz

del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo (cf. Lc 3,

22; Is 42, 1). El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su

444, 727

concepción viene a "posarse" sobre él ( Jn 1, 32-33; cf. Is 11, 2). De él

manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, "se

739

abrieron los cielos" ( Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y

las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu

como preludio de la nueva creación.

537. Por el Bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a

1262

Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe

entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento,

descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del

Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y "vivir

una vida nueva" ( Rm 6, 4):

«Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él;

628

descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para

ser glorificados con él» (San Gregorio Nacianceno, Oratio 40, 9: PG 36,

369).

«Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de

agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y

que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios» (San

Hilario de Poitiers, In evangelium Matthaei, 2, 6: PL 9, 927).

LAS TENTACIONES DE JESÚS

538. Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el

desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado

por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante

cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían (cf. Mc

394

1, 12-13). Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando

de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos

518

ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de

Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo

determinado" ( Lc 4, 13).

539. Los evangelistas indican el sentido salvífico de este

acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció

397

fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió

perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que

anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto

(cf. Sal 95, 10), Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente

385

obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él

ha "atado al hombre fuerte" para despojarle de lo que se había

apropiado ( Mc 3, 27). La victoria de Jesús en el desierto sobre el

Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema

609

obediencia de su amor filial al Padre.

2119

540. La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser

Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la

que los hombres (cf. Mt 16, 21-23) le quieren atribuir. Por eso Cristo

519, 2849

ha vencido al Tentador en beneficio nuestro: "Pues no tenemos un

Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas,

sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" ( Hb 4,

15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la

Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.

1438

"EL REINO DE DIOS ESTÁ CERCA"

541. "Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y

proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el

Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva"

( Mc 1, 15). "Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre,

inauguró en la tierra el Reino de los cielos" (LG 3). Pues bien, la 2816

voluntad del Padre es "elevar a los hombres a la participación de la

vida divina" (LG 2). Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra "el

669,

germen y el comienzo de este Reino" (LG 5).

768, 865

542. Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres

como "familia de Dios". Los convoca en torno a él por su palabra, por

2233

sus señales que manifiestan el Reino de Dios, por el envío de sus

discípulos. Sobre todo, él realizará la venida de su Reino por medio

del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su

Resurrección. "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos

hacia mí" ( Jn 12, 32). A esta unión con Cristo están llamados todos los

789

hombres (cf. LG 3).

EL ANUNCIO DEL REINO DE DIOS

543. Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino.

Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este

reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las

naciones (cf. Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la

764

palabra de Jesús:

«La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los

que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el

Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo

de la siega» (LG 5).

709

544. El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir, a los

que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para

2443

"anunciar la Buena Nueva a los pobres" ( Lc 4, 18; cf. Lc 7, 22). Los

2546

declara bienaventurados porque de "ellos es el Reino de los cielos"

( Mt 5, 3); a los "pequeños" es a quienes el Padre se ha dignado revelar

las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25).

Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres;

conoce el hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21,18), la sed (cf. Jn 4,6-7;

19,28) y la privación (cf. Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los

pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición

para entrar en su Reino (cf. Mt 25, 31-46).

1443

545. Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: "No he

588, 1846

venido a llamar a justos sino a pecadores" ( Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15).

Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino,

pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de

1439

su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa "alegría en el cielo

por un solo pecador que se convierta" ( Lc 15, 7). La prueba suprema

de este amor será el sacrificio de su propia vida "para remisión de los

pecados" ( Mt 26, 28).

2613

546. Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo

típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al

banquete del Reino (cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección

radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-

45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las

parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como

un suelo duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con

los talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del

Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las

542

parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de

Cristo para "conocer los Misterios del Reino de los cielos" ( Mt 13,

11). Para los que están "fuera" ( Mc 4, 11), la enseñanza de las

parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).

L

OS SIGNOS DEL REINO DE DIOS

547. Jesús acompaña sus palabras con numerosos "milagros,

670

prodigios y signos" ( Hch 2, 22) que manifiestan que el Reino está

presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado

439

(cf. Lc 7, 18-23).

548. Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha

enviado (cf. Jn 5, 36; 10, 25). Invitan a creer en Jesús (cf. Jn 10, 38).

156

Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe (cf. Mc 5, 25-34;

2616

10, 52). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las

obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios (cf. Jn 10,

447

31-38). Pero también pueden ser "ocasión de escándalo" ( Mt 11, 6).

No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar

de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf. Jn 11,

574

47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios

(cf. Mc 3, 22).

549. Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre

(cf. Jn 6, 5-15), de la injusticia (cf. Lc 19, 8), de la enfermedad y de la

1503

muerte (cf. Mt 11,5), Jesús realizó unos signos mesiánicos; no

obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo (cf. Lc 12, 13.

14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave,

440

la del pecado (cf. Jn 8, 34-36), que es el obstáculo en su vocación de

hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

550. La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás

394

(cf. Mt 12, 26): "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los

demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" ( Mt 12, 28).

Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los

1673

demonios (cf. Lc 8, 26-39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre

"el príncipe de este mundo" ( Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será

440

definitivamente establecido el Reino de Dios: Regnavit a ligno

2816

Deus ("Dios reinó desde el madero de la Cruz", [Venancio Fortunato,

Hymnus "Vexilla Regis" : MGH 1/4/1, 34: PL 88, 96]).

"L

AS LLAVES DEL REINO"

858

551. Desde el comienzo de su vida pública Jesús eligió unos hombres

en número de doce para estar con Él y participar en su misión

(cf. Mc 3, 13-19); les hizo partícipes de su autoridad "y los envió a

765

proclamar el Reino de Dios y a curar" ( Lc 9, 2). Ellos permanecen

para siempre asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos

dirige su Iglesia:

«Yo, por mi parte, dispongo el Reino para vosotros, como mi Padre lo

dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os

sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» ( Lc 22, 29-

30).

880

552. En el colegio de los Doce, Simón Pedro ocupa el primer lugar

(cf. Mc 3, 16; 9, 2; Lc 24, 34; 1 Co 15, 5). Jesús le confía una misión

153

única. Gracias a una revelación del Padre, Pedro había confesado: "Tú

442

eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Entonces Nuestro Señor le

declaró: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las

puertas del Infierno no prevalecerán contra ella" ( Mt 16, 18). Cristo,

"Piedra viva" ( 1 P 2, 4), asegura a su Iglesia, edificada sobre Pedro, la

victoria sobre los poderes de la muerte. Pedro, a causa de la fe

424

confesada por él, será la roca inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la

misión de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar

en ella a sus hermanos (cf. Lc 22, 32).

381

553. Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: "A ti te daré

las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará

atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en

los cielos" ( Mt 16, 19). El poder de las llaves designa la autoridad para

gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, "el Buen Pastor"

( Jn 10, 11) confirmó este encargo después de su resurrección:

1445

"Apacienta mis ovejas" ( Jn 21, 15-17). El poder de "atar y desatar"

significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias

doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió

esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los Apóstoles (cf. Mt 18,

18) y particularmente por el de Pedro, el único a quien Él confió

641

explícitamente las llaves del Reino.

881

UNA VISIÓN ANTICIPADA DEL REINO: LA TRANSFIGURACIÓN

554. A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el

Hijo de Dios vivo, el Maestro "comenzó a mostrar a sus discípulos que

él debía ir a Jerusalén, y sufrir [...] y ser condenado a muerte y

resucitar al tercer día" ( Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio (cf. Mt

16, 22-23), los otros no lo comprendieron mejor (cf. Mt 17, 23; Lc 9,

45). En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la

Transfiguración de Jesús (cf. Mt 17, 1-8 par.; 2 P 1, 16-18), sobre una 697, 2600

montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El

rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz,

Moisés y Elías aparecieron y le "hablaban de su partida, que estaba

para cumplirse en Jerusalén" ( Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó

una voz desde el cielo que decía: "Este es mi Hijo, mi elegido;

escuchadle" ( Lc 9, 35).

444

555. Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así

la confesión de Pedro. Muestra también que para "entrar en su gloria" 2576, 2583

( Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y

Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los

profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías (cf. Lc 24, 27).

La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo

actúa como siervo de Dios (cf. Is 42, 1). La nube indica la presencia

del Espíritu Santo: Tota Trinitas apparuit: Pater in voce; Filius in

257

homine, Spiritus in nube clara ("Apareció toda la Trinidad: el Padre

en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa"

(Santo Tomás de Aquino, S.th. 3, q. 45, a. 4, ad 2):

«En el monte te transfiguraste, Cristo Dios, y tus discípulos contemplaron

tu gloria, en cuanto podían comprenderla. Así, cuando te viesen

crucificado, entenderían que padecías libremente, y anunciarían al mundo

que tú eres en verdad el resplandor del Padre» ( Liturgia bizantina, Himno

Breve de la festividad de la Transfiguración del Señor).

556. En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la

Pascua, la Transfiguración. Por el bautismo de Jesús "fue manifestado

el misterio de la primera regeneración": nuestro Bautismo; la

1003

Transfiguración "es es sacramento de la segunda regeneración":

nuestra propia resurrección (Santo Tomás de Aquino, S.Th. , 3, q. 45,

a. 4, ad 2). Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del

Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo

de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la

gloriosa venida de Cristo "el cual transfigurará este miserable cuerpo

nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo" ( Flp 3, 21). Pero ella nos

recuerda también que "es necesario que pasemos por muchas

tribulaciones para entrar en el Reino de Dios" ( Hch 14, 22):

«Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la

montaña (cf. Lc 9, 33). Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la

muerte. Pero ahora, él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para

servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida

desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el

Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir

la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?» (San Agustín, Sermo, 78, 6: PL 38,

492-493).

LA SUBIDA DE JESÚS A JERUSALÉN

557. "Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó

en su voluntad de ir a Jerusalén" ( Lc 9, 51; cf. Jn 13, 1). Por esta

decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres

ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección

(cf. Mc 8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al dirigirse a Jerusalén dice:

"No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén" ( Lc 13, 33).

558. Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido

muertos en Jerusalén (cf. Mt 23, 37a). Sin embargo, persiste en llamar

a Jerusalén a reunirse en torno a él: "¡Cuántas veces he querido reunir

a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no

habéis querido!" ( Mt 23, 37b). Cuando está a la vista de Jerusalén,

llora sobre ella (cf. Lc 19, 41) y expresa una vez más el deseo de su

corazón: "¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz!

Pero ahora está oculto a tus ojos" ( Lc 19, 41-42).

LA ENTRADA MESIÁNICA DE JESÚS EN JERUSALÉN

559. ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre

las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el

momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad

de "David, su padre" ( Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como

hijo de David, el que trae la salvación ("Hosanna" quiere decir

"¡sálvanos!", "Danos la salvación!"). Pues bien, el "Rey de la Gloria"

( Sal 24, 7-10) entra en su ciudad "montado en un asno" ( Za 9, 9): no

conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por

la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad

(cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los

niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los "pobres de Dios", que le

aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19,

333

38; 2, 14). Su aclamación "Bendito el que viene en el nombre del

Señor" ( Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el Sanctus de

1352

la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del

Señor.

560. La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino

550, 2816

que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y

de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la

liturgia de la Iglesia abre la gran Semana Santa.

1169

Resumen

561. "Para quien la contempla rectamente la vida entera de Cristo

fue una continua enseñanza: su silencio, sus milagros, sus gestos, su

oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y los

pobres, la aceptación total del sacrificio en la cruz por la salvación

del mundo, su resurrección, son la actuación de su palabra y el

cumplimiento de la revelación" ( CT 9).

562. Los discípulos de Cristo deben asemejarse a él hasta que él

crezca y se forme en ellos (cf. Ga 4, 19). "Por eso somos integrados en

los misterios de su vida: con él estamos identificados, muertos y

resucitados hasta que reinemos con él ( LG 7).

563. Pastor o mago, nadie puede alcanzar a Dios aquí abajo sino

arrodillándose ante el pesebre de Belén y adorando a Dios escondido

en la debilidad de un niño.

564. Por su sumisión a María y a José, así como por su humilde

trabajo durante largos años en Nazaret, Jesús nos da el ejemplo de la

santidad en la vida cotidiana de la familia y del trabajo.

565. Desde el comienzo de su vida pública, en su bautismo, Jesús es

el "Siervo" enteramente consagrado a la obra redentora que llevará a

cabo en el "bautismo" de su pasión.

566. La tentación en el desierto muestra a Jesús, humilde Mesías que

triunfa de Satanás mediante su total adhesión al designio de salvación

querido por el Padre.

567. El Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra por

Cristo. "Se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en

la presencia de Cristo" ( LG 5). La Iglesia es el germen y el comienzo de este Reino. Sus llaves son confiadas a Pedro.

568. La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe

de los apóstoles ante la proximidad de la Pasión: la subida a un

"monte alto" prepara la subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la

Iglesia, manifiesta lo que su cuerpo contiene e irradia en los

sacramentos: "la esperanza de la gloria" ( Col 1, 27) (cf. San León

Magno, Sermo 51, 3: PL 54, 310C).

569. Jesús ha subido voluntariamente a Jerusalén sabiendo

perfectamente que allí moriría de muerte violenta a causa de la

contradicción de los pecadores (cf. Hb 12,3).

570. La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino

que el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los

humildes de corazón, va a llevar a cabo por la Pascua de su Muerte y

de su Resurrección.

ARTÍCULO 4

“JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO

PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO”

571. El Misterio Pascual de la cruz y de la resurrección de Cristo está

1067

en el centro de la Buena Nueva que los Apóstoles, y la Iglesia a

continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio salvador

de Dios se ha cumplido de "una vez por todas" ( Hb 9, 26) por la

muerte redentora de su Hijo Jesucristo.

572. La Iglesia permanece fiel a "la interpretación de todas las

Escrituras" dada por Jesús mismo, tanto antes como después de su

Pascua ( Lc 24, 27. 44-45): "¿No era necesario que Cristo padeciera

599

eso y entrara así en su gloria?" ( Lc 24, 26). Los padecimientos de

Jesús han tomado una forma histórica concreta por el hecho de haber

sido "reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas"

( Mc 8, 31), que lo "entregaron a los gentiles, para burlarse de él,

azotarle y crucificarle" ( Mt 20, 19).

158

573. Por lo tanto, la fe puede escrutar las circunstancias de la muerte

de Jesús, que han sido transmitidas fielmente por los evangelios

(cf. DV 19) e iluminadas por otras fuentes históricas, a fin de comprender mejor el sentido de la Redención.

Párrafo 1

JESÚS E ISRAEL

530

574. Desde los comienzos del ministerio público de Jesús, fariseos y

partidarios de Herodes, junto con sacerdotes y escribas, se pusieron de

acuerdo para perderle (cf. Mc 3,6). Por algunas de sus obras

(expulsión de demonios, cf. Mt 12,24; perdón de los pecados, cf. Mc 2,

7; curaciones en sábado, cf. Mc 3,1-6; interpretación original de los

preceptos de pureza de la Ley, cf. Mc 7,14-23; familiaridad con los

publicanos y los pecadores públicos, cf. Mc 2,14-17), Jesús apareció a

algunos malintencionados sospechoso de posesión diabólica (cf. Mc 3,

591

22; Jn 8, 48; 10, 20). Se le acusa de blasfemo (cf. Mc 2, 7; Jn 5,18; 10,

33) y de falso profetismo (cf. Jn 7, 12; 7, 52), crímenes religiosos que

la Ley castigaba con pena de muerte a pedradas (cf. Jn 8, 59; 10, 31).

575. Muchas de las obras y de las palabras de Jesús han sido, pues, un

"signo de contradicción" ( Lc 2, 34) para las autoridades religiosas de

Jerusalén, aquéllas a las que el Evangelio de san Juan denomina con

frecuencia "los judíos" (cf. Jn 1, 19; 2, 18; 5, 10; 7, 13; 9, 22; 18, 12; 19, 38;

20, 19), más incluso que a la generalidad del pueblo de Dios (cf. Jn 7, 48-

49). Ciertamente, sus relaciones con los fariseos no fueron solamente

polémicas. Fueron unos fariseos los que le previnieron del peligro que corría

(cf. Lc 13, 31). Jesús alaba a alguno de ellos como al escriba de Mc 12, 34 y

come varias veces en casa de fariseos (cf. Lc 7, 36; 14, 1). Jesús confirma

doctrinas sostenidas por esta élite religiosa del pueblo de Dios: la

993

resurrección de los muertos (cf. Mt 22, 23-34; Lc 20, 39), las formas de

piedad (limosna, ayuno y oración, cf. Mt 6, 18) y la costumbre de dirigirse a

Dios como Padre, carácter central del mandamiento de amor a Dios y al

prójimo (cf. Mc 12, 28-34).

576. A los ojos de muchos en Israel, Jesús parece actuar contra las

instituciones esenciales del Pueblo elegido:

– contra la sumisión a la Ley en la integridad de sus prescripciones

escritas, y, para los fariseos, según la interpretación de la

tradición oral.

– contra el carácter central del Templo de Jerusalén como lugar

santo donde Dios habita de una manera privilegiada.

– contra la fe en el Dios único, cuya gloria ningún hombre puede

compartir.

I. Jesús y la Ley

577. Al comienzo del Sermón de la Montaña, Jesús hace una

1965

advertencia solemne presentando la Ley dada por Dios en el Sinaí con

ocasión de la Primera Alianza, a la luz de la gracia de la Nueva

Alianza:

«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a

abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra

1967

pasarán antes que pase una "i" o un ápice de la Ley sin que todo se haya

cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos

menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de los

cielos; en cambio el que los observe y los enseñe, ése será grande en el

Reino de los cielos» ( Mt 5, 17-19).

578. Jesús, el Mesías de Israel, por lo tanto el más grande en el Reino

1953

de los cielos, se debía sujetar a la Ley cumpliéndola en su totalidad

hasta en sus menores preceptos, según sus propias palabras. Incluso es

el único en poderlo hacer perfectamente (cf. Jn 8, 46). Los judíos,

según su propia confesión, jamás han podido cumplir la Ley en su

totalidad, sin violar el menor de sus preceptos (cf. Jn 7, 19; Hch 13,

38-41; 15, 10). Por eso, en cada fiesta anual de la Expiación, los hijos

de Israel piden perdón a Dios por sus transgresiones de la Ley. En

efecto, la Ley constituye un todo y, como recuerda Santiago, "quien

observa toda la Ley, pero falta en un solo precepto, se hace reo de

todos" ( St 2, 10; cf. Ga 3, 10; 5, 3).

579. Este principio de integridad en la observancia de la Ley, no sólo en su

letra sino también en su espíritu, era apreciado por los fariseos. Al subrayarlo

para Israel, muchos judíos del tiempo de Jesús fueron conducidos a un celo

religioso extremo (cf. Rm 10, 2), el cual, si no quería convertirse en una

casuística "hipócrita" (cf. Mt 15, 3-7; Lc 11, 39-54) no podía más que

preparar al pueblo a esta intervención inaudita de Dios que será la ejecución

perfecta de la Ley por el único Justo en lugar de todos los pecadores

(cf. Is 53, 11; Hb 9, 15).

580. El cumplimiento perfecto de la Ley no podía ser sino obra del

527

divino Legislador que nació sometido a la Ley en la persona del Hijo

(cf. Ga 4, 4). En Jesús la Ley ya no aparece grabada en tablas de

piedra sino "en el fondo del corazón" ( Jr 31, 33) del Siervo, quien, por

"aportar fielmente el derecho" ( Is 42, 3), se ha convertido en "la

Alianza del pueblo" ( Is 42, 6). Jesús cumplió la Ley hasta tomar sobre

sí mismo "la maldición de la Ley" ( Ga 3, 13) en la que habían

incurrido los que no "practican todos los preceptos de la Ley" ( Ga 3,

10) porque "ha intervenido su muerte para remisión de las

transgresiones de la Primera Alianza" ( Hb 9, 15).

581. Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como un

"rabbi" (cf. Jn 11, 28; 3, 2; Mt 22, 23-24, 34-36). Con frecuencia argumentó

en el marco de la interpretación rabínica de la Ley (cf. Mt 12, 5; 9, 12; Mc 2,

23-27; Lc 6, 6-9; Jn 7, 22-23). Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos

que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con proponer

su interpretación entre los suyos, sino que "enseñaba como quien tiene

autoridad y no como los escribas" ( Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios,

que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en Él se

hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1). Esa

2054

palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino

su interpretación definitiva: "Habéis oído también que se dijo a los

antepasados [...] pero yo os digo" ( Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad

divina, desaprueba ciertas "tradiciones humanas" ( Mc 7, 8) de los fariseos

que "anulan la Palabra de Dios" ( Mc 7, 13).

582. Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los

alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando su sentido

"pedagógico" (cf. Ga 3, 24) por medio de una interpretación divina: "Todo lo

que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro [...] –así declaraba

puros todos los alimentos–. Lo que sale del hombre, eso es lo que hace

impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las

368

intenciones malas" ( Mc 7, 18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la

interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la

Ley que no aceptaban su interpretación a pesar de estar garantizada por los

signos divinos con que la acompañaba (cf. Jn 5, 36; 10, 25. 37-38; 12, 37).

548

Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda,

frecuentemente con argumentos rabínicos (cf. Mt 2, 25-27; Jn 7, 22-24), que

2173

el descanso del sábado no se quebranta por el servicio de Dios (cf. Mt 12,

5; Nm 28, 9) o al prójimo (cf. Lc 13, 15-16; 14, 3-4) que realizan sus

curaciones.

II. Jesús y el Templo

583. Como los profetas anteriores a Él, Jesús profesó el más

profundo respeto al Templo de Jerusalén. Fue presentado en él por

529

José y María cuarenta días después de su nacimiento ( Lc 2, 22-39). A

la edad de doce años, decidió quedarse en el Templo para recordar a

534

sus padres que se debía a los asuntos de su Padre (cf. Lc 2, 46-49).

Durante su vida oculta, subió allí todos los años al menos con ocasión

de la Pascua (cf. Lc 2, 41); su ministerio público estuvo jalonado por

sus peregrinaciones a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas

judías (cf. Jn 2, 13-14; 5, 1. 14; 7, 1. 10. 14; 8, 2; 10, 22-23).

584. Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para el

encuentro con Dios. El Templo era para Él la casa de su Padre, una

2599

casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya

convertido en un mercado ( Mt 21, 13). Si expulsa a los mercaderes del

Templo es por celo hacia las cosas de su Padre: "No hagáis de la Casa

de mi Padre una casa de mercado. Sus discípulos se acordaron de que

estaba escrito: 'El celo por tu Casa me devorará' ( Sal 69, 10)" ( Jn 2,

16-17). Después de su Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un

respeto religioso hacia el Templo (cf. Hch 2, 46; 3, 1; 5, 20. 21).

585. Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la ruina

de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra

(cf. Mt 24, 1-2). Hay aquí un anuncio de una señal de los últimos

tiempos que se van a abrir con su propia Pascua (cf. Mt 24, 3; Lc 13,

35). Pero esta profecía pudo ser deformada por falsos testigos en su

interrogatorio en casa del sumo sacerdote (cf. Mc 14, 57-58) y serle

reprochada como injuriosa cuando estaba clavado en la cruz

(cf. Mt 27, 39-40).

586. Lejos de haber sido hostil al Templo (cf. Mt 8, 4; 23, 21; Lc 17,

14; Jn 4, 22) donde expuso lo esencial de su enseñanza (cf. Jn 18, 20),

Jesús quiso pagar el impuesto del Templo asociándose con Pedro

(cf. Mt 17, 24-27), a quien acababa de poner como fundamento de su

futura Iglesia (cf. Mt 16, 18). Aún más, se identificó con el Templo

presentándose como la morada definitiva de Dios entre los hombres

(cf. Jn 2, 21; Mt 12, 6). Por eso su muerte corporal (cf. Jn 2, 18-22)

anuncia la destrucción del Templo que señalará la entrada en una

797

nueva edad de la historia de la salvación: "Llega la hora en que, ni en

1179

este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre" ( Jn 4, 21; cf. Jn 4, 23-

24; Mt 27, 51; Hb 9, 11; Ap 21, 22).

III. Jesús y la fe de Israel en el Dios único y Salvador

587. Si la Ley y el Templo de Jerusalén pudieron ser ocasión de

"contradicción" (cf. Lc 2, 34) entre Jesús y las autoridades religiosas

de Israel, la razón está en que Jesús, para la redención de los pecados

—obra divina por excelencia—, acepta ser verdadera piedra de

escándalo para aquellas autoridades (cf. Lc 20, 17-18; Sal 118, 22).

588. Jesús escandalizó a los fariseos comiendo con los publicanos y

los pecadores (cf. Lc 5, 30) tan familiarmente como con ellos mismos

(cf. Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1). Contra algunos de los "que se tenían por

justos y despreciaban a los demás" ( Lc 18, 9; cf. Jn 7, 49; 9, 34), Jesús

afirmó: "No he venido a llamar a conversión a justos, sino a

545

pecadores" ( Lc 5, 32). Fue más lejos todavía al proclamar frente a los

fariseos que, siendo el pecado una realidad universal (cf. Jn 8, 33-36),

los que pretenden no tener necesidad de salvación se ciegan con

respecto a sí mismos (cf. Jn 9, 40-41).

589. Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta

misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con

respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar entender

que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los

admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es

especialmente al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las

autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen,

justamente asombradas, "¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo

Dios?" ( Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema 431, 1441

porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18;

10, 33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el

Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).

432

590. Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede justificar

una exigencia tan absoluta como ésta: "El que no está conmigo está

contra mí" ( Mt 12, 30); lo mismo cuando dice que él es "más que

Jonás [...] más que Salomón" ( Mt 12, 41-42), "más que el Templo"

( Mt 12, 6); cuando recuerda, refiriéndose a que David llama al Mesías

su Señor (cf. Mt 12, 36-37), cuando afirma: "Antes que naciese

Abraham, Yo soy" ( Jn 8, 58); e incluso: "El Padre y yo somos una

253

sola cosa" ( Jn 10, 30).

591. Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén que creyeran

en él en virtud de las obras de su Padre que él realizaba ( Jn 10, 36-38).

Pero tal acto de fe debía pasar por una misteriosa muerte a sí mismo

526

para un nuevo "nacimiento de lo alto" ( Jn 3, 7) atraído por la gracia

divina (cf. Jn 6, 44). Tal exigencia de conversión frente a un

cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite

comprender el trágico desprecio del Sanedrín al estimar que Jesús

574

merecía la muerte como blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus

miembros obraban así tanto por "ignorancia" (cf. Lc 23, 34; Hch 3, 17-

18) como por el "endurecimiento" ( Mc 3, 5; Rm 11, 25) de la

"incredulidad" ( Rm 11, 20).

Resumen

592. Jesús no abolió la Ley del Sinaí, sino que la perfeccionó

(cf. Mt 5, 17-19) de tal modo (cf. Jn 8, 46) que reveló su hondo sentido

(cf. Mt 5, 33) y satisfizo por las transgresiones contra ella (cf. Hb 9,

15).

593. Jesús veneró el Templo subiendo a él en peregrinación en las

fiestas judías y amó con gran celo esa morada de Dios entre los

hombres. El Templo prefigura su Misterio. Anunciando la destrucción

del Templo anuncia su propia muerte y la entrada en una nueva edad

de la historia de la salvación, donde su cuerpo será el Templo

definitivo.

594. Jesús realizó obras como el perdón de los pecados que lo

revelaron como Dios Salvador (cf. Jn 5, 16-18). Algunos judíos que no

le reconocían como Dios hecho hombre (cf. Jn 1, 14) veían en él a "un

hombre que se hace Dios" ( Jn 10, 33), y lo juzgaron como un

blasfemo.

Párrafo 2

JESÚS MURIÓ CRUCIFICADO

I. El proceso de Jesús

DIVISIONES DE LAS AUTORIDADES JUDÍAS RESPECTO A JESÚS

595. Entre las autoridades religiosas de Jerusalén, no solamente el fariseo

Nicodemo (cf. Jn 7, 50) o el notable José de Arimatea eran en secreto

discípulos de Jesús (cf. Jn 19, 38-39), sino que durante mucho tiempo hubo

disensiones a propósito de Él (cf. Jn 9, 16-17; 10, 19-21) hasta el punto de

que en la misma víspera de su pasión, san Juan pudo decir de ellos que "un

buen número creyó en él", aunque de una manera muy imperfecta ( Jn 12,

42). Eso no tiene nada de extraño si se considera que al día siguiente de

Pentecostés "multitud de sacerdotes iban aceptando la fe" ( Hch 6, 7) y que

"algunos de la secta de los fariseos... habían abrazado la fe" ( Hch 15, 5) hasta

el punto de que Santiago puede decir a san Pablo que "miles y miles de

judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley" ( Hch 21,

20).

596. Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la

conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19). Los fariseos

amenazaron de excomunión a los que le siguieran (cf. Jn 9, 22). A los que

temían que "todos creerían en él; y vendrían los romanos y destruirían

nuestro Lugar Santo y nuestra nación" ( Jn 11, 48), el sumo sacerdote Caifás

les propuso profetizando: "Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no

1753

que perezca toda la nación" ( Jn 11, 49-50). El Sanedrín declaró a Jesús "reo

de muerte" ( Mt 26, 66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a

condenar a muerte a nadie (cf. Jn 18, 31), entregó a Jesús a los romanos

acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2) lo que le pondrá en paralelo con

Barrabás acusado de "sedición" ( Lc 23, 19). Son también las amenazas

políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste

condene a muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21).

L

OS JUDÍOS NO SON RESPONSABLES COLECTIVAMENTE DE LA MUERTE

DE JESÚS

597. Teniendo en cuenta la complejidad histórica manifestada en las

narraciones evangélicas sobre el proceso de Jesús y sea cual sea el

pecado personal de los protagonistas del proceso (Judas, el Sanedrín,

Pilato), lo cual solo Dios conoce, no se puede atribuir la

responsabilidad del proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén, a

pesar de los gritos de una muchedumbre manipulada (cf. Mc 15, 11) y

de las acusaciones colectivas contenidas en las exhortaciones a la

conversión después de Pentecostés (cf. Hch 2, 23. 36; 3, 13-14; 4, 10;

5, 30; 7, 52; 10, 39; 13, 27-28; 1 Ts 2, 14-15). El mismo Jesús

perdonando en la Cruz (cf. Lc 23, 34) y Pedro siguiendo su ejemplo

1735

apelan a "la ignorancia" ( Hch 3, 17) de los judíos de Jerusalén e

incluso de sus jefes. Menos todavía se podría ampliar esta

responsabilidad a los restantes judíos en el tiempo y en el espacio,

apoyándose en el grito del pueblo: "¡Su sangre sobre nosotros y sobre

nuestros hijos!" ( Mt 27, 25), que equivale a una fórmula de

ratificación (cf. Hch 5, 28; 18, 6):

Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio Vaticano II: «Lo

que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a

839

todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy [...] No se ha

de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos como si tal

cosa se dedujera de la sagrada Escritura» (NA 4).

TODOS LOS PECADORES FUERON LOS AUTORES DE LA PASIÓN DE CRISTO

598. La Iglesia, en el magisterio de su fe y en el testimonio de sus

santos, no ha olvidado jamás que "los pecadores mismos fueron los

autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el

divino Redentor" ( Catecismo Romano, 1, 5, 11; cf. Hb 12, 3).

Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo

(cf. Mt 25, 45; Hch 9, 4-5), la Iglesia no duda en imputar a los

cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús,

responsabilidad con la que ellos con demasiada frecuencia, han

abrumado únicamente a los judíos:

«Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que

1851

continúan recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones

las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz,

sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal

"crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública

infamia" ( Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este

caso es mayor que el de los judíos. Porque según el testimonio del

apóstol, " de haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al

Señor de la Gloria" ( 1 Co 2, 8). Nosotros, en cambio, hacemos profesión

de conocerle. Y cuando renegamos de Él con nuestras acciones, ponemos

de algún modo sobre Él nuestras manos criminales» ( Catecismo Romano,

1, 5, 11).

«Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos

lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los

vicios y en los pecados» (S. Francisco de Asís, Admonitio, 5, 3).

II. La muerte redentora de Cristo en el designio divino de

salvación

"J

ESÚS ENTREGADO SEGÚN EL PRECISO DESIGNIO DE DIOS"

599. La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una

desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del

517

designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén

ya en su primer discurso de Pentecostés: "Fue entregado según el

determinado designio y previo conocimiento de Dios" ( Hch 2, 23).

Este lenguaje bíblico no significa que los que han "entregado a Jesús"

( Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito

de antemano por Dios.

600. Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su

actualidad. Por tanto establece su designio eterno de "predestinación"

incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia: "Sí,

verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu santo siervo

Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones

gentiles y los pueblos de Israel (cf. Sal 2, 1-2), de tal suerte que ellos

han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría, habías

312

predestinado" ( Hch 4, 27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de

su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio

de salvación (cf. Hch 3, 17-18).

"MUERTO POR NUESTROS PECADOS SEGÚN LAS ESCRITURAS"

601. Este designio divino de salvación a través de la muerte del

"Siervo, el Justo" ( Is 53, 11; cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes

en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de

rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53,

11-12; Jn 8, 34-36). San Pablo profesa en una confesión de fe que dice

haber "recibido" ( 1 Co 15, 3) que "Cristo ha muerto por nuestros

652

pecados según las Escrituras" ( ibíd. : cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13,

29; 26, 22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la

713

profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús

mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo

doliente (cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta

interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,

25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45).

"D

IOS LE HIZO PECADO POR NOSOTROS"

602. En consecuencia, san Pedro pudo formular así la fe apostólica

en el designio divino de salvación: "Habéis sido rescatados de la

conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o

plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin

mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y

manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros" ( 1 P 1, 18-

20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original,

400

están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar

a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una

humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8,

3), "a quien no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para

que viniésemos a ser justicia de Dios en él" ( 2 Co 5, 21).

519

603. Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese

pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al

Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a

Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro

nombre en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has

abandonado?" ( Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario

con nosotros, pecadores, "Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes

2572

bien le entregó por todos nosotros" ( Rm 8, 32) para que fuéramos

"reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo" ( Rm 5, 10).

D

IOS TIENE LA INICIATIVA DEL AMOR REDENTOR UNIVERSAL

604. Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que

211

su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que

precede a todo mérito por nuestra parte: "En esto consiste el amor: no

2009

en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos

envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" ( 1 Jn 4, 10;

cf. Jn 4, 19). "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo

nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" ( Rm 5, 8).

1825

605. Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida

que este amor es sin excepción: "De la misma manera, no es voluntad

de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños"

( Mt 18, 14). Afirma "dar su vida en rescate por muchos" ( Mt 20, 28);

este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la

humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para

salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2

402

Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los

hombres sin excepción: "no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por

634, 2793

quien no haya padecido Cristo" (Concilio de Quiercy, año 853: DS

624).

III. Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados

TODA LA VIDA DE CRISTO ES OBLACIÓN AL PADRE

517

606. El Hijo de Dios "bajado del cielo no para hacer su voluntad sino

la del Padre que le ha enviado" ( Jn 6, 38), "al entrar en este mundo,

dice: [...] He aquí que vengo [...] para hacer, oh Dios, tu voluntad [...]

En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de

una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" ( Hb 10, 5-10). Desde

el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino

de salvación en su misión redentora: "Mi alimento es hacer la voluntad

del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" ( Jn 4, 34). El sacrificio

536

de Jesús "por los pecados del mundo entero" ( 1 Jn 2, 2), es la

expresión de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me ama

porque doy mi vida" ( Jn 10, 17). "El mundo ha de saber que amo al

Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" ( Jn 14, 31).

607. Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre

anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque

457

su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: "¡Padre

líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!" ( Jn 12,

27). "El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" ( Jn 18,

11). Y todavía en la cruz antes de que "todo esté cumplido" ( Jn 19,

30), dice: "Tengo sed" ( Jn 19, 28).

"EL CORDERO QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO"

523

608. Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en

compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a

Jesús como el "Cordero de Dios que quita los pecados del mundo"

( Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo

doliente que se deja llevar en silencio al matadero ( Is 53, 7; cf. Jr 11,

19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero

pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera

517

Pascua ( Ex 12, 3-14; cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo

expresa su misión: "Servir y dar su vida en rescate por muchos"

( Mc 10, 45).

JESÚS ACEPTA LIBREMENTE EL AMOR REDENTOR DEL PADRE

609. Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia

478

los hombres, "los amó hasta el extremo" ( Jn 13, 1) porque "nadie tiene

mayor amor que el que da su vida por sus amigos" ( Jn 15, 13). Tanto

en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el

instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación

515

de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó

libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres

272, 539

que el Padre quiere salvar: "Nadie me quita [la vida]; yo la doy

voluntariamente" ( Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de

Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-

6; Mt 26, 53).

JESÚS ANTICIPÓ EN LA CENA LA OFRENDA LIBRE DE SU VIDA

610. Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en

la cena tomada con los doce Apóstoles (cf. Mt 26, 20), en "la noche en

766

que fue entregado" ( 1 Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando

todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus Apóstoles el

1337

memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la

salvación de los hombres: "Este es mi Cuerpo que va a ser

entregado por vosotros" ( Lc 22, 19). "Esta es mi sangre de la Alianza

que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados" ( Mt

26, 28).

611. La Eucaristía que instituyó en este momento será el "memorial"

1364

( 1 Co 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los Apóstoles en su

propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús

1341

instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: "Por ellos me

1566

consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la

verdad" ( Jn 17, 19; cf. Concilio de Trento: DS, 1752; 1764).

L

A AGONÍA DE GETSEMANÍ

612. El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al

ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de

manos del Padre en su agonía de Getsemaní (cf. Mt 26, 42) haciéndose

532, 2600

"obediente hasta la muerte" ( Flp 2, 8; cf. Hb 5, 7-8). Jesús ora: "Padre

mío, si es posible, que pase de mí este cáliz..." ( Mt 26, 39). Expresa así

el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Esta, en

efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a

diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado

(cf. Hb 4, 15) que es la causa de la muerte (cf. Rm 5, 12); pero sobre

todo está asumida por la persona divina del "Príncipe de la Vida"

( Hch 3, 15), de "el que vive", Viventis assumpta ( Ap 1, 18; cf. Jn 1, 4;

5, 26). Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del

1009

Padre (cf. Mt 26, 42), acepta su muerte como redentora para "llevar

nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero" ( 1 P 2, 24).

L

A MUERTE DE CRISTO ES EL SACRIFICIO ÚNICO Y DEFINITIVO

1366

613. La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a

cabo la redención definitiva de los hombres (cf. 1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36)

por medio del "Cordero que quita el pecado del mundo" ( Jn 1, 29;

cf. 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 25) que

2009

devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8)

reconciliándole con Él por "la sangre derramada por muchos para

remisión de los pecados" ( Mt 26, 28; cf. Lv 16, 15-16).

529, 1330

614. Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a

todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo

Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos

consigo (cf. 1 Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios

2100

hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su

vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo

(cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia.

J

ESÚS REEMPLAZA NUESTRA DESOBEDIENCIA POR SU OBEDIENCIA

615. "Como [...] por la desobediencia de un solo hombre, todos

fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno

1850

solo todos serán constituidos justos" ( Rm 5, 19). Por su obediencia

hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente

que "se dio a sí mismo en expiación", "cuando llevó el pecado de

433

muchos", a quienes "justificará y cuyas culpas soportará" ( Is 53, 10-

12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros

411

pecados (cf. Concilio de Trento: DS, 1529).

EN LA CRUZ, JESÚS CONSUMA SU SACRIFICIO

616. El "amor hasta el extremo" ( Jn 13, 1) es el que confiere su valor

de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al

sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de

478

su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). "El amor [...] de Cristo nos apremia

al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron" ( 2

Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en

condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y

ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona

468

divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las

personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad,

hace posible su sacrificio redentor por todos.

519

617. Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justificationem

1992

meruit ("Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos

mereció la justificación"), enseña el Concilio de Trento (DS, 1529)

subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como "causa de

salvación eterna" ( Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: O

1325

crux, ave, spes única ("Salve, oh cruz, única esperanza"; Añadidura

litúrgica al himno "Vexilla Regis": Liturgia de las Horas).

N

UESTRA PARTICIPACIÓN EN EL SACRIFICIO DE CRISTO

618. La Cruz es el único sacrificio de Cristo "único mediador entre

Dios y los hombres" ( 1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina

encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2) Él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo

conocida [...] se asocien a este misterio pascual" (GS 22, 5). Él llama a sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" ( Mt 16, 24) porque Él

1368, 1460 "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus

307, 2100

huellas" ( 1 P 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio

redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios

(cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma

964

excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio

de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35):

«Esta es la única verdadera escala del paraíso, fuera de la Cruz no hay

otra por donde subir al cielo» (Santa Rosa de Lima, cf. P. Hansen, Vita

mirabilis, Lovaina, 1668)

Resumen

619. "Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras" ( 1

Co 15, 3).

620. Nuestra salvación procede de la iniciativa del amor de Dios

hacia nosotros porque "Él nos amó y nos envió a su Hijo como

propiciación por nuestros pecados" ( 1 Jn 4, 10). "En Cristo estaba

Dios reconciliando al mundo consigo" ( 2 Co 5, 19).

621. Jesús se ofreció libremente por nuestra salvación. Este don lo

significa y lo realiza por anticipado durante la última cena: "Este es

mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros" ( Lc 22, 19).

622. La redención de Cristo consiste en que Él "ha venido a dar su

vida como rescate por muchos" ( Mt 20, 28), es decir "a amar a los

suyos [...] hasta el extremo" ( Jn 13, 1) para que ellos fuesen

"rescatados de la conducta necia heredada de sus padres" ( 1 P 1, 18).

623. Por su obediencia amorosa a su Padre, "hasta la muerte [...] de

cruz" ( Flp 2, 8), Jesús cumplió la misión expiatoria (cf. Is 53, 10) del

Siervo doliente que "justifica a muchos cargando con las culpas de

ellos" ( Is 53, 11; cf. Rm 5, 19).

Párrafo 3

JESUCRISTO FUE SEPULTADO

624. "Por la gracia de Dios, gustó la muerte para bien de todos"

( Hb 2, 9). En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no

solamente "muriese por nuestros pecados" ( 1 Co 15, 3) sino también

que "gustase la muerte", es decir, que conociera el estado de muerte, el

estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo

362, 1005

comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el

momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio

del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado

Santo en el que Cristo depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42)

manifiesta el gran reposo sabático de Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de

343

realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación de los hombres, que establece en la

paz el universo entero (cf. Col 1, 18-20).

EL CUERPO DE CRISTO EN EL SEPULCRO

625. La permanencia de Cristo en el sepulcro constituye el vínculo

real entre el estado pasible de Cristo antes de Pascua y su actual estado

glorioso de resucitado. Es la misma persona de "El que vive" que

puede decir: "estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de

los siglos" ( Ap 1, 18):

«Y este es el misterio del plan providente de Dios sobre la Muerte y la

Resurrección de Hijos de entre los muerte: que Dios no impidió a la

muerte separar el alma del cuerpo, según el orden necesario de la

naturaleza, pero los reunió de nuevo, una con otro, por medio de la

Resurrección, a fin de ser Él mismo en persona el punto de encuentro de

la muerte y de la vida deteniendo en Él la descomposición de la

naturaleza que produce la muerte y resultando Él mismo el principio de

reunión de las partes separadas» (San Gregorio Niceno, Oratio catechetica,

16, 9: PG 45, 52).

626. Ya que el "Príncipe de la vida que fue llevado a la muerte"

( Hch 3,15) es al mismo tiempo "el Viviente que ha resucitado" ( Lc 24,

5-6), era necesario que la persona divina del Hijo de Dios haya

470, 650

continuado asumiendo su alma y su cuerpo separados entre sí por la

muerte:

«Aunque Cristo en cuanto hombre se sometió a la muerte, y su alma santa

fue separada de su cuerpo inmaculado, sin embargo su divinidad no fue

separada ni de una ni de otro, esto es, ni del alma ni del cuerpo: y, por

tanto, la persona única no se encontró dividida en dos personas. Porque el

cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el

principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el

uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del

Verbo» (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3, 27: PG 94, 1098A).

"N

O DEJARÁS QUE TU SANTO VEA LA CORRUPCIÓN"

1009

627. La muerte de Cristo fue una verdadera muerte en cuanto que

puso fin a su existencia humana terrena. Pero a causa de la unión que

la persona del Hijo conservó con su cuerpo, éste no fue un despojo

1683

mortal como los demás porque "no era posible que la muerte lo

dominase" ( Hch 2, 24) y por eso "la virtud divina preservó de la

corrupción al cuerpo de Cristo" (Santo Tomás de Aquino, S.th. , 3, 51,

3, ad 2). De Cristo se puede decir a la vez: "Fue arrancado de la tierra

de los vivos" ( Is 53, 8); y: "mi carne reposará en la esperanza de que

no abandonarás mi alma en la mansión de los muertos ni permitirás

que tu santo experimente la corrupción" ( Hch 2, 26-27; cf. Sal 16, 9-

10). La Resurrección de Jesús "al tercer día" ( 1Co 15, 4; Lc 24, 46;

cf. Mt 12, 40; Jon 2, 1; Os 6, 2) era el signo de ello, también porque

se suponía que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día

(cf. Jn 11, 39).

"SEPULTADOS CON CRISTO... "

628. El Bautismo, cuyo signo original y pleno es la inmersión,

537

significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al

pecado con Cristo para una nueva vida: "Fuimos, pues, con él

1215

sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que

Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del

Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" ( Rm 6,4;

cf. Col 2, 12; Ef 5, 26).

Resumen

629. Jesús gustó la muerte para bien de todos (cf. Hb 2, 9). Es

verdaderamente el Hijo de Dios hecho hombre que murió y fue

sepultado.

630. Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su

Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo,

separados sin embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el

cuerpo muerto de Cristo "no conoció la corrupción" ( Hch 13,37).

ARTÍCULO 5

"JESUCRISTO DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS,

AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS"

631. "Jesús bajó a las regiones inferiores de la tierra. Este que bajó es

el mismo que subió" ( Ef 4, 9-10). El Símbolo de los Apóstoles

confiesa en un mismo artículo de fe el descenso de Cristo a los

infiernos y su Resurrección de los muertos al tercer día, porque es en

su Pascua donde, desde el fondo de la muerte, Él hace brotar la vida:

Christus, Filius tuus,

qui, regressus ab inferis,

humano generi serenus illuxit,

et vivit et regnat in saecula saeculorum. Amen.

(Es Cristo, tu Hijo resucitado,

que, al salir del sepulcro,

brilla sereno para el linaje humano,

y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos. Amén).

( Vigilia Pascual, Pregón pascual [«Exultet»]: Misal Romano)

Párrafo 1

JESÚS DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

632. Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las

cuales Jesús "resucitó de entre los muertos" ( Hch 3, 15; Rm 8, 11; 1

Co 15, 20) presuponen que, antes de la resurrección, permaneció en la

morada de los muertos (cf. Hb 13, 20). Es el primer sentido que dio la

predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús

conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la

morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador

proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos

(cf. 1 P 3,18-19).

633. La Escritura llama infiernos, sheol, o hades (cf. Flp 2,

10; Hch 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada de los muertos donde

bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí

estaban privados de la visión de Dios (cf. Sal 6, 6; 88, 11-13). Tal era,

en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos,

malos o justos (cf. Sal 89, 49; 1 S 28, 19; Ez 32, 17-32), lo que no

quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la

parábola del pobre Lázaro recibido en el "seno de Abraham"

(cf. Lc 16, 22-26). "Son precisamente estas almas santas, que

esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo

liberó cuando descendió a los infiernos" ( Catecismo Romano, 1, 6, 3).

Jesús no bajó a los infiernos para liberar a los condenados (cf.

Concilio de Roma, año 745: DS, 587) ni para destruir el infierno de la

1033

condenación (cf. Benedicto XII, Libelo Cum dudum: DS, 1011;

Clemente VI, c. Super quibusdam: ibíd., 1077) sino para liberar a los

justos que le habían precedido (cf. Concilio de Toledo IV, año 625:

DS, 485; cf. también Mt 27, 52-53).

634. "Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva..." ( 1

P 4, 6). El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del

anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión

mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo pero inmensamente

amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos

los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares porque todos

605

los que se salvan se hacen partícipes de la Redención.

635. Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte (cf. Mt 12,

40; Rm 10, 7; Ef 4, 9) para "que los muertos oigan la voz del Hijo de

Dios y los que la oigan vivan" ( Jn 5, 25). Jesús, "el Príncipe de la

vida" ( Hch 3, 15) aniquiló "mediante la muerte al señor de la muerte,

es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban

de por vida sometidos a esclavitud " ( Hb 2, 14-15). En adelante, Cristo

resucitado "tiene las llaves de la muerte y del Infierno" ( Ap 1, 18) y "al

nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los

abismos" ( Flp 2, 10).

«Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad.

Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y

sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los

que dormían desde antiguo [...] Va a buscar a nuestro primer Padre como

si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y

en sombra de muerte. Él, que es la mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va

a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva [...] Yo soy tu

Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu

Hijo. A ti te mando: Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que

permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues

yo soy la vida de los muertos» ( Antigua homilía sobre el grande y santo

Sábado: PG 43, 440. 452. 461)

Resumen

636. En la expresión "Jesús descendió a los infiernos", el símbolo

confiesa que Jesús murió realmente, y que, por su muerte en favor

nuestro, ha vencido a la muerte y al diablo "Señor de la muerte"

( Hb 2, 14).

637. Cristo muerto, en su alma unida a su persona divina, descendió

a la morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo a los justos

que le habían precedido.

Párrafo 2

AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS

638. "Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los

padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús

( Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de

90

nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad

cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la

Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento,

651, 991

predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo

que la Cruz:

Cristo ha resucitado de los muertos,

con su muerte ha vencido a la muerte.

Y a los muertos ha dado la vida.

(Liturgia bizantina: Tropario del día de Pascua)

I. Acontecimiento histórico y transcendente

639. El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento

real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo

atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede

escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a

mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las

Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las

Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce" ( 1 Co 15, 3-4).

El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que

recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9,

3-18).

EL SEPULCRO VACÍO

640. "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha

resucitado" ( Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de

Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No

es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el

sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15).

A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo

esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para

el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer

lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro

(cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" ( Jn 20, 2) afirma que,

al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el

suelo"( Jn 20, 6) "vio y creyó" ( Jn 20, 8). Eso supone que constató en

el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo

de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto

simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro

999

(cf. Jn 11, 44).

L

AS APARICIONES DEL RESUCITADO

641. María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el

cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde

del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron

las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10; Jn 20, 11-

18). Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección

de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se

553

apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1

Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos

(cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y

sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: "¡Es

448

verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" ( Lc 24,

34).

642. Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a

cada uno de los Apóstoles –y a Pedro en particular– en la construcción

de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos

659, 881

del Resucitado, los Apóstoles son las piedras de fundación de su

Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el

testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y de los

que la mayor parte aún vivían entre ellos. Estos "testigos de la

860

Resurrección de Cristo" (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los

Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de

quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez,

además de Santiago y de todos los Apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

643. Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de

Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico.

Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba

radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él

de antemano (cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan

grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan

pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos

una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los

discípulos abatidos ("la cara sombría": Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19).

Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y "sus

palabras les parecían como desatinos" ( Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando

Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua "les echó en cara su

incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían

visto resucitado" ( Mc 16, 14).

644. Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad

de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un

espíritu (cf. Lc 24, 39). "No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban

asombrados" ( Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda

(cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo,

"algunos sin embargo dudaron" ( Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la

cual la resurrección habría sido un "producto" de la fe (o de la credulidad) de

los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la

Resurrección nació –bajo la acción de la gracia divina– de la experiencia

directa de la realidad de Jesús resucitado.

EL ESTADO DE LA HUMANIDAD RESUCITADA DE CRISTO

645. Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas

mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida

(cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que

él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben

999

que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo

que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las

huellas de su pasión (cf. Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo

auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo, las propiedades

nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el

tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y

cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26;

21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no

pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por

esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de

aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-

15) o "bajo otra figura" ( Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a

los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

646. La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena

como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de

Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran

549

acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el

milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena

"ordinaria". En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de

Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del

estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la

Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo;

participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san

Pablo puede decir de Cristo que es "el hombre celestial" (cf. 1 Co 15,

35-50).

L

A RESURRECCIÓN COMO ACONTECIMIENTO TRANSCENDENTE

647. "¡Qué noche tan dichosa –canta el Exultet de Pascua–, sólo ella

conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!". En

efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la

Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir

1000

cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso

a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico

demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los

encuentros de los Apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la

Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en

aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo

resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus

discípulos, "a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y

que ahora son testigos suyos ante el pueblo" ( Hch 13, 31).

II. La Resurrección, obra de la Santísima Trinidad

648. La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una

258

intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la

historia. En ella, las tres Personas divinas actúan juntas a la vez y

989

manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre

que "ha resucitado" ( Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha

introducido de manera perfecta su humanidad –con su cuerpo– en la

663

Trinidad. Jesús se revela definitivamente "Hijo de Dios con poder,

445

según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los

muertos" ( Rm 1, 3-4). San Pablo insiste en la manifestación del poder

272

de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por

la acción del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús

y la ha llamado al estado glorioso de Señor.

649. En cuanto al Hijo, él realiza su propia Resurrección en virtud de

su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá sufrir

mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término) (cf. Mc 8,

31; 9, 9-31; 10, 34). Por otra parte, él afirma explícitamente: "Doy mi

vida, para recobrarla de nuevo... Tengo poder para darla y poder para

recobrarla de nuevo" ( Jn 10, 17-18). "Creemos que Jesús murió y

resucitó" ( 1 Ts 4, 14).

650. Los Padres contemplan la Resurrección a partir de la persona

divina de Cristo que permaneció unida a su alma y a su cuerpo

626

separados entre sí por la muerte: "Por la unidad de la naturaleza divina

que permanece presente en cada una de las dos partes del hombre, las

que antes estaban separadas y segregadas, éstas se unen de nuevo. Así

la muerte se produce por la separación del compuesto humano, y la

Resurrección por la unión de las dos partes separadas" (San Gregorio

1005

de Nisa, De tridui inter mortem et resurrectionem Domini nostri Iesu

Christi spatio; cf. también DS 325; 359; 369; 539).

III. Sentido y alcance salvífico de la Resurrección

651. "Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también

vuestra fe"( 1 Co 15, 14). La Resurrección constituye ante todo la

confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades,

incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su

129

justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su

274

autoridad divina según lo había prometido.

652. La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del

Antiguo Testamento (cf. Lc 24, 26-27. 44-48) y del mismo Jesús

durante su vida terrenal (cf. Mt 28, 6; Mc 16, 7; Lc 24, 6-7). La

expresión "según las Escrituras" (cf. 1 Co 15, 3-4 y el Símbolo

Niceno-Constantinopolitano. DS 150) indica que la Resurrección de

422, 461

Cristo cumplió estas predicciones.

445

653. La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su

Resurrección. Él había dicho: "Cuando hayáis levantado al Hijo del

hombre, entonces sabréis que Yo Soy" ( Jn 8, 28). La Resurrección del

Crucificado demostró que verdaderamente, él era "Yo Soy", el Hijo de

Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa

hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros [...] al resucitar a

Jesús, como está escrito en el salmo primero: "Hijo mío eres tú; yo te

he engendrado hoy"» ( Hch 13, 32-33; cf. Sal 2, 7). La Resurrección

461

de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del

422

Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.

654. Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos

libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva

1987

vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la

gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) "a fin de que, al igual que Cristo fue

resucitado de entre los muertos [...] así también nosotros vivamos una

nueva vida" ( Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el

pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1,

1996

3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en

hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después

de su Resurrección: "Id, avisad a mis hermanos" ( Mt 28, 10; Jn 20,

17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque

esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del

Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

655. Por último, la Resurrección de Cristo –y el propio Cristo

resucitado– es principio y fuente de nuestra resurrección futura:

989

"Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que

durmieron [...] del mismo modo que en Adán mueren todos, así

también todos revivirán en Cristo" ( 1 Co 15, 20-22). En la espera de

que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles.

1002

En Él los cristianos "saborean [...] los prodigios del mundo futuro"

( Hb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina

(cf. Col 3, 1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para

aquel que murió y resucitó por ellos" ( 2 Co 5, 15).

Resumen

656. La fe en la Resurrección tiene por objeto un acontecimiento a la

vez históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron

realmente con el Resucitado, y misteriosamente transcendente en

cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios.

657. El sepulcro vacío y las vendas en el suelo significan por sí

mismas que el cuerpo de Cristo ha escapado por el poder de Dios de

las ataduras de la muerte y de la corrupción. Preparan a los

discípulos para su encuentro con el Resucitado.

658. Cristo, "el primogénito de entre los muertos" ( Col 1, 18), es el

principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la

justificación de nuestra alma (cf. Rm 6, 4), más tarde por la

vivificación de nuestro cuerpo (cf. Rm 8, 11).

ARTÍCULO 6

“JESUCRISTO SUBIÓ A LOS CIELOS,

Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE

TODOPODEROSO”

659. "Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al

Cielo y se sentó a la diestra de Dios" ( Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo

fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban

645

las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su

cuerpo disfruta para siempre (cf. Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero

durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con

sus discípulos (cf. Hch 10, 41) y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1,

3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad

ordinaria (cf. Mc 16,12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21, 4). La última

aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad

697

en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también

Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta

para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16, 19; Hch 2, 33; 7, 56; cf.

también Sal 110, 1). Sólo de manera completamente excepcional y

única, se muestra a Pablo "como un abortivo" ( 1 Co 15, 8) en una

642

última aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1 Co 9, 1; Ga 1,

16).

660. El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este

tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena:

"Todavía [...] no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles:

Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios" ( Jn 20,

17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de

Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El

acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión

marca la transición de una a otra.

661. Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es

decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el

461

que "salió del Padre" puede "volver al Padre": Cristo (cf. Jn 16,28).

"Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del

hombre" ( Jn 3, 13; cf., Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la

humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre" ( Jn 14, 2), a la vida y

a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al

hombre, "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que

792

nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza

de seguirlo en su Reino" ( Prefacio de la Ascensión del Señor, I: Misa

Romano).

662. "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí"

( Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación

en la Ascensión al cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único

1545

Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, "no [...] penetró en un

Santuario hecho por mano de hombre [...], sino en el mismo cielo,

para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro"

( Hb 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio.

"De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a

Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor" ( Hb 7, 25).

Como "Sumo Sacerdote de los bienes futuros" ( Hb 9, 11), es el centro

y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos

(cf. Ap 4, 6-11).

663. Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre:

"Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la

divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los

siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado

corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue

glorificada" (San Juan Damasceno, Expositio fidei, 75 [ De fide

648

orthodoxa, 4, 2]: PG 94, 1104).

664. Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del

541

reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto

del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los

pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio

eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" ( Dn 7,

14). A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en los

testigos del "Reino que no tendrá fin" ( Símbolo de Niceno-

Constantinopolitano: DS 150).

Resumen

665. La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la

humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de

volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de

los hombres (cf. Col 3, 3).

666. Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino

glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo,

vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente.

667. Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario

del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos

asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.

ARTÍCULO 7

“DESDE ALLÍ HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y

MUERTOS”

I. Volverá en gloria

CRISTO REINA YA MEDIANTE LA IGLESIA...

668. "Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de

muertos y vivos" ( Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa

su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de

Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en

450

la tierra. El está "por encima de todo principado, potestad, virtud,

dominación" porque el Padre "bajo sus pies sometió todas las cosas"

( Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24.

27-28) y de la historia. En Él, la historia de la humanidad e incluso

toda la Creación encuentran su recapitulación ( Ef 1, 10), su

518

cumplimiento transcendente.

669. Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su

792

Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo

cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La

1088

Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del

Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). "La Iglesia, o

el reino de Cristo presente ya en misterio"(LG 3), "constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra" (LG 5).

541

670. Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su

consumación. Estamos ya en la "última hora" ( 1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7).

"El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del

1042

mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna

manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en

efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad,

aunque todavía imperfecta" (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya 825

su presencia por los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que

547

acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).

... ESPERANDO QUE TODO LE SEA SOMETIDO

671. El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no

está todavía acabado "con gran poder y gloria" ( Lc 21, 27; cf. Mt 25,

31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto

de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Ts 2, 7), a pesar de que

estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo.

Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y "mientras no

[...] haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la

1043

769

Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que

773

pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella

misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta

ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios" (LG 48).

Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1

1043, 2046 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12)

2817

cuando suplican: "Ven, Señor Jesús" ( Ap 22, 20; cf. 1 Co 16,

22; Ap 22, 17-20).

672. Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del

establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel

(cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a

todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la

732

paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del

testimonio (cf. Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía

por la "tribulación" ( 1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que

afecta también a la Iglesia (cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de

1612

los últimos días ( 1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y

de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).

E

L GLORIOSO ADVENIMIENTO DE CRISTO, ESPERANZA DE ISRAEL

673. Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es

1040, 1048 inminente (cf. Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos "toca conocer

el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad"

( Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32). Este acontecimiento escatológico se puede

cumplir en cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Ts 5, 2), aunque tal

acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén

"retenidos" en las manos de Dios (cf. 2 Ts 2, 3-12).

674. La venida del Mesías glorioso, en un momento determinado de

la historia (cf. Rm 11, 31), se vincula al reconocimiento del Mesías por

"todo Israel" ( Rm 11,26; Mt 23,39) del que "una parte está endurecida"

( Rm 11, 25) en "la incredulidad" ( Rm 11, 20) respecto a Jesús. San

Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés:

"Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean

borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y

envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe

retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que

Dios habló por boca de sus profetas" ( Hch 3, 19-21). Y san Pablo le

hace eco: "si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué

será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?"

( Rm 11, 5). La entrada de "la plenitud de los judíos" ( Rm 11, 12) en la

840

salvación mesiánica, a continuación de "la plenitud de los gentiles"

58

(Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24), hará al pueblo de Dios "llegar a la plenitud

de Cristo" ( Ef 4, 13) en la cual "Dios será todo en nosotros" ( 1 Co 15,

28).

L

A ÚLTIMA PRUEBA DE LA IGLESIA

675. Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por

769

una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18,

8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre

la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el "misterio de

iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará

a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el

precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es

la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el

hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de

su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3; 2 Jn 7; 1

Jn 2, 18.22).

676. Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada

vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo

cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del

juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado

esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS

3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado,

2425

"intrínsecamente perverso" (cf. Pío XI, carta enc. Divini Redemptoris,

condenando "los errores presentados bajo un falso sentido místico" "de esta

especie de falseada redención de los más humildes"; GS 20-21).

1340

677. La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta

última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su

Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto,

mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de

un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último

desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde

2853

el cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la

rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12)

después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2

P 3, 12-13).

1038-1041

II. «Para juzgar a vivos y muertos»

678. Siguiendo a los profetas (cf. Dn 7, 10; Jl 3, 4; Ml 3,19) y a Juan

Bautista (cf. Mt 3, 7-12), Jesús anunció en su predicación el Juicio del

1470

último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno

(cf. Mc 12, 38-40) y el secreto de los corazones (cf. Lc 12, 1-3; Jn 3,

20-21; Rm 2, 16; 1 Co 4, 5). Entonces será condenada la incredulidad

culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (cf. Mt 11,

20-24; 12, 41-42). La actitud con respecto al prójimo revelará la

acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (cf. Mt 5, 22; 7, 1-

5). Jesús dirá en el último día: "Cuanto hicisteis a uno de estos

hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" ( Mt 25, 40).

679. Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar

definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a

Cristo como Redentor del mundo. "Adquirió" este derecho por su

Cruz. El Padre también ha entregado "todo juicio al Hijo" ( Jn 5, 22;

cf. Jn 5, 27; Mt 25, 31; Hch 10, 42; 17, 31; 2 Tm 4, 1). Pues bien, el

Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3,17) y para dar

la vida que hay en él (cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en

1021

esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo (cf. Jn 3, 18; 12,

48); es retribuido según sus obras (cf. 1 Co 3, 12- 15) y puede incluso

condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12,

32; Hb 6, 4-6; 10, 26-31).

Resumen

680. Cristo, el Señor, reina ya por la Iglesia, pero todavía no le

están sometidas todas las cosas de este mundo. El triunfo del Reino de

Cristo no tendrá lugar sin un último asalto de las fuerzas del mal.

681. El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria

para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como

el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia.

682. Cristo glorioso, al venir al final de los tiempos a juzgar a vivos

y muertos, revelará la disposición secreta de los corazones y

retribuirá a cada hombre según sus obras y según su aceptación o su

rechazo de la gracia.

CAPÍTULO TERCERO

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

424, 2670

683. "Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influjo del

Espíritu Santo" ( 1 Co 12, 3). "Dios ha enviado a nuestros corazones el

Espíritu de su Hijo que clama ¡ Abbá, Padre!" ( Ga 4, 6). Este

152

conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar

en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído

por el Espíritu Santo. Él es quien nos precede y despierta en nosotros

la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, la vida, que

tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos

comunica íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia:

249

El Bautismo «nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por

medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores del

Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir al Hijo; pero el Hijo

los presenta al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por

tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo,

nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el

Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu Santo»

(San Ireneo de Lyon, Demonstratio praedicationis apostolicae, 7: SC 62

41-42).

684. El Espíritu Santo con su gracia es el "primero" que nos despierta

en la fe y nos inicia en la vida nueva que es: "que te conozcan a ti, el

único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo" ( Jn 17, 3). No

obstante, es el "último" en la revelación de las personas de la

236

Santísima Trinidad. San Gregorio Nacianceno, "el Teólogo", explica

esta progresión por medio de la pedagogía de la "condescendencia"

divina:

«El Antiguo Testamento proclamaba muy claramente al Padre, y más

obscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento revela al Hijo y hace

entrever la divinidad del Espíritu. Ahora el Espíritu tiene derecho de

ciudadanía entre nosotros y nos da una visión más clara de sí mismo. En

efecto, no era prudente, cuando todavía no se confesaba la divinidad del

Padre, proclamar abiertamente la del Hijo y, cuando la divinidad del Hijo

no era aún admitida, añadir el Espíritu Santo como un fardo

suplementario si empleamos una expresión un poco atrevida ... Así por

avances y progresos "de gloria en gloria", es como la luz de la Trinidad

estalla en resplandores cada vez más espléndidos» (San Gregorio

Nacianceno, Oratio 31 [Theologica 5], 26: SC 250, 326 [PG 36, 161-

164]).

685. Creer en el Espíritu Santo es, por tanto, profesar que el Espíritu

Santo es una de las personas de la Santísima Trinidad Santa,

consubstancial al Padre y al Hijo, "que con el Padre y el Hijo recibe

una misma adoración y gloria" ( Símbolo Niceno-Constantinopolitano:

DS 150). Por eso se ha hablado del misterio divino del Espíritu Santo

en la "teología trinitaria", en tanto que aquí no se tratará del Espíritu

236

Santo sino en la "Economía" divina.

686. El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el

258

comienzo del designio de nuestra salvación y hasta su consumación.

Pero es en los "últimos tiempos", inaugurados con la Encarnación

redentora del Hijo, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando

es reconocido y acogido como persona. Entonces, este designio

divino, que se consuma en Cristo, "Primogénito" y Cabeza de la nueva

creación, se realiza en la humanidad por el Espíritu que nos es dado: la

Iglesia, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la

resurrección de la carne, la vida eterna.

ARTÍCULO 8

“CREO EN EL ESPÍRITU SANTO‖

243

687. "Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios" ( 1

Co 2, 11). Pues bien, su Espíritu que lo revela nos hace conocer a

Cristo, su Verbo, su Palabra viva, pero no se revela a sí mismo. El que

"habló por los profetas" ( Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS

150) nos hace oír la Palabra del Padre. Pero a él no le oímos. No le

conocemos sino en la obra mediante la cual nos revela al Verbo y nos

dispone a recibir al Verbo en la fe. El Espíritu de verdad que nos

"desvela" a Cristo "no habla de sí mismo" ( Jn 16, 13). Un

ocultamiento tan discreto, propiamente divino, explica por qué "el

mundo no puede recibirle, porque no le ve ni le conoce", mientras que

los que creen en Cristo le conocen porque él mora en ellos ( Jn 14, 17).

688. La Iglesia, comunión viviente en la fe de los Apóstoles que ella

transmite, es el lugar de nuestro conocimiento del Espíritu Santo:

– en las Escrituras que Él ha inspirado;

– en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia son testigos

siempre actuales;

– en el Magisterio de la Iglesia, al que Él asiste;

– en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos,

en donde el Espíritu Santo nos pone en comunión con Cristo;

– en la oración en la cual Él intercede por nosotros;

– en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la

Iglesia;

– en los signos de vida apostólica y misionera;

– en el testimonio de los santos, donde Él manifiesta su santidad y

continúa la obra de la salvación.

I. La misión conjunta del Hijo y del Espíritu Santo

689. Aquel al que el Padre ha enviado a nuestros corazones, el

Espíritu de su Hijo (cf. Ga 4, 6) es realmente Dios. Consubstancial

245

con el Padre y el Hijo, es inseparable de ellos, tanto en la vida íntima

de la Trinidad como en su don de amor para el mundo. Pero al adorar

a la Santísima Trinidad vivificante, consubstancial e indivisible, la fe

de la Iglesia profesa también la distinción de las Personas. Cuando el

254

Padre envía su Verbo, envía también su Aliento: misión conjunta en la

485

que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables. Sin

ninguna duda, Cristo es quien se manifiesta, Imagen visible de Dios

invisible, pero es el Espíritu Santo quien lo revela.

690. Jesús es Cristo, "ungido", porque el Espíritu es su Unción y todo

436

lo que sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud

(cf. Jn 3, 34). Cuando por fin Cristo es glorificado ( Jn 7, 39), puede a

su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: Él les

comunica su Gloria (cf. Jn 17, 22), es decir, el Espíritu Santo que lo

glorifica (cf. Jn 16, 14). La misión conjunta se desplegará desde

entonces en los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo:

la misión del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir

788

en Él:

«La noción de la unción sugiere [...] que no hay ninguna distancia entre el

Hijo y el Espíritu. En efecto, de la misma manera que entre la superficie

del cuerpo y la unción del aceite ni la razón ni los sentidos conocen

ningún intermediario, así es inmediato el contacto del Hijo con el

Espíritu, de tal modo que quien va a tener contacto con el Hijo por la fe

tiene que tener antes contacto necesariamente con el óleo. En efecto, no

hay parte alguna que esté desnuda del Espíritu Santo. Por eso es por lo

que la confesión del Señorío del Hijo se hace en el Espíritu Santo por

448

aquellos que la aceptan, viniendo el Espíritu desde todas partes delante de

los que se acercan por la fe» (San Gregorio de Nisa, Adversus

Macedonianos de Spirirtu Sancto, 16).

II. Nombre, apelativos y símbolos del Espíritu Santo

EL NOMBRE PROPIO DEL ESPÍRITU SANTO

691. "Espíritu Santo", tal es el nombre propio de Aquel que adoramos

y glorificamos con el Padre y el Hijo. La Iglesia ha recibido este

nombre del Señor y lo profesa en el Bautismo de sus nuevos hijos

(cf. Mt 28, 19).

El término "Espíritu" traduce el término hebreo Ruah, que en su primera

acepción significa soplo, aire, viento. Jesús utiliza precisamente la imagen

sensible del viento para sugerir a Nicodemo la novedad transcendente del

que es personalmente el Soplo de Dios, el Espíritu divino ( Jn 3, 5-8). Por

otra parte, Espíritu y Santo son atributos divinos comunes a las Tres

Personas divinas. Pero, uniendo ambos términos, la Escritura, la liturgia y el

lenguaje teológico designan la persona inefable del Espíritu Santo, sin

equívoco posible con los demás empleos de los términos "espíritu" y "santo".

LOS APELATIVOS DEL ESPÍRITU SANTO

692. Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le

llama el "Paráclito", literalmente "aquel que es llamado junto a

uno", advocatus ( Jn 14, 16. 26; 15, 26; 16, 7). "Paráclito" se traduce

1433

habitualmente por "Consolador", siendo Jesús el primer consolador

(cf. 1 Jn 2, 1). El mismo Señor llama al Espíritu Santo "Espíritu de

Verdad" ( Jn 16, 13).

693. Además de su nombre propio, que es el más empleado en el

libro de los Hechos y en las cartas de los Apóstoles, en San Pablo se

encuentran los siguientes apelativos: el Espíritu de la promesa ( Ga 3,

14; Ef 1, 13), el Espíritu de adopción ( Rm 8, 15; Ga 4, 6), el Espíritu

de Cristo ( Rm 8, 11), el Espíritu del Señor ( 2 Co 3, 17), el Espíritu de

Dios ( Rm 8, 9.14; 15, 19; 1 Co 6, 11; 7, 40), y en San Pedro, el Espíritu

de gloria ( 1 P 4, 14).

L

OS SÍMBOLOS DEL ESPÍRITU SANTO

694. El agua. El simbolismo del agua es significativo de la acción del

1218

Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu

Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento:

del mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el

agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la

vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero "bautizados [...] en un solo

Espíritu", también "hemos bebido de un solo Espíritu"( 1 Co 12, 13): el

Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo

crucificado (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 8) como de su manantial y que en nosotros

brota en vida eterna (cf. Jn 4, 10-14; 7, 38; Ex 17, 1-6; Is 55, 1; Za 14, 8; 1

2652

Co 10, 4; Ap 21, 6; 22, 17).

695. La unción. El simbolismo de la unción con el óleo es también

1293

significativo del Espíritu Santo, hasta el punto de que se ha convertido en

sinónimo suyo (cf. 1 Jn 2, 20. 27; 2 Co 1, 21). En la iniciación cristiana es el

signo sacramental de la Confirmación, llamada justamente en las Iglesias de

Oriente "Crismación". Pero para captar toda la fuerza que tiene, es necesario

volver a la Unción primera realizada por el Espíritu Santo: la de Jesús. Cristo

["Mesías" en hebreo] significa "Ungido" del Espíritu de Dios. En la Antigua

436

Alianza hubo "ungidos" del Señor (cf. Ex 30, 22-32), de forma eminente el

rey David (cf. 1 S 16, 13). Pero Jesús es el Ungido de Dios de una manera

única: la humanidad que el Hijo asume está totalmente "ungida por el

Espíritu Santo". Jesús es constituido "Cristo" por el Espíritu Santo (cf. Lc 4,

18-19; Is 61, 1). La Virgen María concibe a Cristo del Espíritu Santo, quien

por medio del ángel lo anuncia como Cristo en su nacimiento (cf. Lc 2,11) e

impulsa a Simeón a ir al Templo a ver al Cristo del Señor (cf. Lc 2, 26-27);

es de quien Cristo está lleno (cf. Lc 4, 1) y cuyo poder emana de Cristo en

sus curaciones y en sus acciones salvíficas (cf. Lc 6, 19; 8, 46). Es él en fin

1504

quien resucita a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 1, 4; 8, 11). Por tanto,

constituido plenamente "Cristo" en su humanidad victoriosa de la muerte

(cf. Hch 2, 36), Jesús distribuye profusamente el Espíritu Santo hasta que

"los santos" constituyan, en su unión con la humanidad del Hijo de Dios,

"ese Hombre perfecto [...] que realiza la plenitud de Cristo" ( Ef 4, 13): "el

Cristo total" según la expresión de San Agustín ( Sermo 341, 1, 1: PL 39,

1493; Ibíd., 9, 11: PL 39, 1499)

696. El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la

1127

fecundidad de la vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía

transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que "surgió

[...] como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha" ( Si 48, 1), con su

2582

oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo (cf. 1

R 18, 38-39), figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca.

718

Juan Bautista, "que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías"

( Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que "bautizará en el Espíritu Santo y el

fuego" ( Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá: "He venido a traer fuego sobre

la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!" ( Lc 12, 49). En

forma de lenguas "como de fuego" se posó el Espíritu Santo sobre los

discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él ( Hch 2, 3-4). La

tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los

más expresivos de la acción del Espíritu Santo (cf. San Juan de la

Cruz, Llama de amor viva). "No extingáis el Espíritu"( 1 Ts 5, 19).

697. La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las

manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo

Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo

y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con

Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión

(cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1

Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-12).

Pues bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. Él es

484

quien desciende sobre la Virgen María y la cubre "con su sombra" para que

ella conciba y dé a luz a Jesús ( Lc 1, 35). En la montaña de la

554

Transfiguración es Él quien "vino en una nube y cubrió con su sombra" a

Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan, y «se oyó una voz desde

la nube que decía: "Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle"» ( Lc 9, 34-35).

Es, finalmente, la misma nube la que "ocultó a Jesús a los ojos" de los

659

discípulos el día de la Ascensión ( Hch 1, 9), y la que lo revelará como Hijo

del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27).

1295-1296

698. El sello es un símbolo cercano al de la unción. En efecto, es Cristo a

quien "Dios ha marcado con su sello" ( Jn 6, 27) y el Padre nos marca

también en él con su sello ( 2 Co 1, 22; Ef 1, 13; 4, 30). Como la imagen del

sello [ sphragis] indica el carácter indeleble de la Unción del Espíritu Santo

en los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y del Orden, esta

1121

imagen se ha utilizado en ciertas tradiciones teológicas para expresar el

"carácter" imborrable impreso por estos tres sacramentos, los cuales no

pueden ser reiterados.

699. La mano. Imponiendo las manos Jesús cura a los enfermos (cf. Mc 6,

292

5; 8, 23) y bendice a los niños (cf. Mc 10, 16). En su Nombre, los Apóstoles

harán lo mismo (cf. Mc 16, 18; Hch 5, 12; 14, 3). Más aún, mediante la

imposición de manos de los Apóstoles el Espíritu Santo nos es dado

1288

(cf. Hch 8, 17-19; 13, 3; 19, 6). En la carta a los Hebreos, la imposición de

las manos figura en el número de los "artículos fundamentales" de su

enseñanza (cf. Hb 6, 2). Este signo de la efusión todopoderosa del Espíritu 1300, 1573

Santo, la Iglesia lo ha conservado en sus epíclesis sacramentales.

1668

700. El dedo. "Por el dedo de Dios expulso yo [Jesús] los demonios"

( Lc 11, 20). Si la Ley de Dios ha sido escrita en tablas de piedra "por el dedo

2056

de Dios" ( Ex 31, 18), la "carta de Cristo" entregada a los Apóstoles "está

escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra,

sino en las tablas de carne del corazón" ( 2 Co 3, 3). El himno Veni Creator

invoca al Espíritu Santo como dextrae Dei Tu digitus ("dedo de la diestra del

Padre").

701. La paloma. Al final del diluvio (cuyo simbolismo se refiere al

1219

Bautismo), la paloma soltada por Noé vuelve con una rama tierna de olivo en

el pico, signo de que la tierra es habitable de nuevo (cf. Gn 8, 8-12). Cuando

Cristo sale del agua de su bautismo, el Espíritu Santo, en forma de paloma,

535

baja y se posa sobre él (cf. Mt 3, 16 paralelos). El Espíritu desciende y

reposa en el corazón purificado de los bautizados. En algunos templos, la

Santa Reserva eucarística se conserva en un receptáculo metálico en forma

de paloma (el columbarium), suspendido por encima del altar. El símbolo de

la paloma para sugerir al Espíritu Santo es tradicional en la iconografía

cristiana.

III. El Espíritu y la Palabra de Dios en el tiempo de las promesas

702. Desde el comienzo y hasta "la plenitud de los tiempos" ( Ga 4,

4), la Misión conjunta del Verbo y del Espíritu del Padre permanece

oculta pero activa. El Espíritu de Dios preparaba entonces el tiempo

122

del Mesías, y ambos, sin estar todavía plenamente revelados, ya han

sido prometidos a fin de ser esperados y aceptados cuando se

manifiesten. Por eso, cuando la Iglesia lee el Antiguo Testamento

107

(cf. 2 Co 3, 14), investiga en él (cf. Jn 5, 39-46) lo que el Espíritu,

"que habló por los profetas" ( Símbolo Niceno-Constantinopolitano:DS

150), quiere decirnos acerca de Cristo.

243

Por "profetas", la fe de la Iglesia entiende aquí a todos los que fueron

inspirados por el Espíritu Santo en el vivo anuncio y en la redacción de los

Libros Santos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. La tradición

judía distingue la Ley [los cinco primeros libros o Pentateuco], los Profetas

[que nosotros llamamos los libros históricos y proféticos] y los Escritos

[sobre todo sapienciales, en particular los Salmos] (cf. Lc 24, 44).

EN LA CREACIÓN

292

703. La Palabra de Dios y su Soplo están en el origen del ser y de la

vida de toda creatura (cf. Sal 33, 6; 104, 30; Gn 1, 2; 2, 7; Qo 3, 20-

21; Ez 37, 10):

«Es justo que el Espíritu Santo reine, santifique y anime la creación

porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo [...] A Él se le da el

poder sobre la vida, porque siendo Dios guarda la creación en el Padre

291

por el Hijo» ( Oficio Bizantino de las Horas. Maitines del Domingo

según el modo segundo. Antífonas 1 y 2).

704. "En cuanto al hombre, Dios lo formó con sus propias manos [es

decir, el Hijo y el Espíritu Santo] Y Él dibujó trazó sobre la carne

356

moldeada su propia forma, de modo que incluso lo que fuese visible

llevase la forma divina» (San Ireneo de Lyon, Demonstratio

praedicationis apostolicae, 11: SC 62, 48-49).

EL ESPÍRITU DE LA PROMESA

410

705. Desfigurado por el pecado y por la muerte, el hombre continua

siendo "a imagen de Dios", a imagen del Hijo, pero "privado de la

Gloria de Dios" ( Rm 3, 23), privado de la "semejanza". La Promesa

hecha a Abraham inaugura la Economía de la Salvación, al final de la

cual el Hijo mismo asumirá "la imagen" (cf. Jn 1, 14; Flp 2, 7) y la

2809

restaurará en "la semejanza" con el Padre volviéndole a dar la Gloria,

el Espíritu "que da la Vida".

706. Contra toda esperanza humana, Dios promete a Abraham una

60

descendencia, como fruto de la fe y del poder del Espíritu Santo

(cf. Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38. 54-55; Jn 1, 12-13; Rm 4, 16-21). En ella

serán bendecidas todas las naciones de la tierra (cf. Gn 12, 3). Esta

descendencia será Cristo (cf. Ga 3, 16) en quien la efusión del Espíritu

Santo formará "la unidad de los hijos de Dios dispersos" (cf. Jn 11,

52). Comprometiéndose con juramento (cf. Lc 1, 73), Dios se obliga

ya al don de su Hijo Amado (cf. Gn 22, 17-19; Rm 8, 32; Jn 3, 16) y al

don del "Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda... para redención

del Pueblo de su posesión" ( Ef 1, 13-14; cf. Ga 3, 14).

EN LAS TEOFANÍAS Y EN LA LEY

707. Las Teofanías [manifestaciones de Dios] iluminan el camino de

la Promesa, desde los Patriarcas a Moisés y desde Josué hasta las

visiones que inauguran la misión de los grandes profetas. La tradición

cristiana siempre ha reconocido que, en estas Teofanías, el Verbo de

Dios se dejaba ver y oír, a la vez revelado y "cubierto" por la nube del

Espíritu Santo.

708. Esta pedagogía de Dios aparece especialmente en el don de la 1961-1964

Ley (cf. Ex 19-20; Dt 1-11; 29-30), que fue dada como un "pedagogo"

122

para conducir al Pueblo hacia Cristo ( Ga 3, 24). Pero su impotencia

para salvar al hombre privado de la "semejanza" divina y el

conocimiento creciente que ella da del pecado (cf. Rm 3, 20) suscitan

el deseo del Espíritu Santo. Los gemidos de los Salmos lo atestiguan.

2585

EN EL REINO Y EN EL EXILIO

709. La Ley, signo de la Promesa y de la Alianza, habría debido regir

el corazón y las instituciones del pueblo salido de la fe de Abraham.

"Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza [...], seréis para mí

un reino de sacerdotes y una nación santa" ( Ex 19,5-6; cf. 1 P 2, 9).

2579

Pero, después de David, Israel sucumbe a la tentación de convertirse

en un reino como las demás naciones. Pues bien, el Reino objeto de la

promesa hecha a David (cf. 2 S 7; Sal 89; Lc 1, 32-33) será obra del

544

Espíritu Santo; pertenecerá a los pobres según el Espíritu.

710. El olvido de la Ley y la infidelidad a la Alianza llevan a la

muerte: el Exilio, aparente fracaso de las Promesas, es en realidad

fidelidad misteriosa del Dios Salvador y comienzo de una restauración

prometida, pero según el Espíritu. Era necesario que el Pueblo de Dios

sufriese esta purificación (cf. Lc 24, 26); el Exilio lleva ya la sombra

de la Cruz en el Designio de Dios, y el Resto de pobres que vuelven

del Exilio es una de la figuras más transparentes de la Iglesia.

LA ESPERA DEL MESÍAS Y DE SU ESPÍRITU

711. "He aquí que yo lo renuevo"( Is 43, 19): dos líneas proféticas se

64, 522

van a perfilar, una se refiere a la espera del Mesías, la otra al anuncio

de un Espíritu nuevo, y las dos convergen en el pequeño Resto, el

pueblo de los Pobres (cf. So 2, 3), que aguardan en la esperanza la

"consolación de Israel" y "la redención de Jerusalén" (cf. Lc 2, 25. 38).

Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las profecías que a Él se refieren.

A continuación se describen aquéllas en que aparece sobre todo la

relación del Mesías y de su Espíritu.

439

712. Los rasgos del rostro del Mesías esperado comienzan a aparecer

en el Libro del Emmanuel (cf. Is 6, 12) (cuando "Isaías vio [...] la

gloria" de Cristo Jn 12, 41), especialmente en Is 11, 1-2:

«Saldrá un vástago del tronco de Jesé,

y un retoño de sus raíces brotará.

Reposará sobre él el Espíritu del Señor:

espíritu de sabiduría e inteligencia,

espíritu de consejo y de fortaleza,

espíritu de ciencia y temor del Señor».

713. Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del

Siervo (cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21; Jn 1, 32-34; y también Is 49,

601

1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y por último Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12).

Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así

cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde

fuera, sino desposándose con nuestra "condición de esclavos" ( Flp 2,

7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio

Espíritu de vida.

714. Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo

suyo este pasaje de Isaías ( Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2):

«El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha ungido.

Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,

a proclamar la liberación a los cautivos

y la vista a los ciegos,

para dar la libertad a los oprimidos

y proclamar un año de gracia del Señor».

715. Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del

Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su

Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del "amor y de la

214

fidelidad" (cf. Ez 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31, 31-34; y Jl 3,1-5),

cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de Pentecostés

(cf. Hch 2, 17-21). Según estas promesas, en los "últimos tiempos", el

Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en

ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y

1965

divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con

los hombres en la paz.

716. El Pueblo de los "pobres" (cf. So 2, 3; Sal 22, 27; 34, 3; Is 49, 13; 61, 1; etc.), los humildes y los mansos, totalmente entregados a los

designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de los

hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran obra de la

Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas

368

para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de corazón del

Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los

Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor "un pueblo

bien dispuesto" (cf. Lc 1, 17).

IV. El Espíritu de Cristo en la plenitud de los tiempos

J

UAN, PRECURSOR, PROFETA Y BAUTISTA

523

717. "Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. ( Jn 1,

6). Juan fue "lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre"

( Lc 1, 15. 41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa

de concebir del Espíritu Santo. La "Visitación" de María a Isabel se

convirtió así en "visita de Dios a su pueblo" ( Lc 1, 68).

696

718. Juan es "Elías que debe venir" ( Mt 17, 10-13): El fuego del

Espíritu lo habita y le hace correr delante [como "precursor"] del

Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la

obra de "preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" ( Lc 1, 17).

719. Juan es "más que un profeta" ( Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo

consuma el "hablar por los profetas". Juan termina el ciclo de los

2684

profetas inaugurado por Elías (cf. Mt 11, 13-14). Anuncia la

inminencia de la consolación de Israel, es la "voz" del Consolador que

llega ( Jn 1, 23; cf. Is 40, 1-3). Como lo hará el Espíritu de Verdad,

"vino como testigo para dar testimonio de la luz" ( Jn 1, 7; cf. Jn 15,

26; 5, 33). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las "indagaciones

de los profetas" y la ansiedad de los ángeles ( 1 P 1, 10-12): "Aquél

536

sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que

bautiza con el Espíritu Santo. Y yo lo he visto y doy testimonio de que

éste es el Hijo de Dios [...] He ahí el Cordero de Dios" ( Jn 1, 33-36).

720. En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura,

prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al

hombre la "semejanza" divina. El bautismo de Juan era para el

arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento

535

(cf. Jn 3, 5).

―ALÉGRATE, LLENA DE GRACIA‖

721. María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra

maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los

tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su

Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su

484

Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más

bellos textos sobre la Sabiduría, la Tradición de la Iglesia los ha

entendido frecuentemente con relación a María (cf. Pr 8, 1-9,

6; Si 24): María es cantada y representada en la Liturgia como el

"Trono de la Sabiduría".

En ella comienzan a manifestarse las "maravillas de Dios", que el

Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:

722. El Espíritu Santo preparó a María con su gracia. Convenía que

489

fuese "llena de gracia" la Madre de Aquel en quien "reside toda la

plenitud de la divinidad corporalmente" ( Col 2, 9). Ella fue concebida

sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las

criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente.

Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la "Hija de Sión":

"Alégrate" (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo

2676

eterno, hace subir hasta el cielo con su cántico al Padre, en el Espíritu

Santo, la acción de gracias de todo el pueblo de Dios y, por tanto, de la

Iglesia (cf. Lc 1, 46-55).

723. En María el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del

Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios por obra del

485

506

Espíritu Santo. Su virginidad se convierte en fecundidad única por

medio del poder del Espíritu y de la fe (cf. Lc 1, 26-38; Rm 4, 18-21;

Ga 4, 26-28).

724. En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho

208

Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía definitiva:

2619

llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad de su carne

dándolo a conocer a los pobres (cf. Lc 2, 15-19) y a las primicias de

las naciones (cf. Mt 2, 11).

963

725. En fin, por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner

en comunión con Cristo a los hombres "objeto del amor benevolente

de Dios" (cf. Lc 2, 14), y los humildes son siempre los primeros en

recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná

y los primeros discípulos.

726. Al término de esta misión del Espíritu, María se convierte en la

494, 2618

"Mujer", nueva Eva "madre de los vivientes", Madre del "Cristo total"

(cf. Jn 19, 25-27). Así es como ella está presente con los Doce, que

"perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" ( Hch 1, 14), en el

amanecer de los "últimos tiempos" que el Espíritu va a inaugurar en la

mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.

CRISTO JESÚS

438

727. Toda la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de

695

los tiempos se resume en que el Hijo es el Ungido del Padre desde su

536

Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías.

Todo el segundo capítulo del Símbolo de la fe hay que leerlo a la

luz de esto. Toda la obra de Cristo es misión conjunta del Hijo y del

Espíritu Santo. Aquí se mencionará solamente lo que se refiere a la

promesa del Espíritu Santo hecha por Jesús y su don realizado por el

Señor glorificado.

728. Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que él mismo

no ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin embargo,

lo sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la muchedumbre,

cuando revela que su Carne será alimento para la vida del mundo

(cf. Jn 6, 27. 51.62-63). Lo sugiere también a Nicodemo (cf. Jn 3, 5-

8), a la Samaritana (cf. Jn 4, 10. 14. 23-24) y a los que participan en la

fiesta de los Tabernáculos (cf. Jn 7, 37-39). A sus discípulos les habla

de él abiertamente a propósito de la oración (cf. Lc 11, 13) y del

2615

testimonio que tendrán que dar (cf. Mt 10, 19-20).

729. Solamente cuando ha llegado la hora en que va a ser glorificado

Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su

Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres

(cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17, 26): El Espíritu de Verdad,

el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de

Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará

de junto al Padre porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo

vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre,

permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo

lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de Él; nos conducirá a la

verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo, lo acusará

en materia de pecado, de justicia y de juicio.

388, 1433

730. Por fin llega la hora de Jesús (cf. Jn 13, 1; 17, 1): Jesús entrega

su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46; Jn 19, 30) en el

momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte, de modo

que, "resucitado de los muertos por la gloria del Padre" ( Rm 6, 4),

enseguida da a sus discípulos el Espíritu Santo exhalando sobre ellos

su aliento (cf. Jn 20, 22). A partir de esta hora, la misión de Cristo y

del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia: "Como el Padre me

850

envió, también yo os envío" ( Jn 20, 21; cf. Mt 28, 19; Lc 24, 47-

48; Hch 1, 8).

V. El Espíritu y la Iglesia en los últimos tiempos

P

ENTECOSTÉS

2623

731. El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales),

767

la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que

se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud,

1302

Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36), derrama profusamente el Espíritu.

244

732. En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde

ese día el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que

creen en Él: en la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la

comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el

672

Espíritu Santo hace entrar al mundo en los "últimos tiempos", el

tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero todavía no

consumado:

«Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial,

hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible

porque ella nos ha salvado» ( Oficio Bizantino de las Horas. Oficio

Vespertino del día de Pentecostés, Tropario 4)

EL ESPÍRITU SANTO, EL DON DE DIOS

218

733. "Dios es Amor" ( 1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer don,

contiene todos los demás. Este amor "Dios lo ha derramado en

nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" ( Rm 5,

5).

734. Puesto que hemos muerto, o, al menos, hemos sido heridos por

1987

el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de

nuestros pecados. La comunión con el Espíritu Santo ( 2 Co 13, 13) es

la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina

perdida por el pecado.

735. Él nos da entonces las "arras" o las "primicias" de nuestra

herencia (cf. Rm 8, 23; 2 Co 1, 21): la vida misma de la Santísima

Trinidad que es amar "como él nos ha amado" (cf. 1 Jn 4, 11-12). Este

amor (la caridad que se menciona en 1 Co 13) es el principio de la

1822

vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos "recibido una

fuerza, la del Espíritu Santo" ( Hch 1, 8).

736. Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden

dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos

"el fruto del Espíritu, que es caridad, alegría, paz, paciencia,

1832

afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza" ( Ga 5, 22-

23). "El Espíritu es nuestra Vida": cuanto más renunciamos a nosotros

mismos (cf. Mt 16, 24-26), más "obramos también según el Espíritu"

( Ga 5, 25):

«Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraíso, la

posesión del reino de los cielos, la recuperación de la adopción de hijos:

se nos da la confianza de invocar a Dios como Padre, la participación de

la gracia de Cristo, el podernos llamar hijos de la luz, el compartir la

gloria eterna» (San Basilio Magno, Liber de Spiritu Sancto, 15, 36: PG

32, 132).

EL ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA

737. La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia,

Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta

787-798

asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su comunión con el Padre

en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres, los 1093-1109

previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al

Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para

entender su Muerte y su Resurrección. Les hace present e el misterio

de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para

conducirlos a la comunión con Dios, para que den "mucho fruto"

( Jn 15, 5. 8. 16).

850

738. Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del

774-776

Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos

sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para

actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima

Trinidad (esto será el objeto del próximo artículo):

«Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber, el

Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios. Ya que por

mucho que nosotros seamos numerosos separadamente y que Cristo haga

que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, este

Espíritu único e indivisible lleva por sí mismo a la unidad a aquellos que

son distintos entre sí [...] y hace que todos aparezcan como una sola cosa

en él . Y de la misma manera que el poder de la santa humanidad de

Cristo hace que todos aquellos en los que ella se encuentra formen un

solo cuerpo, pienso que también de la misma manera el Espíritu de Dios

que habita en todos, único e indivisible, los lleva a todos a la unidad

espiritual» (San Cirilo de Alejandría, Commentarius in Iohannem, 11, 11:

PG 74, 561).

739. Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo,

1076

Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para

alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas,

vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al

Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los

sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y

Santificador, a los miembros de su Cuerpo (esto será el objeto de la

Segunda parte del Catecismo).

740. Estas "maravillas de Dios", ofrecidas a los creyentes en los

Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en

Cristo, según el Espíritu (esto será el objeto de la Tercera parte del

Catecismo).

741. "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros

no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por

nosotros con gemidos inefables" ( Rm 8, 26). El Espíritu Santo, artífice

de las obras de Dios, es el Maestro de la oración (esto será el objeto de

la Cuarta parte del Catecismo).

Resumen

742. "La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros

corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre" ( Ga 4, 6).

743. Desde el comienzo y hasta de la consumación de los tiempos,

cuando Dios envía a su Hijo, envía siempre a su Espíritu: la misión de

ambos es conjunta e inseparable.

744. En la plenitud de los tiempos, el Espíritu Santo realiza en María

todas las preparaciones para la venida de Cristo al Pueblo de Dios.

Mediante la acción del Espíritu Santo en ella, el Padre da al mundo el

Emmanuel, "Dios con nosotros" ( Mt 1, 23).

745. El Hijo de Dios es consagrado Cristo (Mesías) mediante la

unción del Espíritu Santo en su Encarnación (cf. Sal 2, 6-7).

746. Por su Muerte y su Resurrección, Jesús es constituido Señor y

Cristo en la gloria ( Hch 2, 36). De su plenitud derrama el Espíritu

Santo sobre los Apóstoles y la Iglesia.

747. El Espíritu Santo que Cristo, Cabeza, derrama sobre sus

miembros, construye, anima y santifica a la Iglesia. Ella es el

sacramento de la comunión de la Santísima Trinidad con los hombres.

ARTÍCULO 9

“CREO EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA”

748. "Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo,

reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos

los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la

Iglesia (LG 1), anunciando el Evangelio a todas las criaturas". Con estas palabras comienza la "Constitución dogmática sobre la Iglesia"

del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la

fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren

a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es,

según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a

la luna cuya luz es reflejo del sol.

749. El artículo sobre la Iglesia depende enteramente también del que

le precede, sobre el Espíritu Santo. "En efecto, después de haber

mostrado que el Espíritu Santo es la fuente y el dador de toda santidad,

confesamos ahora que es Él quien ha dotado de santidad a la Iglesia"

( Catecismo Romano, 1, 10, 1). La Iglesia, según la expresión de los

Padres, es el lugar "donde florece el Espíritu" (San Hipólito

Romano, Traditio apostolica, 35).

811

750. Creer que la Iglesia es "Santa" y "Católica", y que es "Una" y

"Apostólica" (como añade el Símbolo Niceno-Constantinopolitano) es

inseparable de la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el

Símbolo de los Apóstoles, hacemos profesión de creer que existe una

169

Iglesia Santa ( Credo [...] Ecclesiam), y no de creer en la Iglesia para

no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la

bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia

(cf. Catecismo Romano, 1, 10, 22).

Párrafo 1

LA IGLESIA EN EL DESIGNIO DE DIOS

I. Los nombres y las imágenes de la Iglesia

751. La palabra "Iglesia" [ ekklèsia, del griego ek-kalein–"llamar

fuera"] significa "convocación". Designa asambleas del pueblo

(cf. Hch 19, 39), en general de carácter religioso. Es el término

frecuentemente utilizado en el texto griego del Antiguo Testamento

para designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios,

sobre todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel

recibió la Ley y fue constituido por Dios como su pueblo santo

(cf. Ex 19). Dándose a sí misma el nombre de "Iglesia", la primera

comunidad de los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella

asamblea. En ella, Dios "convoca" a su Pueblo desde todos los

confines de la tierra. El término Kyriaké, del que se deriva las palabras

Church en inglés, y Kirche en alemán, significa "la que pertenece al

Señor".

752. En el lenguaje cristiano, la palabra "Iglesia" designa no sólo la

asamblea litúrgica (cf. 1 Co 11, 18; 14, 19. 28. 34. 35), sino también la

1140

comunidad local (cf. 1 Co 1, 2; 16, 1) o toda la comunidad universal

832, 830

de los creyentes (cf. 1 Co 15, 9; Ga 1, 13; Flp 3, 6). Estas tres

significaciones son inseparables de hecho. La "Iglesia" es el pueblo

que Dios reúne en el mundo entero. La Iglesia de Dios existe en las

comunidades locales y se realiza como asamblea litúrgica, sobre todo

eucarística. La Iglesia vive de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de

esta manera viene a ser ella misma Cuerpo de Cristo.

LOS SÍMBOLOS DE LA IGLESIA

753. En la Sagrada Escritura encontramos multitud de imágenes y de

figuras relacionadas entre sí, mediante las cuales la Revelación habla

del misterio inagotable de la Iglesia. Las imágenes tomadas del

Antiguo Testamento constituyen variaciones de una idea de fondo, la

781

del "Pueblo de Dios". En el Nuevo Testamento (cf. Ef 1, 22; Col 1,

18), todas estas imágenes adquieren un nuevo centro por el hecho de

789

que Cristo viene a ser "la Cabeza" de este Pueblo (cf. LG 9), el cual es desde entonces su Cuerpo. En torno a este centro se agrupan imágenes

"tomadas de la vida de los pastores, de la agricultura, de la

construcción, incluso de la familia y del matrimonio" (LG 6).

754. "La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es

Cristo ( Jn 10, 1-10). Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios,

como él mismo anunció (cf. Is 40, 11; Ez 34, 11-31). Aunque son pastores

humanos quien es gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el

que sin cesar las guía y alimenta; Él, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores

(cf. Jn 10, 11; 1 P 5, 4), que dio su vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11-15)"

(LG 6).

755. "La Iglesia es labranza o campo de Dios ( 1 Co 3, 9). En este campo

crece el antiguo olivo cuya raíz santa fueron los patriarcas y en el que tuvo y

tendrá lugar la reconciliación de los judíos y de los gentiles ( Rm 11, 13-26).

El labrador del cielo la plantó como viña selecta ( Mt 21, 33-43 par.; cf. Is 5,

1-7). La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a a los sarmientos,

es decir, a nosotros, que permanecemos en él por medio de la Iglesia y que

795

sin él no podemos hacer nada ( Jn 15, 1-5)" (LG 6).

756. "También muchas veces a la Iglesia se la llama construcción de Dios

( 1 Co 3, 9). El Señor mismo se comparó a la piedra que desecharon los

constructores, pero que se convirtió en la piedra angular ( Mt 21, 42 y

857

paralelos; cf. Hch 4, 11; 1 P 2, 7; Sal 118, 22). Los Apóstoles construyen la

Iglesia sobre ese fundamento (cf. 1 Co 3, 11), que le da solidez y cohesión.

Esta construcción recibe diversos nombres: casa de Dios ( 1 Tm 3, 15) en la

que habita su familia, habitación de Dios en el Espíritu ( Ef 2, 19-22), tienda

797

de Dios con los hombres (Ap 21, 3), y sobre todo, templo santo.

Representado en los templos de piedra, los Padres cantan sus alabanzas, y la

1045

liturgia, con razón, lo compara a la ciudad santa, a la nueva Jerusalén. En

ella, en efecto, nosotros como piedras vivas entramos en su construcción en

este mundo (cf. 1 P 2, 5). San Juan ve en el mundo renovado bajar del cielo,

de junto a Dios, esta ciudad santa arreglada como una esposa embellecidas

para su esposo ( Ap 21, 1-2)" (LG 6).

757. «La Iglesia que es llamada también "la Jerusalén de arriba" y "madre

507

nuestra" ( Ga 4, 26; cf. Ap 12, 17), y se la describe como la esposa

inmaculada del Cordero inmaculado ( Ap 19, 7; 21, 2. 9; 22, 17). Cristo "la

796

amó y se entregó por ella para santificarla" ( Ef 5, 25-26); se unió a ella en

1616

alianza indisoluble, "la alimenta y la cuida" ( Ef 5, 29) sin cesar» (LG 6).

II. Origen, fundación y misión de la Iglesia

758. Para penetrar en el Misterio de la Iglesia, conviene

primeramente contemplar su origen dentro del designio de la

257

Santísima Trinidad y su realización progresiva en la historia.

UN DESIGNIO NACIDO EN EL CORAZÓN DEL PADRE

759. "El Padre eterno creó el mundo por una decisión totalmente

293

libre y misteriosa de su sabiduría y bondad. Decidió elevar a los

hombres a la participación de la vida divina" a la cual llama a todos

los hombres en su Hijo: "Dispuso convocar a los creyentes en Cristo

en la santa Iglesia". Esta "familia de Dios" se constituye y se realiza

1655

gradualmente a lo largo de las etapas de la historia humana, según las

disposiciones del Padre: en efecto, la Iglesia ha sido "prefigurada ya

desde el origen del mundo y preparada maravillosamente en la historia

del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza; se constituyó en los

últimos tiempos, se manifestó por la efusión del Espíritu y llegará

gloriosamente a su plenitud al final de los siglos" (LG 2).

LA IGLESIA, PREFIGURADA DESDE EL ORIGEN DEL MUNDO

760. "El mundo fue creado en orden a la Iglesia" decían los cristianos

de los primeros tiempos (Hermas, Pastor 8, 1 [Visio 2, 4,I); cf.

Arístides, Apología 16, 6; San Justino, Apología 2, 7). Dios creó el

mundo en orden a la comunión en su vida divina, comunión que se

294

realiza mediante la "convocación" de los hombres en Cristo, y esta

"convocación" es la Iglesia. La Iglesia es la finalidad de todas las

cosas (cf. San Epifanio, Panarion, 1, 1, 5, Haereses 2, 4), e incluso las

vicisitudes dolorosas como la caída de los ángeles y el pecado del

309

hombre, no fueron permitidas por Dios más que como ocasión y

medio de desplegar toda la fuerza de su brazo, toda la medida del

amor que quería dar al mundo:

«Así como la voluntad de Dios es un acto y se llama mundo, así su

intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia» (Clemente

Alejandrino, Paedagogus 1, 6).

L

A IGLESIA, PREPARADA EN LA ANTIGUA ALIANZA

761. La reunión del pueblo de Dios comienza en el instante en que el

pecado destruye la comunión de los hombres con Dios y la de los

hombres entre sí. La reunión de la Iglesia es por así decirlo la reacción

55

de Dios al caos provocado por el pecado. Esta reunificación se realiza

secretamente en el seno de todos los pueblos: "En cualquier nación el

que le teme [a Dios] y practica la justicia le es grato" ( Hch 10, 35;

cf. LG 9; 13; 16).

122, 522

762. La preparación lejana de la reunión del pueblo de Dios

60

comienza con la vocación de Abraham, a quien Dios promete que

llegará a ser padre de un gran pueblo (cf. Gn 12, 2; 15, 5-6). La

preparación inmediata comienza con la elección de Israel como pueblo

de Dios (cf. Ex 19, 5-6; Dt 7, 6). Por su elección, Israel debe ser el

64

signo de la reunión futura de todas las naciones (cf. Is 2, 2-5; Mi 4, 1-

4). Pero ya los profetas acusan a Israel de haber roto la alianza y

haberse comportado como una prostituta (cf. Os 1; Is 1, 2-4; Jr 2;

etc.). Anuncian, pues, una Alianza nueva y eterna (cf. Jr 31, 31-

34; Is 55, 3). "Jesús instituyó esta nueva alianza" (LG9).

LA IGLESIA, INSTITUIDA POR CRISTO JESÚS

763. Corresponde al Hijo realizar el plan de Salvación de su Padre,

en la plenitud de los tiempos; ese es el motivo de su "misión"

(cf. LG 3; AG 3). "El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios

prometido desde hacía siglos en las Escrituras" (LG 5). Para cumplir

la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la

541

tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo "presente ya en misterio"

(LG 3).

764. "Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las

obras y en la presencia de Cristo" (LG 5). Acoger la palabra de Jesús 543

es acoger "el Reino" ( ibíd.). El germen y el comienzo del Reino son el

"pequeño rebaño" ( Lc 12, 32) de los que Jesús ha venido a convocar

en torno suyo y de los que él mismo es el pastor (cf. Mt 10, 16; 26,

31; Jn 10, 1-21). Constituyen la verdadera familia de Jesús (cf. Mt 12,

49). A los que reunió así en torno suyo, les enseñó no sólo una nueva

"manera de obrar", sino también una oración propia (cf. Mt 5-6).

1691, 2558

765. El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que

permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está la

860

elección de los Doce con Pedro como su Cabeza (cf. Mc 3, 14-15);

551

puesto que representan a las doce tribus de Israel (cf. Mt 19, 28; Lc 22,

30), ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén (cf. Ap 21, 12-14).

Los Doce (cf. Mc 6, 7) y los otros discípulos (cf. Lc 10,1-2) participan

en la misión de Cristo, en su poder, y también en su suerte (cf. Mt 10,

25; Jn 15, 20). Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su

Iglesia.

766. Pero la Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo

813

por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y

610, 1340

realizado en la cruz. "El agua y la sangre que brotan del costado

abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y

crecimiento" (LG 3). "Pues del costado de Cristo dormido en la cruz 617

nació el sacramento admirable de toda la Iglesia" (SC 5). Del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la

Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la cruz (cf.

478

San Ambrosio, Expositio evangelii secundum Lucam, 2, 85-89).

LA IGLESIA, MANIFESTADA POR EL ESPÍRITU SANTO

767. "Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar

731

en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para

que santificara continuamente a la Iglesia" (LG 4). Es entonces cuando

"la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la

difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación"

(AG 4). Como ella es "convocatoria" de salvación para todos los hombres, la Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera enviada por

849

Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (cf. Mt

28, 19-20; AG 2,5-6).

768. Para realizar su misión, el Espíritu Santo "la construye y dirige

con diversos dones jerárquicos y carismáticos" (LG 4). "La Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y guardando fielmente sus

mandamientos del amor, la humildad y la renuncia, recibe la misión de

anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de

541

Dios. Ella constituye el germen y el comienzo de este Reino en la

tierra" (LG 5).

L

A IGLESIA, CONSUMADA EN LA GLORIA

769. La Iglesia "sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo"

671, 2818

(LG 48), cuando Cristo vuelva glorioso. Hasta ese día, "la Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y

de los consuelos de Dios" (San Agustín, De civitate Dei 18, 51;

cf. LG 8). Aquí abajo, ella se sabe en exilio, lejos del Señor (cf. 2Co 5, 6; LG 6), y aspira al advenimiento pleno del Reino, "y espera y desea con todas sus fuerzas reunirse con su Rey en la gloria" (LG 5). La consumación de la Iglesia en la gloria, y a través de ella la del mundo,

675

no sucederá sin grandes pruebas. Solamente entonces, "todos los

justos descendientes de Adán, ‗

desde Abel el justo hasta el último de

1045

los elegidos‘ se reunirán con el Padre en la Iglesia universal" (LG 2).

III. El misterio de la Iglesia

770. La Iglesia está en la historia, pero al mismo tiempo la

transciende. Solamente "con los ojos de la fe" ( Catecismo Romano,

812

1,10, 20) se puede ver al mismo tiempo en esta realidad visible una

realidad espiritual, portadora de vida divina.

LA IGLESIA, A LA VEZ VISIBLE Y ESPIRITUAL

771. "Cristo, el único Mediador, estableció en este mundo su Iglesia

santa, comunidad de fe, esperanza y amor, como un organismo visible.

827

La mantiene aún sin cesar para comunicar por medio de ella a todos la

verdad y la gracia". La Iglesia es a la vez:

– «sociedad [...] dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo

1880

Místico de Cristo;

– el grupo visible y la comunidad espiritual;

– la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del cielo».

954

Estas dimensiones juntas constituyen "una realidad compleja, en

la que están unidos el elemento divino y el humano" (LG 8): Es propio de la Iglesia «ser a la vez humana y divina, visible y dotada

de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la

contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina. De

modo que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino,

lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la

ciudad futura que buscamos» (SC 2).

«¡Qué humildad y qué sublimidad! Es la tienda de Cadar y el santuario

de Dios; una tienda terrena y un palacio celestial; una casa

modestísima y una aula regia; un cuerpo mortal y un templo luminoso;

la despreciada por los soberbios y la esposa de Cristo. Tiene la tez

morena pero es hermosa, hijas de Jerusalén. El trabajo y el dolor del

prolongado exilio la han deslucido, pero también la hermosa su forma

celestial» (San Bernardo de Claraval, In Canticum sermo 27, 7, 14).

LA IGLESIA, MISTERIO DE LA UNIÓN DE LOS HOMBRES CON DIOS

772. En la Iglesia es donde Cristo realiza y revela su propio misterio

518

como la finalidad de designio de Dios: "recapitular todo en Cristo"

( Ef 1, 10). San Pablo llama "gran misterio" ( Ef 5, 32) al desposorio de

Cristo y de la Iglesia. Porque la Iglesia se une a Cristo como a su

796

esposo (cf. Ef 5, 25-27), por eso se convierte a su vez en misterio

(cf. Ef 3, 9-11). Contemplando en ella el misterio, san Pablo escribe:

el misterio "es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria" ( Col 1,

27).

773. En la Iglesia esta comunión de los hombres con Dios por "la

caridad que no pasará jamás"( 1 Co 13, 8) es la finalidad que ordena

671

todo lo que en ella es medio sacramental ligado a este mundo que pasa

(cf. LG 48). «Su estructura está totalmente ordenada a la santidad de los miembros de Cristo. Y la santidad se aprecia en función del "gran

misterio" en el que la Esposa responde con el don del amor al don del

972

Esposo» (MD 27). María nos precede a todos en la santidad que es el misterio de la Iglesia como la "Esposa sin mancha ni arruga" ( Ef 5,

27). Por eso la dimensión mariana de la Iglesia precede a su dimensión

petrina" ( ibíd.).

LA IGLESIA, SACRAMENTO UNIVERSAL DE LA SALVACIÓN

774. La palabra griega mysterion ha sido traducida en latín por dos

1075

términos: mysterium y sacramentum. En la interpretación posterior, el

término sacramentum expresa mejor el signo visible de la realidad oculta de

la salvación, indicada por el término mysterium. En este sentido, Cristo es Él

mismo el Misterio de la salvación: Non est enim aliud Dei mysterium, nisi

Christus ("No hay otro misterio de Dios fuera de Cristo"; san Agustín,

515

Epistula 187, 11, 34). La obra salvífica de su humanidad santa y santificante

es el sacramento de la salvación que se manifiesta y actúa en los sacramentos

2014

de la Iglesia (que las Iglesias de Oriente llaman también ―los santos

Misterios‖). Los siete sacramentos son los signos y los instrumentos

1116

mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia de Cristo, que es la

Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo. La Iglesia contiene, por tanto, y

comunica la gracia invisible que ella significa. En este sentido analógico ella

es llamada ―sacramento‖.

775. ―La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e

instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el

género humano ―(LG 1): Ser el sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios es el primer fin de la Iglesia. Como la comunión de

los hombres radica en la unión con Dios, la Iglesia es también el

sacramento de la unidad del género humano. Esta unidad ya está

360

comenzada en ella porque reúne hombres ―de toda nación, raza,

pueblo y lengua‖ ( Ap 7, 9); al mismo tiempo, la Iglesia es ―signo e

instrumento‖ de la plena realización de esta unidad que aún está por

venir.

776. Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. Ella es

1088

asumida por Cristo ―como instrumento de redención universal‖

(LG 9), ―sacramento universal de salvación‖ (LG 48), por medio del cual Cristo ―manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor

de Dios al hombre‖ (GS 45, 1). Ella ―es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad‖ (Pablo VI, Discurso a los Padres del

Sacro Colegio Cardenalicio, 22 junio 1973) que quiere ―que todo el

género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único

Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu

Santo‖ (AG 7; cf. LG 17).

Resumen

777. La palabra “Iglesia” significa “convocación”. Designa la

asamblea de aquellos a quienes convoca la palabra de Dios para

formar el Pueblo de Dios y que, alimentados con el Cuerpo de Cristo,

se convierten ellos mismos en Cuerpo de Cristo.

778. La Iglesia es a la vez camino y término del designio de Dios:

prefigurada en la creación, preparada en la Antigua Alianza, fundada

por las palabras y las obras de Jesucristo, realizada por su Cruz

redentora y su Resurrección, se manifiesta como misterio de salvación

por la efusión del Espíritu Santo. Quedará consumada en la gloria del

cielo como asamblea de todos los redimidos de la tierra (cf. Ap 14,4).

779. La Iglesia es a la vez visible y espiritual, sociedad jerárquica y

Cuerpo Místico de Cristo. Es una, formada por un doble elemento

humano y divino. Ahí está su Misterio que sólo la fe puede aceptar.

780. La Iglesia es, en este mundo, el sacramento de la salvación, el

signo y el instrumento de la comunión con Dios y entre los hombres.

Párrafo 2

LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS, CUERPO DE CRISTO,

TEMPLO DEL ESPÍRITU SANTO

I. La Iglesia, Pueblo de Dios

781. "En todo tiempo y lugar ha sido grato a Dios el que le teme y

practica la justicia. Sin embargo, quiso santificar y salvar a los

hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino

hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera

con una vida santa. Eligió, pues, a Israel para pueblo suyo, hizo una

alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su

persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando. Todo

esto, sin embargo, sucedió como preparación y figura de su alianza

nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo [...], es decir, el Nuevo

Testamento en su sangre, convocando a las gentes de entre los judíos y

los gentiles para que se unieran, no según la carne, sino en el Espíritu"

(LG 9).

LAS CARACTERÍSTICAS DEL PUEBLO DE DIOS

871

782. El Pueblo de Dios tiene características que le distinguen

claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o

culturales de la historia:

– Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún

2787

pueblo. Pero Él ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que

antes no eran un pueblo: "una raza elegida, un sacerdocio real,

una nación santa" ( 1 P 2, 9).

– Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento

1267

físico, sino por el "nacimiento de arriba", "del agua y del

Espíritu" ( Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.

–

Este pueblo tiene por Cabeza a Jesús el Cristo [Ungido, Mesías]

695

porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la Cabeza

al Cuerpo, es "el Pueblo mesiánico".

–

"La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los

1741

hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como

en un templo" (LG 9).

– "Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo

1972

mismo nos amó (cf. Jn 13, 34)". Esta es la ley "nueva" del

Espíritu Santo ( Rm 8,2; Ga 5, 25).

– Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf. Mt 5,

849

13-16). "Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de

salvación para todo el género humano" (LG 9).

–

"Su destino es el Reino de Dios, que él mismo comenzó en este

769

mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve

también a su perfección" (LG 9).

U

N PUEBLO SACERDOTAL, PROFÉTICO Y REAL

783. Jesucristo es Aquél a quien el Padre ha ungido con el Espíritu

Santo y lo ha constituido "Sacerdote, Profeta y Rey". Todo el Pueblo

436

de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las

873

responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas (cf.

RH 18-21).

784. Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo se

participa en la vocación única de este Pueblo: en su vocación

1268

sacerdotal: «Cristo el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres,

ha hecho del nuevo pueblo "un reino de sacerdotes para Dios, su

Padre". Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la

1546

unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y

sacerdocio santo» (LG 10).

785. "El pueblo santo de Dios participa también del carácter

profético de Cristo". Lo es sobre todo por el sentido sobrenatural de la

92

fe que es el de todo el pueblo, laicos y jerarquía, cuando "se adhiere

indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para

siempre" (LG 12) y profundiza en su comprensión y se hace testigo de Cristo en medio de este mundo.

786. El Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de

Cristo. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por

su muerte y su resurrección (cf. Jn 12, 32). Cristo, Rey y Señor del

universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo "venido a ser

servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos" ( Mt 20, 28).

2449

Para el cristiano, "servir a Cristo es reinar" (LG 36), particularmente

"en los pobres y en los que sufren" donde descubre "la imagen de su

2443

Fundador pobre y sufriente" (LG 8). El pueblo de Dios realiza su

"dignidad regia" viviendo conforme a esta vocación de servir con

Cristo.

«La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la

unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este

especial servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y

perfectos debe saber que son partícipes del linaje regio y del oficio

sacerdotal. ¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige

su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una

conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar

del corazón?» (San León Magno, Sermo 4, 1).

II. La Iglesia, Cuerpo de Cristo

LA IGLESIA ES COMUNIÓN CON JESÚS

787. Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida

(cf. Mc 1,16-20; 3, 13-19); les reveló el Misterio del Reino (cf. Mt 13,

10-17); les dio parte en su misión, en su alegría (cf. Lc 10, 17-20) y en

sus sufrimientos (cf. Lc 22, 28-30). Jesús habla de una comunión

todavía más íntima entre Él y los que le sigan: "Permaneced en mí,

como yo en vosotros [...] Yo soy la vid y vosotros los sarmientos"

755

( Jn 15, 4-5). Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio

cuerpo y el nuestro: "Quien come mi carne y bebe mi sangre

permanece en mí y yo en él" ( Jn 6, 56).

788. Cuando fueron privados los discípulos de su presencia visible,

Jesús no los dejó huérfanos (cf. Jn 14, 18). Les prometió quedarse con

ellos hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 28, 20), les envió su Espíritu

(cf. Jn 20, 22; Hch 2, 33). Por eso, la comunión con Jesús se hizo en

cierto modo más intensa: "Por la comunicación de su Espíritu a sus

690

hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye

místicamente en su cuerpo" (LG 7).

789. La comparación de la Iglesia con el cuerpo arroja un rayo de luz

sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. No está solamente

reunida en torno a Él: siempre está unificada en Él, en su Cuerpo. Tres

521

aspectos de la Iglesia "cuerpo de Cristo" se han de resaltar más

específicamente: la unidad de todos los miembros entre sí por su unión

con Cristo; Cristo Cabeza del cuerpo; la Iglesia, Esposa de Cristo.

―UN SOLO CUERPO‖

790. Los creyentes que responden a la Palabra de Dios y se hacen

miembros del Cuerpo de Cristo, quedan estrechamente unidos a

947

Cristo: "La vida de Cristo se comunica a a los creyentes, que se unen a

Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una

manera misteriosa pero real" (LG 7). Esto es particularmente verdad 1227

en el caso del Bautismo por el cual nos unimos a la muerte y a la

Resurrección de Cristo (cf. Rm 6, 4-5; 1 Co 12, 13), y en el caso de la

1329

Eucaristía, por la cual, "compartimos realmente el Cuerpo del Señor,

que nos eleva hasta la comunión con él y entre nosotros" (LG 7).

791. La unidad del cuerpo no ha abolido la diversidad de los

miembros: "En la construcción del Cuerpo de Cristo existe una

814

diversidad de miembros y de funciones. Es el mismo Espíritu el que,

1937

según su riqueza y las necesidades de los ministerios, distribuye sus

diversos dones para el bien de la Iglesia". La unidad del Cuerpo

místico produce y estimula entre los fieles la caridad: "Si un miembro

sufre, todos los miembros sufren con él; si un miembro es honrado,

todos los miembros se alegran con él" (LG 7). En fin, la unidad del Cuerpo místico sale victoriosa de todas las divisiones humanas: "En

efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya

no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que

todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" ( Ga 3, 27-28).

C

RISTO, CABEZA DE ESTE CUERPO

669

792. Cristo "es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia" ( Col 1, 18).

Es el Principio de la creación y de la redención. Elevado a la gloria del

Padre, "él es el primero en todo" ( Col 1, 18), principalmente en la

1119

Iglesia por cuyo medio extiende su reino sobre todas las cosas.

661

793. Él nos une a su Pascua: Todos los miembros tienen que

esforzarse en asemejarse a él "hasta que Cristo esté formado en ellos"

519

( Ga 4, 19). "Por eso somos integrados en los misterios de su vida [...],

nos unimos a sus sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos

con él para ser glorificados con él" (LG 7).

872

794. Él provee a nuestro crecimiento (cf. Col 2, 19): Para hacernos

crecer hacia él, nuestra Cabeza (cf. Ef 4, 11-16), Cristo distribuye en

su Cuerpo, la Iglesia, los dones y los servicios mediante los cuales nos

ayudamos mutuamente en el camino de la salvación.

795. Cristo y la Iglesia son, por tanto, el "Cristo total" [ Christus

695

totus]. La Iglesia es una con Cristo. Los santos tienen conciencia muy

viva de esta unidad:

«Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no

solamente cristianos sino el propio Cristo. ¿Comprendéis, hermanos, la

gracia que Dios nos ha hecho al darnos a Cristo como Cabeza? Admiraos

y regocijaos, hemos sido hechos Cristo. En efecto, ya que Él es la Cabeza

y nosotros somos los miembros, el hombre todo entero es Él y nosotros

[...] La plenitud de Cristo es, pues, la Cabeza y los miembros: ¿Qué

quiere decir la Cabeza y los miembros? Cristo y la Iglesia» (San

Agustín, In Iohannis evangelium tractatus, 21, 8).

Redemptor noster unam se personam cum sancta Ecclesia, quam

assumpsit, exhibuit ("Nuestro Redentor muestra que forma una sola

persona con la Iglesia que Él asumió") (San Gregorio Magno, Moralia in

Job, Praefatio 6, 14).

Caput et membra, quasi una persona mystica ("La Cabeza y los

1474

miembros, como si fueran una sola persona mística") (Santo Tomás de

Aquino, S.th. 3, q. 48, a. 2, ad 1).

Una palabra de Santa Juana de Arco a sus jueces resume la fe de los

santos doctores y expresa el buen sentido del creyente: "De Jesucristo y

de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una

dificultad de ello" (Juana de Arco, Dictum: Procès de condamnation).

LA IGLESIA ES LA ESPOSA DE CRISTO

796. La unidad de Cristo y de la Iglesia, Cabeza y miembros del

cuerpo, implica también la distinción de ambos en una relación

personal. Este aspecto es expresado con frecuencia mediante la

757

imagen del esposo y de la esposa. El tema de Cristo Esposo de la

Iglesia fue preparado por los profetas y anunciado por Juan Bautista

219

(cf. Jn 3, 29). El Señor se designó a sí mismo como "el Esposo"

( Mc 2, 19; cf. Mt 22, 1-14; 25, 1-13). El apóstol presenta a la Iglesia y

a cada fiel, miembro de su Cuerpo, como una Esposa "desposada" con

772

Cristo Señor para "no ser con él más que un solo Espíritu" (cf. 1

1602

Co 6,15-17; 2 Co 11,2). Ella es la Esposa inmaculada del Cordero

inmaculado (cf. Ap 22,17; Ef 1,4; 5,27), a la que Cristo "amó y por la

1616

que se entregó a fin de santificarla" ( Ef 5,26), la que él se asoció

mediante una Alianza eterna y de la que no cesa de cuidar como de su

propio Cuerpo (cf. Ef 5,29):

«He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos [...]

Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla.

Habla en el papel de cabeza [ ex persona capitis] o en el de cuerpo [ ex

persona corporis]. Según lo que está escrito: "Y los dos se harán una sola

carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia." ( Ef

5,31-32) Y el Señor mismo en el evangelio dice: "De manera que ya no

son dos sino una sola carne" ( Mt 19,6). Como lo habéis visto bien, hay en

efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más que una en

el abrazo conyugal... Como cabeza él se llama "esposo" y como cuerpo

"esposa" » (San Agustín, Enarratio in Psalmum 74, 4: PL 36, 948-949).

III. La Iglesia, Templo del Espíritu Santo

813

797. Quod est spiritus noster, id est anima nostra, ad membra nostra,

hoc est Spiritus Sanctus ad membra Christi, ad corpus Christi, quod

est Ecclesia ("Lo que nuestro espíritu, es decir, nuestra alma, es para

nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu Santo para los miembros

de Cristo, para el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia"; san

Agustín, Sermo 268, 2). "A este Espíritu de Cristo, como a principio

invisible, ha de atribuirse también el que todas las partes del cuerpo

estén íntimamente unidas, tanto entre sí como con su excelsa Cabeza,

puesto que está todo él en la Cabeza, todo en el Cuerpo, todo en cada

uno de los miembros" (Pío XII: Mystici Corporis: DS 3808). El

586

Espíritu Santo hace de la Iglesia "el Templo del Dios vivo" ( 2 Co 6,

16; cf. 1 Co 3, 16-17; Ef 2,21):

«En efecto, es a la misma Iglesia, a la que ha sido confiado el "don de

Dios" [...] Es en ella donde se ha depositado la comunión con Cristo, es

decir, el Espíritu Santo, arras de la incorruptibilidad, confirmación de

nuestra fe y escala de nuestra ascensión hacia Dios [...] Porque allí donde

está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y allí donde está el

Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia» (San Ireneo de

Lyon, Adversus haereses, 3, 24, 1).

737

798. El Espíritu Santo es "el principio de toda acción vital y

1091-1109

verdaderamente saludable en todas las partes del cuerpo" (Pío

XII, Mystici Corporis: DS 3808). Actúa de múltiples maneras en la

edificación de todo el cuerpo en la caridad (cf. Ef 4, 16): por la

Palabra de Dios, "que tiene el poder de construir el edificio" ( Hch 20,

32), por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo (cf. 1

Co 12, 13); por los sacramentos que hacen crecer y curan a los

miembros de Cristo; por "la gracia concedida a los apóstoles" que

"entre estos dones destaca" (LG 7), por las virtudes que hacen obrar según el bien, y por las múltiples gracias especiales [llamadas

"carismas"] mediante las cuales los fieles quedan "preparados y

791

dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a

renovar y construir más y más la Iglesia" (LG 12; cf. AA 3).

LOS CARISMAS

799. Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias

951, 2003

del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente una utilidad

eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al

bien de los hombres y a las necesidades del mundo.

800. Los carismas se han de acoger con reconocimiento por el que

los recibe, y también por todos los miembros de la Iglesia. En efecto,

son una maravillosa riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y

para la santidad de todo el Cuerpo de Cristo; los carismas constituyen

tal riqueza siempre que se trate de dones que provienen

verdaderamente del Espíritu Santo y que se ejerzan de modo

plenamente conforme a los impulsos auténticos de este mismo

Espíritu, es decir, según la caridad, verdadera medida de los carismas

(cf. 1 Co 13).

801. Por esta razón aparece siempre necesario el discernimiento de

894

carismas. Ningún carisma dispensa de la referencia y de la sumisión a

los pastores de la Iglesia. "A ellos compete especialmente no apagar el

Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno" (LG 12), a fin de que todos los carismas cooperen, en su diversidad y

1905

complementariedad, al "bien común" (cf. 1 Co 12, 7; cf. LG 30; CL,

24).

Resumen

802. "Cristo Jesús se entregó por nosotros a fin de rescatarnos de

toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que fuese suyo" ( Tt 2,

14).

803. "Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa,

pueblo adquirido" ( 1 P 2, 9).

804. Se entra en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo. "Todos

los hombres están invitados al Pueblo de Dios" ( LG 13), a fin de que, en Cristo, "los hombres constituyan una sola familia y un único

Pueblo de Dios" ( AG 1).

805. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Por el Espíritu y su acción en

los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, Cristo muerto y

resucitado constituye la comunidad de los creyentes como cuerpo

suyo.

806. En la unidad de este cuerpo hay diversidad de miembros y de

funciones. Todos los miembros están unidos unos a otros,

particularmente a los que sufren, a los pobres y perseguidos.

807. La Iglesia es este Cuerpo del que Cristo es la Cabeza: vive de

Él, en Él y por Él; Él vive con ella y en ella.

808. La Iglesia es la Esposa de Cristo: la ha amado y se ha

entregado por ella. La ha purificado por medio de su sangre. Ha

hecho de ella la Madre fecunda de todos los hijos de Dios.

809. La Iglesia es el Templo del Espíritu Santo. El Espíritu es como

el alma del Cuerpo Místico, principio de su vida, de la unidad en la

diversidad y de la riqueza de sus dones y carismas.

810. «Así toda la Iglesia aparece como el pueblo unido "por la

unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"» ( LG 4; cf. San Cipriano de Cartago, De Dominica Oratione, 23).

Párrafo 3

LA IGLESIA ES UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA

811. "Esta es la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el

Credo que es una, santa, católica y apostólica" (LG 8). Estos cuatro 750

atributos, inseparablemente unidos entre sí (cf. DS 2888), indican

rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión. La Iglesia no los tiene

por ella misma; es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia

el ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la llama a

832, 865

ejercitar cada una de estas cualidades.

812. Sólo la fe puede reconocer que la Iglesia posee estas

propiedades por su origen divino. Pero sus manifestaciones históricas

156, 770

son signos que hablan también con claridad a la razón humana.

Recuerda el Concilio Vaticano I: "La Iglesia por sí misma es un

grande y perpetuo motivo de credibilidad y un testimonio irrefutable

de su misión divina a causa de su admirable propagación, de su eximia

santidad, de su inagotable fecundidad en toda clase de bienes, de su

unidad universal y de su invicta estabilidad" (DS 3013).

I. La Iglesia es una

"EL SAGRADO MISTERIO DE LA UNIDAD DE LA IGLESIA" (UR 2)

813. La Iglesia es una debido a su origen: "El modelo y principio

172

supremo de este misterio es la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en

el Espíritu Santo, en la Trinidad de personas" (UR 2). La Iglesia es

766

una debido a su Fundador: "Pues el mismo Hijo encarnado [...] por su

cruz reconcilió a todos los hombres con Dios [...] restituyendo la

unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo" (GS 78, 3). La 797

Iglesia es una debido a su "alma" : "El Espíritu Santo que habita en los

creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable

comunión de fieles y une a todos en Cristo tan íntimamente que es el

Principio de la unidad de la Iglesia" (UR 2). Por tanto, pertenece a la esencia misma de la Iglesia ser una:

«¡Qué sorprendente misterio! Hay un solo Padre del universo, un solo

Logos del universo y también un solo Espíritu Santo, idéntico en todas

partes; hay también una sola virgen hecha madre, y me gusta llamarla

Iglesia» (Clemente de Alejandría, Paedagogus 1, 6, 42).

814. Desde el principio, esta Iglesia una se presenta, no obstante, con

791, 873

una gran diversidad que procede a la vez de la variedad de los dones

de Dios y de la multiplicidad de las personas que los reciben. En la

1202

unidad del Pueblo de Dios se reúnen los diferentes pueblos y culturas.

Entre los miembros de la Iglesia existe una diversidad de dones,

cargos, condiciones y modos de vida; "dentro de la comunión eclesial,

832

existen legítimamente las Iglesias particulares con sus propias

tradiciones" (LG 13). La gran riqueza de esta diversidad no se opone a la unidad de la Iglesia. No obstante, el pecado y el peso de sus

consecuencias amenazan sin cesar el don de la unidad. También el

apóstol debe exhortar a "guardar la unidad del Espíritu con el vínculo

de la paz" ( Ef 4, 3).

815. ¿Cuáles son estos vínculos de la unidad? "Por encima de todo

1827

esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección" ( Col 3,

14). Pero la unidad de la Iglesia peregrina está asegurada por vínculos

830, 837

visibles de comunión:

173

– la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles;

– la celebración común del culto divino, sobre todo de los

sacramentos;

– la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva

la concordia fraterna de la familia de Dios (cf. UR 2; LG 14; CIC, can. 205).

816. "La única Iglesia de Cristo, [...] Nuestro Salvador, después de su

resurrección, la entregó a Pedro para que la pastoreara. Le encargó a él

y a los demás apóstoles que la extendieran y la gobernaran [...]. Esta

Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad,

subsiste en ["subsistit in"] la Iglesia católica, gobernada por el sucesor

de Pedro y por los obispos en comunión con él" (LG 8).

El decreto sobre Ecumenismo del Concilio Vaticano II explicita:

«Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es "auxilio

general de salvación", puede alcanzarse la plenitud total de los medios de

830

salvación. Creemos que el Señor confió todos los bienes de la Nueva

Alianza a un único Colegio apostólico presidido por Pedro, para

constituir un solo cuerpo de Cristo en la tierra, al cual deben incorporarse

plenamente los que de algún modo pertenecen ya al Pueblo de Dios»

(UR 3).

L

AS HERIDAS DE LA UNIDAD

817. De hecho, "en esta una y única Iglesia de Dios, aparecieron ya

desde los primeros tiempos algunas escisiones que el apóstol reprueba

severamente como condenables; y en siglos posteriores surgieron

disensiones más amplias y comunidades no pequeñas se separaron de

la comunión plena con la Iglesia católica y, a veces, no sin culpa de

los hombres de ambas partes" (UR 3). Tales rupturas que lesionan la unidad del Cuerpo de Cristo (se distingue la herejía, la apostasía y el

2089

cisma [cf. CIC can. 751]) no se producen sin el pecado de los

hombres:

Ubi peccata sunt, ibi est multitudo, ibi schismata, ibi haereses, ibi

discussiones. Ubi autem virtus, ibi singularitas, ibi unio, ex quo omnium

credentium erat cor unum et anima una ("Donde hay pecados, allí hay

desunión, cismas, herejías, discusiones. Pero donde hay virtud, allí hay

unión, de donde resultaba que todos los creyentes tenían un solo corazón

y una sola alma": Orígenes, In Ezechielem homilia 9, 1).

818. Los que nacen hoy en las comunidades surgidas de tales

rupturas "y son instruidos en la fe de Cristo, no pueden ser acusados

del pecado de la separación y la Iglesia católica los abraza con respeto

y amor fraternos [...] justificados por la fe en el Bautismo, se han

1271

incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el

nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la

Iglesia católica como hermanos en el Señor" (UR 3).

819. Además, "muchos elementos de santificación y de verdad"

(LG 8) existen fuera de los límites visibles de la Iglesia católica: "la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la

caridad y otros dones interiores del Espíritu Santo y los elementos

visibles" (UR 3; cf. LG 15). El Espíritu de Cristo se sirve de estas Iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación cuya

fuerza viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha

confiado a la Iglesia católica. Todos estos bienes provienen de Cristo y

conducen a Él (cf. UR 3) y de por sí impelen a "la unidad católica"

(LG 8).

HACIA LA UNIDAD

820. Aquella unidad "que Cristo concedió desde el principio a la

Iglesia [...] creemos que subsiste indefectible en la Iglesia católica y

esperamos que crezca de día en día hasta la consumación de los

tiempos" (UR 4). Cristo da permanentemente a su Iglesia el don de la unidad, pero la Iglesia debe orar y trabajar siempre para mantener,

reforzar y perfeccionar la unidad que Cristo quiere para ella. Por eso

2748

Cristo mismo rogó en la hora de su Pasión, y no cesa de rogar al Padre

por la unidad de sus discípulos: "Que todos sean uno. Como tú, Padre,

en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros, para que el

mundo crea que tú me has enviado" ( Jn 17, 21). El deseo de volver a

encontrar la unidad de todos los cristianos es un don de Cristo y un

llamamiento del Espíritu Santo (cf. UR 1).

821. Para responder adecuadamente a este llamamiento se exige:

– una renovación permanente de la Iglesia en una fidelidad mayor a su

vocación. Esta renovación es el alma del movimiento hacia la unidad

(UR 6);

– la conversión del corazón para "llevar una vida más pura, según el

827

Evangelio" (cf. UR 7), porque la infidelidad de los miembros al don de Cristo es la causa de las divisiones;

– la oración en común, porque "esta conversión del corazón y santidad

2791

de vida, junto con las oraciones privadas y públicas por la unidad de

los cristianos, deben considerarse como el alma de todo el movimiento

ecuménico, y pueden llamarse con razón ecumenismo espiritual"

(UR 8);

–

el fraterno conocimiento recíproco (cf. UR 9);

– la formación ecuménica de los fieles y especialmente de los sacerdotes

(cf. UR 10);

– el diálogo entre los teólogos y los encuentros entre los cristianos de

diferentes Iglesias y comunidades (cf. UR 4, 9, 11);

– la colaboración entre cristianos en los diferentes campos de servicio a

los hombres (cf. UR 12).

822. "La preocupación por el restablecimiento de la unión atañe a la

Iglesia entera, tanto a los fieles como a los pastores" (cf. UR 5). Pero hay que ser "conocedor de que este santo propósito de reconciliar a

todos los cristianos en la unidad de la una y única Iglesia de Jesucristo

excede las fuerzas y la capacidad humana". Por eso hay que poner

toda la esperanza "en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del

Padre para con nosotros, y en el poder del Espíritu Santo" (UR 24).

II. La Iglesia es santa

823. «La fe confiesa que la Iglesia [...] no puede dejar de ser santa.

En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el

Espíritu se proclama "el solo santo", amó a su Iglesia como a su

459, 796

esposa. Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo

como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria

de Dios» (LG 39). La Iglesia es, pues, "el Pueblo santo de Dios"

946

(LG 12), y sus miembros son llamados "santos" (cf. Hch 9, 13; 1 Co 6, 1; 16, 1).

824. La Iglesia, unida a Cristo, está santificada por Él; por Él y en Él,

ella también ha sido hecha santificadora. Todas las obras de la Iglesia

se esfuerzan en conseguir "la santificación de los hombres en Cristo y

la glorificación de Dios" (SC 10). En la Iglesia es en donde está 816

depositada "la plenitud total de los medios de salvación" (UR 3). Es en ella donde "conseguimos la santidad por la gracia de Dios" (LG 48).

670

825. "La Iglesia, en efecto, ya en la tierra se caracteriza por una

verdadera santidad, aunque todavía imperfecta" (LG 48). En sus miembros, la santidad perfecta está todavía por alcanzar: "Todos los

cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados cada uno

2013

por su propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es

el mismo Padre" (LG 11).

1827

826. La caridad es el alma de la santidad a la que todos están

2658

llamados: "dirige todos los medios de santificación, los informa y los

lleva a su fin" (LG 42):

«Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por diferentes

miembros, el más necesario, el más noble de todos no le faltaba,

comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que este corazón estaba

ardiendo de amor. Comprendí que el Amor solo hacía obrar a los

864

miembros de la Iglesia, que si el Amor llegara a apagarse, los Apóstoles

ya no anunciarían el Evangelio, los Mártires rehusarían verter su sangre...

Comprendí que el Amor encerraba todas las vocaciones, que el Amor era

todo, que abarcaba todos los tiempos y todos los lugares... en una palabra,

que es eterno» (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrit B, 3v: Manuscrits

autobiographiques).

827. «Mientras que Cristo, "santo, inocente, sin mancha", no conoció 1425-1429

el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la

Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y

siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la

821

renovación" (LG 8; cf. UR 3; 6). Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (cf. 1 Jn 1, 8-10).

En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la

buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 13, 24-

30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la

salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación:

La Iglesia «es, pues, santa aunque abarque en su seno pecadores; porque

ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros,

ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de

ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden que la santidad

de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por

aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la

sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo» (Pablo VI, Credo del Pueblo

de Dios, 19).

828. Al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar

1173

solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las

virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia

reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene

la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e

intercesores (cf. LG 40; 48-51). "Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más

difíciles de la historia de la Iglesia" (CL 16, 3). En efecto, "la santidad 2045

de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su

laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero" (CL 17, 3).

829. "La Iglesia en la Santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin

1172

mancha ni arruga. En cambio, los creyentes se esfuerzan todavía en

vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos a

María" (LG 65): en ella, la Iglesia es ya enteramente santa.

972

III. La Iglesia es católica

QUÉ QUIERE DECIR "CATÓLICA"

830. La palabra "católica" significa "universal" en el sentido de

"según la totalidad" o "según la integridad". La Iglesia es católica en

un doble sentido:

Es católica porque Cristo está presente en ella. "Allí donde está

Cristo Jesús, está la Iglesia Católica" (San Ignacio de Antioquía,

795

Epistula ad Smyrnaeos 8, 2). En ella subsiste la plenitud del Cuerpo de

Cristo unido a su Cabeza (cf. Ef 1, 22-23), lo que implica que ella

815-816

recibe de Él "la plenitud de los medios de salvación" (AG 6) que Él ha querido: confesión de fe recta y completa, vida sacramental íntegra y

ministerio ordenado en la sucesión apostólica. La Iglesia, en este

sentido fundamental, era católica el día de Pentecostés (cf. AG 4) y lo será siempre hasta el día de la Parusía.

849

831. Es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la

totalidad del género humano (cf. Mt 28, 19):

«Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este

pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos

los siglos, para que así se cumpla el designio de Dios, que en el principio

360

creó una única naturaleza humana y decidió reunir a sus hijos dispersos

[...] Este carácter de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un

don del mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende

518

siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus

valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu» (LG 13).

CADA UNA DE LAS IGLESIAS PARTICULARES ES "CATÓLICA"

814

832. "Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las

legítimas comunidades locales de fieles, unidas a sus pastores. Estas,

en el Nuevo Testamento, reciben el nombre de Iglesias [...] En ellas se

reúnen los fieles por el anuncio del Evangelio de Cristo y se celebra el

misterio de la Cena del Señor [...] En estas comunidades, aunque

muchas veces sean pequeñas y pobres o vivan dispersas, está presente

Cristo, quien con su poder constituye a la Iglesia una, santa, católica y

811

apostólica" (LG 26).

833. Se entiende por Iglesia particular, que es la diócesis (o la

eparquía), una comunidad de fieles cristianos en comunión en la fe y

en los sacramentos con su obispo ordenado en la sucesión apostólica

886

(cf. CD 11; CIC can. 368-369; CCEO, cán. 117, § 1. 178. 311, § 1.

312). Estas Iglesias particulares están "formadas a imagen de la Iglesia

Universal. En ellas y a partir de ellas existe la Iglesia católica, una y

única" (LG 23).

834. Las Iglesias particulares son plenamente católicas gracias a la

882, 1369

comunión con una de ellas: la Iglesia de Roma "que preside en la

caridad" (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos 1, 1).

"Porque con esta Iglesia en razón de su origen más excelente debe

necesariamente acomodarse toda Iglesia, es decir, los fieles de todas

partes" (San Ireneo, Adversus haereses 3, 3, 2; citado por Concilio

Vaticano I: DS 3057). "En efecto, desde la venida a nosotros del

Verbo encarnado, todas las Iglesias cristianas de todas partes han

tenido y tienen a la gran Iglesia que está aquí [en Roma] como única

base y fundamento porque, según las mismas promesas del Salvador,

las puertas del infierno no han prevalecido jamás contra ella" (San

Máximo Confesor, Opuscula theologica et polemica: PG 91, 137-

140).

835. "Guardémonos bien de concebir la Iglesia universal como la suma o

por decirlo así, la federación de iglesias particulares. En el pensamiento del

Señor es la Iglesia, universal por vocación y por misión, la que, echando sus

raíces en la variedad de terrenos culturales, sociales, humanos, toma en cada

parte del mundo aspectos, expresiones externas diversas" (EN 62). La rica variedad de disciplinas eclesiásticas, de ritos litúrgicos, de patrimonios

teológicos y espirituales propios de las Iglesias locales "con un mismo

1202

objetivo muestra muy claramente la catolicidad de la Iglesia indivisa"

(LG 23).

QUIÉN PERTENECE A LA IGLESIA CATÓLICA

831

836. "Todos los hombres, por tanto, están invitados a esta unidad

católica del Pueblo de Dios [...] A esta unidad pertenecen de diversas

maneras o a ella están destinados los católicos, los demás cristianos e

incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la

gracia de Dios" (LG 13).

771

837. «Están plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia

aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su

constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella y

están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige por

882

medio del Sumo Pontífice y de los obispos, mediante los lazos de la

815

profesión de la fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la

comunión. No se salva, en cambio, el que no permanece en el amor,

aunque esté incorporado a la Iglesia, pero está en el seno de la Iglesia

con el "cuerpo", pero no con el "corazón" » (LG 14).

818

838. "La Iglesia se siente unida por muchas razones con todos los

que se honran con el nombre de cristianos a causa del bautismo,

aunque no profesan la fe en su integridad o no conserven la unidad de

la comunión bajo el sucesor de Pedro" (LG 15). "Los que creen en 1271

Cristo y han recibido ritualmente el bautismo están en una cierta

comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica" (UR 3). Con las Iglesias ortodoxas, esta comunión es tan profunda "que le falta muy

poco para que alcance la plenitud que haría posible una celebración

1399

común de la Eucaristía del Señor" (Pablo VI, Homilía del 14 de

diciembre de 1975 en la Capilla Sixtina; cf. UR 13-18).

LA IGLESIA Y LOS NO CRISTIANOS

856

839. "[...] Los que todavía no han recibido el Evangelio también

están ordenados al Pueblo de Dios de diversas maneras" (LG 16):

La relación de la Iglesia con el pueblo judío. La Iglesia, Pueblo de

Dios en la Nueva Alianza, al escrutar su propio misterio, descubre su

vinculación con el pueblo judío (cf. NA 4) "a quien Dios ha hablado 63

primero" ( Misal Romano, Viernes Santo: Oración universal VI). A

diferencia de otras religiones no cristianas la fe judía ya es una

respuesta a la revelación de Dios en la Antigua Alianza. Pertenece al

147

pueblo judío "la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el

culto, las promesas y los patriarcas; de todo lo cual [...] procede Cristo

según la carne" (cf. Rm 9, 4-5), "porque los dones y la vocación de

Dios son irrevocables" ( Rm 11, 29).

840. Por otra parte, cuando se considera el futuro, el Pueblo de Dios de la

674

Antigua Alianza y el nuevo Pueblo de Dios tienden hacia fines análogos: la

espera de la venida (o el retorno) del Mesías; pues para unos, es la espera de

la vuelta del Mesías, muerto y resucitado, reconocido como Señor e Hijo de

Dios; para los otros, es la venida del Mesías cuyos rasgos permanecen

velados hasta el fin de los tiempos, espera que está acompañada del drama de

la ignorancia o del rechazo de Cristo Jesús.

597

841. Las relaciones de la Iglesia con los musulmanes. "El designio de

salvación comprende también a los que reconocen al Creador. Entre

ellos están, ante todo, los musulmanes, que profesan tener la fe de

Abraham y adoran con nosotros al Dios único y misericordioso que

juzgará a los hombres al fin del mundo" (LG 16; cf. NA 3).

842. El vínculo de la Iglesia con las religiones no cristianas es, en

primer lugar, el del origen y el del fin comunes del género humano:

360

«Todos los pueblos forman una única comunidad y tienen un mismo

origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la

entera faz de la tierra; tienen también un único fin último, Dios, cuya

providencia, testimonio de bondad y designios de salvación se extienden

a todos hasta que los elegidos se unan en la Ciudad Santa» (NA 1).

843. La Iglesia reconoce en las otras religiones la búsqueda, "entre

28

sombras e imágenes", del Dios desconocido pero próximo ya que es Él

quien da a todos vida, el aliento y todas las cosas y quiere que todos

856

los hombres se salven. Así, la Iglesia aprecia todo lo bueno y

verdadero, que puede encontrarse en las diversas religiones, "como

una preparación al Evangelio y como un don de aquel que ilumina a

todos los hombres, para que al fin tengan la vida" (LG 16; cf. NA 2;

EN 53).

844. Pero, en su comportamiento religioso, los hombres muestran

29

también límites y errores que desfiguran en ellos la imagen de Dios:

«Con demasiada frecuencia los hombres, engañados por el Maligno, se

pusieron a razonar como personas vacías y cambiaron el Dios verdadero

por un ídolo falso, sirviendo a las criaturas en vez de al Creador. Otras

veces, viviendo y muriendo sin Dios en este mundo, están expuestos a la

desesperación más radical» (LG 16).

845. El Padre quiso convocar a toda la humanidad en la Iglesia de su

30

Hijo para reunir de nuevo a todos sus hijos que el pecado había

dispersado y extraviado. La Iglesia es el lugar donde la humanidad

953

debe volver a encontrar su unidad y su salvación. Ella es el "mundo

reconciliado" (San Agustín, Sermo 96, 7-9). Es, además, este barco

que pleno dominicae crucis velo Sancti Spiritus flatu in hoc bene

navigat mundo ("con su velamen que es la cruz de Cristo, empujado

por el Espíritu Santo, navega bien en este mundo"; San Ambrosio, De

virginitate 18, 119); según otra imagen estimada por los Padres de la

Iglesia, está prefigurada por el Arca de Noé que es la única que salva

1219

del diluvio (cf. 1 P 3, 20-21).

"FUERA DE LA IGLESIA NO HAY SALVACIÓN"

846. ¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los

Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que toda

salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo:

El santo Sínodo [...] «basado en la sagrada Escritura y en la Tradición,

enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en

efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace

presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien

explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo

161, 1257

tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el

Bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que

sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica

como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido

entrar o perseverar en ella» (LG 14).

847. Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no

conocen a Cristo y a su Iglesia:

«Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia,

pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la

ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que

les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna» (LG 16; cf.

DS 3866-3872).

1260

848. «Aunque Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar

a la fe, "sin la que es imposible agradarle" ( Hb 11, 6), a los hombres

que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo,

a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de

evangelizar» (AG 7).

LA MISIÓN, EXIGENCIA DE LA CATOLICIDAD DE LA IGLESIA

849. El mandato misionero. «La Iglesia, enviada por Dios a las

738, 767

gentes para ser "sacramento universal de salvación", por exigencia

íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su

Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres»

(AG 1): "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles

a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con

vosotros todos los días hasta el fin del mundo" ( Mt 28, 19-20)

850. El origen y la finalidad de la misión. El mandato misionero del

Señor tiene su fuente última en el amor eterno de la Santísima

257

Trinidad: "La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza,

misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión

730

del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre" (AG 2). El fin último de la misión no es otro que hacer participar a los hombres en la

comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor

(cf. RM 23).

221

851. El motivo de la misión. Del amor de Dios por todos los hombres

la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza de su

429

impulso misionero: "porque el amor de Cristo nos apremia..." ( 2 Co 5,

14; cf. AA 6; RM 11). En efecto, "Dios quiere que todos los hombres 74

se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm 2, 4).

217

Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La

2104

salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del

Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la

890

Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de

los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio

universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera.

852. Los caminos de la misión. "El Espíritu Santo es en verdad el

protagonista de toda la misión eclesial" (RM 21). Él es quien conduce la Iglesia por los caminos de la misión. Ella continúa y desarrolla en el

curso de la historia la misión del propio Cristo, que fue enviado a

evangelizar a los pobres; "impulsada por el Espíritu Santo, debe

2044

avanzar por el mismo camino por el que avanzó Cristo: esto es, el

camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí

mismo hasta la muerte, de la que surgió victorioso por su

2473

resurrección" (AG 5). Es así como la "sangre de los mártires es semilla de cristianos" (Tertuliano, Apologeticum, 50, 13).

853. Pero en su peregrinación, la Iglesia experimenta también "hasta qué

punto distan entre sí el mensaje que ella proclama y la debilidad humana de

aquellos a quienes se confía el Evangelio" (GS 43, 6). Sólo avanzando por el 1428

camino "de la conversión y la renovación" (LG 8; cf. ibíd.,15) y "por el estrecho sendero de la cruz" (AG 1) es como el Pueblo de Dios puede

extender el reino de Cristo (cf. RM 12-20). En efecto, "como Cristo realizó la obra de la redención en la pobreza y en la persecución, también la Iglesia

2443

está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los hombres los

frutos de la salvación" (LG 8).

854. Por su propia misión, "la Iglesia [...] avanza junto con toda la

humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y existe como

fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y

2105

transformada en familia de Dios" (GS 40, 2). El esfuerzo misionero exige entonces la paciencia. Comienza con el anuncio del Evangelio a los pueblos

y a los grupos que aún no creen en Cristo (cf. RM 42-47), continúa con el establecimiento de comunidades cristianas, "signo de la presencia de Dios en

el mundo" (AG 15), y en la fundación de Iglesias locales (cf. RM 48-49); se 204

implica en un proceso de inculturación para así encarnar el Evangelio en las

culturas de los pueblos (cf. RM 52-54); en este proceso no faltarán también los fracasos. "En cuanto se refiere a los hombres, grupos y pueblos,

solamente de forma gradual los toca y los penetra y de este modo los

incorpora a la plenitud católica" (AG 6).

855. La misión de la Iglesia reclama el esfuerzo hacia la unidad de los

821

cristianos (cf. RM 50). En efecto, "las divisiones entre los cristianos son un obstáculo para que la Iglesia lleve a cabo la plenitud de la catolicidad que le

es propia en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el

bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión. Incluso se

hace más difícil para la propia Iglesia expresar la plenitud de la catolicidad

bajo todos los aspectos en la realidad misma de la vida" (UR 4).

856. La tarea misionera implica un diálogo respetuoso con los que todavía

839

no aceptan el Evangelio (cf. RM 55). Los creyentes pueden sacar provecho para sí mismos de este diálogo aprendiendo a conocer mejor "cuanto [...] de

verdad y de gracia se encontraba ya entre las naciones, como por una casi

secreta presencia de Dios" (AG 9). Si ellos anuncian la Buena Nueva a los que la desconocen, es para consolidar, completar y elevar la verdad y el bien

843

que Dios ha repartido entre los hombres y los pueblos, y para purificarlos del

error y del mal "para gloria de Dios, confusión del diablo y felicidad del

hombre" (AG 9).

IV. La Iglesia es apostólica

75

857. La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles,

y esto en un triple sentido:

– fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los

Apóstoles" ( Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados

en misión por el mismo Cristo (cf. Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1

Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.).

171

– guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en

ella, la enseñanza (cf. Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas

palabras oídas a los Apóstoles (cf. 2 Tm 1, 13-14).

– sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles

880, 1575

hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su

ministerio pastoral: el colegio de los obispos, "al que asisten los

presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor

de la Iglesia" (AG 5):

«Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los

santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre

por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio

la misión de anunciar el Evangelio ( Prefacio de los Apóstoles I: Misal

Romano).

LA MISIÓN DE LOS APÓSTOLES

858. Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su

551

ministerio, "llamó a los que él quiso [...] y vinieron donde él. Instituyó

Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar" ( Mc 3,

13-14). Desde entonces, serán sus "enviados" [es lo que significa la

palabra griega apóstoloi]. En ellos continúa su propia misión: "Como

425, 1086

el Padre me envió, también yo os envío" ( Jn 20, 21; cf. Jn 13, 20; 17,

18). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo:

"Quien a vosotros recibe, a mí me recibe", dice a los Doce ( Mt 10, 40;

cf. Lc 10, 16).

859. Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como "el Hijo

no puede hacer nada por su cuenta" ( Jn 5, 19.30), sino que todo lo

recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía

no pueden hacer nada sin Él (cf. Jn 15, 5) de quien reciben el encargo

de la misión y el poder para cumplirla. Los Apóstoles de Cristo saben

por tanto que están calificados por Dios como "ministros de una nueva

alianza" ( 2 Co 3, 6), "ministros de Dios" ( 2 Co 6, 4), "embajadores de

876

Cristo" ( 2 Co 5, 20), "servidores de Cristo y administradores de los

misterios de Dios" ( 1 Co 4, 1).

860. En el encargo dado a los Apóstoles hay un aspecto

intransmisible: ser los testigos elegidos de la Resurrección del Señor y

642

los fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un aspecto

permanente de su misión. Cristo les ha prometido permanecer con

ellos hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 28, 20). "Esta misión divina

confiada por Cristo a los Apóstoles tiene que durar hasta el fin del

765

mundo, pues el Evangelio que tienen que transmitir es el principio de

toda la vida de la Iglesia. Por eso los Apóstoles se preocuparon de

1536

instituir [...] sucesores" (LG 20).

L

OS OBISPOS SUCESORES DE LOS APÓSTOLES

861. "Para que continuase después de su muerte la misión a ellos

77

confiada, [los Apóstoles] encargaron mediante una especie de

testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y

consolidaran la obra que ellos empezaron. Les encomendaron que

cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto

para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de

1087

esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su

muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio"

(LG 20; cf. San Clemente Romano, Epistula ad Corinthios, 42, 4).

862. "Así como permanece el ministerio confiado personalmente por

el Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a sus sucesores,

880

de la misma manera permanece el ministerio de los Apóstoles de

apacentar la Iglesia, que debe ser ejercido perennemente por el orden

1556

sagrado de los obispos". Por eso, la Iglesia enseña que "por institución

divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la

Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los

desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió" (LG 20).

EL APOSTOLADO

900

863. Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de

los sucesores de San Pedro y de los Apóstoles, en comunión de fe y de

vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es

"enviada" al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque

2472

de diferentes maneras, tienen parte en este envío. "La vocación

cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al

apostolado". Se llama "apostolado" a "toda la actividad del Cuerpo

Místico" que tiende a "propagar el Reino de Cristo por toda la tierra"

(AA 2).

864. "Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del

apostolado de la Iglesia", es evidente que la fecundidad del

apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos,

828

depende de su unión vital con Cristo (AA 4; cf. Jn 15, 5). Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados

del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero la

824, 1324

caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, "siempre es como el

alma de todo apostolado" (AA 3).

811

865. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad

541

profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de

los tiempos "el Reino de los cielos", "el Reino de Dios" (cf. Ap 19, 6),

que ha venido en la persona de Cristo y que crece misteriosamente en

el corazón de los que le son incorporados hasta su plena manifestación

escatológica. Entonces todos los hombres rescatados por él, hechos en

él "santos e inmaculados en presencia de Dios en el Amor" ( Ef 1, 4),

serán reunidos como el único Pueblo de Dios, "la Esposa del Cordero"

( Ap 21, 9), "la Ciudad Santa que baja del Cielo de junto a Dios y tiene

la gloria de Dios" ( Ap 21, 10-11); y "la muralla de la ciudad se asienta

sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del

Cordero" ( Ap 21, 14).

Resumen

866. La Iglesia es una : tiene un solo Señor; confiesa una sola fe,

nace de un solo Bautismo, no forma más que un solo Cuerpo,

vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única esperanza (cf.

Ef 4, 3-5) a cuyo término se superarán todas las divisiones.

867. La Iglesia es santa : Dios santísimo es su autor; Cristo, su

Esposo, se entregó por ella para santificarla; el Espíritu de santidad

la vivifica. Aunque comprenda pecadores, ella es "ex maculatis

immaculata" ("inmaculada aunque compuesta de pecadores"). En los

santos brilla su santidad; en María es ya la enteramente santa.

868. La Iglesia es católica : Anuncia la totalidad de la fe; lleva en sí y

administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada a todos

los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca todos los tiempos;

"es, por su propia naturaleza, misionera" ( AG 2).

869. La Iglesia es apostólica : Está edificada sobre sólidos cimientos:

los doce Apóstoles del Cordero ( Ap 21, 14); es indestructible

(cf. Mt 16, 18); se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la

gobierna por medio de Pedro y los demás Apóstoles, presentes en sus

sucesores, el Papa y el colegio de los obispos.

870. "La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo

que es una, santa, católica y apostólica [...] subsiste en la Iglesia

católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en

comunión con él, aunque sin duda, fuera de su estructura visible,

pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad"

( LG 8).

Párrafo 4

LOS FIELES DE CRISTO: JERARQUÍA, LAICOS, VIDA

CONSAGRADA

1268-1269

871. "Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el

bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y, hechos partícipes a su

modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de

782-786

Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a

desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el

mundo" (CIC, can. 204, 1; cf. LG 31).

872. "Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una

1934

verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la

794

cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la

edificación del Cuerpo de Cristo" (CIC can. 208; cf. LG 32).

814, 1937

873. Las mismas diferencias que el Señor quiso poner entre los

miembros de su Cuerpo sirven a su unidad y a su misión. Porque "hay

en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión. A los

apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar,

santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también

los laicos, partícipes de la función sacerdotal, profética y real de

Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les

corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios" (AA 2). En fin,

"en esos dos grupos [jerarquía y laicos] hay fieles que por la profesión

de los consejos evangélicos [...] se consagran a Dios y contribuyen a la

misión salvífica de la Iglesia según la manera peculiar que les es

propia" (CIC can. 207, 2).

I. La constitución jerárquica de la Iglesia

R

AZÓN DEL MINISTERIO ECLESIAL

1544

874. El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia. Él lo ha

instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación y finalidad:

«Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar

siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios que están ordenados

al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los ministros que posean la sagrada

potestad están al servicio de sus hermanos para que todos los que son

miembros del Pueblo de Dios [...] lleguen a la salvación» (LG 18).

875. "¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído?, ¿cómo oirán sin

que se les predique? y ¿cómo predicarán si no son enviados?" ( Rm 10,

14-15). Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad, puede

anunciarse a sí mismo el Evangelio. "La fe viene de la predicación"

( Rm 10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de

166

anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con

autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como

miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo.

Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y

ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados

por parte de Cristo. De Él los obispos y los presbíteros reciben la

misión y la facultad (el "poder sagrado") de actuar in persona Christi

1548

Capitis, los diáconos las fuerzas para servir al pueblo de Dios en la

"diaconía" de la liturgia, de la palabra y de la caridad, en comunión

con el obispo y su presbiterio. Este ministerio, en el cual los enviados

de Cristo hacen y dan, por don de Dios, lo que ellos, por sí mismos, no

pueden hacer ni dar, la tradición de la Iglesia lo llama "sacramento".

El ministerio de la Iglesia se confiere por medio de un sacramento

1536

específico.

876. El carácter de servicio del ministerio eclesial está intrínsecamente

1551

ligado a la naturaleza sacramental. En efecto, enteramente dependiente

de Cristo que da misión y autoridad, los ministros son verdaderamente

"siervos de Cristo" ( Rm 1, 1), a imagen de Cristo que, libremente ha

tomado por nosotros "la forma de siervo" ( Flp 2, 7). Como la palabra

y la gracia de la cual son ministros no son de ellos, sino de Cristo que

427

se las ha confiado para los otros, ellos se harán libremente esclavos de

todos (cf. 1 Co 9, 19).

877. De igual modo es propio de la naturaleza sacramental del

1559

ministerio eclesial tener un carácter colegial. En efecto, desde el

comienzo de su ministerio, el Señor Jesús instituyó a los Doce,

"semilla del Nuevo Israel, a la vez que el origen de la jerarquía

sagrada" (AG 5). Elegidos juntos, también fueron enviados juntos, y su unidad fraterna estará al servicio de la comunión fraterna de todos

los fieles; será como un reflejo y un testimonio de la comunión de las

Personas divinas (cf. Jn 17, 21-23). Por eso, todo obispo ejerce su

ministerio en el seno del colegio episcopal, en comunión con el obispo

de Roma, sucesor de san Pedro y cabeza del colegio; los presbíteros

ejercen su ministerio en el seno del presbiterio de la diócesis, bajo la

dirección de su obispo.

878. Por último, es propio también de la naturaleza sacramental del

ministerio eclesial tener carácter personal. Cuando los ministros de

Cristo actúan en comunión, actúan siempre también de manera

personal. Cada uno ha sido llamado personalmente ("Tú sígueme",

Jn 21, 22; cf. Mt 4,19. 21; Jn 1,43) para ser, en la misión común,

testigo personal, que es personalmente portador de la responsabilidad

1484

ante Aquel que da la misión, que actúa "in persona Christi" y en favor

de personas: "Yo te bautizo en el nombre del Padre..."; "Yo te

perdono...".

879. El ministerio sacramental en la Iglesia es, pues, un servicio

colegial y personal a la vez, ejercido en nombre de Cristo. Esto se

verifica en los vínculos entre el colegio episcopal y su cabeza, el

sucesor de san Pedro, y en la relación entre la responsabilidad pastoral

del obispo en su Iglesia particular y la común solicitud del colegio

episcopal hacia la Iglesia universal.

EL COLEGIO EPISCOPAL Y SU CABEZA, EL PAPA

880. Cristo, al instituir a los Doce, "formó una especie de colegio o

552, 862

grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él"

(LG 19). "Así como, por disposición del Señor, san Pedro y los demás

apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones

están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los

obispos, sucesores de los Apóstoles" (LG 22; cf. CIC, can 330).

881. El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y

solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella

553

(cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-

17). "Consta que también el colegio de los apóstoles, unido a su

cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro" (LG 22).

Este oficio pastoral de Pedro y de los demás Apóstoles pertenece a los

cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado

642

del Papa.

882. El Sumo Pontífice, obispo de Roma y sucesor de san Pedro, "es

834

el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los

1369

obispos como de la muchedumbre de los fieles" (LG 23). "El Pontífice 837

Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de

Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena,

suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad"

(LG 22; cf. CD 2. 9).

883. "El colegio o cuerpo episcopal no tiene ninguna autoridad si no

se le considera junto con el Romano Pontífice [...] como Cabeza del

mismo". Como tal, este colegio es "también sujeto de la potestad

suprema y plena sobre toda la Iglesia" que "no se puede ejercer a no

ser con el consentimiento del Romano Pontífice" (LG 22; cf. CIC, can.

336).

884. "La potestad del colegio de los Obispos sobre toda la Iglesia se

ejerce de modo solemne en el Concilio Ecuménico" (CIC can 337, 1).

"No existe Concilio Ecuménico si el sucesor de Pedro no lo ha

aprobado o al menos aceptado como tal" (LG 22).

885. "Este colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la

diversidad y la universalidad del Pueblo de Dios; en cuanto reunido

bajo una única cabeza, expresa la unidad del rebaño de Dios" (LG 22).

1560

886. "Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y

833

fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares" (LG 23).

Como tales ejercen "su gobierno pastoral sobre la porción del Pueblo

de Dios que le ha sido confiada" (LG 23), asistidos por los presbíteros y los diáconos. Pero, como miembros del colegio episcopal, cada uno

de ellos participa de la solicitud por todas las Iglesias (cf. CD 3), que ejercen primeramente "dirigiendo bien su propia Iglesia, como porción

de la Iglesia universal", contribuyen eficazmente "al Bien de todo el

Cuerpo místico que es también el Cuerpo de las Iglesias" (LG 23).

2448

Esta solicitud se extenderá particularmente a los pobres (cf. Ga 2, 10),

a los perseguidos por la fe y a los misioneros que trabajan por toda la

tierra.

887. Las Iglesias particulares vecinas y de cultura homogénea forman

provincias eclesiásticas o conjuntos más vastos llamados patriarcados

o regiones (cf. Canon de los Apóstoles 34). Los obispos de estos

territorios pueden reunirse en sínodos o concilios provinciales. "De

igual manera, hoy día, las Conferencias Episcopales pueden prestar

una ayuda múltiple y fecunda para que el afecto colegial se traduzca

concretamente en la práctica" (LG 23).

85-87

LA MISIÓN DE ENSEÑAR

2032-2040

888. Los obispos con los presbíteros, sus colaboradores, "tienen

como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios" (PO 4), 2068

según la orden del Señor (cf. Mc 16, 15). Son "los heraldos del

Evangelio que llevan nuevos discípulos a Cristo. Son también los

maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo"

(LG 25).

889. Para mantener a la Iglesia en la pureza de la fe transmitida por

los apóstoles, Cristo, que es la Verdad, quiso conferir a su Iglesia una

participación en su propia infalibilidad. Por medio del "sentido

92

sobrenatural de la fe", el Pueblo de Dios "se une indefectiblemente a la

fe", bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia (cf. LG 12; DV 10).

890. La misión del Magisterio está ligada al carácter definitivo de la

851

Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo

de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad

objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del

Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios

1785

permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo

ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de

fe y de costumbres. El ejercicio de este carisma puede revestir varias

modalidades:

891. "El Romano Pontífice, cabeza del colegio episcopal, goza de esta

infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro

supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos,

proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral

[...] La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el cuerpo

episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de

Pedro", sobre todo en un Concilio Ecuménico (LG 25; cf. Vaticano I: DS 3074). Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio

supremo que algo se debe aceptar "como revelado por Dios para ser

creído" (DV 10) y como enseñanza de Cristo, "hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe" (LG 25). Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina (cf. LG 25).

892. La asistencia divina es también concedida a los sucesores de los

apóstoles, cuando enseñan en comunión con el sucesor de Pedro (y, de

una manera particular, al obispo de Roma, Pastor de toda la Iglesia),

aunque, sin llegar a una definición infalible y sin pronunciarse de una

"manera definitiva", proponen, en el ejercicio del magisterio ordinario,

una enseñanza que conduce a una mejor inteligencia de la Revelación

en materia de fe y de costumbres. A esta enseñanza ordinaria, los

fieles deben "adherirse con espíritu de obediencia religiosa" (LG 25) que, aunque distinto del asentimiento de la fe, es una prolongación de

él.

LA MISIÓN DE SANTIFICAR

893. El obispo "es el administrador de la gracia del sumo sacerdocio"

1561

(LG 26), en particular en la Eucaristía que él mismo ofrece, o cuya oblación asegura por medio de los presbíteros, sus colaboradores.

Porque la Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia particular. El

obispo y los presbíteros santifican la Iglesia con su oración y su

trabajo, por medio del ministerio de la palabra y de los sacramentos.

La santifican con su ejemplo, "no tiranizando a los que os ha tocado

cuidar, sino siendo modelos de la grey" ( 1 P 5, 3). Así es como llegan

"a la vida eterna junto con el rebaño que les fue confiado" (LG 26).

LA MISIÓN DE GOBERNAR

894. "Los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan las

Iglesias particulares que se les han confiado, no sólo con sus

proyectos, con sus consejos y con ejemplos, sino también con su

autoridad y potestad sagrada "(LG 27), que deben, no obstante, ejercer 801

para edificar con espíritu de servicio que es el de su Maestro

(cf. Lc 22, 26-27).

1558

895. "Esta potestad, que desempeñan personalmente en nombre de

Cristo, es propia, ordinaria e inmediata. Su ejercicio, sin embargo, está

regulado en último término por la suprema autoridad de la Iglesia"

(LG 27). Pero no se debe considerar a los obispos como vicarios del Romano Pontífice, cuya autoridad ordinaria e inmediata sobre toda la

Iglesia no anula la de ellos, sino que, al contrario, la confirma y tutela.

Esta autoridad debe ejercerse en comunión con toda la Iglesia bajo la

guía del Romano Pontífice.

896. El Buen Pastor será el modelo y la "forma" de la misión pastoral

ºº

1550

del obispo. Consciente de sus propias debilidades, el obispo "puede

disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe negarse nunca a

escuchar a sus súbditos, a a los que cuida como verdaderos hijos [...]

Los fieles, por su parte, deben estar unidos a su obispo como la Iglesia

a Cristo y como Jesucristo al Padre" (LG 27):

«Obedeced todos al obispo como Jesucristo a su Padre, y al presbiterio

como a los Apóstoles; en cuanto a los diáconos, respetadlos como a la ley

de Dios. Que nadie haga al margen del obispo nada en lo que atañe a la

Iglesia (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Smyrnaeos 8,1)

II. Los fieles cristianos laicos

897. "Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos, excepto los

873

miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido en la

Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados a Cristo por el

bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan a su manera

de las funciones de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan,

según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia

y en el mundo" (LG 31).

LA VOCACIÓN DE LOS LAICOS

898. "Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de

2015

Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según

Dios [...] A ellos de manera especial corresponde iluminar y ordenar

todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos,

de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y

sean para alabanza del Creador y Redentor" (LG 31).

899. La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria

2442

cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las

exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las

realidades sociales, políticas y económicas. Esta iniciativa es un

elemento normal de la vida de la Iglesia:

«Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la

Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. Por tanto

ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo

de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de

los fieles sobre la tierra bajo la guía del jefe común, el Romano Pontífice,

y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia» (Pío

XII, Discurso a los cardenales recién creados, 20 de febrero de 1946; citado por Juan Pablo II en CL 9).

900. Como todos los fieles, los laicos están encargados por Dios del

863

apostolado en virtud del Bautismo y de la Confirmación y por eso

tienen la obligación y gozan del derecho, individualmente o agrupados

en asociaciones, de trabajar para que el mensaje divino de salvación

sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra; esta

obligación es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos los

demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las

comunidades eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el

apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces

su plena eficacia (cf. LG 33).

L

A PARTICIPACIÓN DE LOS LAICOS EN LA MISIÓN SACERDOTAL DE

CRISTO

784, 1268

901. "Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu

Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir

siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus

obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el

trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el

Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia,

todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por

Jesucristo (cf. 1P 2, 5), que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre

en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo

del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que

358

en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo

a Dios" (LG 34; cf. LG 10).

902. De manera particular, los padres participan de la misión de

santificación "impregnando de espíritu cristiano la vida conyugal y

procurando la educación cristiana de los hijos" (CIC, can. 835, 4).

903. Los laicos, si tienen las cualidades requeridas, pueden ser admitidos de

manera estable a los ministerios de lectores y de acólito (cf. CIC, can. 230,

1143

1). "Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden

también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas

de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las

oraciones litúrgicas, administrar el Bautismo y dar la sagrada Comunión,

según las prescripciones del derecho" (CIC, can. 230, 3).

SU PARTICIPACIÓN EN LA MISIÓN PROFÉTICA DE CRISTO

904. "Cristo [...] realiza su función profética no sólo a través de la

785

jerarquía [...] sino también por medio de los laicos. Él los hace sus

testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la palabra" (LG 35).

92

«Enseñar a alguien [...] para traerlo a la fe [...] es tarea de todo predicador

e incluso de todo creyente (Santo Tomás de Aquino, S. Th. 3, q. 71, a.4,

ad 3).

905. Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando,

con "el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y

2044

de la palabra". En los laicos, "esta evangelización [...] adquiere una

nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza

en las condiciones generales de nuestro mundo" (LG 35):

«Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida; el verdadero

apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto a

2472

los no creyentes [...] como a los fieles» (AA 6; cf. AG 15).

906. Los fieles laicos que sean capaces de ello y que se formen para ello

también pueden prestar su colaboración en la formación catequética (cf. CIC,

can. 774, 776, 780), en la enseñanza de las ciencias sagradas (cf. CIC, can.

229), en los medios de comunicación social (cf. CIC, can 823, 1).

2495

907. "Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio

conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los pastores sagrados

su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla

a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las

costumbres y la reverencia hacia los pastores, habida cuenta de la utilidad

común y de la dignidad de las personas" (CIC, can. 212, 3).

SU PARTICIPACIÓN EN LA MISIÓN REAL DE CRISTO

786

908. Por su obediencia hasta la muerte (cf. Flp 2, 8-9), Cristo ha

comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia, "para que

vencieran en sí mismos, con la propia renuncia y una vida santa, al

reino del pecado" (LG 36):

«El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por

las pasiones es dueño de sí mismo: se puede llamar rey porque es capaz

de gobernar su propia persona; es libre e independiente y no se deja

cautivar por una esclavitud culpable» (San Ambrosio, Expositio psalmi

CXVIII, 14, 30: PL 15, 1476).

909. "Los laicos, además, juntando también sus fuerzas, han de

1887

sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma que, si

algunas de sus costumbres incitan al pecado, todas ellas sean

conformes con las normas de la justicia y favorezcan en vez de

impedir la práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán de

valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas" (LG 36).

910. "Los seglares [...] también pueden sentirse llamados o ser

llamados a colaborar con sus pastores en el servicio de la comunidad

eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios

799

muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera

concederles" (EN 73).

911. En la Iglesia, en el ejercicio de la potestad de régimen "los fieles laicos

pueden cooperar a tenor del derecho" (CIC, can. 129, 2). Así, con su

presencia en los concilios particulares (can. 443, 4), los sínodos diocesanos

(can. 463, 1 y 2), los consejos pastorales (can. 511; 536); en el ejercicio de la

tarea pastoral de una parroquia (can. 517, 2); la colaboración en los consejos

de los asuntos económicos (can. 492, 1; 536); la participación en los

tribunales eclesiásticos (can. 1421, 2), etc.

2245

912. Los fieles han de "aprender a distinguir cuidadosamente entre

los derechos y deberes que tienen como miembros de la Iglesia y los

que les corresponden como miembros de la sociedad humana. Deben

esforzarse en integrarlos en buena armonía, recordando que en

cualquier cuestión temporal han de guiarse por la conciencia cristiana.

En efecto, ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos

temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios" (LG 36).

913. "Así, todo laico, por el simple hecho de haber recibido sus

dones, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia

mismàsegún la medida del don de Cristo'" (LG 33).

III. La vida consagrada

914. "El estado de vida que consiste en la profesión de los consejos

2103

evangélicos, aunque no pertenezca a la estructura de la Iglesia,

pertenece, sin embargo, sin discusión a su vida y a su santidad"

(LG 44).

CONSEJOS EVANGÉLICOS, VIDA CONSAGRADA

915. Los consejos evangélicos están propuestos en su multiplicidad a

todos los discípulos de Cristo. La perfección de la caridad a la cual son 1973-1974

llamados todos los fieles implica, para quienes asumen libremente el

llamamiento a la vida consagrada, la obligación de practicar la

castidad en el celibato por el Reino, la pobreza y la obediencia.

La profesión de estos consejos en un estado de vida estable reconocido

por la Iglesia es lo que caracteriza la "vida consagrada" a Dios

(cf. LG 42-43; PC 1).

916. El estado de vida consagrada aparece por consiguiente como

2687

una de las maneras de vivir una consagración "más íntima" que tiene

su raíz en el Bautismo y se dedica totalmente a Dios (cf. PC 5). En la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo la moción del

Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios amado

por encima de todo y, persiguiendo la perfección de la caridad en el

servicio del Reino, significar y anunciar en la Iglesia la gloria del

mundo futuro (cf. CIC, can. 573).

933

UN GRAN ÁRBOL, MÚLTIPLES RAMAS

2684

917. "El resultado ha sido una especie de árbol en el campo de Dios,

maravilloso y lleno de ramas, a partir de una semilla puesta por Dios.

Han crecido, en efecto, diversas formas de vida, solitaria o

comunitaria, y diversas familias religiosas que se desarrollan para el

progreso de sus miembros y para el bien de todo el Cuerpo de Cristo"

(LG 43).

918. "Desde los comienzos de la Iglesia hubo hombres y mujeres que

intentaron, con la práctica de los consejos evangélicos, seguir con mayor

libertad a Cristo e imitarlo más de cerca. Cada uno a su manera, vivió

entregado a Dios. Muchos, por inspiración del Espíritu Santo, vivieron en la

soledad o fundaron familias religiosas, que la Iglesia reconoció y aprobó

gustosa con su autoridad" (PC 1).

919. Los obispos se esforzarán siempre en discernir los nuevos dones

de vida consagrada confiados por el Espíritu Santo a su Iglesia; la

aprobación de nuevas formas de vida consagrada está reservada a la

Sede Apostólica (cf. CIC, can. 605).

LA VIDA EREMÍTICA

920. Sin profesar siempre públicamente los tres consejos evangélicos,

los ermitaños, "con un apartamiento más estricto del mundo, el

silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su

vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo" (CIC, can. 603 1).

2719

921. Los eremitas presentan a los demás ese aspecto interior del

misterio de la Iglesia que es la intimidad personal con Cristo. Oculta a

los ojos de los hombres, la vida del eremita es predicación silenciosa

de Aquel a quien ha entregado su vida, porque Él es todo para él. En

este caso se trata de un llamamiento particular a encontrar en el

2015

desierto, en el combate espiritual, la gloria del Crucificado.

LAS VÍRGENES Y LAS VIUDAS CONSAGRADAS

922. Desde los tiempos apostólicos, vírgenes (Cf. 1 Co 7, 34-36) y

1618-1620

viudas cristianas (Cf. Vita consecrata, 7) llamadas por el Señor para consagrarse a Él enteramente (cf. 1 Co 7, 34-36) con una libertad

mayor de corazón, de cuerpo y de espíritu, han tomado la decisión,

aprobada por la Iglesia, de vivir en estado de virginidad o de castidad

perpetua "a causa del Reino de los cielos" ( Mt 19, 12).

923. "Formulando el propósito santo de seguir más de cerca a Cristo,

[las vírgenes] son consagradas a Dios por el obispo diocesano según el

1537

rito litúrgico aprobado, celebran desposorios místicos con Jesucristo,

Hijo de Dios, y se entregan al servicio de la Iglesia" (CIC, can. 604,

1). Por medio este rito solemne ( Consecratio virginum, Consagración

1672

de vírgenes), "la virgen es constituida en persona consagrada" como

"signo transcendente del amor de la Iglesia hacia Cristo, imagen

escatológica de esta Esposa del Cielo y de la vida futura" ( Rito de

consagración de vírgenes, Prenotandos, 1).

924. "Semejante a otras formas de vida consagrada" (CIC, can. 604),

el orden de las vírgenes sitúa a la mujer que vive en el mundo (o a la

monja) en el ejercicio de la oración, de la penitencia, del servicio a los

hermanos y del trabajo apostólico, según el estado y los carismas

respectivos ofrecidos a cada una ( Rito de consagración de

vírgenes, Prenotandos, 2). Las vírgenes consagradas pueden asociarse

para guardar su propósito con mayor fidelidad (CIC, can. 604, 2).

LA VIDA RELIGIOSA

925. Nacida en Oriente en los primeros siglos del cristianismo

(cf. UR 15) y vivida en los institutos canónicamente erigidos por la Iglesia (cf. CIC, can. 573), la vida religiosa se distingue de las otras

formas de vida consagrada por el aspecto cultual, la profesión pública

1672

de los consejos evangélicos, la vida fraterna llevada en común, y por

el testimonio dado de la unión de Cristo y de la Iglesia (cf. CIC, can.

607).

926. La vida religiosa nace del misterio de la Iglesia. Es un don que

la Iglesia recibe de su Señor y que ofrece como un estado de vida

estable al fiel llamado por Dios a la profesión de los consejos. Así la

Iglesia puede a la vez manifestar a Cristo y reconocerse como Esposa

796

del Salvador. La vida religiosa está invitada a significar, bajo estas

diversas formas, la caridad misma de Dios, en el lenguaje de nuestro

tiempo.

927. Todos los religiosos, exentos o no (cf. CIC, can. 591), se

encuentran entre los colaboradores del obispo diocesano en su misión

854

pastoral (cf. CD 33-35). La implantación y la expansión misionera de la Iglesia requieren la presencia de la vida religiosa en todas sus

formas "desde el período de implantación de la Iglesia" (AG 18, 40).

"La historia da testimonio de los grandes méritos de las familias

religiosas en la propagación de la fe y en la formación de las nuevas

Iglesias: desde las antiguas instituciones monásticas, las órdenes

medievales y hasta las congregaciones modernas" (RM 69).

LOS INSTITUTOS SECULARES

928. "Un instituto secular es un instituto de vida consagrada en el

cual los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la perfección de la

caridad, y se dedican a procurar la santificación del mundo sobre todo

desde dentro de él" (CIC can. 710).

929. Por medio de una "vida perfectamente y enteramente

consagrada a [esta] santificación" (Pío XII, const. ap. Provida Mater),

los miembros de estos institutos participan en la tarea de

evangelización de la Iglesia, "en el mundo y desde el mundo mismo"

(CIC can. 713, 2), donde su presencia obra a la manera de un

901

"fermento" (PC 11). Su testimonio de vida cristiana mira a ordenar según Dios las realidades temporales y a penetrar el mundo con la

fuerza del Evangelio. Mediante vínculos sagrados, asumen los

consejos evangélicos y observan entre sí la comunión y la fraternidad

propias de su modo de vida secular (CIC, can. 713).

LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA

930. Junto a las diversas formas de vida consagrada se encuentran "las

sociedades de vida apostólica, cuyos miembros, sin votos religiosos, buscan

el fin apostólico propio de la sociedad y, llevando vida fraterna en común,

según el propio modo de vida, aspiran a la perfección de la caridad por la

observancia de las constituciones. Entre éstas, existen sociedades cuyos

miembros abrazan los consejos evangélicos mediante un vínculo

determinado por las constituciones" (CIC, can. 731, 1 y 2).

CONSAGRACIÓN Y MISIÓN: ANUNCIAR AL REY QUE VIENE

931. Aquel que por el Bautismo fue consagrado a Dios, entregándose

a Él como al sumamente amado, se consagra, de esta manera, aún más

íntimamente al servicio divino y se entrega al bien de la Iglesia.

Mediante el estado de consagración a Dios, la Iglesia manifiesta a

Cristo y muestra cómo el Espíritu Santo obra en ella de modo

admirable. Por tanto, los que profesan los consejos evangélicos tienen

como primera misión vivir su consagración. Pero "ya que por su

misma consagración se dedican al servicio de la Iglesia están

obligados a contribuir de modo especial a la tarea misionera, según el

modo propio de su instituto" (CIC 783; cf. RM 69).

932. En la Iglesia que es como el sacramento, es decir, el signo y el

775

instrumento de la vida de Dios, la vida consagrada aparece como un

signo particular del misterio de la Redención. Seguir e imitar a Cristo

"desde más cerca", manifestar "más claramente" su anonadamiento, es

encontrarse "más profundamente" presente, en el corazón de Cristo,

con sus contemporáneos. Porque los que siguen este camino "más

estrecho" estimulan con su ejemplo a sus hermanos; les dan este

testimonio admirable de "que sin el espíritu de las bienaventuranzas

no se puede transformar este mundo y ofrecerlo a Dios" (LG 31).

933. Sea público este testimonio, como en el estado religioso, o más

discreto, o incluso secreto, la venida de Cristo es siempre para todos

672

los consagrados el origen y la meta de su vida:

769

«El Pueblo de Dios, en efecto, no tiene aquí una ciudad permanente, sino

que busca la futura. Por eso el estado religioso [...] manifiesta también

mucho mejor a todos los creyentes los bienes del cielo, ya presentes en

este mundo. También da testimonio de la vida nueva y eterna adquirida

por la redención de Cristo y anuncia ya la resurrección futura y la gloria

del Reino de los cielos» (LG 44).

Resumen

934. "Por institución divina, entre los fieles hay en la Iglesia

ministros sagrados, que en el derecho se denominan clérigos; los

demás se llaman laicos". Hay, por otra parte, fieles que perteneciendo

a uno de ambos grupos, por la profesión de los consejos evangélicos,

se consagran a Dios y sirven así a la misión de la Iglesia ( CIC , can.

207, 1, 2).

935. Para anunciar su fe y para implantar su Reino, Cristo envía a

sus apóstoles y a sus sucesores. Él les da parte en su misión. De Él

reciben el poder de obrar en su nombre.

936. El Señor hizo de san Pedro el fundamento visible de su Iglesia.

Le dio las llaves de ella. El obispo de la Iglesia de Roma, sucesor de

san Pedro, es la "cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo

y Pastor de la Iglesia universal en la tierra" ( CIC , can. 331).

937. El Papa "goza, por institución divina, de una potestad suprema,

plena, inmediata y universal para cuidar las almas" ( CD 2).

938. Los obispos, instituidos por el Espíritu Santo, suceden a los

Apóstoles. "Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y

fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares" ( LG 23).

939. Los obispos, ayudados por los presbíteros, sus colaboradores, y

por los diáconos, los obispos tienen la misión de enseñar

auténticamente la fe, de celebrar el culto divino, sobre todo la

Eucaristía, y de dirigir su Iglesia como verdaderos pastores. A su

misión pertenece también el cuidado de todas las Iglesias, con y bajo

el Papa.

940. "Siendo propio del estado de los laicos vivir en medio del

mundo y de los negocios temporales, Dios les llama a que, movidos

por el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera

de fermento" ( AA 2).

941. Los laicos participan en el sacerdocio de Cristo: cada vez más

unidos a Él, despliegan la gracia del Bautismo y la de la

Confirmación a través de todas las dimensiones de la vida personal,

familiar, social y eclesial, y realizan así el llamamiento a la santidad

dirigido a todos los bautizados.

942. Gracias a su misión profética, los laicos "están llamados a ser

testigos de Cristo en todas las cosas, también en el interior de la

sociedad humana" ( GS 43, 4).

943. Debido a su misión regia, los laicos tienen el poder de arrancar

al pecado su dominio sobre sí mismos y sobre el mundo por medio de

su abnegación y santidad de vida (cf. LG 36).

944. La vida consagrada a Dios se caracteriza por la profesión

pública de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia

en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia.

945. Entregado a Dios supremamente amado, aquel a quien el

Bautismo ya había destinado a Él, se encuentra en el estado de vida

consagrada, más íntimamente comprometido en el servicio divino y

dedicado al bien de toda la Iglesia.

Párrafo 5

1474-1477

LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS

946. Después de haber confesado "la Santa Iglesia católica", el

Símbolo de los Apóstoles añade "la comunión de los santos". Este

artículo es, en cierto modo, una explicitación del anterior: "¿Qué es la

823

Iglesia, sino la asamblea de todos los santos?" (San Nicetas de

Remesiana, Instructio ad competentes 5, 3, 23 [ Explanatio Symboli,

10]: PL 52, 871). La comunión de los santos es precisamente la

Iglesia.

947. "Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los

unos se comunica a los otros [...] Es, pues, necesario creer [...] que

existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más

importante es Cristo, ya que Él es la cabeza [...] Así, el bien de Cristo

790

es comunicado [...] a todos los miembros, y esta comunicación se hace

por los sacramentos de la Iglesia" (Santo Tomás de Aquino, In

Symbolum Apostolorum scilicet «Credo in Deum» expositio, 13).

"Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos

los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo

común" (Catecismo Romano, 1, 10, 24).

948. La expresión "comunión de los santos" tiene, pues, dos

significados estrechamente relacionados: "comunión en las cosas

1331

santas [ sancta]" y "comunión entre las personas santas [ sancti]".

Sancta sanctis [lo que es santo para los que son santos] es lo que se

proclama por el celebrante en la mayoría de las liturgias orientales en el

momento de la elevación de los santos dones antes de la distribución de la

comunión. Los fieles ( sancti) se alimentan con el cuerpo y la sangre de

Cristo ( sancta) para crecer en la comunión con el Espíritu Santo

( Koinônia) y comunicarla al mundo.

I. La comunión de los bienes espirituales

949. En la comunidad primitiva de Jerusalén, los discípulos "acudían

[...] asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión, a la

fracción del pan y a las oraciones" ( Hch 2, 42):

La comunión en la fe. La fe de los fieles es la fe de la Iglesia

185

recibida de los Apóstoles, tesoro de vida que se enriquece cuando se

comparte.

950. La comunión de los sacramentos. ―El fruto de todos los

1130

Sacramentos pertenece a todos. Porque los Sacramentos, y sobre todo

el Bautismo que es como la puerta por la que los hombres entran en la

Iglesia, son otros tantos vínculos sagrados que unen a todos y los ligan

a Jesucristo. Los Padres indican en el Símbolo que debe entenderse

que la comunión de los santos es la comunión de los sacramentos [...].

El nombre de comunión puede aplicarse a todos los sacramentos

puesto que todos ellos nos unen a Dios [...]. Pero este nombre es más

propio de la Eucaristía que de cualquier otro, porque ella es la que

1331

lleva esta comunión a su culminación‖ (

Catecismo Romano, 1, 10,

24).

951. La comunión de los carismas: En la comunión de la Iglesia, el

799

Espíritu Santo "reparte gracias especiales entre los fieles" para la

edificación de la Iglesia (LG 12). Pues bien, "a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común" ( 1 Co 12, 7).

952. “Todo lo tenían en común” ( Hch 4, 32): "Todo lo que posee el

2402

verdadero cristiano debe considerarlo como un bien en común con los

demás y debe estar dispuesto y ser diligente para socorrer al

necesitado y la miseria del prójimo" ( Catecismo Romano, 1, 10, 27).

El cristiano es un administrador de los bienes del Señor (cf. Lc 16, 1,

3).

1827

953. La comunión de la caridad: En la comunión de los santos,

"ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie

para sí mismo" ( Rm 14, 7). "Si sufre un miembro, todos los demás

sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte

en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus

miembros cada uno por su parte" ( 1 Co 12, 26-27). "La caridad no

busca su interés" ( 1 Co 13, 5; cf. 1 Co 10, 24). El menor de nuestros

2011

actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta

845, 1469

solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en

la comunión de los santos. Todo pecado daña a esta comunión.

II. La comunión entre la Iglesia del cielo y la de la tierra

771

954. Los tres estados de la Iglesia. «Hasta que el Señor venga en su

esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido

todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se

1031, 1023 purifican; mientras otros están glorificados, contemplando "claramente

a Dios mismo, uno y trino, tal cual es"» (LG 49):

«Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en

el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos el mismo himno de

alabanza a nuestro Dios. En efecto, todos los que son de Cristo, que

tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en

Él» (LG 49).

955. "La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los

hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se

interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza

con la comunicación de los bienes espirituales" (LG 49).

1370

956. La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo

están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente

2683

a toda la Iglesia en la santidad [...] No dejan de interceder por nosotros

ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y

los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra [...]

Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):

«No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más

eficazmente que durante mi vida» (Santo Domingo, moribundo, a sus

frailes: Relatio iuridica 4; cf. Jordán de Sajonia, Vita 4, 69).

«Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra» (Santa Teresa del Niño

Jesús, Verba).

957. La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los

1173

del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la

unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica

del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos

todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con

los santos nos une a Cristo, del que mana, como de fuente y cabeza,

toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):

«Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios; en cuanto a los

mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo,

a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro, que

podamos nosotros, también, ser sus compañeros y sus condiscípulos»

( Martirio de san Policarp o 17, 3: SC 10 bis, 232 [Funk 1, 336]).

958. La comunión con los difuntos. «La Iglesia peregrina,

1371

perfectamente consciente de esta comunión de todo el cuerpo místico

de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con

gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció sufragios por

ellos; "pues es una idea santa y piadosa orar por los difuntos para que

se vean libres de sus pecados" ( 2 M 12, 46)"» (LG 50). Nuestra 1032, 1689

oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer

eficaz su intercesión en nuestro favor.

959. En la única familia de Dios. "Todos los hijos de Dios y

miembros de una misma familia en Cristo, al unirnos en el amor

1027

mutuo y en la misma alabanza a la Santísima Trinidad, estamos

respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia" (LG 51).

Resumen

960. La Iglesia es "comunión de los santos": esta expresión designa

primeramente las "cosas santas" ( sancta ), y ante todo la Eucaristía,

"que significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes,

que forman un solo cuerpo en Cristo" ( LG 3).

961. Este término designa también la comunión entre las "personas

santas" ( sancti ) en Cristo que ha "muerto por todos", de modo que lo

que cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto para todos.

962. "Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir,

de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de

muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos

se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa

comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y

de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras

oraciones" (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios , 30).

Párrafo 6

MARÍA, MADRE DE CRISTO, MADRE DE LA IGLESIA

484-507

963. Después de haber hablado del papel de la Virgen María en el

721-726

Misterio de Cristo y del Espíritu, conviene considerar ahora su lugar

en el Misterio de la Iglesia. «Se la reconoce y se la venera como

verdadera Madre de Dios y del Redentor [...] más aún, "es

verdaderamente la Madre de los miembros (de Cristo) porque

colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes,

miembros de aquella cabeza" (LG 53; cf. San Agustín, De sancta virginitate 6, 6)"». "María [...], Madre de Cristo, Madre de la Iglesia"

(Pablo VI, Discurso a los padres conciliares al concluir la tercera

sesión del Concilio Ecuménico, 21 de noviembre de 1964).

I. La maternidad de María respecto de la Iglesia

TOTALMENTE UNIDA A SU HIJO...

964. El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su

unión con Cristo, deriva directamente de ella. "Esta unión de la Madre

con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento

de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte" (LG 57). Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión:

«La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y

534

mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad

de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su

sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba amorosamente

su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima que Ella

618

había engendrado. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio

como madre al discípulo con estas palabras: ―Mujer, ahí tienes a tu hijo‖

( Jn 19, 26-27)» (LG 58).

965. Después de la Ascensión de su Hijo, María "estuvo presente en

los comienzos de la Iglesia con sus oraciones" (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, "María pedía con sus oraciones el don

del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra"

(LG 59).

... TAMBIÉN EN SU ASUNCIÓN...

966. "Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda

491

mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra,

fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios

como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su

Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte"

(LG 59; cf. Pío XII, Const. ap. Munificentissimus Deus, 1 noviembre 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una

participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación

de la resurrección de los demás cristianos:

«En el parto te conservaste Virgen, en tu tránsito no desamparaste al

mundo, oh Madre de Dios. Alcanzaste la fuente de la Vida porque

concebiste al Dios viviente, y con tu intercesión salvas de la muerte

nuestras almas ( Tropario en el día de la Dormición de la Bienaventurada

Virgen María).

... ELLA ES NUESTRA MADRE EN EL ORDEN DE LA GRACIA

967. Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora

de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para

2679

la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es "miembro

supereminente y del todo singular de la Iglesia" (LG 53), incluso 507

constituye "la figura" [ typus] de la Iglesia (LG 63).

968. Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va

494

aún más lejos. "Colaboró de manera totalmente singular a la obra del

Salvador por su obediencia, su fe, esperanza y ardiente amor, para

restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es

nuestra madre en el orden de la gracia" (LG 61).

501

969. "Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de

la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la

149

Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la

realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su

1370

asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que

continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la

salvación eterna [...] Por eso la Santísima Virgen es invocada en la

Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora"

(LG 62).

970. "La misión maternal de María para con los hombres de ninguna

manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que

manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la

2008

salvación de los hombres [...] brota de la sobreabundancia de los méritos de

Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca

toda su eficacia" (LG 60). "Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el

mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el

sacerdocio de Cristo participan de diversas maneras tanto los ministros como

1545

el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en

las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del

Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración

308

diversa que participa de la única fuente" (LG 62).

II. El culto a la Santísima Virgen

2673-2679

971. "Todas las generaciones me llamarán bienaventurada" ( Lc 1,

1172

48): "La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento

intrínseco del culto cristiano" (MC 56). La Santísima Virgen «es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto,

desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con

el título de "Madre de Dios", bajo cuya protección se acogen los fieles

suplicantes en todos sus peligros y necesidades [...] Este culto [...]

aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de

adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al

Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente" (LG 66); encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre

de Dios (cf. SC 103) y en la oración mariana, como el Santo Rosario, 2678

"síntesis de todo el Evangelio" (MC 42).

III. María icono escatológico de la Iglesia

972. Después de haber hablado de la Iglesia, de su origen, de su

misión y de su destino, no se puede concluir mejor que volviendo la

mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su

773, 829

misterio, en su "peregrinación de la fe", y lo que será al final de su

marcha, donde le espera, "para la gloria de la Santísima e indivisible

Trinidad", "en comunión con todos los santos" (LG 69), aquella a quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como su propia

Madre:

«Entre tanto, la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y

alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el

siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor,

2853

brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y

de consuelo» (LG 68).

Resumen

973. Al pronunciar el Fiat de la Anunciación y al dar su

consentimiento al misterio de la Encarnación, María colabora ya en

toda la obra que debe llevar a cabo su Hijo. Ella es madre allí donde

Él es Salvador y Cabeza del Cuerpo místico.

974. La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida

terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde

ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo,

anticipando la resurrección de todos los miembros de su cuerpo.

975. "Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre

de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con

respecto a los miembros de Cristo ( Credo del Pueblo de Dios, 15).

ARTÍCULO 10

"CREO EN EL PERDÓN DE LOS PECADOS"

976. El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los

pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y

en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a su Apóstoles,

Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los

pecados: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados,

les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan

retenidos" ( Jn 20, 22-23).

(La Segunda parte del Catecismo tratará explícitamente del perdón de los

pecados por el Bautismo, el sacramento de la Penitencia y los demás

sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con evocar brevemente,

por tanto, algunos datos básicos).

I. Un solo Bautismo para el perdón de los pecados

1263

977. Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al

Bautismo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda

la creación. El que crea y sea bautizado se salvará" ( Mc 16, 15-16). El

Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los

pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y

resucitado para nuestra justificación (cf. Rm 4, 25), a fin de que

"vivamos también una vida nueva" ( Rm 6, 4).

978. "En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de

fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan

completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente

nada por borrar, sea de la culpa original, sea de cualquier otra

cometida u omitida por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que

sufrir para expiarlas. Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la

persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario [...]

todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la

concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal" ( Catecismo

1264

Romano, 1, 11, 3).

979. En este combate contra la inclinación al mal, ¿quién será lo

suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida del

pecado? "Puesto que era necesario que, además de por razón del

sacramento del bautismo, la Iglesia tuviera la potestad de perdonar los

1446

pecados, le fueron confiadas las llaves del Reino de los cielos, con las

que pudiera perdonar los pecados de cualquier penitente, aunque

pecase hasta el final de su vida" ( Catecismo Romano, 1, 11, 4).

980. Por medio del sacramento de la Penitencia, el bautizado puede

1422-1484

reconciliarse con Dios y con la Iglesia:

«Los Padres tuvieron razón en llamar a la penitencia "un bautismo

laborioso" (San Gregorio Nacianceno, Oratio 39, 17). Para los que han

caído después del Bautismo, es necesario para la salvación este

sacramento de la Penitencia, como lo es el Bautismo para quienes aún no

han sido regenerados» (Concilio de Trento: DS 1672).

II. La potestad de las llaves

981. Cristo, después de su Resurrección envió a sus Apóstoles a

predicar "en su nombre la conversión para perdón de los pecados a

todas las naciones" ( Lc 24, 47). Este "ministerio de la reconciliación"

( 2 Co 5, 18), no lo cumplieron los Apóstoles y sus sucesores

anunciando solamente a los hombres el perdón de Dios merecido para

1444

nosotros por Cristo y llamándoles a la conversión y a la fe, sino

comunicándoles también la remisión de los pecados por el Bautismo y

reconciliándolos con Dios y con la Iglesia gracias al poder de las

llaves recibido de Cristo:

553

La Iglesia «ha recibido las llaves del Reino de los cielos, a fin de que se

realice en ella la remisión de los pecados por la sangre de Cristo y la

acción del Espíritu Santo. En esta Iglesia es donde revive el alma, que

estaba muerta por los pecados, a fin de vivir con Cristo, cuya gracia nos

ha salvado» (San Agustín, Sermo 214, 11).

1463

982. No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda

perdonar. "No hay nadie, tan perverso y tan culpable que, si

verdaderamente está arrepentido de sus pecados, no pueda contar con

la esperanza cierta de perdón" ( Catecismo Romano, 1, 11, 5). Cristo,

605

que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén

siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del

pecado (cf. Mt 18, 21-22).

1442

983. La catequesis se esforzará por avivar y nutrir en los fieles la fe

en la grandeza incomparable del don que Cristo resucitado ha hecho a

su Iglesia: la misión y el poder de perdonar verdaderamente los

pecados, por medio del ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores:

1465

«El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso: quiere que

sus pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que había hecho

cuando estaba en la tierra» (San Ambrosio, De Paenitentia 1, 8, 34).

«[Los sacerdotes] han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los

ángeles, ni a los arcángeles [...] Dios sanciona allá arriba todo lo que los

sacerdotes hagan aquí abajo» (San Juan Crisóstomo, De sacerdotio 3, 5).

«Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna

esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación

eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don»

(San Agustín, Sermo 213, 8, 8).

Resumen

984. El Credo relaciona "el perdón de los pecados" con la profesión

de fe en el Espíritu Santo. En efecto, Cristo resucitado confió a los

Apóstoles el poder de perdonar los pecados cuando les dio el Espíritu

Santo.

985. El Bautismo es el primero y principal sacramento para el

perdón de los pecados: nos une a Cristo muerto y resucitado y nos da

el Espíritu Santo.

986. Por voluntad de Cristo, la Iglesia posee el poder de perdonar

los pecados de los bautizados y ella lo ejerce de forma habitual en el

sacramento de la penitencia por medio de los obispos y de los

presbíteros.

987. "En la remisión de los pecados, los sacerdotes y los sacramentos

son como instrumentos de los que quiere servirse nuestro Señor

Jesucristo, único autor y dispensador de nuestra salvación, para

borrar nuestras iniquidades y darnos la gracia de la justificación"

( Catecismo Romano , 1, 11, 6).

ARTÍCULO 11

"CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE"

988. El Credo cristiano –profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo

y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora–

culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de

los tiempos, y en la vida eterna.

989. Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo

que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que

655

vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán

para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último

día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de

648

la Santísima Trinidad:

«Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita

en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también

la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en

vosotros» ( Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

990. El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y

de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La "resurrección de la carne"

significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma

364

inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" ( Rm 8, 11) volverán

a tener vida.

991. Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus

638

comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. "La resurrección de

los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer

en ella" (Tertuliano, De resurrectione mortuorum 1, 1):

«¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección

de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó.

Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra

fe [...] ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de

los que durmieron» ( 1 Co 15, 12-14. 20).

I. La Resurrección de Cristo y la nuestra

REVELACIÓN PROGRESIVA DE LA RESURRECCIÓN

992. La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente

por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los

muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un

Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del

297

cielo y de la tierra es también Aquél que mantiene fielmente su

Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva

comienza a expresarse la fe en la resurrección. En sus pruebas, los

mártires Macabeos confiesan:

«El Rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará

a una vida eterna» ( 2 M 7, 9). «Es preferible morir a manos de los

hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo

por él» ( 2 M 7, 14; cf. 2 M 7, 29; Dn 12, 1-13).

993. Los fariseos (cf. Hch 23, 6) y muchos contemporáneos del

575

Señor (cf. Jn 11, 24) esperaban la resurrección. Jesús la enseña

firmemente. A los saduceos que la niegan responde: "Vosotros no

conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el

error" ( Mc 12, 24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios

205

que "no es un Dios de muertos sino de vivos" ( Mc 12, 27).

994. Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su

propia persona: "Yo soy la resurrección y la vida" ( Jn 11, 25). Es el

mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído

en Él (cf. Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan comido su cuerpo y bebido su

sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y una

prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf.

646

Mc 5,21-42; Lc 7,11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección

que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, Él

habla como del "signo de Jonás" ( Mt 12, 39), del signo del Templo

(cf. Jn 2, 19-22): anuncia su Resurrección al tercer día después de su

652

muerte (cf. Mc 10, 34).

860

995. Ser testigo de Cristo es ser "testigo de su Resurrección" ( Hch 1,

22; cf. 4, 33), "haber comido y bebido con él después de su

Resurrección de entre los muertos" ( Hch 10, 41). La esperanza

cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros

655

con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él.

996. Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha

643

encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co 15,

12-13). "En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción

que en la resurrección de la carne" (San Agustín, Enarratio in

Psalmum 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la

muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual.

Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda

resucitar a la vida eterna?

C

ÓMO RESUCITAN LOS MUERTOS

997. ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el

cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su

366

alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo

glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros

cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud

de la Resurrección de Jesús.

1038

998. ¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: "los que

hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el

mal, para la condenación" ( Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2).

640

999. ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: "Mirad mis manos

y mis pies; soy yo mismo" ( Lc 24, 39); pero Él no volvió a una vida

645

terrenal. Del mismo modo, en Él "todos resucitarán con su propio

cuerpo, del que ahora están revestidos" (Concilio de Letrán IV: DS

801), pero este cuerpo será "transfigurado en cuerpo de gloria" ( Flp 3,

21), en "cuerpo espiritual" ( 1 Co 15, 44):

«Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo

vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo

que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano...,

se siembra corrupción, resucita incorrupción [...]; los muertos resucitarán

incorruptibles. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista

de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad ( 1

Cor 15,35-37. 42. 53).

1000. Este "cómo ocurrirá la resurrección" sobrepasa nuestra

647

imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe.

Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la

transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo:

«Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la

invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida

por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que

participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la

1405

esperanza de la resurrección» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4,

18, 4-5).

1001. ¿Cuándo? Sin duda en el "último día" ( Jn 6, 39-40. 44. 54; 11,

1038

24); "al fin del mundo" (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

673

«El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la

trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo

resucitarán en primer lugar» ( 1 Ts 4, 16).

R

ESUCITADOS CON CRISTO

1002. Si es verdad que Cristo nos resucitará en "el último día",

también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con

Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra

es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de

655

Cristo:

«Sepultados con él en el Bautismo, con él también habéis resucitado por

la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos [...] Así

pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde

está Cristo sentado a la diestra de Dios» ( Col 2, 12; 3, 1).

1003. Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya

1227

realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero

2796

esta vida permanece "escondida [...] con Cristo en Dios" ( Col 3, 3)

"Con él nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo

Jesús" ( Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros

pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el

último día también nos "manifestaremos con él llenos de gloria"

( Col 3, 4).

364

1004. Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan

ya de la dignidad de ser "en Cristo"; donde se basa la exigencia del

respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno,

1397

particularmente cuando sufre:

«El cuerpo es [...] para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que

resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder.

¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? [...] No os

pertenecéis [...] Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo» ( 1 Co 6,

13-15. 19-20).

II. Morir en Cristo Jesús

1005. Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es

necesario "dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor" ( 2

624

Co 5,8). En esta "partida" ( Flp 1,23) que es la muerte, el alma se

650

separa del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de

los muertos (cf. Credo del Pueblo de Dios, 28).

LA MUERTE

1006. "Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza

164, 1500

su cumbre" (GS 18). En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es "salario del pecado" ( Rm 6, 23;

cf. Gn 2, 17). Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una

participación en la muerte del Señor para poder participar también en

su Resurrección (cf. Rm 6, 3-9; Flp 3, 10-11).

1007. La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están

medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y

como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte

como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da

urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve

también para hacernos pensar que no contamos más que con un

tiempo limitado para llevar a término nuestra vida:

«Acuérdate de tu Creador en tus días mozos [...], mientras no vuelva el

polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo

dio» ( Qo 12, 1. 7).

1008. La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de

401

las afirmaciones de la Sagrada Escritura (cf. Gn 2,17; 3, 3; 3,19; Sb 1,

13; Rm 5, 12; 6, 23) y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia

enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del

hombre (cf. DS 1511). Aunque el hombre poseyera una naturaleza

mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria

a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como

376

consecuencia del pecado (cf. Sb 2, 23-24). "La muerte temporal de la

cual el hombre se habría liberado si no hubiera pecado" (GS 18), es así

"el último enemigo" del hombre que debe ser vencido (cf. 1 Co 15,

26).

1009. La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios,

sufrió también la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pesar

612

de su angustia frente a ella (cf. Mc 14, 33-34; Hb 5, 7-8), la asumió en

un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La

obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición

(cf. Rm 5, 19-21).

1681-1690

EL SENTIDO DE LA MUERTE CRISTIANA

1010. Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo.

"Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia" ( Flp 1, 21). "Es

cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con

él" ( 2 Tm 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí:

1220

por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente "muerto con

Cristo", para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo,

la muerte física consuma este "morir con Cristo" y perfecciona así

nuestra incorporación a El en su acto redentor:

«Para mí es mejor morir en ( eis) Cristo Jesús que reinar de un extremo a

otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a

Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima [...] Dejadme

recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre» (San Ignacio de

Antioquía, Epistula ad Romanos 6, 1-2).

1011. En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el

cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de

1025

san Pablo: "Deseo partir y estar con Cristo" ( Flp 1, 23); y puede

transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia

el Padre, a ejemplo de Cristo (cf. Lc 23, 46):

«Mi deseo terreno ha sido crucificado; [...] hay en mí un agua viva que

murmura y que dice desde dentro de mí "ven al Padre"» (San Ignacio de

Antioquía, Epistula ad Romanos 7, 2).

«Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir» (Santa Teresa de

Jesús, Poesía, 7).

«Yo no muero, entro en la vida» (Santa Teresa del Niño Jesús, Lettre (9

junio 1987).

1012. La visión cristiana de la muerte (cf. 1 T s 4, 13-14) se expresa

de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia:

«La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al

deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el

cielo» ( Misal Romano, Prefacio de difuntos).

1013. La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del

tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su

vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino.

Cuando ha tenido fin "el único curso de nuestra vida terrena" (LG48),

ya no volveremos a otras vidas terrenas. "Está establecido que los

hombres mueran una sola vez" ( Hb 9, 27). No hay "reencarnación"

después de la muerte.

1014. La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra

muerte ("De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor":

Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por

nosotros "en la hora de nuestra muerte" (Avemaría), y a confiarnos a 2676-2677

san José, patrono de la buena muerte:

«Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si

tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir

de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo

estarás mañana?» ( De imitatione Christi 1, 23, 1).

«Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!

Ningún viviente escapa de su persecución;

¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!

¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!»

(San Francisco de Asís, Canticum Fratris Solis)

Resumen

1015. Caro salutis est cardo ("La carne es soporte de la salvación")

(Tertuliano, De resurrectione mortuorum , 8, 2). Creemos en Dios que

es el creador de la carne; creemos en el Verbo hecho carne para

rescatar la carne; creemos en la resurrección de la carne, perfección

de la creación y de la redención de la carne.

1016. Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la

resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo

transformado reuniéndolo con nuestra alma. Así como Cristo ha

resucitado y vive para siempre, todos nosotros resucitaremos en el

último día.

1017. "Creemos [...] en la verdadera resurrección de esta carne que

poseemos ahora" ( DS 854). No obstante, se siembra en el sepulcro un

cuerpo corruptible, resucita un cuerpo incorruptible (cf. 1 Co 15, 42),

un "cuerpo espiritual" ( 1 Co 15, 44).

1018. Como consecuencia del pecado original, el hombre debe sufrir

"la muerte corporal, de la que el hombre se habría liberado, si no

hubiera pecado" ( GS 18).

1019. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió libremente la muerte por

nosotros en una sumisión total y libre a la voluntad de Dios, su Padre.

Por su muerte venció a la muerte, abriendo así a todos los hombres la

posibilidad de la salvación.

ARTÍCULO 12

“CREO EN LA VIDA ETERNA”

1523-1525

1020. El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte

como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia

dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo

sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción

fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje.

Le habla entonces con una dulce seguridad:

«Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios

Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de

Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti

descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios

en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san

José y todos los ángeles y santos [...] Te entrego a Dios, y, como criatura

suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo

de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y

todos los ángeles y santos [...] Que puedas contemplar cara a cara a tu

Redentor» ( Rito de la Unción de Enfermos y de su cuidado pastoral,

Orden de recomendación de moribundo s, 146-147).

I. El juicio particular

1021. La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a

la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2

Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en

1038

la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida;

pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución

inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus

679

obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la

palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como

otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27;

12, 23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16, 26) que puede

ser diferente para unos y para otros.

1022. Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su

393

retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo,

bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856;

Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820), bien

para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf.

Concilio de Lyon II: DS 857; Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS

1000-1001; Concilio de Florencia: DS 1305), bien para condenarse

inmediatamente para siempre (cf. Concilio de Lyon II: DS 858;

Benedicto XII: DS 1002; Concilio de Florencia: DS 1306).

1470

«A la tarde te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz, Avisos y

sentencias, 57).

II. El cielo

1023. Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están

954

perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para

siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" ( 1 Jn 3, 2), cara

a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):

«Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general

de Dios, las almas de todos los santos [...] y de todos los demás fieles

muertos después de recibir el Bautismo de Cristo en los que no había

nada que purificar cuando murieron [...]; o en caso de que tuvieran o

tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la

muerte [...] aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final,

después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor,

estuvieron, están y estarán en el cielo, en el Reino de los cielos y paraíso

celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después

de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina

esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna

criatura» (Benedicto XII: Const. Benedictus Deus: DS 1000; cf. LG 49).

1024. Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de

vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los

260, 326

bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la

1718

realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado

supremo y definitivo de dicha.

1011

1025. Vivir en el cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1

Ts 4,17). Los elegidos viven "en Él", aún más, tienen allí, o mejor,

encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Ap 2,

17):

«Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí

está el reino» (San Ambrosio, Expositio evangelii secundum Lucam 10,

121).

1026. Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el

cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de

los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su

glorificación celestial a aquellos que han creído en Él y que han

permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad

bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a

793

Él.

1027. Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con

959

todos los que están en Cristo, sobrepasa toda comprensión y toda

representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz,

1720

paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén

celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del

hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" ( 1 Co 2, 9).

1028. A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual

1722

es más que cuando Él mismo abre su Misterio a la contemplación

inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta

contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia

"la visión beatífica":

163

«¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el

honor de participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en

compañía de Cristo, el Señor tu Dios [...], gozar en el Reino de los cielos

en compañía de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la

inmortalidad alcanzada» (San Cipriano de Cartago, Epistula 58, 10).

1029. En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan

956

cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás

hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con Él "ellos

668

reinarán por los siglos de los siglos" ( Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23).

III. La purificación final o purgatorio

1030. Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero

imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna

salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de

obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

954, 1472

1031. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los

elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados.

La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre

todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS

1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos

textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un

fuego purificador:

«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio,

existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad,

al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu

Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro ( Mt 12,

31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser

perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio

Magno, Dialogi 4, 41, 3).

958

1032. Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración

por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: "Por eso mandó

[Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los

muertos, para que quedaran liberados del pecado" ( 2 M 12, 46). Desde

los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos

y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio

1371

eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar

a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las

1479

limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los

difuntos:

«Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job

fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué

habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven

un cierto consuelo? [...] No dudemos, pues, en socorrer a los que han

partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan

Crisóstomo, In epistulam I ad Corinthios homilia 41, 5).

IV. El infierno

1033. Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos

con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente

contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no

ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un

asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en

él" ( 1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos

separados de Él si omitimos socorrer las necesidades graves de los

pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46).

Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor

1861

misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para

siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de

autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los

393

bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno".

633

1034. Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que

nunca se apaga" (cf. Mt 5, 22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a

los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse, y donde se

puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia

en términos graves que "enviará a sus ángeles [...] que recogerán a

todos los autores de iniquidad, y los arrojarán al horno ardiendo"

( Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de mí,

malditos, al fuego eterno!" ( Mt 25, 41).

1035. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su

393

eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal

descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí

sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411;

801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12). La pena

principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien

únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que

ha sido creado y a las que aspira.

1036. Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia

1734

a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con

la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino

eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la

1428

conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y

espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que

entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino

que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" ( Mt 7, 13-14):

«Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del

Señor, estar continuamente en vela. Para que así, terminada la única

carrera que es nuestra vida en la tierra, merezcamos entrar con Él en la

boda y ser contados entre los santos y no nos manden ir, como siervos

malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde

"habrá llanto y rechinar de dientes"» (LG 48).

1037. Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf. DS 397; 1567);

para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un

162

pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística

y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la

1014, 1821 misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos

lleguen a la conversión" ( 2 P 3, 9):

«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu

familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación

eterna y cuéntanos entre tus elegidos» ( Plegaria eucarística I o Canon

Romano, 88: Misal Romano)

678-679

V. El Juicio final

1038. La resurrección de todos los muertos, "de los justos y de los

1001

pecadores" ( Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será "la hora

en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz [...] y los que

hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el

998

mal, para la condenación" ( Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá "en

su gloria acompañado de todos sus ángeles [...] Serán congregadas

delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros,

como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su

derecha, y las cabras a su izquierda [...] E irán éstos a un castigo

eterno, y los justos a una vida eterna." ( Mt 25, 31. 32. 46).

1039. Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo

678

definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios

(cf. Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias

lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su

vida terrena:

«Todo el mal que hacen los malos se registra y ellos no lo saben. El día

en que "Dios no se callará" ( Sal 50, 3) [...] Se volverá hacia los malos:

"Yo había colocado sobre la tierra –dirá Él–, a mis pobrecitos para

vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre,

pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis

miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis

pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar

vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus

manos, no poseéis nada en Mí"» (San Agustín, Sermo 18, 4, 4).

1040. El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el

Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su

637

advenimiento. Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo

Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros

conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda

la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos

admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas

314

a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa

de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es

más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).

1432

1041. El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios

da a los hombres todavía "el tiempo favorable, el tiempo de salvación"

( 2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la

justicia del Reino de Dios. Anuncia la "bienaventurada esperanza" ( Tt

2854

2, 13) de la vuelta del Señor que "vendrá para ser glorificado en sus

santos y admirado en todos los que hayan creído" ( 2 Ts 1, 10).

VI. La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva

769

1042. Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud.

Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo,

670

glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

La Iglesia [...] «sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo [...]

cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la

humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al

310

hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente

renovado en Cristo» (LG 48).

671

1043. La sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a

esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo

( 2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio

280

de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en

518

los cielos y lo que está en la tierra" ( Ef 1, 10).

1044. En este "universo nuevo" ( Ap 21, 5), la Jerusalén celestial,

Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará toda lágrima de

sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas,

porque el mundo viejo ha pasado" ( Ap 21, 4; cf. 21, 27).

1045. Para el hombre esta consumación será la realización final de la

775

unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la

que la Iglesia peregrina era "como el sacramento" (LG 1). Los que 1404

estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la

Ciudad Santa de Dios ( Ap 21, 2), "la Esposa del Cordero" ( Ap 21, 9).

Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor

propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres.

La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable

a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de

comunión mutua.

1046. En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda

comunidad de destino del mundo material y del hombre:

«Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de

349

los hijos de Dios [...] en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de

la corrupción [...] Pues sabemos que la creación entera gime hasta el

presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que

poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en

nuestro interior [...] anhelando el rescate de nuestro cuerpo» ( Rm 8, 19-

23).

1047. Así pues, el universo visible también está destinado a ser

transformado, "a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo

estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos",

participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo

de Lyon, Adversus haereses 5, 32, 1).

1048. "Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la

673

humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo.

Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa,

pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una

nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará

y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de

los hombres" (GS 39).

1049. "No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar,

sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde

crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya

un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir

cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de

2820

Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir

a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de

Dios" (GS 39).

1709

1050. "Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra

diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del

Señor y según su mandato, los encontraremos después de nuevo,

limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo

entregue al Padre el reino eterno y universal" (GS 39; cf. LG 2). Dios 260

será entonces "todo en todos" ( 1 Co 15, 22), en la vida eterna:

«La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el

Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales.

Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la

promesa indefectible de la vida eterna» (San Cirilo de Jerusalén,

Catecheses illuminandorum 18, 29).

Resumen

1051. Al morir cada hombre recibe en su alma inmortal su

retribución eterna en un juicio particular por Cristo, juez de vivos y

de muertos.

1052. "Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la

gracia de Cristo [...] constituyen el Pueblo de Dios después de la

muerte, la cual será destruida totalmente el día de la Resurrección, en

el que estas almas se unirán con sus cuerpos" ( Credo del Pueblo de

Dios , 28).

1053. "Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y

María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celestial, donde

ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como Él es, y

participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente

con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce

Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su

fraterna solicitud ayudan grandemente a nuestra flaqueza" ( Credo del

Pueblo de Dios , 29) .

1054. Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero

imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación

eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener

la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios.

1055. En virtud de la "comunión de los santos", la Iglesia

encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios

en su favor, en particular el santo sacrificio eucarístico.

1056. Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los

fieles de la "triste y lamentable realidad de la muerte eterna"

( DCG 69), llamada también "infierno".

1057. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna

de Dios en quien solamente puede tener el hombre la vida y la

felicidad para las cuales ha sido creado y a las cuales aspira.

1058. La Iglesia ruega para que nadie se pierda: "Jamás permitas

[...] Señor, que me separe de ti" ( Oración antes de la Comunión, 132:

Misal Romano ). Si bien es verdad que nadie puede salvarse a sí

mismo, también es cierto que "Dios quiere que todos los hombres se

salven" ( 1 Tm 2, 4) y que para Él "todo es posible" ( Mt 19, 26).

1059. "La misma santa Iglesia romana cree y firmemente confiesa

que [...] todos los hombres comparecerán con sus cuerpos en el día

del juicio ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus propias

acciones ( DS 859; cf. DS 1549).

1060. Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud.

Entonces, los justos reinarán con Cristo para siempre, glorificados en

cuerpo y alma, y el mismo universo material será transformado. Dios

será entonces "todo en todos" ( 1 Co 15, 28), en la vida eterna.

“AMÉN”

1061. El Credo, como el último libro de la Sagrada Escritura (cf. Ap

2856

22, 21), se termina con la palabra hebrea Amen. Se encuentra también

frecuentemente al final de las oraciones del Nuevo Testamento.

Igualmente, la Iglesia termina sus oraciones con un Amén.

1062. En hebreo, Amen pertenece a la misma raíz que la palabra

"creer". Esta raíz expresa la solidez, la fiabilidad, la fidelidad. Así se

214

comprende por qué el " Amén" puede expresar tanto la fidelidad de

Dios hacia nosotros como nuestra confianza en Él.

215

1063. En el profeta Isaías se encuentra la expresión "Dios de verdad",

literalmente "Dios del Amén", es decir, el Dios fiel a sus promesas:

"Quien desee ser bendecido en la tierra, deseará serlo en el Dios del

Amén" ( Is 65, 16). Nuestro Señor emplea con frecuencia el término

"Amén" (cf. Mt 6, 2.5.16), a veces en forma duplicada (cf. Jn 5, 19),

156

para subrayar la fiabilidad de su enseñanza, su Autoridad fundada en

la Verdad de Dios.

1064. Así pues, el "Amén" final del Credo recoge y confirma su

primera palabra: "Creo". Creer es decir "Amén" a las palabras, a las

promesas, a los mandamientos de Dios, es fiarse totalmente de Él, que

es el Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad. La vida cristiana

197

de cada día será también el "Amén" al "Creo" de la Profesión de fe de

2101

nuestro Bautismo:

«Que tu símbolo sea para ti como un espejo. Mírate en él: para ver si

crees todo lo que declaras creer. Y regocíjate todos los días en tu fe» (San

Agustín, Sermo 58, 11, 13: PL 38, 399).

1065. Jesucristo mismo es el "Amén" ( Ap 3, 14). Es el "Amén"

definitivo del amor del Padre hacia nosotros; asume y completa

nuestro "Amén" al Padre: «Todas las promesas hechas por Dios han

tenido su "sí" en él; y por eso decimos por él "Amén" a la gloria de

Dios» ( 2 Co 1, 20):

«Por Él, con Él y en Él,

a ti, Dios Padre omnipotente,

en la unidad del Espíritu Santo,

todo honor y toda gloria,

por los siglos de los siglos.

AMÉN»

(Doxología después de la Plegaria eucaristía, Misal romano)

SEGUNDA PARTE

LA CELEBRACIÓN DEL MISTERIO CRISTIANO

LA CELEBRACIÓN DEL MISTERIO CRISTIANO

RAZÓN DE SER DE LA LITURGIA

1066. En el Símbolo de la fe, la Iglesia confiesa el misterio de la

Santísima Trinidad y su "designio benevolente" ( Ef 1,9) sobre toda la

50

creación: El Padre realiza el "misterio de su voluntad" dando a su Hijo

Amado y al Espíritu Santo para la salvación del mundo y para la gloria

de su Nombre. Tal es el Misterio de Cristo (cf. Ef 3,4), revelado y

realizado en la historia según un plan, una "disposición" sabiamente

ordenada que san Pablo llama "la Economía del Misterio" ( Ef 3,9) y

236

que la tradición patrística llamará "la Economía del Verbo encarnado"

o "la Economía de la salvación".

1067. «Cristo el Señor realizó esta obra de la redención humana y de

la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que

Dios hizo en el pueblo de la Antigua Alianza, principalmente por el

misterio pascual de su bienaventurada pasión, de su resurrección de

entre los muertos y de su gloriosa ascensión. Por este misterio, "con su

muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra

vida". Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el

sacramento admirable de toda la Iglesia» (SC 5). Por eso, en la liturgia, la Iglesia celebra principalmente el misterio pascual por el

571

que Cristo realizó la obra de nuestra salvación.

1068. Es el Misterio de Cristo lo que la Iglesia anuncia y celebra en

su liturgia a fin de que los fieles vivan de él y den testimonio del

mismo en el mundo:

«En efecto, la liturgia, por medio de la cual "se ejerce la obra de nuestra

redención", sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye

mucho a que los fieles, en su vida, expresen y manifiesten a los demás el

misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia» (SC 2).

SIGNIFICACIÓN DE LA PALABRA "LITURGIA"

1069. La palabra "Liturgia" significa originariamente "obra o

quehacer público", "servicio de parte de y en favor del pueblo". En la

tradición cristiana quiere significar que el Pueblo de Dios toma parte

en "la obra de Dios" (cf. Jn 17,4). Por la liturgia, Cristo, nuestro

Redentor y Sumo Sacerdote, continúa en su Iglesia, con ella y por ella,

la obra de nuestra redención.

1070. La palabra "Liturgia" en el Nuevo Testamento es empleada

para designar no solamente la celebración del culto divino

(cf. Hch 13,2; Lc 1,23), sino también el anuncio del Evangelio

(cf. Rm 15,16; Flp 2,14-17. 30) y la caridad en acto (cf. Rm 15,27; 2

Co 9,12; Flp 2,25). En todas estas situaciones se trata del servicio de

Dios y de los hombres. En la celebración litúrgica, la Iglesia es

servidora, a imagen de su Señor, el único "Liturgo" (cf. Hb 8, 2. 6), al

783

participar del sacerdocio de Cristo (culto), de su condición profética

(anuncio) y de su condición real (servicio de caridad):

«Con razón se considera la liturgia como el ejercicio de la función

sacerdotal de Jesucristo en la que, mediante signos sensibles, se significa

y se realiza, según el modo propio de cada uno, la santificación del

hombre y, así, el Cuerpo místico de Cristo, esto es, la Cabeza y sus

miembros, ejerce el culto público integral. Por ello, toda celebración

litúrgica, como obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia,

es acción sagrada por excelencia cuya eficacia, con el mismo título y en

el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia» (SC 7).

L

A LITURGIA COMO FUENTE DE VIDA

1071. La liturgia, obra de Cristo, es también una acción de su Iglesia.

Realiza y manifiesta la Iglesia como signo visible de la comunión

entre Dios y de los hombres por Cristo. Introduce a los fieles en la

1692

vida nueva de la comunidad. Implica una participación "consciente,

activa y fructífera" de todos (SC 11).

1072. "La sagrada liturgia no agota toda la acción de la Iglesia"

(SC 9): debe ser precedida por la evangelización, la fe y la conversión; sólo así puede dar sus frutos en la vida de los fieles: la Vida nueva

según el Espíritu, el compromiso en la misión de la Iglesia y el

servicio de su unidad.

ORACIÓN Y LITURGIA

1073. La liturgia es también participación en la oración de Cristo,

dirigida al Padre en el Espíritu Santo. En ella toda oración cristiana

encuentra su fuente y su término. Por la liturgia el hombre interior es

enraizado y fundado (cf. Ef 3,16-17) en "el gran amor con que el

Padre nos amó" ( Ef 2,4) en su Hijo Amado. Es la misma "maravilla

de Dios" que es vivida e interiorizada por toda oración, "en todo

2558

tiempo, en el Espíritu" ( Ef 6,18).

CATEQUESIS Y LITURGIA

1074. "La liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia

y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza" (SC 10).

Por tanto, es el lugar privilegiado de la catequesis del Pueblo de Dios.

"La catequesis está intrínsecamente unida a toda la acción litúrgica y

sacramental, porque es en los sacramentos, y sobre todo en la

Eucaristía, donde Jesucristo actúa en plenitud para la transformación

de los hombres" (CT 23).

1075. La catequesis litúrgica pretende introducir en el Misterio de

426

Cristo (es "mistagogia"), procediendo de lo visible a lo invisible, del

signo a lo significado, de los "sacramentos" a los "misterios". Esta

774

modalidad de catequesis corresponde hacerla a los catecismos locales

y regionales. El presente catecismo, que quiere ser un servicio para

toda la Iglesia, en la diversidad de sus ritos y sus culturas (cf. SC 3-4), enseña lo que es fundamental y común a toda la Iglesia en lo que se

refiere a la liturgia en cuanto misterio y celebración ( primera sección),

y a los siete sacramentos y los sacramentales ( segunda sección).

PRIMERA SECCION:

LA ECONOMIA SACRAMENTAL

LA ECONOMIA SACRAMENTAL

1076. El día de Pentecostés, por la efusión del Espíritu Santo, la

Iglesia se manifiesta al mundo (cf. SC 6; LG 2). El don del Espíritu inaugura un tiempo nuevo en la "dispensación del Misterio": el tiempo

de la Iglesia, durante el cual Cristo manifiesta, hace presente y

comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia,

"hasta que él venga" ( 1 Co 11,26). Durante este tiempo de la Iglesia,

Cristo vive y actúa en su Iglesia y con ella ya de una manera nueva, la

propia de este tiempo nuevo. Actúa por los sacramentos; esto es lo que

la Tradición común de Oriente y Occidente llama "la Economía

sacramental"; esta consiste en la comunicación (o "dispensación") de

los frutos del Misterio pascual de Cristo en la celebración de la liturgia

"sacramental" de la Iglesia.

Por ello es preciso explicar primero esta "dispensación

sacramental" ( capítulo primero). Así aparecerán más claramente la

naturaleza y los aspectos esenciales de la celebración litúrgica

( capítulo segundo).

CAPÍTULO PRIMERO

EL MISTERIO PASCUAL EN EL TIEMPO DE LA

IGLESIA

ARTÍCULO 1

LA LITURGIA, OBRA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

I. El Padre, fuente y fin de la liturgia

1077. "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que

492

nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los

cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación

del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor;

eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de

Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la

gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado" ( Ef 1,3-6).

2626

1078. Bendecir es una acción divina que da la vida y cuya fuente es

el Padre. Su bendición es a la vez palabra y don ( "bene-dictio" , "eu-

logia" ). Aplicado al hombre, este término significa la adoración y la

entrega a su Creador en la acción de gracias.

1079. Desde el comienzo y hasta la consumación de los tiempos,

toda la obra de Dios es bendición. Desde el poema litúrgico de la

primera creación hasta los cánticos de la Jerusalén celestial, los

autores inspirados anuncian el designio de salvación como una

inmensa bendición divina.

1080. Desde el comienzo, Dios bendice a los seres vivos,

especialmente al hombre y la mujer. La alianza con Noé y con todos

los seres animados renueva esta bendición de fecundidad, a pesar del

pecado del hombre por el cual la tierra queda "maldita". Pero es a

partir de Abraham cuando la bendición divina penetra en la historia

humana, que se encaminaba hacia la muerte, para hacerla volver a la

vida, a su fuente: por la fe del "padre de los creyentes" que acoge la

bendición se inaugura la historia de la salvación.

1081. Las bendiciones divinas se manifiestan en acontecimientos

maravillosos y salvadores: el nacimiento de Isaac, la salida de Egipto

(Pascua y Éxodo), el don de la Tierra prometida, la elección de David,

la presencia de Dios en el templo, el exilio purificador y el retorno de

un "pequeño resto". La Ley, los Profetas y los Salmos que tejen la

liturgia del Pueblo elegido recuerdan a la vez estas bendiciones

divinas y responden a ellas con las bendiciones de alabanza y de

acción de gracias.

1082. En la liturgia de la Iglesia, la bendición divina es plenamente

revelada y comunicada: el Padre es reconocido y adorado como la

fuente y el fin de todas las bendiciones de la creación y de la

salvación; en su Verbo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros,

nos colma de sus bendiciones y por él derrama en nuestros corazones

el don que contiene todos los dones: el Espíritu Santo.

1083. Se comprende, por tanto, que en cuanto respuesta de fe y de

amor a las "bendiciones espirituales" con que el Padre nos enriquece,

la liturgia cristiana tiene una doble dimensión. Por una parte, la

2627

Iglesia, unida a su Señor y "bajo la acción el Espíritu Santo"

( Lc 10,21), bendice al Padre "por su don inefable" ( 2 Co 9,15)

mediante la adoración, la alabanza y la acción de gracias. Por otra

parte, y hasta la consumación del designio de Dios, la Iglesia no cesa

de presentar al Padre "la ofrenda de sus propios dones" y de implorar

1360

que el Espíritu Santo venga sobre esta ofrenda, sobre ella misma,

sobre los fieles y sobre el mundo entero, a fin de que por la comunión

en la muerte y en la resurrección de Cristo-Sacerdote y por el poder

del Espíritu estas bendiciones divinas den frutos de vida "para

alabanza de la gloria de su gracia" ( Ef 1,6).

II. La obra de Cristo en la liturgia

CRISTO GLORIFICADO...

662

1084. "Sentado a la derecha del Padre" y derramando el Espíritu

Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio

de los sacramentos, instituidos por Él para comunicar su gracia. Los

sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a

1127

nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que

significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu

Santo.

1085. En la liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza

principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús

anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio

pascual. Cuando llegó su hora (cf. Jn 13,1; 17,1), vivió el único

acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado,

resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre "una

vez por todas" ( Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real,

sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los

demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son

absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el

contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su

519

muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo

y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina

así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente

presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección

1165

permanece y atrae todo hacia la Vida.

...DESDE LA IGLESIA DE LOS APÓSTOLES...

1086. "Por esta razón, como Cristo fue enviado por el Padre, Él

858

mismo envió también a los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, no

sólo para que, al predicar el Evangelio a toda criatura, anunciaran que

el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del

poder de Satanás y de la muerte y nos ha conducido al reino del Padre,

sino también para que realizaran la obra de salvación que anunciaban

mediante el sacrificio y los sacramentos en torno a los cuales gira toda

la vida litúrgica" (SC 6).

1087. Así, Cristo resucitado, dando el Espíritu Santo a los Apóstoles,

les confía su poder de santificación (cf. Jn 20, 21-23); se convierten

en signos sacramentales de Cristo. Por el poder del mismo Espíritu

Santo confían este poder a sus sucesores. Esta "sucesión apostólica"

861

estructura toda la vida litúrgica de la Iglesia. Ella misma es

sacramental, transmitida por el sacramento del Orden.

1536

...

ESTÁ PRESENTE EN LA LITURGIA TERRENA...

1088. "Para llevar a cabo una obra tan grande" –la dispensación o

comunicación de su obra de salvación– «Cristo está siempre presente

776

en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en

669

el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro,

"ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que

entonces se ofreció en la cruz", sino también, sobre todo, bajo las

especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos,

1373

de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está

presente en su Palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en

la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la

Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "Donde están

dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos"

( Mt 18,20)» (SC 7).

1089. "Realmente, en una obra tan grande por la que Dios es

perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia

siempre consigo a la Iglesia, su esposa amadísima, que invoca a su

796

Señor y por Él rinde culto al Padre Eterno" (SC 7).

...LA CUAL PARTICIPA EN LA LITURGIA CELESTIAL

1137-1139

1090. "En la liturgia terrena pregustamos y participamos en aquella

liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la

cual nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la

derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo

verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército

celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos participar

con ellos y acompañarlos; aguardamos al Salvador, nuestro Señor

Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra vida, y nosotros nos

manifestemos con Él en la gloria" (SC 8; cf. LG 50).

III. El Espíritu Santo y la Iglesia en la liturgia

1091. En la liturgia, el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe del

798

Pueblo de Dios, el artífice de las "obras maestras de Dios" que son los

sacramentos de la Nueva Alianza. El deseo y la obra del Espíritu en el

corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado.

Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que él ha suscitado,

entonces se realiza una verdadera cooperación. Por ella, la liturgia

viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia.

1092. En esta dispensación sacramental del misterio de Cristo, el

737

Espíritu Santo actúa de la misma manera que en los otros tiempos de

la economía de la salvación: prepara la Iglesia para el encuentro con

su Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea; hace

presente y actualiza el misterio de Cristo por su poder transformador;

finalmente, el Espíritu de comunión une la Iglesia a la vida y a la

misión de Cristo.

EL ESPÍRITU SANTO PREPARA A RECIBIR A CRISTO

1093. El Espíritu Santo realiza en la economía sacramental las

figuras de la Antigua Alianza. Puesto que la Iglesia de Cristo estaba

762

"preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y en la

Antigua Alianza" (LG 2), la liturgia de la Iglesia conserva como una parte integrante e irremplazable, haciéndolos suyos, algunos

elementos del culto de la Antigua Alianza:

–

principalmente la lectura del Antiguo Testamento;

121

–

la oración de los Salmos;

2585

–

y sobre todo la memoria de los acontecimientos salvíficos y de

1081

las realidades significativas que encontraron su cumplimiento en

el misterio de Cristo (la Promesa y la Alianza; el Éxodo y la

Pascua; el Reino y el Templo; el Exilio y el Retorno).

1094. Sobre esta armonía de los dos Testamentos (cf. DV 14-16) se 128-130

articula la catequesis pascual del Señor (cf. Lc 24,13- 49), y luego la

de los Apóstoles y de los Padres de la Iglesia. Esta catequesis pone de

manifiesto lo que permanecía oculto bajo la letra del Antiguo

Testamento: el misterio de Cristo. Es llamada catequesis "tipológica",

porque revela la novedad de Cristo a partir de "figuras" (tipos) que lo

anunciaban en los hechos, las palabras y los símbolos de la primera

Alianza. Por esta relectura en el Espíritu de Verdad a partir de Cristo,

las figuras son explicadas (cf. 2 Co 3, 14-16). Así, el diluvio y el arca

de Noé prefiguraban la salvación por el Bautismo (cf. 1 P 3, 21), y lo

mismo la nube, y el paso del mar Rojo; el agua de la roca era la figura

de los dones espirituales de Cristo (cf. 1 Co 10,1-6); el maná del

desierto prefiguraba la Eucaristía "el verdadero Pan del Cielo"

( Jn 6,32).

1095. Por eso la Iglesia, especialmente durante los tiempos de

Adviento, Cuaresma y sobre todo en la noche de Pascua, relee y revive

281

todos estos acontecimientos de la historia de la salvación en el "hoy"

de su Liturgia. Pero esto exige también que la catequesis ayude a los

fieles a abrirse a esta inteligencia "espiritual" de la economía de la

117

salvación, tal como la liturgia de la Iglesia la manifiesta y nos la hace

vivir.

1096. Liturgia judía y liturgia cristiana. Un mejor conocimiento de la fe y

la vida religiosa del pueblo judío tal como son profesadas y vividas aún hoy,

puede ayudar a comprender mejor ciertos aspectos de la liturgia cristiana.

Para los judíos y para los cristianos la Sagrada Escritura es una parte esencial

de sus respectivas liturgias: para la proclamación de la Palabra de Dios, la

respuesta a esta Palabra, la adoración de alabanza y de intercesión por los

vivos y los difuntos, el recurso a la misericordia divina. La liturgia de la

Palabra, en su estructura propia, tiene su origen en la oración judía. La

1174

oración de las Horas, y otros textos y formularios litúrgicos tienen sus

paralelos también en ella, igual que las mismas fórmulas de nuestras

oraciones más venerables, por ejemplo, el Padre Nuestro. Las plegarias

1352

eucarísticas se inspiran también en modelos de la tradición judía. La relación

entre liturgia judía y liturgia cristiana, pero también la diferencia de sus

contenidos, son particularmente visibles en las grandes fiestas del año

litúrgico como la Pascua. Los cristianos y los judíos celebran la Pascua:

840

Pascua de la historia, orientada hacia el porvenir en los judíos; Pascua

realizada en la muerte y la resurrección de Cristo en los cristianos, aunque

siempre en espera de la consumación definitiva.

1097. En la liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica,

especialmente la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos es

un encuentro entre Cristo y la Iglesia. La asamblea litúrgica recibe su

unidad de la "comunión del Espíritu Santo" que reúne a los hijos de

Dios en el único Cuerpo de Cristo. Esta reunión desborda las

afinidades humanas, raciales, culturales y sociales.

1098. La asamblea debe prepararse para encontrar a su Señor, debe

ser "un pueblo bien dispuesto" (cf. Lc 1, 17). Esta preparación de los

corazones es la obra común del Espíritu Santo y de la asamblea, en

particular de sus ministros. La gracia del Espíritu Santo tiende a

1430

suscitar la fe, la conversión del corazón y la adhesión a la voluntad del

Padre. Estas disposiciones preceden a la acogida de las otras gracias

ofrecidas en la celebración misma y a los frutos de vida nueva que está

llamada a producir.

EL ESPÍRITU SANTO RECUERDA EL MISTERIO DE CRISTO

1099. El Espíritu y la Iglesia cooperan en la manifestación de Cristo

y de su obra de salvación en la liturgia. Principalmente en la

Eucaristía, y análogamente en los otros sacramentos, la liturgia es

Memorial del Misterio de la salvación. El Espíritu Santo es la

memoria viva de la Iglesia (cf. Jn 14,26).

91

1100. La Palabra de Dios. El Espíritu Santo recuerda primeramente

1154

a la asamblea litúrgica el sentido del acontecimiento de la salvación

dando vida a la Palabra de Dios que es anunciada para ser recibida y

vivida:

«La importancia de la Sagrada Escritura en la celebración de la liturgia es

103, 131

máxima. En efecto, de ella se toman las lecturas que luego se explican en

la homilía, y los salmos que se cantan; las preces, oraciones e himnos

litúrgicos están impregnados de su aliento y su inspiración; de ella

reciben su significado las acciones y los signos» (SC 24).

1101. El Espíritu Santo es quien da a los lectores y a los oyentes,

según las disposiciones de sus corazones, la inteligencia espiritual de

117

la Palabra de Dios. A través de las palabras, las acciones y los

símbolos que constituyen la trama de una celebración, el Espíritu

Santo pone a los fieles y a los ministros en relación viva con Cristo,

Palabra e Imagen del Padre, a fin de que puedan hacer pasar a su vida

el sentido de lo que oyen, contemplan y realizan en la celebración.

1102. "La fe se suscita en el corazón de los no creyentes y se

alimenta en el corazón de los creyentes con la palabra [...] de la

salvación. Con la fe empieza y se desarrolla la comunidad de los

creyentes" (PO 4). El anuncio de la Palabra de Dios no se reduce a una enseñanza: exige la respuesta de fe, como consentimiento y

143

compromiso, con miras a la Alianza entre Dios y su pueblo. Es

también el Espíritu Santo quien da la gracia de la fe, la fortalece y la

hace crecer en la comunidad. La asamblea litúrgica es ante todo

comunión en la fe.

1362

1103. La Anámnesis. La celebración litúrgica se refiere siempre a las

intervenciones salvíficas de Dios en la historia. "El plan de la

revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; [...]

las palabras proclaman las obras y explican su misterio" (DV 2). En la liturgia de la Palabra, el Espíritu Santo "recuerda" a la asamblea todo

lo que Cristo ha hecho por nosotros. Según la naturaleza de las

acciones litúrgicas y las tradiciones rituales de las Iglesias, la

celebración "hace memoria" de las maravillas de Dios en una

Anámnesis más o menos desarrollada. El Espíritu Santo, que despierta

así la memoria de la Iglesia, suscita entonces la acción de gracias y la

alabanza ( Doxología).

EL ESPÍRITU SANTO ACTUALIZA EL MISTERIO DE CRISTO

1104. La liturgia cristiana no sólo recuerda los acontecimientos que

nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes. El misterio

1085

pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que

se repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu

Santo que actualiza el único Misterio.

1105. La Epíclesis ("invocación sobre") es la intercesión mediante la

1153

cual el sacerdote suplica al Padre que envíe el Espíritu santificador

para que las ofrendas se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo

y para que los fieles, al recibirlos, se conviertan ellos mismos en

ofrenda viva para Dios.

1106. Junto con la Anámnesis, la Epíclesis es el centro de toda

celebración sacramental, y muy particularmente de la Eucaristía:

1375

«Preguntas cómo el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino [...]

en Sangre de Cristo. Te respondo: el Espíritu Santo irrumpe y realiza

aquello que sobrepasa toda palabra y todo pensamiento [...] Que te baste

oír que es por la acción del Espíritu Santo, de igual modo que gracias a la

Santísima Virgen y al mismo Espíritu, el Señor, por sí mismo y en sí

mismo, asumió la carne humana» (San Juan Damasceno, Expositio fidei,

86 [ De fide orthodoxa, 4, 13]).

1107. El poder transformador del Espíritu Santo en la liturgia

apresura la venida del Reino y la consumación del misterio de la

2816

salvación. En la espera y en la esperanza nos hace realmente anticipar

la comunión plena con la Trinidad Santa. Enviado por el Padre, que

escucha la epíclesis de la Iglesia, el Espíritu da la vida a los que lo

acogen, y constituye para ellos, ya desde ahora, "las arras" de su

herencia (cf. Ef 1,14; 2 Co 1,22).

LA COMUNIÓN EN EL ESPÍRITU SANTO

1108. La finalidad de la misión del Espíritu Santo en toda acción

litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo. El

788

Espíritu Santo es como la savia de la viña del Padre que da su fruto en

los sarmientos (cf. Jn 15,1-17; Ga 5,22). En la liturgia se realiza la

cooperación más íntima entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu

1091

de comunión permanece indefectiblemente en la Iglesia, y por eso la

Iglesia es el gran sacramento de la comunión divina que reúne a los

775

hijos de Dios dispersos. El fruto del Espíritu en la liturgia es

inseparablemente comunión con la Trinidad Santa y comunión

fraterna (cf. 1 Jn 1,3-7).

1109. La Epíclesis es también oración por el pleno efecto de la

comunión de la asamblea con el Misterio de Cristo. "La gracia de

nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del

Espíritu Santo" ( 2 Co 13,13) deben permanecer siempre con nosotros

y dar frutos más allá de la celebración eucarística. La Iglesia, por

tanto, pide al Padre que envíe el Espíritu Santo para que haga de la

vida de los fieles una ofrenda viva a Dios mediante la transformación

1368

espiritual a imagen de Cristo, la preocupación por la unidad de la

Iglesia y la participación en su misión por el testimonio y el servicio

de la caridad.

Resumen

1110. En la liturgia de la Iglesia, Dios Padre es bendecido y adorado

como la fuente de todas las bendiciones de la creación y de la

salvación, con las que nos ha bendecido en su Hijo para darnos el

Espíritu de adopción filial.

1111. La obra de Cristo en la liturgia es sacramental porque su

Misterio de salvación se hace presente en ella por el poder de su

Espíritu Santo; porque su Cuerpo, que es la Iglesia, es como el

sacramento (signo e instrumento) en el cual el Espíritu Santo dispensa

el Misterio de la salvación; porque a través de sus acciones litúrgicas,

la Iglesia peregrina participa ya, como en primicias, en la liturgia

celestial.

1112. La misión del Espíritu Santo en la liturgia de la Iglesia es la

de preparar la asamblea para el encuentro con Cristo; recordar y

manifestar a Cristo a la fe de la asamblea de creyentes; hacer

presente y actualizar la obra salvífica de Cristo por su poder

transformador y hacer fructificar el don de la comunión en la Iglesia.

ARTÍCULO 2

EL MISTERIO PASCUAL EN LOS SACRAMENTOS DE LA

IGLESIA

1113. Toda la vida litúrgica de la Iglesia gira en torno al Sacrificio

1210

Eucarístico y los sacramentos (cf. SC 6). Hay en la Iglesia siete sacramentos: Bautismo, Confirmación o Crismación, Eucaristía,

Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio

(cf. DS 860; 1310; 1601). En este artículo se trata de lo que es común

a los siete sacramentos de la Iglesia desde el punto de vista doctrinal.

Lo que les es común bajo el aspecto de la celebración se expondrá en

el capítulo segundo, y lo que es propio de cada uno de ellos será

objeto de la segunda sección.

I. Sacramentos de Cristo

1114. "Adheridos a la doctrina de las Santas Escrituras, a las

tradiciones apostólicas [...] y al parecer unánime de los Padres",

profesamos que "los sacramentos de la nueva Ley [...] fueron todos

instituidos por nuestro Señor Jesucristo" (DS 1600-1601).

1115. Las palabras y las acciones de Jesús durante su vida oculta y su

ministerio público eran ya salvíficas. Anticipaban la fuerza de su

misterio pascual. Anunciaban y preparaban aquello que Él daría a la

Iglesia cuando todo tuviese su cumplimiento. Los misterios de la vida

512-560

de Cristo son los fundamentos de lo que en adelante, por los ministros

de su Iglesia, Cristo dispensa en los sacramentos, porque "lo [...] que

era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios" (San León

Magno, Sermo 74, 2).

1116. Los sacramentos, como "fuerzas que brotan" del Cuerpo de

1504

Cristo (cf. Lc 5,17; 6,19; 8,46) siempre vivo y vivificante, y como

acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia,

774

son "las obras maestras de Dios" en la nueva y eterna Alianza.

II. Sacramentos de la Iglesia

1117. Por el Espíritu que la conduce "a la verdad completa"

( Jn 16,13), la Iglesia reconoció poco a poco este tesoro recibido de

Cristo y precisó su "dispensación", tal como lo hizo con el canon de

las Sagradas Escrituras y con la doctrina de la fe, como fiel

120

dispensadora de los misterios de Dios (cf. Mt 13,52; 1 Co 4,1). Así, la

Iglesia ha precisado a lo largo de los siglos, que, entre sus

celebraciones litúrgicas, hay siete que son, en el sentido propio del

término, sacramentos instituidos por el Señor.

1118. Los sacramentos son "de la Iglesia" en el doble sentido de que

existen "por ella" y "para ella". Existen "por la Iglesia" porque ella es

el sacramento de la acción de Cristo que actúa en ella gracias a la

misión del Espíritu Santo. Y existen "para la Iglesia", porque ellos son

1396

"sacramentos [...] que constituyen la Iglesia" (San Agustín, De civitate

Dei 22, 17; Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q.64, a. 2

ad 3), ya que manifiestan y comunican a los hombres, sobre todo en la

Eucaristía, el misterio de la Comunión del Dios Amor, uno en tres

Personas.

792

1119. Formando con Cristo-Cabeza "como una única [...] persona

mística" (Pío XII, enc. Mystici Corporis), la Iglesia actúa en los

sacramentos

como

"comunidad

sacerdotal"

"orgánicamente

estructurada" (LG 11): gracias al Bautismo y la Confirmación, el pueblo sacerdotal se hace apto para celebrar la liturgia; por otra parte,

algunos fieles "que han recibido el sacramento del Orden están

instituidos en nombre de Cristo para ser los pastores de la Iglesia con

la palabra y la gracia de Dios" (LG 11).

1547

1120. El ministerio ordenado o sacerdocio ministerial (LG 10) está al servicio del sacerdocio bautismal. Garantiza que, en los sacramentos,

sea Cristo quien actúa por el Espíritu Santo en favor de la Iglesia. La

misión de salvación confiada por el Padre a su Hijo encarnado es

confiada a los Apóstoles y por ellos a sus sucesores: reciben el

Espíritu de Jesús para actuar en su nombre y en su persona

(cf. Jn 20,21-23; Lc 24,47; Mt 28,18-20). Así, el ministro ordenado es

el vínculo sacramental que une la acción litúrgica a lo que dijeron y

realizaron los Apóstoles, y por ellos a lo que dijo y realizó Cristo,

fuente y fundamento de los sacramentos.

1121. Los tres sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y del

1272, 1304 Orden sacerdotal confieren, además de la gracia, un carácter

1582

sacramental o "sello" por el cual el cristiano participa del sacerdocio

de Cristo y forma parte de la Iglesia según estados y funciones

diversos. Esta configuración con Cristo y con la Iglesia, realizada por

el Espíritu, es indeleble (Concilio de Trento: DS 1609); permanece

para siempre en el cristiano como disposición positiva para la gracia,

como promesa y garantía de la protección divina y como vocación al

culto divino y al servicio de la Iglesia. Por tanto, estos sacramentos no

pueden ser reiterados.

III. Sacramentos de la fe

1122. Cristo envió a sus Apóstoles para que, "en su Nombre,

proclamasen a todas las naciones la conversión para el perdón de los

pecados" ( Lc 24,47). "Haced discípulos de todas las naciones,

bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"

( Mt 28,19). La misión de bautizar, por tanto la misión sacramental,

849

está implicada en la misión de evangelizar, porque el sacramento es

preparado por la Palabra de Dios y por la fe que es consentimiento a

1236

esta Palabra:

«El pueblo de Dios se reúne, sobre todo, por la palabra de Dios vivo [...]

Necesita la predicación de la palabra para el ministerio mismo de los

sacramentos. En efecto, son sacramentos de la fe que nace y se alimenta

de la palabra» (PO 4).

1123. "Los sacramentos están ordenados a la santificación de los

hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar

culto a Dios, pero, como signos, también tienen un fin instructivo. No

sólo suponen la fe, también la fortalecen, la alimentan y la expresan

con palabras y acciones; por se llaman sacramentos de la fe" (SC 59).

1154

1124. La fe de la Iglesia es anterior a la fe del fiel, el cual es invitado

166

a adherirse a ella. Cuando la Iglesia celebra los sacramentos confiesa

la fe recibida de los apóstoles, de ahí el antiguo adagio: Lex orandi,

lex credendi (o: Legem credendi lex statuat supplicandi). "La ley de la

1327

oración determine la ley de la fe" ( Indiculus, c. 8: DS 246), según

Próspero de Aquitania, (siglo V). La ley de la oración es la ley de la

fe. La Iglesia cree como ora. La liturgia es un elemento constitutivo de

la Tradición santa y viva (cf. DV 8).

78

1125. Por eso ningún rito sacramental puede ser modificado o

1205

manipulado a voluntad del ministro o de la comunidad. Incluso la

suprema autoridad de la Iglesia no puede cambiar la liturgia a su

arbitrio, sino solamente en virtud del servicio de la fe y en el respeto

religioso al misterio de la liturgia.

1126. Por otra parte, puesto que los sacramentos expresan y

815

desarrollan la comunión de fe en la Iglesia, la lex orandi es uno de los

criterios esenciales del diálogo que intenta restaurar la unidad de los

cristianos (cf. UR 2 y 15).

IV. Sacramentos de la salvación

1127. Celebrados dignamente en la fe, los sacramentos confieren la

gracia que significan (cf. Concilio de Trento: DS 1605 y 1606). Son

1084

eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo; Él es quien bautiza, Él

quien actúa en sus sacramentos con el fin de comunicar la gracia que

el sacramento significa. El Padre escucha siempre la oración de la

1105

Iglesia de su Hijo que, en la epíclesis de cada sacramento, expresa su

696

fe en el poder del Espíritu. Como el fuego transforma en sí todo lo que

toca, así el Espíritu Santo transforma en vida divina lo que se somete a

su poder.

1128. Tal es el sentido de la siguiente afirmación de la Iglesia (cf.

Concilio de Trento: DS 1608): los sacramentos obran ex opere

operato (según las palabras mismas del Concilio: "por el hecho mismo

de que la acción es realizada"), es decir, en virtud de la obra salvífica

de Cristo, realizada de una vez por todas. De ahí se sigue que "el

1584

sacramento no actúa en virtud de la justicia del hombre que lo da o

que lo recibe, sino por el poder de Dios" (Santo Tomás de Aquino, S.

Th., 3, q. 68, a.8, c). En consecuencia, siempre que un sacramento es

celebrado conforme a la intención de la Iglesia, el poder de Cristo y de

su Espíritu actúa en él y por él, independientemente de la santidad

personal del ministro. Sin embargo, los frutos de los sacramentos

dependen también de las disposiciones del que los recibe.

1257

1129. La Iglesia afirma que para los creyentes los sacramentos de la

Nueva Alianza son necesarios para la salvación (cf. Concilio de

Trento: DS 1604). La "gracia sacramental" es la gracia del Espíritu

2003

Santo dada por Cristo y propia de cada sacramento. El Espíritu cura y

transforma a los que lo reciben conformándolos con el Hijo de Dios.

El fruto de la vida sacramental consiste en que el Espíritu de adopción

deifica (cf. 2 P 1,4) a los fieles uniéndolos vitalmente al Hijo único, el

460

Salvador.

V. Sacramentos de la vida eterna

1130. La Iglesia celebra el Misterio de su Señor "hasta que él venga"

y "Dios sea todo en todos" ( 1 Co 11, 26; 15, 28). Desde la era

apostólica, la liturgia es atraída hacia su término por el gemido del

2817

Espíritu en la Iglesia: ¡Marana tha! ( 1 Co 16,22). La liturgia participa

así en el deseo de Jesús: "Con ansia he deseado comer esta Pascua con

vosotros [...] hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios"

( Lc 22,15-16). En los sacramentos de Cristo, la Iglesia recibe ya las

arras de su herencia, participa ya en la vida eterna, aunque

950

"aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del Gran

Dios y Salvador nuestro Jesucristo" ( Tt 2,13). "El Espíritu y la Esposa

dicen: ¡Ven! [...] ¡Ven, Señor Jesús!" ( Ap 22, 17.20).

Santo Tomás resume así las diferentes dimensiones del signo

sacramental: « Unde sacramentum est signum rememorativum eius quod

praecessit, scilicet passionis Christi; et desmonstrativum eius quod in

nobis efficitur per Christi passionem, scilicet gratiae; et prognosticum, id

est, praenuntiativum futurae gloriae» («Por eso el sacramento es un signo

que rememora lo que sucedió, es decir, la pasión de Cristo; es un signo

que demuestra lo que se realiza en nosotros en virtud de la pasión de

Cristo, es decir, la gracia; y es un signo que anticipa, es decir, que

preanuncia la gloria venidera» [ Summa theologiae 3, q. 60, a. 3, c.]).

Resumen

1131. Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos

por Cristo y confiados a la Iglesia por los cuales nos es dispensada la

vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales los sacramentos son

celebrados significan y realizan las gracias propias de cada

sacramento. Dan fruto en quienes los reciben con las disposiciones

requeridas.

1132. La Iglesia celebra los sacramentos como comunidad

sacerdotal estructurada por el sacerdocio bautismal y el de los

ministros ordenados.

1133. El Espíritu Santo dispone a la recepción de los sacramentos

por la Palabra de Dios y por la fe que acoge la Palabra en los

corazones bien dispuestos. Así los sacramentos fortalecen y expresan

la fe.

1134. El fruto de la vida sacramental es a la vez personal y eclesial.

Por una parte, este fruto es para todo fiel la vida para Dios en Cristo

Jesús: por otra parte, es para la Iglesia crecimiento en la caridad y en

su misión de testimonio.

CAPÍTULO SEGUNDO

LA CELEBRACIÓN SACRAMENTAL DEL MISTERIO

PASCUAL

1135. La catequesis de la liturgia implica en primer lugar la

inteligencia de la economía sacramental ( capítulo primero). A su luz

se revela la novedad de su celebración. Se tratará, pues, en este

capítulo de la celebración de los sacramentos de la Iglesia. A través de

la diversidad de las tradiciones litúrgicas, se presenta lo que es común

a la celebración de los siete sacramentos. Lo que es propio de cada

uno de ellos, será presentado más adelante. Esta catequesis

fundamental de las celebraciones sacramentales responderá a las

cuestiones inmediatas que se presentan a un fiel al respecto:

– Quién celebra,

– Cómo celebrar,

– Cuándo celebrar,

–

Dónde celebrar.

ARTÍCULO 1

CELEBRAR LA LITURGIA DE LA IGLESIA

I. ¿Quién celebra?

1136. La Liturgia es "acción" del "Cristo total" ( Christus totus). Los

795

que desde ahora la celebran participan ya, más allá de los signos, de la

liturgia del cielo, donde la celebración es enteramente comunión y

1090

fiesta.

2642

LOS CELEBRANTES DE LA LITURGIA CELESTIAL

1137. El Apocalipsis de san Juan, leído en la liturgia de la Iglesia,

nos revela primeramente que "un trono estaba erigido en el cielo y

Uno sentado en el trono" ( Ap 4,2): "el Señor Dios" ( Is 6,1; cf. Ez 1,26-

28). Luego revela al Cordero, "inmolado y de pie" ( Ap 5,6; cf. Jn

662

1,29): Cristo crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote del

santuario verdadero (cf. Hb 4,14-15; 10, 19-21; etc.), el mismo "que

ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado" ( Liturgia Bizantina.

Anaphora Iohannis Chrysostomi). Y por último, revela "el río de agua

de vida [...] que brota del trono de Dios y del Cordero" ( Ap 22,1), uno

de los más bellos símbolos del Espíritu Santo (cf. Jn 4,10-14; Ap

21,6).

1138. "Recapitulados" en Cristo, participan en el servicio de la

335

alabanza de Dios y en la realización de su designio: las Potencias

celestiales (cf. Ap 4-5; Is 6,2-3), toda la creación (los cuatro

Vivientes), los servidores de la Antigua y de la Nueva Alianza (los

veinticuatro ancianos), el nuevo Pueblo de Dios (los ciento cuarenta y

cuatro mil [cf. Ap 7,1-8; 14,1]), en particular los mártires "degollados

a causa de la Palabra de Dios" [ Ap 6,9-11]), y la Santísima Madre de

1370

Dios (la Mujer [cf. Ap 12], la Esposa del Cordero [cf. Ap 21,9]), y

finalmente una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de

toda nación, razas, pueblos y lenguas" ( Ap 7,9).

1139. En esta liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen

participar cuando celebramos el Misterio de la salvación en los

sacramentos.

L

OS CELEBRANTES DE LA LITURGIA SACRAMENTAL

752, 1348

1140. Es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza

quien celebra. «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino

celebraciones de la Iglesia, que es "sacramento de unidad", esto es,

pueblo santo, congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos.

Por tanto, pertenecen a todo el Cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo

manifiestan, pero afectan a cada miembro de este Cuerpo de manera

diferente, según la diversidad de órdenes, funciones y participación

1372

actual» (SC 26). Por eso también, "siempre que los ritos, según la naturaleza propia de cada uno, admitan una celebración común, con

asistencia y participación activa de los fieles, hay que inculcar que ésta

debe ser preferida, en cuanto sea posible, a una celebración individual

y casi privada" (SC 27).

1141. La asamblea que celebra es la comunidad de los bautizados

que, "por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo,

quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que

ofrezcan, a través de todas las obras propias del cristiano, sacrificios

espirituales" (LG 10). Este "sacerdocio común" es el de Cristo, único Sacerdote, participado por todos sus miembros (cf. LG 10; 34; PO 2): 1120

«La Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a

aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones

litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma y a la cual tiene

derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano "linaje

escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido" ( 1 P 2,9; cf.

1268

2,4-5)» (SC 14).

1142. Pero "todos los miembros no tienen la misma función"

( Rm 12,4). Algunos son llamados por Dios en y por la Iglesia a un

servicio especial de la comunidad. Estos servidores son escogidos y

consagrados por el sacramento del Orden, por el cual el Espíritu Santo

los hace aptos para actuar como representantes de Cristo-Cabeza para

el servicio de todos los miembros de la Iglesia (cf. PO 2 y 15). El ministro ordenado es como el "icono" de Cristo Sacerdote. Por ser en

1549

la Eucaristía donde se manifiesta plenamente el sacramento de la

Iglesia, es también en la presidencia de la Eucaristía donde el

ministerio del obispo aparece en primer lugar, y en comunión con él,

1561

el de los presbíteros y los diáconos.

1143. En orden a ejercer las funciones del sacerdocio común de los

903

fieles existen también otros ministerios particulares, no consagrados

por el sacramento del Orden, y cuyas funciones son determinadas por

los obispos según las tradiciones litúrgicas y las necesidades

pastorales. "Los acólitos, lectores, monitores y los que pertenecen a la

1672

schola cantorum desempeñan un auténtico ministerio litúrgico" (SC

29).

1144. Así, en la celebración de los sacramentos, toda la asamblea es

"liturgo", cada cual según su función, pero en "la unidad del Espíritu"

que actúa en todos. "En las celebraciones litúrgicas, cada cual,

ministro o fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que

le corresponde según la naturaleza de la acción y las normas

litúrgicas" (SC 28).

II. ¿Cómo celebrar?

1333- 1340 SIGNOS Y SÍMBOLOS

1145. Una celebración sacramental esta tejida de signos y de

53

símbolos. Según la pedagogía divina de la salvación, su significación

tiene su raíz en la obra de la creación y en la cultura humana, se perfila

en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud

en la persona y la obra de Cristo.

1146. Signos del mundo de los hombres. En la vida humana, signos y

símbolos ocupan un lugar importante. El hombre, siendo un ser a la

362, 2702

vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a

través de signos y de símbolos materiales. Como ser social, el hombre

1879

necesita signos y símbolos para comunicarse con los demás, mediante

el lenguaje, gestos y acciones. Lo mismo sucede en su relación con

Dios.

299

1147. Dios habla al hombre a través de la creación visible. El cosmos

material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea en él las

huellas de su Creador (cf. Sb 13,1; Rm 1,19-20; Hch 14,17). La luz y

la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos

hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad.

1148. En cuanto creaturas, estas realidades sensibles pueden llegar a

ser lugar de expresión de la acción de Dios que santifica a los

hombres, y de la acción de los hombres que rinden su culto a Dios. Lo

mismo sucede con los signos y símbolos de la vida social de los

hombres: lavar y ungir, partir el pan y compartir la copa pueden

expresar la presencia santificante de Dios y la gratitud del hombre

hacia su Creador.

1149. Las grandes religiones de la humanidad atestiguan, a menudo

843

de forma impresionante, este sentido cósmico y simbólico de los ritos

religiosos. La liturgia de la Iglesia presupone, integra y santifica

elementos de la creación y de la cultura humana confiriéndoles la

dignidad de signos de la gracia, de la creación nueva en Jesucristo.

1150. Signos de la Alianza. El pueblo elegido recibe de Dios signos y

1334

símbolos distintivos que marcan su vida litúrgica: no son ya solamente

celebraciones de ciclos cósmicos y de acontecimientos sociales, sino

signos de la Alianza, símbolos de las grandes acciones de Dios en

favor de su pueblo. Entre estos signos litúrgicos de la Antigua Alianza

se puede nombrar la circuncisión, la unción y la consagración de reyes

y sacerdotes, la imposición de manos, los sacrificios y, sobre todo, la

Pascua. La Iglesia ve en estos signos una prefiguración de los

sacramentos de la Nueva Alianza.

1151. Signos asumidos por Cristo. En su predicación, el Señor Jesús

1335

se sirve con frecuencia de los signos de la creación para dar a conocer

los misterios el Reino de Dios (cf. Lc 8,10). Realiza sus curaciones o

subraya su predicación por medio de signos materiales o gestos

simbólicos (cf. Jn 9,6; Mc 7,33-35; 8,22-25). Da un sentido nuevo a

los hechos y a los signos de la Antigua Alianza, sobre todo al Éxodo y

a la Pascua (cf. Lc 9,31; 22,7-20), porque Él mismo es el sentido de

todos esos signos.

1152. Signos sacramentales. Desde Pentecostés, el Espíritu Santo

realiza la santificación a través de los signos sacramentales de su

Iglesia. Los sacramentos de la Iglesia no anulan, sino purifican e

integran toda la riqueza de los signos y de los símbolos del cosmos y

de la vida social. Aún más, cumplen los tipos y las figuras de la

Antigua Alianza, significan y realizan la salvación obrada por Cristo,

y prefiguran y anticipan la gloria del cielo.

PALABRAS Y ACCIONES

1153. Toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de

Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro se

53

expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras.

Ciertamente, las acciones simbólicas son ya un lenguaje, pero es

preciso que la Palabra de Dios y la respuesta de fe acompañen y

vivifiquen estas acciones, a fin de que la semilla del Reino dé su fruto

en la tierra buena. Las acciones litúrgicas significan lo que expresa la

Palabra de Dios: a la vez la iniciativa gratuita de Dios y la respuesta de

fe de su pueblo.

1100

1154. La liturgia de la Palabra es parte integrante de las

celebraciones sacramentales. Para nutrir la fe de los fieles, los signos

103

de la Palabra de Dios deben ser puestos de relieve: el libro de la

Palabra (leccionario o evangeliario), su veneración (procesión,

incienso, luz), el lugar de su anuncio (ambón), su lectura audible e

inteligible, la homilía del ministro, la cual prolonga su proclamación,

y las respuestas de la asamblea (aclamaciones, salmos de meditación,

letanías, confesión de fe).

1155. La palabra y la acción litúrgica, indisociables en cuanto signos

1127

y enseñanza, lo son también en cuanto que realizan lo que significan.

El Espíritu Santo no solamente procura una inteligencia de la Palabra

de Dios suscitando la fe, sino que también mediante los sacramentos

realiza las "maravillas" de Dios que son anunciadas por la misma

Palabra: hace presente y comunica la obra del Padre realizada por el

Hijo amado.

CANTO Y MÚSICA

1156. "La tradición musical de la Iglesia universal constituye un

tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones

artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las

palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia

solemne" (SC 112). La composición y el canto de salmos inspirados, con frecuencia acompañados de instrumentos musicales, estaban ya

estrechamente ligados a las celebraciones litúrgicas de la Antigua

Alianza. La Iglesia continúa y desarrolla esta tradición: "Recitad entre

vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en

vuestro corazón al Señor" ( Ef 5,19; cf. Col 3,16-17). "El que canta ora

dos veces" (San Agustín, Enarratio in Psalmum 72,1).

1157. El canto y la música cumplen su función de signos de una

manera tanto más significativa cuanto "más estrechamente estén

vinculadas a la acción litúrgica" (SC 112), según tres criterios principales: la belleza expresiva de la oración, la participación

2502

unánime de la asamblea en los momentos previstos y el carácter

solemne de la celebración. Participan así de la finalidad de las palabras

y de las acciones litúrgicas: la gloria de Dios y la santificación de los

fieles (cf. SC 112):

«¡Cuánto lloré al oír vuestros himnos y cánticos, fuertemente conmovido

por las voces de vuestra Iglesia, que suavemente cantaba! Entraban

aquellas voces en mis oídos, y vuestra verdad se derretía en mi corazón, y

con esto se inflamaba el afecto de piedad, y corrían las lágrimas, y me iba

bien con ellas» (San Agustín, Confessiones 9, 6, 14).

1158. La armonía de los signos (canto, música, palabras y acciones)

es tanto más expresiva y fecunda cuanto más se expresa en la riqueza

cultural propia del pueblo de Dios que celebra (cf. SC 119). Por eso 1201

"foméntese con empeño el canto religioso popular, de modo que en los

1674

ejercicios piadosos y sagrados y en las mismas acciones litúrgicas",

conforme a las normas de la Iglesia "resuenen las voces de los fieles"

(SC 118). Pero "los textos destinados al canto sagrado deben estar de acuerdo con la doctrina católica; más aún, deben tomase

principalmente de la Sagrada Escritura y de las fuentes litúrgicas"

(SC 121).

476-477

IMÁGENES SAGRADAS

2129-2132

1159. La imagen sagrada, el icono litúrgico, representa

principalmente a Cristo. No puede representar a Dios invisible e

incomprensible; la Encarnación del Hijo de Dios inauguró una nueva

"economía" de las imágenes:

«En otro tiempo, Dios, que no tenía cuerpo ni figura no podía de ningún

modo ser representado con una imagen. Pero ahora que se ha hecho ver

en la carne y que ha vivido con los hombres, puedo hacer una imagen de

lo que he visto de Dios. [...] Nosotros sin embargo, revelado su rostro,

contemplamos la gloria del Señor» (San Juan Damasceno, De sacris

imaginibus oratio 1,16).

1160. La iconografía cristiana transcribe a través de la imagen el

mensaje evangélico que la sagrada Escritura transmite mediante la

palabra. Imagen y Palabra se esclarecen mutuamente:

«Para expresarnos brevemente: conservamos intactas todas las tradiciones

de la Iglesia, escritas o no escritas, que nos han sido transmitidas sin

alteración. Una de ellas es la representación pictórica de las imágenes,

que está de acuerdo con la predicación de la historia evangélica, creyendo

que, verdaderamente y no en apariencia, el Dios Verbo se hizo carne, lo

cual es tan útil y provechoso, porque las cosas que se esclarecen

mutuamente tienen sin duda una significación recíproca» (Concilio de

Nicea II, año 787, Terminus: COD 111).

1161. Todos los signos de la celebración litúrgica hacen referencia a

Cristo: también las imágenes sagradas de la Santísima Madre de Dios

y de los santos. Significan, en efecto, a Cristo que es glorificado en

ellos. Manifiestan "la nube de testigos" ( Hb 12,1) que continúan

participando en la salvación del mundo y a los que estamos unidos,

sobre todo en la celebración sacramental. A través de sus iconos, es el

hombre "a imagen de Dios", finalmente transfigurado "a su

semejanza" (cf. Rm 8,29; 1 Jn 3,2), quien se revela a nuestra fe, e

incluso los ángeles, recapitulados también en Cristo:

«Siguiendo [...] la enseñanza divinamente inspirada de nuestros santos

Padres y la Tradición de la Iglesia católica (pues reconocemos ser del

Espíritu Santo que habita en ella), definimos con toda exactitud y cuidado

que la imagen de la preciosa y vivificante cruz, así como también las

venerables y santas imágenes, tanto las pintadas como las de mosaico u

otra materia conveniente, se expongan en las santas iglesias de Dios, en

los vasos sagrados y ornamentos, en las paredes y en cuadros, en las casas

y en los caminos: tanto las imágenes de nuestro Señor Dios y Salvador

Jesucristo, como las de nuestra Señora inmaculada la santa Madre de

Dios, de los santos ángeles y de todos los santos y justos» (Concilio de

Nicea II: DS 600).

1162. "La belleza y el color de las imágenes estimulan mi oración. Es

2502

una fiesta para mis ojos, del mismo modo que el espectáculo del

campo estimula mi corazón para dar gloria a Dios" (San Juan

Damasceno, De sacris imaginibus oratio, 127). La contemplación de

las sagradas imágenes, unida a la meditación de la Palabra de Dios y al

canto de los himnos litúrgicos, forma parte de la armonía de los signos

de la celebración para que el misterio celebrado se grabe en la

memoria del corazón y se exprese luego en la vida nueva de los fieles.

III. ¿Cuándo celebrar?

EL TIEMPO LITÚRGICO

1163. «La santa Madre Iglesia considera que es su deber celebrar la

obra de salvación de su divino Esposo con un sagrado recuerdo, en

días determinados a través del año. Cada semana, en el día que llamó

"del Señor", conmemora su resurrección, que una vez al año celebra

también, junto con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la

Pascua. Además, en el ciclo del año desarrolla todo el Misterio de

512

Cristo. [...] Al conmemorar así los misterios de la redención, abre la

riqueza de las virtudes y de los méritos de su Señor, de modo que se

los hace presentes en cierto modo, durante todo tiempo, a los fieles

para que los alcancen y se llenen de la gracia de la salvación"

(SC 102).

1164. El pueblo de Dios, desde la ley mosaica, tuvo fiestas fijas a

partir de la Pascua, para conmemorar las acciones maravillosas del

Dios Salvador, para darle gracias por ellas, perpetuar su recuerdo y

enseñar a las nuevas generaciones a conformar con ellas su conducta.

En el tiempo de la Iglesia, situado entre la Pascua de Cristo, ya

realizada una vez por todas, y su consumación en el Reino de Dios, la

liturgia celebrada en días fijos está toda ella impregnada por la

novedad del Misterio de Cristo.

2659, 2836 1165. Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una

palabra que jalona su oración: ¡Hoy! , como eco de la oración que le

enseñó su Señor ( Mt 6,11) y de la llamada del Espíritu Santo ( Hb 3,7-

4,11; Sal 95,7). Este "hoy" del Dios vivo al que el hombre está

llamado a entrar, es la "Hora" de la Pascua de Jesús, que atraviesa y

1085

guía toda la historia humana:

«La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una

amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el que existía

"antes del lucero de la mañana" y antes de todos los astros, inmortal e

inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por

eso, para nosotros que creemos en él, se instaura un día de luz, largo,

eterno, que no se extingue: la Pascua mística» (Pseudo-Hipólito

Romano, In Sanctum Pascha 1-2).

2174-2188

EL DÍA DEL SEÑOR

1166. "La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en

el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual

cada ocho días, en el día que se llama con razón 'día del Señor' o

1343

domingo" (SC 106). El día de la Resurrección de Cristo es a la vez el

"primer día de la semana", memorial del primer día de la creación, y el

"octavo día" en que Cristo, tras su "reposo" del gran Sabbat, inaugura

el Día "que hace el Señor" ( Sal 118, 24), el "día que no conoce ocaso"

(cf. Maitines de Pascua del rito bizantino, Oda 9, tropario

«Pentekostárion»). El "banquete del Señor" es su centro, porque es

aquí donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor

resucitado que los invita a su banquete (cf. Jn 21,12; Lc 24,30):

«El día del Señor, el día de la Resurrección, el día de los cristianos, es

nuestro día. Por eso es llamado día del Señor: porque es en este día

cuando el Señor subió victorioso junto al Padre. Si los paganos lo llaman

día del sol, también lo hacemos con gusto; porque hoy ha amanecido la

luz del mundo, hoy ha aparecido el sol de justicia cuyos rayos traen la

salvación» (San Jerónimo, In die Domnica Paschae homilia).

1167. El domingo es el día por excelencia de la asamblea litúrgica,

en que los fieles "deben reunirse para, escuchando la Palabra de Dios

y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, la resurrección y la

gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la

esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos»

(SC 106):

«Cuando meditamos, [oh Cristo], las maravillas que fueron realizadas en

este día del domingo de tu santa y gloriosa Resurrección, decimos:

Bendito es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación

[...] la salvación del mundo [...] la renovación del género humano [...] en

él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de

luz. Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las

puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entren en él sin

temor» ( Fanqîth, Breviarium iuxta ritum Ecclesiae Antiochenae Syrorum,

v 6 [Mossul 1886] p. 193b).

EL AÑO LITÚRGICO

1168. A partir del "Triduo Pascual", como de su fuente de luz, el

tiempo nuevo de la Resurrección llena todo el año litúrgico con su

2698

resplandor. El año, gracias a esta fuente, queda progresivamente

transfigurado por la liturgia. Es realmente "año de gracia del Señor"

(cf. Lc 4,19). La economía de la salvación actúa en el marco del

tiempo, pero desde su cumplimiento en la Pascua de Jesús y la efusión

del Espíritu Santo, el fin de la historia es anticipado, como pregustado,

y el Reino de Dios irrumpe en el tiempo de la humanidad.

1169. Por ello, la Pascua no es simplemente una fiesta entre otras:

es la "Fiesta de las fiestas", "Solemnidad de las solemnidades", como

1330

la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos (el gran

sacramento). San Atanasio la llama "el gran domingo" ( Epistula

festivalis 1 [año 329], 10: PG 26, 1366), así como la Semana Santa es

560

llamada en Oriente "la gran semana". El Misterio de la Resurrección,

en el cual Cristo ha aplastado a la muerte, penetra en nuestro viejo

tiempo con su poderosa energía, hasta que todo le esté sometido.

1170. En el Concilio de Nicea (año 325) todas las Iglesias se pusieron de

acuerdo para que la Pascua cristiana fuese celebrada el domingo que sigue al

plenilunio (14 del mes de Nisán) después del equinoccio de primavera. Por

causa de los diversos métodos utilizados para calcular el 14 del mes de

Nisán, en las Iglesias de Occidente y de Oriente no siempre coincide la fecha

de la Pascua. Por eso, dichas Iglesias buscan hoy un acuerdo, para llegar de

nuevo a celebrar en una fecha común el día de la Resurrección del Señor.

1171. El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del

único misterio pascual. Esto vale muy particularmente para el ciclo de

524

las fiestas en torno al misterio de la Encarnación (Anunciación,

Navidad, Epifanía) que conmemoran el comienzo de nuestra salvación

y nos comunican las primicias del misterio de Pascua.

EL SANTORAL EN EL AÑO LITÚRGICO

971

1172. "En la celebración de este círculo anual de los misterios de

Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada

2030

Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la

obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto más excelente

de la redención y contempla con gozo, como en una imagen purísima,

aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser" (SC 103).

1173. Cuando la Iglesia, en el ciclo anual, hace memoria de los

957

mártires y los demás santos "proclama el misterio pascual cumplido en

ellos, que padecieron con Cristo y han sido glorificados con Él;

propone a los fieles sus ejemplos, que atraen a todos por medio de

Cristo al Padre, y por sus méritos implora los beneficios divinos"

(SC 104; cf. SC 108 y 111).

LA LITURGIA DE LAS HORAS

1174. El Misterio de Cristo, su Encarnación y su Pascua, que

celebramos en la Eucaristía, especialmente en la asamblea dominical,

penetra y transfigura el tiempo de cada día mediante la celebración de

la Liturgia de las Horas, "el Oficio divino" (cf. SC 83-101). Esta celebración, en fidelidad a las recomendaciones apostólicas de "orar

sin cesar" ( 1 Ts 5,17; Ef 6,18), "está estructurada de tal manera que la

2698

alabanza de Dios consagra el curso entero del día y de la noche"

(SC 84). Es "la oración pública de la Iglesia" (SC 98) en la cual los fieles (clérigos, religiosos y laicos) ejercen el sacerdocio real de los

bautizados. Celebrada "según la forma aprobada" por la Iglesia, la

Liturgia de las Horas "realmente es la voz de la misma Esposa la que

habla al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, con su mismo

Cuerpo, al Padre" (SC 84).

1175. La Liturgia de las Horas está llamada a ser la oración de todo el

Pueblo de Dios. En ella, Cristo mismo "sigue ejerciendo su función

sacerdotal a través de su Iglesia" (SC 83); cada uno participa en ella según su lugar propio en la Iglesia y las circunstancias de su vida: los sacerdotes en

cuanto entregados al ministerio pastoral, porque son llamados a permanecer

asiduos en la oración y el servicio de la Palabra (cf. SC 86 y 96; PO 5); los religiosos y religiosas por el carisma de su vida consagrada (cf. SC 98); todos los fieles según sus posibilidades: "Los pastores de almas debe

procurar que las Horas principales, sobre todo las Vísperas, los domingos y

fiestas solemnes, se celebren en la iglesia comunitariamente. Se recomienda

que también los laicos recen el Oficio divino, bien con los sacerdotes o

reunidos entre sí, e incluso solos" (SC 100).

1176. Celebrar la Liturgia de las Horas exige no solamente armonizar

2700

la voz con el corazón que ora, sino también "adquirir una instrucción

litúrgica y bíblica más rica especialmente sobre los salmos" (SC 90).

1177. Los himnos y las letanías de la Oración de las Horas insertan la

2586

oración de los salmos en el tiempo de la Iglesia, expresando el

simbolismo del momento del día, del tiempo litúrgico o de la fiesta

celebrada. Además, la lectura de la Palabra de Dios en cada hora (con

los responsorios y los troparios que le siguen), y, a ciertas horas, las

lecturas de los Padres y maestros espirituales, revelan más

profundamente el sentido del Misterio celebrado, ayudan a la

inteligencia de los salmos y preparan para la oración silenciosa. La

lectio divina, en la que la Palabra de Dios es leída y meditada para

convertirse en oración, se enraíza así en la celebración litúrgica.

1178. La Liturgia de las Horas, que es como una prolongación de la

celebración eucarística, no excluye sino acoge de manera

complementaria las diversas devociones del Pueblo de Dios,

1378

particularmente la adoración y el culto del Santísimo Sacramento.

IV. ¿Dónde celebrar?

1179. El culto "en espíritu y en verdad" ( Jn 4,24) de la Nueva

Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la tierra es santa y

ha sido confiada a los hijos de los hombres. Cuando los fieles se

reúnen en un mismo lugar, lo fundamental es que ellos son las

"piedras vivas", reunidas para "la edificación de un edificio espiritual"

586

( 1 P 2,4-5). El Cuerpo de Cristo resucitado es el templo espiritual de

donde brota la fuente de agua viva. Incorporados a Cristo por el

Espíritu Santo, "somos el templo de Dios vivo" ( 2 Co 6,16).

2106

1180. Cuando el ejercicio de la libertad religiosa no es impedido

(cf. DH 4), los cristianos construyen edificios destinados al culto divino. Estas iglesias visibles no son simples lugares de reunión, sino

que significan y manifiestan a la Iglesia que vive en ese lugar, morada

de Dios con los hombres reconciliados y unidos en Cristo.

1181. "En la casa de oración se celebra y se reserva la sagrada

Eucaristía, se reúnen los fieles y se venera para ayuda y consuelo los

fieles la presencia del Hijo de Dios, nuestro Salvador, ofrecido por

nosotros en el altar del sacrificio. Esta casa de oración debe ser

hermosa y apropiada para la oración y para las celebraciones

sagradas" (PO 5; cf. SC 122-127). En esta "casa de Dios", la verdad y la armonía de los signos que la constituyen deben manifestar a Cristo

que está presente y actúa en este lugar (cf. SC 7): 1182. El altar de la Nueva Alianza es la Cruz del Señor (cf. Hb 13,10), de

617, 813

la que manan los sacramentos del Misterio pascual. Sobre el altar, que es el

centro de la Iglesia, se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos

sacramentales. El altar es también la mesa del Señor, a la que el Pueblo de

Dios es invitado (cf. Ordenación general del Misal romano, 259: Misal

Romano). En algunas liturgias orientales, el altar es también símbolo del

sepulcro (Cristo murió y resucitó verdaderamente).

1183. El tabernáculo debe estar situado "en las iglesias en el lugar más

1379

digno y con el máximo honor" (Pablo VI, Carta enc. Mysterium fidei). La nobleza, la disposición y la seguridad del tabernáculo eucarístico (SC 128) 2120

deben favorecer la adoración del Señor realmente presente en el Santísimo

Sacramento del altar.

El Santo Crisma ( Myron), cuya unción es signo sacramental del sello

1241

del don del Espíritu Santo, es tradicionalmente conservado y venerado en un

lugar seguro del santuario. Se puede colocar junto a él el óleo de los

catecúmenos y el de los enfermos.

1184. La sede del obispo (cátedra) o del sacerdote "debe significar su oficio

de presidente de la asamblea y director de la oración" (cf. Ordenación

general del Misal romano, 271: Misal Romano).

El ambón: "La dignidad de la Palabra de Dios exige que en la iglesia

103

haya un sitio reservado para su anuncio, hacia el que, durante la liturgia de la

Palabra, se vuelva espontáneamente la atención de los fieles" (cf. Ordenación

general del Misal romano, 272: Misal Romano).

1185. La reunión del pueblo de Dios comienza por el Bautismo; por tanto,

el templo debe tener lugar apropiado para la celebración del Bautismo

(baptisterio) y favorecer el recuerdo de las promesas del bautismo (agua

bendita).

La renovación de la vida bautismal exige la penitencia. Por tanto, el

templo debe estar preparado para que se pueda expresar el arrepentimiento y

la recepción del perdón, lo cual exige asimismo un lugar apropiado.

2717

El templo también debe ser un espacio que invite al recogimiento y a la

oración silenciosa, que prolonga e interioriza la gran plegaria de la

Eucaristía.

1130

1186. Finalmente, el templo tiene una significación escatológica.

Para entrar en la casa de Dios ordinariamente se franquea un umbral,

símbolo del paso desde el mundo herido por el pecado al mundo de la

vida nueva al que todos los hombres son llamados. La Iglesia visible

simboliza la casa paterna hacia la cual el pueblo de Dios está en

marcha y donde el Padre "enjugará toda lágrima de sus ojos"

( Ap 21,4). Por eso también la Iglesia es la casa de todos los hijos de

Dios, ampliamente abierta y acogedora.

Resumen

1187. La liturgia es la obra de Cristo total, Cabeza y Cuerpo.

Nuestro Sumo Sacerdote la celebra sin cesar en la liturgia celestial,

con la santa Madre de Dios, los Apóstoles, todos los santos y la

muchedumbre de seres humanos que han entrado ya en el Reino.

1188. En una celebración litúrgica, toda la asamblea es "liturgo",

cada cual según su función. El sacerdocio bautismal es el sacerdocio

de todo el Cuerpo de Cristo. Pero algunos fieles son ordenados por el

sacramento del Orden sacerdotal para representar a Cristo como

Cabeza del Cuerpo.

1189. La celebración litúrgica comprende signos y símbolos que se

refieren a la creación (luz, agua, fuego), a la vida humana (lavar,

ungir, partir el pan) y a la historia de la salvación (los ritos de la

Pascua). Insertos en el mundo de la fe y asumidos por la fuerza del

Espíritu Santo, estos elementos cósmicos, estos ritos humanos, estos

gestos del recuerdo de Dios se hacen portadores de la acción salvífica

y santificadora de Cristo.

1190. La Liturgia de la Palabra es una parte integrante de la

celebración. El sentido de la celebración es expresado por la Palabra

de Dios que es anunciada y por el compromiso de la fe que responde a

ella.

1191. El canto y la música están en estrecha conexión con la acción

litúrgica. Criterios para un uso adecuado de ellos son: la belleza

expresiva de la oración, la participación unánime de la asamblea, y el

carácter sagrado de la celebración.

1192. Las imágenes sagradas, presentes en nuestras iglesias y en

nuestras casas, están destinadas a despertar y alimentar nuestra fe en

el Misterio de Cristo. A través del icono de Cristo y de sus obras de

salvación, es a Él a quien adoramos. A través de las sagradas

imágenes de la Santísima Madre de Dios, de los ángeles y de los

santos, veneramos a quienes en ellas son representados.

1193. El domingo, "día del Señor", es el día principal de la

celebración de la Eucaristía porque es el día de la Resurrección. Es el

día de la asamblea litúrgica por excelencia, el día de la familia

cristiana, el día del gozo y de descanso del trabajo. Él es "fundamento

y núcleo de todo el año litúrgico" ( SC 106).

1194. La Iglesia, "en el círculo del año desarrolla todo el misterio de

Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión,

Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del

Señor" ( SC 102).

1195. Haciendo memoria de los santos, en primer lugar de la santa

Madre de Dios, luego de los Apóstoles, los mártires y los otros santos,

en días fijos del año litúrgico, la Iglesia de la tierra manifiesta que

está unida a la liturgia del cielo; glorifica a Cristo por haber

realizado su salvación en sus miembros glorificados; su ejemplo la

estimula en el camino hacia el Padre.

1196. Los fieles que celebran la Liturgia de las Horas se unen a

Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, por la oración de los salmos, la

meditación de la Palabra de Dios, de los cánticos y de las

bendiciones, a fin de ser asociados a su oración incesante y universal

que da gloria al Padre e implora el don del Espíritu Santo sobre el

mundo entero.

1197. Cristo es el verdadero Templo de Dios, "el lugar donde reside

su gloria"; por la gracia de Dios los cristianos son también templos

del Espíritu Santo, piedras vivas con las que se construye la Iglesia.

1198. En su condición terrena, la Iglesia tiene necesidad de lugares

donde la comunidad pueda reunirse: nuestras iglesias visibles,

lugares santos, imágenes de la Ciudad Santa, la Jerusalén celestial

hacia la cual caminamos como peregrinos.

1199. En estos templos, la Iglesia celebra el culto público para

gloria de la Santísima Trinidad; en ellos escucha la Palabra de Dios y

canta sus alabanzas, eleva su oración y ofrece el Sacrificio de Cristo,

sacramentalmente presente en medio de la asamblea. Estas iglesias

son también lugares de recogimiento y de oración personal.

ARTÍCULO 2

DIVERSIDAD LITÚRGICA Y UNIDAD DEL MISTERIO

TRADICIONES LITÚRGICAS Y CATOLICIDAD DE LA IGLESIA

1200. Desde la primera comunidad de Jerusalén hasta la Parusía, las

Iglesias de Dios, fieles a la fe apostólica, celebran en todo lugar el

mismo Misterio pascual. El Misterio celebrado en la liturgia es uno,

pero las formas de su celebración son diversas.

2625

1201. La riqueza insondable del Misterio de Cristo es tal que ninguna

tradición litúrgica puede agotar su expresión. La historia del

2663

nacimiento y del desarrollo de estos ritos testimonia una maravillosa

complementariedad. Cuando las Iglesias han vivido estas tradiciones

litúrgicas en comunión en la fe y en los sacramentos de la fe, se han

1158

enriquecido mutuamente y crecen en la fidelidad a la tradición y a la

misión común a toda la Iglesia (cf. EN 63-64).

1202. Las diversas tradiciones litúrgicas nacieron por razón misma

814

de la misión de la Iglesia. Las Iglesias de una misma área geográfica y

cultural llegaron a celebrar el Misterio de Cristo a través de

expresiones particulares, culturalmente tipificadas: en la tradición del

1674

"depósito de la fe" ( 2 Tm 1,14), en el simbolismo litúrgico, en la

organización de la comunión fraterna, en la inteligencia teológica de

los misterios, y en tipos de santidad. Así, Cristo, Luz y Salvación de

todos los pueblos, mediante la vida litúrgica de una Iglesia, se

manifiesta al pueblo y a la cultura a los cuales es enviada y en los que

se enraíza. La Iglesia es católica: puede integrar en su unidad,

835

purificándolas, todas las verdaderas riquezas de las culturas (cf.

1937

LG 23; UR 4).

1203. Las tradiciones litúrgicas, o ritos, actualmente en uso en la Iglesia son

el rito latino (principalmente el rito romano, pero también los ritos de

algunas Iglesias locales como el rito ambrosiano, el rito hispánico-visigótico

o los de diversas órdenes religiosas) y los ritos bizantino, alejandrino o

copto, siriaco, armenio, maronita y caldeo. "El sacrosanto Concilio, fiel a la

Tradición, [...] declara que la santa Madre Iglesia concede igual derecho y

honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro

se conserven y fomenten por todos los medios" (SC 4).

L

ITURGIA Y CULTURAS

1204. Por tanto, la celebración de la liturgia debe corresponder al

genio y a la cultura de los diferentes pueblos (cf. SC 37-40). Para que 2684

el Misterio de Cristo sea "dado a conocer a todos los gentiles para

obediencia de la fe" ( Rm 16,26), debe ser anunciado, celebrado y

854, 1232

vivido en todas las culturas, de modo que éstas no son abolidas sino

rescatadas y realizadas por él (cf. CT 53). La multitud de los hijos de 2527

Dios, mediante su cultura humana propia, asumida y transfigurada por

Cristo, tiene acceso al Padre, para glorificarlo en un solo Espíritu.

1205. "En la liturgia, sobre todo en la de los sacramentos, existe una

1125

parte inmutable –por ser de institución divina– de la que la Iglesia es

guardiana, y partes susceptibles de cambio, que ella tiene el poder, y a

veces incluso el deber, de adaptar a las culturas de los pueblos

recientemente evangelizados (cf. SC 21)" (Juan Pablo II, Lit.

ap. Vicesimus quintus annus, 16).

1206. "La diversidad litúrgica puede ser fuente de enriquecimiento,

pero también puede provocar tensiones, incomprensiones recíprocas e

incluso cismas. En este campo es preciso que la diversidad no

perjudique a la unidad. Sólo puede expresarse en la fidelidad a la fe

común, a los signos sacramentales que la Iglesia ha recibido de Cristo

y a la comunión jerárquica. La adaptación a las culturas exige una

conversión del corazón, y, si es preciso, rupturas con hábitos

ancestrales incompatibles con la fe católica" ( Vicesimus quintus

annus, 16).

Resumen

1207. Conviene que la celebración de la liturgia tienda a expresarse

en la cultura del pueblo en que se encuentra la Iglesia, sin someterse

a ella. Por otra parte, la liturgia misma es generadora y formadora de

culturas.

1208. Las diversas tradiciones litúrgicas, o ritos, legítimamente

reconocidas, por significar y comunicar el mismo Misterio de Cristo,

manifiestan la catolicidad de la Iglesia.

1209. El criterio que asegura la unidad en la pluriformidad de las

tradiciones litúrgicas es la fidelidad a la Tradición apostólica, es

decir: la comunión en la fe y los sacramentos recibidos de los

Apóstoles, comunión que está significada y garantizada por la

sucesión apostólica.

SEGUNDA SECCIÓN:

LOS SIETE SACRAMENTOS DE LA IGLESIA

LOS SIETE SACRAMENTOS DE LA IGLESIA

1210. Los sacramentos de la Nueva Ley fueron instituidos por Cristo

y son siete, a saber, Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia,

1113

Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio. Los siete

sacramentos corresponden a todas las etapas y todos los momentos

importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento,

curación y misión a la vida de fe de los cristianos. Hay aquí una cierta

semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida

espiritual (cf. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q. 65, a.1,

c).

1211. Siguiendo esta analogía se explicarán en primer lugar los tres

sacramentos de la iniciación cristiana ( capítulo primero), luego los

sacramentos de la curación ( capítulo segundo), finalmente, los

sacramentos que están al servicio de la comunión y misión de los

fieles ( capítulo tercero). Ciertamente este orden no es el único posible,

pero permite ver que los sacramentos forman un organismo en el cual

cada sacramento particular tiene su lugar vital. En este organismo, la

Eucaristía ocupa un lugar único, en cuanto "sacramento de los

sacramentos": "todos los otros sacramentos están ordenados a éste

1374

como a su fin" (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q. 65,

a. 3, c).

CAPÍTULO PRIMERO

LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA

1212. Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana, el

Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, se ponen los fundamentos

de toda vida cristiana. "La participación en la naturaleza divina, que

los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene

cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida

natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen

con el sacramento de la Confirmación y, finalmente, son alimentados

en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de

estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más

abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección

de la caridad" (Pablo VI, Const. apost. Divinae consortium naturae;

cf. Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos, Prenotandos 1-2).

ARTÍCULO 1

EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

1213. El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el

pórtico de la vida en el espíritu (" vitae spiritualis ianua") y la puerta

que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos

liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser

miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos

partícipes de su misión (cf. Concilio de Florencia: DS 1314; CIC, can

204,1; 849; CCEO 675,1): Baptismus est sacramentum regenerationis

per aquam in verbo" ("El bautismo es el sacramento del nuevo

nacimiento por el agua y la palabra": Catecismo Romano 2,2,5).

I. El nombre de este sacramento

1214. Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del

carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar ( baptizein

en griego) significa "sumergir", "introducir dentro del agua"; la

"inmersión" en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en

628

la muerte de Cristo, de donde sale por la resurrección con Él

(cf. Rm 6,3-4; Col 2,12) como "nueva criatura" ( 2 Co 5,17; Ga 6,15).

1215. Este sacramento es llamado también “baño de regeneración y

de renovación del Espíritu Santo” ( Tt 3,5), porque significa y realiza

ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual "nadie puede entrar

1257

en el Reino de Dios" ( Jn 3,5).

1216. "Este baño es llamado iluminación porque quienes reciben esta

enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado" (San Justino,

Apología 1,61). Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, "la luz

verdadera que ilumina a todo hombre" ( Jn 1,9), el bautizado, "tras

haber sido iluminado" ( Hb 10,32), se convierte en "hijo de la luz" ( 1

Ts 5,5), y en "luz" él mismo ( Ef 5,8):

1243

El Bautismo «es el más bello y magnífico de los dones de Dios [...] lo

llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad,

baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque

es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a

culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción,

porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación,

porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza;

baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía

de Dios» (San Gregorio Nacianceno, Oratio 40,3-4).

II. El Bautismo en la Economía de la salvación

LAS PREFIGURACIONES DEL BAUTISMO EN LA ANTIGUA ALIANZA

1217. En la liturgia de la vigilia Pascual, cuando se bendice el agua

bautismal, la Iglesia hace solemnemente memoria de los grandes

acontecimientos de la historia de la salvación que prefiguraban ya el

misterio del Bautismo:

«¡Oh Dios! [...] que realizas en tus sacramentos obras admirables con tu

poder invisible, y de diversos modos te has servido de tu criatura el agua

para significar la gracia del bautismo» ( Vigilia Pascual, Bendición del

agua: Misal Romano).

344

1218. Desde el origen del mundo, el agua, criatura humilde y

694

admirable, es la fuente de la vida y de la fecundidad. La Sagrada

Escritura dice que el Espíritu de Dios "se cernía" sobre ella (cf. Gn

1,2):

«¡Oh Dios!, cuyo Espíritu, en los orígenes del mundo, se cernía sobre las

aguas, para que ya desde entonces concibieran el poder de santificar»

( Vigilia Pascual, Bendición del agua: Misal Romano).

701, 845

1219. La Iglesia ha visto en el arca de Noé una prefiguración de la

salvación por el bautismo. En efecto, por medio de ella "unos pocos,

es decir, ocho personas, fueron salvados a través del agua" ( 1 P 3,20):

«¡Oh Dios!, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste

el nacimiento de la nueva humanidad, de modo que una misma agua

pusiera fin al pecado y diera origen a la santidad ( Vigilia Pascual,

Bendición del agua: Misal Romano).

1220. Si el agua de manantial simboliza la vida, el agua del mar es un

1010

símbolo de la muerte. Por lo cual, pudo ser símbolo del misterio de la

Cruz. Por este simbolismo el bautismo significa la comunión con la

muerte de Cristo.

1221. Sobre todo el paso del mar Rojo, verdadera liberación de Israel

de la esclavitud de Egipto, es el que anuncia la liberación obrada por

el bautismo:

«¡Oh Dios!, que hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de

Abraham, para que el pueblo liberado de la esclavitud del faraón fuera

imagen de la familia de los bautizados» ( Vigilia Pascual, Bendición del

agua: Misal Romano).

1222. Finalmente, el Bautismo es prefigurado en el paso del Jordán,

por el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra prometida a la

descendencia de Abraham, imagen de la vida eterna. La promesa de

esta herencia bienaventurada se cumple en la nueva Alianza.

EL BAUTISMO DE CRISTO

1223. Todas las prefiguraciones de la Antigua Alianza culminan en

Cristo Jesús. Comienza su vida pública después de hacerse bautizar

por san Juan el Bautista en el Jordán (cf. Mt 3,13) y, después de su

Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: "Id, pues, y haced

discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y

232

del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo

os he mandado" ( Mt 28,19-20; cf. Mc 16,15-16).

1224. Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de san

Juan, destinado a los pecadores, para "cumplir toda justicia" ( Mt 3,15).

536

Este gesto de Jesús es una manifestación de su "anonadamiento"

( Flp 2,7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera

creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva

creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su "Hijo amado"

( Mt 3,16-17).

1225. En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del

Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en

Jerusalén como de un "Bautismo" con que debía ser bautizado

( Mc 10,38; cf. Lc 12,50). La sangre y el agua que brotaron del costado

766

traspasado de Jesús crucificado (cf. Jn 19,34) son figuras del Bautismo

y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva (cf. 1 Jn 5,6-8): desde

entonces, es posible "nacer del agua y del Espíritu" para entrar en el

Reino de Dios ( Jn 3,5).

«Considera dónde eres bautizado, de dónde viene el Bautismo: de la cruz

de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: Él padeció por

ti. En él eres rescatado, en él eres salvado. (San Ambrosio, De

sacramentis 2, 2, 6).

EL BAUTISMO EN LA IGLESIA

1226. Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y

administrado el santo Bautismo. En efecto, san Pedro declara a la

849

multitud conmovida por su predicación: "Convertíos [...] y que cada

uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para

remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo"

( Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a

quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos

( Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece siempre

ligado a la fe: "Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa",

declara san Pablo a su carcelero en Filipos. El relato continúa: "el

carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos"

( Hch 16,31-33).

1227. Según el apóstol san Pablo, por el Bautismo el creyente

790

participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con Él:

«¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús,

fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el

bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de

entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros

vivamos una vida nueva» ( Rm 6,3-4; cf. Col 2,12).

Los bautizados se han "revestido de Cristo" ( Ga 3,27). Por el Espíritu

Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica (cf. 1

Co 6,11; 12,13).

1228. El Bautismo es, pues, un baño de agua en el que la "semilla

incorruptible" de la Palabra de Dios produce su efecto vivificador

(cf. 1 P 1,23; Ef 5,26). San Agustín dirá del Bautismo: Accedit

verbum ad elementum, et fit sacramentum ("Se une la palabra a la

materia, y se hace el sacramento", In Iohannis evangelium tractatus

80, 3).

III. La celebración del sacramento del Bautismo

LA INICIACIÓN CRISTIANA

1229. Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se

sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este

camino puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre

algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del

Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la

efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística.

1230. Esta iniciación ha variado mucho a lo largo de los siglos y según las

circunstancias. En los primeros siglos de la Iglesia, la iniciación cristiana

conoció un gran desarrollo, con un largo periodo de catecumenado, y una

1248

serie de ritos preparatorios que jalonaban litúrgicamente el camino de la

preparación catecumenal y que desembocaban en la celebración de los

sacramentos de la iniciación cristiana.

1231. Desde que el Bautismo de los niños vino a ser la forma habitual de

celebración de este sacramento, ésta se ha convertido en un acto único que

integra de manera muy abreviada las etapas previas a la iniciación cristiana.

Por su naturaleza misma, el Bautismo de niños exige un catecumenado

postbautismal. No se trata sólo de la necesidad de una instrucción posterior

al Bautismo, sino del desarrollo necesario de la gracia bautismal en el

crecimiento de la persona. Es el momento propio de la catequesis.

13

1232. El Concilio Vaticano II ha restaurado para la Iglesia latina, "el

catecumenado de adultos, dividido en diversos grados" (SC 64). Sus ritos se encuentran en el Ritual de la iniciación cristiana de adultos (1972). Por otra

parte, el Concilio ha permitido que "en tierras de misión, además de los

elementos de iniciación contenidos en la tradición cristiana, pueden

1204

admitirse también aquellos que se encuentran en uso en cada pueblo siempre

que puedan acomodarse al rito cristiano" (SC 65; cf. SC 37-40).

1233. Hoy, pues, en todos los ritos latinos y orientales, la iniciación

cristiana de adultos comienza con su entrada en el catecumenado, para

alcanzar su punto culminante en una sola celebración de los tres sacramentos

del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía (cf. AG 14; CIC can.

1290

851. 865-866). En los ritos orientales la iniciación cristiana de los niños

comienza con el Bautismo, seguido inmediatamente por la Confirmación y la

Eucaristía, mientras que en el rito romano se continúa durante unos años de

catequesis, para acabar más tarde con la Confirmación y la Eucaristía, cima

de su iniciación cristiana (cf. CIC can. 851, 2. 868).

LA MISTAGOGIA DE LA CELEBRACIÓN

1234. El sentido y la gracia del sacramento del Bautismo aparece

claramente en los ritos de su celebración. Cuando se participa

atentamente en los gestos y las palabras de esta celebración, los fieles

se inician en las riquezas que este sacramento significa y realiza en

cada nuevo bautizado.

617

1235. La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la

impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia

2157

de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz.

1236. El anuncio de la Palabra de Dios ilumina con la verdad

revelada a los candidatos y a la asamblea y suscita la respuesta de la

fe, inseparable del Bautismo. En efecto, el Bautismo es de un modo

1122

particular "el sacramento de la fe" por ser la entrada sacramental en la

vida de fe.

1237. Puesto que el Bautismo significa la liberación del pecado y de

1673

su instigador, el diablo, se pronuncian uno o varios exorcismos sobre

el candidato. Este es ungido con el óleo de los catecúmenos o bien el

celebrante le impone la mano y el candidato renuncia explícitamente a

189

Satanás. Así preparado, puede confesar la fe de la Iglesia, a la cual

será "confiado" por el Bautismo (cf. Rm 6,17).

1238. El agua bautismal es entonces consagrada mediante una 1217-1222

oración de epíclesis (en el momento mismo o en la noche pascual). La

Iglesia pide a Dios que, por medio de su Hijo, el poder del Espíritu

Santo descienda sobre esta agua, a fin de que los que sean bautizados

con ella "nazcan del agua y del Espíritu" (Jn 3,5).

1239. Sigue entonces el rito esencial del sacramento: el Bautismo

1214

propiamente dicho, que significa y realiza la muerte al pecado y la

entrada en la vida de la Santísima Trinidad a través de la

configuración con el misterio pascual de Cristo. El Bautismo es

realizado de la manera más significativa mediante la triple inmersión

en el agua bautismal. Pero desde la antigüedad puede ser también

conferido derramando tres veces agua sobre la cabeza del candidato.

1240. En la Iglesia latina, esta triple infusión va acompañada de las

palabras del ministro: "N., yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y

del Espíritu Santo". En las liturgias orientales, estando el catecúmeno vuelto

hacia el Oriente, el sacerdote dice: "El siervo de Dios, N., es bautizado en el

nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". Y mientras invoca a cada

persona de la Santísima Trinidad, lo sumerge en el agua y lo saca de ella.

1241. La unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado

1294, 1574

por el obispo, significa el don del Espíritu Santo al nuevo bautizado.

Ha llegado a ser un cristiano, es decir, "ungido" por el Espíritu Santo,

783

incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey (cf. Ritual

del Bautismo de niños, 62).

1242. En la liturgia de las Iglesias de Oriente, la unción postbautismal

es el sacramento de la Crismación (Confirmación). En la liturgia

romana, dicha unción anuncia una segunda unción del santo crisma

1291

que dará el obispo: el sacramento de la Confirmación que, por así

decirlo, "confirma" y da plenitud a la unción bautismal.

1243. La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha "revestido

de Cristo" ( Ga 3,27): ha resucitado con Cristo. El cirio que se

enciende en el Cirio Pascual, significa que Cristo ha iluminado al

1216

neófito. En Cristo, los bautizados son "la luz del mundo" ( Mt 5,14;

cf. Flp 2,15).

El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Único. Puede

2769

ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro.

1244. La primera comunión eucarística. Hecho hijo de Dios,

revestido de la túnica nupcial, el neófito es admitido "al festín de las

bodas del Cordero" y recibe el alimento de la vida nueva, el Cuerpo y

la Sangre de Cristo. Las Iglesias orientales conservan una conciencia

1292

viva de la unidad de la iniciación cristiana, por lo que dan la sagrada

comunión a todos los nuevos bautizados y confirmados, incluso a los

niños pequeños, recordando las palabras del Señor: "Dejad que los

niños vengan a mí, no se lo impidáis" ( Mc 10,14). La Iglesia latina,

que reserva el acceso a la Sagrada Comunión a los que han alcanzado

el uso de razón, expresa cómo el Bautismo introduce a la Eucaristía

acercando al altar al niño recién bautizado para la oración del Padre

Nuestro.

1245. La bendición solemne cierra la celebración del Bautismo. En el

Bautismo de recién nacidos, la bendición de la madre ocupa un lugar

especial.

IV. Quién puede recibir el Bautismo

1246. "Es capaz de recibir el Bautismo todo ser humano, aún no

bautizado, y solo él" (CIC, can. 864: CCEO, can. 679).

EL BAUTISMO DE ADULTOS

1247. En los orígenes de la Iglesia, cuando el anuncio del Evangelio

está aún en sus primeros tiempos, el Bautismo de adultos es la práctica

más común. El catecumenado (preparación para el Bautismo) ocupa

entonces un lugar importante. Iniciación a la fe y a la vida cristiana, el

catecumenado debe disponer a recibir el don de Dios en el Bautismo,

la Confirmación y la Eucaristía.

1248. El catecumenado, o formación de los catecúmenos, tiene por

1230

finalidad permitir a estos últimos, en respuesta a la iniciativa divina y

en unión con una comunidad eclesial, llevar a madurez su conversión

y su fe. Se trata de una "formación, aprendizaje o noviciado

debidamente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se

unen con Cristo, su Maestro. Por lo tanto, hay que iniciar

adecuadamente a los catecúmenos en el misterio de la salvación, en la

práctica de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que

deben celebrarse en los tiempos sucesivos, e introducirlos en la vida

de fe, la liturgia y la caridad del Pueblo de Dios" (AG 14; cf. Ritual de iniciación cristiana de adultos, Prenotandos 19; Ibíd., Sobre el tiempo

del catecumenado y de sus ritos 98).

1249. Los catecúmenos "están ya unidos a la Iglesia, pertenecen ya a

1259

la casa de Cristo y muchas veces llevan ya una vida de fe, esperanza y

caridad" (AG 14). "La madre Iglesia los abraza ya con amor tomándolos a sus cargo" (LG 14; cf. CIC can. 206; 788).

EL BAUTISMO DE NIÑOS

1250. Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y

403

manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo

nacimiento en el Bautismo (cf. DS 1514) para ser librados del poder

de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos

de Dios (cf. Col 1,12-14), a la que todos los hombres están llamados.

La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta

1996

particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los

padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si

no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento (cf.

CIC can. 867; CCEO, can. 681; 686,1).

1251. Los padres cristianos deben reconocer que esta práctica

corresponde también a su misión de alimentar la vida que Dios les ha

confiado (cf. LG 11; 41; GS 48; CIC can. 868).

1252. La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición

inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente desde el siglo II.

Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la predicación

apostólica, cuando "casas" enteras recibieron el Bautismo (cf. Hch 16,15.33;

18,8; 1 Co 1,16), se haya bautizado también a los niños (cf. Congregación

para la Doctrina de la Fe, Instr. Pastoralis actio 4: AAS 72 [1980] 1139).

F

E Y BAUTISMO

1123

1253. El Bautismo es el sacramento de la fe (cf. Mc 16,16). Pero la fe

tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Sólo en la fe de la

Iglesia puede creer cada uno de los fieles. La fe que se requiere para el

Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está

168

llamado a desarrollarse. Al catecúmeno o a su padrino se le pregunta:

"¿Qué pides a la Iglesia de Dios?" y él responde: "¡La fe!".

1254. En todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe

crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la

2101

vigilia pascual la renovación de las promesas del Bautismo. La

preparación al Bautismo sólo conduce al umbral de la vida nueva. El

Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda

la vida cristiana.

1255. Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante

1311

la ayuda de los padres. Ese es también el papel del padrino o de la

madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar

al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana

(cf. CIC can. 872-874). Su tarea es una verdadera función eclesial

( officium; cf. SC 67). Toda la comunidad eclesial participa de la responsabilidad de desarrollar y guardar la gracia recibida en el

Bautismo.

V. Quién puede bautizar

1239-1240

1256. Son ministros ordinarios del Bautismo el obispo y el presbítero

y, en la Iglesia latina, también el diácono (cf. CIC, can. 861,1; CCEO,

can. 677,1). En caso de necesidad, cualquier persona, incluso no

bautizada, puede bautizar (cf. CIC can. 861, § 2) si tiene la intención

requerida y utiliza la fórmula bautismal trinitaria. La intención

1752

requerida consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar. La

Iglesia ve la razón de esta posibilidad en la voluntad salvífica

universal de Dios (cf. 1 Tm 2,4) y en la necesidad del Bautismo para la

salvación (cf. Mc 16,16).

VI. La necesidad del Bautismo

1257. El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la

1129

salvación (cf. Jn 3,5). Por ello mandó a sus discípulos a anunciar el

Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf. Mt 28, 19-20; cf. DS

1618; LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la salvación en 161, 846

aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la

posibilidad de pedir este sacramento (cf. Mc 16,16). La Iglesia no

conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la

bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión

que ha recibido del Señor de hacer "renacer del agua y del Espíritu" a

todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación al

sacramento del Bautismo, sin embargo, Él no queda sometido a sus

sacramentos.

1258. Desde siempre, la Iglesia posee la firme convicción de que

quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el

Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo. Este

2473

Bautismo de sangre como el deseo del Bautismo, produce los frutos

del Bautismo sin ser sacramento.

1259. A los catecúmenos que mueren antes de su Bautismo, el deseo

1249

explícito de recibir el Bautismo, unido al arrepentimiento de sus

pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido

recibir por el sacramento.

1260. "Cristo murió por todos y la vocación última del hombre en

realmente una sola, es decir, la vocación divina. En consecuencia,

debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad

de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio

848

pascual" (GS 22; cf. LG 16; AG 7). Todo hombre que, ignorando el Evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de

Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que

semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si

hubiesen conocido su necesidad.

1261. En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo

puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las

exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere

que todos los hombres se salven (cf. 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús

con los niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a

mí, no se lo impidáis" ( Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya

un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por

1250, 1257 esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que

los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo.

VII. La gracia del Bautismo

1234

1262. Los distintos efectos del Bautismo son significados por los

elementos sensibles del rito sacramental. La inmersión en el agua

evoca los simbolismos de la muerte y de la purificación, pero también

los de la regeneración y de la renovación. Los dos efectos principales,

por tanto, son la purificación de los pecados y el nuevo nacimiento en

el Espíritu Santo (cf. Hch 2,38; Jn 3,5).

PARA LA REMISIÓN DE LOS PECADOS...

977

1263. Por el Bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado

original y todos los pecados personales así como todas las penas del

1425

pecado (cf. DS 1316). En efecto, en los que han sido regenerados no

permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el

pecado de Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del

pecado, la más grave de las cuales es la separación de Dios.

1264. No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias

temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la

muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de

carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición

llama concupiscencia, o metafóricamente fomes peccati: «La 978, 2514

1426

concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no

la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes

bien "el que legítimamente luchare, será coronado" ( 2 Tm 2,5)»

405

(Concilio de Trento: DS 1515).

―U

NA CRIATURA NUEVA‖

1265. El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace

también del neófito "una nueva creatura" ( 2 Co 5,17), un hijo adoptivo

505

de Dios (cf. Ga 4,5-7) que ha sido hecho "partícipe de la naturaleza

460

divina" ( 2 P 1,4), miembro de Cristo (cf. 1 Co 6,15;12,27), coheredero

con Él ( Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf. 1 Co 6,19).

1266. La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la

1992

gracia de la justificación que :

–

le hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo

mediante las virtudes teologales;

1812

– le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo

mediante los dones del Espíritu Santo;

1831

–

le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.

1810

Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su

raíz en el santo Bautismo.

INCORPORADOS A LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO

1267. El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo.

782

"Por tanto [...] somos miembros los unos de los otros" ( Ef 4,25). El

Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el

único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los

límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y

los sexos: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados,

para no formar más que un cuerpo" ( 1 Co 12,13).

1268. Los bautizados vienen a ser "piedras vivas" para "edificación

de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo" ( 1 P 2,5). Por el

Bautismo participan del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y

1141

real, son "linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo

adquirido, para anunciar las alabanzas de aquel que os ha llamado de

las tinieblas a su admirable luz" ( 1 P 2,9). El Bautismo hace participar

784

en el sacerdocio común de los fieles.

1269. Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a

sí mismo ( 1 Co 6,19), sino al que murió y resucitó por nosotros (cf. 2

Co 5,15). Por tanto, está llamado a someterse a los demás ( Ef 5,21; 1

Co 16,15-16), a servirles (cf. Jn 13,12-15) en la comunión de la

Iglesia, y a ser "obediente y dócil" a los pastores de la Iglesia

( Hb 13,17) y a considerarlos con respeto y afecto (cf. 1 Ts 5,12-13).

Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y

871

deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la

Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios

y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia

(cf. LG 37; CIC can. 208-223; CCEO, can. 675,2).

1270. Los bautizados "renacidos [por el bautismo] como hijos de

2472

Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que

recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (cf. LG 17; AG

7,23).

VÍNCULO SACRAMENTAL DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

818, 838

1271. El Bautismo constituye el fundamento de la comunión entre

todos los cristianos, e incluso con los que todavía no están en plena

comunión con la Iglesia católica: "Los que creen en Cristo y han

recibido válidamente el Bautismo están en una cierta comunión,

aunque no perfecta, con la Iglesia católica [...] Justificados por la fe en

el Bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho

se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por

los hijos de la Iglesia católica como hermanos del Señor" (UR 3). "Por consiguiente, el bautismo constituye un vínculo sacramental de

unidad, vigente entre los que han sido regenerados por él" (UR 22).

SELLO ESPIRITUAL INDELEBLE...

1272. Incorporado a Cristo por el Bautismo, el bautizado es

configurado con Cristo (cf. Rm 8,29). El Bautismo imprime en el

cristiano un sello espiritual indeleble ( character) de su pertenencia a

1121

Cristo. Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado

impida al Bautismo dar frutos de salvación (cf. DS 1609-1619). Dado

una vez por todas, el Bautismo no puede ser reiterado.

1273. Incorporados a la Iglesia por el Bautismo, los fieles han

recibido el carácter sacramental que los consagra para el culto

religioso cristiano (cf. LG 11). El sello bautismal capacita y compromete a los cristianos a servir a Dios mediante una participación

viva en la santa Liturgia de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio

1070

bautismal por el testimonio de una vida santa y de una caridad eficaz

(cf. LG 10).

1274. El "sello del Señor" (San Agustín, Epistula 98, 5), es el sello

197

con que el Espíritu Santo nos ha marcado "para el día de la redención"

( Ef 4,30; cf. Ef 1,13-14; 2 Co 1,21-22). "El Bautismo, en efecto, es el

sello de la vida eterna" (San Ireneo de Lyon, Demonstratio

praedicationis apostolicae, 3). El fiel que "guarde el sello" hasta el

fin, es decir, que permanezca fiel a las exigencias de su Bautismo,

2016

podrá morir marcado con "el signo de la fe" ( Plegaria Eucarística I o

Canon Romano), con la fe de su Bautismo, en la espera de la visión

bienaventurada de Dios –consumación de la fe– y en la esperanza de

la resurrección.

Resumen

1275. La iniciación cristiana se realiza mediante el conjunto de tres

sacramentos: el Bautismo, que es el comienzo de la vida nueva; la

Confirmación, que es su afianzamiento; y la Eucaristía, que alimenta

al discípulo con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para ser

transformado en Él.

1276. "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas

en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a

guardar todo lo que yo os he mandado" ( Mt 28,19-20).

1277. El Bautismo constituye el nacimiento a la vida nueva en

Cristo. Según la voluntad del Señor, es necesario para la salvación,

como lo es la Iglesia misma, a la que introduce el Bautismo.

1278. El rito esencial del Bautismo consiste en sumergir en el agua

al candidato o derramar agua sobre su cabeza, pronunciando la

invocación de la Santísima Trinidad, es decir, del Padre, del Hijo y

del Espíritu Santo.

1279. El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica

que comprende: el perdón del pecado original y de todos los pecados

personales; el nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es

hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu

Santo. Por la acción misma del bautismo, el bautizado es incorporado

a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de

Cristo.

1280. El Bautismo imprime en el alma un signo espiritual indeleble,

el carácter, que consagra al bautizado al culto de la religión

cristiana. Por razón del carácter, el Bautismo no puede ser reiterado

(cf. DS 1609 y 1624).

1281. Los que padecen la muerte a causa de la fe, los catecúmenos y

todos los hombres que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer la

Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su

voluntad, pueden salvarse aunque no hayan recibido el Bautismo

(cf. LG 16).

1282. Desde los tiempos más antiguos, el Bautismo es dado a los

niños, porque es una gracia y un don de Dios que no suponen méritos

humanos; los niños son bautizados en la fe de la Iglesia. La entrada

en la vida cristiana da acceso a la verdadera libertad.

1283. En cuanto a los niños muertos sin bautismo, la liturgia de la

Iglesia nos invita a tener confianza en la misericordia divina y a orar

por su salvación.

1284. En caso de necesidad, toda persona puede bautizar, con tal

que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y que derrame

agua sobre la cabeza del candidato diciendo: "Yo te bautizo en el

nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" .

ARTÍCULO 2

EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN

1285. Con el Bautismo y la Eucaristía, el sacramento de la

Confirmación constituye el conjunto de los "sacramentos de la

iniciación cristiana", cuya unidad debe ser salvaguardada. Es preciso,

pues, explicar a los fieles que la recepción de este sacramento es

necesaria para la plenitud de la gracia bautismal (cf. Ritual de la

Confirmación, Prenotandos 1). En efecto, a los bautizados "el

sacramento de la Confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y

los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta

forma quedan obligados aún más, como auténticos testigos de Cristo, a

extender y defender la fe con sus palabras y sus obras" (LG 11; cf. Ritual de la Confirmación, Prenotandos 2):

I. La Confirmación en la Economía de la salvación

1286. En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el

702-716

Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado (cf. Is 11,2) para

realizar su misión salvífica (cf. Lc 4,16-22; Is 61,1). El descenso del

Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que

Él era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios ( Mt 3,13-

17; Jn 1,33- 34). Habiendo sido concedido por obra del Espíritu Santo,

toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el

Espíritu Santo que el Padre le da "sin medida" ( Jn 3,34).

1287. Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer

739

únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el

pueblo mesiánico (cf. Ez 36,25-27; Jl 3,1-2). En repetidas ocasiones

Cristo prometió esta efusión del Espíritu (cf. Lc 12,12; Jn 3,5-8; 7,37-

39; 16,7-15; Hch 1,8), promesa que realizó primero el día de Pascua

( Jn 20,22) y luego, de manera más manifiesta el día de Pentecostés

(cf. Hch 2,1-4). Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a

proclamar "las maravillas de Dios" ( Hch 2,11) y Pedro declara que

esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos

(cf. Hch 2, 17-18). Los que creyeron en la predicación apostólica y se

hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo

(cf. Hch 2,38).

1288. "Desde [...] aquel tiempo, los Apóstoles, en cumplimiento de la

voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la

imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a

699

completar la gracia del Bautismo (cf. Hch 8,15-17; 19,5-6). Esto

explica por qué en la carta a los Hebreos se recuerda, entre los

primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del Bautismo

y de la la imposición de las manos (cf. Hb 6,2). Es esta imposición de

las manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición

católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación,

el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de

Pentecostés" (Pablo VI, Const. apost. Divinae consortium naturae).

1289. Muy pronto, para mejor significar el don del Espíritu Santo, se

añadió a la imposición de las manos una unción con óleo perfumado

695

(crisma). Esta unción ilustra el nombre de "cristiano" que significa

"ungido" y que tiene su origen en el nombre de Cristo, al que "Dios

436

ungió con el Espíritu Santo" ( Hch 10,38). Y este rito de la unción

existe hasta nuestros días tanto en Oriente como en Occidente. Por

eso, en Oriente se llama a este sacramento crismación, unción con el

crisma, o myron, que significa "crisma". En Occidente el nombre de

1297

Confirmación sugiere que este sacramento al mismo tiempo confirma

el Bautismo y robustece la gracia bautismal.

DOS TRADICIONES: ORIENTE Y OCCIDENTE

1290. En los primeros siglos la Confirmación constituye generalmente una

única celebración con el Bautismo, y forma con éste, según la expresión de

san Cipriano (cf. Epistula 73,21), un "sacramento doble". Entre otras

razones, la multiplicación de los bautismos de niños, durante todo el tiempo

del año, y la multiplicación de las parroquias (rurales), que agrandaron las

diócesis, ya no permite la presencia del obispo en todas las celebraciones

bautismales. En Occidente, por el deseo de reservar al obispo el acto de

1233

conferir la plenitud al Bautismo, se establece la separación temporal de

ambos sacramentos. El Oriente ha conservado unidos los dos sacramentos,

de modo que la Confirmación es dada por el presbítero que bautiza. Este, sin

embargo, sólo puede hacerlo con el "myron" consagrado por un obispo (cf.

CCEO, can. 695,1; 696,1).

1291. Una costumbre de la Iglesia de Roma facilitó el desarrollo de la

1242

práctica occidental; había una doble unción con el santo crisma después del

Bautismo: realizada ya una por el presbítero al neófito al salir del baño

bautismal, es completada por una segunda unción hecha por el obispo en la

frente de cada uno de los recién bautizados (cf. San Hipólito Romano,

Traditio apostolica, 21). La primera unción con el santo crisma, la que daba

el sacerdote, quedó unida al rito bautismal; significa la participación del

bautizado en las funciones profética, sacerdotal y real de Cristo. Si el

Bautismo es conferido a un adulto, sólo hay una unción postbautismal: la de

la Confirmación.

1244

1292. La práctica de las Iglesias de Oriente destaca más la unidad de la

iniciación cristiana. La de la Iglesia latina expresa más netamente la

comunión del nuevo cristiano con su obispo, garante y servidor de la unidad

de su Iglesia, de su catolicidad y su apostolicidad, y por ello, el vínculo con

los orígenes apostólicos de la Iglesia de Cristo.

II. Los signos y el rito de la Confirmación

1293. En el rito de este sacramento conviene considerar el signo de

la unción y lo que la unción designa e imprime: el sello espiritual.

695

La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas

significaciones: el aceite es signo de abundancia (cf. Dt 11,14, etc.) y

de alegría (cf. Sal 23,5; 104,15); purifica (unción antes y después del

baño) y da agilidad (la unción de los atletas y de los luchadores); es

signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas

(cf. Is 1,6; Lc 10,34) y el ungido irradia belleza, santidad y fuerza.

1294. Todas estas significaciones de la unción con aceite se

1152

encuentran en la vida sacramental. La unción antes del Bautismo con

el óleo de los catecúmenos significa purificación y fortaleza; la unción

de los enfermos expresa curación y consuelo. La unción del santo

crisma después del Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación,

es el signo de una consagración. Por la Confirmación, los cristianos, es

decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de

Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de

que toda su vida desprenda "el buen olor de Cristo" (cf. 2 Co 2,15).

1295. Por medio de esta unción, el confirmando recibe "la marca", el

698

sello del Espíritu Santo. El sello es el símbolo de la persona (cf. Gn

38,18; Ct 8,9), signo de su autoridad (cf. Gn 41,42), de su propiedad

sobre un objeto (cf. Dt 32,34) –por eso se marcaba a los soldados con

el sello de su jefe y a los esclavos con el de su señor–; autentifica un

acto jurídico (cf. 1 R 21,8) o un documento (cf. Jr 32, 10) y lo hace, si

es preciso, secreto (cf. Is 29,11).

1296. Cristo mismo se declara marcado con el sello de su Padre

(cf. Jn 6,27). El cristiano también está marcado con un sello: "Y es

1121

Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que

nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el

Espíritu en nuestros corazones" ( 2 Co 1,22; cf. Ef 1,13; 4,30). Este

sello del Espíritu Santo, marca la pertenencia total a Cristo, la puesta a

su servicio para siempre, pero indica también la promesa de la

protección divina en la gran prueba escatológica (cf. Ap 7,2-3;

9,4; Ez 9,4-6).

LA CELEBRACIÓN DE LA CONFIRMACIÓN

1297. Un momento importante que precede a la celebración de la

Confirmación, pero que, en cierta manera forma parte de ella, es la

consagración del santo crisma. Es el obispo quien, el Jueves Santo, en

1183, 1241

el transcurso de la misa crismal, consagra el santo crisma para toda su

diócesis. En las Iglesias de Oriente, esta consagración está reservada al

Patriarca:

La liturgia de Antioquía expresa así la epíclesis de la consagración del

santo crisma ( myron): «[Padre (...) envía tu Espíritu Santo] sobre nosotros

y sobre este aceite que está delante de nosotros y conságralo, de modo

que sea para todos los que sean ungidos y marcados con él, myron santo,

myron sacerdotal, myron real, unción de alegría, vestidura de la luz,

manto de salvación, don espiritual, santificación de las almas y de los

cuerpos, dicha imperecedera, sello indeleble, escudo de la fe y casco

terrible contra todas las obras del Adversario» ( Pontificale iuxta ritum

Ecclesiae Syrorum Occidentalium id est Antiochiae, Pars I, Versión

latina).

1298. Cuando la Confirmación se celebra separadamente del

Bautismo, como es el caso en el rito romano, la liturgia del sacramento

comienza con la renovación de las promesas del Bautismo y la

profesión de fe de los confirmandos. Así aparece claramente que la

Confirmación constituye una prolongación del Bautismo (cf. SC 71).

Cuando es bautizado un adulto, recibe inmediatamente la

Confirmación y participa en la Eucaristía (cf. CIC can. 866).

1299. En el rito romano, el obispo extiende las manos sobre todos los

confirmandos, gesto que, desde el tiempo de los Apóstoles, es el signo

del don del Espíritu. Y el obispo invoca así la efusión del Espíritu:

«Dios Todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que regeneraste,

por el agua y el Espíritu Santo, a estos siervos tuyos y los libraste del

pecado: escucha nuestra oración y envía sobre ellos el Espíritu Santo

1831

Paráclito; llénalos de espíritu de sabiduría y de inteligencia, de espíritu de

consejo y de fortaleza, de espíritu de ciencia y de piedad; y cólmalos del

espíritu de tu santo temor. Por Jesucristo nuestro Señor» ( Ritual de la

Confirmación, 25).

1300. Sigue el rito esencial del sacramento. En el rito latino, "el

sacramento de la Confirmación es conferido por la unción del santo

699

crisma en la frente, hecha imponiendo la mano, y con estas palabras:

"Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo" (Pablo VI, Const.

ap. Divinae consortium naturae). En las Iglesias orientales de rito

bizantino, la unción del myron se hace después de una oración de

epíclesis, sobre las partes más significativas del cuerpo: la frente, los

ojos, la nariz, los oídos, los labios, el pecho, la espalda, las manos y

los pies, y cada unción va acompañada de la fórmula: Sfragis doreas

Pnéumatos Agíou ("Sello del don que es el Espíritu Santo") ( Rituale

per le Chiese orientali di rito bizantino in lingua greca, Pars I).

1301. El beso de paz con el que concluye el rito del sacramento

significa y manifiesta la comunión eclesial con el obispo y con todos

los fieles (cf. San Hipólito Romano, Traditio apostolica, 21).

III. Los efectos de la Confirmación

1302. De la celebración se deduce que el efecto del sacramento de la

Confirmación es la efusión especial del Espíritu Santo, como fue

concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.

731

1303. Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y

profundidad a la gracia bautismal:

1262-1274

– nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos

hace decir " Abbá, Padre" ( Rm 8,15);

–

nos une más firmemente a Cristo;

– aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;

– hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia (cf. LG 11);

– nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir

y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos

testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de

2044

Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz (cf. DS 1319;

LG 11,12):

«Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de

sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el

Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y

guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo,

Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del

Espíritu» (San Ambrosio, De mysteriis 7,42).

1121

1304. La Confirmación, como el Bautismo del que es la plenitud,

sólo se da una vez. La Confirmación, en efecto, imprime en el alma

una marca espiritual indeleble, el "carácter" (cf. DS 1609), que es el

signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su

Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo

(cf. Lc 24,48-49).

1268

1305. El "carácter" perfecciona el sacerdocio común de los fieles,

recibido en el Bautismo, y "el confirmado recibe el poder de confesar

la fe de Cristo públicamente, y como en virtud de un cargo ( quasi ex

officio)" (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q.72, a. 5, ad

2).

IV. Quién puede recibir este sacramento

1306. Todo bautizado, aún no confirmado, puede y debe recibir el

sacramento de la Confirmación (cf. CIC can. 889, 1). Puesto que

1212

Bautismo, Confirmación y Eucaristía forman una unidad, de ahí se

sigue que "los fieles tienen la obligación de recibir este sacramento en

tiempo oportuno" (CIC can. 890), porque sin la Confirmación y la

Eucaristía, el sacramento del Bautismo es ciertamente válido y eficaz,

pero la iniciación cristiana queda incompleta.

1307. La costumbre latina, desde hace siglos, indica "la edad del uso

de razón", como punto de referencia para recibir la Confirmación. Sin

embargo, en peligro de muerte, se debe confirmar a los niños incluso

si no han alcanzado todavía la edad del uso de razón (cf. CIC can. 891;

893,3).

1308. Si a veces se habla de la Confirmación como del "sacramento

de la madurez cristiana", es preciso, sin embargo, no confundir la edad

adulta de la fe con la edad adulta del crecimiento natural, ni olvidar

que la gracia bautismal es una gracia de elección gratuita e inmerecida

1250

que no necesita una "ratificación" para hacerse efectiva. Santo Tomás

lo recuerda:

«La edad del cuerpo no prejuzga la del alma. Así, incluso en la infancia,

el hombre puede recibir la perfección de la edad espiritual de que habla la

Sabiduría (4,8): "La vejez honorable no es la que dan los muchos días, no

se mide por el número de los años". Así numerosos niños, gracias a la

fuerza del Espíritu Santo que habían recibido, lucharon valientemente y

hasta la sangre por Cristo» ( Summa theologiae 3, q. 72, a. 8, ad 2).

1309. La preparación para la Confirmación debe tener como meta

conducir al cristiano a una unión más íntima con Cristo, a una

familiaridad más viva con el Espíritu Santo, su acción, sus dones y sus

llamadas, a fin de poder asumir mejor las responsabilidades

apostólicas de la vida cristiana. Por ello, la catequesis de la

Confirmación se esforzará por suscitar el sentido de la pertenencia a la

Iglesia de Jesucristo, tanto a la Iglesia universal como a la comunidad

parroquial. Esta última tiene una responsabilidad particular en la

preparación de los confirmandos (cf. Ritual de la Confirmación,

Prenotandos 3).

1310. Para recibir la Confirmación es preciso hallarse en estado de

gracia. Conviene recurrir al sacramento de la Penitencia para ser

purificado en atención al don del Espíritu Santo. Hay que prepararse

2670

con una oración más intensa para recibir con docilidad y

disponibilidad la fuerza y las gracias del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14).

1311. Para la Confirmación, como para el Bautismo, conviene que los

candidatos busquen la ayuda espiritual de un padrino o de una

1255

madrina. Conviene que sea el mismo que para el Bautismo a fin de

subrayar la unidad entre los dos sacramentos (cf. Ritual de la

Confirmación, Prenotandos 5; Ibíd. , 6; CIC can. 893, 1.2).

V. El ministro de la Confirmación

1312. El ministro originario de la Confirmación es el obispo (LG 26).

1233

En Oriente es ordinariamente el presbítero que bautiza quien da

también inmediatamente la Confirmación en una sola celebración. Sin

embargo, lo hace con el santo crisma consagrado por el patriarca o el

obispo, lo cual expresa la unidad apostólica de la Iglesia cuyos

vínculos son reforzados por el sacramento de la Confirmación. En la

Iglesia latina se aplica la misma disciplina en los bautismos de adultos

y cuando es admitido a la plena comunión con la Iglesia un bautizado

de otra comunidad cristiana que no ha recibido válidamente el

sacramento de la Confirmación (cf. CIC can 883,2).

1290

1313. En el rito latino, el ministro ordinario de la Conformación es el

obispo (CIC can. 882). Aunque el obispo puede, en caso de necesidad,

conceder a presbíteros la facultad de administrar el sacramento de la

Confirmación (CIC can. 884,2), conviene que lo confiera él mismo,

sin olvidar que por esta razón la celebración de la Confirmación fue

temporalmente separada del Bautismo. Los obispos son los sucesores

de los Apóstoles y han recibido la plenitud del sacramento del orden.

Por esta razón, la administración de este sacramento por ellos mismos

pone de relieve que la Confirmación tiene como efecto unir a los que

la reciben más estrechamente a la Iglesia, a sus orígenes apostólicos y

1285

a su misión de dar testimonio de Cristo.

1314. Si un cristiano está en peligro de muerte, cualquier presbítero

1307

puede darle la Confirmación (cf. CIC can. 883,3). En efecto, la Iglesia

quiere que ninguno de sus hijos, incluso en la más tierna edad, salga

de este mundo sin haber sido perfeccionado por el Espíritu Santo con

el don de la plenitud de Cristo.

Resumen

1315. "Al enterarse los Apóstoles que estaban en Jerusalén de que

Samaría había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a

Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu

Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos;

únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús.

Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo"

( Hch 8,14-17).

1316. La Confirmación perfecciona la gracia bautismal; es el

sacramento que da el Espíritu Santo para enraizarnos más

profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a

Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos

todavía más a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe

cristiana por la palabra acompañada de las obras.

1317. La Confirmación, como el Bautismo, imprime en el alma del

cristiano un signo espiritual o carácter indeleble; por eso este

sacramento sólo se puede recibir una vez en la vida.

1318. En Oriente, este sacramento es administrado inmediatamente

después del Bautismo y es seguido de la participación en la

Eucaristía, tradición que pone de relieve la unidad de los tres

sacramentos de la iniciación cristiana. En la Iglesia latina se

administra este sacramento cuando se ha alcanzado el uso de razón, y

su celebración se reserva ordinariamente al obispo, significando así

que este sacramento robustece el vínculo eclesial.

1319. El candidato a la Confirmación que ya ha alcanzado el uso de

razón debe profesar la fe, estar en estado de gracia, tener la intención

de recibir el sacramento y estar preparado para asumir su papel de

discípulo y de testigo de Cristo, en la comunidad eclesial y en los

asuntos temporales.

1320. El rito esencial de la Confirmación es la unción con el Santo

Crisma en la frente del bautizado (y en Oriente, también en los otros

órganos de los sentidos), con la imposición de la mano del ministro y

las palabras: Accipe signaculum doni Spiritus Sancti ("Recibe por

esta señal el don del Espíritu Santo"), en el rito romano; Signaculum

doni Spiritus Sancti ("Sello del don del Espíritu Santo"), en el rito

bizantino.

1321. Cuando la Confirmación se celebra separadamente del

Bautismo, su conexión con el Bautismo se expresa entre otras cosas

por la renovación de los compromisos bautismales. La celebración de

la Confirmación dentro de la Eucaristía contribuye a subrayar la

unidad de los sacramentos de la iniciación cristiana.

ARTÍCULO 3

EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA

1322. La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que

1212

han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y

configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación,

participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el

sacrificio mismo del Señor.

1323. "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue

entregado, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su cuerpo y su sangre

para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y

confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y

resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor,

banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de

gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC 47).

1402

I. La Eucaristía, fuente y culmen de la vida eclesial

1324. La Eucaristía es "fuente y culmen de toda la vida cristiana"

864

(LG 11). "Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a

ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien

espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua" (PO 5).

1325. "La comunión de vida divina y la unidad del Pueblo de Dios,

775

sobre los que la propia Iglesia subsiste, se significan adecuadamente y

se realizan de manera admirable en la Eucaristía. En ella se encuentra

a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al

mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y

por él al Padre" (Instr. Eucharisticum mysterium, 6).

1326. Finalmente, por la celebración eucarística nos unimos ya a la

liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en

1090

todos (cf. 1 Co 15,28).

1327. En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra

fe: "Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez

1124

la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar" (San Ireneo de

Lyon, Adversus haereses 4, 18, 5).

II. El nombre de este sacramento

1328. La riqueza inagotable de este sacramento se expresa mediante

los distintos nombres que se le da. Cada uno de estos nombres evoca

alguno de sus aspectos. Se le llama:

2637

Eucaristía porque es acción de gracias a Dios. Las palabras

eucharistein ( Lc 22,19; 1 Co 11,24) y eulogein ( Mt 26,26; Mc 14,22) 1082

recuerdan las bendiciones judías que proclaman –sobre todo durante la

1359

comida– las obras de Dios: la creación, la redención y la santificación.

1382

1329. Banquete del Señor (cf. 1 Co 11,20) porque se trata de la Cena

que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión y de la

anticipación del banquete de bodas del Cordero (cf. Ap 19,9) en la

Jerusalén celestial.

Fracción del pan porque este rito, propio del banquete judío, fue

utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza

de familia (cf. Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19), sobre todo en la última

Cena (cf. Mt 26,26; 1 Co 11,24). En este gesto los discípulos lo

reconocerán después de su resurrección ( Lc 24,13-35), y con esta

expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas

(cf. Hch 2,42.46; 20,7.11). Con él se quiere significar que todos los

que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en

790

comunión con él y forman un solo cuerpo en él (cf. 1 Co 10,16-17).

1348

Asamblea eucarística ( synaxis), porque la Eucaristía es celebrada

en la asamblea de los fieles, expresión visible de la Iglesia (cf. 1

Co 11,17-34).

1330. Memorial de la pasión y de la resurrección del Señor.

1341

Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo

Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o también Santo Sacrificio

de la Misa, "sacrificio de alabanza" ( Hch 13,15; cf. Sal 116, 13.17), 2643

sacrificio espiritual (cf. 1 P 2,5), sacrificio puro (cf. Ml 1,11) y santo,

puesto que completa y supera todos los sacrificios de la Antigua

614

Alianza.

Santa y divina liturgia, porque toda la liturgia de la Iglesia

encuentra su centro y su expresión más densa en la celebración de este

sacramento; en el mismo sentido se la llama también celebración de

los santos misterios. Se habla también del Santísimo Sacramento

porque es el Sacramento de los Sacramentos. Con este nombre se

1169

designan las especies eucarísticas guardadas en el sagrario.

1331. Comunión, porque por este sacramento nos unimos a Cristo que

950

nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo

cuerpo (cf. 1 Co 10,16-17); se la llama también las cosas santas [ ta

hagia; sancta] ( Constitutiones apostolicae 8, 13, 12; Didaché 9, 5; 10,

6) –es el sentido primero de la "comunión de los santos" de que habla

948

el Símbolo de los Apóstoles–, pan de los ángeles, pan del cielo,

medicina de inmortalidad (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad

1405

Ephsios, 20,2), viático...

1332. Santa Misa porque la liturgia en la que se realiza el misterio de

salvación se termina con el envío de los fieles ( "missio" ) a fin de que

849

cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.

III. La Eucaristía en la economía de la salvación

LOS SIGNOS DEL PAN Y DEL VINO

1333. En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran

el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del

1350

Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a

la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de Él,

hasta su retorno glorioso, lo que Él hizo la víspera de su pasión:

"Tomó pan...", "tomó el cáliz lleno de vino...". Al convertirse

misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan

1147

y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así,

1148

en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino (cf. Sal

104,13-15), fruto "del trabajo del hombre", pero antes, "fruto de la

tierra" y "de la vid", dones del Creador. La Iglesia ve en el gesto de

Melquisedec, rey y sacerdote, que "ofreció pan y vino" ( Gn 14,18),

una prefiguración de su propia ofrenda (cf. Plegaria Eucaristía I o

Canon Romano, 95; Misal Romano).

1150

1334. En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como

sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al

1363

Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto

del Éxodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua

conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo

del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la

Palabra de Dios ( Dt 8,3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de

la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El

"cáliz de bendición" ( 1 Co 10,16), al final del banquete pascual de los

judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica,

la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús

instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la

bendición del pan y del cáliz.

1151

1335. Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el

Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus

discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia

de este único pan de su Eucaristía (cf. Mt 14,13-21; 15, 32-29). El

signo del agua convertida en vino en Caná (cf. Jn 2,11) anuncia ya la

Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del

banquete de las bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán

el vino nuevo (cf. Mc 14,25) convertido en Sangre de Cristo.

1336. El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos,

igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: "Es duro este

lenguaje, ¿quién puede escucharlo?" ( Jn 6,60). La Eucaristía y la cruz

son piedras de escándalo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser

ocasión de división. "¿También vosotros queréis marcharos?" ( Jn 6,

67): esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como

invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene "palabras de vida

eterna" ( Jn 6,68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es

1327

acogerlo a Él mismo.

L

A INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA

1337. El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin.

610

Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para

retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les

dio el mandamiento del amor ( Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda

de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes

de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de

su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno,

"constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento"

611

(Concilio de Trento: DS 1740).

1338. Los tres evangelios sinópticos y san Pablo nos han transmitido

el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, san Juan relata

las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que

preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo

como el pan de vida, bajado del cielo (cf. Jn 6).

1339. Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había

1169

anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre:

«Llegó el día de los Ázimos, en el que se había de inmolar el cordero de

Pascua; [Jesús] envió a Pedro y a Juan, diciendo: "Id y preparadnos la

Pascua para que la comamos"[...] fueron [...] y prepararon la Pascua.

Llegada la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles; y les dijo: "Con

ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer;

porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento

en el Reino de Dios" [...] Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio

diciendo: "Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced

esto en recuerdo mío". De igual modo, después de cenar, tomó el cáliz,

diciendo: "Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser

derramada por vosotros"» ( Lc 22,7-20; cf. Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1

Co 11,23-26).

1340. Al celebrar la última Cena con sus Apóstoles en el transcurso

1151

del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía.

En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección,

la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía

677

que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la

Iglesia en la gloria del Reino.

"H

ACED ESTO EN MEMORIA MÍA"

1341. El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras

"hasta que venga" ( 1 Co 11,26), no exige solamente acordarse de Jesús

y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los Apóstoles y

611, 1363

sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su

resurrección y de su intercesión junto al Padre.

2624

1342. Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De

la Iglesia de Jerusalén se dice:

«Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la

comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones [...] Acudían al

Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían

el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de

corazón» ( Hch 2,42.46).

1166, 2177 1343. Era sobre todo "el primer día de la semana", es decir, el

domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se

reunían para "partir el pan" ( Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros

días, la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que

hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma

estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia.

1344. Así, de celebración en celebración, anunciando el misterio

1404

pascual de Jesús "hasta que venga" ( 1 Co 11,26), el pueblo de Dios

peregrinante "camina por la senda estrecha de la cruz" (AG 1) hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del

Reino.

IV. La celebración litúrgica de la Eucaristía

L

A MISA DE TODOS LOS SIGLOS

1345. Desde el siglo II, según el testimonio de san Justino mártir,

tenemos las grandes líneas del desarrollo de la celebración eucarística.

Estas han permanecido invariables hasta nuestros días a través de la

diversidad de tradiciones rituales litúrgicas. He aquí lo que el santo

escribe, hacia el año 155, para explicar al emperador pagano Antonino

Pío (138-161) lo que hacen los cristianos:

«El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio

de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias

de los Apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es

posible. Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra

para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas. Luego nos

levantamos todos juntos y oramos por nosotros [...] (San Justino,

Apologia, 1, 67) y por todos los demás donde quiera que estén, [...] a fin

de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y

seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna.

Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros. Luego se lleva al

que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados.

El presidente los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por

el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias (en griego:

eucharistian) largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos

dones. Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias, todo el

pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén. [...] Cuando

el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha respondido,

los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que

están presentes pan, vino y agua "eucaristizados" y los llevan a los

ausentes» (San Justino, Apologia, 1, 65).

1346. La liturgia de la Eucaristía se desarrolla conforme a una

estructura fundamental que se ha conservado a través de los siglos

hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una

unidad básica:

– la reunión, la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía

y la oración universal;

– la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la

acción de gracias consecratoria y la comunión.

Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística constituyen juntas "un

103

solo acto de culto" (SC 56); en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del

Señor (cf. DV 21).

1347. ¿No se advierte aquí el mismo dinamismo del banquete

pascual de Jesús resucitado con sus discípulos? En el camino les

explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, "tomó

el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio" (cf. Lc 24, 30;

cf. Lc 24, 13- 35).

EL DESARROLLO DE LA CELEBRACIÓN

1348. Todos se reúnen. Los cristianos acuden a un mismo lugar para

1140

la asamblea eucarística. A su cabeza está Cristo mismo que es el actor

principal de la Eucaristía. Él es sumo sacerdote de la Nueva Alianza.

Él mismo es quien preside invisiblemente toda celebración eucarística.

Como representante suyo, el obispo o el presbítero (actuando in

1548

persona Christi capitis) preside la asamblea, toma la palabra después

de las lecturas, recibe las ofrendas y dice la plegaria eucarística. Todos

tienen parte activa en la celebración, cada uno a su manera: los

lectores, los que presentan las ofrendas, los que dan la comunión, y el

pueblo entero cuyo "Amén" manifiesta su participación.

1349. La liturgia de la Palabra comprende "los escritos de los

1184

profetas", es decir, el Antiguo Testamento, y "las memorias de los

Apóstoles", es decir sus cartas y los Evangelios; después la homilía

que exhorta a acoger esta palabra como lo que es verdaderamente,

Palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13), y a ponerla en práctica; vienen luego

las intercesiones por todos los hombres, según la palabra del apóstol:

"Ante todo, recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y

acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos

los constituidos en autoridad" ( 1 Tm 2,1-2).

1350. La presentación de las ofrendas (el ofertorio): entonces se

lleva al altar, a veces en procesión, el pan y el vino que serán ofrecidos

por el sacerdote en nombre de Cristo en el sacrificio eucarístico en el

que se convertirán en su Cuerpo y en su Sangre. Es la acción misma

de Cristo en la última Cena, "tomando pan y una copa". "Sólo la

Iglesia presenta esta oblación, pura, al Creador, ofreciéndole con

1359

acción de gracias lo que proviene de su creación" (San Ireneo de

Lyon, Adversus haereses 4, 18, 4; cf. Ml 1,11). La presentación de las

ofrendas en el altar hace suyo el gesto de Melquisedec y pone los

dones del Creador en las manos de Cristo. Él es quien, en su sacrificio,

614

lleva a la perfección todos los intentos humanos de ofrecer sacrificios.

1351. Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía,

los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los

que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta (cf. 1 Co 16,1),

1397

siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre

2186

para enriquecernos (cf. 2 Co 8,9):

«Los que son ricos y lo desean, cada uno según lo que se ha impuesto; lo

que es recogido es entregado al que preside, y él atiende a los huérfanos y

viudas, a los que la enfermedad u otra causa priva de recursos, los presos,

los inmigrantes y, en una palabra, socorre a todos los que están en

necesidad» (San Justino, Apologia, 1, 67,6).

1352. La Anáfora: Con la plegaria eucarística, oración de acción de

gracias y de consagración llegamos al corazón y a la cumbre de la

celebración:

En el prefacio, la Iglesia da gracias al Padre, por Cristo, en el Espíritu

Santo, por todas sus obras, por la creación, la redención y la santificación.

Toda la asamblea se une entonces a la alabanza incesante que la Iglesia

559

celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres veces santo.

1105

1353. En la epíclesis, la Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu Santo (o

el poder de su bendición (cf. Plegaria Eucarística I o Canon romano,

90; Misal Romano) sobre el pan y el vino, para que se conviertan por su

poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, y que quienes toman parte en

la Eucaristía sean un solo cuerpo y un solo espíritu (algunas tradiciones

litúrgicas colocan la epíclesis después de la anámnesis).

1375

En el relato de la institución, la fuerza de las palabras y de la acción de

Cristo y el poder del Espíritu Santo hacen sacramentalmente presentes bajo

las especies de pan y de vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en

la cruz de una vez para siempre.

1103

1354. En la anámnesis que sigue, la Iglesia hace memoria de la pasión, de

la resurrección y del retorno glorioso de Cristo Jesús; presenta al Padre la

ofrenda de su Hijo que nos reconcilia con Él.

En las intercesiones, la Iglesia expresa que la Eucaristía se celebra en

954

comunión con toda la Iglesia del cielo y de la tierra, de los vivos y de los

difuntos, y en comunión con los pastores de la Iglesia, el Papa, el obispo de

la diócesis, su presbiterio y sus diáconos y todos los obispos del mundo

entero con sus Iglesias.

1382

1355. En la comunión, precedida por la oración del Señor y de la

fracción del pan, los fieles reciben "el pan del cielo" y "el cáliz de la

salvación", el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó "para la

vida del mundo" ( Jn 6,51):

Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua

"eucaristizados" (cf. San Justino, Apologia, 1, 65), "llamamos a este

alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la

verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para

1327

el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los

preceptos de Cristo" (San Justino, Apologia, 1, 66: CA 1, 180 [PG 6,

428]).

V. El sacrificio sacramental: acción de gracias, memorial, presencia

1356. Si los cristianos celebramos la Eucaristía desde los orígenes, y

con una forma tal que, en su substancia, no ha cambiado a través de la

gran diversidad de épocas y de liturgias, es porque nos sabemos

sujetos al mandato del Señor, dado la víspera de su pasión: "Haced

esto en memoria mía" ( 1 Co 11,24-25).

1357. Cumplimos este mandato del Señor celebrando el memorial de

su sacrificio. Al hacerlo, ofrecemos al Padre lo que Él mismo nos ha

dado: los dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el

poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la

Sangre del mismo Cristo: así Cristo se hace real y misteriosamente

presente.

1358. Por tanto, debemos considerar la Eucaristía:

– como acción de gracias y alabanza al Padre,

– como memorial del sacrificio de Cristo y de su Cuerpo,

– como presencia de Cristo por el poder de su Palabra y de su

Espíritu.

L

A ACCIÓN DE GRACIAS Y LA ALABANZA AL PADRE

1359. La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por

Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de

gracias por la obra de la creación. En el Sacrificio Eucarístico, toda la

293

creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y

resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio

de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de

bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad.

1360. La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una

1083

bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por

todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la

creación, la redención y la santificación. "Eucaristía" significa, ante

todo, acción de gracias.

1361. La Eucaristía es también el sacrificio de alabanza por medio del

294

cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación.

Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: Él une

los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que

el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con Cristo

para ser aceptado en él.

EL MEMORIAL SACRIFICIAL DE CRISTO Y DE SU CUERPO, QUE ES LA

IGLESIA

1362. La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la

actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la

liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo. En todas las plegarias

eucarísticas encontramos, tras las palabras de la institución, una

1103

oración llamada anámnesis o memorial.

1099

1363. En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial

no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la

proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los

hombres (cf. Ex 13,3). En la celebración litúrgica, estos acontecimientos

se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel

entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la pascua,

los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los

creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos.

1364. El memorial recibe un sentido nuevo en el Nuevo Testamento.

611

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de

Cristo y ésta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una

1085

vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual (cf. Hb 7,25-

27): «Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el

que "Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado" ( 1 Co 5, 7), se realiza la

obra de nuestra redención» (LG 3).

1365. Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es

también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se

2100

manifiesta en las palabras mismas de la institución: "Esto es mi

Cuerpo que será entregado por vosotros" y "Esta copa es la nueva

Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros" ( Lc 22,19-20).

1846

En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó

en la cruz, y la sangre misma que "derramó por muchos [...] para

remisión de los pecados" ( Mt 26,28).

1366. La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace

613

presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su

fruto:

«(Cristo), nuestro Dios y Señor [...] se ofreció a Dios Padre [...] una vez

por todas, muriendo como intercesor sobre el altar de la cruz, a fin de

realizar para ellos (los hombres) la redención eterna. Sin embargo, como

su muerte no debía poner fin a su sacerdocio ( Hb 7,24.27), en la última

Cena, "la noche en que fue entregado" ( 1 Co 11,23), quiso dejar a la

Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la

naturaleza humana) [...] donde se representara el sacrificio sangriento que

iba a realizarse una única vez en la cruz, cuya memoria se perpetuara

hasta el fin de los siglos ( 1 Co 11,23) y cuya virtud saludable se aplicara a

la remisión de los pecados que cometemos cada día» (Concilio de Trento:

DS 1740).

1367. El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son,

pues, un único sacrificio: "La víctima es una y la misma. El mismo el

1545

que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, el que se

ofreció a sí mismo en la cruz, y solo es diferente el modo de ofrecer"

(Concilio de Trento: DS 1743). "Y puesto que en este divino sacrificio

que se realiza en la misa, se contiene e inmola incruentamente el

mismo Cristo que en el altar de la cruz "se ofreció a sí mismo una vez

de modo cruento"; […] este sacrificio [es] verdaderamente

propiciatorio" ( Ibíd).

1368. La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La

Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su

Cabeza. Con Él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante

el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo

618, 2031

se hace también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida

de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se

1109

unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor

nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas a las

generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.

En las catacumbas, la Iglesia es con frecuencia representada como una

mujer en oración, los brazos extendidos en actitud de orante. Como Cristo

que extendió los brazos sobre la cruz, por él, con él y en él, la Iglesia se

ofrece e intercede por todos los hombres.

1369. Toda la Iglesia se une a la ofrenda y a la intercesión de Cristo.

Encargado del ministerio de Pedro en la Iglesia, el Papa es asociado a

834, 882

toda celebración de la Eucaristía en la que es nombrado como signo y

servidor de la unidad de la Iglesia universal. El obispo del lugar es

1561

siempre responsable de la Eucaristía, incluso cuando es presidida por

1566

un presbítero; el nombre del obispo se pronuncia en ella para

significar su presidencia de la Iglesia particular en medio del

presbiterio y con la asistencia de los diáconos. La comunidad

intercede también por todos los ministros que, por ella y con ella,

ofrecen el Sacrificio Eucarístico:

«Que sólo sea considerada como legítima la Eucaristía que se hace bajo la

presidencia del obispo o de quien él ha señalado para ello» (San Ignacio

de Antioquía, Epistula ad Smyrnaeos 8,1).

«Por medio del ministerio de los presbíteros, se realiza a la perfección el

sacrificio espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de Cristo,

único Mediador. Este, en nombre de toda la Iglesia, por manos de los

presbíteros, se ofrece incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía, hasta

que el Señor venga» (PO 2).

1370. A la ofrenda de Cristo se unen no sólo los miembros que están

todavía aquí abajo, sino también los que están ya en la gloria del

956

cielo: La Iglesia ofrece el Sacrificio Eucarístico en comunión con la

santísima Virgen María y haciendo memoria de ella, así como de

969

todos los santos y santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con María, está

como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo.

1371. El Sacrificio Eucarístico es también ofrecido por los fieles

958, 1689

difuntos "que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente

1032

purificados" (Concilio de Trento: DS 1743), para que puedan entrar en

la luz y la paz de Cristo:

«Enterrad […] este cuerpo en cualquier parte; no os preocupe más su

cuidado; solamente os ruego que, dondequiera que os hallareis, os

acordéis de mí ante el altar del Señor» (San Agustín, Confessiones, 9, 11,

27; palabras de santa Mónica, antes de su muerte, dirigidas a san Agustín

y a su hermano).

«A continuación oramos (en la anáfora) por los santos padres y obispos

difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros,

creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales

es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable

víctima […] Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto,

aunque fuesen pecadores […], presentamos a Cristo inmolado por

nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios

amigo de los hombres» (San Cirilo de Jerusalén, Catecheses mistagogicae

5, 9.10).

1372. San Agustín ha resumido admirablemente esta doctrina que

nos impulsa a una participación cada vez más completa en el sacrificio

1140

de nuestro Redentor que celebramos en la Eucaristía:

«Esta ciudad plenamente rescatada, es decir, la asamblea y la sociedad de

los santos, es ofrecida a Dios como un sacrificio universal […] por el

Sumo Sacerdote que, bajo la forma de esclavo, llegó a ofrecerse por

nosotros en su pasión, para hacer de nosotros el cuerpo de una tan gran

Cabeza […] Tal es el sacrificio de los cristianos: "siendo muchos, no

formamos más que un sólo cuerpo en Cristo" ( Rm 12,5). Y este sacrificio,

la Iglesia no cesa de reproducirlo en el Sacramento del altar bien

conocido de los fieles, donde se muestra que en lo que ella ofrece se

ofrece a sí misma» (San Agustín, De civitate Dei 10, 6).

L

A PRESENCIA DE CRISTO POR EL PODER DE SU PALABRA Y DEL

ESPÍRITU SANTO

1373. "Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios

e intercede por nosotros" ( Rm 8,34), está presente de múltiples

maneras en su Iglesia (cf. LG 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, "allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre" ( Mt

18,20), en los pobres, los enfermos, los presos ( Mt 25,31-46), en los

sacramentos de los que Él es autor, en el sacrificio de la misa y en la

1088

persona del ministro. Pero, "sobre todo, (está presente) bajo las

especies eucarísticas" (SC 7).

1374. El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas

1211

es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y

hace de ella "como la perfección de la vida espiritual y el fin al que

tienden todos los sacramentos" (Santo Tomás de Aquino, Summa

theologiae 3, q. 73, a. 3). En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía

están "contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la

Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y,

por consiguiente, Cristo entero" (Concilio de Trento: DS 1651). «Esta

presencia se denomina "real", no a título exclusivo, como si las otras

presencias no fuesen "reales", sino por excelencia, porque

es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente

presente» (MF 39).

1375. Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y

Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la

Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la

Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta

1105

conversión. Así, san Juan Crisóstomo declara que:

«No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en

Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por

nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su

eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta

1128

palabra transforma las cosas ofrecidas» ( De proditione Iudae homilía 1,6).

Y san Ambrosio dice respecto a esta conversión:

«Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha

producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de que la fuerza de

la bendición supera a la de la naturaleza, porque por la bendición la

naturaleza misma resulta cambiada» ( De mysteriis 9, 50). «La palabra de

Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar

298

las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a

las cosas su naturaleza primera que cambiársela» ( Ibíd. , 9,50.52).

1376. El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma:

"Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la

especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido

siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo

Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera la conversión

de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo

nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su

Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este

cambio transubstanciación" (DS 1642).

1377. La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de

la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies

eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las

especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la

fracción del pan no divide a Cristo (cf. Concilio de Trento: DS 1641).

1378. El culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos

1178

nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de

vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos

103, 2628

profundamente en señal de adoración al Señor. "La Iglesia católica ha

dado y continua dando este culto de adoración que se debe al

sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino

también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado

las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las

veneren con solemnidad, llevándolas en procesión en medio de la

alegría del pueblo" (MF 56).

1183

1379. El sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar

dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y

ausentes fuera de la misa. Por la profundización de la fe en la presencia real

de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la

adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por

eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la

2691

iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad

de la presencia real de Cristo en el santísimo sacramento.

1380. Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse

presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a

669

dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia

sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por nuestra

salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos

había amado "hasta el fin" ( Jn 13,1), hasta el don de su vida. En

efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en

478

medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros

(cf. Ga 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican

este amor:

«La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico.

Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo

2715

para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y

abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca

nuestra adoración» (Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae, 3).

1381. «La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera

Sangre de Cristo en este sacramento, "no se conoce por los sentidos,

dice santo Tomás, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad

156

de Dios". Por ello, comentando el texto de san Lucas 22, 19: "Esto es

mi Cuerpo que será entregado por vosotros" , san Cirilo declara: "No

te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras

del Salvador, porque Él, que es la Verdad, no miente"» (MF 18; cf.

215

Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q. 75, a. 1; San Cirilo

de Alejandría, Commentarius in Lucam 22, 19):

Adoro Te devote, latens Deitas,

Quae sub his figuris vere latitas:

Tibi se cor meum totum subjicit,

Quia Te contemplans totum deficit.

Visus, gustus, tactus in te fallitur,

Sed auditu solo tuto creditur:

Credo quidquid dixit Dei Filius:

Nil hoc Veritatis verbo verius.

(Adórote devotamente, oculta Deidad,

que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente:

A ti mi corazón totalmente se somete,

pues al contemplarte, se siente desfallecer por completo.

La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces;

sólo con el oído se llega a tener fe segura.

Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios,

nada más verdadero que esta palabra de Verdad).

[AHMA 50, 589]

VI. El banquete pascual

1382. La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial

en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la

comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del

sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima

950

de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir

a Cristo mismo que se ofrece por nosotros.

1182

1383. El altar, en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración

de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio: el

altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más cuanto que el

altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la

asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra

reconciliación y como alimento celestial que se nos da. "¿Qué es, en

efecto, el altar de Cristo sino la imagen del Cuerpo de Cristo?", dice

san Ambrosio ( De sacramentis 5,7), y en otro lugar: "El altar es

imagen del Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está sobre el

altar" ( De sacramentis 4,7). La liturgia expresa esta unidad del

sacrificio y de la comunión en numerosas oraciones. Así, la Iglesia de

Roma ora en su anáfora:

«Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea

llevada a tu presencia hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel, para

que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, al participar aquí

de este altar, seamos colmados de gracia y bendición» ( Plegaria

Eucarística I o Canon Romano 96; Misal Romano).

―TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL‖: LA COMUNIÓN

2835

1384. El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el

sacramento de la Eucaristía: "En verdad, en verdad os digo: si no

coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no

tendréis vida en vosotros" ( Jn 6,53).

1385. Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para

este momento tan grande y santo. San Pablo exhorta a un examen de

conciencia: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor

indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.

Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz.

Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su

propio castigo" ( 1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en

pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de

acercarse a comulgar.

1457

1386. Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede repetir

humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión (cf. Mt

8,8): "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra

tuya bastará para sanarme" . En la Liturgia de san Juan Crisóstomo,

los fieles oran con el mismo espíritu:

«A tomar parte en tu cena sacramental invítame hoy, Hijo de Dios: no

732

revelaré a tus enemigos el misterio, no te te daré el beso de Judas; antes

como el ladrón te reconozco y te suplico: ¡Acuérdate de mí, Señor, en tu

reino!» (Liturgia Bizantina. Anaphora Iohannis Chrysostomi, Oración

antes de la Comunión)

1387. Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento,

los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia (cf. CIC can.

2043

919). Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro

huésped.

1388. Es conforme al sentido mismo de la Eucaristía que los fieles,

con las debidas disposiciones (cf. CIC, cans. 916-917), comulguen cuando participan en la misa [Los fieles pueden recibir la Sagrada

Eucaristía solamente dos veces el mismo día. Pontificia Comisión para

la auténtica interpretación del Código de Derecho Canónico, Responsa

ad proposita dubia 1]. "Se recomienda especialmente la participación

más perfecta en la misa, recibiendo los fieles, después de la comunión

del sacerdote, del mismo sacrificio, el cuerpo del Señor" (SC 55).

1389. La Iglesia obliga a los fieles "a participar los domingos y días

2042

de fiesta en la divina liturgia" (cf. OE 15) y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual (cf. CIC can. 920),

preparados por el sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia

recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los

domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos

2837

los días.

1390. Gracias a la presencia sacramental de Cristo bajo cada una de

las especies, la comunión bajo la sola especie de pan ya hace que se

reciba todo el fruto de gracia propio de la Eucaristía. Por razones

pastorales, esta manera de comulgar se ha establecido legítimamente

como la más habitual en el rito latino. "La comunión tiene una

expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos

especies. Ya que en esa forma es donde más perfectamente se

manifiesta el signo del banquete eucarístico" ( Ordenación general del

Misal Romano, 240). Es la forma habitual de comulgar en los ritos

orientales.

LOS FRUTOS DE LA COMUNIÓN

1391. La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la

Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con

460

Cristo Jesús. En efecto, el Señor dice: "Quien come mi Carne y bebe

mi Sangre habita en mí y yo en él" ( Jn 6,56). La vida en Cristo

encuentra su fundamento en el banquete eucarístico: "Lo mismo que

me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el

521

que me coma vivirá por mí" ( Jn 6,57):

«Cuando en las fiestas [del Señor] los fieles reciben el Cuerpo del Hijo,

proclaman unos a otros la Buena Nueva, se nos han dado las arras de la

vida, como cuando el ángel dijo a María [de Magdala]: "¡Cristo ha

resucitado!" He aquí que ahora también la vida y la resurrección son

comunicadas a quien recibe a Cristo» ( Fanqîth, Breviarium iuxta ritum

Ecclesiae Antiochenae Syrorum, v. 1).

1212

1392. Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal,

la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual.

La comunión con la Carne de Cristo resucitado, "vivificada por el

Espíritu Santo y vivificante" (PO 5), conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida

cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de

nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea

1524

dada como viático.

1393. La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que

recibimos en la comunión es "entregado por nosotros", y la Sangre que

bebemos es "derramada por muchos para el perdón de los pecados".

613

Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al

mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros

pecados:

«Cada vez que lo recibimos, anunciamos la muerte del Señor (cf. 1

Co 11,26). Si anunciamos la muerte del Señor, anunciamos también el

perdón de los pecados. Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para

el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me

perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un

remedio» (San Ambrosio, De sacramentis 4, 28).

1394. Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de

fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana,

tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados

1863

veniales (cf. Concilio de Trento: DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo

reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos

1436

desordenados con las criaturas y de arraigarnos en Él:

«Porque Cristo murió por nuestro amor, cuando hacemos conmemoración

de su muerte en nuestro sacrificio, pedimos que venga el Espíritu Santo y

nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente que aquel mismo

amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido

por el Espíritu Santo en nuestro propios corazones, con objeto de que

consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y sepamos vivir

crucificados para el mundo [...] y, llenos de caridad, muertos para el

pecado vivamos para Dios» (San Fulgencio de Ruspe, Contra gesta

Fabiani 28, 17-19).

1395. Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía

nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos

1855

en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más

difícil se nos hará romper con Él por el pecado mortal. La Eucaristía

no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del

1446

sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el

sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia.

1118

1396. La unidad del Cuerpo místico: La Eucaristía hace la Iglesia.

Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por

ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la

Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación

1267

a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos

llamados a no formar más que un solo cuerpo (cf. 1 Co 12,13). La

Eucaristía realiza esta llamada: "El cáliz de bendición que bendecimos

¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? y el pan que partimos

¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos,

un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un

790

solo pan" ( 1 Co 10,16-17):

«Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el

sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este

1064

sacramento vuestro. Respondéis "Amén" [es decir, "sí", "es verdad"] a lo

que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir "el

Cuerpo de Cristo", y respondes "amén". Por lo tanto, sé tú verdadero

miembro de Cristo para que tu "amén" sea también verdadero» (San

Agustín, Sermo 272).

1397. La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres:

Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados

2449

por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus

hermanos (cf. Mt 25,40):

«Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. [...]

Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que

ha sido juzgado digno [...] de participar en esta mesa. Dios te ha liberado

de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho

más misericordioso (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4).

1398. La Eucaristía y la unidad de los cristianos. Ante la grandeza

de este misterio, san Agustín exclama: O sacramentum pietatis! O

signum unitatis! O vinculum caritatis! ("¡Oh sacramento de piedad, oh

signo de unidad, oh vínculo de caridad!") ( In Iohannis evangelium

tractatus 26,13; cf. SC 47). Cuanto más dolorosamente se hacen sentir las divisiones de la Iglesia que rompen la participación común en la

817

mesa del Señor, tanto más apremiantes son las oraciones al Señor para

que lleguen los días de la unidad completa de todos los que creen en

Él.

1399. Las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia

838

católica celebran la Eucaristía con gran amor. "Estas Iglesias, aunque

separadas, [tienen] verdaderos sacramentos [...] y sobre todo, en virtud de la

sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, con los que se unen aún

más con nosotros con vínculo estrechísimo" (UR 15). Una cierta comunión in sacris, por tanto, en la Eucaristía, "no solamente es posible, sino que se

aconseja en circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad eclesiástica"

(UR 15, cf. CIC can. 844 §3).

1400. Las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, separadas de la

Iglesia católica, "sobre todo por defecto del sacramento del orden, no han

1536

conservado la sustancia genuina e íntegra del misterio eucarístico" (UR 22).

Por esto, para la Iglesia católica, la intercomunión eucarística con estas

comunidades no es posible. Sin embargo, estas comunidades eclesiales "al

conmemorar en la Santa Cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan

que en la comunión de Cristo se significa la vida, y esperan su venida

gloriosa" (UR 22).

1401. Si, a juicio del Ordinario, se presenta una necesidad grave, los

1438

ministros católicos pueden administrar los sacramentos (Eucaristía,

Penitencia, Unción de los enfermos) a cristianos que no están en plena

comunión con la Iglesia católica, pero que piden estos sacramentos con

deseo y rectitud: en tal caso se precisa que profesen la fe católica respecto a

estos sacramentos y estén bien dispuestos (cf. CIC can. 844, §4).

1385

VII. La Eucaristía, "Pignus futurae gloriae"

1402. En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la

Eucaristía: O sacrum convivium in quo Christus sumitu. Recolitur

1323

memoria passionis Eius; mens impletur gratia et futurae gloriae nobis

pignus datur ("¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida;

se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se

nos da la prenda de la gloria futura!") ( Solemnidad del Santísimo

Cuerpo y Sangre de Cristo, Antífona del «Magnificat» para las II

Vísperas: Liturgia de las Horas). Si la Eucaristía es el memorial de la

Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos

colmados "de gracia y bendición" ( Plegaria Eucarística I o Canon

Romano 96: Misal Romano), la Eucaristía es también la anticipación

1130

de la gloria celestial.

1403. En la última Cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus

discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el Reino de Dios: "Y

os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día

en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre"

( Mt 26,29; cf. Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la

Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia "el que

viene" ( Ap 1,4). En su oración, implora su venida: Marana tha ( 1

671

Co 16,22), "Ven, Señor Jesús" ( Ap 22,20), "que tu gracia venga y que

este mundo pase" ( Didaché 10,6).

1404. La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y

que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está

velada. Por eso celebramos la Eucaristía expectantes beatam spem et

adventum Salvatoris nostri Jesu Christi ("Mientras esperamos la

1041

gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo") ( Ritual de la

Comunión, 126 [Embolismo después del «Padrenuestro»]: Misal

Romano; cf. Tit 2,13), pidiendo entrar "[en tu Reino], donde

esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí

1028

enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como

Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y

cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro"

( Plegaria Eucarística III, 116: Misal Romano).

1405. De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra

1042

nueva en los que habitará la justicia (cf. 2 P 3,13), no tenemos prenda

más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada

vez que se celebra este misterio, "se realiza la obra de nuestra

redención" (LG 3) y "partimos un mismo pan [...] que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para

1000

siempre" (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Ephesios, 20, 2).

Resumen

1406. Jesús dijo: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come

de este pan, vivirá para siempre [...] El que come mi Carne y bebe mi

Sangre, tiene vida eterna [...] permanece en mí y yo en él" ( Jn 6,

51.54.56).

1407. La Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la

Iglesia, pues en ella Cristo asocia su Iglesia y todos sus miembros a

su sacrificio de alabanza y acción de gracias ofrecido una vez por

todas en la cruz a su Padre; por medio de este sacrificio derrama las

gracias de la salvación sobre su Cuerpo, que es la Iglesia.

1408. La celebración eucarística comprende siempre: la

proclamación de la Palabra de Dios, la acción de gracias a Dios

Padre por todos sus beneficios, sobre todo por el don de su Hijo, la

consagración del pan y del vino y la participación en el banquete

litúrgico por la recepción del Cuerpo y de la Sangre del Señor: estos

elementos constituyen un solo y mismo acto de culto.

1409. La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, es decir,

de la obra de la salvación realizada por la vida, la muerte y la

resurrección de Cristo, obra que se hace presente por la acción

litúrgica.

1410. Es Cristo mismo, sumo sacerdote y eterno de la nueva Alianza,

quien, por el ministerio de los sacerdotes, ofrece el sacrificio

eucarístico. Y es también el mismo Cristo, realmente presente bajo las

especies del pan y del vino, la ofrenda del sacrificio eucarístico.

1411. Sólo los presbíteros válidamente ordenados pueden presidir la

Eucaristía y consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el

Cuerpo y la Sangre del Señor.

1412. Los signos esenciales del sacramento eucarístico son pan de

trigo y vino de vid, sobre los cuales es invocada la bendición del

Espíritu Santo y el presbítero pronuncia las palabras de la

consagración dichas por Jesús en la última cena: "Esto es mi Cuerpo

entregado por vosotros [...] Este es el cáliz de mi Sangre..."

1413. Por la consagración se realiza la transubstanciación del pan y

del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Bajo las especies

consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está

presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su

Sangre, su alma y su divinidad (cf. Concilio de Trento: DS 1640;

1651 ).

1414. En cuanto sacrificio, la Eucaristía es ofrecida también en

reparación de los pecados de los vivos y los difuntos, y para obtener

de Dios beneficios espirituales o temporales.

1415. El que quiere recibir a Cristo en la Comunión eucarística debe

hallarse en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado

mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido

previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia.

1416. La Sagrada Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo

acrecienta la unión del comulgante con el Señor, le perdona los

pecados veniales y lo preserva de pecados graves. Puesto que los

lazos de caridad entre el comulgante y Cristo son reforzados, la

recepción de este sacramento fortalece la unidad de la Iglesia,

Cuerpo místico de Cristo.

1417. La Iglesia recomienda vivamente a los fieles que reciban la

sagrada comunión cuando participan en la celebración de la

Eucaristía; y les impone la obligación de hacerlo al menos una vez al

año.

1418. Puesto que Cristo mismo está presente en el Sacramento del

Altar es preciso honrarlo con culto de adoración. "La visita al

Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor y

un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor" ( MF ).

1419. Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la

Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a Él: la

participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón,

sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos

hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del

cielo, a la Santa Virgen María y a todos los santos.

CAPÍTULO SEGUNDO

LOS SACRAMENTOS DE CURACIÓN

1420. Por los sacramentos de la iniciación cristiana, el hombre recibe

la vida nueva de Cristo. Ahora bien, esta vida la llevamos en "vasos de

barro" ( 2 Co 4,7). Actualmente está todavía "escondida con Cristo en

Dios" ( Col 3,3). Nos hallamos aún en "nuestra morada terrena" ( 2

Co 5,1), sometida al sufrimiento, a la enfermedad y a la muerte. Esta

vida nueva de hijo de Dios puede ser debilitada e incluso perdida por

el pecado.

1421. El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros

cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud

del cuerpo (cf. Mc 2,1-12), quiso que su Iglesia continuase, en la

fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso

en sus propios miembros. Este es finalidad de los dos sacramentos de

curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los

enfermos.

ARTÍCULO 4

EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE LA

RECONCILIACIÓN

980

1422. "Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de

la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él

y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron

con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo

y sus oraciones" (LG 11).

I. El nombre de este sacramento

1423. Se le denomina sacramento de conversión porque realiza

1989

sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión (cf. Mc 1,15), la

vuelta al Padre (cf. Lc 15,18) del que el hombre se había alejado por el

pecado.

Se denomina sacramento de la penitencia porque consagra un

1440

proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de

reparación por parte del cristiano pecador.

1424. Se le denomina sacramento de la confesión porque la

1456

declaración o manifestación, la confesión de los pecados ante el

sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento. En un sentido

profundo este sacramento es también una "confesión", reconocimiento

y alabanza de la santidad de Dios y de su misericordia para con el

hombre pecador.

Se le denomina sacramento del perdón porque, por la absolución

1449

sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente "el perdón [...] y

la paz" ( Ritual de la Penitencia, 46, 55).

Se le denomina sacramento de reconciliación porque otorga al

1442

pecador el amor de Dios que reconcilia: "Dejaos reconciliar con Dios"

( 2 Co 5,20). El que vive del amor misericordioso de Dios está pronto a

responder a la llamada del Señor: "Ve primero a reconciliarte con tu

hermano" ( Mt 5,24).

II. Por qué un sacramento de la Reconciliación después del

Bautismo

1425. "Habéis sido lavados [...] habéis sido santificados, [...] habéis

1263

sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de

nuestro Dios" ( 1 Co 6,11). Es preciso darse cuenta de la grandeza del

don de Dios que se nos hace en los sacramentos de la iniciación

cristiana para comprender hasta qué punto el pecado es algo que no

cabe en aquel que "se ha revestido de Cristo" ( Ga 3,27). Pero el

apóstol san Juan dice también: "Si decimos que no tenemos pecado,

nos engañamos y la verdad no está en nosotros" ( 1 Jn 1,8). Y el Señor

2838

mismo nos enseñó a orar: "Perdona nuestras ofensas" ( Lc 11,4)

uniendo el perdón mutuo de nuestras ofensas al perdón que Dios

concederá a nuestros pecados.

1426. La conversión a Cristo, el nuevo nacimiento por el Bautismo,

el don del Espíritu Santo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibidos

como alimento nos han hecho "santos e inmaculados ante Él" ( Ef 1,4),

como la Iglesia misma, esposa de Cristo, es "santa e inmaculada ante

Él" ( Ef 5,27). Sin embargo, la vida nueva recibida en la iniciación

cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza

978

humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama

405, 1264

concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva

de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la

gracia de Dios (cf. DS 1515). Esta lucha es la de la conversión con

miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de

llamarnos (cf. DS 1545; LG 40).

III. La conversión de los bautizados

541

1427. Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial

del anuncio del Reino: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios

está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" ( Mc 1,15). En la

predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los

que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el

lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la

1226

Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2,38) se renuncia al mal y se

alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el

don de la vida nueva.

1428. Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue

1036

resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una

tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio seno

a los pecadores" y que siendo "santa al mismo tiempo que necesitada

de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la

renovación" (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra 853

humana. Es el movimiento del "corazón contrito" ( Sal 51,19), atraído

y movido por la gracia (cf. Jn 6,44; 12,32) a responder al amor

1996

misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10).

1429. De ello da testimonio la conversión de san Pedro tras la triple

negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús

provoca las lágrimas del arrepentimiento ( Lc 22,61) y, tras la

resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él

(cf. Jn 21,15-17). La segunda conversión tiene también una dimensión

comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia:

"¡Arrepiéntete!" ( Ap 2,5.16).

San Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, «en la Iglesia,

existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la

Penitencia» ( Epistula extra collectionem 1 [41], 12).

IV. La penitencia interior

1430. Como ya en los profetas, la llamada de Jesús a la conversión y

a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores "el saco

y la ceniza", los ayunos y las mortificaciones, sino a la conversión del

corazón, la penitencia interior. Sin ella, las obras de penitencia

1098

permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la conversión

interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos

visibles, gestos y obras de penitencia (cf. Jl 2, 12-13; Is 1,16-

17; Mt 6,1-6. 16-18).

1431. La penitencia interior es una reorientación radical de toda la

vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una

ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las

1451

malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el

deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la

misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta

conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables

que los Padres llamaron animi cruciatus (aflicción del espíritu),

368

compunctio cordis (arrepentimiento del corazón) (cf. Concilio de

Trento: DS 1676-1678; 1705; Catecismo Romano, 2, 5, 4).

1432. El corazón del hombre es torpe y endurecido. Es preciso que

Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf. Ez 36,26-27). La conversión

1989

es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él

nuestros corazones: "Conviértenos, Señor, y nos convertiremos"

( Lm 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al

descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece

ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios

por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte

mirando al que nuestros pecados traspasaron (cf. Jn 19,37; Za 12,10).

«Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán

preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra

salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del

arrepentimiento» (San Clemente Romano, Epistula ad Corinthios 7, 4).

729

1433. Después de Pascua, el Espíritu Santo "convence al mundo en

lo referente al pecado" ( Jn 16, 8-9), a saber, que el mundo no ha

creído en el que el Padre ha enviado. Pero este mismo Espíritu, que

692, 1848

desvela el pecado, es el Consolador (cf. Jn 15,26) que da al corazón

del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión

(cf. Hch 2,36-38; Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, 27-48).

V. Diversas formas de penitencia en la vida cristiana

1434. La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy

variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el

1969

ayuno, la oración, la limosna (cf. Tb 12,8; Mt 6,1-18), que expresan la

conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los

demás. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el

martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los

esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de

penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo (cf. St 5,20), la

intercesión de los santos y la práctica de la caridad "que cubre multitud de

pecados" ( 1 P 4,8).

1435. La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de

reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia

y del derecho (cf. Am 5,24; Is 1,17), por el reconocimiento de nuestras faltas

ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de

conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el

padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir

a Jesús es el camino más seguro de la penitencia (cf. Lc 9,23).

1436. Eucaristía y Penitencia. La conversión y la penitencia diarias

encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace

presente el sacrificio de Cristo que nos reconcilió con Dios; por ella son

alimentados y fortificados los que viven de la vida de Cristo; "es el antídoto

que nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados

1394-1395

mortales" (Concilio de Trento: DS 1638).

1437. La lectura de la sagrada Escritura, la oración de la Liturgia de las

Horas y del Padre Nuestro, todo acto sincero de culto o de piedad reaviva en

nosotros el espíritu de conversión y de penitencia y contribuye al perdón de

nuestros pecados.

1438. Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el

tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son

540

momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia (cf. SC 109-110; CIC c. 1249-1253; CCEO 880-883). Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las

peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como

el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas

2043

y misioneras).

1439. El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito

545

maravillosamente por Jesús en la parábola llamada "del hijo pródigo", cuyo

centro es "el padre misericordioso" ( Lc 15,11-24): la fascinación de una

libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el

hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda

de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de

las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos;

el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el

camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos

estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el

anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna,

llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su

familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las

profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su

misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

VI. El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación

1850

1440. El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión

con Él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia.

Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la

reconciliación con la Iglesia, que es lo que expresa y realiza

litúrgicamente el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación

(cf. LG 11).

SÓLO DIOS PERDONA EL PECADO

270, 431

1441. Sólo Dios perdona los pecados (cf. Mc 2,7). Porque Jesús es el

Hijo de Dios, dice de sí mismo: "El Hijo del hombre tiene poder de

perdonar los pecados en la tierra" ( Mc 2,10) y ejerce ese poder divino:

589

"Tus pecados están perdonados" ( Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud

de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres

(cf. Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.

1442. Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en

su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la

reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo,

983

confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico,

que está encargado del "ministerio de la reconciliación" ( 2 Co 5,18).

El apóstol es enviado "en nombre de Cristo", y "es Dios mismo"

quien, a través de él, exhorta y suplica: "Dejaos reconciliar con Dios"

( 2 Co 5,20).

RECONCILIACIÓN CON LA IGLESIA

1443. Durante su vida pública, Jesús no sólo perdonó los pecados,

también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son

perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios,

de donde el pecado los había alejado o incluso excluido. Un signo

manifiesto de ello es el hecho de que Jesús admite a los pecadores a su

545

mesa, más aún, Él mismo se sienta a su mesa, gesto que expresa de

manera conmovedora, a la vez, el perdón de Dios (cf. Lc 15) y el

retorno al seno del pueblo de Dios (cf. Lc 19,9).

1444. Al hacer partícipes a los Apóstoles de su propio poder de

981

perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de

reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de

su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo

a Simón Pedro: "A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que

ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la

tierra quedará desatado en los cielos" ( Mt 16,19). "Consta que también

el colegio de los Apóstoles, unido a su cabeza, recibió la función de

atar y desatar dada a Pedro (cf. Mt 18,18; 28,16-20)" LG 22).

1445. Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis

553

de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a

quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá

también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de

la reconciliación con Dios.

EL SACRAMENTO DEL PERDÓN

1446. Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de

979

todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que,

después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan

1856

perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El

sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de

convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de

1990

la Iglesia presentan este sacramento como "la segunda tabla (de

salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia"

(Concilio de Trento: DS 1542; cf. Tertuliano, De paenitentia 4, 2).

1447. A lo largo de los siglos, la forma concreta según la cual la Iglesia ha

ejercido este poder recibido del Señor ha variado mucho. Durante los

primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido

pecados particularmente graves después de su Bautismo (por ejemplo,

idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada a una disciplina muy

rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia pública por sus

pecados, a menudo, durante largos años, antes de recibir la reconciliación. A

este "orden de los penitentes" (que sólo concernía a ciertos pecados graves)

sólo se era admitido raramente y, en ciertas regiones, una sola vez en la vida.

Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición

monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica "privada" de

la Penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de

penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se

realiza desde entonces de una manera más secreta entre el penitente y el

sacerdote. Esta nueva práctica preveía la posibilidad de la reiteración del

sacramento y abría así el camino a una recepción regular del mismo.

Permitía integrar en una sola celebración sacramental el perdón de los

pecados graves y de los pecados veniales. A grandes líneas, esta es la forma

de penitencia que la Iglesia practica hasta nuestros días.

1448. A través de los cambios que la disciplina y la celebración de

este sacramento han experimentado a lo largo de los siglos, se

descubre una misma estructura fundamental. Comprende dos

elementos igualmente esenciales: por una parte, los actos del hombre

que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la

contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción; y por otra

parte, la acción de Dios por el ministerio de la Iglesia. Por medio del

obispo y de sus presbíteros, la Iglesia, en nombre de Jesucristo,

concede el perdón de los pecados, determina la modalidad de la

satisfacción, ora también por el pecador y hace penitencia con él. Así

el pecador es curado y restablecido en la comunión eclesial.

1449. La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el

1481

elemento esencial de este sacramento: el Padre de la misericordia es la

fuente de todo perdón. Realiza la reconciliación de los pecadores por

234

la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el

ministerio de la Iglesia:

«Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la

muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la

remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el

perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre

y del Hijo y del Espíritu Santo» ( Ritual de la Penitencia, 46. 55).

VII. Los actos del penitente

1450. "La penitencia mueve al pecador a soportarlo todo con el

ánimo bien dispuesto; en su corazón, contrición; en la boca, confesión;

en la obra, toda humildad y fructífera satisfacción" ( Catecismo

Romano 2,5,21; cf. Concilio de Trento: DS 1673) .

LA CONTRICIÓN

1451. Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer

lugar. Es "un dolor del alma y una detestación del pecado cometido

431

con la resolución de no volver a pecar" (Concilio de Trento: DS 1676).

1452. Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la

1822

contrición se llama "contrición perfecta" (contrición de caridad).

Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el

perdón de los pecados mortales, si comprende la firme resolución de

recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental (cf. Concilio

de Trento: DS 1677).

1453. La contrición llamada "imperfecta" (o "atrición") es también

un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la

consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación

eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal

conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución

interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución

sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no

alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en

el sacramento de la Penitencia (cf. Concilio de Trento: DS 1678,

1705).

1454. Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un

examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los

textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la

catequesis moral de los evangelios y de las Cartas de los Apóstoles: Sermón

de la montaña y enseñanzas apostólicas ( Rm 12-15; 1 Co 12-13; Ga 5; Ef 4-

6).

LA CONFESIÓN DE LOS PECADOS

1424

1455. La confesión de los pecados (acusación), incluso desde un

punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra

reconciliación con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta

1734

a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y,

por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el

fin de hacer posible un nuevo futuro.

1456. La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una

parte esencial del sacramento de la Penitencia: "En la confesión, los

1855

penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen

conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos

pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra

los dos últimos mandamientos del Decálogo (cf. Ex 20,17; Mt 5,28),

pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más

peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos"

(Concilio de Trento: DS 1680):

«Cuando los fieles de Cristo se esfuerzan por confesar todos los pecados

que recuerdan, no se puede dudar que están presentando ante la

1505

misericordia divina para su perdón todos los pecados que han cometido.

"Quienes actúan de otro modo y callan conscientemente algunos pecados,

no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado

por mediación del sacerdote. Porque si el enfermo se avergüenza de

descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora"»

(Concilio de Trento: DS 1680; cf. San Jerónimo, Commentarius in

Ecclesiasten 10, 11).

1457. Según el mandamiento de la Iglesia "todo fiel llegado a la edad del

2042

uso de razón debe confesar, al menos una vez al año, fielmente sus pecados

graves" (CIC can. 989; cf. DS 1683; 1708). "Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir

1385

antes a la confesión sacramental (cf. DS 1647, 1661) a no ser que concurra

un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga

presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye

el propósito de confesarse cuanto antes" (CIC can. 916; CCEO can. 711).

Los niños deben acceder al sacramento de la Penitencia antes de recibir por

primera vez la Sagrada Comunión (CIC can. 914).

1458. Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados

veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia (cf.

Concilio de Trento: DS 1680; CIC 988 §2). En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar

1783

contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar

en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este

sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve

impulsado a ser él también misericordioso (cf. Lc 6,36):

«Quien confiesa y se acusa de sus pecados hace las paces con Dios. Dios

reprueba tus pecados. Si tú haces lo mismo, te unes a Dios. Hombre y

pecador son dos cosas distintas; cuando oyes, hombre, oyes lo que hizo

Dios; cuando oyes, pecador, oyes lo que el mismo hombre hizo. Deshaz

lo que hiciste para que Dios salve lo que hizo. Es preciso que aborrezcas

tu obra y que ames en ti la obra de Dios Cuando empiezas a detestar lo

que hiciste, entonces empiezan tus buenas obras buenas, porque

2468

repruebas las tuyas malas. [...] Practicas la verdad y vienes a la luz» (San

Agustín, In Iohannis Evangelium tractatus 12, 13).

LA SATISFACCIÓN

1459. Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo

2412

posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas,

restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las

2487

heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y

debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el

prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los

desórdenes que el pecado causó (cf. Concilio de Trento: DS 1712).

1473

Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud

espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados:

debe "satisfacer" de manera apropiada o "expiar" sus pecados. Esta

satisfacción se llama también "penitencia".

1460. La penitencia que el confesor impone debe tener en cuenta la

situación personal del penitente y buscar su bien espiritual. Debe

corresponder todo lo posible a la gravedad y a la naturaleza de los

pecados cometidos. Puede consistir en la oración, en ofrendas, en

2447

obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias,

sacrificios, y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que

618

debemos llevar. Tales penitencias ayudan a configurarnos con Cristo

que, el Único, expió nuestros pecados ( Rm 3,25; 1 Jn 2,1-2) una vez

por todas. Nos permiten llegar a ser coherederos de Cristo resucitado,

"ya que sufrimos con él" ( Rm 8, 17; cf. Concilio de Trento: DS 1690):

«Pero nuestra satisfacción, la que realizamos por nuestros pecados, sólo

es posible por medio de Jesucristo: nosotros que, por nosotros mismos, no

2011

podemos nada, con la ayuda "del que nos fortalece, lo podemos todo"

( Flp 4,13). Así el hombre no tiene nada de que pueda gloriarse sino que

toda "nuestra gloria" está en Cristo [...] en quien nosotros satisfacemos

"dando frutos dignos de penitencia" ( Lc 3,8) que reciben su fuerza de Él,

por Él son ofrecidos al Padre y gracias a Él son aceptados por el Padre

(Concilio de Trento: DS 1691).

VIII. El ministro de este sacramento

1461. Puesto que Cristo confió a sus Apóstoles el ministerio de la

981

reconciliación (cf. Jn 20,23; 2 Co 5,18), los obispos, sus sucesores, y

los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo

este ministerio. En efecto, los obispos y los presbíteros, en virtud del

sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados

"en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".

1462. El perdón de los pecados reconcilia con Dios y también con la

Iglesia. El obispo, cabeza visible de la Iglesia particular, es

886

considerado, por tanto, con justo título, desde los tiempos antiguos,

como el que tiene principalmente el poder y el ministerio de la

reconciliación: es el moderador de la disciplina penitencial (LG 26).

Los presbíteros, sus colaboradores, lo ejercen en la medida en que han

1567

recibido la tarea de administrarlo, sea de su obispo (o de un superior

religioso) sea del Papa, a través del derecho de la Iglesia (cf. CIC

can 844; 967-969, 972; CCEO can. 722,3-4).

1463. «Ciertos pecados particularmente graves están sancionados con la

excomunión, la pena eclesiástica más severa, que impide la recepción de los

sacramentos y el ejercicio de ciertos actos eclesiásticos (cf. CIC can 1331;

CCEO can 1420), y cuya absolución, por consiguiente, sólo puede ser

concedida, según el derecho de la Iglesia, por el Papa, por el obispo del

lugar, o por sacerdotes autorizados por ellos (cf. CIC can 1354-1357; CCEO

can. 1420). En caso de peligro de muerte, todo sacerdote, aun el que carece

de la facultad de oír confesiones, puede absolver de cualquier pecado y de

982

toda excomunión» (cf. CIC can 976; para la absolución de los pecados, CCEO can. 725).

1464. Los sacerdotes deben alentar a los fieles a acceder al

sacramento de la Penitencia y deben mostrarse disponibles a celebrar

este sacramento cada vez que los cristianos lo pidan de manera

razonable (cf. CIC can. 986; CCEO, can 735; PO 13).

983

1465. Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote

ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del

Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al hijo

pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de

personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una

palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor

misericordioso de Dios con el pecador.

1551

1466. El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios.

El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad

2690

de Cristo (cf. PO 13). Debe tener un conocimiento probado del comportamiento cristiano, experiencia de las cosas humanas, respeto y

delicadeza con el que ha caído; debe amar la verdad, ser fiel al

magisterio de la Iglesia y conducir al penitente con paciencia hacia su

curación y su plena madurez. Debe orar y hacer penitencia por él

confiándolo a la misericordia del Señor.

1467. Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto

debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oye

2490

confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los

pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas

(CIC can. 983-984. 1388 §1; CCEO can 1456). Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los

penitentes. Este secreto, que no admite excepción, se llama "sigilo

sacramental", porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote

queda "sellado" por el sacramento.

IX. Los efectos de este sacramento

1468. "Toda la fuerza de la Penitencia consiste en que nos restituye a

la gracia de Dios y nos une con Él con profunda amistad" ( Catecismo

Romano, 2, 5, 18). El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la

reconciliación con Dios. En los que reciben el sacramento de la

Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa,

2305

"tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las

que acompaña un profundo consuelo espiritual" (Concilio de Trento:

DS 1674). En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios

produce una verdadera "resurrección espiritual", una restitución de la

dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más

precioso de los cuales es la amistad de Dios ( Lc 15, 32).

1469. Este sacramento reconcilia con la Iglesia al penitente. El

pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna. El sacramento de la

953

Penitencia la repara o la restaura. En este sentido, no cura solamente al

que se reintegra en la comunión eclesial, tiene también un efecto

vivificante sobre la vida de la Iglesia que ha sufrido por el pecado de

uno de sus miembros (cf. 1 Co 12,26). Restablecido o afirmado en la

comunión de los santos, el pecador es fortalecido por el intercambio

de los bienes espirituales entre todos los miembros vivos del Cuerpo

949

de Cristo, estén todavía en situación de peregrinos o que se hallen ya

en la patria celestial (cf. LG 48-50):

«Pero hay que añadir que tal reconciliación con Dios tiene como

consecuencia, por así decir, otras reconciliaciones que reparan las

rupturas causadas por el pecado: el penitente perdonado se reconcilia

consigo mismo en el fondo más íntimo de su propio ser, en el que

recupera la propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos,

agredidos y lesionados por él de algún modo; se reconcilia con la Iglesia,

se reconcilia con toda la creación» (Juan Pablo II, Exhort. Apost.

Reconciliatio et paenitentita, 31).

1470. En este sacramento, el pecador, confiándose al juicio

misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será 678, 1039

sometido al fin de esta vida terrena. Porque es ahora, en esta vida,

cuando nos es ofrecida la elección entre la vida y la muerte, y sólo por

el camino de la conversión podemos entrar en el Reino del que el

pecado grave nos aparta (cf. 1 Co 5, 11; Ga 5, 19-21; Ap 22, 15).

Convirtiéndose a Cristo por la penitencia y la fe, el pecador pasa de la

muerte a la vida "y no incurre en juicio" ( Jn 5,24).

X. Las indulgencias

1471. La doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están

estrechamente ligadas a los efectos del sacramento de la Penitencia.

QUÉ SON LAS INDULGENCIAS

"La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los

pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y

cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia,

la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con

autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos" (Pablo VI,

Const. ap. Indulgentiarum doctrina, normas 1).

"La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal

debida por los pecados en parte o totalmente" ( Indulgentiarum doctrina,

normas 2). "Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a

manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias"

(CIC can 994).

LAS PENAS DEL PECADO

1472. Para entender esta doctrina y esta práctica de la Iglesia es preciso

1861

recordar que el pecado tiene una doble consecuencia. El pecado grave nos

priva de la comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la vida

eterna, cuya privación se llama la "pena eterna" del pecado. Por otra parte,

todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es

necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que

1031

se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la "pena

temporal" del pecado. Estas dos penas no deben ser concebidas como una

especie de venganza, infligida por Dios desde el exterior, sino como algo que

brota de la naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede de una

ferviente caridad puede llegar a la total purificación del pecador, de modo

que no subsistiría ninguna pena (cf. Concilio de Trento: DS 1712-13; 1820).

1473. El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios

entrañan la remisión de las penas eternas del pecado. Pero las penas

temporales del pecado permanecen. El cristiano debe esforzarse, soportando

pacientemente los sufrimientos y las pruebas de toda clase y, llegado el día,

enfrentándose serenamente con la muerte, por aceptar como una gracia estas

penas temporales del pecado; debe aplicarse, tanto mediante las obras de

misericordia y de caridad, como mediante la oración y las distintas prácticas

2447

de penitencia, a despojarse completamente del "hombre viejo" y a revestirse

del "hombre nuevo" (cf. Ef 4,24).

EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS

1474. El cristiano que quiere purificarse de su pecado y santificarse con

946-959

ayuda de la gracia de Dios no se encuentra solo. "La vida de cada uno de los

hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo,

con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural

del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística" (Pablo VI,

795

Const. ap. Indulgentiarum doctrina, 5).

1475. En la comunión de los santos, por consiguiente, "existe entre los

fieles, tanto entre quienes ya son bienaventurados como entre los que expían

en el purgatorio o los que peregrinan todavía en la tierra, un constante

vínculo de amor y un abundante intercambio de todos los bienes" ( Ibíd). En

este intercambio admirable, la santidad de uno aprovecha a los otros, más

allá del daño que el pecado de uno pudo causar a los demás. Así, el recurso a

la comunión de los santos permite al pecador contrito estar antes y más

eficazmente purificado de las penas del pecado.

1476. Estos bienes espirituales de la comunión de los santos, los llamamos

también el tesoro de la Iglesia, "que no es suma de bienes, como lo son las

riquezas materiales acumuladas en el transcurso de los siglos, sino que es el

valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y los méritos

617

de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para que la humanidad quedara libre del

pecado y llegase a la comunión con el Padre. Sólo en Cristo, Redentor

nuestro, se encuentran en abundancia las satisfacciones y los méritos de su

redención " ( Indulgentiarum doctrina, 5).

1477. "Pertenecen igualmente a este tesoro el precio verdaderamente

inmenso, inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las

oraciones y las buenas obras de la Bienaventurada Virgen María y de todos

969

los santos que se santificaron por la gracia de Cristo, siguiendo sus pasos, y

realizaron una obra agradable al Padre, de manera que, trabajando en su

propia salvación, cooperaron igualmente a la salvación de sus hermanos en

la unidad del Cuerpo místico" ( Indulgentiarum doctrina, 5).

LA INDULGENCIA DE DIOS SE OBTIENE POR MEDIO DE LA IGLESIA

981

1478. Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de

atar y desatar que le fue concedido por Cristo Jesús, interviene en favor de

un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para

obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales

debidas por sus pecados. Por eso la Iglesia no quiere solamente acudir en

ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer a obras de piedad,

de penitencia y de caridad (cf. Indulgentiarum doctrina, 8; Concilio. de Trento: DS 1835).

1479. Puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son también

miembros de la misma comunión de los santos, podemos ayudarles, entre

otras formas, obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean

1032

libres de las penas temporales debidas por sus pecados.

XI. La celebración del sacramento de la Penitencia

1480. Como todos los sacramentos, la Penitencia es una acción

litúrgica. Ordinariamente los elementos de su celebración son: saludo

y bendición del sacerdote, lectura de la Palabra de Dios para iluminar

la conciencia y suscitar la contrición, y exhortación al arrepentimiento;

la confesión que reconoce los pecados y los manifiesta al sacerdote; la

imposición y la aceptación de la penitencia; la absolución del

sacerdote; alabanza de acción de gracias y despedida con la bendición

del sacerdote.

1449

1481. La liturgia bizantina posee expresiones diversas de absolución, en

forma deprecativa, que expresan admirablemente el misterio del perdón:

"Que el Dios que por el profeta Natán perdonó a David cuando confesó sus

pecados, y a Pedro cuando lloró amargamente y a la pecadora cuando

derramó lágrimas sobre sus pies, y al publicano, y al pródigo, que este

mismo Dios, por medio de mí, pecador, os perdone en esta vida y en la otra y

que os haga comparecer sin condenaros en su temible tribunal. El que es

bendito por los siglos de los siglos. Amén" ( Eulógion to méga [Atenas 1992]

p. 222).

1482. El sacramento de la Penitencia puede también celebrarse en el marco

de una celebración comunitaria, en la que los penitentes se preparan a la

confesión y juntos dan gracias por el perdón recibido. Así la confesión

personal de los pecados y la absolución individual están insertadas en una

liturgia de la Palabra de Dios, con lecturas y homilía, examen de conciencia

dirigido en común, petición comunitaria del perdón, rezo del Padre Nuestro y

acción de gracias en común. Esta celebración comunitaria expresa más

claramente el carácter eclesial de la penitencia. En todo caso, cualquiera que

sea la manera de su celebración, el sacramento de la Penitencia es siempre,

por su naturaleza misma, una acción litúrgica, por tanto, eclesial y pública

1140

(cf. SC 26-27).

1483. En casos de necesidad grave se puede recurrir a la celebración

1401

comunitaria de la reconciliación con confesión general y absolución

general. Semejante necesidad grave puede presentarse cuando hay un peligro

inminente de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo

suficiente para oír la confesión de cada penitente. La necesidad grave puede

existir también cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay

bastantes confesores para oír debidamente las confesiones individuales en un

tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa suya, se verían

privados durante largo tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada

comunión. En este caso, los fieles deben tener, para la validez de la

absolución, el propósito de confesar individualmente sus pecados graves en

su debido tiempo (CIC can 962 §1). Al obispo diocesano corresponde juzgar si existen las condiciones requeridas para la absolución general (CIC can

961 §2). Una gran concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de peregrinaciones no constituyen por su naturaleza ocasión de la referida

necesidad grave. (cf. CIC can 962 §1, 2)

1484. "La confesión individual e íntegra y la absolución continúan

siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con

Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse

de este modo de confesión" ( Ritual de la Penitencia, Prenotandos 31).

Y esto se establece así por razones profundas. Cristo actúa en cada

878

uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los

pecadores: "Hijo, tus pecados están perdonados" ( Mc 2,5); es el

médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen

necesidad de él (cf. Mc 2,17) para curarlos; los restaura y los devuelve

a la comunión fraterna. Por tanto, la confesión personal es la forma

más significativa de la reconciliación con Dios y con la Iglesia.

Resumen

1485. En la tarde de Pascua, el Señor Jesús se mostró a sus

Apóstoles y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis

los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les

quedan retenidos" ( Jn 20, 22-23).

1486. El perdón de los pecados cometidos después del Bautismo es

concedido por un sacramento propio llamado sacramento de la

conversión, de la confesión, de la penitencia o de la reconciliación.

1487. Quien peca lesiona el honor de Dios y su amor, su propia

dignidad de hombre llamado a ser hijo de Dios y el bien espiritual de

la Iglesia, de la que cada cristiano debe ser una piedra viva.

1488. A los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado y

nada tiene peores consecuencias para los pecadores mismos, para la

Iglesia y para el mundo entero.

1489. Volver a la comunión con Dios, después de haberla perdido

por el pecado, es un movimiento que nace de la gracia de Dios, rico

en misericordia y deseoso de la salvación de los hombres. Es preciso

pedir este don precioso para sí mismo y para los demás.

1490. El movimiento de retorno a Dios, llamado conversión y

arrepentimiento, implica un dolor y una aversión respecto a los

pecados cometidos, y el propósito firme de no volver a pecar. La

conversión, por tanto, mira al pasado y al futuro; se nutre de la

esperanza en la misericordia divina.

1491. El sacramento de la Penitencia está constituido por el conjunto

de tres actos realizados por el penitente, y por la absolución del

sacerdote. Los actos del penitente son: el arrepentimiento, la

confesión o manifestación de los pecados al sacerdote y el propósito

de realizar la reparación y las obras de penitencia.

1492. El arrepentimiento (llamado también contrición) debe estar

inspirado en motivaciones que brotan de la fe. Si el arrepentimiento es

concebido por amor de caridad hacia Dios, se le llama "perfecto"; si

está fundado en otros motivos se le llama "imperfecto".

1493. El que quiere obtener la reconciliación con Dios y con la

Iglesia debe confesar al sacerdote todos los pecados graves que no ha

confesado aún y de los que se acuerda tras examinar cuidadosamente

su conciencia. Sin ser necesaria, de suyo, la confesión de las faltas

veniales está recomendada vivamente por la Iglesia.

1494. El confesor impone al penitente el cumplimiento de ciertos

actos de "satisfacción" o de "penitencia", para reparar el daño

causado por el pecado y restablecer los hábitos propios del discípulo

de Cristo.

1495. Sólo los sacerdotes que han recibido de la autoridad de la

Iglesia la facultad de absolver pueden ordinariamente perdonar los

pecados en nombre de Cristo.

1496. Los efectos espirituales del sacramento de la Penitencia son:

– la reconciliación con Dios por la que el penitente recupera la

gracia;

– la reconciliación con la Iglesia;

– la remisión de la pena eterna contraída por los pecados

mortales;

– la remisión, al menos en parte, de las penas temporales,

consecuencia del pecado;

– la paz y la serenidad de la conciencia, y el consuelo espiritual;

– el acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate

cristiano.

1497. La confesión individual e integra de los pecados graves

seguida de la absolución es el único medio ordinario para la

reconciliación con Dios y con la Iglesia.

1498. Mediante las indulgencias, los fieles pueden alcanzar para sí

mismos y también para las almas del Purgatorio la remisión de las

penas temporales, consecuencia de los pecados.

ARTÍCULO 5

LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

1499. "Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los

presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a los enfermos al Señor

sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso los

anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo; y contribuir,

así, al bien del Pueblo de Dios" (LG 11).

I. Fundamentos en la economía de la salvación

LA ENFERMEDAD EN LA VIDA HUMANA

1500. La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre

los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la

enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su

finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.

1066

1501. La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre

sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra

Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a

discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo

es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de

Dios, un retorno a Él.

EL ENFERMO ANTE DIOS

1502. El hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara

a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad (cf. Sal 38) y de Él,

que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación

(cf. Sal 6,3; Is 38). La enfermedad se convierte en camino de

conversión (cf. Sal 38,5; 39,9.12) y el perdón de Dios inaugura la

curación (cf. Sal 32,5; 107,20; Mc 2,5-12). Israel experimenta que la

164

enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal;

376

y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: "Yo, el

Señor, soy el que te sana" ( Ex 15,26). El profeta entrevé que el

sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados

de los demás (cf. Is 53,11). Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará

venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y curará toda

enfermedad (cf. Is 33,24).

CRISTO, MÉDICO

549

1503. La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas

curaciones de dolientes de toda clase (cf. Mt 4,24) son un signo

maravilloso de que "Dios ha visitado a su pueblo" ( Lc 7,16) y de que

el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para

curar, sino también de perdonar los pecados (cf. Mc 2,5-12): vino a

1421

curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos

necesitan ( Mc 2,17). Su compasión hacia todos los que sufren llega

hasta identificarse con ellos: "Estuve enfermo y me visitasteis"

( Mt 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha

cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular

2288

de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma.

Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que

sufren.

1504. A menudo Jesús pide a los enfermos que crean (cf. Mc 5,34.36;

9,23). Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos

(cf. Mc 7,32-36; 8,22-25), barro y ablución (cf. Jn 9,6-15). Los

695

enfermos tratan de tocarlo (cf. Mc 1,41; 3,10; 6,56) "pues salía de él

1116

una fuerza que los curaba a todos" ( Lc 6,19). Así, en los sacramentos,

Cristo continúa "tocándonos" para sanarnos.

1505. Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja

tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: "El tomó

nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" ( Mt 8,17; cf. Is

53,4). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la

venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la

440

victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo

tomó sobre sí todo el peso del mal (cf. Is 53,4-6) y quitó el "pecado

del mundo" ( Jn 1,29), del que la enfermedad no es sino una

consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un

sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él

y nos une a su pasión redentora.

307

―SANAD A LOS ENFERMOS...‖

1506. Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando a su vez su

cruz (cf. Mt 10,38). Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre la

enfermedad y sobre los enfermos. Jesús los asocia a su vida pobre y

859

humilde. Les hace participar de su ministerio de compasión y de

curación: "Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran;

expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos

enfermos y los curaban" ( Mc 6,12-13).

1507. El Señor resucitado renueva este envío ("En mi nombre [...]

impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán

bien", Mc 16,17-18) y lo confirma con los signos que la Iglesia realiza

invocando su nombre (cf. Hch 9,34; 14,3). Estos signos manifiestan de

una manera especial que Jesús es verdaderamente "Dios que salva"

430

(cf. Mt 1,21; Hch 4,12).

1508. El Espíritu Santo da a algunos un carisma especial de curación

798

(cf. 1 Co 12,9.28.30) para manifestar la fuerza de la gracia del

Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas

obtienen la curación de todas las enfermedades. Así san Pablo aprende

del Señor que "mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en

la flaqueza" ( 2 Co 12,9), y que los sufrimientos que tengo que

padecer, tienen como sentido lo siguiente: "Completo en mi carne lo

que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la

618

Iglesia" ( Col 1,24).

1509. "¡Sanad a los enfermos!" ( Mt 10,8). La Iglesia ha recibido esta

tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que

proporciona a los enfermos, como por la oración de intercesión con la

que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, médico

de las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa particularmente a

través de los sacramentos, y de manera especial por la Eucaristía, pan

1405

que da la vida eterna (cf. Jn 6,54.58) y cuya conexión con la salud

corporal insinúa san Pablo (cf. 1 Co 11,30).

1510. No obstante, la Iglesia apostólica tuvo un rito propio en favor

de los enfermos, atestiguado por Santiago: "Está enfermo alguno de

vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le

unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al

enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido

pecados, le serán perdonados" ( St 5,14-15). La Tradición ha

1117

reconocido en este rito uno de los siete sacramentos de la Iglesia (cf.

DS 216; 1324-1325; 1695-1696; 1716-1717).

U

N SACRAMENTO DE LOS ENFERMOS

1511. La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos,

existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los

atribulados por la enfermedad: la Unción de los enfermos:

«Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor

como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente

dicho, insinuado por Marcos (cf. Mc 6,13), y recomendado a los fieles y

promulgado por Santiago, apóstol y hermano del Señor» (Concilio de

Trento: DS 1695, cf. St 5, 14-15).

1512. En la tradición litúrgica, tanto en Oriente como en Occidente, se

poseen desde la antigüedad testimonios de unciones de enfermos practicadas

con aceite bendito. En el transcurso de los siglos, la Unción de los enfermos

fue conferida, cada vez más exclusivamente, a los que estaban a punto de

morir. A causa de esto, había recibido el nombre de "Extremaunción". A

pesar de esta evolución, la liturgia nunca dejó de orar al Señor a fin de que el

enfermo pudiera recobrar su salud si así convenía a su salvación (cf. DS

1696).

1513. La Constitución apostólica Sacram Unctionem Infirmorum del

30 de noviembre de 1972, de conformidad con el Concilio Vaticano II

(cf. SC 73) estableció que, en adelante, en el rito romano, se observara lo que sigue:

«El sacramento de la Unción de los enfermos se administra a los

gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en las manos con aceite

de oliva debidamente bendecido o, según las circunstancias, con otro

aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras: Per istam

sanctam unctionem et suam piissimam misericordiam adiuvet te Dominus

gratia Spiritus Sancti, ut a peccatis liberatum te salvet atque propitius

allevet ("Por esta santa unción, y por su bondadosa misericordia, te ayude

el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te

conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad")» ( Sacram

Unctionem Infirmorum; cf. CIC, can. 847 §1).

II. Quién recibe y quién administra este sacramento

EN CASO DE GRAVE ENFERMEDAD...

1514. La Unción de los enfermos "no es un sacramento sólo para

aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera tiempo

oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de

muerte por enfermedad o vejez" (SC 73; cf. CIC, can. 1004 §1; 1005;

1007; CCEO, can. 738).

1515. Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede,

en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento.

En el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser

reiterado si la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción de

los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede

aplicarse a las personas de edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan.

"...LLAME A LOS PRESBÍTEROS DE LA IGLESIA"

1516. Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la

Unción de los enfermos (cf. Concilio de Trento: DS 1697; 1719;

CIC, can 1003; CCEO. can. 739,1). Es deber de los pastores instruir a los fieles sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben

animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este

sacramento. Y que los enfermos se preparen para recibirlo en buenas

disposiciones, con la ayuda de su pastor y de toda la comunidad

eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente a los

enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas.

III. La celebración del sacramento

1517. Como en todos los sacramentos, la Unción de los enfermos se

1140

celebra de forma litúrgica y comunitaria (cf. SC 27), que tiene lugar en familia, en el hospital o en la iglesia, para un solo enfermo o para un

grupo de enfermos. Es muy conveniente que se celebre dentro de la

Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo

permiten, la celebración del sacramento puede ir precedida del

sacramento de la Penitencia y seguida del sacramento de la Eucaristía.

En cuanto sacramento de la Pascua de Cristo, la Eucaristía debería ser

siempre el último sacramento de la peregrinación terrenal, el "viático"

para el "paso" a la vida eterna.

1518. Palabra y sacramento forman un todo inseparable. La Liturgia

de la Palabra, precedida de un acto de penitencia, abre la celebración.

Las palabras de Cristo y el testimonio de los Apóstoles suscitan la fe

del enfermo y de la comunidad para pedir al Señor la fuerza de su

Espíritu.

1519. La celebración del sacramento comprende principalmente estos

elementos: "los presbíteros de la Iglesia" ( St 5,14) imponen –en

silencio– las manos a los enfermos; oran por los enfermos en la fe de

la Iglesia (cf. St 5,15); es la epíclesis propia de este sacramento; luego

ungen al enfermo con óleo bendecido, si es posible, por el obispo.

Estas acciones litúrgicas indican la gracia que este sacramento

confiere a los enfermos.

IV. Efectos de la celebración de este sacramento

1520. Un don particular del Espíritu Santo. La gracia primera de este

733

sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer

las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la

fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que

renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones

del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante

la muerte (cf. Hb 2,15). Esta asistencia del Señor por la fuerza de su

Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero

también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios (cf. Concilio de

Florencia: DS 1325). Además, "si hubiera cometido pecados, le serán

perdonados" ( St 5,15; cf. Concilio de Trento: DS 1717).

1521. La unión a la Pasión de Cristo. Por la gracia de este

sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más

íntimamente a la Pasión de Cristo: en cierta manera es consagrado

1535

para dar fruto por su configuración con la Pasión redentora del

Salvador. El sufrimiento, secuela del pecado original, recibe un

sentido nuevo, viene a ser participación en la obra salvífica de Jesús.

1499

1522. Una gracia eclesial. Los enfermos que reciben este sacramento,

"uniéndose libremente a la pasión y muerte de Cristo, contribuyen al

bien del Pueblo de Dios" (LG 11). Cuando celebra este sacramento, la Iglesia, en la comunión de los santos, intercede por el bien del

953

enfermo. Y el enfermo, a su vez, por la gracia de este sacramento,

contribuye a la santificación de la Iglesia y al bien de todos los

hombres por los que la Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo, a Dios

Padre.

1523. Una preparación para el último tránsito. Si el sacramento de

1020

la unción de los enfermos es concedido a todos los que sufren

enfermedades y dolencias graves, lo es con mayor razón "a los que

están a punto de salir de esta vida" ( in exitu viae constituti; Concilio

de Trento: DS 1698), de manera que se le ha llamado también

sacramentum exeuntium ("sacramento de los que parten"; ibid.). La

Unción de los enfermos acaba de conformarnos con la muerte y

resurrección de Cristo, como el Bautismo había comenzado a hacerlo.

Es la última de las sagradas unciones que jalonan toda la vida

cristiana; la del Bautismo había sellado en nosotros la vida nueva; la

de la Confirmación nos había fortalecido para el combate de esta vida.

Esta última unción ofrece al término de nuestra vida terrena un escudo

para defenderse en los últimos combates antes entrar en la Casa del

Padre (cf. ibid.: DS 1694).

V. El viático, último sacramento del cristiano

1392

1524. A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la

Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático. Recibida en este

momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre

de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es

semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del

Señor: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y

yo le resucitaré el último día" ( Jn 6,54). Puesto que es sacramento de

Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso

de la muerte a la vida, de este mundo al Padre ( Jn 13,1).

1680

1525. Así, como los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y

de la Eucaristía constituyen una unidad llamada "los sacramentos de la

iniciación cristiana", se puede decir que la Penitencia, la Santa Unción

y la Eucaristía, en cuanto viático, constituyen, cuando la vida cristiana

2299

toca a su fin, "los sacramentos que preparan para entrar en la Patria" o

los sacramentos que cierran la peregrinación.

Resumen

1526. "¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros

de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del

Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se

levante, y si hubiera cometidos pecados, le serán perdonados" ( St

5,14-15).

1527. El sacramento de la Unción de los enfermos tiene por fin

conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las

dificultades inherentes al estado de enfermedad grave o de vejez.

1528. El tiempo oportuno para recibir la Santa Unción llega

ciertamente cuando el fiel comienza a encontrarse en peligro de

muerte por causa de enfermedad o de vejez.

1529. Cada vez que un cristiano cae gravemente enfermo puede

recibir la Santa Unción, y también cuando, después de haberla

recibido, la enfermedad se agrava.

1530. Sólo los sacerdotes (presbíteros y obispos) pueden administrar

el sacramento de la Unción de los enfermos; para conferirlo emplean

óleo bendecido por el obispo, o, en caso necesario, por el mismo

presbítero que celebra.

1531. Lo esencial de la celebración de este sacramento consiste en la

unción en la frente y las manos del enfermo (en el rito romano) o en

otras partes del cuerpo (en Oriente), unción acompañada de la

oración litúrgica del sacerdote celebrante que pide la gracia especial

de este sacramento.

1532. La gracia especial del sacramento de la Unción de los

enfermos tiene como efectos:

–

la unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de

toda la Iglesia;

– el consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los

sufrimientos de la enfermedad o de la vejez;

– el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo

por el sacramento de la penitencia;

– el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud

espiritual;

– la preparación para el paso a la vida eterna.

CAPÍTULO TERCERO

LOS SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA

COMUNIDAD

1533. El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía son los

sacramentos de la iniciación cristiana. Fundamentan la vocación

1212

común de todos los discípulos de Cristo, que es vocación a la santidad

y a la misión de evangelizar el mundo. Confieren las gracias

necesarias para vivir según el Espíritu en esta vida de peregrinos en

marcha hacia la patria.

1534. Otros dos sacramentos, el Orden y el Matrimonio, están

ordenados a la salvación de los demás. Contribuyen ciertamente a la

propia salvación, pero esto lo hacen mediante el servicio que prestan a

los demás. Confieren una misión particular en la Iglesia y sirven a la

edificación del Pueblo de Dios.

1535. En estos sacramentos, los que fueron ya consagrados por el

Bautismo y la Confirmación (LG 10) para el sacerdocio común de 784

todos los fieles, pueden recibir consagraciones particulares. Los que

reciben el sacramento del Orden son consagrados para "en el nombre

de Cristo ser los pastores de la Iglesia con la palabra y con la gracia de

Dios" (LG 11). Por su parte, "los cónyuges cristianos, son fortificados y como consagrados para los deberes y dignidad de su estado por este

sacramento especial" (GS 48,2).

ARTÍCULO 6

EL SACRAMENTO DEL ORDEN

860

1536. El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada

por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el

fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico.

Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.

[Sobre la institución y la misión del ministerio apostólico por Cristo ya se

ha tratado en los números 874-876. Aquí sólo se trata de la realidad sacramental mediante la que se transmite este ministerio].

I. El nombre de sacramento del Orden

1537. La palabra Orden designaba, en la antigüedad romana, cuerpos

constituidos en sentido civil, sobre todo el cuerpo de los que

gobiernan. Ordinatio designa la integración en un ordo. En la Iglesia

hay cuerpos constituidos que la Tradición, no sin fundamentos en la

sagrada Escritura (cf. Hb 5,6; 7,11; Sal 110,4), llama desde los

tiempos antiguos con el nombre de taxeis (en griego), de ordines (en

latín): así la liturgia habla del ordo episcoporum, del ordo

presbyterorum, del ordo diaconorum. También reciben este nombre

922, 923

de ordo otros grupos: los catecúmenos, las vírgenes, los esposos, las

1631

viudas...

1538. La integración en uno de estos cuerpos de la Iglesia se hacía

por un rito llamado ordinatio, acto religioso y litúrgico que era una

consagración, una bendición o un sacramento. Hoy la palabra

ordinatio está reservada al acto sacramental que incorpora al orden de

los obispos, de los presbíteros y de los diáconos y que va más allá de

una simple elección, designación, delegación o institución por la

comunidad, pues confiere un don del Espíritu Santo que permite

ejercer un "poder sagrado" ( sacra potestas) (cf. LG 10) que sólo puede 875

venir de Cristo, a través de su Iglesia. La ordenación también es

llamada consecratio porque es un "poner aparte" y un "investir" por

Cristo mismo para su Iglesia. La" imposición de manos" del obispo,

699

con la oración consecratoria, constituye el signo visible de esta

consagración.

II. El sacramento del Orden en la Economía de la salvación

EL SACERDOCIO DE LA ANTIGUA ALIANZA

1539. El pueblo elegido fue constituido por Dios como "un reino de

sacerdotes y una nación consagrada" ( Ex 19,6; cf. Is 61,6). Pero dentro

del pueblo de Israel, Dios escogió una de las doce tribus, la de Leví,

para el servicio litúrgico (cf. Nm 1,48-53); Dios mismo es la parte de

su herencia (cf. Jos 13,33). Un rito propio consagró los orígenes del

sacerdocio de la Antigua Alianza (cf. Ex 29,1-30; Lv 8). En ella los

sacerdotes fueron establecidos "para intervenir en favor de los

hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios

por los pecados" ( Hb 5,1).

1540. Instituido para anunciar la palabra de Dios (cf. Ml 2,7-9) y para

restablecer la comunión con Dios mediante los sacrificios y la oración,

2099

este sacerdocio de la Antigua Alianza, sin embargo, era incapaz de

realizar la salvación, por lo cual tenía necesidad de repetir sin cesar los

sacrificios, y no podía alcanzar una santificación definitiva

(cf. Hb 5,3; 7,27; 10,1-4), que sólo podría ser lograda por el sacrificio

de Cristo.

1541. No obstante, la liturgia de la Iglesia ve en el sacerdocio de

Aarón y en el servicio de los levitas, así como en la institución de los

setenta "ancianos" (cf. Nm 11,24-25), prefiguraciones del ministerio

ordenado de la Nueva Alianza. Por ello, en el rito latino la Iglesia se

dirige a Dios en la oración consecratoria de la ordenación de los

obispos de la siguiente manera:

«Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo [...], Tú que estableciste

normas en tu Iglesia con tu palabra bienhechora. Desde el principio tú

predestinaste un linaje justo de Abraham; nombraste príncipes y

sacerdotes y no dejase sin ministro tus santuario» ( Pontifical Romano:

Ordenación de Obispos, presbíteros y diáconos. Ordenación de Obispo.

Oración de la Ordenación, 47).

1542. En la ordenación de presbíteros, la Iglesia ora:

«Dios, todopoderoso y eterno [...] ya en la primera Alianza aumentaron

los oficios, instituidos como signos sagrados. Cuando pusiste a Moisés y

a Aarón al frente de tu pueblo, para gobernarlo y santificarlo, les elegiste

colaboradores, subordinados en orden y dignidad, que les acompañaran y

secundaran. Así en el desierto multiplicaste el espíritu de Moisés,

comunicándolo a los setenta varones prudentes con los cuales gobernó

fácilmente a tu pueblo [...] Así también hiciste partícipes a los hijos de

Aarón de la abundante plenitud otorgada a su padre...» ( Pontifical

Romano: Ordenación de Obispos, presbíteros y diáconos. Ordenación de

Presbíteros. Oración de la Ordenación, 159).

1543. Y en la oración consecratoria para la ordenación de diáconos,

la Iglesia confiesa:

«Dios Todopoderoso [...] Tú haces crecer a la Iglesia... la edificas como

templo de tu gloria [...] así estableciste que hubiera tres órdenes de

ministros para tu servicio, del mismo modo que en la Antigua Alianza

habías elegido a los hijos de Leví para que sirvieran al templo, y, como

herencia, poseyeran una bendición eterna». ( Pontifical Romano:

Ordenación de Obispos, presbíteros y diáconos. Ordenación de

Diáconos. Oración de la Ordenación, 207)

EL ÚNICO SACERDOCIO DE CRISTO

1544. Todas las prefiguraciones del sacerdocio de la Antigua Alianza

encuentran su cumplimiento en Cristo Jesús, "único [...] mediador

entre Dios y los hombres" ( 1 Tm 2,5). Melquisedec, "sacerdote del

Altísimo" ( Gn 14,18), es considerado por la Tradición cristiana como

una prefiguración del sacerdocio de Cristo, único "Sumo Sacerdote

según el orden de Melquisedec" ( Hb 5,10; 6,20), "santo, inocente,

874

inmaculado" ( Hb 7,26), que, "mediante una sola oblación ha llevado a

la perfección para siempre a los santificados" ( Hb 10,14), es decir,

mediante el único sacrificio de su Cruz.

1545. El sacrificio redentor de Cristo es único, realizado una vez por

1367

todas. Y por esto se hace presente en el sacrificio eucarístico de la

Iglesia. Lo mismo acontece con el único sacerdocio de Cristo: se hace

662

presente por el sacerdocio ministerial sin que con ello se quebrante la

unicidad del sacerdocio de Cristo: Et ideo solus Christus est verus

sacerdos, alii autem ministri eius ("Y por eso sólo Cristo es el

verdadero sacerdote; los demás son ministros suyos") (Santo Tomás

de Aquino, Commentarium in epistolam ad Haebreos, c. 7, lect. 4).

DOS MODOS DE PARTICIPAR EN EL ÚNICO SACERDOCIO DE CRISTO

1546. Cristo, sumo sacerdote y único mediador, ha hecho de la

Iglesia "un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre" ( Ap 1,6;

cf. Ap 5,9-10; 1 P 2,5.9). Toda la comunidad de los creyentes es, como

tal, sacerdotal. Los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de

1268

su participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de

Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Por los sacramentos del Bautismo y

de la Confirmación los fieles son "consagrados para ser [...] un

sacerdocio santo" (LG 10) 1547. El sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de los

1142

presbíteros, y el sacerdocio común de todos los fieles, "aunque su

diferencia es esencial y no sólo en grado, están ordenados el uno al

otro; [...] ambos, en efecto, participan (LG 10), cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo" (LG 10). ¿En qué sentido? Mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia

bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el

Espíritu), el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio

1120

común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los

cristianos. Es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de

construir y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido mediante

un sacramento propio, el sacramento del Orden.

IN PERSONA CHRISTI CAPITIS...

875

1548. En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo

792

quien está presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de

su rebaño, Sumo Sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la

Verdad. Es lo que la Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud

del sacramento del Orden, actúa in persona Christi Capitis (cf. LG

10; 28; SC 33; CD11; PO 2,6):

«Es al mismo Cristo Jesús, Sacerdote, a cuya sagrada persona representa

el ministro. Este, ciertamente, gracias a la consagración sacerdotal

recibida se asimila al Sumo Sacerdote y goza de la facultad de actuar por

el poder de Cristo mismo (a quien representa) » (Pío XII, enc. Mediator

Dei)

«Christus est fons totius sacerdotii: nam sacerdos legalis erat figura

Ipsius, sacerdos autem novae legis in persona Ipsius operatur» (Cristo es

la fuente de todo sacerdocio, pues el sacerdote de la antigua ley era figura

de Él, y el sacerdote de la nueva ley actúa en representación suya) (Santo

Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q. 22, a. 4).

1549. Por el ministerio ordenado, especialmente por el de los obispos

y los presbíteros, la presencia de Cristo como cabeza de la Iglesia se

1142

hace visible en medio de la comunidad de los creyentes (LG 21).

Según la bella expresión de San Ignacio de Antioquía, el obispo es

typos tou Patrós, es imagen viva de Dios Padre ( Epistula ad

Trallianos 3,1; Id. Epistula ad Magnesios 6,1).

1550. Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida

896

como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán

de poder, de errores, es decir, del pecado. No todos los actos del

1128

ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del

Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada

1584

de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto

de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana

del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al

evangelio y que pueden daña, por consiguiente, a la fecundidad

apostólica de la Iglesia.

1551. Este sacerdocio es ministerial. "Esta Función [...], que el Señor

confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio" (LG 24).

876

Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende

totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor

de los hombres y de la comunidad de la Iglesia. El sacramento del

Orden comunica "un poder sagrado", que no es otro que el de Cristo.

1538

El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo

de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos (cf.

608

Mc 10,43-45; 1 P 5,3). "El Señor dijo claramente que la atención

prestada a su rebaño era prueba de amor a Él" (San Juan Crisóstomo,

De sacerdotio 2,4; cf. Jn 21,15-17).

―IN NOMINE TOTIUS ECCLESIAE‖

1552. El sacerdocio ministerial no tiene solamente por tarea

representar a Cristo –Cabeza de la Iglesia– ante la asamblea de los

fieles, actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a

Dios la oración de la Iglesia (cf. SC 33) y sobre todo cuando ofrece el Sacrificio Eucarístico (cf. LG 10).

1553. "En nombre de toda la Iglesia", expresión que no quiere decir

que los sacerdotes sean los delegados de la comunidad. La oración y la

ofrenda de la Iglesia son inseparables de la oración y la ofrenda de

Cristo, su Cabeza. Se trata siempre del culto de Cristo en y por su

Iglesia. Es toda la Iglesia, cuerpo de Cristo, la que ora y se ofrece, per

Ipsum et cum Ipso et in Ipso, en la unidad del Espíritu Santo, a Dios

Padre. Todo el cuerpo, caput et membra, ora y se ofrece, y por eso

795

quienes, en este cuerpo, son específicamente sus ministros, son

llamados ministros no sólo de Cristo, sino también de la Iglesia. El

sacerdocio ministerial puede representar a la Iglesia porque representa

a Cristo.

III. Los tres grados del sacramento del Orden

1554. "El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en

1536

diversos órdenes por aquellos que ya desde antiguo reciben los

nombres de obispos, presbíteros y diáconos" (LG 28). La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica constante

de la Iglesia, reconoce que existen dos grados de participación

ministerial en el sacerdocio de Cristo: el episcopado y el presbiterado.

El diaconado está destinado a ayudarles y a servirles. Por eso, el

término sacerdos designa, en el uso actual, a los obispos y a los

presbíteros, pero no a los diáconos. Sin embargo, la doctrina católica

enseña que los grados de participación sacerdotal (episcopado y

presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son los tres conferidos

1538

por un acto sacramental llamado "ordenación", es decir, por el

sacramento del Orden:

«Que todos reverencien a los diáconos como a Jesucristo, como también

al obispo, que es imagen del Padre, y a los presbíteros como al senado de

Dios y como a la asamblea de los apóstoles: sin ellos no se puede hablar

de Iglesia (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Trallianos 3,1)

LA ORDENACIÓN EPISCOPAL, PLENITUD DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

1555. "Según la tradición, entre los diversos ministerios que se

ejercen en la Iglesia, desde los primeros tiempos ocupa el primer lugar

el ministerio de los obispos que, a través de una sucesión que se

861

remonta hasta el principio, son los transmisores de la semilla

apostólica" (LG 20).

1556. "Para realizar estas funciones tan sublimes, los Apóstoles se

vieron enriquecidos por Cristo con la venida especial del Espíritu

862

Santo que descendió sobre ellos. Ellos mismos comunicaron a sus

colaboradores, mediante la imposición de las manos, el don espiritual

que se ha transmitido hasta nosotros en la consagración de los

obispos" (LG 21).

1557. El Concilio Vaticano II enseña que por la «consagración

episcopal se recibe la plenitud del sacramento del Orden. De hecho se

le llama, tanto en la liturgia de la Iglesia como en los Santos Padres,

"sumo sacerdocio" o " cumbre del ministerio sagrado"» (LG 21).

1558. "La consagración episcopal confiere, junto con la función de

895

santificar, también las funciones de enseñar y gobernar [...] En efecto,

por la imposición de las manos y por las palabras de la consagración

se confiere la gracia del Espíritu Santo y se queda marcado con el

carácter sagrado. En consecuencia, los obispos, de manera eminente y

1121

visible, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y

Sacerdote, y actúan en su nombre ( in eius persona agant)" (LG 21).

"El Espíritu Santo que han recibido ha hecho de los obispos los

verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores"

(CD 2).

1559. "Uno queda constituido miembro del Colegio episcopal en

virtud de la consagración episcopal y por la comunión jerárquica con

la Cabeza y con los miembros del Colegio" (LG 22). El carácter y la naturaleza colegial del orden episcopal se manifiestan, entre otras

877

cosas, en la antigua práctica de la Iglesia que quiere que para la

consagración de un nuevo obispo participen varios obispos

(cf. LG 22). Para la ordenación legítima de un obispo se requiere hoy una intervención especial del Obispo de Roma por razón de su

882

cualidad de vínculo supremo visible de la comunión de las Iglesias

particulares en la Iglesia una y de garante de libertad de la misma.

1560. Cada obispo tiene, como vicario de Cristo, el oficio pastoral de

833

la Iglesia particular que le ha sido confiada, pero al mismo tiempo

tiene colegialmente con todos sus hermanos en el episcopado la

solicitud de todas las Iglesias: "Aunque cada obispo es pastor sagrado

886

sólo de la grey que le ha sido confiada, sin embargo, en cuanto

legítimo sucesor de los Apóstoles por institución divina y por el

mandato de la función apostólica, se hace corresponsable de toda la

Iglesia, junto con los demás obispos" (Pío XII, Enc. Fidei donum, 11; cf. LG 23; CD 4,36-37; AG 5.6.38).

1369

1561. Todo lo que se ha dicho explica por qué la Eucaristía celebrada

por el obispo tiene una significación muy especial como expresión de

la Iglesia reunida en torno al altar bajo la presidencia de quien

representa visiblemente a Cristo, Buen Pastor y Cabeza de su Iglesia

(cf. SC 41; LG 26).

LA ORDENACIÓN DE LOS PRESBÍTEROS, COOPERADORES DE LOS OBISPOS

1562. "Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo, hizo a los

obispos partícipes de su misma consagración y misión por medio de

los Apóstoles, de los cuales son sucesores. Estos han confiado

legítimamente la función de su ministerio en diversos grados a

diversos sujetos en la Iglesia" (LG 28). "La función ministerial de los obispos, en grado subordinado, fue encomendada a los presbíteros

para que, constituidos en el orden del presbiterado, fueran los

colaboradores del orden episcopal para realizar adecuadamente la

misión apostólica confiada por Cristo" (PO 2).

1563. "El ministerio de los presbíteros, por estar unido al orden

episcopal, participa de la autoridad con la que el propio Cristo

construye, santifica y gobierna su Cuerpo. Por eso el sacerdocio de los

presbíteros supone ciertamente los sacramentos de la iniciación

cristiana. Se confiere, sin embargo, por aquel sacramento peculiar que,

1121

mediante la unción del Espíritu Santo, marca a los sacerdotes con un

carácter especial, y así quedan configurados con Cristo Sacerdote, de

tal manera que puedan actuar como representantes de Cristo Cabeza"

(PO 2).

1564. "Los presbíteros, aunque no tengan la plenitud del sacerdocio y

dependan de los obispos en el ejercicio de sus poderes, sin embargo

están unidos a éstos en el honor del sacerdocio y, en virtud del

sacramento del Orden, quedan consagrados como verdaderos

sacerdotes de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, sumo y eterno

611

Sacerdote ( Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para anunciar el Evangelio a los

fieles, para apacentarlos y para celebrar el culto divino" (LG 28).

1565. En virtud del sacramento del Orden, los presbíteros participan

de la universalidad de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles.

849

El don espiritual que recibieron en la ordenación los prepara, no para

una misión limitada y restringida, «sino para una misión amplísima y

universal de salvación "hasta los extremos del mundo" ( Hch 1,8)»

(PO 10), "dispuestos a predicar el evangelio por todas partes" (OT 20).

1566. "Su verdadera función sagrada la ejercen sobre todo en el culto

1369

eucarístico o sinaxis. En ella, actuando en la persona de Cristo y

proclamando su misterio, unen la ofrenda de los fieles al sacrificio de

su Cabeza; actualizan y aplican en el sacrificio de la misa, hasta la

venida del Señor, el único Sacrificio de la Nueva Alianza: el de Cristo,

611

que se ofrece al Padre de una vez para siempre como hostia

inmaculada" (LG 28). De este sacrificio único, saca su fuerza todo su ministerio sacerdotal (PO 2).

1567. "Los presbíteros, como colaboradores diligentes de los obispos

1462

y ayuda e instrumento suyos, llamados para servir al Pueblo de Dios,

forman con su obispo un único presbiterio, dedicado a diversas tareas.

En cada una de las comunidades locales de fieles hacen presente de

2179

alguna manera a su obispo, al que están unidos con confianza y

magnanimidad; participan en sus funciones y preocupaciones y las

llevan a la práctica cada día" (LG 28). Los presbíteros sólo pueden ejercer su ministerio en dependencia del obispo y en comunión con él.

La promesa de obediencia que hacen al obispo en el momento de la

ordenación y el beso de paz del obispo al fin de la liturgia de la

ordenación significa que el obispo los considera como sus

colaboradores, sus hijos, sus hermanos y sus amigos y que a su vez

ellos le deben amor y obediencia.

1537

1568. "Los presbíteros, instituidos por la ordenación en el orden del

presbiterado, están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad del

sacramento. Forman un único presbiterio especialmente en la diócesis

a cuyo servicio se dedican bajo la dirección de su obispo" (PO8). La unidad del presbiterio encuentra una expresión litúrgica en la

costumbre de que los presbíteros impongan a su vez las manos,

después del obispo, durante el rito de la ordenación.

LA ORDENACIÓN DE LOS DIÁCONOS, ―EN ORDEN AL MINISTERIO‖

1569. «En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, a los

que se les imponen las manos "para realizar un servicio y no para

ejercer el sacerdocio"» (LG 29; cf. CD 15). En la ordenación al diaconado, sólo el obispo impone las manos, significando así que el

diácono está especialmente vinculado al obispo en las tareas de su

"diaconía" (cf. San Hipólito Romano, Traditio apostolica 8).

1570. Los diáconos participan de una manera especial en la misión y

la gracia de Cristo (cf. LG 41; AG 16). El sacramento del Orden los 1121

marco con un sello («carácter») que nadie puede hacer desaparecer y

que los configura con Cristo que se hizo "diácono", es decir, el

servidor de todos (cf. Mc 10,45; Lc 22,27; San Policarpo de

Esmirna, Epistula ad Philippenses 5, 25,2). Corresponde a los

diáconos, entre otras cosas, asistir al obispo y a los presbíteros en la

celebración de los divinos misterios sobre todo de la Eucaristía y en la

distribución de la misma, asistir a la celebración del matrimonio y

bendecirlo, proclamar el Evangelio y predicar, presidir las exequias y

entregarse a los diversos servicios de la caridad (cf. LG 29; cf. SC 35,4; AG 16).

1571. Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia latina ha restablecido el

diaconado "como un grado propio y permanente dentro de la jerarquía"

(LG 29), mientras que las Iglesias de Oriente lo habían mantenido siempre.

1571

Este diaconado permanente, que puede ser conferido a hombres casados,

constituye un enriquecimiento importante para la misión de la Iglesia. En

efecto, es apropiado y útil que hombres que realizan en la Iglesia un

ministerio verdaderamente diaconal, ya en la vida litúrgica y pastoral, ya en

las obras sociales y caritativas, "sean fortalecidos por la imposición de las

manos transmitida ya desde los Apóstoles y se unan más estrechamente al

servicio del altar, para que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la

gracia sacramental del diaconado" (AG 16).

IV. La celebración de este sacramento

1572. La celebración de la ordenación de un obispo, de presbíteros o

de diáconos, por su importancia para la vida de la Iglesia particular,

exige el mayor concurso posible de fieles. Tendrá lugar

preferentemente el domingo y en la catedral, con una solemnidad

adaptada a las circunstancias. Las tres ordenaciones, del obispo, del

presbítero y del diácono, tienen el mismo dinamismo. El lugar propio

de su celebración es dentro de la Eucaristía.

1573. El rito esencial del sacramento del Orden está constituido, para

los tres grados, por la imposición de manos del obispo sobre la cabeza

699

del ordenando, así como por una oración consecratoria específica que

pide a Dios la efusión del Espíritu Santo y de sus dones apropiados al

1585

ministerio para el cual el candidato es ordenado (cf. Pío XII, Const.

ap. Sacramentum Ordinis, DS 3858).

1574. Como en todos los sacramentos, ritos complementarios rodean la

celebración. Estos varían notablemente en las distintas tradiciones litúrgicas,

pero tienen en común la expresión de múltiples aspectos de la gracia

sacramental. Así, en el rito latino, los ritos iniciales –la presentación y

elección del ordenando, la alocución del obispo, el interrogatorio del

ordenando, las letanías de los santos– ponen de relieve que la elección del

candidato se hace conforme al uso de la Iglesia y preparan el acto solemne

de la consagración; después de ésta varios ritos vienen a expresar y

completar de manera simbólica el misterio que se ha realizado: para el

obispo y el presbítero la unción, con el santo crisma, signo de la unción

1294

especial del Espíritu Santo que hace fecundo su ministerio; la entrega del

libro de los evangelios, del anillo, de la mitra y del báculo al obispo en señal

de su misión apostólica de anuncio de la Palabra de Dios, de su fidelidad a la

796

Iglesia, esposa de Cristo, de su cargo de pastor del rebaño del Señor; entrega

al presbítero de la patena y del cáliz, "la ofrenda del pueblo santo"

(cf. Pontifical Romano. Ordenación de Obispos, presbíteros y diáconos.

Ordenación de Presbíteros. Entrega del pan y del vino, 163) que es llamado a

presentar a Dios; la entrega del libro de los evangelios al diácono que acaba

de recibir la misión de anunciar el evangelio de Cristo.

V. El ministro de este sacramento

1575. Fue Cristo quien eligió a los Apóstoles y les hizo partícipes de

su misión y su autoridad. Elevado a la derecha del Padre, no abandona

857

a su rebaño, sino que lo guarda por medio de los Apóstoles bajo su

constante protección y lo dirige también mediante estos mismos

pastores que continúan hoy su obra ( Prefacio de Apóstoles I: Misal

Romano). Por tanto, es Cristo "quien da" a unos el ser apóstoles, a

otros pastores (cf. Ef 4,11). Sigue actuando por medio de los obispos

(cf. LG 21).

1536

1576. Dado que el sacramento del Orden es el sacramento del

ministerio apostólico, corresponde a los obispos, en cuanto sucesores

de los Apóstoles, transmitir "el don espiritual" (LG 21), "la semilla apostólica" (LG 20). Los obispos válidamente ordenados, es decir, que están en la línea de la sucesión apostólica, confieren válidamente los

tres grados del sacramento del Orden (cf. DS 794 y 802; CIC can.

1012; CCEO, can 744; 747).

VI. Quién puede recibir este sacramento

1577. "Sólo el varón ( vir) bautizado recibe válidamente la sagrada

551

ordenación" (CIC can 1024). El Señor Jesús eligió a hombres ( viri) para formar el colegio de los doce Apóstoles (cf. Mc 3,14-19; Lc 6,12-16), y los Apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus

861

colaboradores ( 1 Tm 3,1-13; 2 Tm 1,6; Tt 1,5-9) que les sucederían en

su tarea (San Clemente Romano, Epistula ad Corinthios 42,4; 44,3).

862

El colegio de los obispos, con quienes los presbíteros están unidos en

el sacerdocio, hace presente y actualiza hasta el retorno de Cristo el

colegio de los Doce. La Iglesia se reconoce vinculada por esta

decisión del Señor. Esta es la razón por la que las mujeres no reciben

la ordenación (cf. Juan Pablo II, Mulieris Dignitatem 26-27; Id., Carta ap. Ordinatio sacerdotalis; Congregación para la Doctrina de la Fe, decl. Inter insigniores; Id., Respuesta a una duda presentada acerca

de la doctrina de la Carta Apost. "Ordinatio Sacerdotalis" ).

1578. Nadie tiene derecho a recibir el sacramento del Orden. En

efecto, nadie se arroga para sí mismo este oficio. Al sacramento se es

2121

llamado por Dios (cf. Hb 5,4). Quien cree reconocer las señales de la

llamada de Dios al ministerio ordenado, debe someter humildemente

su deseo a la autoridad de la Iglesia a la que corresponde la

responsabilidad y el derecho de llamar a recibir este sacramento.

Como toda gracia, el sacramento sólo puede ser recibido como un don

inmerecido.

1579. Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados

los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres

1618

creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar

el celibato "por el Reino de los cielos" ( Mt 19,12). Llamados a

consagrarse totalmente al Señor y a sus "cosas" (cf. 1 Co 7,32), se

entregan enteramente a Dios y a los hombres. El celibato es un signo

de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de

la Iglesia; aceptado con un corazón alegre, anuncia de modo radiante

2233

el Reino de Dios (cf. PO 16).

1580. En las Iglesias orientales, desde hace siglos está en vigor una

disciplina distinta: mientras los obispos son elegidos únicamente entre

los célibes, hombres casados pueden ser ordenados diáconos y

presbíteros. Esta práctica es considerada como legítima desde tiempos

remotos; estos presbíteros ejercen un ministerio fructuoso en el seno

de sus comunidades (cf. PO 16). Por otra parte, el celibato de los presbíteros goza de gran honor en las Iglesias orientales, y son

numerosos los presbíteros que lo escogen libremente por el Reino de

Dios. En Oriente como en Occidente, quien recibe el sacramento del

Orden no puede contraer matrimonio.

VII. Efectos del sacramento del Orden

EL CARÁCTER INDELEBLE

1581. Este sacramento configura con Cristo mediante una gracia

1548

especial del Espíritu Santo a fin de servir de instrumento de Cristo en

favor de su Iglesia. Por la ordenación recibe la capacidad de actuar

como representante de Cristo, Cabeza de la Iglesia, en su triple

función de sacerdote, profeta y rey.

1121

1582. Como en el caso del Bautismo y de la Confirmación, esta

participación en la misión de Cristo es concedida de una vez para

siempre. El sacramento del Orden confiere también un carácter

espiritual indeleble y no puede ser reiterado ni ser conferido para un

tiempo determinado (cf. Concilio de Trento: DS 1767; LG 21. 28. 29;

PO 2).

1583. Un sujeto válidamente ordenado puede ciertamente, por causas

graves, ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la

ordenación, o se le puede impedir ejercerlas (cf. CIC can. 290-293; 1336 §1,

3 y 5; 1338 §2), pero no puede convertirse de nuevo en laico en sentido estricto (cf. Concilio de Trento: DS 1774) porque el carácter impreso por la

ordenación es para siempre. La vocación y la misión recibidas el día de su

ordenación, lo marcan de manera permanente.

1128

1584. Puesto que en último término es Cristo quien actúa y realiza la

salvación a través del ministro ordenado, la indignidad de éste no

impide a Cristo actuar (cf. Concilio de Trento: DS 1612; 1154). San

Agustín lo dice con firmeza:

«En cuanto al ministro orgulloso, hay que colocarlo con el diablo. Sin

1550

embargo, el don de Cristo no por ello es profanado: lo que llega a través

de él conserva su pureza, lo que pasa por él permanece limpio y llega a la

tierra fértil [...] En efecto, la virtud espiritual del sacramento es semejante

a la luz: los que deben ser iluminados la reciben en su pureza y, si

atraviesa seres manchados, no se mancha» ( In Iohannis evangelium

tractatus 5, 15).

LA GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO

1585. La gracia del Espíritu Santo propia de este sacramento es la de

ser configurado con Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor, de quien el

ordenado es constituido ministro.

1586. Para el obispo, es en primer lugar una gracia de fortaleza ("El

Espíritu de soberanía": Oración de consagración del obispo en el rito

latino [ Pontifical Romano: Ordenación de Obispos, presbíteros y

diáconos. Ordenación de Obispo. Oración de la Ordenación, 47]): la

de guiar y defender con fuerza y prudencia a su Iglesia como padre y

pastor, con amor gratuito para todos y con predilección por los pobres,

2448

los enfermos y los necesitados (cf. CD 13 y 16). Esta gracia le impulsa a anunciar el Evangelio a todos, a ser el modelo de su rebaño, a

precederlo en el camino de la santificación identificándose en la

Eucaristía con Cristo Sacerdote y Víctima, sin miedo a dar la vida por

sus ovejas:

«Concede, Padre que conoces los corazones, a tu siervo que has elegido

1558

para el episcopado, que apaciente tu santo rebaño y que ejerza ante ti el

supremo sacerdocio sin reproche sirviéndote noche y día; que haga sin

cesar propicio tu rostro y que ofrezca los dones de tu santa Iglesia, que en

virtud del espíritu del supremo sacerdocio tenga poder de perdonar los

pecados según tu mandamiento, que distribuya las tareas siguiendo tu

orden y que desate de toda atadura en virtud del poder que tú diste a los

apóstoles; que te agrade por su dulzura y su corazón puro, ofreciéndote

un perfume agradable por tu Hijo Jesucristo» (San Hipólito

Romano, Traditio Apostolica 3).

1587. El don espiritual que confiere la ordenación presbiteral está

1564

expresado en esta oración propia del rito bizantino. El obispo,

imponiendo la mano, dice:

«Señor, llena del don del Espíritu Santo al que te has dignado elevar al

grado de presbítero para que sea digno de presentarse sin reproche ante tu

altar, de anunciar el Evangelio de tu Reino, de realizar el ministerio de tu

palabra de verdad, de ofrecerte dones y sacrificios espirituales, de renovar

tu pueblo mediante el baño de la regeneración; de manera que vaya al

encuentro de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, tu Hijo único, el

día de su segunda venida, y reciba de tu inmensa bondad la recompensa

de una fiel administración de su orden» ( Liturgia Byzantina. 2 oratio

chirotoniae presbyteralis: «Eukológion to méga»).

1569

1588. En cuanto a los diáconos, "fortalecidos, en efecto, con la gracia

[...] del sacramento, en comunión con el obispo y sus presbíteros,

están al servicio del Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de

la palabra y de la caridad" (LG 29).

1589. Ante la grandeza de la gracia y del oficio sacerdotales, los

santos doctores sintieron la urgente llamada a la conversión con el fin

de corresponder mediante toda su vida a aquel de quien el sacramento

los constituye ministros. Así, San Gregorio Nacianceno, siendo joven

sacerdote, exclama:

«Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es

preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar,

acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para

santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia ( Oratio 2,

71). Sé de quién somos ministros, donde nos encontramos y adonde nos

dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero

también su fuerza ( Oratio 2, 74). [Por tanto, ¿quién es el sacerdote? Es] el

defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles, glorifica con los

arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los

sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura,

restablece [en ella] la imagen [de Dios], la recrea para el mundo de lo

460

alto, y, para decir lo más grande que hay en él, es divinizado y diviniza»

( Oratio 2, 73).

Y el santo Cura de Ars dice: «El sacerdote continua la obra de redención

en la tierra» [...] «Si se comprendiese bien al sacerdote en la tierra se

1551

moriría no de pavor sino de amor» [...] «El sacerdocio es el amor del

corazón de Jesús» (B. Nodet, Le Curé d'Ars. Sa pensée-son coeur, p. 98).

Resumen

1590. San Pablo dice a su discípulo Timoteo: "Te recomiendo que

reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis

manos" ( 2 Tm 1,6), y "si alguno aspira al cargo de obispo, desea una

noble función" ( 1 Tm 3,1). A Tito decía: "El motivo de haberte dejado

en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y

establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené" (Tt 1,5).

1591. La Iglesia entera es un pueblo sacerdotal. Por el Bautismo,

todos los fieles participan del sacerdocio de Cristo. Esta participación

se llama "sacerdocio común de los fieles". A partir de este sacerdocio

y al servicio del mismo existe otra participación en la misión de

Cristo: la del ministerio conferido por el sacramento del Orden, cuya

tarea es servir en nombre y en la representación de Cristo-Cabeza en

medio de la comunidad.

1592. El sacerdocio ministerial difiere esencialmente del sacerdocio

común de los fieles porque confiere un poder sagrado para el servicio

de los fieles. Los ministros ordenados ejercen su servicio en el pueblo

de Dios mediante la enseñanza ( munus docendi ), el culto divino

( munus liturgicum ) y por el gobierno pastoral ( munus regendi ).

1593. Desde los orígenes, el ministerio ordenado fue conferido y

ejercido en tres grados: el de los obispos, el de los presbíteros y el de

los diáconos. Los ministerios conferidos por la ordenación son

insustituibles para la estructura orgánica de la Iglesia: sin el obispo,

los presbíteros y los diácono s no se puede hablar de Iglesia (cf. San

Ignacio de Antioquía, Epistula ad Trallianos 3,1).

1594. El obispo recibe la plenitud del sacramento del Orden que lo

incorpora al Colegio episcopal y hace de él la cabeza visible de la

Iglesia particular que le es confiada. Los obispos, en cuanto sucesores

de los Apóstoles y miembros del Colegio, participan en la

responsabilidad apostólica y en la misión de toda la Iglesia bajo la

autoridad del Papa, sucesor de san Pedro.

1595. Los presbíteros están unidos a los obispos en la dignidad

sacerdotal y al mismo tiempo dependen de ellos en el ejercicio de sus

funciones pastorales; son llamados a ser cooperadores diligentes de

los obispos; forman en torno a su obispo el presbiterio que asume con

él la responsabilidad de la Iglesia particular. Reciben del obispo el

cuidado de una comunidad parroquial o de una función eclesial

determinada.

1596. Los diáconos son ministros ordenados para las tareas de

servicio de la Iglesia; no reciben el sacerdocio ministerial, pero la

ordenación les confiere funciones importantes en el ministerio de la

palabra, del culto divino, del gobierno pastoral y del servicio de la

caridad, tareas que deben cumplir bajo la autoridad pastoral de su

obispo.

1597. El sacramento del Orden es conferido por la imposición de las

manos seguida de una oración consecratoria solemne que pide a Dios

para el ordenando las gracias del Espíritu Santo requeridas para su

ministerio. La ordenación imprime un carácter sacramental indeleble.

1598. La Iglesia confiere el sacramento del Orden únicamente a

varones ( viri ) bautizados, cuyas aptitudes para el ejercicio del

ministerio han sido debidamente reconocidas. A la autoridad de la

Iglesia corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a uno a

recibir la ordenación.

1599. En la Iglesia latina, el sacramento del Orden para el

presbiterado sólo es conferido ordinariamente a candidatos que están

dispuestos a abrazar libremente el celibato y que manifiestan

públicamente su voluntad de guardarlo por amor del Reino de Dios y

el servicio de los hombres.

1600. Corresponde a los obispos conferir el sacramento del Orden

en los tres grados.

ARTÍCULO 7

EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

1601. "La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer

constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su

misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y

educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la

dignidad de sacramento entre bautizados" (CIC can. 1055 §1)

I. El matrimonio en el plan de Dios

1602. La sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del

369

hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios ( Gn 1,26- 27) y

se cierra con la visión de las "bodas del Cordero" ( Ap 19,9; cf. Ap 19,

796

7). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su

"misterio", de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen

y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la

salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación

"en el Señor" ( 1 Co 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva

Alianza de Cristo y de la Iglesia (cf. Ef 5,31-32).

EL MATRIMONIO EN EL ORDEN DE LA CREACIÓN

1603. "La íntima comunidad de vida y amor conyugal, está fundada

por el Creador y provista de leyes propias. [...] El mismo Dios [...] es

371

el autor del matrimonio" (GS 48,1). La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según

2331

salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución

puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha

podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas,

estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no

deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes. A pesar de

que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la

misma claridad (cf. GS 47,2), existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial. "La salvación de la

2210

persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada

a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar" (GS 47,1).

1604. Dios que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también

al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el

355

hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios ( Gn 1,2), que es

Amor (cf. 1 Jn 4,8.16). Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el

amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e

indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy

bueno, a los ojos del Creador (cf. Gn 1,31). Y este amor que Dios

bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del

cuidado de la creación. «Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos

y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla"» ( Gn 1,28).

1605. La Sagrada escritura afirma que el hombre y la mujer fueron

372

creados el uno para el otro: "No es bueno que el hombre esté solo"

( Gn 2, 18). La mujer, "carne de su carne" (cf. Gn 2, 23), su igual, la

criatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como

una "auxilio" (cf. Gn 2, 18), representando así a Dios que es nuestro

"auxilio" (cf. Sal 121,2). "Por eso deja el hombre a su padre y a su

madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne" (cf. Gn 2,18-

25). Que esto significa una unión indefectible de sus dos vidas, el

1614

Señor mismo lo muestra recordando cuál fue "en el principio", el plan

del Creador (cf. Mt 19, 4): "De manera que ya no son dos sino una

sola carne" ( Mt 19,6).

EL MATRIMONIO BAJO LA ESCLAVITUD DEL PECADO

1606. Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón,

vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en

las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del

hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de

dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir

hasta el odio y la ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera

más o menos aguda, y puede ser más o menos superado, según las

culturas, las épocas, los individuos, pero siempre aparece como algo

de carácter universal.

1607. Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no

se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la

1849

naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado,

ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la

400

comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan

distorsionadas por agravios recíprocos (cf. Gn 3,12); su atractivo

mutuo, don propio del creador (cf. Gn 2,22), se cambia en relaciones

de dominio y de concupiscencia (cf. Gn 3,16); la hermosa vocación

del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter

la tierra (cf. Gn 1,28) queda sometida a los dolores del parto y los

esfuerzos de ganar el pan (cf. Gn 3,16-19).

1608. Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque

55

gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y

la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia

infinita, jamás les ha negado (cf. Gn 3,21). Sin esta ayuda, el hombre y

la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la

cual Dios los creó "al comienzo".

EL MATRIMONIO BAJO LA PEDAGOGÍA DE LA ANTIGUA LEY

1609. En su misericordia, Dios no abandonó al hombre pecador. Las

410

penas que son consecuencia del pecado, "los dolores del parto"

( Gn 3,16), el trabajo "con el sudor de tu frente" ( Gn 3,19), constituyen

también remedios que limitan los daños del pecado. Tras la caída, el

matrimonio ayuda a vencer el repliegue sobre sí mismo, el egoísmo, la

búsqueda del propio placer, y a abrirse al otro, a la ayuda mutua, al

don de sí.

1610. La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del

matrimonio se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley antigua. La

1963

poligamia de los patriarcas y de los reyes no es todavía criticada de

2387

una manera explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se orienta a

proteger a la mujer contra un dominio arbitrario del hombre, aunque la

Ley misma lleve también, según la palabra del Señor, las huellas de

"la dureza del corazón" de la persona humana, razón por la cual

Moisés permitió el repudio de la mujer (cf. Mt 19,8; Dt 24,1).

1611. Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de

219

un amor conyugal exclusivo y fiel (cf. Os 1-3; Is 54.62; Jr 2-3. 31;

2380

Ez 16,62; 23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo

elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la

indisolubilidad del matrimonio (cf. Ml 2,13-17). Los libros de Rut y de

2361

Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del

matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los esposos. La

Tradición ha visto siempre en el Cantar de los Cantares una expresión

única del amor humano, en cuanto que este es reflejo del amor de

Dios, amor "fuerte como la muerte" que "las grandes aguas no pueden

anegar" ( Ct 8,6-7).

EL MATRIMONIO EN EL SEÑOR

1612. La alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel había

preparado la Nueva y Eterna Alianza mediante la que el Hijo de Dios,

521

encarnándose y dando su vida, se unió en cierta manera con toda la

humanidad salvada por Él (cf. GS 22), preparando así "las bodas del cordero" ( Ap 19,7.9).

1613. En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo

–a petición de su Madre– con ocasión de un banquete de boda

(cf. Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia

de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la

bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio

será un signo eficaz de la presencia de Cristo.

1614. En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido

2336

original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la

quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su

2382

mujer era una concesión a la dureza del corazón (cf. Mt 19,8); la unión

matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la

estableció: "lo que Dios unió, que no lo separe el hombre" ( Mt 19,6).

1615. Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo

2364

matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia

irrealizable (cf. Mt 19,10). Sin embargo, Jesús no impuso a los

esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada

(cf. Mt 11,29-30), más pesada que la Ley de Moisés. Viniendo para

restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da

la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva

del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos,

tomando sobre sí sus cruces (cf. Mt 8,34), los esposos podrán

"comprender" (cf. Mt 19,11) el sentido original del matrimonio y

vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es

un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.

1642

1616. Es lo que el apóstol Pablo da a entender diciendo: "Maridos,

amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí

mismo por ella, para santificarla"( Ef 5,25-26), y añadiendo enseguida:

«"Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su

mujer, y los dos se harán una sola carne". Gran misterio es éste, lo

digo respecto a Cristo y a la Iglesia» ( Ef 5,31-32).

1617. Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de

796

Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es

un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas (cf. Ef

5,26-27) que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El

Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento

de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y

comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un

verdadero sacramento de la Nueva Alianza (cf. Concilio de Trento, DS

1800; CIC can. 1055 § 2).

LA VIRGINIDAD POR EL REINO DE DIOS

1618. Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él

2232

ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o

sociales (cf. Lc 14,26; Mc 10,28-31). Desde los comienzos de la

Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien

del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya

1579

(cf. Ap 14,4), para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de

agradarle (cf. 1 Co 7,32), para ir al encuentro del Esposo que viene

(cf. Mt 25,6). Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo

de vida del que Él es el modelo:

«Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos

por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el

Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda» ( Mt 19,12).

922-924

1619. La virginidad por el Reino de los cielos es un desarrollo de la

gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo

con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda

también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter

pasajero de este mundo (cf. Mc 12,25; 1 Co 7,31).

1620. Estas dos realidades, el sacramento del Matrimonio y la

virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es Él quien

2349

les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos

conforme a su voluntad (cf. Mt 19,3-12). La estima de la virginidad

por el Reino (cf. LG 42; PC 12; OT 10) y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente:

«Denigrar el matrimonio es reducir a la vez la gloria de la virginidad;

elogiarlo es realzar a la vez la admiración que corresponde a la

virginidad. Pero lo que por comparación con lo peor parece bueno, no es

bueno del todo; lo que según el parecer de todos es mejor que todos los

bienes, eso sí que es en verdad un bien eminente» (San Juan

Crisóstomo, De virginitate, 10,1; cf. FC, 16).

II. La celebración del Matrimonio

1621. En el rito latino, la celebración del matrimonio entre dos fieles

católicos tiene lugar ordinariamente dentro de la Santa Misa, en virtud

del vínculo que tienen todos los sacramentos con el Misterio Pascual

de Cristo (cf. SC 61). En la Eucaristía se realiza el memorial de la 1323

Nueva Alianza, en la que Cristo se unió para siempre a la Iglesia, su

esposa amada por la que se entregó (cf. LG 6). Es, pues, conveniente que los esposos sellen su consentimiento en darse el uno al otro

mediante la ofrenda de sus propias vidas, uniéndose a la ofrenda de

1368

Cristo por su Iglesia, hecha presente en el Sacrificio Eucarístico, y

recibiendo la Eucaristía, para que, comulgando en el mismo Cuerpo y

en la misma Sangre de Cristo, "formen un solo cuerpo" en Cristo (cf. 1

Co 10,17).

1622. " En cuanto gesto sacramental de santificación, la celebración

del matrimonio [...] debe ser por sí misma válida, digna y fructuosa"

(FC 67). Por tanto, conviene que los futuros esposos se dispongan a la celebración de su matrimonio recibiendo el sacramento de la

Penitencia.

1422

1623. Según la tradición latina, los esposos, como ministros de la

gracia de Cristo, manifestando su consentimiento ante la Iglesia, se

confieren mutuamente el sacramento del matrimonio. En las

tradiciones de las Iglesias orientales, los sacerdotes –Obispos o

presbíteros– son testigos del recíproco consentimiento expresado por

los esposos (cf. CCEO, can. 817), pero también su bendición es

necesaria para la validez del sacramento (cf. CCEO, can. 828).

1624. Las diversas liturgias son ricas en oraciones de bendición y de

epíclesis pidiendo a Dios su gracia y la bendición sobre la nueva

pareja, especialmente sobre la esposa. En la epíclesis de este

sacramento los esposos reciben el Espíritu Santo como Comunión de

amor de Cristo y de la Iglesia (cf. Ef 5,32). El Espíritu Santo es el

736

sello de la alianza de los esposos, la fuente siempre generosa de su

amor, la fuerza con que se renovará su fidelidad.

III. El consentimiento matrimonial

1625. Los protagonistas de la alianza matrimonial son un hombre y

1734

una mujer bautizados, libres para contraer el matrimonio y que

expresan libremente su consentimiento. "Ser libre" quiere decir:

– no obrar por coacción;

– no estar impedido por una ley natural o eclesiástica.

2201

1626. La Iglesia considera el intercambio de los consentimientos

entre los esposos como el elemento indispensable "que hace el

matrimonio" (CIC can. 1057 §1). Si el consentimiento falta, no hay matrimonio.

1627. El consentimiento consiste en "un acto humano, por el cual los

esposos se dan y se reciben mutuamente" (GS 48,1; cf. CIC can.

1057 §2): "Yo te recibo como esposa" – "Yo te recibo como esposo"

( Ritual de la celebración del Matrimonio, 62). Este consentimiento

que une a los esposos entre sí, encuentra su plenitud en el hecho de

que los dos "vienen a ser una sola carne" (cf. Gn 2,24; Mc 10,8; Ef

5,31).

1628. El consentimiento debe ser un acto de la voluntad de cada uno

1735

de los contrayentes, libre de violencia o de temor grave externo (cf.

CIC can. 1103). Ningún poder humano puede reemplazar este consentimiento (CIC can. 1057 §1). Si esta libertad falta, el matrimonio es inválido.

1629. Por esta razón (o por otras razones que hacen nulo e inválido el

matrimonio [cf. CIC can. 1095-1107]), la Iglesia, tras examinar la situación por el tribunal eclesiástico competente, puede declarar "la nulidad del

matrimonio", es decir, que el matrimonio no ha existido. En este caso, los

contrayentes quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las

obligaciones naturales nacidas de una unión precedente anterior (cf.

CIC, can. 1071 § 1, 3).

1630. El sacerdote (o el diácono) que asiste a la celebración del

matrimonio, recibe el consentimiento de los esposos en nombre de la

Iglesia y da la bendición de la Iglesia. La presencia del ministro de la

Iglesia (y también de los testigos) expresa visiblemente que el

Matrimonio es una realidad eclesial.

1631. Por esta razón, la Iglesia exige ordinariamente para sus fieles la

forma eclesiástica de la celebración del matrimonio (cf. Concilio de

Trento: DS 1813-1816; CIC can 1108). Varias razones concurren para explicar esta determinación:

–

El matrimonio sacramental es un acto litúrgico. Por tanto, es

1069

conveniente que sea celebrado en la liturgia pública de la

Iglesia.

– El matrimonio introduce en un ordo eclesial, crea derechos y

1537

deberes en la Iglesia entre los esposos y para con los hijos.

– Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia, es preciso

que exista certeza sobre él (de ahí la obligación de tener

testigos).

–

El carácter público del consentimiento protege el "Sí" una vez

2365

dado y ayuda a permanecer fiel a él.

1632. Para que el "Sí" de los esposos sea un acto libre y responsable,

y para que la alianza matrimonial tenga fundamentos humanos y

cristianos sólidos y estables, la preparación para el matrimonio es de

primera importancia:

El ejemplo y la enseñanza dados por los padres y por las familias son el

2206

camino privilegiado de esta preparación.

El papel de los pastores y de la comunidad cristiana como "familia de

Dios" es indispensable para la transmisión de los valores humanos y

cristianos del matrimonio y de la familia (cf. CIC can 1063), y esto con mayor razón en nuestra época en la que muchos jóvenes conocen la

experiencia de hogares rotos que ya no aseguran suficientemente esta

iniciación:

«Los jóvenes deben ser instruidos adecuada y oportunamente sobre la

dignidad, tareas y ejercicio del amor conyugal, sobre todo en el seno de la

misma familia, para que, educados en el cultivo de la castidad, puedan

2350

pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo, al matrimonio»

(GS 49,3).

MATRIMONIOS MIXTOS Y DISPARIDAD DE CULTO

1633. En numerosos países, la situación del matrimonio mixto (entre

católico y bautizado no católico) se presenta con bastante frecuencia. Exige

una atención particular de los cónyuges y de los pastores. El caso de

matrimonios con disparidad de culto (entre católico y no bautizado) exige

aún una mayor atención.

1634. La diferencia de confesión entre los cónyuges no constituye un

obstáculo insuperable para el matrimonio, cuando llegan a poner en común

lo que cada uno de ellos ha recibido en su comunidad, y a aprender el uno

del otro el modo como cada uno vive su fidelidad a Cristo. Pero las

dificultades de los matrimonios mixtos no deben tampoco ser subestimadas.

Se deben al hecho de que la separación de los cristianos no se ha superado

todavía. Los esposos corren el peligro de vivir en el seno de su hogar el

817

drama de la desunión de los cristianos. La disparidad de culto puede agravar

aún más estas dificultades. Divergencias en la fe, en la concepción misma

del matrimonio, pero también mentalidades religiosas distintas pueden

constituir una fuente de tensiones en el matrimonio, principalmente a

propósito de la educación de los hijos. Una tentación que puede presentarse

entonces es la indiferencia religiosa.

1635. Según el derecho vigente en la Iglesia latina, un matrimonio mixto

necesita, para su licitud, el permiso expreso de la autoridad eclesiástica (cf.

CIC can. 1124). En caso de disparidad de culto se requiere una dispensa expresa del impedimento para la validez del matrimonio (cf. CIC can. 1086).

Este permiso o esta dispensa supone que ambas partes conozcan y no

excluyan los fines y las propiedades esenciales del matrimonio: además, que

la parte católica confirme los compromisos –también haciéndolos conocer a

la parte no católica– de conservar la propia fe y de asegurar el Bautismo y la

educación de los hijos en la Iglesia Católica (cf. CIC can. 1125).

821

1636. En muchas regiones, gracias al diálogo ecuménico, las comunidades

cristianas interesadas han podido llevar a cabo una pastoral común para los

matrimonios mixtos. Su objetivo es ayudar a estas parejas a vivir su situación

particular a la luz de la fe. Debe también ayudarles a superar las tensiones

entre las obligaciones de los cónyuges, el uno con el otro, y con sus

comunidades eclesiales. Debe alentar el desarrollo de lo que les es común en

la fe, y el respeto de lo que los separa.

1637. En los matrimonios con disparidad de culto, el esposo católico tiene

una tarea particular: "Pues el marido no creyente queda santificado por su

mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente" ( 1

Co 7,14). Es un gran gozo para el cónyuge cristiano y para la Iglesia el que

esta "santificación" conduzca a la conversión libre del otro cónyuge a la fe

cristiana (cf. 1 Co 7,16). El amor conyugal sincero, la práctica humilde y

paciente de las virtudes familiares, y la oración perseverante pueden preparar

al cónyuge no creyente a recibir la gracia de la conversión.

IV. Los efectos del sacramento del Matrimonio

1638. "Del matrimonio válido se origina entre los cónyuges

un vínculo perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza; además, en

el matrimonio cristiano los cónyuges son fortalecidos y quedan como

consagrados por un sacramento peculiar para los deberes y la

dignidad de su estado" (CIC can 1134).

EL VÍNCULO MATRIMONIAL

1639. El consentimiento por el que los esposos se dan y se reciben

mutuamente es sellado por el mismo Dios (cf. Mc 10,9). De su alianza

"nace una institución estable por ordenación divina, también ante la

sociedad" (GS 48,1). La alianza de los esposos está integrada en la alianza de Dios con los hombres: "el auténtico amor conyugal es

asumido en el amor divino" (GS 48,2).

1640. Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios

mismo, de modo que el matrimonio celebrado y consumado entre

bautizados no puede ser disuelto jamás. Este vínculo que resulta del

acto humano libre de los esposos y de la consumación del matrimonio

es una realidad ya irrevocable y da origen a una alianza garantizada

2365

por la fidelidad de Dios. La Iglesia no tiene poder para pronunciarse

contra esta disposición de la sabiduría divina (cf. CIC can. 1141).

LA GRACIA DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

1641. "En su modo y estado de vida, los cónyuges cristianos tienen su

carisma propio en el Pueblo de Dios" (LG 11). Esta gracia propia del sacramento del Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de

los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta

gracia "se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en

la acogida y educación de los hijos" (LG 11; cf. LG 41).

1615

1642. Cristo es la fuente de esta gracia. "Pues de la misma manera

que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por una

alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y

796

Esposo de la Iglesia, mediante el sacramento del Matrimonio, sale al

encuentro de los esposos cristianos" (GS 48,2). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de

sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los

otros (cf. Ga 6,2), de estar "sometidos unos a otros en el temor de

Cristo" ( Ef 5,21) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y

fecundo. En las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya

aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero:

«¿De dónde voy a sacar la fuerza para describir de manera satisfactoria la

dicha del matrimonio que celebra la Iglesia, que confirma la ofrenda, que

sella la bendición, que los ángeles proclaman, y el Padre celestial ratifica?

[...] ¡Qué matrimonio el de dos cristianos, unidos por una sola esperanza,

un solo deseo, una sola disciplina, el mismo servicio! Los dos hijos de un

mismo Padre, servidores de un mismo Señor; nada los separa, ni en el

espíritu ni en la carne; al contrario, son verdaderamente dos en una sola

carne. Donde la carne es una, también es uno el espíritu» (Tertuliano, Ad

uxorem 2,9; cf. FC 13).

V. Los bienes y las exigencias del amor conyugal

1643. "El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran

2361

todos los elementos de la persona –reclamo del cuerpo y del instinto,

fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de

la voluntad–; mira una unidad profundamente personal que, más allá

de la unión en una sola carne, conduce a no tener más que un corazón

y un alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad de la donación

recíproca definitiva; y se abre a la fecundidad. En una palabra: se trata

de características normales de todo amor conyugal natural, pero con

un significado nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino las

eleva hasta el punto de hacer de ellas la expresión de valores

propiamente cristianos" (FC 13).

UNIDAD E INDISOLUBILIDAD DEL MATRIMONIO

1644. El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la

unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la

vida entera de los esposos: "De manera que ya no son dos sino una

sola carne" ( Mt 19,6; cf. Gn 2,24). "Están llamados a crecer

continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la

promesa matrimonial de la recíproca donación total" (FC 19). Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la

comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del Matrimonio.

Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida

en común.

1645. "La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada

por la igual dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y el

369

varón en el mutuo y pleno amor" (GS 49,2). La poligamia es contraria a esta igual dignidad de uno y otro y al amor conyugal que es único y

exclusivo.

2364-2365

LA FIDELIDAD DEL AMOR CONYUGAL

1646. El amor conyugal exige de los esposos, por su misma

naturaleza, una fidelidad inviolable. Esto es consecuencia del don de sí

mismos que se hacen mutuamente los esposos. El auténtico amor

tiende por sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero. "Esta

íntima unión, en cuanto donación mutua de dos personas, así como el

bien de los hijos exigen la fidelidad de los cónyuges y urgen su

indisoluble unidad" (GS 48,1).

1647. Su motivo más profundo consiste en la fidelidad de Dios a su

alianza, de Cristo a su Iglesia. Por el sacramento del matrimonio los

esposos son capacitados para representar y testimoniar esta fidelidad.

Por el sacramento, la indisolubilidad del matrimonio adquiere un

sentido nuevo y más profundo.

1648. Puede parecer difícil, incluso imposible, atarse para toda la

vida a un ser humano. Por ello es tanto más importante anunciar la

buena nueva de que Dios nos ama con un amor definitivo e

irrevocable, de que los esposos participan de este amor, que les

conforta y mantiene, y de que por su fidelidad se convierten en

testigos del amor fiel de Dios. Los esposos que, con la gracia de Dios,

dan este testimonio, con frecuencia en condiciones muy difíciles,

merecen la gratitud y el apoyo de la comunidad eclesial (cf. FC 20).

1649. Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial

se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la

2383

Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación.

Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres

para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución

sería, si es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a

ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al

vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble (cf. FC; 83; CIC can

1151-1155).

1650. Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al

divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva

2384

unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo ("Quien

repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si

ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio": Mc 10,11-12),

que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer

matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en

una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no

pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y

por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La

reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser

concedida más que a aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de

la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total

continencia.

1651. Respecto a los cristianos que viven en esta situación y que con

frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los

sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a

fin de que aquellos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya

vida pueden y deben participar en cuanto bautizados:

«Exhórteseles a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de

la misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y

las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar sus hijos

en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para

implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios» (FC 84).

L

A APERTURA A LA FECUNDIDAD

2366-2367

1652. "Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio

y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación

372

de la prole y con ellas son coronados como su culminación"

(GS 48,1):

«Los hijos son el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho

al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: "No es bueno que

el hombre esté solo ( Gn 2,18), y que hizo desde el principio al hombre,

varón y mujer" ( Mt 19,4), queriendo comunicarle cierta participación

especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer

diciendo: "Creced y multiplicaos" ( Gn 1,28). De ahí que el cultivo

verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él

procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tienden a que

los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el

amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y

enriquece su propia familia cada día más» (GS 50,1).

1653. La fecundidad del amor conyugal se extiende a los frutos de la

vida moral, espiritual y sobrenatural que los padres transmiten a sus

hijos por medio de la educación. Los padres son los principales y

2221

primeros educadores de sus hijos (cf. GE 3). En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la

vida (cf. FC 28).

1654. Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener

hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y

cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de

caridad, de acogida y de sacrificio.

VI. La Iglesia doméstica

1655. Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de

759

José y de María. La Iglesia no es otra cosa que la "familia de Dios".

Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo

constituido por los que, "con toda su casa", habían llegado a ser

creyentes (cf. Hch 18,8). Cuando se convertían deseaban también que

se salvase "toda su casa" (cf. Hch 16, 31; 11,14). Estas familias

convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente.

1656. En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e

incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia

primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el

Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión,

2204

Ecclesia domestica (LG 11; cf. FC 21). En el seno de la familia, "los

padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con

su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal

de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada"

(LG 11).

1657. Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio

bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los

1268

miembros de la familia, "en la recepción de los sacramentos, en la

oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa,

con la renuncia y el amor que se traduce en obras" (LG 10). El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y "escuela del más rico

humanismo" (GS 52,1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del 2214-2231

trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y

sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la

propia vida.

1658. Es preciso recordar asimismo a un gran número de personas

que permanecen solteras a causa de las concretas condiciones en que

deben vivir, a menudo sin haberlo querido ellas mismas. Estas

personas se encuentran particularmente cercanas al corazón de Jesús;

y, por ello, merecen afecto y solicitud diligentes de la Iglesia,

particularmente de sus pastores. Muchas de ellas viven sin familia

humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay

quienes viven su situación según el espíritu de las bienaventuranzas

sirviendo a Dios y al prójimo de manera ejemplar. A todas ellas es

2231

preciso abrirles las puertas de los hogares, "iglesias domésticas" y las

puertas de la gran familia que es la Iglesia. «Nadie se sienta sin familia

2233

en este mundo: la Iglesia es casa y familia de todos, especialmente

para cuantos están "fatigados y agobiados" ( Mt 11,28)» (FC 85).

Resumen

1659. San Pablo dice: "Maridos, amad a vuestras mujeres como

Cristo amó a la Iglesia [...] Gran misterio es éste, lo digo con respecto

a Cristo y la Iglesia" ( Ef 5,25.32).

1660. La alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer

constituyen una íntima comunidad de vida y de amor, fue fundada y

dotada de sus leyes propias por el Creador. Por su naturaleza está

ordenada al bien de los cónyuges así como a la generación y

educación de los hijos. Entre bautizados, el matrimonio ha sido

elevado por Cristo Señor a la dignidad de sacramento

(cf. GS 48,1; CIC can. 1055 §1 ).

1661. El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo con

la Iglesia. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que

Cristo amó a su Iglesia; la gracia del sacramento perfecciona así el

amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los

santifica en el camino de la vida eterna (cf. Concilio de

Trento: DS 1799).

1662. El matrimonio se funda en el consentimiento de los

contrayentes, es decir, en la voluntad de darse mutua y

definitivamente con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo.

1663. Dado que el matrimonio establece a los cónyuges en un estado

público de vida en la Iglesia, la celebración del mismo se hace

ordinariamente de modo público, en el marco de una celebración

litúrgica, ante el sacerdote (o el testigo cualificado de la Iglesia), los

testigos y la asamblea de los fieles.

1664. La unidad, la indisolubilidad, y la apertura a la fecundidad

son esenciales al matrimonio. La poligamia es incompatible con la

unidad del matrimonio; el divorcio separa lo que Dios ha unido; el

rechazo de la fecundidad priva la vida conyugal de su "don más

excelente", el hijo ( GS 50,1).

1665. Contraer un nuevo matrimonio por parte de los divorciados

mientras viven sus cónyuges legítimos contradice el plan y la ley de

Dios enseñados por Cristo. Los que viven en esta situación no están

separados de la Iglesia pero no pueden acceder a la comunión

eucarística. Pueden vivir su vida cristiana sobre todo educando a sus

hijos en la fe.

1666. El hogar cristiano es el lugar en que los hijos reciben el

primer anuncio de la fe. Por eso la casa familiar es llamada

justamente "Iglesia doméstica", comunidad de gracia y de oración,

escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana.

CAPÍTULO CUARTO

OTRAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS

ARTÍCULO 1

LOS SACRAMENTALES

1667. "La Santa Madre Iglesia instituyó, además, los sacramentales.

Estos son signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a

los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales,

obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se

disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se

santifican las diversas circunstancias de la vida" (SC 60; CIC can

1166; CCEO can 867).

CARACTERÍSTICAS DE LOS SACRAMENTALES

1668. Han sido instituidos por la Iglesia en orden a la santificación

de ciertos ministerios eclesiales, de ciertos estados de vida, de

circunstancias muy variadas de la vida cristiana, así como del uso de

cosas útiles al hombre. Según las decisiones pastorales de los obispos,

pueden también responder a las necesidades, a la cultura, y a la

historia propias del pueblo cristiano de una región o de una época.

Comprenden siempre una oración, con frecuencia acompañada de un

699, 2157

signo determinado, como la imposición de la mano, la señal de la cruz,

la aspersión con agua bendita (que recuerda el Bautismo).

784

1669. Los sacramentales proceden del sacerdocio bautismal: todo

bautizado es llamado a ser una "bendición" (cf. Gn 12,2) y a bendecir

(cf. Lc 6,28; Rm 12,14; 1 P 3,9). Por eso los laicos pueden presidir

2626

ciertas bendiciones (cf. SC 79; CIC can 1168); la presidencia de una bendición se reserva al ministerio ordenado (obispos, presbíteros o

diáconos, [cf. Bendicional, Prenotandos generales, 16 y 18]), en la

medida en que dicha bendición afecte más a la vida eclesial y

sacramental.

1670. Los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo a la

1128

manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a

2001

recibirla y disponen a cooperar con a ella. "La liturgia de los

sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien

dispuestos, casi todos los acontecimientos de la vida [...] sean

santificados por la gracia divina que emana del misterio Pascual de la

pasión, muerte y resurrección de Cristo, de quien reciben su poder

todos los sacramentos y sacramentales, y que todo uso honesto de las

cosas materiales pueda estar ordenado a la santificación del hombre y

a la alabanza de Dios" (SC 61).

D

IVERSAS FORMAS DE SACRAMENTALES

1671. Entre los sacramentales figuran en primer lugar las bendiciones (de

1078

personas, de la mesa, de objetos, de lugares). Toda bendición es alabanza de

Dios y oración para obtener sus dones. En Cristo, los cristianos son

bendecidos por Dios Padre "con toda clase de bendiciones espirituales" ( Ef

1,3). Por eso la Iglesia da la bendición invocando el nombre de Jesús y

haciendo habitualmente la señal santa de la cruz de Cristo.

1672. Ciertas bendiciones tienen un alcance permanente: su efecto es

consagrar personas a Dios y reservar para el uso litúrgico objetos y lugares.

Entre las que están destinadas a personas –que no se han de confundir con la

ordenación sacramental– figuran la bendición del abad o de la abadesa de un

monasterio, la consagración de vírgenes y de viudas, el rito de la profesión

923

religiosa y las bendiciones para ciertos ministerios de la Iglesia (lectores,

925, 903

acólitos, catequistas, etc.). Como ejemplo de las que se refieren a objetos, se

puede señalar la dedicación o bendición de una iglesia o de un altar, la

bendición de los santos óleos, de los vasos y ornamentos sagrados, de las

campanas, etc.

1673. Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de

Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas

del Maligno y sustraída a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo

395

550

practicó (cf. Mc 1,25-26; etc.), de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de

exorcizar (cf. Mc 3,15; 6,7.13; 16,17). En forma simple, el exorcismo tiene

1237

lugar en la celebración del Bautismo. El exorcismo solemne llamado «el

gran exorcismo» sólo puede ser practicado por un sacerdote y con el permiso

del obispo. En estos casos es preciso proceder con prudencia, observando

estrictamente las reglas establecidas por la Iglesia. El exorcismo intenta

expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la

autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia. Muy distinto es el

caso de las enfermedades, sobre todo psíquicas, cuyo cuidado pertenece a la

ciencia médica. Por tanto, es importante, asegurarse, antes de celebrar el

exorcismo, de que se trata de un presencia del Maligno y no de una

enfermedad (cf. CIC can. 1172).

LA RELIGIOSIDAD POPULAR

1674. Además de la liturgia sacramental y de los sacramentales, la

2688

catequesis debe tener en cuenta las formas de piedad de los fieles y de

religiosidad popular. El sentido religioso del pueblo cristiano ha

encontrado, en todo tiempo, su expresión en formas variadas de piedad

en torno a la vida sacramental de la Iglesia: tales como la veneración

de las reliquias, las visitas a santuarios, las peregrinaciones, las

2669, 2678 procesiones, el vía crucis, las danzas religiosas, el rosario, las

medallas, etc. (cf. Concilio de Nicea II: DS 601; 603; Concilio de

Trento: DS 1822).

1675. Estas expresiones prolongan la vida litúrgica de la Iglesia, pero no la

sustituyen: "Pero conviene que estos ejercicios se organicen teniendo en

cuenta los tiempos litúrgicos para que estén de acuerdo con la sagrada

liturgia, deriven en cierto modo de ella y conduzcan al pueblo a ella, ya que

la liturgia, por su naturaleza, está muy por encima de ellos" (SC 13).

1676. Se necesita un discernimiento pastoral para sostener y apoyar la

religiosidad popular y, llegado el caso, para purificar y rectificar el sentido

religioso que subyace en estas devociones y para hacerlas progresar en el

426

conocimiento del Misterio de Cristo. Su ejercicio está sometido al cuidado y

al juicio de los obispos y a las normas generales de la Iglesia (cf. CT 54).

«La religiosidad del pueblo, en su núcleo, es un acervo de valores que

responde con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la

existencia. La sapiencia popular católica tiene una capacidad de síntesis

vital; así lleva conjunta y creadoramente lo divino y lo humano; Cristo y

María, espíritu y cuerpo; comunión e institución; persona y comunidad;

fe y patria, inteligencia y afecto. Esa sabiduría es un humanismo cristiano

que afirma radicalmente la dignidad de toda persona como hijo de Dios,

establece una fraternidad fundamental, enseña a encontrar la naturaleza y

a comprender el trabajo y proporciona las razones para la alegría y el

humor, aun en medio de una vida muy dura. Esa sabiduría es también

para el pueblo un principio de discernimiento, un instinto evangélico por

el que capta espontáneamente cuándo se sirve en la Iglesia al Evangelio y

cuándo se lo vacía y asfixia con otros intereses (III Conferencia General

del Episcopado Latinoamericano, Puebla. la Evangelización en el

presente y en el futuro de América Latina, 448; cf. EN 48).

Resumen

1677. Se llaman sacramentales los signos sagrados instituidos por la

Iglesia cuyo fin es preparar a los hombres para recibir el fruto de los

sacramentos y santificar las diversas circunstancias de la vida.

1678. Entre los sacramentales, las bendiciones ocupan un lugar

importante. Comprenden a la vez la alabanza de Dios por sus obras y

sus dones, y la intercesión de la Iglesia para que los hombres puedan

hacer uso de los dones de Dios según el espíritu de los Evangelios.

1679. Además de la liturgia, la vida cristiana se nutre de formas

variadas de piedad popular, enraizadas en las distintas culturas.

Esclareciéndolas a la luz de la fe, la Iglesia favorece aquellas formas

de religiosidad popular que expresan mejor un sentido evangélico y

una sabiduría humana, y que enriquecen la vida cristiana.

ARTÍCULO 2

LAS EXEQUIAS CRISTIANAS

1525

1680. Todos los sacramentos, principalmente los de la iniciación

cristiana, tienen como fin último la Pascua definitiva del cristiano, es

decir, la que a través de la muerte hace entrar al creyente en la vida del

Reino. Entonces se cumple en él lo que la fe y la esperanza han

confesado: "Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo

futuro" (Símbolo de Niceno-Constantinopolitano).

I. La última Pascua del cristiano

1010-1014

1681. El sentido cristiano de la muerte es revelado a la luz

del Misterio Pascual de la muerte y de la resurrección de Cristo, en

quien radica nuestra única esperanza. El cristiano que muere en Cristo

Jesús "sale de este cuerpo para vivir con el Señor" ( 2 Co 5,8).

1682. El día de la muerte inaugura para el cristiano, al término de su

vida sacramental, la plenitud de su nuevo nacimiento comenzado en el

Bautismo, la "semejanza" definitiva a "imagen del Hijo", conferida

por la Unción del Espíritu Santo y la participación en el Banquete del

Reino anticipado en la Eucaristía, aunque pueda todavía necesitar

últimas purificaciones para revestirse de la túnica nupcial.

1683. La Iglesia que, como Madre, ha llevado sacramentalmente en

1020

su seno al cristiano durante su peregrinación terrena, lo acompaña al

término de su caminar para entregarlo "en las manos del Padre". La

Iglesia ofrece al Padre, en Cristo, al hijo de su gracia, y deposita en la

627

tierra, con esperanza, el germen del cuerpo que resucitará en la gloria

(cf. 1 Co 15,42-44). Esta ofrenda es plenamente celebrada en el

Sacrificio eucarístico; las bendiciones que preceden y que siguen son

sacramentales.

II. La celebración de las exequias

1684. Las exequias cristianas son una celebración litúrgica de la Iglesia. El

ministerio de la Iglesia pretende expresar también aquí la comunión eficaz

con el difunto, hacer participar en esa comunión a la asamblea reunida para

las exequias y anunciarle la vida eterna.

1685. Los diferentes ritos de las exequias expresan el carácter pascual de la

muerte cristiana y responden a las situaciones y a las tradiciones de cada

región, aun en lo referente al color litúrgico (cf. SC 81).

1686. El Ordo exequiarum o Ritual de los funerales de la liturgia romana

propone tres tipos de celebración de las exequias, correspondientes a tres

lugares de su desarrollo (la casa, la iglesia, el cementerio), y según la

importancia que les presten la familia, las costumbres locales, la cultura y la

piedad popular. Por otra parte, este desarrollo es común a todas las

tradiciones litúrgicas y comprende cuatro momentos principales:

1687. La acogida de la comunidad. El saludo de fe abre la celebración. Los

familiares del difunto son acogidos con una palabra de "consolación" (en el

sentido del Nuevo Testamento: la fuerza del Espíritu Santo en la esperanza

[cf. 1 Ts 4,18]). La comunidad orante que se reúne espera también "las

palabras de vida eterna". La muerte de un miembro de la comunidad (o el

aniversario, el séptimo o el trigésimo día) es un acontecimiento que debe

hacer superar las perspectivas de "este mundo" y atraer a los fieles, a las

verdaderas perspectivas de la fe en Cristo resucitado.

1688. La Liturgia de la Palabra. La celebración de la Liturgia de la Palabra

en las exequias exige una preparación, tanto más atenta cuanto que la

asamblea allí presente puede incluir fieles poco asiduos a la liturgia y amigos

del difunto que no son cristianos. La homilía, en particular, debe "evitar" el

género literario de elogio fúnebre (cf. Ritual de exequias, Primer tipo de

exequias, 41) y debe iluminar el misterio de la muerte cristiana a la luz de

Cristo resucitado.

1689. El Sacrificio eucarístico. Cuando la celebración tiene lugar en la

1371

Iglesia, la Eucaristía es el corazón de la realidad pascual de la muerte

cristiana (cf. Ritual de exequias, Prenotandos, 1). La Iglesia expresa

entonces su comunión eficaz con el difunto: ofreciendo al Padre, en el

Espíritu Santo, el sacrificio de la muerte y resurrección de Cristo, pide que su

hijo sea purificado de sus pecados y de sus consecuencias y que sea admitido

a la plenitud pascual de la mesa del Reino (cf. Ritual de exequias, Primer

tipo de exequias, 56). Así celebrada la Eucaristía, la comunidad de fieles,

958

especialmente la familia del difunto, aprende a vivir en comunión con quien

"se durmió en el Señor", comulgando con el Cuerpo de Cristo, de quien es

miembro vivo, y orando luego por él y con él.

1690. El adiós ("a Dios") al difunto es "su recomendación a Dios" por la Iglesia. Es el "último adiós [...] por el que la comunidad cristiana despide a

2300

uno de sus miembros antes que su cuerpo sea llevado a su sepulcro"

(cf. Ritual de exequias, Prenotandos, 10). La tradición bizantina lo expresa

con el beso de adiós al difunto:

Con este saludo final «se canta por su partida de esta vida y por su

separación, pero también porque existe una comunión y una reunión. En

efecto, una vez muertos no estamos en absoluto separados unos de otros,

pues todos recorremos el mismo camino y nos volveremos a encontrar en

un mismo lugar. No nos separaremos jamás, porque vivimos para Cristo y

ahora estamos unidos a Cristo, yendo hacia Él [...] estaremos todos juntos

en Cristo» (San Simeón de Tesalónica, De ordine sepulturae, 367).

TERCERA PARTE

LA VIDA EN CRISTO

LA VIDA EN CRISTO

1691. ―Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas

de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida

pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres

790

miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las

tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios‖ (San León

Magno, Sermo 21, 3).

1692. El Símbolo de la fe profesa la grandeza de los dones de Dios al

hombre por la obra de su creación, y más aún, por la redención y la

santificación. Lo que confiesa la fe, los sacramentos lo comunican: por

―los sacramentos que les han hecho renacer‖, los cristianos han

llegado a ser ―hijos de Dios‖ ( Jn 1,12; 1 Jn 3,1), ―partícipes de la

naturaleza divina‖ ( 2 P 1,4). Los cristianos, reconociendo en la fe su

nueva dignidad, son llamados a llevar en adelante una ―vida digna del

Evangelio de Cristo‖ ( Flp 1,27). Por los sacramentos y la oración

reciben la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que les capacitan

para ello.

1693. Cristo Jesús hizo siempre lo que agradaba al Padre (cf. Jn

8,29). Vivió siempre en perfecta comunión con Él. De igual modo sus

discípulos son invitados a vivir bajo la mirada del Padre ―que ve en lo

secreto‖ (

Mt 6,6) para ser ―perfectos como el Padre celestial es

perfecto‖ ( Mt 5,48).

1694. Incorporados a Cristo por el bautismo (cf. Rm 6,5), los

1267

cristianos están ―muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús‖

( Rm 6,11), participando así en la vida del Resucitado (cf. Col 2,12).

Siguiendo a Cristo y en unión con él (cf. Jn 15,5), los cristianos

pueden ser ―imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el

amor‖ ( Ef 5,1), conformando sus pensamientos, sus palabras y sus

acciones con ―los sentimientos que tuvo Cristo‖ ( Flp 2,5) y siguiendo

sus ejemplos (cf. Jn 13,12-16).

1695. ―Justificados [...] en el nombre del Señor Jesucristo y en el

Espíritu de nuestro Dios‖ (

1 Co 6,11), ―santificados y llamados a ser

santos‖ ( 1 Co 1,2), los cristianos se convierten en ―el templo [...] del

Espíritu Santo‖ (cf. 1 Co 6,19). Este ―Espíritu del Hijo‖ les enseña a

orar al Padre ( Ga 4,6) y, haciéndose vida en ellos, les hace obrar

(cf. Ga 5,25) para dar ―los frutos del Espíritu‖ ( Ga 5, 22) por la

caridad operante. Sanando las heridas del pecado, el Espíritu Santo

nos renueva interiormente mediante una transformación espiritual

(cf. Ef 4, 23), nos ilumina y nos fortalece para vivir como ―hijos de la

luz‖ ( Ef 5,8), ―por la bondad, la justicia y la verdad‖ en todo ( Ef 5,9).

1970

1696. El camino de Cristo ―lleva a la vida‖, un camino contrario

―lleva a la perdición‖ (

Mt 7,13; cf. Dt 30, 15-20). La parábola

evangélica de los dos caminos está siempre presente en la catequesis

de la Iglesia. Significa la importancia de las decisiones morales para

nuestra salvación. ―Hay dos caminos, el uno de la vida, el otro de la

muerte; pero entre los dos, una gran diferencia‖ (

Didaché, 1, 1).

1697. En la catequesis es importante destacar con toda claridad el

gozo y las exigencias del camino de Cristo (cf. CT 29). La catequesis de la ―vida nueva‖ en Él ( Rm 6, 4) será:

737ss

– una catequesis del Espíritu Santo, Maestro interior de la vida

según Cristo, dulce huésped del alma que inspira, conduce,

rectifica y fortalece esta vida;

1938ss

– una catequesis de la gracia, pues por la gracia somos salvados, y

también por la gracia nuestras obras pueden dar fruto para la

vida eterna;

1716ss

– una catequesis de las bienaventuranzas, porque el camino de

Cristo está resumido en las bienaventuranzas, único camino

hacia la dicha eterna a la que aspira el corazón del hombre;

1846ss

– una catequesis del pecado y del perdón, porque sin reconocerse

pecador, el hombre no puede conocer la verdad sobre sí mismo,

condición del obrar justo, y sin el ofrecimiento del perdón no

podría soportar esta verdad;

–

una catequesis de las virtudes humanas que haga captar la

1803ss

belleza y el atractivo de las rectas disposiciones para el bien;

–

una catequesis de las virtudes cristianas de fe, esperanza y

1812ss

caridad que se inspire ampliamente en el ejemplo de los santos;

–

una catequesis del doble mandamiento de la caridad desarrollado

2067

en el Decálogo;

–

una catequesis eclesial, pues en los múltiples intercambios de los

―bienes espirituales‖ en la ―comunión de los santos‖ es donde la

946ss

vida cristiana puede crecer, desplegarse y comunicarse.

1698. La referencia primera y última de esta catequesis será siempre

426

Jesucristo que es ―el camino, la verdad y la vida‖ (

Jn 14,6).

Contemplándole en la fe, los fieles de Cristo pueden esperar que Él

realice en ellos sus promesas, y que amándolo con el amor con que Él

nos ha amado realicen las obras que corresponden a su dignidad:

«Te ruego que pienses [...] que Jesucristo, Nuestro Señor, es tu verdadera

Cabeza, y que tú eres uno de sus miembros [...]. Él es con relación a ti lo

que la cabeza es con relación a sus miembros; todo lo que es suyo es

tuyo, su espíritu, su corazón, su cuerpo, su alma y todas sus facultades, y

debes usar de ellos como de cosas que son tuyas, para servir, alabar, amar

y glorificar a Dios. Tú eres de Él como los miembros lo son de su cabeza.

Así desea Él ardientemente usar de todo lo que hay en ti, para el servicio

y la gloria de su Padre, como de cosas que son de Él» (San Juan Eudes,

Le Coeur admirable de la Très Sacrée Mère de Dieu, 1, 5: Oeuvres

completes, v.6).

«Para mí la vida es Cristo» ( Flp 1,21).

PRIMERA SECCION:

LA VOCACION DEL HOMBRE: LA VIDA EN EL ESPIRITU

LA VOCACIÓN DEL HOMBRE:

LA VIDA EN EL ESPÍRITU

1699. La vida en el Espíritu Santo realiza la vocación del hombre

( capítulo primero). Está hecha de caridad divina y solidaridad humana

( capítulo segundo). Es concedida gratuitamente como una salvación

( capítulo tercero).

CAPÍTULO PRIMERO

LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

1700. La dignidad de la persona humana está enraizada en su

creación a imagen y semejanza de Dios ( artículo primero); se realiza 356

en su vocación a la bienaventuranza divina ( artículo segundo).

Corresponde al ser humano llegar libremente a esta realización

( artículo tercero). Por sus actos deliberados ( artículo cuarto), la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por

Dios y atestiguado por la conciencia moral ( artículo quinto). Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de

toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento

( artículo sexto). Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud ( artículo

séptimo), evitan el pecado y, si lo han cometido recurren como el hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo

1439

( artículo octavo). Así acceden a la perfección de la caridad.

ARTÍCULO 1

EL HOMBRE, IMAGEN DE DIOS

1701. ―Cristo, [...] en la misma revelación del misterio del Padre y de

359

su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le

descubre la grandeza de su vocación‖ (GS 22, 1). En Cristo, ―imagen

del Dios invisible‖ ( Col 1,15; cf. 2 Co 4, 4), el hombre ha sido creado

―a imagen y semejanza‖ del Creador. En Cristo, redentor y salvador, la

imagen divina alterada en el hombre por el primer pecado ha sido

restaurada en su belleza original y ennoblecida con la gracia de Dios

(cf. GS 22).

1878

1702. La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece

en la comunión de las personas a semejanza de la unidad de las

personas divinas entre sí (cf. Capítulo segundo).

363

1703. Dotada de un alma ―espiritual e inmortal‖ (GS 14), la persona humana es la ―única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí

2258

misma‖ (GS 24,3). Desde su concepción está destinada a la bienaventuranza eterna‖.

1704. La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu

339

divino. Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas

establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí

30

misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y

el amor de la verdad y del bien (cf. GS 15, 2).

1705. En virtud de su alma y de sus potencias espirituales de

1730

entendimiento y de voluntad, el hombre está dotado de libertad, ―signo

eminente de la imagen divina‖ (

GS 17).

1706. Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le

impulsa ―a hacer [...] el bien y a evitar el mal‖ (GS 16). Todo hombre 1776

debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el

amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la

dignidad de la persona humana.

397

1707. ―El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad,

desde el comienzo de la historia‖ (GS 13, 1). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva

la herida del pecado original. Ha quedado inclinado al mal y sujeto al

error.

«De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida

humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente

dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas» (GS 13, 2).

1708. Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado. Nos

617

mereció la vida nueva en el Espíritu Santo. Su gracia restaura en

nosotros lo que el pecado había deteriorado.

1709. El que cree en Cristo es hecho hijo de Dios. Esta adopción

1265

filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de

Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la

unión con su Salvador, el discípulo alcanza la perfección de la caridad,

la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida

eterna, en la gloria del cielo.

1050

Resumen

1710. “Cristo [...] manifiesta plenamente el hombre al propio hombre

y le descubre la grandeza de su vocación” ( GS 22, 1).

1711. Dotada de alma espiritual, de entendimiento y de voluntad, la

persona humana está desde su concepción ordenada a Dios y

destinada a la bienaventuranza eterna. Camina hacia su perfección en

la búsqueda y el amor de la verdad y del bien. (cf. GS 15, 2).

1712. La verdadera [...] libertad es en el hombre el “signo eminente

de la imagen divina” ( GS 17).

1713. El hombre debe seguir la ley moral que le impulsa “a

hacer [...] el bien y a evitar el mal” ( GS 16). Esta ley resuena en su conciencia.

1714. El hombre, herido en su naturaleza por el pecado original,

está sujeto al error e inclinado al mal en el ejercicio de su libertad.

1715. El que cree en Cristo tiene la vida nueva en el Espíritu Santo.

La vida moral, desarrollada y madurada en la gracia, alcanza su

plenitud en la gloria del cielo.

ARTÍCULO 2

NUESTRA VOCACIÓN A LA BIENAVENTURANZA

I. Las bienaventuranzas

2546

1716. Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de

Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido

desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la

posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos:

«Bienaventurados los pobres de espíritu,

porque de ellos es el Reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos,

porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que lloran,

porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia,

porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos,

porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón,

porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que buscan la paz,

porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,

porque de ellos es el Reino de los cielos.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con

mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y

regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos»

( Mt 5,3-12).

1717. Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y

459

describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la

gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las

actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas

que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los

1820

discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan

inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

II. El deseo de felicidad

1718. Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad.

27

Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del

1024

hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer:

«Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género

humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición

incluso antes de que sea plenamente enunciada» (San Agustín, De

moribus Ecclesiae catholicae, 1, 3, 4).

«¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco

2541

la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo

vive de mi alma y mi alma vive de ti» (San Agustín, Confessiones, 10, 20,

29).

«Sólo Dios sacia» (Santo Tomás de Aquino, In Symbolum Apostolorum

scilicet «Credo in Deum» expositio, c. 15).

1719. Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia

1950

humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su

propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno

personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo

de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.

III. La bienaventuranza cristiana

1720. El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para

1027

caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre: la

llegada del Reino de Dios (cf. Mt 4, 17); la visión de Dios: ―Dichosos

los limpios de corazón porque ellos verán a Dios‖ ( Mt 5,8; cf. 1 Jn 3,

2; 1 Co 13, 12); la entrada en el gozo del Señor (cf. Mt 25, 21. 23); la

entrada en el descanso de Dios ( Hb 4, 7-11):

«Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y

alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin

tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin?» (San Agustín, De

civitate Dei, 22, 30).

1721. Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle

y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la

naturaleza divina ( 2 P 1, 4) y de la Vida eterna (cf. Jn 17, 3). Con ella,

el hombre entra en la gloria de Cristo (cf. Rm 8, 18) y en el gozo de la

260

vida trinitaria.

1028

1722. Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas

fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la

llamamos sobrenatural, así como también llamamos sobrenatural la

gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.

«―Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios‖.

Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, ―nadie verá a

Dios y seguirá viviendo‖, porque el Padre es inasequible; pero su amor,

su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a

294

los que lo aman el privilegio de ver a Dios [...] ―porque lo que es

imposible para los hombres es posible para Dios‖» (San Ireneo de Lyon,

Adversus haereses, 4, 20, 5).

1723. La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones

2519

morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus

malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo.

Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el

bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra

humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni

227

en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo

amor:

«El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje instintivo la

multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna,

y, según la fortuna también, miden la honorabilidad [...] Todo esto se

debe a la convicción [...] de que con la riqueza se puede todo. La riqueza,

por tanto, es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro

[...] La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el

mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser

considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de

verdadera veneración» (Juan Enrique Newman, Discourses addresed to

Mixed Congregations, 5 [ Saintliness the Standard of Christian

Principle]).

1724. El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis

apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los

cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante los actos de cada

día, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la

Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria

de Dios (cf. la parábola del sembrador: Mt 13, 3-23).

Resumen

1725. Las bienaventuranzas recogen y perfeccionan las promesas de

Dios desde Abraham ordenándolas al Reino de los cielos. Responden

al deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre.

1726. Las bienaventuranzas nos enseñan el fin último al que Dios

nos llama: el Reino, la visión de Dios, la participación en la

naturaleza divina, la vida eterna, la filiación, el descanso en Dios.

1727. La bienaventuranza de la vida eterna es un don gratuito de

Dios; es sobrenatural como también lo es la gracia que conduce a

ella.

1728. Las bienaventuranzas nos colocan ante opciones decisivas con

respecto a los bienes terrenos; purifican nuestro corazón para

enseñarnos a amar a Dios sobre todas las cosas.

1729. La bienaventuranza del cielo determina los criterios de

discernimiento en el uso de los bienes terrenos en conformidad a la

Ley de Dios.

ARTÍCULO 3

LA LIBERTAD DEL HOMBRE

1730. Dios ha creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de

una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. ―Quiso

Dios ―dejar al hombre en manos de su propia decisión‖ ( Si 15,14), de

modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él,

30

llegue libremente a la plena y feliz perfección‖ (GS 17):

«El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y

dueño de sus actos» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 4, 3).

I. Libertad y responsabilidad

1731. La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de

obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí

mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de

sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de

maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su

1721

perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.

396

1732. Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien

último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el

bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y

1849

pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se

2006

convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de

demérito.

1803

1733. En la medida en que el hombre hace más el bien, se va

haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el

servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del

mal es un abuso de la libertad y conduce a la esclavitud del pecado (cf.

Rm 6, 17).

1734. La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la

1036

medida en que estos son voluntarios. El progreso en la virtud, el

1804

conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la

voluntad sobre los propios actos.

1735. La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden

1793

quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la

597

inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos

desordenados y otros factores psíquicos o sociales.

1736. Todo acto directamente querido es imputable a su autor:

Así el Señor pregunta a Adán tras el pecado en el paraíso: ―¿Qué has

2568

hecho?‖ ( Gn 3,13). Igualmente a Caín (cf. Gn 4, 10). Así también el profeta

Natán al rey David, tras el adulterio con la mujer de Urías y la muerte de éste

(cf. 2 S 12, 7-15).

Una acción puede ser indirectamente voluntaria cuando resulta de una

negligencia respecto a lo que se habría debido conocer o hacer, por ejemplo,

un accidente provocado por la ignorancia del código de la circulación.

1737. Un efecto puede ser tolerado sin ser querido por el que actúa, por

2263

ejemplo, el agotamiento de una madre a la cabecera de su hijo enfermo. El

efecto malo no es imputable si no ha sido querido ni como fin ni como medio

de la acción, como la muerte acontecida al auxiliar a una persona en peligro.

Para que el efecto malo sea imputable, es preciso que sea previsible y que el

que actúa tenga la posibilidad de evitarlo, por ejemplo, en el caso de un

homicidio cometido por un conductor en estado de embriaguez.

1738. La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres

humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el

derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable.

Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene

derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia

inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en

2106

materia moral y religiosa (cf. DH 2). Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del

orden público (cf. DH 7).

II. La libertad humana en la Economía de la salvación

1739. Libertad y pecado. La libertad del hombre es finita y falible.

387

De hecho el hombre erró. Libremente pecó. Al rechazar el proyecto

del amor de Dios, se engañó a sí mismo y se hizo esclavo del pecado.

Esta primera alienación engendró una multitud de alienaciones. La

401

historia de la humanidad, desde sus orígenes, atestigua desgracias y

opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal

uso de la libertad.

1740. Amenazas para la libertad. El ejercicio de la libertad no

2108

implica el derecho a decir y hacer cualquier cosa. Es falso concebir al

hombre ―sujeto de esa libertad como un individuo autosuficiente que

busca la satisfacción de su interés propio en el goce de los bienes

terrenales‖ (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis

conscientia, 13). Por otra parte, las condiciones de orden económico y

social, político y cultural requeridas para un justo ejercicio de la

libertad son, con demasiada frecuencia, desconocidas y violadas. Estas

1887

situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y colocan

tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la

caridad. Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia

libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad con sus

semejantes y se rebela contra la verdad divina

1741. Liberación y salvación. Por su Cruz gloriosa, Cristo obtuvo la

salvación para todos los hombres. Los rescató del pecado que los tenía

sometidos a esclavitud. ―Para ser libres nos libertó Cristo‖ (

Ga 5,1).

En Él participamos de ―la verdad que nos hace libres‖ (

Jn 8,32). El

782

Espíritu Santo nos ha sido dado, y, como enseña el apóstol, ―donde

está el Espíritu, allí está la libertad‖ ( 2 Co 3,17). Ya desde ahora nos

gloriamos de la ―libertad de los hijos de Dios‖ ( Rm 8,21).

1742. Libertad y gracia. La gracia de Cristo no se opone de ninguna

2002

manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la

verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al

contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en

la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la

gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las

1784

pruebas, como también ante las presiones y coacciones del mundo

exterior. Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la

libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su

obra en la Iglesia y en el mundo.

«Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males,

para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos

libremente cumplir tu voluntad» ( Domingo XXXII del Tiempo ordinario,

Colecta: Misal Romano)

Resumen

1743. Dios [...] ha querido “dejar al hombre [...] en manos de su

propia decisión” ( Si 15,14), para que pueda adherirse libremente a su

Creador y llegar así a la bienaventurada perfección (cf. GS 17, 1).

1744. La libertad es el poder de obrar o de no obrar y de ejecutar

así, por sí mismo, acciones deliberadas. La libertad alcanza su

perfección, cuando está ordenada a Dios, el supremo Bien.

1745. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Hace

al ser humano responsable de los actos de que es autor voluntario. Es

propio del hombre actuar deliberadamente.

1746. La imputabilidad o la responsabilidad de una acción puede

quedar disminuida o incluso anulada por la ignorancia, la violencia,

el temor y otros factores psíquicos o sociales.

1747. El derecho al ejercicio de la libertad, especialmente en

materia religiosa y moral, es una exigencia inseparable de la

dignidad del hombre. Pero el ejercicio de la libertad no implica el

pretendido derecho de decir o de hacer cualquier cosa.

1748. “Para ser libres nos libertó Cristo” ( Ga 5, 1).

ARTÍCULO 4

LA MORALIDAD DE LOS ACTOS HUMANOS

1749. La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de

manera deliberada, el hombre es, por así decirlo, el padre de sus actos.

1732

Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de

conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos.

I. Fuentes de la moralidad

1750. La moralidad de los actos humanos depende:

– del objeto elegido;

– del fin que se busca o la intención;

–

de las circunstancias de la acción.

El objeto, la intención y las circunstancias forman las ―fuentes‖ o

elementos constitutivos de la moralidad de los actos humanos.

1751. El objeto elegido es un bien hacia el cual tiende deliberadamente

la voluntad. Es la materia de un acto humano. El objeto elegido

especifica moralmente el acto del querer, según que la razón lo

reconozca y lo juzgue conforme o no conforme al bien verdadero. Las

1794

reglas objetivas de la moralidad enuncian el orden racional del bien y

del mal, atestiguado por la conciencia.

1752. Frente al objeto, la intención se sitúa del lado del sujeto que

actúa. La intención, por estar ligada a la fuente voluntaria de la acción

y por determinarla en razón del fin, es un elemento esencial en la

calificación moral de la acción. El fin es el término primero de la

intención y designa el objetivo buscado en la acción. La intención es

2520

un movimiento de la voluntad hacia un fin; mira al término del obrar.

Apunta al bien esperado de la acción emprendida. No se limita a la

dirección de cada una de nuestras acciones tomadas aisladamente, sino

que puede también ordenar varias acciones hacia un mismo objetivo;

puede orientar toda la vida hacia el fin último. Por ejemplo, un

1731

servicio que se hace a alguien tiene por fin ayudar al prójimo, pero

puede estar inspirado al mismo tiempo por el amor de Dios como fin

último de todas nuestras acciones. Una misma acción puede, pues,

estar inspirada por varias intenciones como hacer un servicio para

obtener un favor o para satisfacer la vanidad.

1753. Una intención buena (por ejemplo: ayudar al prójimo) no hace

ni bueno ni justo un comportamiento en sí mismo desordenado (como

la mentira y la maledicencia). El fin no justifica los medios. Así, no se

2479

puede justificar la condena de un inocente como un medio legítimo

para salvar al pueblo. Por el contrario, una intención mala

596

sobreañadida (como la vanagloria) convierte en malo un acto que, de

suyo, puede ser bueno (como la limosna) (cf. Mt 6, 2-4).

1754. Las circunstancias, comprendidas en ellas las consecuencias,

son los elementos secundarios de un acto moral. Contribuyen a

agravar o a disminuir la bondad o la malicia moral de los actos

humanos (por ejemplo, la cantidad de dinero robado). Pueden también

atenuar o aumentar la responsabilidad del que obra (como actuar por

1735

miedo a la muerte). Las circunstancias no pueden de suyo modificar la

calidad moral de los actos; no pueden hacer ni buena ni justa una

acción que de suyo es mala.

II. Los actos buenos y los actos malos

1755. El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del

objeto, del fin y de las circunstancias. Una finalidad mala corrompe la

acción, aunque su objeto sea de suyo bueno (como orar y ayunar para

ser visto por los hombres).

El objeto de la elección puede por sí solo viciar el conjunto de

todo el acto. Hay comportamientos concretos –como la fornicación–

que siempre es un error elegirlos, porque su elección comporta un

desorden de la voluntad, es decir, un mal moral.

1756. Es, por tanto, erróneo juzgar de la moralidad de los actos

humanos considerando sólo la intención que los inspira o las

circunstancias (ambiente, presión social, coacción o necesidad de

obrar, etc.) que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos,

independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son

siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la

blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No está permitido

1789

hacer el mal para obtener un bien.

Resumen

1757. El objeto, la intención y las circunstancias constituyen las tres

“fuentes”; de la moralidad de los actos humanos.

1758. El objeto elegido especifica moralmente el acto de la voluntad

según que la razón lo reconozca y lo juzgue bueno o malo.

1759. “No se puede justificar una acción mala por el hecho de que la

intención sea buena” (S. Tomás de Aquino, In duo praecepta caritatis

et in decem Legis praecepta expositio , c. 6). El fin no justifica los

medios.

1760. El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del

objeto, del fin y de las circunstancias.

1761. Hay comportamientos concretos cuya elección es siempre

errada porque esta comporta un desorden de la voluntad, es decir, un

mal moral. No está permitido hacer un mal para obtener un bien.

ARTÍCULO 5

LA MORALIDAD DE LAS PASIONES

1762. La persona humana se ordena a la bienaventuranza por medio

de sus actos deliberados: las pasiones o sentimientos que experimenta

pueden disponerla y contribuir a ello.

I. Las pasiones

1763. El término ―pasiones‖ pertenece al patrimonio del pensamiento

cristiano. Los sentimientos o pasiones designan las emociones o

impulsos de la sensibilidad que inclinan a obrar o a no obrar en razón

de lo que es sentido o imaginado como bueno o como malo.

1764. Las pasiones son componentes naturales del psiquismo

humano, constituyen el lugar de paso y aseguran el vínculo entre la

vida sensible y la vida del espíritu. Nuestro Señor señala al corazón

368

del hombre como la fuente de donde brota el movimiento de las

pasiones (cf. Mc 7, 21).

1765. Las pasiones son numerosas. La más fundamental es el amor

que la atracción del bien despierta. El amor causa el deseo del bien

ausente y la esperanza de obtenerlo. Este movimiento culmina en el

placer y el gozo del bien poseído. La aprehensión del mal causa el

odio, la aversión y el temor ante el mal que puede sobrevenir. Este

movimiento culmina en la tristeza a causa del mal presente o en la ira

que se opone a él.

1766. ―Amar es desear el bien a alguien‖ (Santo Tomás de

Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 26, a. 4, c). Los demás afectos

tienen su fuerza en este movimiento original del corazón del hombre

hacia el bien. Sólo el bien es amado (cf. San Agustín, De Trinitate, 8,

1704

3, 4). ―Las pasiones son malas si el amor es malo, buenas si es bueno‖

(San Agustín, De civitate Dei, 14, 7).

II. Pasiones y vida moral

1767. En sí mismas, las pasiones no son buenas ni malas. Sólo

reciben calificación moral en la medida en que dependen de la razón y

1860

de la voluntad. Las pasiones se llaman voluntarias ―o porque están

ordenadas por la voluntad, o porque la voluntad no se opone a ellas‖

(Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 24, a. 1, c).

Pertenece a la perfección del bien moral o humano el que las pasiones

estén reguladas por la razón (cf. Santo Tomás de Aquino, Summa

theologiae, 1-2, q. 24, a. 3, c).

1768. Los sentimientos más profundos no deciden ni la moralidad, ni

la santidad de las personas; son el depósito inagotable de las imágenes

y de las afecciones en que se expresa la vida moral. Las pasiones son

moralmente buenas cuando contribuyen a una acción buena, y malas

en el caso contrario. La voluntad recta ordena al bien y a la

bienaventuranza los movimientos sensibles que asume; la voluntad

mala sucumbe a las pasiones desordenadas y las exacerba. Las

1803

emociones y los sentimientos pueden ser asumidos en las virtudes, o

1865

pervertidos en los vicios.

1769. En la vida cristiana, el Espíritu Santo realiza su obra

movilizando todo el ser incluidos sus dolores, temores y tristezas,

como aparece en la agonía y la pasión del Señor. Cuando se vive en

Cristo, los sentimientos humanos pueden alcanzar su consumación en

la caridad y la bienaventuranza divina.

30

1770. La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido

al bien sólo por su voluntad, sino también por su apetito sensible

según estas palabras del salmo: ―Mi corazón y mi carne gritan de

alegría hacia el Dios vivo‖ ( Sal 84,3).

Resumen

1771. El término “pasiones” designa los afectos y los sentimientos.

Por medio de sus emociones, el hombre intuye lo bueno y lo malo.

1772. Ejemplos eminentes de pasiones son el amor y el odio, el deseo

y el temor, la alegría, la tristeza y la ira.

1773. En las pasiones, en cuanto impulsos de la sensibilidad, no hay

ni bien ni mal moral. Pero según dependan o no de la razón y de la

voluntad, hay en ellas bien o mal moral.

1774. Las emociones y los sentimientos pueden ser asumidos por las

virtudes, o pervertidos en los vicios.

1775. La perfección del bien moral consiste en que el hombre no sea

movido al bien sólo por su voluntad, sino también por su “corazón” .

ARTÍCULO 6

LA CONCIENCIA MORAL

1776. ―En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una

1954

ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz

resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole

siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal [...]. El hombre tiene

una ley inscrita por Dios en su corazón [...]. La conciencia es el núcleo

más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios,

cuya voz resuena en lo más íntimo de ella‖ (GS 16).

I. El dictamen de la conciencia

1777. Presente en el corazón de la persona, la conciencia moral

(cf. Rm 2, 14-16) le ordena, en el momento oportuno, practicar el bien

y evitar el mal. Juzga también las opciones concretas aprobando las

que son buenas y denunciando las que son malas (cf. Rm 1, 32).

Atestigua la autoridad de la verdad con referencia al Bien supremo por

1766, 2071 el cual la persona humana se siente atraída y cuyos mandamientos

acoge. El hombre prudente, cuando escucha la conciencia moral,

puede oír a Dios que le habla.

1778. La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la

1749

persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que

piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el

hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y

recto. Mediante el dictamen de su conciencia el hombre percibe y

reconoce las prescripciones de la ley divina:

La conciencia «es una ley de nuestro espíritu, pero que va más allá de él,

nos da órdenes, significa responsabilidad y deber, temor y esperanza [...]

La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza

como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos

gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo»

(Juan Enrique Newman, Carta al duque de Norfolk, 5).

1779. Es preciso que cada uno preste mucha atención a sí mismo

1886

para oír y seguir la voz de su conciencia. Esta exigencia de

interioridad es tanto más necesaria cuanto que la vida nos impulsa con

frecuencia a prescindir de toda reflexión, examen o interiorización:

«Retorna a tu conciencia, interrógala. [...] Retornad, hermanos, al interior,

y en todo lo que hagáis mirad al testigo, Dios» (San Agustín, In epistulam

Ioannis ad Parthos tractatus 8, 9).

1780. La dignidad de la persona humana implica y exige la rectitud

de la conciencia moral. La conciencia moral comprende la percepción

de los principios de la moralidad («sindéresis»), su aplicación a las

circunstancias concretas mediante un discernimiento práctico de las

razones y de los bienes, y en definitiva el juicio formado sobre los

actos concretos que se van a realizar o se han realizado. La verdad

sobre el bien moral, declarada en la ley de la razón, es reconocida

práctica y concretamente por el dictamen prudente de la conciencia.

Se llama prudente al hombre que elige conforme a este dictamen o

1806

juicio.

1781. La conciencia hace posible asumir la responsabilidad de los

1731

actos realizados. Si el hombre comete el mal, el justo juicio de la

conciencia puede ser en él el testigo de la verdad universal del bien, al

mismo tiempo que de la malicia de su elección concreta. El veredicto

del dictamen de conciencia constituye una garantía de esperanza y de

misericordia. Al hacer patente la falta cometida recuerda el perdón que

se ha de pedir, el bien que se ha de practicar todavía y la virtud que se

ha de cultivar sin cesar con la gracia de Dios:

«Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene

nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce

todo» ( 1 Jn 3, 19-20).

1782. El hombre tiene el derecho de actuar en conciencia y en

libertad a fin de tomar personalmente las decisiones morales. ―No

debe ser obligado a actuar contra su conciencia. Ni se le debe impedir

que actúe según su conciencia, sobre todo en materia religiosa‖

2106

(DH 3).

II. La formación de la conciencia

1783. Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una

conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la

razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del

Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres

humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a

preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas.

2039

1784. La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida.

Desde los primeros años despierta al niño al conocimiento y la

práctica de la ley interior reconocida por la conciencia moral. Una

educación prudente enseña la virtud; preserva o sana del miedo, del

egoísmo y del orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad y

de los movimientos de complacencia, nacidos de la debilidad y de las

1742

faltas humanas. La educación de la conciencia garantiza la libertad y

engendra la paz del corazón.

1785. En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz

de nuestro caminar; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración,

y la pongamos en práctica. Es preciso también que examinemos

nuestra conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Estamos asistidos

por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los

890

consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia

(cf. DH 14).

III. Decidir en conciencia

1786. Ante la necesidad de decidir moralmente, la conciencia puede

formular un juicio recto de acuerdo con la razón y con la ley divina, o

al contrario un juicio erróneo que se aleja de ellas.

1787. El hombre se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen

el juicio moral menos seguro, y la decisión difícil. Pero debe buscar

siempre lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios

1955

expresada en la ley divina.

1788. Para esto, el hombre se esfuerza por interpretar los datos de la

experiencia y los signos de los tiempos gracias a la virtud de la

1806

prudencia, los consejos de las personas entendidas y la ayuda del

Espíritu Santo y de sus dones.

1789. En todos los casos son aplicables algunas reglas:

1756

– Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien.

1970

– La ―regla de oro‖: ―Todo [...] cuanto queráis que os hagan los

hombres, hacédselo también vosotros‖ ( Mt 7,12; cf. Lc 6, 31;

Tb 4, 15).

1827

– La caridad debe actuar siempre con respeto hacia el prójimo y

1971

hacia su conciencia: ―Pecando así contra vuestros hermanos,

hiriendo su conciencia..., pecáis contra Cristo‖ ( 1 Co 8,12). ―Lo

bueno es [...] no hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de

caída, tropiezo o debilidad‖ ( Rm 14, 21).

IV. El juicio erróneo

1790. La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de

su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se

condenaría a sí mismo. Pero sucede que la conciencia moral puede

estar afectada por la ignorancia y puede formar juicios erróneos sobre

actos proyectados o ya cometidos.

1791. Esta ignorancia puede con frecuencia ser imputada a la

responsabilidad personal. Así sucede ―cuando el hombre no se

1704

preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito

del pecado, la conciencia se queda casi ciega‖ (GS 16). En estos casos, la persona es culpable del mal que comete.

133

1792. El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos

ejemplos recibidos de otros, la servidumbre de las pasiones, la

pretensión de una mal entendida autonomía de la conciencia, el

rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de

conversión y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en

la conducta moral.

1793. Si por el contrario, la ignorancia es invencible, o el juicio

1860

erróneo sin responsabilidad del sujeto moral, el mal cometido por la

persona no puede serle imputado. Pero no deja de ser un mal, una

privación, un desorden. Por tanto, es preciso trabajar por corregir la

conciencia moral de sus errores.

1794. La conciencia buena y pura es iluminada por la fe verdadera.

Porque la caridad procede al mismo tiempo ―de un corazón limpio, de

una conciencia recta y de una fe sincera‖ ( 1 Tm 1,5; cf. 1 Tm 3, 9; 2

Tm 1, 3; 1 P 3, 21; Hch 24, 16).

«Cuanto mayor es el predominio de la conciencia recta, tanto más las

personas y los grupos se apartan del arbitrio ciego y se esfuerzan por

1751

adaptarse a las normas objetivas de moralidad» (GS 16).

Resumen

1795. “La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del

hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más

íntimo de ella” ( GS 16).

1796. La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la

persona humana reconoce la calidad moral de un acto concreto.

1797. Para el hombre que ha cometido el mal, el veredicto de su

conciencia constituye una garantía de conversión y de esperanza.

1798. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus

juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la

sabiduría del Creador. Cada cual debe poner los medios para formar

su conciencia.

1799. Ante una decisión moral, la conciencia puede formar un juicio

recto de acuerdo con la razón y la ley divina o, al contrario, un juicio

erróneo que se aleja de ellas.

1800. El ser humano debe obedecer siempre el juicio cierto de su

conciencia.

1801. La conciencia moral puede permanecer en la ignorancia o

formar juicios erróneos. Estas ignorancias y estos errores no están

siempre exentos de culpabilidad.

1802. La Palabra de Dios es una luz para nuestros pasos. Es preciso

que la asimilemos en la fe y en la oración, y la pongamos en práctica.

Así se forma la conciencia moral.

ARTÍCULO 7

LAS VIRTUDES

1803. ―Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de

amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio,

todo eso tenedlo en cuenta‖ ( Flp 4, 8).

La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien.

1733

Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor

de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona

1768

virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones

concretas.

«El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a

Dios» (San Gregorio de Nisa, De beatitudinibus, oratio 1).

I. Las virtudes humanas

1804. Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones

estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad

que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra

conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y

2500

gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el

que practica libremente el bien.

Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas.

Son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos.

Disponen todas las potencias del ser humano para armonizarse con el

amor divino.

1827

DISTINCIÓN DE LAS VIRTUDES CARDINALES

1805. Cuatro virtudes desempeñan un papel fundamental. Por eso se

las llama ―cardinales‖; todas las demás se agrupan en torno a ellas.

Estas son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. ―¿Amas

la justicia? Las virtudes son el fruto de sus esfuerzos, pues ella enseña

la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza‖ ( Sb 8, 7). Bajo

otros nombres, estas virtudes son alabadas en numerosos pasajes de la

Escritura.

1806. La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a

discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los

medios rectos para realizarlo. ―El hombre cauto medita sus pasos‖

( Pr 14, 15). ―Sed sensatos y sobrios para daros a la oración‖ ( 1 P 4, 7).

1788

La prudencia es la ―regla recta de la acción‖, escribe santo Tomás

( Summa theologiae, 2-2, q. 47, a. 2, sed contra), siguiendo a

Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la

doblez o la disimulación. Es llamada auriga virtutum: conduce las

otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien guía

1780

directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y

ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos

sin error los principios morales a los casos particulares y superamos

las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos

evitar.

1807. La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y

firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La

2095

justicia para con Dios es llamada ―la virtud de la religión‖. Para con

los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a

2401

establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la

equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo,

evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la

rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo.

―Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto

al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo‖ (

Lv 19, 15). ―Amos, dad

a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que

también vosotros tenéis un Amo en el cielo‖ ( Col 4, 1).

1808. La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades

la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la

resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la

vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor,

incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las

2848

persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la

2473

propia vida por defender una causa justa. ―Mi fuerza y mi cántico es el

Señor‖ ( Sal 118, 14). ―En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!:

Yo he vencido al mundo‖ ( Jn 16, 33).

1809. La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los

placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados.

Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los

deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta

2341

hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se

deja arrastrar ―para seguir la pasión de su corazón‖ (cf. Si 5,2; 37, 27-

31). La templanza es a menudo alabada en el Antiguo Testamento:

2517

―No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena‖ (

Si 18, 30). En el

Nuevo Testamento es llamada ―moderación‖ o ―sobriedad‖. Debemos

―vivir con moderación, justicia y piedad en el siglo presente‖ ( Tt 2,

12).

«Nada hay para el sumo bien como amar a Dios con todo el corazón, con

toda el alma y con toda la mente. [...] lo cual preserva de la corrupción y

de la impureza del amor, que es los propio de la templanza; lo que le hace

invencible a todas las incomodidades, que es lo propio de la fortaleza; lo

que le hace renunciar a todo otro vasallaje, que es lo propio de la justicia,

y, finalmente, lo que le hace estar siempre en guardia para discernir las

cosas y no dejarse engañar subrepticiamente por la mentira y la falacia, lo

que es propio de la prudencia» (San Agustín, De moribus Ecclesiae

Catholicae, 1, 25, 46).

LAS VIRTUDES Y LA GRACIA

1810. Las virtudes humanas adquiridas mediante la educación,

mediante actos deliberados, y una perseverancia, mantenida siempre

en el esfuerzo, son purificadas y elevadas por la gracia divina. Con la

1266

ayuda de Dios forjan el carácter y dan soltura en la práctica del bien.

El hombre virtuoso es feliz al practicarlas.

1811. Para el hombre herido por el pecado no es fácil guardar el

equilibrio moral. El don de la salvación por Cristo nos otorga la gracia

2015

necesaria para perseverar en la búsqueda de las virtudes. Cada cual

debe pedir siempre esta gracia de luz y de fortaleza, recurrir a los

sacramentos, cooperar con el Espíritu Santo, seguir sus invitaciones a

amar el bien y guardarse del mal.

2086-2094

II. Las virtudes teologales

2656-2658

1812. Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que

adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza

divina (cf. 2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a

1266

Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima

Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.

1813. Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar

moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales.

Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces

2008

de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de

la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser

humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la

caridad (cf. 1 Co 13, 13).

142-175

LA FE

1814. La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo

lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone,

506

porque Él es la verdad misma. Por la fe ―el hombre se entrega entera y

libremente a Dios‖ (

DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. ―El justo [...] vivirá por la fe‖

( Rm 1, 17). La fe viva ―actúa por la caridad‖ ( Ga 5, 6).

1815. El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella

(cf. Concilio de Trento: DS 1545). Pero, ―la fe sin obras está muerta‖

( St 2, 26): privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une

plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su

Cuerpo.

1816. El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella

sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla:

2471

―Todos [...] vivan preparados para confesar a Cristo ante los hombres

y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones

que nunca faltan a la Iglesia‖ (LG 42; cf. DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: ―Todo [...] aquel

que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por

él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los

hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos‖

( Mt 10, 32-33).

LA ESPERANZA

1817. La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al

Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo

1024

nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en

nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.

―Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor

de la promesa‖ ( Hb 10,23). ―El Espíritu Santo que Él derramó sobre

nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador para

que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en

esperanza, de vida eterna‖ (

Tt 3, 6-7).

1818. La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad

27

puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas

que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para

ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en

todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la

bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del

egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.

1819. La esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del

pueblo elegido que tiene su origen y su modelo en la esperanza de

146

Abraham en las promesas de Dios; esperanza colmada en Isaac y

purificada por la prueba del sacrificio (cf. Gn 17, 4-8; 22, 1-18).

―Esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas

naciones‖ ( Rm 4, 18).

1820. La esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la

predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas. Las

1716

bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia

la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las

pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de

Jesucristo y de su pasión, Dios nos guarda en ―la esperanza que no

falla‖ ( Rm 5, 5). La esperanza es ―el ancla del alma‖, segura y firme,

que penetra... ―a donde entró por nosotros como precursor Jesús‖

( Hb 6, 19-20). Es también un arma que nos protege en el combate de

la salvación: ―Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el

yelmo de la esperanza de salvación‖ ( 1 Ts 5, 8). Nos procura el gozo

en la prueba misma: ―Con la alegría de la esperanza; constantes en la

tribulación‖ ( Rm 12, 12). Se expresa y se alimenta en la oración,

particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la

2772

esperanza nos hace desear.

1821. Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por

Dios a los que le aman (cf. Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (cf. Mt 7,

21). En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de

Dios, ―perseverar hasta el fin‖ (cf. Mt 10, 22; cf. Concilio de Trento:

DS 1541) y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de

2016

Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la

1037

esperanza, la Iglesia implora que ―todos los hombres [...] se salven‖

( 1Tm 2, 4). Espera estar en la gloria del cielo unida a Cristo, su

esposo:

«Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con

cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto

dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más

mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado

con gozo y deleite que no puede tener fin» (Santa Teresa de Jesús,

Exclamaciones del alma a Dios, 15, 3).

LA CARIDAD

1822. La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios

sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a

1723

nosotros mismos por amor de Dios.

1823. Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf. Jn 13, 34).

1970

Amando a los suyos ―hasta el fin‖ ( Jn 13, 1), manifiesta el amor del

Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el

amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice:

―Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros;

permaneced en mi amor‖ ( Jn 15, 9). Y también: ―Este es el

mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado‖

( Jn 15, 12).

1824. Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los

735

mandamientos de Dios y de Cristo: ―Permaneced en mi amor. Si

guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor‖ ( Jn 15, 9-10;

cf. Mt 22, 40; Rm 13, 8-10).

1825. Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía

604

―enemigos‖ ( Rm 5, 10). El Señor nos pide que amemos como Él hasta

a nuestros enemigos (cf. Mt 5, 44), que nos hagamos prójimos del más

lejano (cf. Lc 10, 27-37), que amemos a los niños (cf. Mc 9, 37) y a los

pobres como a Él mismo (cf. Mt 25, 40.45).

El apóstol san Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad:

«La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es

jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no

toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la

verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta»

( 1 Co 13, 4-7).

1826. Si no tengo caridad –dice también el apóstol– ―nada soy...‖. Y

todo lo que es privilegio, servicio, virtud misma... si no tengo caridad,

―nada me aprovecha‖ ( 1 Co 13, 1-4). La caridad es superior a todas las

virtudes. Es la primera de las virtudes teologales: ―Ahora subsisten la

fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es

la caridad‖ (1 Co 13,13).

1827. El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por

815

la caridad. Esta es ―el vínculo de la perfección‖ ( Col 3, 14); es la

826

forma de las virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y

término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra

facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del

amor divino.

1828. La práctica de la vida moral animada por la caridad da al

cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla

1972

ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario

en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del

―que nos amó primero‖ (

1 Jn 4,19):

«O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la

disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la recompensa y nos

parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien mismo

del amor del que manda [...] y entonces estamos en la disposición de

hijos» (San Basilio Magno, Regulae fusius tractatae prol. 3).

1829. La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia.

2540

Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia;

suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es

amistad y comunión:

«La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para

conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él

reposamos» (San Agustín, In epistulam Ioannis tractatus, 10, 4).

III. Dones y frutos del Espíritu Santo

1830. La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del

Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al

hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.

1831. Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia,

consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en

1299

plenitud a Cristo, Hijo de David (cf. Is 11, 1-2). Completan y llevan a

su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles

1266

dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.

«Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana» ( Sal 143,10).

«Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios [...]

Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de

Cristo» ( Rm 8, 14.17).

1832. Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros

736

el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la

Iglesia enumera doce: ―caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad,

bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia,

castidad‖ ( Ga 5,22-23, vulg.).

Resumen

1833. La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el

bien.

1834. Las virtudes humanas son disposiciones estables del

entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan

nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe.

Pueden agruparse en torno a cuatro virtudes cardinales: prudencia,

justicia, fortaleza y templanza.

1835. La prudencia dispone la razón práctica para discernir, en toda

circunstancia, nuestro verdadero bien y elegir los medios justos para

realizarlo.

1836. La justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a

Dios y al prójimo lo que les es debido.

1837. La fortaleza asegura, en las dificultades, la firmeza y la

constancia en la práctica del bien.

1838. La templanza modera la atracción hacia los placeres sensibles

y procura la moderación en el uso de los bienes creados.

1839. Las virtudes morales crecen mediante la educación, mediante

actos deliberados y con el esfuerzo perseverante. La gracia divina las

purifica y las eleva.

1840. Las virtudes teologales disponen a los cristianos a vivir en

relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y

objeto, a Dios conocido por la fe, esperado y amado por Él mismo.

1841. Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la

caridad (cf. 1 Co 13, 13). Informan y vivifican todas las virtudes

morales.

1842. Por la fe creemos en Dios y creemos todo lo que Él nos ha

revelado y que la Santa Iglesia nos propone como objeto de fe.

1843. Por la esperanza deseamos y esperamos de Dios con una firme

confianza la vida eterna y las gracias para merecerla.

1844. Por la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a

nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Es el

“vínculo de la perfección” ( Col 3, 14) y la forma de todas las

virtudes.

1845. Los siete dones del Espíritu Santo concedidos a los cristianos

son: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y

temor de Dios.

ARTÍCULO 8

EL PECADO

I. La misericordia y el pecado

1846. El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia

de Dios con los pecadores (cf. Lc 15). El ángel anuncia a José: ―Tú le

pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus

430

pecados‖ (

Mt 1, 21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento

de la redención, Jesús dice: ―Esta es mi sangre de la Alianza, que va a

1365

ser derramada por muchos para remisión de los pecados‖ ( Mt 26, 28).

1847. Dios, ―que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti‖ (San

Agustín, Sermo 169, 11, 13). La acogida de su misericordia exige de

387, 1455

nosotros la confesión de nuestras faltas. ―Si decimos que no tenemos

pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si

reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los

pecados y purificarnos de toda injusticia‖ ( 1 Jn 1,8-9).

1848. Como afirma san Pablo, ―donde abundó el pecado, [...]

sobreabundó la gracia‖ ( Rm 5, 20). Pero para hacer su obra, la gracia

385

debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos

―la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor‖ ( Rm 5,

20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla,

Dios, mediante su Palabra y su Espíritu, proyecta una luz viva sobre el

pecado:

«La conversión exige el reconocimiento del pecado, supone el juicio

interior de la propia conciencia, y éste, puesto que es la comprobación de

la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser

al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor:

―Recibid el Espíritu Santo‖. Así, pues, en este ―convencer en lo referente

al pecado‖ descubrimos una « doble dádiva»: el don de la verdad de la

conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad

1433

es el Paráclito» (DeV 31).

II. Definición de pecado

311

1849. El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia

recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo,

a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del

hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como

1952

―una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna‖ (San

Agustín, Contra Faustum manichaeum, 22, 27; Santo Tomás de

Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 71, a. 6).

1440

1850. El pecado es una ofensa a Dios: ―Contra ti, contra ti sólo

pequé, cometí la maldad que aborreces‖ ( Sal 51, 6). El pecado se

levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros

397

corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión

contra Dios por el deseo de hacerse ―como dioses‖, pretendiendo

conocer y determinar el bien y el mal ( Gn 3, 5). El pecado es así

―amor de sí hasta el desprecio de Dios‖ (San Agustín, De civitate Dei,

14, 28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es

615

diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la

salvación (cf. Flp 2, 6-9).

1851. Es precisamente en la Pasión, en la que la misericordia de

Cristo vencería, donde el pecado manifiesta mejor su violencia y su

598

multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y

del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de

Judas tan dura a Jesús, negaciones de Pedro y abandono de los

2746

discípulos. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas y del

616

príncipe de este mundo (cf. Jn 14, 30), el sacrificio de Cristo se

convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el

perdón de nuestros pecados.

III. La diversidad de pecados

1852. La variedad de pecados es grande. La Escritura contiene varias

listas. La carta a los Gálatas opone las obras de la carne al fruto del

Espíritu: ―Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza,

libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas,

divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas

semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que

quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios‖ (5,19-21;

cf. Rm 1, 28-32; 1 Co 6, 9-10; Ef 5, 3-5; Col 3, 5-8; 1 Tm 1, 9-10; 2

Tm 3, 2-5).

1853. Se pueden distinguir los pecados según su objeto, como en todo acto

1751

humano, o según las virtudes a las que se oponen, por exceso o por defecto,

o según los mandamientos que quebrantan. Se los puede agrupar también

según que se refieran a Dios, al prójimo o a sí mismo; se los puede dividir en

2067

pecados espirituales y carnales, o también en pecados de pensamiento,

palabra, acción u omisión. La raíz del pecado está en el corazón del hombre,

368

en su libre voluntad, según la enseñanza del Señor: ―De dentro del corazón

salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos,

falsos testimonios, injurias. Esto es lo que hace impuro al hombre‖

( Mt 15,19-20). En el corazón reside también la caridad, principio de las obras

buenas y puras, a la que hiere el pecado.

IV. La gravedad del pecado: pecado mortal y venial

1854. ―Conviene valorar los pecados según su gravedad. La

distinción entre pecado mortal y venial, perceptible ya en la Escritura

(cf. 1Jn 5, 16-17) se ha impuesto en la tradición de la Iglesia. La

experiencia de los hombres la corroboran.‖

1855. El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre

por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios,

1395

que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior.

El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la

hiere.

1856. El pecado mortal, que ataca en nosotros el principio vital que

es la caridad, necesita una nueva iniciativa de la misericordia de Dios

1446

y una conversión del corazón que se realiza ordinariamente en el

marco del sacramento de la Reconciliación:

«Cuando [...] la voluntad se dirige a una cosa de suyo contraria a la

caridad por la que estamos ordenados al fin último, el pecado, por su

objeto mismo, tiene causa para ser mortal [...] sea contra el amor de Dios,

como la blasfemia, el perjurio, etc., o contra el amor del prójimo, como el

homicidio, el adulterio, etc [...] En cambio, cuando la voluntad del

pecador se dirige a veces a una cosa que contiene en sí un desorden, pero

que sin embargo no es contraria al amor de Dios y del prójimo, como una

palabra ociosa, una risa superflua, etc., tales pecados son veniales» (Santo

Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 88, a. 2, c).

1857. Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones:

―Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que,

además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado

consentimiento‖ (RP 17).

2072

1858. La materia grave es precisada por los Diez mandamientos

según la respuesta de Jesús al joven rico: ―No mates, no cometas

adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra

a tu padre y a tu madre‖ ( Mc 10, 19). La gravedad de los pecados es

mayor o menor: un asesinato es más grave que un robo. La cualidad de

las personas lesionadas cuenta también: la violencia ejercida contra los

2214

padres es más grave que la ejercida contra un extraño.

1734

1859. El pecado mortal requiere plena conciencia y entero

consentimiento. Presupone el conocimiento del carácter pecaminoso

del acto, de su oposición a la Ley de Dios. Implica también un

consentimiento suficientemente deliberado para ser una elección

personal. La ignorancia afectada y el endurecimiento del corazón

(cf. Mc 3, 5-6; Lc 16, 19-31) no disminuyen, sino aumentan, el

carácter voluntario del pecado.

1860. La ignorancia involuntaria puede disminuir, y aún excusar, la

1735

imputabilidad de una falta grave, pero se supone que nadie ignora los

principios de la ley moral que están inscritos en la conciencia de todo

hombre. Los impulsos de la sensibilidad, las pasiones pueden

1767

igualmente reducir el carácter voluntario y libre de la falta, lo mismo

que las presiones exteriores o los trastornos patológicos. El pecado

más grave es el que se comete por malicia, por elección deliberada del

mal.

1861. El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad

1742

humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad

y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia.

Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la

exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo

1033

que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin

retorno. Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí una

falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia

y a la misericordia de Dios.

1862. Se comete un pecado venial cuando no se observa en una

materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se

desobedece a la ley moral en materia grave, pero sin pleno

conocimiento o sin entero consentimiento.

1863. El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto

1394

desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el

ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas

1472

temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin

arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal.

No obstante, el pecado venial no nos hace contrarios a la voluntad y la

amistad divinas; no rompe la Alianza con Dios. Es humanamente

reparable con la gracia de Dios. ―No priva de la gracia santificante, de

la amistad con Dios, de la caridad, ni, por tanto, de la bienaventuranza

eterna‖ (RP 17):

«El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo

pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos

leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los

pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos pequeños hacen una

gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un

montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión...»

(San Agustín, In epistulam Iohannis ad Parthos tractatus 1, 6).

1864. ―Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres pero

la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada‖ ( Mc 3, 29;

cf. Mt 12, 32; Lc 12, 10). No hay límites a la misericordia de Dios,

pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios

mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la

2091

salvación ofrecida por el Espíritu Santo (cf. DeV 46). Semejante 1037

endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición

eterna.

V. La proliferación del pecado

401

1865. El pecado crea una facilidad para el pecado, engendra el vicio

por la repetición de actos. De ahí resultan inclinaciones desviadas que

oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y

1768

del mal. Así el pecado tiende a reproducirse y a reforzarse, pero no

puede destruir el sentido moral hasta su raíz.

1866. Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se

oponen, o también pueden ser referidos a los pecados capitales que la

experiencia cristiana ha distinguido siguiendo a san Juan Casiano

( Conlatio, 5, 2) y a san Gregorio Magno ( Moralia in Job, 31, 45, 87).

Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios.

2539

Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la

pereza.

1867. La tradición catequética recuerda también que existen

2268

“pecados que claman al cielo” . Claman al cielo: la sangre de Abel

(cf. Gn 4, 10); el pecado de los sodomitas (cf. Gn 18, 20; 19, 13); el

clamor del pueblo oprimido en Egipto (cf. Ex 3, 7-10); el lamento del

extranjero, de la viuda y el huérfano (cf. Ex 22, 20-22); la injusticia

para con el asalariado (cf. Dt 24, 14-15; Jc 5, 4).

1868. El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una

responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando

cooperamos a ellos:

– participando directa y voluntariamente;

1736

– ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos;

– no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación

de hacerlo;

– protegiendo a los que hacen el mal.

1869. Así el pecado convierte a los hombres en cómplices unos de

otros, hace reinar entre ellos la concupiscencia, la violencia y la

injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones

contrarias a la bondad divina. Las ―estructuras de pecado‖ son

expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a

408

cometer a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un

1887

―pecado social‖ (cf. RP 16).

Resumen

1870. “Dios encerró [...] a todos los hombres en la rebeldía para

usar con todos ellos de misericordia” ( Rm 11, 32).

1871. El pecado es “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la

ley eterna“ (San Agustín, Contra Faustum manichaeum, 22). Es una

ofensa a Dios. Se alza contra Dios en una desobediencia contraria a

la obediencia de Cristo.

1872. El pecado es un acto contrario a la razón. Lesiona la

naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.

1873. La raíz de todos los pecados está en el corazón del hombre.

Sus especies y su gravedad se miden principalmente por su objeto.

1874. Elegir deliberadamente, es decir, sabiéndolo y queriéndolo,

una cosa gravemente contraria a la ley divina y al fin último del

hombre, es cometer un pecado mortal. Este destruye en nosotros la

caridad sin la cual la bienaventuranza eterna es imposible. Sin

arrepentimiento, tal pecado conduce a la muerte eterna.

1875. El pecado venial constituye un desorden moral que puede ser

reparado por la caridad que tal pecado deja subsistir en nosotros.

1876. La reiteración de pecados, incluso veniales, engendra vicios

entre los cuales se distinguen los pecados capitales.

CAPÍTULO SEGUNDO

LA COMUNIDAD HUMANA

1877. La vocación de la humanidad es manifestar la imagen de Dios

355

y ser transformada a imagen del Hijo Único del Padre. Esta vocación

reviste una forma personal, puesto que cada uno es llamado a entrar en

la bienaventuranza divina; pero concierne también al conjunto de la

comunidad humana.

ARTÍCULO 1

PERSONA Y SOCIEDAD

I. Carácter comunitario de la vocación humana

1878. Todos los hombres son llamados al mismo fin: Dios. Existe

cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la fraternidad

1702

que los hombres deben instaurar entre ellos, en la verdad y el amor

(cf. GS 24, 3). El amor al prójimo es inseparable del amor a Dios.

1879. La persona humana necesita la vida social. Esta no constituye

1936

para ella algo sobreañadido sino una exigencia de su naturaleza. Por el

intercambio con otros, la reciprocidad de servicios y el diálogo con sus

hermanos, el hombre desarrolla sus capacidades; así responde a su

vocación (cf. GS 25, 1).

1880. Una sociedad es un conjunto de personas ligadas de manera

771

orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de ellas.

Asamblea a la vez visible y espiritual, una sociedad perdura en el

tiempo: recoge el pasado y prepara el porvenir. Mediante ella, cada

hombre es constituido ―heredero‖, recibe ―talentos‖ que enriquecen su

identidad y a los que debe hacer fructificar (cf. Lc 19, 13.15). En

verdad, se debe afirmar que cada uno tiene deberes para con las

comunidades de que forma parte y está obligado a respetar a las

autoridades encargadas del bien común de las mismas.

1881. Cada comunidad se define por su fin y obedece en

consecuencia a reglas específicas, pero ―el principio, el sujeto y el fin

1929

de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana”

(GS 25, 1).

1882. Algunas sociedades, como la familia y la ciudad, corresponden

más inmediatamente a la naturaleza del hombre. Le son necesarias.

1913

Con el fin de favorecer la participación del mayor número de personas

en la vida social, es preciso impulsar, alentar la creación de

asociaciones e instituciones de libre iniciativa ―para fines económicos,

sociales, culturales, recreativos, deportivos, profesionales y políticos,

tanto dentro de cada una de las naciones como en el plano mundial‖

(MM 60). Esta ― socialización‖ expresa igualmente la tendencia natural que impulsa a los seres humanos a asociarse con el fin de

alcanzar objetivos que exceden las capacidades individuales.

Desarrolla las cualidades de la persona, en particular, su sentido de

iniciativa y de responsabilidad. Ayuda a garantizar sus derechos

(cf. GS 25, 2; CA 16).

1883. ―La socialización presenta también peligros. Una intervención

demasiado fuerte del Estado puede amenazar la libertad y la iniciativa

personales. La doctrina de la Iglesia ha elaborado el principio llamado

de subsidiariedad. Según éste, ―una estructura social de orden superior

2431

no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden

inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe

sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con

la de los demás componentes sociales, con miras al bien común‖

(CA 48; Pío XI, enc. Quadragesimo anno).

1884. Dios no ha querido retener para Él solo el ejercicio de todos los

307

poderes. Entrega a cada criatura las funciones que es capaz de ejercer,

según las capacidades de su naturaleza. Este modo de gobierno debe

ser imitado en la vida social. El comportamiento de Dios en el

gobierno del mundo, que manifiesta tanto respeto a la libertad

humana, debe inspirar la sabiduría de los que gobiernan las

comunidades humanas. Estos deben comportarse como ministros de la

providencia divina.

302

1885. El principio de subsidiariedad se opone a toda forma de

colectivismo. Traza los límites de la intervención del Estado. Intenta

armonizar las relaciones entre individuos y sociedad. Tiende a

instaurar un verdadero orden internacional.

II. Conversión y la sociedad

1886. La sociedad es indispensable para la realización de la vocación

humana. Para alcanzar este objetivo es preciso que sea respetada la

justa jerarquía de los valores que subordina las dimensiones

―materiales e instintivas‖ del ser del hombre ―a las interiores y

1779

espirituales‖ (CA36):

«La sociedad humana [...] tiene que ser considerada, ante todo, como una

realidad de orden principalmente espiritual: que impulse a los hombres,

iluminados por la verdad, a comunicarse entre sí los más diversos

conocimientos; a defender sus derechos y cumplir sus deberes; a desear

los bienes del espíritu; a disfrutar en común del justo placer de la belleza

2500

en todas sus manifestaciones; a sentirse inclinados continuamente a

compartir con los demás lo mejor de sí mismos; a asimilar con afán, en

provecho propio, los bienes espirituales del prójimo. Todos estos valores

informan y, al mismo tiempo, dirigen las manifestaciones de la cultura, de

la economía, de la convivencia social, del progreso y del orden político,

del ordenamiento jurídico y, finalmente, de cuantos elementos

constituyen la expresión externa de la comunidad humana en su incesante

desarrollo» (PT 36).

1887. La inversión de los medios y de los fines (cf. CA 41), lo que lleva a dar valor de fin último a lo que sólo es medio para alcanzarlo, o

a considerar las personas como puros medios para un fin, engendra

estructuras injustas que ―hacen ardua y prácticamente imposible una

909

conducta cristiana, conforme a los mandamientos del Legislador

1869

Divino‖ (Pío XII, Mensaje radiofónico, 1 junio 1941).

407

1888. Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y

1430

morales de la persona y a la exigencia permanente de su conversión

interior para obtener cambios sociales que estén realmente a su

servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no

elimina en modo alguno, sino, al contrario, impone la obligación de

introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen

al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a

las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él

(cf. LG 36).

1889. Sin la ayuda de la gracia, los hombres no sabrían ―acertar con

el sendero a veces estrecho entre la mezquindad que cede al mal y la

violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo, lo agrava‖ (CA 25).

1825

Es el camino de la caridad, es decir, del amor de Dios y del prójimo.

La caridad representa el mayor mandamiento social. Respeta al otro y

sus derechos. Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace

capaces de ésta. Inspira una vida de entrega de sí mismo: ―Quien

intente guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará‖

( Lc 17, 33)

Resumen

1890. Existe una cierta semejanza entre la unidad de las personas

divinas y la fraternidad que los hombres deben instaurar entre sí.

1891. Para desarrollarse en conformidad con su naturaleza, la

persona humana necesita la vida social. Ciertas sociedades como la

familia y la ciudad, corresponden más inmediatamente a la naturaleza

del hombre.

1892. “El principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones

sociales es y debe ser la persona humana” ( GS 25, 1).

1893. Es preciso promover una amplia participación en asociaciones

e instituciones de libre iniciativa.

1894. Según el principio de subsidiariedad, ni el Estado ni ninguna

sociedad más amplia deben suplantar la iniciativa y la

responsabilidad de las personas y de las corporaciones intermedias.

1895. La sociedad debe favorecer el ejercicio de las virtudes, no ser

obstáculo para ellas. Debe inspirarse en una justa jerarquía de

valores.

1896. Donde el pecado pervierte el clima social es preciso apelar a

la conversión de los corazones y a la gracia de Dios. La caridad

empuja a reformas justas. No hay solución a la cuestión social fuera

del Evangelio.

ARTÍCULO 2

PARTICIPACIÓN EN LA VIDA SOCIAL

I. La autoridad

1897. ―Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes,

investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y

2234

consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al

provecho común del país‖ (PT 46).

Se llama ―autoridad‖ la cualidad en virtud de la cual personas o

instituciones dan leyes y órdenes a los hombres y esperan la

correspondiente obediencia.

1898. ―Toda comunidad humana necesita una autoridad que la rija

(cf. León XIII, Carta enc. Diuturnum illud; Carta enc. Inmortale Dei).

Esta tiene su fundamento en la naturaleza humana. Es necesaria para

la unidad de la sociedad. Su misión consiste en asegurar en cuanto sea

posible el bien común de la sociedad.

1899. La autoridad exigida por el orden moral emana de Dios

2235

―Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay

autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han

sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se

rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí

mismos la condenación‖ (

Rm 13, 1-2; cf. 1 P 2, 13-17).

2238

1900. El deber de obediencia impone a todos la obligación de dar a la

autoridad los honores que le son debidos, y de rodear de respeto y,

según su mérito, de gratitud y de benevolencia a las personas que la

ejercen.

La más antigua oración de la Iglesia por la autoridad política tiene como

2240

autor a san Clemente Romano (cf. ya 1Tm 2, 1-2):

―Concédeles, Señor, la salud, la paz, la concordia, la

estabilidad, para que

ejerzan sin tropiezo la soberanía que tú les has entregado. Eres tú, Señor,

rey celestial de los siglos, quien da a los hijos de los hombres gloria,

honor y poder sobre las cosas de la tierra. Dirige, Señor, su consejo según

lo que es bueno, según lo que es agradable a tus ojos, para que ejerciendo

con piedad, en la paz y la mansedumbre, el poder que les has dado, te

encuentren propicio‖ (San Clemente Romano, Epistula ad Corinthios, 61,

1-2).

1901. Si bien la autoridad responde a un orden fijado por Dios, ―la

determinación del régimen y la designación de los gobernantes han de

dejarse a la libre voluntad de los ciudadanos‖ (

GS74, 3).

La diversidad de los regímenes políticos es moralmente admisible

con tal que promuevan el bien legítimo de la comunidad que los

2242

adopta. Los regímenes cuya naturaleza es contraria a la ley natural, al

orden público y a los derechos fundamentales de las personas, no

pueden realizar el bien común de las naciones en las que se han

impuesto.

1930

1902. La autoridad no saca de sí misma su legitimidad moral. No

debe comportarse de manera despótica, sino actuar para el bien común

como una ―fuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia

de la tarea y obligaciones que ha recibido‖ (GS 74, 2).

«La legislación humana sólo posee carácter de ley cuando se conforma a

1951

la justa razón; lo cual significa que su obligatoriedad procede de la ley

eterna. En la medida en que ella se apartase de la razón, sería preciso

declararla injusta, pues no verificaría la noción de ley; sería más bien una

forma de violencia» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q.

93, a. 3 ad 2).

1903. La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien

común del grupo en cuestión y si, para alcanzarlo, emplea medios

moralmente lícitos. Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o

tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no

pueden obligar en conciencia. ―En semejante situación, la propia

2242

autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad

espantosa‖ (PT 51).

1904. ―Es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes

y otras esferas de competencia que lo mantengan en su justo límite. Es

éste el principio del «Estado de derecho» en el cual es soberana la ley

y no la voluntad arbitraria de los hombres‖ (CA 44)

II. El bien común

1905. Conforme a la naturaleza social del hombre, el bien de cada

cual está necesariamente relacionado con el bien común. Este sólo

801

puede ser definido con referencia a la persona humana:

1881

«No viváis aislados, cerrados en vosotros mismos, como si estuvieseis ya

justificados, sino reuníos para buscar juntos lo que constituye el interés

común» ( Epistula Pseudo Barnabae, 4, 10).

1906. Por bien común, es preciso entender ―el conjunto de aquellas

condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno

de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia

perfección‖ (GS 26, 1; cf. GS 74, 1). El bien común afecta a la vida de todos. Exige la prudencia por parte de cada uno, y más aún por la de

aquellos que ejercen la autoridad. Comporta tres elementos esenciales:

1929

1907. Supone, en primer lugar, el respeto a la persona en cuanto tal.

En nombre del bien común, las autoridades están obligadas a respetar

los derechos fundamentales e inalienables de la persona humana. La

sociedad debe permitir a cada uno de sus miembros realizar su

vocación. En particular, el bien común reside en las condiciones de

ejercicio de las libertades naturales que son indispensables para el

desarrollo de la vocación humana: ―derecho a actuar de acuerdo con la

recta norma de su conciencia, a la protección de la vida privada y a la

2106

justa libertad, también en materia religiosa‖ (cf. GS 26, 2).

1908. En segundo lugar, el bien común exige el bienestar social y el

2441

desarrollo del grupo mismo. El desarrollo es el resumen de todos los

deberes sociales. Ciertamente corresponde a la autoridad decidir, en

nombre del bien común, entre los diversos intereses particulares; pero

debe facilitar a cada uno lo que necesita para llevar una vida

verdaderamente humana: alimento, vestido, salud, trabajo, educación

y cultura, información adecuada, derecho de fundar una familia, etc.

(cf. GS 26, 2).

2304

1909. El bien común implica, finalmente, la paz, es decir, la

estabilidad y la seguridad de un orden justo. Supone, por tanto, que la

2310

autoridad asegura, por medios honestos, la seguridad de la sociedad y

la de sus miembros. El bien común fundamenta el derecho a la

legítima defensa individual y colectiva.

1910. Si toda comunidad humana posee un bien común que la

configura en cuanto tal, la realización más completa de este bien

2244

común se verifica en la comunidad política. Corresponde al Estado

defender y promover el bien común de la sociedad civil, de los

ciudadanos y de las instituciones intermedias.

1911. Las interdependencias humanas se intensifican. Se extienden

poco a poco a toda la tierra. La unidad de la familia humana que

agrupa a seres que poseen una misma dignidad natural, implica un

2438

bien común universal. Este requiere una organización de la comunidad

de naciones capaz de ―[proveer] a las diferentes necesidades de los

hombres, tanto en los campos de la vida social, a los que pertenecen la

alimentación, la salud, la educación [...], como en no pocas situaciones

particulares que pueden surgir en algunas partes, como son [...]

socorrer en sus sufrimientos a los refugiados dispersos por todo el

mundo o de ayudar a los emigrantes y a sus familias‖ (GS 84, 2).

1912. El bien común está siempre orientado hacia el progreso de las

personas: ―El orden social y su progreso deben subordinarse al bien de

1881

las personas y no al contrario‖ (

GS 26, 3). Este orden tiene por base la verdad, se edifica en la justicia, es vivificado por el amor.

III. Responsabilidad y participación

1913. La participación es el compromiso voluntario y generoso de la

persona en los intercambios sociales. Es necesario que todos

participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que

desempeña, en promover el bien común. Este deber es inherente a la

dignidad de la persona humana.

1914. La participación se realiza ante todo con la dedicación a las

tareas cuya responsabilidad personal se asume: por la atención

1734

prestada a la educación de su familia, por la responsabilidad en su

trabajo, el hombre participa en el bien de los demás y de la sociedad

(cf. CA 43).

1915. Los ciudadanos deben cuanto sea posible tomar parte activa en

2239

la vida pública. Las modalidades de esta participación pueden variar

de un país a otro o de una cultura a otra. ―Es de alabar la conducta de

las naciones en las que la mayor parte posible de los ciudadanos

participa con verdadera libertad en la vida pública‖ (GS 31).

1916. La participación de todos en la promoción del bien común

implica, como todo deber ético, una conversión, renovada sin cesar, de

1888

los miembros de la sociedad. El fraude y otros subterfugios mediante

los cuales algunos escapan a la obligación de la ley y a las

2409

prescripciones del deber social deben ser firmemente condenados por

incompatibles con las exigencias de la justicia. Es preciso ocuparse del

desarrollo de instituciones que mejoran las condiciones de la vida

humana (cf. GS 30).

1917. Corresponde a los que ejercen la autoridad reafirmar los valores

que engendran confianza en los miembros del grupo y los estimulan a

ponerse al servicio de sus semejantes. La participación comienza por

la educación y la cultura. ―Podemos pensar, con razón, que la suerte

futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de

1818

transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para

esperar‖ (

GS 31).

Resumen

1918. “No hay [...] autoridad que no provenga de Dios, y las que

existen, por Dios han sido constituidas” ( Rm 13, 1).

1919. Toda comunidad humana necesita una autoridad para

mantenerse y desarrollarse.

1920. “Es notorio que [...] la comunidad política y la autoridad

pública se fundan en la naturaleza humana y por ello pertenecen al

orden querido por Dios” ( GS 74, 3).

1921. La autoridad se ejerce de manera legítima si se aplica a la

prosecución del bien común de la sociedad. Para alcanzarlo debe

emplear medios moralmente aceptables.

1922. La diversidad de regímenes políticos es legítima, con tal que

promuevan el bien de la comunidad.

1923. La autoridad política debe actuar dentro de los límites del

orden moral y debe garantizar las condiciones del ejercicio de la

libertad.

1924. El bien común comprende “el conjunto de aquellas condiciones

de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus

miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección”

( GS 26, 1).

1925. El bien común comporta tres elementos esenciales: el respeto

y la promoción de los derechos fundamentales de la persona; la

prosperidad o el desarrollo de los bienes espirituales y temporales de

la sociedad; la paz y la seguridad del grupo y de sus miembros.

1926. La dignidad de la persona humana implica la búsqueda del

bien común. Cada cual debe preocuparse por suscitar y sostener

instituciones que mejoren las condiciones de la vida humana.

1927. Corresponde al Estado defender y promover el bien común de

la sociedad civil. El bien común de toda la familia humana requiere

una organización de la sociedad internacional.

ARTÍCULO 3

JUSTICIA SOCIAL

1928. La sociedad asegura la justicia social cuando realiza las

condiciones que permiten a las asociaciones y a cada uno conseguir lo

2832

que les es debido según su naturaleza y su vocación. La justicia social

está ligada al bien común y al ejercicio de la autoridad.

I. El respeto de la persona humana

1929. La justicia social sólo puede ser conseguida sobre la base del

respeto de la dignidad trascendente del hombre. La persona representa

1881

el fin último de la sociedad, que está ordenada al hombre:

«La defensa y la promoción de la dignidad humana nos han sido

confiadas por el Creador, y [...] de las que son rigurosa y

responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de

la historia» (SRS 47).

1930. El respeto de la persona humana implica el de los derechos que

1700

se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a

1902

la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda

autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su

legislación positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral

(cf. PT 65). Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos.

Corresponde a la Iglesia recordar estos derechos a los hombres de

buena voluntad y distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas.

1931. El respeto a la persona humana supone respetar este principio:

2212

«Que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo

como ―otro yo‖, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios

necesarios para vivirla dignamente» (GS 27). Ninguna legislación podría por sí misma hacer desaparecer los temores, los prejuicios, las

actitudes de soberbia y de egoísmo que obstaculizan el

establecimiento de sociedades verdaderamente fraternas. Estos

1825

comportamientos sólo cesan con la caridad que ve en cada hombre un

―prójimo‖, un hermano.

1932. El deber de hacerse prójimo de los demás y de servirlos

activamente se hace más acuciante todavía cuando éstos están más

2449

necesitados en cualquier sector de la vida humana. ―Cuanto hicisteis a

uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis‖

( Mt 25, 40).

1933. Este mismo deber se extiende a los que piensan y actúan

diversamente de nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el

perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de

la nueva ley a todos los enemigos (cf. Mt 5, 43-44). La liberación en el

2303

espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en

cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto

enemigo.

II. Igualdad y diferencias entre los hombres

1934. Creados a imagen del Dios único y dotados de una misma alma

racional, todos los hombres poseen una misma naturaleza y un mismo

origen. Rescatados por el sacrificio de Cristo, todos son llamados a

participar en la misma bienaventuranza divina: todos gozan por tanto

225

de una misma dignidad.

1935. La igualdad entre los hombres se deriva esencialmente de su

357

dignidad personal y de los derechos que dimanan de ella:

«Hay que superar y eliminar, como contraria al plan de Dios, toda [...]

forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya

sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social,

lengua o religión» (GS 29,2).

1936. Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es

1879

necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita

de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo

que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes

intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo

beneficiar, a la distribución de las riquezas (GS 29). Los ―talentos‖ no están distribuidos por igual (cf. Mt 25, 14-30, Lc 19, 11-27).

1937. Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que

340

cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen

de ―talentos‖ particulares comuniquen sus beneficios a los que los

necesiten. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las

791

personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación.

Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras:

1202

«¿Es que acaso distribuyo yo las diversas [virtudes] dándole a uno todas o

dándole a éste una y al otro otra particular? [...] A uno la caridad, a otro la

justicia, a éste la humildad, a aquél una fe viva [...] En cuanto a los bienes

temporales, las cosas necesarias para la vida humana las he distribuido

con la mayor desigualdad, y no he querido que cada uno posea todo lo

que le era necesario, para que los hombres tengan así ocasión, por

necesidad, de practicar la caridad unos con otros [...] He querido que unos

necesitasen de otros y que fuesen mis servidores para la distribución de

las gracias y de las liberalidades que han recibido de mí» (Santa Catalina

de Siena, Il dialogo della Divina provvidenza, 7).

2437

1938. Existen también desigualdades escandalosas que afectan a

millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el

Evangelio:

«La igual dignidad de las personas exige que se llegue a una situación de

vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades

2317

económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única

familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la

equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e

internacional» (GS 29).

III. La solidaridad humana

1939. El principio de solidaridad, expresado también con el nombre

2213

de ―amistad‖ o ―caridad social‖, es una exigencia directa de la

fraternidad humana y cristiana (cf. SRS 38-40; CA 10): Un error capital, ―hoy ampliamente extendido y perniciosamente

propalado, consiste en el olvido de la caridad y de aquella necesidad que

los hombres tienen unos de otros; tal caridad viene impuesta tanto por la

360

comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los

hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el

sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su

Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora‖ (Pío XII, Carta

enc. Summi pontificatus).

2402

1940. La solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución

de bienes y la remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo

en favor de un orden social más justo en el que las tensiones puedan

ser mejor resueltas, y donde los conflictos encuentren más fácilmente

su solución negociada.

1941. Los problemas socioeconómicos sólo pueden ser resueltos con

2317

la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres

entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores entre sí, de los

empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre los

pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden

moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella.

1942. La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales.

Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a

1887

la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha

abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las

palabras del Señor: ―Buscad primero su Reino y su justicia, y todas

2632

esas cosas se os darán por añadidura‖ ( Mt 6, 33):

«Desde hace dos mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia el

sentido de responsabilidad colectiva a favor de todos, que ha impulsado e

impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los monjes

agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden

enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las

generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones

sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del

cristiano» (Pío XII, Mensaje radiofónico del 1 de junio de 1941).

Resumen

1943. La sociedad asegura la justicia social procurando las

condiciones que permitan a las asociaciones y a los individuos

obtener lo que les es debido.

1944. El respeto de la persona humana considera al prójimo como

“otro yo”. Supone el respeto de los derechos fundamentales que se

derivan de la dignidad intrínseca de la persona.

1945. La igualdad entre los hombres se vincula a la dignidad de la

persona y a los derechos que de ésta se derivan.

1946. Las diferencias entre las personas obedecen al plan de Dios

que quiere que nos necesitemos los unos a los otros. Esas diferencias

deben alentar la caridad.

1947. La igual dignidad de las personas humanas exige el esfuerzo

para reducir las excesivas desigualdades sociales y económicas.

Impulsa a la desaparición de las desigualdades inicuas.

1948. La solidaridad es una virtud eminentemente cristiana. Es

ejercicio de comunicación de los bienes espirituales aún más que

comunicación de bienes materiales.

CAPÍTULO TERCERO

LA SALVACIÓN DE DIOS:

LA LEY Y LA GRACIA

1949. El hombre, llamado a la bienaventuranza, pero herido por el

pecado, necesita la salvación de Dios. La ayuda divina le viene en

Cristo por la ley que lo dirige y en la gracia que lo sostiene:

«Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación, pues Dios es quien

obra en vosotros el querer y el obrar como bien le parece» ( Flp 2, 12-13).

ARTÍCULO 1

LA LEY MORAL

1950. La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Se la puede definir,

en el sentido bíblico, como una instrucción paternal, una pedagogía de

53

Dios. Prescribe al hombre los caminos, las reglas de conducta que

llevan a la bienaventuranza prometida; proscribe los caminos del mal

1719

que apartan de Dios y de su amor. Es a la vez firme en sus preceptos y

amable en sus promesas.

1951. La ley es una regla de conducta proclamada por la autoridad

competente para el bien común. La ley moral supone el orden racional

establecido entre las criaturas, para su bien y con miras a su fin, por el

poder, la sabiduría y la bondad del Creador. Toda ley tiene en la ley

295

eterna su verdad primera y última. La ley es declarada y establecida

por la razón como una participación en la providencia del Dios vivo,

306

Creador y Redentor de todos. ―Esta ordenación de la razón es lo que

se llama la ley‖ (León XIII, Carta enc. Libertas praestantissimum;

citando a santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 90, a. 1):

«El hombre es el único entre todos los seres animados que puede

gloriarse de haber sido digno de recibir de Dios una ley: animal dotado de

razón, capaz de comprender y de discernir, regular su conducta

301

disponiendo de su libertad y de su razón, en la sumisión al que le ha

sometido todo» (Tertuliano, Adversus Marcionem, 2, 4, 5).

1952. Las expresiones de la ley moral son diversas, y todas están

coordinadas entre sí: la ley eterna, fuente en Dios de todas las leyes; la

ley natural; la ley revelada, que comprende la Ley antigua y la Ley

nueva o evangélica; finalmente, las leyes civiles y eclesiásticas.

578

1953. La ley moral tiene en Cristo su plenitud y su unidad. Jesucristo

es en persona el camino de la perfección. Es el fin de la Ley, porque

sólo Él enseña y da la justicia de Dios: ―Porque el fin de la ley es

Cristo para justificación de todo creyente‖ ( Rm 10, 4).

I. La ley moral natural

307

1954. El hombre participa de la sabiduría y la bondad del Creador que

le confiere el dominio de sus actos y la capacidad de gobernarse con

1776

miras a la verdad y al bien. La ley natural expresa el sentido moral

original que permite al hombre discernir mediante la razón lo que son

el bien y el mal, la verdad y la mentira:

«La ley natural [...] está inscrita y grabada en el alma de todos y cada uno

de los hombres porque es la razón humana que ordena hacer el bien y

prohíbe pecar. Pero esta prescripción de la razón humana no podría tener

fuerza de ley si no fuese la voz y el intérprete de una razón más alta a la

que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar sometidos» (León XIII,

Carta enc. Libertas praestantissimum).

1787

1955. La ley divina y natural (cf. GS 89) muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin. La ley

natural contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida

396

moral. Tiene por raíz la aspiración y la sumisión a Dios, fuente y juez

de todo bien, así como el sentido del prójimo en cuanto igual a sí

mismo. Está expuesta, en sus principales preceptos, en el Decálogo.

2070

Esta ley se llama natural no por referencia a la naturaleza de los seres

irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece

propiamente a la naturaleza humana:

«¿Dónde, pues, están inscritas [estas normas] sino en el libro de esa luz

que se llama la Verdad? Allí está escrita toda ley justa, de allí pasa al

corazón del hombre que cumple la justicia; no que ella emigre a él, sino

que en él pone su impronta a la manera de un sello que de un anillo pasa a

la cera, pero sin dejar el anillo» (San Agustín, De Trinitate, 14, 15, 21).

La ley natural «no es otra cosa que la luz de la inteligencia puesta en

nosotros por Dios; por ella conocemos lo que es preciso hacer y lo que es

preciso evitar. Esta luz o esta ley, Dios la ha dado al hombre en la

creación» (Santo Tomás de Aquino, In duo pracepta caritatis et in decem

Legis praecepta expositio, c. 1).

1956. La ley natural, presente en el corazón de todo hombre y

establecida por la razón, es universal en sus preceptos, y su autoridad

2261

se extiende a todos los hombres. Expresa la dignidad de la persona y

determina la base de sus derechos y sus deberes fundamentales:

«Existe ciertamente una verdadera ley: la recta razón, conforme a la

naturaleza, extendida a todos, inmutable, eterna, que llama a cumplir con

la propia obligación y aparta del mal que prohíbe. [...] Esta ley no puede

ser contradicha, ni derogada en parte, ni del todo» (Marco Tulio Cicerón,

De republica, 3, 22, 33).

1957. La aplicación de la ley natural varía mucho; puede exigir una

reflexión adaptada a la multiplicidad de las condiciones de vida según

los lugares, las épocas y las circunstancias. Sin embargo, en la

diversidad de culturas, la ley natural permanece como una norma que

une entre sí a los hombres y les impone, por encima de las diferencias

inevitables, principios comunes.

1958. La ley natural es inmutable (cf. GS 10) y permanente a través 2072

de las variaciones de la historia; subsiste bajo el flujo de ideas y

costumbres y sostiene su progreso. Las normas que la expresan

permanecen substancialmente valederas. Incluso cuando se llega a

renegar de sus principios, no se la puede destruir ni arrancar del

corazón del hombre. Resurge siempre en la vida de individuos y

sociedades:

«El robo está ciertamente sancionado por tu ley, Señor, y por la ley que

está escrita en el corazón del hombre, y que la misma iniquidad no puede

borrar» (San Agustín, Confessiones, 2, 4, 9).

1959. La ley natural, obra maravillosa del Creador, proporciona los

fundamentos sólidos sobre los que el hombre puede construir el

1879

edificio de las normas morales que guían sus decisiones. Establece

también la base moral indispensable para la edificación de la

comunidad de los hombres. Finalmente proporciona la base necesaria

a la ley civil que se adhiere a ella, bien mediante una reflexión que

extrae las conclusiones de sus principios, bien mediante adiciones de

naturaleza positiva y jurídica.

2071

1960. Los preceptos de la ley natural no son percibidos por todos, sin

dificultad, con firme certeza y sin mezcla alguna de error. En la

situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al hombre

pecador para que las verdades religiosas y morales puedan ser

37

conocidas ―de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin

mezcla de error‖ (Concilio Vaticano I: DS 3005; Pío XII, enc. Humani

generis: DS 3876). La ley natural proporciona a la Ley revelada y a la gracia un cimiento preparado por Dios y armonizado con la obra del

Espíritu.

II. La Ley antigua

1961. Dios, nuestro Creador y Redentor, eligió a Israel como su

62

pueblo y le reveló su Ley, preparando así la venida de Cristo. La Ley

de Moisés contiene muchas verdades naturalmente accesibles a la

razón. Estas están declaradas y autentificadas en el marco de la

Alianza de la salvación.

1962. La Ley antigua es el primer estado de la Ley revelada. Sus

prescripciones morales están resumidas en los Diez mandamientos.

2058

Los preceptos del Decálogo establecen los fundamentos de la

vocación del hombre, formado a imagen de Dios. Prohíben lo que es

contrario al amor de Dios y del prójimo, y prescriben lo que le es

esencial. El Decálogo es una luz ofrecida a la conciencia de todo

hombre para manifestarle la llamada y los caminos de Dios, y para

protegerle contra el mal:

«Dios escribió en las tablas de la Ley lo que los hombres no leían en sus

corazones» (San Agustín, Enarratio in Psalmum 57, 1)

1963. Según la tradición cristiana, la Ley santa (cf. Rm 7, 12)

espiritual (cf. Rm 7, 14) y buena (cf. Rm 7, 16) es todavía imperfecta.

1610

Como un pedagogo (cf. Ga 3, 24) muestra lo que es preciso hacer,

pero no da de suyo la fuerza, la gracia del Espíritu para cumplirlo. A

causa del pecado, que ella no puede quitar, no deja de ser una ley de

servidumbre. Según san Pablo tiene por función principal denunciar

y manifestar el pecado, que forma una ―ley de concupiscencia‖ (cf.

2542

Rm 7) en el corazón del hombre. No obstante, la Ley constituye la

2515

primera etapa en el camino del Reino. Prepara y dispone al pueblo

elegido y a cada cristiano a la conversión y a la fe en el Dios Salvador.

Proporciona una enseñanza que subsiste para siempre, como la Palabra

de Dios.

1964. La Ley antigua es una preparación para el Evangelio. ―La ley

122

es profecía y pedagogía de las realidades venideras‖ (San Ireneo de

Lyon, Adversus haereses, 4, 15, 1). Profetiza y presagia la obra de

liberación del pecado que se realizará con Cristo; suministra al Nuevo

Testamento las imágenes, los ―tipos‖, los símbolos para expresar la

vida según el Espíritu. La Ley se completa mediante la enseñanza de

los libros sapienciales y de los profetas, que la orientan hacia la Nueva

Alianza y el Reino de los cielos.

«Hubo [...], bajo el régimen de la antigua Alianza, gentes que poseían la

caridad y la gracia del Espíritu Santo y aspiraban ante todo a las promesas

espirituales y eternas, en lo cual se adherían a la ley nueva. Y al contrario,

existen, en la nueva Alianza, hombres carnales, alejados todavía de la

perfección de la ley nueva: para incitarlos a las obras virtuosas, el temor

1828

del castigo y ciertas promesas temporales han sido necesarias, incluso

bajo la nueva Alianza. En todo caso, aunque la ley antigua prescribía la

caridad, no daba el Espíritu Santo, por el cual ―la caridad es difundida en

nuestros corazones‖ ( Rm 5,5)» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae,

1-2, q. 107, a. 1, ad 2).

III. La Ley nueva o Ley evangélica

1965. La Ley nueva o Ley evangélica es la perfección aquí abajo de

459

la ley divina, natural y revelada. Es obra de Cristo y se expresa

581

particularmente en el Sermón de la Montaña. Es también obra del

Espíritu Santo, y por él viene a ser la ley interior de la caridad:

―Con

certaré con la casa de Israel una alianza nueva [...] pondré mis

715

leyes en su mente, en sus corazones las grabaré; y yo seré su Dios y

ellos serán mi pueblo‖ (

Hb 8, 8-10; cf. Jr 31, 31-34).

1999

1966. La Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada a los fieles

mediante la fe en Cristo. Actúa por la caridad, utiliza el Sermón del

Señor para enseñarnos lo que hay que hacer, y los sacramentos para

comunicarnos la gracia de realizarlo:

«El que quiera meditar con piedad y perspicacia el Sermón que nuestro

Señor pronunció en la montaña, según lo leemos en el Evangelio de san

Mateo, encontrará en él sin duda alguna cuanto se refiere a las más

perfectas costumbres cristianas, al modo de la carta perfecta de la vida

cristiana [...] He dicho esto para dejar claro que este sermón es perfecto

porque contiene todos los preceptos propios para guiar la vida cristiana»

(San Agustín, De sermone Domine in monte, 1, 1, 1).

577

1967. La Ley evangélica ―da cumplimiento‖ (cf. Mt 5, 17-19),

purifica, supera, y lleva a su perfección la Ley antigua. En las

―Bienaventuranzas‖ da cumplimiento a las promesas divinas

elevándolas y ordenándolas al ―Reino de los cielos‖. Se dirige a los

que están dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres,

los humildes, los afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos a

causa de Cristo, trazando así los caminos sorprendentes del Reino.

1968. La Ley evangélica lleva a plenitud los mandamientos de la

Ley. El Sermón del monte, lejos de abolir o devaluar las

prescripciones morales de la Ley antigua, extrae de ella sus

129

virtualidades ocultas y hace surgir de ella nuevas exigencias: revela

toda su verdad divina y humana. No añade preceptos exteriores

nuevos, pero llega a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el

582

hombre elige entre lo puro y lo impuro (cf. Mt 15, 18-19), donde se

forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las otras virtudes.

El Evangelio conduce así la Ley a su plenitud mediante la imitación de

la perfección del Padre celestial (cf. Mt 5, 48), mediante el perdón de

los enemigos y la oración por los perseguidores, según el modelo de la

generosidad divina (cf. Mt 5, 44).

1969. La Ley nueva practica los actos de la religión: la limosna, la

1434

oración y el ayuno, ordenándolos al ―Padre

[...] que ve en lo secreto‖,

por oposición al deseo ―de ser visto por los hombres‖ (cf. Mt 6, 1-6;

16-18). Su oración es el Padre Nuestro ( Mt 6, 9-13).

1970. La Ley evangélica entraña la elección decisiva entre ―los dos

caminos‖

(cf. Mt 7, 13-14) y la práctica de las palabras del Señor

1696

(cf. Mt 7, 21-27); está resumida en la regla de oro: ―Todo cuanto

1789

queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros; porque

ésta es la ley y los profetas‖ (

Mt 7, 12; cf. Lc 6, 31).

Toda la Ley evangélica está contenida en el “mandamiento

nuevo” de Jesús ( Jn 13, 34): amarnos los unos a los otros como Él nos

1823

ha amado (cf. Jn 15, 12).

1971. Al Sermón del monte conviene añadir la catequesis moral de

las enseñanzas apostólicas, como Rm 12-15; 1 Co 12-13; Col 3-4; Ef

4-5, etc. Esta doctrina transmite la enseñanza del Señor con la

autoridad de los Apóstoles, especialmente exponiendo las virtudes que

se derivan de la fe en Cristo y que anima la caridad, el principal don

del Espíritu Santo. ―Vuestra caridad sea sin fingimiento [...] amándoos

cordialmente los unos a los otros [...] con la alegría de la esperanza;

constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo

las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad‖ ( Rm 12, 9-

13). Esta catequesis nos enseña también a tratar los casos de

1789

conciencia a la luz de nuestra relación con Cristo y con la Iglesia

(cf. Rm 14; 1 Co 5, 10).

782

1972. La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el

amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de

gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe

y los sacramentos; ley de libertad (cf. St 1, 25; 2, 12), porque nos

libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos

inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos

1828

hace pasar de la condición del siervo ―que ignora lo que hace su

señor‖, a la de amigo de Cristo, ―porque todo lo que he oído a mi

Padre os lo he dado a conocer‖ (

Jn 15, 15), o también a la condición

de hijo heredero (cf. Ga 4, 1-7. 21-31; Rm 8, 15).

2053

1973. Más allá de sus preceptos, la Ley nueva contiene los consejos

evangélicos. La distinción tradicional entre mandamientos de Dios y

915

consejos evangélicos se establece por relación a la caridad, perfección

de la vida cristiana. Los preceptos están destinados a apartar lo que es

incompatible con la caridad. Los consejos tienen por fin apartar lo

que, incluso sin serle contrario, puede constituir un impedimento al

desarrollo de la caridad (cf. Santo Tomás de Aquino, Summa

theologiae, 2-2, q. 184, a. 3).

1974. Los consejos evangélicos manifiestan la plenitud viva de una

caridad que nunca se ve contenta por no poder darse más. Atestiguan

2013

su fuerza y estimulan nuestra prontitud espiritual. La perfección de la

Ley nueva consiste esencialmente en los preceptos del amor de Dios y

del prójimo. Los consejos indican vías más directas, medios más

apropiados, y han de practicarse según la vocación de cada uno:

«Dios no quiere que cada uno observe todos los consejos, sino solamente

los que son convenientes según la diversidad de las personas, los tiempos,

las ocasiones, y las fuerzas, como la caridad lo requiera. Porque es ésta la

que, como reina de todas las virtudes, de todos los mandamientos, de

todos los consejos, y en suma de todas las leyes y de todas las acciones

cristianas, da a todos y a todas rango, orden, tiempo y valor» (San

Francisco de Sales, Traité de l'amour de Dieu, 8, 6).

Resumen

1975. Según la sagrada Escritura, la ley es una instrucción paternal

de Dios que prescribe al hombre los caminos que llevan a la

bienaventuranza prometida y proscribe los caminos del mal.

1976. “La ley es una ordenación de la razón para el bien común,

promulgada por el que está a cargo de la comunidad” (Santo Tomás

de Aquino, Summa theologiae , 1-2, q. 90, a. 4).

1977. Cristo es el fin de la ley (cf. Rm 10, 4); sólo Él enseña y otorga

la justicia de Dios.

1978. La ley natural es una participación en la sabiduría y la

bondad de Dios por parte del hombre, formado a imagen de su

Creador. Expresa la dignidad de la persona humana y constituye la

base de sus derechos y sus deberes fundamentales.

1979. La ley natural es inmutable, permanente a través de la

historia. Las normas que la expresan son siempre substancialmente

válidas. Es la base necesaria para la edificación de las normas

morales y la ley civil.

1980. La Ley antigua es la primera etapa de la Ley revelada. Sus

prescripciones morales se resumen en los diez mandamientos.

1981. La Ley de Moisés contiene muchas verdades naturalmente

accesibles a la razón. Dios las ha revelado porque los hombres no las

leían en su corazón.

1982. La Ley antigua es una preparación al Evangelio.

1983. La Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo recibida mediante

la fe en Cristo, que opera por la caridad. Se expresa especialmente en

el Sermón del Señor en la montaña y utiliza los sacramentos para

comunicarnos la gracia.

1984. La Ley evangélica cumple, supera y lleva a su perfección la ley

antigua: sus promesas mediante las bienaventuranzas del Reino de los

cielos, sus mandamientos, reformando el corazón que es la raíz de los

actos.

1985. La Ley nueva es ley de amor, ley de gracia, ley de libertad.

1986. Más allá de sus preceptos, la Ley nueva contiene los consejos

evangélicos. “La santidad de la Iglesia también se fomenta de manera

especial con los múltiples consejos que el Señor propone en el

Evangelio a sus discípulos para que los practiquen” ( LG 42).

ARTÍCULO 2

GRACIA Y JUSTIFICACIÓN

I. La justificación

1987. La gracia del Espíritu Santo tiene el poder de santificarnos, es

734

decir, de lavarnos de nuestros pecados y comunicarnos ―la justicia de

Dios por la fe en Jesucristo‖ ( Rm 3, 22) y por el Bautismo (cf. Rm 6,

3-4):

«Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él,

sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere

más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir

al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios.

Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para

Dios en Cristo Jesús» ( Rm 6, 8-11).

1988. Por el poder del Espíritu Santo participamos en la Pasión de

Cristo, muriendo al pecado, y en su Resurrección, naciendo a una vida

654

nueva; somos miembros de su Cuerpo que es la Iglesia (cf. 1 Co 12),

sarmientos unidos a la Vid que es Él mismo (cf. Jn 15, 1-4)

«Por el Espíritu Santo participamos de Dios [...] Por la participación del

460

Espíritu venimos a ser partícipes de la naturaleza divina [...] Por eso,

aquellos en quienes habita el Espíritu están divinizados» (San Atanasio de

Alejandría, Epistula ad Serapionem, 1, 24).

1989. La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la

1427

conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al

comienzo del Evangelio: ―Convertíos porque el Reino de los cielos

está cerca‖ ( Mt 4, 17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a

Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo

alto. ―La justificación no es solo remisión de los pecados, sino

también santificación y renovación del interior del hombre‖ (Concilio

de Trento: DS 1528).

1990. La justificación libera al hombre del pecado que contradice al

1446

amor de Dios, y purifica su corazón. La justificación es prolongación

de la iniciativa misericordiosa de Dios que otorga el perdón.

Reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y

1733

sana.

1991. La justificación es, al mismo tiempo, acogida de la justicia de

Dios por la fe en Jesucristo. La justicia designa aquí la rectitud del

amor divino. Con la justificación son difundidas en nuestros corazones

la fe, la esperanza y la caridad, y nos es concedida la obediencia a la

1812

voluntad divina.

1992. La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que

617

se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya

sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos

los hombres. La justificación es concedida por el Bautismo,

1266

sacramento de la fe. Nos asemeja a la justicia de Dios que nos hace

interiormente justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la

294

gloria de Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna (cf. Concilio de

Trento: DS 1529):

«Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha

manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la

fe en Jesucristo, para todos los que creen –pues no hay diferencia alguna;

todos pecaron y están privados de la gloria de Dios– y son justificados

por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo

Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su

propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto

los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de

Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él

justo y justificador del que cree en Jesús» ( Rm 3 ,21-26).

2008

1993. La justificación establece la colaboración entre la gracia de

Dios y la libertad del hombre. Por parte del hombre se expresa en el

asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la conversión,

y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo

previene y lo custodia:

2068

«Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del

Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada en absoluto al recibir

aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; y, sin embargo,

sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre,

hacia la justicia delante de Él» (Concilio de Trento: DS 1525).

1994. La justificación es la obra más excelente del amor de Dios,

manifestado en Cristo Jesús y concedido por el Espíritu Santo. San

312

Agustín afirma que ―la justificación del impío [...] es una obra más

grande que la creación del cielo y de la tierra‖ [...] porque ―el cielo y

la tierra pasarán, mientras [...] la salvación y la justificación de los

elegidos permanecerán‖ (San Agustín, In Iohannis evangelium

tractatus, 72, 3). Dice incluso que la justificación de los pecadores

412

supera a la creación de los ángeles en la justicia porque manifiesta una

misericordia mayor.

1995. El Espíritu Santo es el maestro interior. Haciendo nacer al

741

―hombre interior‖ (

Rm 7, 22 ; Ef 3, 16), la justificación implica la

santificación de todo el ser:

«Si en otros tiempos ofrecisteis vuestros miembros como esclavos a la

impureza y al desorden hasta desordenaros, ofrecedlos igualmente ahora a

la justicia para la santidad [...] al presente, libres del pecado y esclavos de

Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna» ( Rm 6, 19. 22).

II. La gracia

1996. Nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. La gracia es

153

el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su

llamada: llegar a ser hijos de Dios (cf. Jn 1, 12-18), hijos adoptivos

(cf. Rm 8, 14-17), partícipes de la naturaleza divina (cf. 2 P 1, 3-4), de

la vida eterna (cf. Jn 17, 3).

1997. La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos

375

introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el

260

cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como

―hijo adoptivo‖ puede ahora llamar ―Padre‖ a Dios, en unión con el

Hijo único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que

forma la Iglesia.

1998. Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende

1719

enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede

revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la

inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como las de toda

creatura (cf. 1 Co 2, 7-9)

1999. La gracia de Cristo es el don gratuito que Dios nos hace de su

vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del

1966

pecado y santificarla: es la gracia santificante o divinizadora, recibida

en el Bautismo. Es en nosotros la fuente de la obra de santificación

(cf. Jn 4, 14; 7, 38-39):

«Por tanto, el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo,

todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por

Cristo» ( 2 Co 5, 17-18).

2000. La gracia santificante es un don habitual, una disposición

estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de

vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre la gracia

habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la vocación

divina, y las gracias actuales, que designan las intervenciones divinas

que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la

santificación.

490

2001. La preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra

de la gracia. Esta es necesaria para suscitar y sostener nuestra

colaboración a la justificación mediante la fe y a la santificación

mediante la caridad. Dios completa en nosotros lo que Él mismo

comenzó, ―porque él, por su acción, comienza haciendo que nosotros

queramos; y termina cooperando con nuestra voluntad ya convertida‖

(San Agustín, De gratia et libero arbitrio, 17, 33):

«Ciertamente nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que

trabajar con Dios que trabaja. Porque su misericordia se nos adelantó para

que fuésemos curados; nos sigue todavía para que, una vez sanados,

seamos vivificados; se nos adelanta para que seamos llamados, nos sigue

para que seamos glorificados; se nos adelanta para que vivamos según la

piedad, nos sigue para que vivamos por siempre con Dios, pues sin él no

podemos hacer nada» (San Agustín, De natura et gratia, 31, 35).

1742

2002. La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre,

porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la

libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra

en la comunión del amor. Dios toca inmediatamente y mueve

directamente el corazón del hombre. Puso en el hombre una aspiración

a la verdad y al bien que sólo Él puede colmar. Las promesas de la

―vida eterna‖ responden, por encima de toda esperanza, a esta

aspiración:

«Si tú descansaste el día séptimo, al término de todas tus obras muy

buenas, fue para decirnos por la voz de tu libro que al término de nuestras

obras, ―que son muy buenas‖ por el hecho de que eres tú quien nos las ha

dado, también nosotros en el sábado de la vida eterna descansaremos en

2550

ti» (San Agustín, Confessiones, 13, 36, 51).

2003. La gracia es, ante todo y principalmente, el don del Espíritu

1108

que nos justifica y nos santifica. Pero la gracia comprende también los

dones que el Espíritu Santo nos concede para asociarnos a su obra,

para hacernos capaces de colaborar en la salvación de los otros y en el

crecimiento del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Estas son las

gracias sacramentales, dones propios de los distintos sacramentos.

1127

Son además las gracias especiales, llamadas también carismas, según

799-881

el término griego empleado por san Pablo, y que significa favor, don

gratuito, beneficio (cf. LG 12). Cualquiera que sea su carácter, a veces extraordinario, como el don de milagros o de lenguas, los carismas

están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común

de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia

(cf. 1 Co 12).

2004. Entre las gracias especiales conviene mencionar las gracias de

estado, que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida

cristiana y de los ministerios en el seno de la Iglesia:

«Teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada, si es el

don de profecía, ejerzámoslo en la medida de nuestra fe; si es el

ministerio, en el ministerio, la enseñanza, enseñando; la exhortación,

exhortando. El que da, con sencillez; el que preside, con solicitud; el que

ejerce la misericordia, con jovialidad» ( Rm 12, 6-8).

2005. La gracia, siendo de orden sobrenatural, escapa a nuestra

experiencia y sólo puede ser conocida por la fe. Por tanto, no podemos

fundarnos en nuestros sentimientos o nuestras obras para deducir de

ellos que estamos justificados y salvados (Concilio de Trento: DS

1533-34). Sin embargo, según las palabras del Señor: ―Por sus frutos

los conoceréis‖ ( Mt 7, 20), la consideración de los beneficios de Dios

en nuestra vida y en la vida de los santos nos ofrece una garantía de

que la gracia está actuando en nosotros y nos incita a una fe cada vez

mayor y a una actitud de pobreza llena de confianza:

Una de las más bellas ilustraciones de esta actitud se encuentra en la

respuesta de santa Juana de Arco a una pregunta capciosa de sus jueces

eclesiásticos: «Interrogada si sabía que estaba en gracia de Dios,

responde: ―Si no lo estoy, que Dios me quiera poner en ella; si estoy, que

Dios me quiera conservar en ella‖» (Santa Juana de Arco,

Dictum: Procès

de condannation).

III. El mérito

«Manifiestas tu gloria en la asamblea de los santos, y, al coronar sus

méritos, coronas tu propia obra» ( Prefacio de los Santos I, Misal

Romano; cf. "Doctor de la gracia" San Agustín, Enarratio in Psalmum,

102, 7).

1723

2006. El término ―mérito‖ designa en general la retribución debida

por parte de una comunidad o una sociedad a la acción de uno de sus

miembros, considerada como obra buena u obra mala, digna de

recompensa o de sanción. El mérito corresponde a la virtud de la

1807

justicia conforme al principio de igualdad que la rige.

2007. Frente a Dios no hay, en el sentido de un derecho estricto,

42

mérito por parte del hombre. Entre Él y nosotros, la desigualdad no

tiene medida, porque nosotros lo hemos recibido todo de Él, nuestro

Creador.

2008. El mérito del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de

306

que Dios ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su

gracia. La acción paternal de Dios es lo primero, en cuanto que Él

impulsa, y el libre obrar del hombre es lo segundo, en cuanto que éste

colabora, de suerte que los méritos de las obras buenas deben

155, 970

atribuirse a la gracia de Dios en primer lugar, y al fiel, seguidamente.

Por otra parte, el mérito del hombre recae también en Dios, pues sus

buenas acciones proceden, en Cristo, de las gracias prevenientes y de

los auxilios del Espíritu Santo.

2009. La adopción filial, haciéndonos partícipes por la gracia de la

naturaleza divina, puede conferirnos, según la justicia gratuita de

Dios, un verdadero mérito. Se trata de un derecho por gracia, el pleno

derecho del amor, que nos hace ―coherederos‖ de Cristo y dignos de

obtener la herencia prometida de la vida eterna (cf. Concilio de

Trento: DS 1546). Los méritos de nuestras buenas obras son dones de

la bondad divina (cf. Concilio de Trento: DS 1548). ―La gracia ha

precedido; ahora se da lo que es debido [...] Los méritos son dones de

604

Dios‖ (San Agustín,

Sermo 298, 4-5).

2010. ―Puesto que la iniciativa en el orden de la gracia pertenece a

Dios, nadie puede merecer la gracia primera, en el inicio de la

1998

conversión, del perdón y de la justificación. Bajo la moción del

Espíritu Santo y de la caridad, podemos después merecer en favor

nuestro y de los demás gracias útiles para nuestra santificación, para el

crecimiento de la gracia y de la caridad, y para la obtención de la vida

eterna. Los mismos bienes temporales, como la salud, la amistad,

pueden ser merecidos según la sabiduría de Dios. Estas gracias y

bienes son objeto de la oración cristiana, la cual provee a nuestra

necesidad de la gracia para las acciones meritorias.

2011. La caridad de Cristo es en nosotros la fuente de todos nuestros

492

méritos ante Dios. La gracia, uniéndonos a Cristo con un amor activo,

asegura el carácter sobrenatural de nuestros actos y, por consiguiente,

su mérito tanto ante Dios como ante los hombres. Los santos han

tenido siempre una conciencia viva de que sus méritos eran pura

gracia.

«Tras el destierro en la tierra espero gozar de ti en la Patria, pero no

quiero amontonar méritos para el Cielo, quiero trabajar sólo por vuestro

amor [...] En el atardecer de esta vida compareceré ante ti con las manos

1460

vacías, Señor, porque no te pido que cuentes mis obras. Todas nuestras

justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso, quiero revestirme de tu

propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de ti mismo»

(Santa Teresa del Niño Jesús, Acte d'offrande á l'Amour miséricordieux:

Récréations pieuses-Priéres).

IV. La santidad cristiana

2012. ―Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de

459

los que le aman [...] a los que de antemano conoció, también los

predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el

primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos

también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los

que justificó, a ésos también los glorificó‖ ( Rm 8, 28-30).

915, 2545

2013. ―Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son

llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la

caridad‖ (

LG 40). Todos son llamados a la santidad: ―Sed perfectos 825

como vuestro Padre celestial es perfecto‖ ( Mt 5, 48):

«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas,

según la medida del don de Cristo [...] para entregarse totalmente a la

gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de

Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a

la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios

producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de

la Iglesia la vida de los santos» (LG 40).

2014. El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima

774

con Cristo. Esta unión se llama ―mística‖, porque participa del

misterio de Cristo mediante los sacramentos –―los santos misterios‖–

y, en Él, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos

a esta unión íntima con Él, aunque las gracias especiales o los signos

extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a

algunos para manifestar así el don gratuito hecho a todos.

2015. El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad

sin renuncia y sin combate espiritual (cf. 2 Tm 4). El progreso

407, 2725,

espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen

1438

gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas:

«El que asciende no termina nunca de subir; y va paso a paso; no se

alcanza nunca el final de lo que es siempre susceptible de perfección. El

deseo de quien asciende no se detiene nunca en lo que ya le es conocido»

(San Gregorio de Nisa, In Canticum homilia 8).

2016. Los hijos de la Santa Madre Iglesia esperan justamente la

gracia de la perseverancia final y de la recompensa de Dios, su Padre,

162, 1821

por las obras buenas realizadas con su gracia en comunión con Jesús

(cf. Concilio de Trento: DS 1576). Siguiendo la misma norma de vida,

los creyentes comparten la ―bienaventurada esperanza‖ de aquellos a

1274

los que la misericordia divina congrega en la ―Ciudad Santa, la nueva

Jerusalén, [...] que baja del cielo, de junto a Dios, engalanada como

una novia ataviada para su esposo‖ ( Ap 21, 2).

Resumen

2017. La gracia del Espíritu Santo nos confiere la justicia de Dios.

El Espíritu, uniéndonos por medio de la fe y el Bautismo a la Pasión y

a la Resurrección de Cristo, nos hace participar en su vida.

2018. La justificación, como la conversión, presenta dos aspectos.

Bajo la moción de la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta

del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto.

2019. La justificación entraña la remisión de los pecados, la

santificación y la renovación del hombre interior.

2020. La justificación nos fue merecida por la Pasión de Cristo. Nos

es concedida mediante el Bautismo. Nos conforma con la justicia de

Dios que nos hace justos. Tiene como finalidad la gloria de Dios y de

Cristo y el don de la vida eterna. Es la obra más excelente de la

misericordia de Dios.

2021. La gracia es el auxilio que Dios nos da para responder a

nuestra vocación de llegar a ser sus hijos adoptivos. Nos introduce en

la intimidad de la vida trinitaria.

2022. La iniciativa divina en la obra de la gracia previene, prepara y

suscita la respuesta libre del hombre. La gracia responde a las

aspiraciones profundas de la libertad humana; y la llama a cooperar

con ella, y la perfecciona.

2023. La gracia santificante es el don gratuito que Dios nos hace de

su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para curarla

del pecado y santificarla.

2024. La gracia santificante nos hace “agradables a Dios”. Los

carismas, que son gracias especiales del Espíritu Santo, están

ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la

Iglesia. Dios actúa así mediante gracias actuales múltiples que se

distinguen de la gracia habitual, que es permanente en nosotros.

2025. El hombre no tiene, por sí mismo, mérito ante Dios sino como

consecuencia del libre designio divino de asociarlo a la obra de su

gracia. El mérito pertenece a la gracia de Dios en primer lugar, y a la

colaboración del hombre en segundo lugar. El mérito del hombre

retorna a Dios.

2026. La gracia del Espíritu Santo, en virtud de nuestra filiación

adoptiva, puede conferirnos un verdadero mérito según la justicia

gratuita de Dios. La caridad es en nosotros la principal fuente de

mérito ante Dios.

2027. Nadie puede merecer la gracia primera que constituye el

inicio de la conversión. Bajo la moción del Espíritu Santo podemos

merecer en favor nuestro y de los demás todas las gracias útiles para

llegar a la vida eterna, como también los necesarios bienes

temporales.

2028. “Todos los fieles cristianos [...] son llamados a la plenitud de

la vida cristiana y a la perfección de la caridad” ( LG 40). “La perfección cristiana sólo tiene un límite: el de no tener límite” (San

Gregorio de Nisa, De vita Moysis, 1, 5).

2029. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,

tome su cruz y sígame” (

Mt 16, 24).

ARTÍCULO 3

LA IGLESIA, MADRE Y MAESTRA

2030. El cristiano realiza su vocación en la Iglesia, en comunión con

todos los bautizados. De la Iglesia recibe la Palabra de Dios, que

contiene las enseñanzas de la ―ley de Cristo‖ ( Ga 6, 2). De la Iglesia

recibe la gracia de los sacramentos que le sostienen en el camino. De

la Iglesia aprende el ejemplo de la santidad; reconoce en la

828

Bienaventurada Virgen María la figura y la fuente de esa santidad; la

1172

discierne en el testimonio auténtico de los que la viven; la descubre en

la tradición espiritual y en la larga historia de los santos que le han

precedido y que la liturgia celebra a lo largo del santoral.

2031. La vida moral es un culto espiritual. Ofrecemos nuestros

1368

cuerpos ―como una hostia viva, santa, agradable a Dios‖ ( Rm 12, 1) en

el seno del Cuerpo de Cristo que formamos y en comunión con la

ofrenda de su Eucaristía. En la liturgia y en la celebración de los

sacramentos, plegaria y enseñanza se conjugan con la gracia de Cristo

para iluminar y alimentar el obrar cristiano. La vida moral, como el

conjunto de la vida cristiana, tiene su fuente y su cumbre en el

Sacrificio Eucarístico.

I. Vida moral y Magisterio de la Iglesia

85-87

888-892

2032. La Iglesia, ―columna y fundamento de la verdad‖ ( 1 Tm 3, 15),

―recibió de los Apóstoles [...] este solemne mandato de Cristo de

anunciar la verdad que nos salva‖ (LG 17). ―Compete siempre y en 2246

2420

todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los

referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera

asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos

fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas‖

(CIC can. 747 §2).

2033. El magisterio de los pastores de la Iglesia en materia moral se

ejerce ordinariamente en la catequesis y en la predicación, con la

ayuda de las obras de los teólogos y de los autores espirituales. Así se

ha transmitido de generación en generación, bajo la dirección y

84

vigilancia de los pastores, el ―depósito‖ de la moral cristiana,

compuesto de un conjunto característico de normas, de mandamientos

y de virtudes que proceden de la fe en Cristo y están vivificados por la

caridad. Esta catequesis ha tomado tradicionalmente como base, junto

al Credo y el Padre Nuestro, el Decálogo que enuncia los principios de

la vida moral válidos para todos los hombres.

2034. El Romano Pontífice y los obispos como ―maestros auténticos

por estar dotados de la autoridad de Cristo [...] predican al pueblo que

tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la

práctica‖ (LG 25). El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han

de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han

de esperar.

2035. El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo

está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se extiende a

todo el depósito de la revelación divina (cf. LG 25); se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin

los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser

salvaguardadas, expuestas u observadas (cf. Congregación para la

Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, 3).

2036. La autoridad del Magisterio se extiende también a los preceptos

1960

específicos de la ley natural, porque su observancia, exigida por el

Creador, es necesaria para la salvación. Recordando las prescripciones

de la ley natural, el Magisterio de la Iglesia ejerce una parte esencial

de su función profética de anunciar a los hombres lo que son en

verdad y de recordarles lo que deben ser ante Dios (cf. DH 14).

2037. La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es enseñada a los fieles

como camino de vida y de verdad. Los fieles, por tanto, tienen el

derecho (cf. CIC can. 213) de ser instruidos en los preceptos divinos salvíficos que purifican el juicio y, con la gracia, sanan la razón

humana herida. Tienen el deber de observar las constituciones y los

decretos promulgados por la autoridad legítima de la Iglesia. Aunque

2041

sean disciplinares, estas determinaciones requieren la docilidad en la

caridad.

2038. En la obra de enseñanza y de aplicación de la moral cristiana,

la Iglesia necesita la dedicación de los pastores, la ciencia de los

teólogos, la contribución de todos los cristianos y de los hombres de

buena voluntad. La fe y la práctica del Evangelio procuran a cada uno

una experiencia de la vida ―en Cristo‖ que ilumina y da capacidad para

estimar las realidades divinas y humanas según el Espíritu de Dios

2442

(cf. 1 Co 2, 10-15). Así el Espíritu Santo puede servirse de los más

humildes para iluminar a los sabios y los constituidos en más alta

dignidad.

2039. Los ministerios deben ejercerse en un espíritu de servicio

fraternal y de entrega a la Iglesia en nombre del Señor (cf. Rm 12,

8.11). Al mismo tiempo, la conciencia de cada cual en su juicio moral

sobre sus actos personales, debe evitar encerrarse en una

consideración individual. Con mayor empeño debe abrirse a la

consideración del bien de todos según se expresa en la ley moral,

natural y revelada, y consiguientemente en la ley de la Iglesia y en la

enseñanza autorizada del Magisterio sobre las cuestiones morales. No

se ha de oponer la conciencia personal y la razón a la ley moral o al

1783

Magisterio de la Iglesia.

2040. Así puede desarrollarse entre los cristianos un verdadero

espíritu filial con respecto a la Iglesia. Es el desarrollo normal de la

gracia bautismal, que nos engendró en el seno de la Iglesia y nos hizo

miembros del Cuerpo de Cristo. En su solicitud materna, la Iglesia nos

concede la misericordia de Dios que va más allá del simple perdón de

nuestros pecados y actúa especialmente en el sacramento de la

167

Reconciliación. Como madre previsora, nos prodiga también en su

liturgia, día tras día, el alimento de la Palabra y de la Eucaristía del

Señor.

II. Los mandamientos de la Iglesia

2041. Los mandamientos de la Iglesia se sitúan en la línea de una vida

moral referida a la vida litúrgica y que se alimenta de ella. El carácter

obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad

eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo

indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el

crecimiento del amor de Dios y del prójimo.

1389

2042. El primer mandamiento («oír misa entera los domingos y demás

fiestas de precepto y no realizar trabajos serviles») exige a los fieles que

2180

santifiquen el día en el cual se conmemora la Resurrección del Señor y las

fiestas litúrgicas principales en honor de los misterios del Señor, de la

Santísima Virgen María y de los santos, en primer lugar participando en la

2177

celebración eucarística en la que se congrega la comunidad cristiana y

descansando de aquellos trabajos y ocupaciones que puedan impedir esa

santificación de esos días (cf. CIC can 1246-1248; CCEO can. 881, 1.2.4).

El segundo mandamiento («confesar los pecados mortales al menos una

vez al año») asegura la preparación a la Eucaristía mediante la recepción del

1457

sacramento de la Reconciliación, que continúa la obra de conversión y de

perdón del Bautismo (cf. CIC can. 989; CCEO can. 719).

1389

El tercer mandamiento («recibir el sacramento de la Eucaristía al menos

por Pascua») garantiza un mínimo en la recepción del Cuerpo y la Sangre del

Señor en conexión con el tiempo de Pascua, origen y centro de la liturgia

cristiana (cf. CIC can. 920; CCEO can. 708-881, 3).

2043. El cuarto mandamiento («abstenerse de comer carne y ayunar en los

1387

días establecidos por la Iglesia») asegura los tiempos de ascesis y de

1438

penitencia que nos preparan para las fiestas litúrgicas y para adquirir el

dominio sobre nuestros instintos, y la libertad del corazón (cf. CIC can.

1249-1251; CCEO can. 882).

El quinto mandamiento («ayudar a la Iglesia en sus necesidades»)

1351

enuncia que los fieles están obligados de ayudar, cada uno según su

posibilidad, a las necesidades materiales de la Iglesia (cf. CIC can. 222).

III. Vida moral y testimonio misionero

2044. La fidelidad de los bautizados es una condición primordial

para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el

852, 905

mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de

irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el

testimonio de vida de los cristianos. ―El mismo testimonio de la vida

cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son

eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios‖ (

AA 6).

2045. Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es

753

Cristo (cf. Ef 1, 22), contribuyen a la edificación de la Iglesia

mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres. La

Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles

828

(cf. LG 39), ―hasta que lleguemos al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo‖ ( Ef 4, 13).

2046. Llevando una vida según Cristo, los cristianos apresuran la 671, 2819

venida del Reino de Dios, ―Reino de justicia, de verdad y de paz‖

( Solemnidad de N. Señor Jesucristo Rey del Universo, Prefacio: Misal

Romano). Esto no significa que abandonen sus tareas terrenas, sino

que, fieles a su Maestro, las cumplen con rectitud, paciencia y amor.

Resumen

2047. La vida moral es un culto espiritual. El obrar cristiano se

alimenta en la liturgia y la celebración de los sacramentos.

2048. Los mandamientos de la Iglesia se refieren a la vida moral y

cristiana, unida a la liturgia, y que se alimenta de ella.

2049. El Magisterio de los pastores de la Iglesia en materia moral se

ejerce ordinariamente en la catequesis y la predicación tomando

como base el Decálogo que enuncia los principios de la vida moral

válidos para todo hombre.

2050. El Romano Pontífice y los obispos, como maestros auténticos,

predican al pueblo de Dios la fe que debe ser creída y aplicada a las

costumbres. A ellos corresponde también pronunciarse sobre las

cuestiones morales que atañen a la ley natural y a la razón.

2051. La infalibilidad del Magisterio de los pastores se extiende a

todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales

las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas,

expuestas u observadas.

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

Éxodo 20, 2-17

Deuteronomio

Fórmula

5, 6-21

catequética*

«Yo soy el Señor tu

«Yo soy el

«Yo soy el

Dios que te ha sacado

Señor,

Señor tu Dios.

del país de Egipto,

tu Dios, que te

de la casa

ha sacado

de servidumbre.

de Egipto, de la

servidumbre.

No habrá para ti otros

No habrá para ti

No habrá para ti

dioses delante de mí.

otros dioses

otros dioses

No te harás escultura

delante de mí...

delante de mí.

ni imagen alguna, ni de lo

que hay arriba en los cielos,

ni de lo que hay abajo

en la tierra.

No te postrarás ante ellas ni

les darás culto, porque yo el Señor,

tu Dios, soy un Dios celoso, que

castigo la

iniquidad de los padres en los hijos,

hasta la tercera y cuarta generación

de los que me

odian, y tengo misericordia

por millares con los que me aman

y guardan mis mandamientos.

No tomarás en falso

No tomarás en

No tomarás

el nombre del Señor, tu Dios,

falso

el nombre de

porque el Señor no dejará

el nombre del

Dios

sin castigo a quien toma

Señor

en vano.

su nombre en falso.

tu Dios...

Recuerda el día del sábado para

Guardarás el día

Santificarás las

santificarlo. Seis días trabajarás y

del sábado para

fiestas.

harás todos tus trabajos,

santificarlo.

pero el séptimo

es día de descanso para el Señor,

tu Dios. No harás ningún trabajo,

ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu

siervo,ni tu sierva, ni tu ganado,

ni el forastero que

habita en tu ciudad.

Pues en seis días hizo

el Señor el cielo y la tierra,

el mar y todo cuanto contienen,

y el séptimo descansó,

por eso bendijo el Señor

el día del sábado

Honra a tu padre y a tu madre para

Honra a tu padre Honrarás a tu

que se prolonguen tus días sobre la

y a tu madre.

padre

tierra que el Señor,

y a tu madre.

tu Dios, te va a dar.

No matarás.

No matarás.

No matarás.

No cometerás adulterio.

No cometerás

No cometerás

adulterio.

actos impuros.

No robarás.

No robarás.

No robarás.

No darás falso testimonio contra tu

No darás

No dirás falso

prójimo.

testimonio falso

testimonio ni

contra tu

mentirás.

prójimo.

No codiciarás la casa de tu prójimo. No desearás la

No consentirás

No codiciarás la mujer de tu

mujer de tu

pensamientos ni

prójimo,

prójimo.

deseos impuros.

ni su siervo, ni su sierva,

No codiciarás

No codiciarás

ni su buey, ni su asno,

nada que sea de

los bienes

ni nada que sea de tu prójimo».

tu prójimo».

ajenos».

* Catecismo Católico, preparado bajo la dirección del Cardenal Gasparri (Libreria Editrice Vaticana 1933, pp. 23-24).

SEGUNDA SECCION:

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

(Fórmulas bíblicas y catequética de los Mandamientos en la página anterior)

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

―MAESTRO, ¿QUÉ HE DE HACER...?‖

2052. ―Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida

eterna?‖ Al joven que le hace esta pregunta, Jesús responde primero

invocando la necesidad de reconocer a Dios como ―el único Bueno‖,

como el Bien por excelencia y como la fuente de todo bien. Luego

Jesús le declara: ―Si quieres entrar en la vida, guarda los

mandamientos‖. Y cita a su inter

locutor los preceptos que se refieren

al amor del prójimo: ―No matarás, no cometerás adulterio, no robarás,

1858

no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre‖.

Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva:

―Amarás a tu prójimo como a ti mismo‖ ( Mt 19, 16-19).

2053. A esta primera respuesta se añade una segunda: ―Si quieres ser

perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un

tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme‖ ( Mt 19, 21). Esta respuesta

no anula la primera. El seguimiento de Jesucristo implica cumplir los

mandamientos. La Ley no es abolida (cf. Mt 5, 17), sino que el

1968

hombre es invitado a encontrarla en la persona de su Maestro, que es

quien le da la plenitud perfecta. En los tres evangelios sinópticos la

llamada de Jesús, dirigida al joven rico, de seguirle en la obediencia

del discípulo, y en la observancia de los preceptos, es relacionada con

el llamamiento a la pobreza y a la castidad (cf. Mt 19, 6-12. 21. 23-

29). Los consejos evangélicos son inseparables de los mandamientos.

1973

2054. Jesús recogió los diez mandamientos, pero manifestó la fuerza

581

del Espíritu operante ya en su letra. Predicó la ―justicia que sobrepasa

la de los escribas y fariseos‖ ( Mt 5, 20), así como la de los paganos

(cf. Mt 5,46-47). Desarrolló todas las exigencias de los mandamientos:

―Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás [...]. Pues yo

os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante

el tribunal‖ ( Mt 5, 21-22).

2055. Cuando le hacen la pregunta: ―¿Cuál es el mandamiento mayor

129

de la Ley?‖ ( Mt 22, 36), Jesús responde: ―Amarás al Señor tu Dios con

todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el

mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste:

Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos

penden toda la Ley y los Profetas‖ ( Mt 22, 37-40; cf. Dt 6, 5; Lv 19,

18). El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único

mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley:

«En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y

todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu

prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad

es, por tanto, la ley en su plenitud» ( Rm 13, 9-10).

EL DECÁLOGO EN LA SAGRADA ESCRITURA

2056. La palabra ―Decálogo‖ significa literalmente ―diez palabras‖

( Ex 34, 28; Dt 4, 13; 10, 4). Estas ―diez palabras‖ Dios las reveló a su

700

pueblo en la montaña santa. Las escribió ―con su Dedo‖ ( Ex 31, 18), a

62

diferencia de los otros preceptos escritos por Moisés (cf. Dt 31, 9.24).

Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente. Son transmitidas

en los libros del Éxodo (cf. Ex 20,1-17) y del Deuteronomio (cf. Dt 5,

6-22). Ya en el Antiguo Testamento, los libros santos hablan de las

―diez palabras‖ (cf. por ejemplo, Os 4, 2; Jr 7, 9; Ez 18, 5-9); pero su

pleno sentido será revelado en la nueva Alianza en Jesucristo.

2057. El Decálogo se comprende ante todo cuando se lee en el con

2084

texto del Éxodo, que es el gran acontecimiento liberador de Dios en el

centro de la antigua Alianza. Las ―diez palabras‖, bien sean formula

das como preceptos negativos, prohibiciones, o bien como

mandamientos positivos (como ―honra a tu padre y a tu madre‖),

indican las condiciones de una vida liberada de la esclavitud del

pecado. El Decálogo es un camino de vida:

«Si [...] amas a tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus

mandamientos, sus preceptos y sus normas, vivirás y te multiplicarás»

( Dt 30, 16).

Esta fuerza liberadora del Decálogo aparece, por ejemplo, en el

2170

mandamiento del descanso del sábado, destinado también a los

extranjeros y a los esclavos:

«Acuérdate de que fuiste esclavo en el país de Egipto y de que tu Dios te

sacó de allí con mano fuerte y con tenso brazo» ( Dt 5, 15).

2058. Las ―diez palabras‖ resumen y proclaman la ley de Dios:

1962

―Estas palabras dijo el Señor a toda vuestra asamblea, en la montaña,

de en medio del fuego, la nube y la densa niebla, con voz potente, y

nada más añadió. Luego las escribió en dos tablas de piedra y me las

entregó a mí‖ ( Dt 5, 22). Por eso estas dos tablas son llamadas ―el

Testimonio‖ ( Ex 25, 169, pues contienen las cláusulas de la Alianza

establecida entre Dios y su pueblo. Estas ―tablas del Testimonio‖

( Ex 31, 18; 32, 15; 34, 29) se debían depositar en el ―arca‖ ( Ex 25, 16;

40, 1-2).

2059. Las ―diez palabras‖ son pronunciadas por Dios dentro de una

teofanía (―el Señor os habló cara a cara en la montaña, en medio del

707

fuego‖:

Dt 5, 4). Pertenecen a la revelación que Dios hace de sí mismo

y de su gloria. El don de los mandamientos es don de Dios y de su

santa voluntad. Dando a conocer su voluntad, Dios se revela a su

2823

pueblo.

2060. El don de los mandamientos de la ley forma parte de la Alianza

sellada por Dios con los suyos. Según el libro del Éxodo, la revelación

de las ―diez palabras‖ es concedida entre la proposición de la Alianza

(cf. Ex 19) y su ratificación (cf. Ex 24), después que el pueblo se

comprometió a ―hacer‖ todo lo que el Señor había dicho y a

―obedecerlo‖ ( Ex 24, 7). El Decálogo no es transmitido sino tras el

recuerdo de la Alianza (―el Señor, nuestro Dios, estableció con

62

nosotros una alianza en Horeb‖: Dt 5, 2).

2061. Los mandamientos reciben su plena significación en el interior

de la Alianza. Según la Escritura, el obrar moral del hombre adquiere

todo su sentido en y por la Alianza. La primera de las ―diez palabras‖

recuerda el amor primero de Dios hacia su pueblo:

«Como había habido, en castigo del pecado, paso del paraíso de la

libertad a la servidumbre de este mundo, por eso la primera frase del

Decálogo, primera palabra de los mandamientos de Dios, se refiere a la

2086

libertad: ―Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la

casa de servidumbre‖» (

Ex 20, 2; Dt 5, 6) (Orígenes, In Exodum homilia

8, 1).

2062. Los mandamientos propiamente dichos vienen en segundo

lugar. Expresan las implicaciones de la pertenencia a Dios instituida

142

por la Alianza. La existencia moral es respuesta a la iniciativa

amorosa del Señor. Es reconocimiento, homenaje a Dios y culto de

2002

acción de gracias. Es cooperación con el designio que Dios se propone

en la historia.

2063. La alianza y el diálogo entre Dios y el hombre están también

confirmados por el hecho de que todas las obligaciones se enuncian en

primera persona (―Yo soy el Señor...‖) y están dirigidas a otro sujeto

878

(―tú‖). En todos los mandamientos de Dios hay un pronombre

personal en singular que designa el destinatario. Al mismo tiempo que

a todo el pueblo, Dios da a conocer su voluntad a cada uno en

particular:

«El Señor prescribió el amor a Dios y enseñó la justicia para con el

prójimo a fin de que el hombre no fuese ni injusto, ni indigno de Dios.

Así, por el Decálogo, Dios preparaba al hombre para ser su amigo y tener

un solo corazón con su prójimo [...]. Las palabras del Decálogo persisten

también entre nosotros (cristianos). Lejos de ser abolidas, han recibido

amplificación y desarrollo por el hecho de la venida del Señor en la

carne» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 16, 3-4).

EL DECÁLOGO EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA

2064. Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición

de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una

significación primordiales.

2065. Desde san Agustín, los ―diez mandamientos‖ ocupan un lugar

preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los fieles. En el

siglo XV se tomó la costumbre de expresar los preceptos del Decálogo en

fórmulas rimadas, fáciles de memorizar, y positivas. Estas fórmulas están

todavía en uso hoy. Los catecismos de la Iglesia han expuesto con frecuencia

la moral cristiana siguiendo el orden de los ―diez mandamientos‖.

2066. La división y numeración de los mandamientos ha variado en el curso

de la historia. El presente catecismo sigue la división de los mandamientos

establecida por san Agustín y que ha llegado a ser tradicional en la Iglesia

católica. Es también la de las confesiones luteranas. Los Padres griegos

hicieron una división algo distinta que se usa en las Iglesias ortodoxas y las

comunidades reformadas.

2067. Los diez mandamientos enuncian las exigencias del amor de

Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios

1853

y los otros siete más al amor del prójimo.

«Como la caridad comprende dos preceptos de los que, según dice el

Señor, penden la ley y los profetas [...], así los diez preceptos se dividen

en dos tablas: tres están escritos en una tabla y siete en la otra» (San

Agustín, Sermo 33, 2, 2).

2068. El Concilio de Trento enseña que los diez mandamientos

obligan a los cristianos y que el hombre justificado está también

1993

obligado a observarlos (cf. DS 1569-1670). Y el Concilio Vaticano II

afirma que: ―Los obispos, como sucesores de los Apóstoles, reciben

del Señor [...] la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el

888

Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el

bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la

salvación‖ (LG 24).

LA UNIDAD DEL DECÁLOGO

2534

2069. El Decálogo forma un todo indisociable. Cada una de las ―diez

palabras‖ remite a cada una de las demás y al conjunto; se condicionan

recíprocamente. Las dos tablas se iluminan mutuamente; forman una

unidad orgánica. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los

otros (cf. St 2, 10-11). No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios

su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres,

que son sus creaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida

social del hombre.

EL DECÁLOGO Y LA LEY NATURAL

2070. Los diez mandamientos pertenecen a la revelación de Dios.

Nos enseñan al mismo tiempo la verdadera humanidad del hombre.

1955

Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto indirectamente, los

derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona

humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la ―ley

natural‖:

«Desde el comienzo, Dios había puesto en el corazón de los hombres los

preceptos de la ley natural. Primeramente se contentó con recordárselos.

Esto fue el Decálogo, el cual, si alguien no lo guarda, no tendrá la

salvación, y no les exigió nada más» (San Ireneo de Lyon, Adversus

haereses, 4, 15, 1).

1960

2071. Aunque accesibles a la sola razón, los preceptos del Decálogo

han sido revelados. Para alcanzar un conocimiento completo y cierto

de las exigencias de la ley natural, la humanidad pecadora necesitaba

esta revelación:

«En el estado de pecado, una explicación plena de los mandamientos del

Decálogo resultó necesaria a causa del oscurecimiento de la luz de la

razón y de la desviación de la voluntad» (San Buenaventura, In quattuor

libros Sententiarum, 3, 37, 1, 3).

Conocemos los mandamientos de la ley de Dios por la revelación

divina que nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz de la conciencia

1777

moral.

L

A OBLIGACIÓN DEL DECÁLOGO

2072. Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales

1858

del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido

primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su

1958

obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de

ellos. Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón

del ser humano.

2073. La obediencia a los mandamientos implica también obligaciones

cuya materia es, en sí misma, leve. Así, la injuria de palabra está

prohibida por el quinto mandamiento, pero sólo podría ser una falta

grave en razón de las circunstancias o de la intención del que la

profiere

―SIN MÍ NO PODÉIS HACER NADA‖

2074. Jesús dice: ―Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que

permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no

2732

podéis hacer nada‖ ( Jn 15, 5). El fruto evocado en estas palabras es la

santidad de una vida hecha fecunda por la unión con Cristo. Cuando

creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus

521

mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus

hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser,

por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. ―Este

es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os

he amado‖ ( Jn 15, 12).

Resumen

2075. “¿Qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida

eterna?” –“Si [...] quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”

( Mt 19, 16-17).

2076. Por su modo de actuar y por su predicación, Jesús ha

atestiguado el valor perenne del Decálogo.

2077. El don del Decálogo fue concedido en el marco de la alianza

establecida por Dios con su pueblo. Los mandamientos de Dios

reciben su significado verdadero en y por esta Alianza.

2078. Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la

Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia

y una significación primordial.

2079. El Decálogo forma una unidad orgánica en la que cada

“palabra” o “mandamiento” remite a todo el conjunto. Transgredir

un mandamiento es quebrantar toda la ley (cf. St 2, 10-11).

2080. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la ley

natural. Lo conocemos por la revelación divina y por la razón

humana.

2081. Los diez mandamientos, en su contenido fundamental, enuncian

obligaciones graves. Sin embargo, la obediencia a estos preceptos

implica también obligaciones cuya materia es, en sí misma, leve.

2082. Dios hace posible por su gracia lo que manda.

CAPÍTULO PRIMERO

«AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS

CON TODO TU CORAZÓN,

CON TODA TU ALMA Y CON TODAS TUS FUERZAS»

2083. Jesús resumió los deberes del hombre para con Dios en estas

palabras: ―Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu

alma y con toda tu mente‖ (

Mt 22, 37; cf. Lc 10, 27: ―...y con todas tus

367

fuerzas‖). Estas palabras siguen inmediatamente a la llamada solemne:

―Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor‖ ( Dt 6, 4).

Dios nos amó primero. El amor del Dios Único es recordado en la

primera de las ―diez palabras‖. Los mandamientos

explicitan a

199

continuación la respuesta de amor que el hombre está llamado a dar a

su Dios.

ARTÍCULO 1

EL PRIMER MANDAMIENTO

«Yo, el Señor, soy tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa

de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás

escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo

que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la

tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto» ( Ex 20, 2-5).

«Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, sólo a él darás culto» ( Mt 4, 10).

I. “Adorarás al Señor tu Dios, y le servirás”

2084. Dios se da a conocer recordando su acción todopoderosa,

bondadosa y liberadora en la historia de aquel a quien se dirige: ―Yo te

2057

saqué del país de Egipto, de la casa de servidumbre‖. La primera

palabra contiene el primer mandamiento de la ley: ―Adorarás al Señor

tu Dios y le servirás [...] no vayáis en pos de otros dioses‖ ( Dt 6, 13-

14). La primera llamada y la justa exigencia de Dios consiste en que el

398

hombre lo acoja y lo adore.

200

2085. El Dios único y verdadero revela ante todo su gloria a Israel

(cf. Ex 19, 16-25; 24, 15-18). La revelación de la vocación y de la

verdad del hombre está ligada a la revelación de Dios. El hombre tiene

1701

la vocación de hacer manifiesto a Dios mediante sus obras humanas,

en conformidad con su condición de criatura hecha ―a imagen y

semejanza de Dios‖ (

Gn 1, 26):

«No habrá jamás otro Dios, Trifón, y no ha habido otro desde los siglos

[...] sino el que ha hecho y ordenado el universo. Nosotros no pensamos

que nuestro Dios es distinto del vuestro. Es el mismo que sacó a vuestros

padres de Egipto ―con su mano poderosa y su brazo extendido‖. Nosotros

no ponemos nuestras esperanzas en otro, (que no existe), sino en el

mismo que vosotros: el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» (San

Justino, Dialogus cum Tryphone Iudaeo, 11, 1).

2086. «El primero de los preceptos abarca la fe, la esperanza y la

212

caridad. En efecto, quien dice Dios, dice un ser constante, inmutable,

siempre el mismo, fiel, perfectamente justo. De ahí se sigue que

nosotros debemos necesariamente aceptar sus Palabras y tener en Él

una fe y una confianza completas. Él es todopoderoso, clemente,

infinitamente inclinado a hacer el bien. ¿Quién podría no poner en él

todas sus esperanzas? ¿Y quién podrá no amarlo contemplando todos

los tesoros de bondad y de ternura que ha derramado en nosotros? De

ahí esa fórmula que Dios emplea en la Sagrada Escritura tanto al

2061

comienzo como al final de sus preceptos: ― Yo soy el Señor‖»

( Catecismo Romano, 3, 2, 4).

1814-1816

LA FE

2087. Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos

143

revela su amor. San Pablo habla de la ―obediencia de la fe‖ ( Rm 1, 5;

16, 26) como de la primera obligación. Hace ver en el

―desconocimiento de Dios‖ el principio y la explicación de todas las

desviaciones morales (cf. Rm 1, 18-32). Nuestro deber para con Dios

es creer en Él y dar testimonio de Él.

2088. El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos

con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se

opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:

La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por

157

verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer. La duda

involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las

objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la

oscuridad de esta. Si la duda se fomenta deliberadamente, puede

conducir a la ceguera del espíritu.

2089. La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el

162

rechazo voluntario de prestarle asentimiento. ―Se llama herejía la

817

negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que

ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la

misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el

rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los

miembros de la Iglesia a él sometidos‖ (CIC can. 751).

L

A ESPERANZA

1817-1821

2090. Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede

responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe

esperar que Dios le dé la capacidad de devolverle el amor y de obrar

1996

conforme a los mandamientos de la caridad. La esperanza es aguardar

confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios;

es también el temor de ofender el amor de Dios y de provocar su

castigo.

2091. El primer mandamiento se refiere también a los pecados contra

la esperanza, que son la desesperación y la presunción:

Por la desesperación, el hombre deja de esperar de Dios su

1864

salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus

pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia –porque el Señor

es fiel a sus promesas– y a su misericordia.

2732

2092. Hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de

sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o

bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas

(esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito).

1822-1829

LA CARIDAD

2093. La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de

responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer

mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las

criaturas por Él y a causa de Él (cf. Dt 6, 4-5).

2094. Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La

indiferencia descuida o rechaza la consideración de la caridad divina;

desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite

o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor.

La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor

divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la

2733

caridad. La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que

2303

viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio a Dios tiene

su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y

lo maldice porque condena el pecado e inflige penas.

II. “A Él sólo darás culto”

2095. ―Las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad,

informan y vivifican las virtudes morales. Así, la caridad nos lleva a

1807

dar a Dios lo que en toda justicia le debemos en cuanto criaturas. La

virtud de la religión nos dispone a esta actitud.

LA ADORACIÓN

2628

2096. La adoración es el primer acto de la virtud de la religión.

Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador,

Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y

misericordioso. ―Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto‖

( Lc 4, 8), dice Jesús citando el Deuteronomio (6, 13).

2097. Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos,

2807

la ―nada de la criatura‖, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es

alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el

Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y

que su nombre es santo (cf. Lc 1, 46-49). La adoración del Dios único

libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del

pecado y de la idolatría del mundo.

LA ORACIÓN

2558

2098. ―Los actos de fe, esperanza y caridad que ordena el primer

mandamiento se realizan en la oración. La elevación del espíritu hacia

Dios es una expresión de nuestra adoración a Dios: oración de

alabanza y de acción de gracias, de intercesión y de súplica. La

oración es una condición indispensable para poder obedecer los

mandamientos de Dios. ―Es preciso orar siempre sin desfallecer‖

2742

( Lc 18, 1).

EL SACRIFICIO

2099. Es justo ofrecer a Dios sacrificios en señal de adoración y de

gratitud, de súplica y de comunión: ―Verdadero sacrificio es toda obra

613

que se hace con el fin de unirnos a Dios en santa compañía, es decir,

relacionada con el fin del bien, merced al cual podemos ser

verdaderamente felices‖ (San Agustín,

De civitate Dei, 10, 6).

2100. El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del

sacrificio espiritual. ―Mi sacrificio es un espíritu contrito...‖ ( Sal 51,

2711

19). Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia

los sacrificios hechos sin participación interior (cf. Am 5, 21-25) o sin

relación con el amor al prójimo (cf. Is 1,10-20). Jesús recuerda las

palabras del profeta Oseas: ―Misericordia quiero, que no sacrificio‖

( Mt 9, 13; 12, 7; cf. Os 6, 6). El único sacrificio perfecto es el que

614

ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por

618

nuestra salvación (cf. Hb 9, 13-14). Uniéndonos a su sacrificio,

podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios.

PROMESAS Y VOTOS

2101. En varias circunstancias, el cristiano es llamado a hacer

1237

promesas a Dios. El Bautismo y la Confirmación, el Matrimonio y la

Ordenación las exigen siempre. Por devoción personal, el cristiano

puede también prometer a Dios un acto, una oración, una limosna, una

1064

peregrinación, etc. La fidelidad a las promesas hechas a Dios es una

manifestación de respeto a la Majestad divina y de amor hacia el Dios

fiel.

2102. ―El voto, es decir, la promesa deliberada y libre hecha a Dios

acerca de un bien posible y mejor, debe cumplirse por la virtud de la

religión‖ (CIC

can. 1191 § 1). El voto es un acto de devoción en el que el cristiano se consagra a Dios o le promete una obra buena. Por tanto,

mediante el cumplimiento de sus votos entrega a Dios lo que le ha

prometido y consagrado. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a

san Pablo cumpliendo los votos que había hecho (cf. Hch 18, 18; 21,

23-24).

2103. La Iglesia reconoce un valor ejemplar a los votos de practicar

1973

los consejos evangélicos (cf. CIC can. 654).

914

«La santa madre Iglesia se alegra de que haya en su seno muchos

hombres y mujeres que siguen más de cerca y muestran más claramente

el anonadamiento de Cristo, escogiendo la pobreza con la libertad de los

hijos de Dios y renunciando a su voluntad propia. Estos, pues, se someten

a los hombres por Dios en la búsqueda de la perfección más allá de lo que

está mandado, para parecerse más a Cristo obediente» (LG 42).

En algunos casos, la Iglesia puede, por razones proporcionadas, dispensar

de los votos y las promesas (CIC can. 692; 1196- 1197).

EL DEBER SOCIAL DE LA RELIGIÓN Y EL DERECHO A LA LIBERTAD

RELIGIOSA

2104. ―Todos los hombres [...] están obligados a buscar la verdad,

2467

sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez

conocida, a abrazarla y practicarla‖ (

DH 1). Este deber se desprende de ―su misma naturaleza‖ (DH 2). No contradice al ―respeto sincero‖

hacia las diversas religiones, que ―no pocas veces reflejan, sin

embargo, [...] un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los

851

hombres‖ (

NA 2), ni a la exigencia de la caridad que empuja a los cristianos ―a tratar con amor, prudencia y paciencia a los hombres que

viven en el error o en la ignorancia de la fe‖ (DH 14).

2105. El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al

hombre individual y socialmente considerado. Esa es ―la doctrina

tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las

sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de

Cristo‖ (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia 854

trabaja para que puedan ―informar con el espíritu cristiano el

pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la

898

comunidad en la que cada uno vive‖ (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y

del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera

religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf. DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf. AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en

particular, sobre las sociedades humanas (cf. León XIII, Carta

enc. Immortale Dei; Pío XI, Carta enc. Quas primas).

160

2106. ―En materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su

1782

conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella, pública o

privadamente, solo o asociado con otros, dentro de los debidos

1738

límites‖ (DH 2; cf. GS 26). Este derecho se funda en la naturaleza misma de la persona humana, cuya dignidad le hace adherirse

libremente a la verdad divina, que trasciende el orden temporal. Por

eso, ―permanece aún en aquellos que no cumplen la obligación de

buscar la verdad y adherirse a ella‖ (DH 2).

2107. ―Si, teniendo en cuenta las circunstancias peculiares de los pueblos,

se concede a una comunidad religiosa un reconocimiento civil especial en el

ordenamiento jurídico de la sociedad, es necesario que al mismo tiempo se

reconozca y se respete el derecho a la libertad en materia religiosa a todos

los ciudadanos y comunidades religiosas‖ (DH 6).

1740

2108. El derecho a la libertad religiosa no es ni la permisión moral de

adherirse al error (cf. León XIII, Carta enc. Libertas praestantissimum),

ni un supuesto derecho al error (cf. Pío XII, discurso 6 diciembre

1953), sino un derecho natural de la persona humana a la libertad civil,

es decir, a la inmunidad de coacción exterior, en los justos límites, en

materia religiosa por parte del poder político. Este derecho natural

debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad de

manera que constituya un derecho civil (cf. DH 2).

2244

2109. El derecho a la libertad religiosa no puede ser de suyo ni ilimitado

(cf. Pío VI, breve Quod aliquantum), ni limitado solamente por un ―orden

público‖ concebido de manera positivista o naturalista (cf. Pío IX, Carta

enc. Quanta cura"). Los ―justos límites‖ que le son inherentes deben ser

determinados para cada situación social por la prudencia política, según las

1906

exigencias del bien común, y ratificados por la autoridad civil según ―normas

jurídicas, conforme con el orden moral objetivo‖ (DH 7).

III. “No habrá para ti otros dioses delante de mí”

2110. El primer mandamiento prohíbe honrar a dioses distintos del

Único Señor que se ha revelado a su pueblo. Proscribe la superstición

y la irreligión. La superstición representa en cierta manera una

perversión, por exceso, de la religión. La irreligión es un vicio opuesto

por defecto a la virtud de la religión.

LA SUPERSTICIÓN

2111. La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de

las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al

verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de

algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o

necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones

o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones

interiores que exigen, es caer en la superstición (cf. Mt 23, 16-22).

LA IDOLATRÍA

2112. El primer mandamiento condena el politeísmo. Exige al

hombre no creer en otros dioses que el Dios verdadero. Y no venerar

210

otras divinidades que al único Dios. La Escritura recuerda

constantemente este rechazo de los ―ídolos [...] oro y plata, obra de las

manos de los hombres‖, que ―tienen boca y no hablan, ojos y no ven‖.

Estos ídolos vanos hacen vano al que les da culto: ―Como ellos serán

los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza‖ ( Sal 115, 4-

5.8; cf. Is 44, 9-20; Jr 10, 1-16; Dn 14, 1-30; Ba 6; Sb 13, 1-15,19).

Dios, por el contrario, es el ―Dios vivo‖ ( Jos 3, 10; Sal 42, 3, etc.), que

da vida e interviene en la historia.

2113. La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo.

Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es

398

Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y

2534

reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de

demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza,

2289

de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. ―No podéis servir a

Dios y al dinero‖, dice Jesús ( Mt 6, 24). Numerosos mártires han

2473

muerto por no adorar a ―la Bestia‖ (cf. Ap 13-14), negándose incluso a

simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por

tanto, incompatible con la comunión divina (cf. Gál 5, 20; Ef 5, 5).

2114. La vida humana se unifica en la adoración del Dios Único. El

mandamiento de adorar al único Señor da unidad al hombre y lo salva

de una dispersión infinita. La idolatría es una perversión del sentido

religioso innato en el hombre. El idólatra es el que ―aplica a cualquier

cosa, en lugar de a Dios, la indestructible noción de Dios‖ (Orígenes,

Contra Celsum, 2, 40).

ADIVINACIÓN Y MAGIA

2115. Dios puede revelar el porvenir a sus profetas o a otros santos.

Sin embargo, la actitud cristiana justa consiste en entregarse con

305

confianza en las manos de la providencia en lo que se refiere al futuro

y en abandonar toda curiosidad malsana al respecto. Sin embargo, la

imprevisión puede constituir una falta de responsabilidad.

2116. Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso

a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras

prácticas que equivocadamente se supone ―desvelan‖ el porvenir

(cf. Dt 18, 10; Jr 29, 8). La consulta de horóscopos, la astrología, la

quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los

fenómenos de visión, el recurso a ―mediums‖ encierran una voluntad

de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la

vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están

en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor

amoroso, que debemos solamente a Dios.

2117. Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que

se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y

obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo –aunque sea para

procurar la salud–, son gravemente contrarias a la virtud de la religión.

Estas prácticas son más condenables aún cuando van acompañadas de

una intención de dañar a otro, recurran o no a la intervención de los

demonios. Llevar amuletos es también reprensible. El espiritismo

implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por eso la

Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él. El recurso a las

medicinas llamadas tradicionales no legítima ni la invocación de las

potencias malignas, ni la explotación de la credulidad del prójimo.

LA IRRELIGIÓN

2118. El primer mandamiento de Dios reprueba los principales

pecados de irreligión: la acción de tentar a Dios con palabras o con

obras, el sacrilegio y la simonía.

2119. La acción de tentar a Dios consiste en poner a prueba, de

palabra o de obra, su bondad y su omnipotencia. Así es como Satán

394

quería conseguir de Jesús que se arrojara del templo y obligase a Dios,

mediante este gesto, a actuar (cf. Lc 4, 9). Jesús le opone las palabras

de Dios: ―No tentaréis al Señor, vuestro Dios‖ ( Dt 6, 16). El reto que

contiene este tentar a Dios lesiona el respeto y la confianza que

debemos a nuestro Creador y Señor. Incluye siempre una duda

2088

respecto a su amor, su providencia y su poder (cf. 1 Co 10, 9; Ex 17,

2-7; Sal 95, 9).

2120. El sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los

sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las

cosas y los lugares consagrados a Dios. El sacrilegio es un pecado

grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía, pues en este

sacramento el Cuerpo de Cristo se nos hace presente substancialmente

1374

(cf. CIC can. 1367. 1376).

2121. La simonía (cf. Hch 8, 9-24) se define como la compra o venta

de cosas espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el poder

espiritual del que vio dotado a los Apóstoles, Pedro le responde:

―Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues h

as pensado que el don

de Dios se compra con dinero‖ ( Hch 8, 20). Así se ajustaba a las

palabras de Jesús: ―Gratis lo recibisteis, dadlo gratis‖ ( Mt 10, 8; cf. ya

1578

Is 55, 1). Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de

comportarse respecto a ellos como un poseedor o un dueño, pues

tienen su fuente en Dios. Sólo es posible recibirlos gratuitamente de

Él.

2122. ―Fuera de las ofrendas determinadas por la autoridad competente, el

ministro no debe pedir nada por la administración de los sacramentos, y ha

de procurar siempre que los necesitados no queden privados de la ayuda de

los sacramentos por razón de su pobreza‖ (CIC

can. 848). La autoridad

competente puede fijar estas ―ofrendas‖ atend

iendo al principio de que el

pueblo cristiano debe contribuir al sostenimiento de los ministros de la

Iglesia. ―El obrero merece su sustento‖ (

Mt 10, 10; cf. Lc 10, 7; 1 Co 9, 5-

18; 1 Tm 5, 17-18).

EL ATEÍSMO

29

2123. ―Muchos [...] de nuestros contemporáneos no perciben de

ninguna manera esta unión íntima y vital con Dios o la rechazan

explícitamente, hasta tal punto que el ateísmo debe ser considerado

entre los problemas más graves de esta época‖ (GS 19, 1).

2124. El nombre de ateísmo abarca fenómenos muy diversos. Una

forma frecuente del mismo es el materialismo práctico, que limita sus

necesidades y sus ambiciones al espacio y al tiempo. El humanismo

ateo considera falsamente que el hombre es ―el fin de sí mismo, el

único artífice y demiurgo único de su propia historia‖ (GS 20, 1). Otra forma del ateísmo contemporáneo espera la liberación del hombre de

una liberación económica y social para la que ―la religión, por su

propia naturaleza, constituiría un obstáculo, porque, al orientar la

esperanza del hombre hacia una vida futura ilusoria, lo apartaría de la

construcción de la ciudad terrena‖ (GS 20, 2).

2125. En cuanto rechaza o niega la existencia de Dios, el ateísmo es

un pecado contra la virtud de la religión (cf. Rm 1,18). La

1735

imputabilidad de esta falta puede quedar ampliamente disminuida en

virtud de las intenciones y de las circunstancias. En la génesis y

difusión del ateísmo ―puede corresponder a los creyentes una parte no

pequeña; en cuanto que, por descuido en la educación para la fe, por

una exposición falsificada de la doctrina, o también por los defectos de

su vida religiosa, moral y social, puede decirse que han velado el

verdadero rostro de Dios y de la religión, más que revelarlo‖

(GS 19,3).

2126. Con frecuencia el ateísmo se funda en una concepción falsa de

396

la autonomía humana, llevada hasta el rechazo de toda dependencia

respecto a Dios (GS 20, 1). Sin embargo, ―el reconocimiento de Dios no se opone en ningún modo a la dignidad del hombre, ya que esta

dignidad se funda y se perfecciona en el mismo Dios‖ (GS 21, 3). ―La 154

Iglesia sabe muy bien que su mensaje conecta con los deseos más

profundos del corazón humano‖ (GS 21, 7).

EL AGNOSTICISMO

2127. El agnosticismo reviste varias formas. En ciertos casos, el

agnóstico se resiste a negar a Dios; al contrario, postula la existencia

de un ser trascendente que no podría revelarse y del que nadie podría

decir nada. En otros casos, el agnóstico no se pronuncia sobre la

existencia de Dios, manifestando que es imposible probarla e incluso

36

afirmarla o negarla.

2128. El agnosticismo puede contener a veces una cierta búsqueda de

Dios, pero puede igualmente representar un indiferentismo, una huida

ante la cuestión última de la existencia, y una pereza de la conciencia

1036

moral. El agnosticismo equivale con mucha frecuencia a un ateísmo

práctico

IV. “No te harás escultura alguna...”

1159-1162

2129. El mandamiento divino implicaba la prohibición de toda

representación de Dios por mano del hombre. El Deuteronomio lo

explica así: ―Puesto que no visteis figura alguna el día en que el Señor

os habló en el Horeb de en medio del fuego, no vayáis a prevaricar y

os hagáis alguna escultura de cualquier representación que sea...‖

( Dt 4, 15-16). Quien se revela a Israel es el Dios absolutamente

300

Trascendente. ―Él lo es todo‖, pero al mismo tiempo ―está por encima

2500

de todas sus obras‖ ( Si 43, 27- 28). Es la fuente de toda belleza creada

(cf. Sb 13, 3).

2130. Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento Dios ordenó o

permitió la institución de imágenes que conducirían simbólicamente a

la salvación por el Verbo encarnado: la serpiente de bronce (cf. Nm

21,4-9; Sb 16,5-14; Jn 3, 14-15), el arca de la Alianza y los querubines

(cf. Ex 25, 10-12; 1 R 6, 23-28; 7, 23-26).

476

2131. Fundándose en el misterio del Verbo encarnado, el séptimo

Concilio Ecuménico (celebrado en Nicea el año 787), justificó contra

los iconoclastas el culto de las sagradas imágenes: las de Cristo, pero

también las de la Madre de Dios, de los ángeles y de todos los santos.

El Hijo de Dios, al encarnarse, inauguró una nueva ―economía‖ de las

imágenes.

2132. El culto cristiano de las imágenes no es contrario al primer

mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, ―el honor dado a una

imagen se remonta al modelo original‖ (San Basilio Magno, Liber de

Spiritu Sancto, 18, 45), ―el que venera una imagen, venera al que en

ella está representado‖ (Concilio de Nicea II: DS 601; cf. Concilio de

Trento: DS 1821-1825; Concilio Vaticano II: SC 125; LG 67). El honor tributado a las imágenes sagradas es una ―veneración

respetuosa‖, no una adoración, que sólo corresponde a Dios:

«El culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como

realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos

conducen a Dios encarnado. Ahora bien, el movimiento que se dirige a la

imagen en cuanto tal, no se detiene en ella, sino que tiende a la realidad

de la que ella es imagen» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-

2, q. 81, a. 3, ad 3).

Resumen

2133. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu

alma y con todas tus fuerzas” ( Dt 6, 59).

2134. El primer mandamiento llama al hombre para que crea en

Dios, espere en Él y lo ame sobre todas las cosas.

2135. “Al Señor tu Dios adorarás” ( Mt 4, 10). Adorar a Dios, orar a

Él, ofrecerle el culto que le corresponde, cumplir las promesas y los

votos que se le han hecho, son todos ellos actos de la virtud de la

religión que constituyen la obediencia al primer mandamiento.

2136. El deber de dar a Dios un culto auténtico corresponde al

hombre individual y socialmente considerado.

2137. El hombre debe “poder profesar libremente la religión en

público y en privado” ( DH 15).

2138. La superstición es una desviación del culto que debemos al

verdadero Dios, la cual conduce a la idolatría y a distintas formas de

adivinación y de magia. ‖

2139. La acción de tentar a Dios de palabra o de obra, el sacrilegio

y la simonía son pecados de irreligión, prohibidos por el primer

mandamiento.

2140. El ateísmo, en cuanto niega o rechaza la existencia de Dios, es

un pecado contra el primer mandamiento.

2141. El culto de las imágenes sagradas está fundado en el misterio

de la Encarnación del Verbo de Dios. No es contrario al primer

mandamiento.

ARTÍCULO 2

EL SEGUNDO MANDAMIENTO

«No tomarás en falso el nombre del Señor tu Dios» ( Ex 20, 7; Dt 5, 11).

«Se dijo a los antepasados: ―No perjurarás‖... Pues yo os digo que no

juréis en modo alguno» ( Mt 5, 33-34).

2807-2815

I. El Nombre del Señor es santo

2142. El segundo mandamiento prescribe respetar el nombre del

Señor. Pertenece, como el primer mandamiento, a la virtud de la

religión y regula más particularmente el uso de nuestra palabra en las

cosas santas.

2143. Entre todas las palabras de la Revelación hay una, singular,

203

que es la revelación de su Nombre. Dios confía su Nombre a los que

creen en Él; se revela a ellos en su misterio personal. El don del

Nombre pertenece al orden de la confidencia y la intimidad. ―El

nombre del Señor es santo‖. Por eso el hombre no puede usar mal de

435

él. Lo debe guardar en la memoria en un silencio de adoración

amorosa (cf. Za 2, 17). No lo empleará en sus propias palabras, sino

para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo (cf. Sal 29, 2; 96, 2; 113, 1-2).

2144. La deferencia respecto a su Nombre expresa la que es debida al

misterio de Dios mismo y a toda la realidad sagrada que evoca. El

sentido de lo sagrado pertenece a la virtud de la religión:

«Los sentimientos de temor y de ―lo sagrado‖ ¿son sentimientos

cristianos o no? [...] Nadie puede dudar razonablemente de ello. Son los

sentimientos que tendríamos, y en un grado intenso, si tuviésemos la

visión del Dios soberano. Son los sentimientos que tendríamos si

verificásemos su presencia. En la medida en que creemos que está

presente, debemos tenerlos. No tenerlos es no verificar, no creer que está

presente» (Juan Enrique Newman, Parochial and Plain Sermons, v.

5, Sermon 2).

2145. El fiel cristiano debe dar testimonio del nombre del Señor

2472

confesando su fe sin ceder al temor (cf. Mt 10, 32; 1 Tm 6, 12). La

predicación y la catequesis deben estar penetradas de adoración y de

respeto hacia el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

427

2146. El segundo mandamiento prohíbe abusar del nombre de Dios,

es decir, todo uso inconveniente del nombre de Dios, de Jesucristo, de

la Virgen María y de todos los santos.

2147. Las promesas hechas a otro en nombre de Dios comprometen

2101

el honor, la fidelidad, la veracidad y la autoridad divinas. Deben ser

respetadas en justicia. Ser infiel a ellas es abusar del nombre de Dios

y, en cierta manera, hacer de Dios un mentiroso (cf. 1 Jn 1, 10).

2148. La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento.

Consiste en proferir contra Dios –interior o exteriormente– palabras de

odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en

las expresiones, en abusar del nombre de Dios. Santiago reprueba a

―los que blasfeman el hermoso Nombre (de Jesús) que ha sido

invocado sobre ellos‖ ( St 2, 7). La prohibición de la blasfemia se

extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las

cosas sagradas. Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para

justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar

o dar muerte. El abuso del nombre de Dios para cometer un crimen

provoca el rechazo de la religión.

La blasfemia es contraria al respeto debido a Dios y a su santo

nombre. Es de suyo un pecado grave (cf. CIC can. 1396).

1756

2149. Las palabras mal sonantes que emplean el nombre de Dios sin

intención de blasfemar son una falta de respeto hacia el Señor. El

segundo mandamiento prohíbe también el uso mágico del Nombre

divino.

«El Nombre de Dios es grande allí donde se pronuncia con el respeto

debido a su grandeza y a su Majestad. El nombre de Dios es santo allí

donde se le nombra con veneración y temor de ofenderle» (San

Agustín, De sermone Domini in monte, 2, 5, 19).

II. Tomar el Nombre del Señor en vano

2150. El segundo mandamiento prohíbe el juramento en falso. Hacer

juramento o jurar es tomar a Dios por testigo de lo que se afirma. Es

invocar la veracidad divina como garantía de la propia veracidad. El

juramento compromete el nombre del Señor. ―Al Señor tu Dios

temerás, a él le servirás, por su nombre jurarás‖ ( Dt 6, 13).

2151. La reprobación del juramento en falso es un deber para con

215

Dios. Como Creador y Señor, Dios es la norma de toda verdad. La

palabra humana está de acuerdo o en oposición con Dios que es la

Verdad misma. El juramento, cuando es veraz y legítimo, pone de

relieve la relación de la palabra humana con la verdad de Dios. El

falso juramento invoca a Dios como testigo de una mentira.

2476

2152. Es perjuro quien, bajo juramento, hace una promesa que no

tiene intención de cumplir, o que, después de haber prometido bajo

1756

juramento, no mantiene. El perjurio constituye una grave falta de

respeto hacia el Señor que es dueño de toda palabra. Comprometerse

mediante juramento a hacer una obra mala es contrario a la santidad

del Nombre divino.

2153. Jesús expuso el segundo mandamiento en el Sermón de la

Montaña: «Habéis oído que se dijo a los antepasados: ―no perjurar

ás,

sino que cumplirás al Señor tus juramentos‖. Pues yo os digo que no

juréis en modo alguno... sea vuestro lenguaje: ―sí, sí‖; ―no, no‖: que lo

que pasa de aquí viene del Maligno» ( Mt 5, 33-34.37; cf. St 5, 12).

Jesús enseña que todo juramento implica una referencia a Dios y que

2466

la presencia de Dios y de su verdad debe ser honrada en toda palabra.

La discreción del recurso a Dios al hablar va unida a la atención

respetuosa a su presencia, reconocida o menospreciada en cada una de

nuestras afirmaciones.

2154. Siguiendo a san Pablo (cf. 2 Co 1, 23; Ga 1, 20), la Tradición

de la Iglesia ha comprendido las palabras de Jesús en el sentido de que

no se oponen al juramento cuando éste se hace por una causa grave y

justa (por ejemplo, ante el tribunal). ―El juramento, es decir, la

invocación del Nombre de Dios como testigo de la verdad, sólo puede

prestarse con verdad, con sensatez y con justicia‖ (CIC

can. 1199 §1).

2155. La santidad del nombre divino exige no recurrir a él por

motivos fútiles, y no prestar juramento en circunstancias que pudieran

hacerlo interpretar como una aprobación de una autoridad que lo

exigiese injustamente. Cuando el juramento es exigido por autoridades

1903

civiles ilegítimas, puede ser rehusado. Debe serlo, cuando es impuesto

con fines contrarios a la dignidad de las personas o a la comunión de

la Iglesia.

III. El nombre cristiano

2156. El sacramento del Bautismo es conferido ―en el nombre del

232

Padre y del Hijo y del Espíritu Santo‖ ( Mt 28,19). En el bautismo, el

nombre del Señor santifica al hombre, y el cristiano recibe su nombre

en la Iglesia. Puede ser el nombre de un santo, es decir, de un

1267

discípulo que vivió una vida de fidelidad ejemplar a su Señor. Al ser

puesto bajo el patrocinio de un santo, se ofrece al cristiano un modelo

de caridad y se le asegura su intercesión. El ―nombre de Bautismo‖

puede expresar también un misterio cristiano o una virtud cristiana.

―Procuren los padres, los padrinos y el párroco que no se imponga un

nombre ajeno al sentir cristiano‖ (CIC can. 855).

2157. El cristiano comienza su jornada, sus oraciones y sus acciones

con la señal de la cruz, ―en el nombre de

l Padre y del Hijo y del

1235

Espíritu Santo. Amén‖. El bautizado consagra la jornada a la gloria de

Dios e invoca la gracia del Señor que le permite actuar en el Espíritu

como hijo del Padre. La señal de la cruz nos fortalece en las

1668

tentaciones y en las dificultades.

2158. Dios llama a cada uno por su nombre (cf. Is 43, 1; Jn 10, 3). El

nombre de todo hombre es sagrado. El nombre es la imagen de la

persona. Exige respeto en señal de la dignidad del que lo lleva.

2159. El nombre recibido es un nombre de eternidad. En el reino de

Dios, el carácter misterioso y único de cada persona marcada con el

nombre de Dios brillará a plena luz. ―Al vencedor [...] le daré una

piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que

nadie conoce, sino el que lo recibe‖ ( Ap 2, 17). ―Miré entonces y había

un Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión, y con él ciento

cuarenta y cuatro mil, que llevaban escrito en la frente el nombre del

Cordero y el nombre de su Padre‖ ( Ap 14, 1).

Resumen

2160. “Señor, Dios Nuestro, ¡qué admirable es tu nombre por toda

la tierra!” (

Sal 8, 2).

2161. El segundo mandamiento prescribe respetar el nombre del

Señor. El nombre del Señor es santo.

2162. El segundo mandamiento prohíbe todo uso inconveniente del

nombre de Dios. La blasfemia consiste en usar de una manera

injuriosa el nombre de Dios, de Jesucristo, de la Virgen María y de

los santos.

2163. El juramento en falso invoca a Dios como testigo de una

mentira. El perjurio es una falta grave contra el Señor, que es siempre

fiel a sus promesas.

2164. “No jurar ni por Criador ni por criatura, si no fuere con

verdad, necesidad y reverencia” (San Ignacio de Loyola, Ejercicios

Espirituales, 38).

2165. En el Bautismo, la Iglesia da un nombre al cristiano. Los

padres, los padrinos y el párroco deben procurar que se dé un nombre

cristiano al que es bautizado. El patrocinio de un santo ofrece un

modelo de caridad y asegura su intercesión.

2166. El cristiano comienza sus oraciones y sus acciones haciendo la

señal de la cruz “en e

l nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu

Santo. Amén”.

2167. Dios llama a cada uno por su nombre (cf. Is 43, 1).

ARTÍCULO 3

EL TERCER MANDAMIENTO

«Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás

todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu

Dios. No harás ningún trabajo» ( Ex 20, 8-10; cf. Dt 5, 12-15).

«El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el

sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es Señor del sábado»

( Mc 2, 27-28).

346-348

I. El día del sábado

2168. El tercer mandamiento del Decálogo proclama la santidad del

sábado: ―El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al

Señor‖ ( Ex 31, 15).

2057

2169. La Escritura hace a este propósito memoria de la creación:

―Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo

cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el

día del sábado y lo hizo sagrado‖ ( Ex 20, 11).

2170. La Escritura ve también en el día del Señor un memorial de la

liberación de Israel de la esclavitud de Egipto: ―Acuérdate de que

fuiste esclavo en el país de Egipto y de que el Señor tu Dios te sacó de

allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso el Señor tu Dios te ha

mandado guardar el día del sábado‖ ( Dt 5, 15).

2171. Dios confió a Israel el sábado para que lo guardara como signo

de la alianza inquebrantable (cf. Ex 31, 16). El sábado es para el

Señor, santamente reservado a la alabanza de Dios, de su obra de

creación y de sus acciones salvíficas en favor de Israel.

2172. La acción de Dios es el modelo de la acción humana. Si Dios

2184

―tomó respiro‖ el día séptimo ( Ex 31, 17), también el hombre debe

―descansar‖ y hacer que los demás, sobre todo los

pobres, ―recobren

aliento‖ ( Ex 23, 12). El sábado interrumpe los trabajos cotidianos y

concede un respiro. Es un día de protesta contra las servidumbres del

trabajo y el culto al dinero (cf. Ne 13, 15-22; 2 Cro 36, 21).

2173. El Evangelio relata numerosos incidentes en que Jesús fue

582

acusado de quebrantar la ley del sábado. Pero Jesús nunca falta a la

santidad de este día (cf. Mc 1, 21; Jn 9, 16), sino que con autoridad da

la interpretación auténtica de esta ley: ―El sábado ha sido instituido

para el hombre y no el hombre para el sábado‖ ( Mc 2, 27). Con

compasión, Cristo proclama que ―es lícito en sábado hacer el bien en

vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla‖ ( Mc 3, 4). El sábado

es el día del Señor de las misericordias y del honor de Dios (cf. Mt 12,

5; Jn 7, 23). ―El Hijo del hombre es Señor del sábado‖ ( Mc 2, 28).

II. El día del Señor

«¡Este es el día que ha hecho el Señor, exultemos y gocémonos en él!»

( Sal 118, 24).

E

L DÍA DE LA RESURRECCIÓN: LA NUEVA CREACIÓN

2174. Jesús resucitó de entre los muertos ―el primer día de la

638

semana‖ ( Mt 28, 1; Mc 16, 2; Lc 24, 1; Jn 20, 1). En cuanto es el

―primer día‖, el día de la Resurrección de Cristo recuerda la primera

creación. En cuanto es el ―octavo día‖, que sigue al sábado (cf. Mc 16,

1; Mt 28, 1), significa la nueva creación inaugurada con la

349

resurrección de Cristo. Para los cristianos vino a ser el primero de

todos los días, la primera de todas las fiestas, el día del Señor ( Hè

kyriakè hèmera, dies dominica), el ―domingo‖:

«Nos reunimos todos el día del sol porque es el primer día [después del

sábado judío, pero también el primer día], en que Dios, sacando la

materia de las tinieblas, creó al mundo; ese mismo día, Jesucristo nuestro

Salvador resucitó de entre los muertos» (San Justino, Apologia, 1,67).

EL DOMINGO, PLENITUD DEL SÁBADO

1166

2175. El domingo se distingue expresamente del sábado, al que

sucede cronológicamente cada semana, y cuya prescripción litúrgica

reemplaza para los cristianos. Realiza plenamente, en la Pascua de

Cristo, la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso

eterno del hombre en Dios. Porque el culto de la ley preparaba el

misterio de Cristo, y lo que se practicaba en ella prefiguraba algún

rasgo relativo a Cristo (cf. 1 Co 10, 11):

«Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva

esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que

nuestra vida es bendecida por Él y por su muerte» (San Ignacio de

Antioquía, Epistula ad Magnesios, 9, 1).

2176. La celebración del domingo cumple la prescripción moral,

inscrita en el corazón del hombre, de ―dar a Dios un culto exterior,

visible, público y regular bajo el signo de su bondad universal hacia

los hombres‖ (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q.

122, a. 4). El culto dominical realiza el precepto moral de la Antigua

Alianza, cuyo ritmo y espíritu recoge celebrando cada semana al

Creador y Redentor de su pueblo.

LA EUCARISTÍA DOMINICAL

1167

2177. La celebración dominical del día y de la Eucaristía del Señor

tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. ―El domingo, en

el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de

observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto‖

(CIC can. 1246 §1).

2043

«Igualmente deben observarse los días de la Natividad de Nuestro Señor

Jesucristo, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa

María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos

Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, todos los Santos» (CIC can.

1246 §1).

2178. Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los

1343

comienzos de la edad apostólica (cf. Hch 2, 42-46; 1 Co 11, 17). La

carta a los Hebreos dice: ―No abandonéis vuestra asamblea, como

algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente‖

( Hb 10, 25).

«La tradición conserva el recuerdo de una exhortación siempre actual:

―Venir temprano a la iglesia, acercarse al Señor y confesar sus pecados,

arrepentirse en la oración [...] Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar

su oración y no marcharse antes de la despedida [...] Lo hemos dicho con

frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso. Es el día que

ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos» (Pseudo-Eusebio de

Alejandría, Sermo de die Dominica).

2179. ―La parroquia es una determinada comunidad de fieles

constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral,

bajo la autoridad del obispo diocesano, se encomienda a un párroco,

1567

como su pastor propio‖ (CIC can. 515 §1). Es el lugar donde todos los 2691

fieles pueden reunirse para la celebración dominical de la Eucaristía.

La parroquia inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria de la

2226

vida litúrgica, le congrega en esta celebración; le enseña la doctrina

salvífica de Cristo. Practica la caridad del Señor en obras buenas y

fraternas:

«También puedes orar en casa; sin embargo no puedes orar igual que en

la iglesia, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se

eleva a Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión

de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las

oraciones de los sacerdotes» (San Juan Crisóstomo, De incomprehensibili

Dei natura seu contra Anomoeos, 3, 6).

LA OBLIGACIÓN DEL DOMINGO

2180. El mandamiento de la Iglesia determina y precisa la ley del

2042

Señor: ―El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen

1389

obligación de participar en la misa‖ (CIC

can. 1247). ―Cumple el

precepto de participar en la misa quien asiste a ella, dondequiera que

se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día

anterior por la tarde‖ (CIC can. 1248 §1).

2181. La Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la

práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la

Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una

razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o

dispensados por su pastor propio (cf. CIC can. 1245). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.‖

815

2182. La participación en la celebración común de la Eucaristía

dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a

su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad.

Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la

salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.

2183. ―Cuando falta el ministro sagrado u otra causa grave hace imposible

la participación en la celebración eucarística, se recomienda vivamente que

los fieles participen en la liturgia de la palabra, si ésta se celebra en la iglesia

parroquial o en otro lugar sagrado conforme a lo prescrito por el obispo

diocesano, o permanezcan en oración durante un tiempo conveniente, solos o

en familia, o, si es oportuno, en grupos de familias‖ (CIC can. 1248 §2).

DÍA DE GRACIA Y DE DESCANSO

2172

2184. Así como Dios ―cesó el día séptimo de toda la tarea que había

hecho‖ (

Gn 2,2), así también la vida humana sigue un ritmo de trabajo

y descanso. La institución del día del Señor contribuye a que todos

disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita

cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa (cf. GS 67, 3).

2185. Durante el domingo y las otras fiestas de precepto, los fieles se

2428

abstendrán de entregarse a trabajos o actividades que impidan el culto

debido a Dios, la alegría propia del día del Señor, la práctica de las

obras de misericordia, el descanso necesario del espíritu y del cuerpo

(cf. CIC can. 1247). Las necesidades familiares o una gran utilidad

social constituyen excusas legítimas respecto al precepto del descanso

dominical. Los fieles deben cuidar de que legítimas excusas no

introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de familia y a

la salud.

«El amor de la verdad busca el santo ocio, la necesidad del amor cultiva

el justo trabajo» (San Agustín, De civitate Dei, 19, 19).

2186. Los cristianos que disponen de tiempo de descanso deben

acordarse de sus hermanos que tienen las mismas necesidades y los

mismos derechos y no pueden descansar a causa de la pobreza y la

miseria. El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad

cristiana a obras buenas y a servicios humildes para con los enfermos,

2447

débiles y ancianos. Los cristianos deben santificar también el domingo

dedicando a su familia el tiempo y los cuidados difíciles de prestar los

otros días de la semana. El domingo es un tiempo de reflexión, de

silencio, de cultura y de meditación, que favorecen el crecimiento de

la vida interior y cristiana.

2187. Santificar los domingos y los días de fiesta exige un esfuerzo común.

Cada cristiano debe evitar imponer sin necesidad a otro lo que le impediría

guardar el día del Señor. Cuando las costumbres (deportes, restaurantes, etc.)

2289

y los compromisos sociales (servicios públicos, etc.) requieren de algunos un

trabajo dominical, cada uno tiene la responsabilidad de dedicar un tiempo

suficiente al descanso. Los fieles cuidarán con moderación y caridad evitar

los excesos y las violencias engendrados a veces por espectáculos

multitudinarios. A pesar de las presiones económicas, los poderes públicos

deben asegurar a los ciudadanos un tiempo destinado al descanso y al culto

divino. Los patronos tienen una obligación análoga con respecto a sus

empleados.

2188. En el respeto de la libertad religiosa y del bien común de

2105

todos, los cristianos deben esforzarse por obtener el reconocimiento de

los domingos y días de fiesta de la Iglesia como días festivos legales.

Deben dar a todos un ejemplo público de oración, de respeto y de

alegría, y defender sus tradiciones como una contribución preciosa a la

vida espiritual de la sociedad humana. Si la legislación del país u otras

razones obligan a trabajar el domingo, este día debe ser al menos

vivido como el día de nuestra liberación que nos hace participar en

esta ―reunión de fiesta‖, en esta ―asamblea de los primogénitos

inscritos en los cielos‖ (

Hb 12, 22-23).

Resumen

2189. “Guardarás el día del sábado para santificarlo” ( Dt 5, 12).

“El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor”

( Ex 31, 15).

2190. El sábado, que representaba la coronación de la primera

creación, es sustituido por el domingo que recuerda la nueva

creación, inaugurada por la resurrección de Cristo.

2191. La Iglesia celebra el día de la Resurrección de Cristo el octavo

día, que es llamado con toda razón día del Señor, o domingo

(cf. SC 106.

2192. “El domingo ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta

primordial de precepto” (CIC can. 1246, § 1 ) . “El domingo y las demás fiestas de precepto, los fieles tienen obligación de participar en

la misa” ( CIC can. 1247 ).

2193. “El domingo y las demás fiestas de precepto [...] los fieles se

abstendrán de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a

Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del

debido descanso de la mente y del cuerpo“ ( CIC can. 1247 ).

2194. La institución del domingo contribuye a que todos disfruten de

un “reposo y ocio suficientes para cultivar la vida familiar, cultural,

social y religiosa” ( GS 67, 3).

2195. Todo cristiano debe evitar imponer, sin necesidad, a otro

impedimentos para guardar el día del Señor.

CAPÍTULO SEGUNDO

«AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO»

Jesús dice a sus discípulos: «Amaos los unos a los otros como yo os he

amado» ( Jn 13, 34).

2196. En respuesta a la pregunta que le hacen sobre cuál es el

primero de los mandamientos, Jesús responde: «El primero es:

―Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al

Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu

mente y con todas tus fuerzas‖. El segundo es: ―Amarás a tu prójimo

como a ti mismo‖. No existe otro mandamiento mayor que éstos»

( Mc 12, 29-31).

El apóstol san Pablo lo recuerda: «El que ama al prójimo ha

2822

cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no

robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en

esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no

hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud»

( Rm 13, 8-10).

ARTÍCULO 4

EL CUARTO MANDAMIENTO

«Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la

tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar» ( Ex 20, 12).

«Vivía sujeto a ellos» ( Lc 2, 51).

El Señor Jesús recordó también la fuerza de este ―mandamiento de Dios‖

( Mc 7, 8 -13). El apóstol enseña: ―Hijos, obedeced a vuestros padres en el

Señor; porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, tal es el

primer mandamiento que lleva consigo una promesa: para que seas feliz y

se prolongue tu vida sobre la tierra» ( Ef 6, 1-3; cf. Dt 5 16).

2197. El cuarto mandamiento encabeza la segunda tabla. Indica el

orden de la caridad. Dios quiso que, después de Él, honrásemos a

nuestros padres, a los que debemos la vida y que nos han transmitido

el conocimiento de Dios. Estamos obligados a honrar y respetar a

1897

todos los que Dios, para nuestro bien, ha investido de su autoridad.

2198. Este precepto se expresa de forma positiva, indicando los

deberes que se han de cumplir. Anuncia los mandamientos siguientes

que contienen un respeto particular de la vida, del matrimonio, de los

bienes terrenos, de la palabra. Constituye uno de los fundamentos de

2419

la doctrina social de la Iglesia.

2199. El cuarto mandamiento se dirige expresamente a los hijos en

sus relaciones con sus padres, porque esta relación es la más universal.

Se refiere también a las relaciones de parentesco con los miembros del

grupo familiar. Exige que se dé honor, afecto y reconocimiento a los

abuelos y antepasados. Finalmente se extiende a los deberes de los

alumnos respecto a los maestros, de los empleados respecto a los

patronos, de los subordinados respecto a sus jefes, de los ciudadanos

respecto a su patria, a los que la administran o la gobiernan.

Este mandamiento implica y sobrentiende los deberes de los

padres, tutores, maestros, jefes, magistrados, gobernantes, de todos los

que ejercen una autoridad sobre otros o sobre una comunidad de

personas.

2200. El cumplimiento del cuarto mandamiento lleva consigo su

recompensa: ―Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen

tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar‖ ( Ex 20,

12; Dt 5, 16). La observancia de este mandamiento procura, con los

2304

frutos espirituales, frutos temporales de paz y de prosperidad. Y al

contrario, la no observancia de este mandamiento entraña grandes

daños para las comunidades y las personas humanas.

I. La familia en el plan de Dios

2201. La comunidad conyugal está establecida sobre el

1625

consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están

ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los

hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen

entre los miembros de una familia relaciones personales y

responsabilidades primordiales.

2202. Un hombre y una mujer unidos en matrimonio forman con sus

hijos una familia. Esta disposición es anterior a todo reconocimiento

1882

por la autoridad pública; se impone a ella. Se la considerará como la

referencia normal en función de la cual deben ser apreciadas las

diversas formas de parentesco.

2203. Al crear al hombre y a la mujer, Dios instituyó la familia

369

humana y la dotó de su constitución fundamental. Sus miembros son

personas iguales en dignidad. Para el bien común de sus miembros y

de la sociedad, la familia implica una diversidad de responsabilidades,

de derechos y de deberes.

L

A FAMILIA CRISTIANA

1655-1658

2204. ―La familia cristiana constituye una revelación y una actuación

específicas de la comunión eclesial; por eso [...] puede y debe decirse

533

Iglesia doméstica‖ (FC 21, cf. LG 11). Es una comunidad de fe, esperanza y caridad, posee en la Iglesia una importancia singular

como aparece en el Nuevo Testamento (cf. Ef 5, 21-6, 4; Col 3, 18-

21; 1 P 3, 1-7).

2205. La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e

1702

imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su

actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de

Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La

oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella

la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera.

2206. Las relaciones en el seno de la familia entrañan una afinidad de

sentimientos, afectos e intereses que provienen sobre todo del mutuo

respeto de las personas. La familia es una comunidad privilegiada

llamada a realizar un propósito común de los esposos y una

cooperación diligente de los padres en la educación de los hijos

(cf. GS 52).

II. La familia y la sociedad

1880

2207. La familia es la célula original de la vida social. Es la

372

sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí

en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida

de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la

1603

libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La

familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden

aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar

bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en

sociedad.

2208. La familia debe vivir de manera que sus miembros aprendan el

cuidado y la responsabilidad respecto de los pequeños y mayores, de

los enfermos o disminuidos, y de los pobres. Numerosas son las

familias que en ciertos momentos no se hallan en condiciones de

prestar esta ayuda. Corresponde entonces a otras personas, a otras

familias, y subsidiariamente a la sociedad, proveer a sus necesidades.

―La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los

huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse

incontaminado del mundo‖ ( St 1, 27).

2209. La familia debe ser ayudada y defendida mediante medidas

sociales apropiadas. Cuando las familias no son capaces de realizar

sus funciones, los otros cuerpos sociales tienen el deber de ayudarlas y

de sostener la institución familiar. En conformidad con el principio de

subsidiariedad, las comunidades más numerosas deben abstenerse de

1883

privar a las familias de sus propios derechos y de inmiscuirse en sus

vidas.

2210. La importancia de la familia para la vida y el bienestar de la

sociedad (cf. GS 47, 1) entraña una responsabilidad particular de ésta en el apoyo y fortalecimiento del matrimonio y de la familia. La

autoridad civil ha de considerar como deber grave ―el reconocimiento

de la auténtica naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y

fomentarla, asegurar la moralidad pública y favorecer la prosperidad

doméstica‖ (GS 52, 2).

2211. La comunidad política tiene el deber de honrar a la familia, asistirla y

asegurarle especialmente:

– la libertad de fundar un hogar, de tener hijos y de educarlos de acuerdo

con sus propias convicciones morales y religiosas;

– la protección de la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución

familiar;

– la libertad de profesar su fe, transmitirla, educar a sus hijos en ella, con

los medios y las instituciones necesarios;

– el derecho a la propiedad privada, a la libertad de iniciativa, a tener un

trabajo, una vivienda, el derecho a emigrar;

– conforme a las instituciones del país, el derecho a la atención médica, a

la asistencia de las personas de edad, a los subsidios familiares;

– la protección de la seguridad y la higiene, especialmente por lo que se

refiere a peligros como la droga, la pornografía, el alcoholismo, etc.;

– la libertad para formar asociaciones con otras familias y de estar así

representadas ante las autoridades civiles (cf. FC 46).

2212. El cuarto mandamiento ilumina las demás relaciones en la

sociedad. En nuestros hermanos y hermanas vemos a los hijos de

nuestros padres; en nuestros primos, los descendientes de nuestros

antepasados; en nuestros conciudadanos, los hijos de nuestra patria; en

los bautizados, los hijos de nuestra madre, la Iglesia; en toda persona

225

humana, un hijo o una hija del que quiere ser llamado ―Padre nuestro‖.

Así, nuestras relaciones con el prójimo se deben reconocer como

pertenecientes al orden personal. El prójimo no es un ―individuo‖ de la

colectividad humana; es ―alguien‖ que por sus orígenes, siempre

1931

―próximos‖ por una u otra razón, merece una atención y un respeto

singulares.

2213. Las comunidades humanas están compuestas de personas.

Gobernarlas bien no puede limitarse simplemente a garantizar los

derechos y el cumplimiento de deberes, como tampoco a la sola

fidelidad a los compromisos. Las justas relaciones entre patronos y

empleados, gobernantes y ciudadanos, suponen la benevolencia

1939

natural conforme a la dignidad de personas humanas deseosas de

justicia y fraternidad.

III. Deberes de los miembros de la familia

DEBERES DE LOS HIJOS

2214. La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana

(cf. Ef 3, 14); es el fundamento del honor debido a los padres. El

respeto de los hijos, menores o mayores de edad, hacia su padre y

hacia su madre (cf. Pr 1, 8; Tb 4, 3-4), se nutre del afecto natural

1858

nacido del vínculo que los une. Es exigido por el precepto divino

(cf. Ex 20, 12).

2215. El respeto a los padres ( piedad filial) está hecho de gratitud

para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han

traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en

sabiduría y en gracia. ―Con todo tu corazón honra a tu padre, y no

olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido,

¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?‖ ( Si 7, 27-28).

2216. El respeto filial se expresa en la docilidad y la obediencia

532

verdaderas. ―Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no desprecies

la lección de tu madre [...] en tus pasos ellos serán tu guía; cuando te

acuestes, velarán por ti; conversarán contigo al despertar‖ ( Pr 6, 20-

22). ―El hijo sabio ama la instrucción, el arrogante no escucha la

reprensión‖ (

Pr 13, 1).

2217. Mientras vive en el domicilio de sus padres, el hijo debe obedecer a

todo lo que éstos dispongan para su bien o el de la familia. ―Hijos, obedeced

en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor‖ ( Col 3,

20; cf. Ef 6, 1). Los niños deben obedecer también las prescripciones

razonables de sus educadores y de todos aquellos a quienes sus padres los

han confiado. Pero si el niño está persuadido en conciencia de que es

moralmente malo obedecer esa orden, no debe seguirla.

Cuando se hacen mayores, los hijos deben seguir respetando a sus padres.

Deben prevenir sus deseos, solicitar dócilmente sus consejos y aceptar sus

amonestaciones justificadas. La obediencia a los padres cesa con la

emancipación de los hijos, pero no el respeto que les es debido, el cual

permanece para siempre. Este, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios,

uno de los dones del Espíritu Santo.

1831

2218. El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad

sus responsabilidades para con los padres. En la medida en que ellos

pueden, deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y

durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de

abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud (cf. Mc 7, 10-12).

«El Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre

sobre su prole. Quien honra a su padre expía sus pecados; como el que

atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra a su padre recibirá

contento de sus hijos, y en el día de su oración será escuchado. Quien da

gloria al padre vivirá largos días, obedece al Señor quien da sosiego a su

madre» ( Si 3, 2-6).

«Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza.

Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no le desprecies en la

plenitud de tu vigor [...] Como blasfemo es el que abandona a su padre,

maldito del Señor quien irrita a su madre» ( Si 3, 12-13.16).

2219. El respeto filial favorece la armonía de toda la vida familiar;

atañe también a las relaciones entre hermanos y hermanas. El respeto

a los padres irradia en todo el ambiente familiar. ―Corona de los

ancianos son los hijos de los hijos‖ ( Pr 17, 6). ―[Soportaos] unos a

otros en la caridad, en toda humildad, dulzura y paciencia‖ ( Ef 4, 2).

2220. Los cristianos están obligados a una especial gratitud para con

aquellos de quienes recibieron el don de la fe, la gracia del bautismo y

la vida en la Iglesia. Puede tratarse de los padres, de otros miembros

de la familia, de los abuelos, de los pastores, de los catequistas, de

otros maestros o amigos. ―Evoco el recuerdo [...] de la fe sincera que

tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre

Eunice, y sé que también ha arraigado en ti‖ ( 2 Tm 1, 5).

DEBERES DE LOS PADRES

2221. La fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola

procreación de los hijos, sino que debe extenderse también a su

1653

educación moral y a su formación espiritual. El papel de los padres en

la educación ―tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede

suplirse‖ (GE 3). El derecho y el deber de la educación son para los padres primordiales e inalienables (cf. FC 36).

2222. Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y

respetarlos como a personas humanas. Han de educar a sus hijos en el

cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes

494

a la voluntad del Padre de los cielos.

2223. Los padres son los primeros responsables de la educación de

sus hijos. Testimonian esta responsabilidad ante todo por la creación

de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y el

servicio desinteresado son norma. La familia es un lugar apropiado

1804

para la educación de las virtudes. Esta requiere el aprendizaje de la

abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda

libertad verdadera. Los padres han de enseñar a los hijos a subordinar

las dimensiones ―materiales e instintivas a las interiores y espirituales‖

(CA 36). Es una grave responsabilidad para los padres dar buenos ejemplos a sus hijos. Sabiendo reconocer ante sus hijos sus propios

defectos, se hacen más aptos para guiarlos y corregirlos:

«El que ama a su hijo, le corrige sin cesar [...] el que enseña a su hijo,

sacará provecho de él» ( Si 30, 1-2). «Padres, no exasperéis a vuestros

hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección

según el Señor» ( Ef 6, 4).

2224. La familia constituye un medio natural para la iniciación del

ser humano en la solidaridad y en las responsabilidades comunitarias.

1939

Los padres deben enseñar a los hijos a guardarse de los riesgos y las

degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.

2225. Por la gracia del sacramento del matrimonio, los padres han

recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus hijos.

1656

Desde su primera edad, deberán iniciarlos en los misterios de la fe, de

los que ellos son para sus hijos los ―primeros [...] heraldos de la fe‖

(LG 11). Desde su más tierna infancia, deben asociarlos a la vida de la Iglesia. La forma de vida en la familia puede alimentar las

disposiciones afectivas que, durante toda la vida, serán auténticos

cimientos y apoyos de una fe viva.

2226. La educación en la fe por los padres debe comenzar desde la

más tierna infancia. Esta educación se hace ya cuando los miembros

de la familia se ayudan a crecer en la fe mediante el testimonio de una

vida cristiana de acuerdo con el Evangelio. La catequesis familiar

precede, acompaña y enriquece las otras formas de enseñanza de la fe.

Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir

su vocación de hijos de Dios (cf. LG 11). La parroquia es la 2179

comunidad eucarística y el corazón de la vida litúrgica de las familias

cristianas; es un lugar privilegiado para la catequesis de los niños y de

los padres.

2227. Los hijos, a su vez, contribuyen al crecimiento de sus padres

en la santidad (cf. GS 48, 4). Todos y cada uno deben otorgarse 2013

generosamente y sin cansarse el mutuo perdón exigido por las ofensas,

las querellas, las injusticias y las omisiones. El afecto mutuo lo

sugiere. La caridad de Cristo lo exige (cf. Mt 18, 21-22; Lc 17, 4).

2228. Durante la infancia, el respeto y el afecto de los padres se

traducen ante todo en el cuidado y la atención que consagran para

educar a sus hijos, y para proveer a sus necesidades físicas y

espirituales. En el transcurso del crecimiento, el mismo respeto y la

misma dedicación llevan a los padres a enseñar a sus hijos a usar

rectamente de su razón y de su libertad.

2229. Los padres, como primeros responsables de la educación de

sus hijos, tienen el derecho de elegir para ellos una escuela que

corresponda a sus propias convicciones. Este derecho es fundamental.

En cuanto sea posible, los padres tienen el deber de elegir las escuelas

que mejor les ayuden en su tarea de educadores cristianos (cf. GE 6).

Los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los

padres y de asegurar las condiciones reales de su ejercicio.

2230. Cuando llegan a la edad correspondiente, los hijos tienen el

deber y el derecho de elegir su profesión y su estado de vida. Estas

nuevas responsabilidades deberán asumirlas en una relación de

confianza con sus padres, cuyo parecer y consejo pedirán y recibirán

dócilmente. Los padres deben cuidar de no presionar a sus hijos ni en

1625

la elección de una profesión ni en la de su futuro cónyuge. Esta

indispensable prudencia no impide, sino al contrario, ayudar a los

hijos con consejos juiciosos, particularmente cuando éstos se

proponen fundar un hogar.

2231. Hay quienes no se casan para poder cuidar a sus padres, o sus

hermanos y hermanas, para dedicarse más exclusivamente a una

profesión o por otros motivos dignos. Estas personas pueden

contribuir grandemente al bien de la familia humana.

IV. La familia y el reino de Dios

2232. Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son

absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía

humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se

afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta

llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso

convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a

Jesús (cf. Mt 16, 25): ―El que ama a su padre o a su madre más que a

1618

mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí,

no es digno de mí‖ ( Mt 10, 37).

2233. Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer

a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir:

542

―El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano,

mi hermana y mi madre‖ ( Mt 12, 49).

Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias

el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la

virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio

sacerdotal.

V. Las autoridades en la sociedad civil

2234. El cuarto mandamiento de Dios nos ordena también honrar a

todos los que, para nuestro bien, han recibido de Dios una autoridad en

1897

la sociedad. Este mandamiento determina tanto los deberes de quienes

ejercen la autoridad como los de quienes están sometidos a ella.

DEBERES DE LAS AUTORIDADES CIVILES

2235. Los que ejercen una autoridad deben ejercerla como un

servicio. ―El que quiera llegar a ser

grande entre vosotros, será vuestro

esclavo‖ ( Mt 20, 26). El ejercicio de una autoridad está moralmente

1899

regulado por su origen divino, su naturaleza racional y su objeto

específico. Nadie puede ordenar o establecer lo que es contrario a la

dignidad de las personas y a la ley natural.

2236. El ejercicio de la autoridad ha de manifestar una justa jerarquía

de valores con el fin de facilitar el ejercicio de la libertad y de la

2411

responsabilidad de todos. Los superiores deben ejercer la justicia

distributiva con sabiduría, teniendo en cuenta las necesidades y la

contribución de cada uno y atendiendo a la concordia y la paz. Deben

velar porque las normas y disposiciones que establezcan no induzcan a

tentación oponiendo el interés personal al de la comunidad

(cf. CA 25).

2237. El poder político está obligado a respetar los derechos

357

fundamentales de la persona humana. Y a administrar humanamente

justicia en el respeto al derecho de cada uno, especialmente el de las

familias y de los desheredados.

Los derechos políticos inherentes a la ciudadanía pueden y deben

ser concedidos según las exigencias del bien común. No pueden ser

suspendidos por la autoridad sin motivo legítimo y proporcionado. El

ejercicio de los derechos políticos está destinado al bien común de la

nación y de toda la comunidad humana.

DEBERES DE LOS CIUDADANOS

1900

2238. Los que están sometidos a la autoridad deben mirar a sus

superiores como representantes de Dios que los ha instituido ministros

de sus dones (cf. Rm 13, 1-2): ―Sed sumisos, a causa del Señor, a toda

institución humana [...]. Obrad como hombres libres, y no como

quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad, sino como

siervos de Dios‖ (

1 P 2, 13.16.). Su colaboración leal entraña el

derecho, a veces el deber, de ejercer una justa crítica de lo que les

parece perjudicial para la dignidad de las personas o el bien de la

comunidad.

2239. Deber de los ciudadanos es cooperar con la autoridad civil al

1915

bien de la sociedad en espíritu de verdad, justicia, solidaridad y

libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de

2310

gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades

legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que

cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política.

2240. La sumisión a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien

común exigen moralmente el pago de los impuestos, el ejercicio del

derecho al voto, la defensa del país:

2265

«Dad a cada cual lo que se le debe: a quien impuestos, impuestos; a quien

tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor» ( Rm 13,

7).

«Los cristianos residen en su propia patria, pero como extranjeros

domiciliados. Cumplen todos sus deberes de ciudadanos y soportan todas

sus cargas como extranjeros [...] Obedecen a las leyes establecidas, y su

manera de vivir está por encima de las leyes. [...] Tan noble es el puesto

que Dios les ha asignado, que no les está permitido desertar» ( Epistula ad

Diognetum, 5, 5.10; 6, 10).

El apóstol nos exhorta a ofrecer oraciones y acciones de gracias por los

reyes y por todos los que ejercen la autoridad, ―para que podamos vivir

1900

una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad‖ ( 1 Tm 2, 2).

2241. Las naciones más prósperas tienen el deber de acoger, en

cuanto sea posible, al extranjero que busca la seguridad y los medios

de vida que no puede encontrar en su país de origen. Las autoridades

deben velar para que se respete el derecho natural que coloca al

huésped bajo la protección de quienes lo reciben.

Las autoridades civiles, atendiendo al bien común de aquellos que tienen

a su cargo, pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a

diversas condiciones jurídicas, especialmente en lo que concierne a los

deberes de los emigrantes respecto al país de adopción. El inmigrante está

obligado a respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país

que lo acoge, a obedecer sus leyes y contribuir a sus cargas.

2242. El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las

1903

prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son

contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos

fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio. El

2313

rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus

exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su

450

justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de

la comunidad política. ―Dad [...] al César lo que es del César y a

Dios

lo que es de Dios‖ ( Mt 22, 21). ―Hay que obedecer a Dios antes que a

los hombres‖ ( Hch 5, 29):

1901

«Cuando la autoridad pública, excediéndose en sus competencias, oprime

a los ciudadanos, éstos no deben rechazar las exigencias objetivas del

bien común; pero les es lícito defender sus derechos y los de sus

conciudadanos contra el abuso de esta autoridad, guardando los límites

que señala la ley natural y evangélica» (GS 74, 5).

2243. La resistencia a la opresión de quienes gobiernan no podrá

2309

recurrir legítimamente a las armas sino cuando se reúnan las

condiciones siguientes: 1) en caso de violaciones ciertas, graves y

prolongadas de los derechos fundamentales; 2) después de haber

agotado todos los otros recursos; 3) sin provocar desórdenes peores; 4)

que haya esperanza fundada de éxito; 5) si es imposible prever

razonablemente soluciones mejores.

LA COMUNIDAD POLÍTICA Y LA IGLESIA

1910

2244. Toda institución se inspira, al menos implícitamente, en una

visión del hombre y de su destino, de la que saca sus referencias de

juicio, su jerarquía de valores, su línea de conducta. La mayoría de las

sociedades han configurado sus instituciones conforme a una cierta

1881

preeminencia del hombre sobre las cosas. Sólo la religión divinamente

revelada ha reconocido claramente en Dios, Creador y Redentor, el

origen y el destino del hombre. La Iglesia invita a las autoridades

2109

civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre el

hombre:

Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de

su independencia respecto a Dios se ven obligadas a buscar en sí mismas

o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir

un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su

destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la

historia. (cf. CA 45; 46).

2245. La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia, no

se confunde en modo alguno con la comunidad política [...] es a la vez

912

signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana.

La Iglesia ―respeta y promueve también la libertad y la

responsabilidad política de los ciudadanos‖ (GS 76, 3).

2246. Pertenece a la misión de la Iglesia ―emitir un juicio moral

2032

incluso sobre cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los

derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas,

2420

aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al

Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y

condiciones‖ (GS 76, 5).

Resumen

2247. “Honra a tu padre y a tu madre” ( Dt 5, 16; Mc 7,10).

2248. De conformidad con el cuarto mandamiento, Dios quiere que,

después que a Él, honremos a nuestros padres y a los que Él reviste de

autoridad para nuestro bien.

2249. La comunidad conyugal está establecida sobre la alianza y el

consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están

ordenados al bien de los cónyuges, a la procreación y a la educación

de los hijos.

2250. “La salvación de la persona y de la sociedad humana y

cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad

conyugal y familiar” ( GS 47, 1).

2251. Los hijos deben a sus padres respeto, gratitud, justa obediencia

y ayuda. El respeto filial favorece la armonía de toda la vida familiar.

2252. Los padres son los primeros responsables de la educación de

sus hijos en la fe, en la oración y en todas las virtudes. Tienen el

deber de atender, en la medida de lo posible, las necesidades

materiales y espirituales de sus hijos.

2253. Los padres deben respetar y favorecer la vocación de sus

hijos. Han de recordar y enseñar que la vocación primera del

cristiano es la de seguir a Jesús.

2254. La autoridad pública está obligada a respetar los derechos

fundamentales de la persona humana y las condiciones del ejercicio

de su libertad.

2255. El deber de los ciudadanos es cooperar con las autoridades

civiles en la construcción de la sociedad en un espíritu de verdad,

justicia, solidaridad y libertad.”

2256. El ciudadano está obligado en conciencia a no seguir las

prescripciones de las autoridades civiles cuando son contrarias a las

exigencias del orden moral. “Hay que obedecer a Dios antes que a los

hombres” ( Hch 5, 29).

2257. Toda sociedad refiere sus juicios y su conducta a una visión

del hombre y de su destino. Si se prescinde de la luz del Evangelio

sobre Dios y sobre el hombre, las sociedades se hacen fácilmente

«totalitarias».

ARTÍCULO 5

EL QUINTO MANDAMIENTO

«No matarás» ( Ex 20, 13).

«Habéis oído que se dijo a los antepasados: ―No matarás‖; y aquel que

mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se

encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal» ( Mt 5, 21-22).

2258. ― La vida humana ha de ser tenida como sagrada, porque desde

356

su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre

en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es

Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en

ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo

directo a un ser humano inocente‖ (Congregación para la Doctrina de

la Fe, Instr. Donum vitae, intr. 5).

I. El respeto de la vida humana

EL TESTIMONIO DE LA HISTORIA SAGRADA

2259. La Escritura, en el relato de la muerte de Abel a manos de su

401

hermano Caín (cf. Gn 4, 8-12), revela, desde los comienzos de la

historia humana, la presencia en el hombre de la ira y la codicia,

consecuencias del pecado original. El hombre se convirtió en el

enemigo de sus semejantes. Dios manifiesta la maldad de este

fratricidio: ―¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a

mí desde el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que

abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano‖ ( Gn 4,

10-11).

2260. La alianza de Dios y de la humanidad está tejida de

llamamientos a reconocer la vida humana como don divino y de la

existencia de una violencia fratricida en el corazón del hombre:

«Y yo os prometo reclamar vuestra propia sangre [...] Quien vertiere

sangre de hombre, por otro hombre será su sangre vertida, porque a

imagen de Dios hizo él al hombre» ( Gn 9, 5-6).

El Antiguo Testamento consideró siempre la sangre como un signo

sagrado de la vida (cf. Lv 17, 14). La validez de esta enseñanza es para

todos los tiempos.

2261. La Escritura precisa lo que el quinto mandamiento prohíbe:

―No quites la vida del inocente y justo‖ ( Ex 23, 7). El homicidio

voluntario de un inocente es gravemente contrario a la dignidad del ser

humano, a la regla de oro y a la santidad del Creador. La ley que lo

1756, 1956 proscribe posee una validez universal: obliga a todos y a cada uno,

siempre y en todas partes.

2262. En el Sermón de la Montaña, el Señor recuerda el precepto:

―No matarás‖ ( Mt 5, 21), y añade el rechazo absoluto de la ira, del

odio y de la venganza. Más aún, Cristo exige a sus discípulos

2844

presentar la otra mejilla (cf. Mt 5, 22-39), amar a los enemigos

(cf. Mt 5, 44). El mismo no se defendió y dijo a Pedro que guardase la

espada en la vaina (cf. Mt 26, 52).

LA LEGÍTIMA DEFENSA

2263. La legítima defensa de las personas y las sociedades no es una

excepción a la prohibición de la muerte del inocente que constituye el

homicidio voluntario. ―La acción de

defenderse [...] puede entrañar un

1737

doble efecto: el uno es la conservación de la propia vida; el otro, la

muerte del agresor‖ (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2,

q. 64, a. 7). ―Nada impide que un solo acto tenga dos efectos, de los

que uno sólo es querido, sin embargo el otro está más allá de la

intención‖ (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 64, a.

7).

2196

2264. El amor a sí mismo constituye un principio fundamental de la

moralidad. Es, por tanto, legítimo hacer respetar el propio derecho a la

vida. El que defiende su vida no es culpable de homicidio, incluso

cuando se ve obligado a asestar a su agresor un golpe mortal:

«Si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se

trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia en forma

mesurada, la acción sería lícita [...] y no es necesario para la salvación

que se omita este acto de protección mesurada a fin de evitar matar al

otro, pues es mayor la obligación que se tiene de velar por la propia vida

que por la de otro» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q.

64, a. 7).

2265. La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino

un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro. La

2240

defensa del bien común exige colocar al agresor en la situación de no

poder causar perjuicio. Por este motivo, los que tienen autoridad

2308

legítima tienen también el derecho de rechazar, incluso con el uso de

las armas, a los agresores de la sociedad civil confiada a su

responsabilidad.

2266. A la exigencia de la tutela del bien común corresponde el

esfuerzo del Estado para contener la difusión de comportamientos

lesivos de los derechos humanos y las normas fundamentales de la

convivencia civil. La legítima autoridad pública tiene el derecho y el 1897-1899

deber de aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito. La

pena tiene, ante todo, la finalidad de reparar el desorden introducido

por la culpa. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el

1449

culpable, adquiere un valor de expiación. La pena finalmente, además

de la defensa del orden público y la tutela de la seguridad de las

personas, tiene una finalidad medicinal: en la medida de lo posible,

debe contribuir a la enmienda del culpable.

2267. La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la

plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del

culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino

posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas

humanas.

2306

Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del

agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos

medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas

del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona

humana.

Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el

Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a

aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de

redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al

reo «suceden muy [...] rara vez [...], si es que ya en realidad se dan

algunos» (EV 56).

EL HOMICIDIO VOLUNTARIO

2268. El quinto mandamiento condena como gravemente pecaminoso

el homicidio directo y voluntario. El que mata y los que cooperan

1867

voluntariamente con él cometen un pecado que clama venganza al

cielo (cf. Gn 4, 10).

El infanticidio (cf. GS 51), el fratricidio, el parricidio, el homicidio del cónyuge son crímenes especialmente graves a causa de los vínculos

naturales que destruyen. Preocupaciones de eugenesia o de salud pública

no pueden justificar ningún homicidio, aunque fuera ordenado por las

propias autoridades.

2269. El quinto mandamiento prohíbe hacer algo con intención de

provocar indirectamente la muerte de una persona. La ley moral

prohíbe exponer a alguien sin razón grave a un riesgo mortal, así como

negar la asistencia a una persona en peligro.

La aceptación por parte de la sociedad de hambres que provocan

muertes sin esforzarse por remediarlas es una escandalosa injusticia y una

falta grave. Los traficantes cuyas prácticas usurarias y mercantiles provocan

el hambre y la muerte de sus hermanos los hombres, cometen indirectamente

un homicidio. Este les es imputable (cf. Am 8, 4-10).

El homicidio involuntario no es moralmente imputable. Pero no se

2290

está libre de falta grave cuando, sin razones proporcionadas, se ha

obrado de manera que se ha seguido la muerte, incluso sin intención

de causarla.

EL ABORTO

2270. La vida humana debe ser respetada y protegida de manera

1703

absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer

momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus

derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de

357

todo ser inocente a la vida (cf. Congregación para la Doctrina de la Fe,

Instr. Donum vitae, 1, 1).

«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que

nacieses te tenía consagrado» ( Jr 1, 5).

«Y mis huesos no se te ocultaban, cuando era yo hecho en lo secreto,

tejido en las honduras de la tierra» ( Sal 139, 15).

2271. Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral

de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece

invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un

medio, es gravemente contrario a la ley moral.

«No matarás el embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién

nacido» (Didajé, 2, 2; cf. Epistula Pseudo Barnabae, 19, 5; Epistula ad

Diognetum 5, 5; Tertuliano, Apologeticum, 9, 8).

«Dios [...], Señor de la vida, ha confiado a los hombres la excelsa misión

de conservar la vida, misión que deben cumplir de modo digno del

hombre. Por consiguiente, se ha de proteger la vida con el máximo

cuidado desde la concepción; tanto el aborto como el infanticidio son

crímenes abominables» (GS 51, 3).

2272. La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave.

La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito

contra la vida humana. ―Quien procura el aborto, si éste se produce,

1463

incurre en excomunión latae sententiae‖ (CIC can. 1398), es decir,

―de modo que incurre

ipso facto en ella quien comete el delito‖ (CIC

can. 1314), en las condiciones previstas por el Derecho (cf. CIC can.

1323-1324). Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen

cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da

muerte, a sus padres y a toda la sociedad.

1930

2273. El derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la

vida constituye un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su

legislación:

―Los derechos inalienables de la persona deben ser reconocidos y

respetados por parte de la sociedad civil y de la autoridad política. Estos

derechos del hombre no están subordinados ni a los individuos ni a los

padres, y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado: pertenecen

a la naturaleza humana y son inherentes a la persona en virtud del acto

creador que la ha originado. Entre esos derechos fundamentales es preciso

recordar a este propósito el derecho de todo ser humano a la vida y a la

integridad física desde la concepción hasta la muerte‖ (Congregación para la

Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae 3).

―Cuando una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la

protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad de

todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los

derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se

quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho [...] El respeto y

la protección que se han de garantizar, desde su misma concepción, a quien

debe nacer, exige que la ley prevea sanciones penales apropiadas para toda

deliberada violación de sus derechos‖ (Congregación para la Doctrina de la

Fe, Instr. Donum vitae 3).

2274. Puesto que debe ser tratado como una persona desde la

concepción, el embrión deberá ser defendido en su integridad, cuidado

y atendido médicamente en la medida de lo posible, como todo otro

ser humano.

El diagnóstico prenatal es moralmente lícito, ―si respeta la vida e

integridad del embrión y del feto humano, y si se orienta hacia su protección

o hacia su curación [...] Pero se opondrá gravemente a la ley moral cuando

contempla la posibilidad, en dependencia de sus resultados, de provocar un

aborto: un diagnóstico que atestigua la existencia de una malformación o de

una enfermedad hereditaria no debe equivaler a una sentencia de muerte‖

(Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae 1, 2).

2275. Se deben considerar ―lícitas las intervenciones sobre el embrión

humano, siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo

expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la

mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual‖

(Instr. Donum vitae 1, 3).

«Es inmoral [...] producir embriones humanos destinados a ser

explotados como ―material biológico‖ disponible» (Instr.

Donum vitae 1, 5).

«Algunos intentos de intervenir en el patrimonio cromosómico y

genético no son terapéuticos, sino que miran a la producción de seres

humanos seleccionados en cuanto al sexo u otras cualidades prefijadas. Estas

manipulaciones son contrarias a la dignidad personal del ser humano, a su

integridad y a su identidad» (Instr. Donum vitae 1, 6).

LA EUTANASIA

2276. Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen

1503

derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas

deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea

posible.

2277. Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia

directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas,

enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable.

Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención,

provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio

gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del

Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de

buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de

rechazar y excluir siempre (cf. Sagrada Congregación para la Doctrina de la

Fe, Decl. Iura et bona).

2278. La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos,

extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima.

Interrumpir estos tratamientos es rechazar el ―encarnizamiento terapéutico‖.

1007

Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla.

Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene

competencia y capacidad o si no por los que tienen los derechos legales,

respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del

paciente.

2279. Aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios

debidos a una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos.

El uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso

con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la

dignidad humana si la muerte no es pretendida, ni como fin ni como medio,

sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos

constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta

razón deben ser alentados.

EL SUICIDIO

2280. Cada cual es responsable de su vida delante de Dios que se la

2258

ha dado. Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos

obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para

la salvación de nuestras almas. Somos administradores y no

propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de

ella.

2281. El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a

conservar y perpetuar su vida. Es gravemente contrario al justo amor

de sí mismo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe

2212

injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar,

nacional y humana con las cuales estamos obligados. El suicidio es

contrario al amor del Dios vivo.

2282. Si se comete con intención de servir de ejemplo, especialmente

a los jóvenes, el suicidio adquiere además la gravedad del escándalo.

La cooperación voluntaria al suicidio es contraria a la ley moral.

Trastornos psíquicos graves, la angustia, o el temor grave de la

prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la

responsabilidad del suicida.

1735

2283. No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas

personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por

caminos que Él solo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador.

La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida.

1037

II. El respeto de la dignidad de las personas

EL RESPETO DEL ALMA DEL PRÓJIMO: EL ESCÁNDALO

2284. El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a

otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su

2847

prójimo. Atenta contra la virtud y el derecho; puede ocasionar a su

hermano la muerte espiritual. El escándalo constituye una falta grave

si, por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta

grave.

2285. El escándalo adquiere una gravedad particular según la

1903

autoridad de quienes lo causan o la debilidad de quienes lo padecen.

Inspiró a nuestro Señor esta maldición: ―Al que escandalice a uno de

estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello

una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo

profundo del mar‖ ( Mt 18, 6; cf. 1 Co 8, 10-13). El escándalo es grave

cuando es causado por quienes, por naturaleza o por función, están

obligados a enseñar y educar a otros. Jesús, en efecto, lo reprocha a los

escribas y fariseos: los compara a lobos disfrazados de corderos

(cf. Mt 7, 15).

2286. El escándalo puede ser provocado por la ley o por las

instituciones, por la moda o por la opinión.

1887

Así se hacen culpables de escándalo quienes instituyen leyes o estructuras

sociales que llevan a la degradación de las costumbres y a la corrupción de la

vida religiosa, o a ―condiciones sociales que, voluntaria o involuntariamente,

hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana conforme a

los mandamientos del Sumo legislador‖ (Pío XII,

Mensaje radiofónico, 1

junio 1941). Lo mismo ha de decirse de los empresarios que imponen

procedimientos que incitan al fraude, de los educadores que ―exasperan‖ a

2498

sus alumnos (cf. Ef 6, 4; Col 3, 21), o de los que, manipulando la opinión

pública, la desvían de los valores morales.

2287. El que usa los poderes de que dispone en condiciones que

arrastren a hacer el mal se hace culpable de escándalo y responsable

del mal que directa o indirectamente ha favorecido. ―Es imposible que

no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen!‖ ( Lc 17,1).

EL RESPETO DE LA SALUD

1503

2288. La vida y la salud física son bienes preciosos confiados por

Dios. Debemos cuidar de ellos racionalmente teniendo en cuenta las

necesidades de los demás y el bien común.

1509

El cuidado de la salud de los ciudadanos requiere la ayuda de la

sociedad para lograr las condiciones de existencia que permiten crecer

y llegar a la madurez: alimento y vestido, vivienda, cuidados de la

salud, enseñanza básica, empleo y asistencia social.

364

2289. La moral exige el respeto de la vida corporal, pero no hace de

ella un valor absoluto. Se opone a una concepción neopagana que

2113

tiende a promover el culto del cuerpo, a sacrificar todo a él, a idolatrar

la perfección física y el éxito deportivo. Semejante concepción, por la

selección que opera entre los fuertes y los débiles, puede conducir a la

perversión de las relaciones humanas.

2290. La virtud de la templanza conduce a evitar toda clase de

1809

excesos, el abuso de la comida, del alcohol, del tabaco y de las

medicinas. Quienes en estado de embriaguez, o por afición

inmoderada de velocidad, ponen en peligro la seguridad de los demás

y la suya propia en las carreteras, en el mar o en el aire, se hacen

gravemente culpables.

2291. El uso de la droga inflige muy graves daños a la salud y a la

vida humana. Fuera de los casos en que se recurre a ello por

prescripciones estrictamente terapéuticas, es una falta grave. La

producción clandestina y el tráfico de drogas son prácticas

escandalosas; constituyen una cooperación directa, porque incitan a

ellas, a prácticas gravemente contrarias a la ley moral.

EL RESPETO DE LA PERSONA Y LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

2292. Los experimentos científicos, médicos o psicológicos, en

personas o grupos humanos, pueden contribuir a la curación de los

enfermos y al progreso de la salud pública.

2293. Tanto la investigación científica de base como la investigación

159

aplicada constituyen una expresión significativa del dominio del hombre

sobre la creación. La ciencia y la técnica son recursos preciosos cuando son

puestos al servicio del hombre y promueven su desarrollo integral en

beneficio de todos; sin embargo, por sí solas no pueden indicar el sentido de

la existencia y del progreso humano. La ciencia y la técnica están ordenadas

al hombre que les ha dado origen y crecimiento; tienen por tanto en la

persona y en sus valores morales el sentido de su finalidad y la conciencia de

1703

sus límites.

2294. Es ilusorio reivindicar la neutralidad moral de la investigación

científica y de sus aplicaciones. Por otra parte, los criterios de orientación no

pueden ser deducidos ni de la simple eficacia técnica, ni de la utilidad que

puede resultar de ella para unos con detrimento de otros, y, menos aún, de las

ideologías dominantes. La ciencia y la técnica requieren por su significación

intrínseca el respeto incondicionado de los criterios fundamentales de la

2375

moralidad; deben estar al servicio de la persona humana, de sus derechos

inalienables, de su bien verdadero e integral, conforme al designio y la

voluntad de Dios.

2295. Las investigaciones o experimentos en el ser humano no

1753

pueden legitimar actos que en sí mismos son contrarios a la dignidad

de las personas y a la ley moral. El eventual consentimiento de los

sujetos no justifica tales actos. La experimentación en el ser humano

no es moralmente legítima si hace correr riesgos desproporcionados o

evitables a la vida o a la integridad física o psíquica del sujeto. La

experimentación en seres humanos no es conforme a la dignidad de la

persona si, por añadidura, se hace sin el consentimiento consciente del

sujeto o de quienes tienen derecho sobre él.

2296. El trasplante de órganos es conforme a la ley moral si los daños y los

riesgos físicos y psíquicos que padece el donante son proporcionados al bien

2301

que se busca para el destinatario. La donación de órganos después de la

muerte es un acto noble y meritorio, que debe ser alentado como

manifestación de solidaridad generosa. Es moralmente inadmisible si el

donante o sus legítimos representantes no han dado su explícito

consentimiento. Además, no se puede admitir moralmente la mutilación que

deja inválido, o provocar directamente la muerte, aunque se haga para

retrasar la muerte de otras personas.

EL RESPETO DE LA INTEGRIDAD CORPORAL

2297. Los secuestros y el tomar rehenes hacen que impere el terror y,

mediante la amenaza, ejercen intolerables presiones sobre las víctimas.

Son moralmente ilegítimos. El terrorismo, amenaza, hiere y mata sin

discriminación; es gravemente contrario a la justicia y a la caridad. La

tortura, que usa de violencia física o moral, para arrancar confesiones,

para castigar a los culpables, intimidar a los que se oponen, satisfacer

el odio, es contraria al respeto de la persona y de la dignidad humana.

Exceptuados los casos de prescripciones médicas de orden

estrictamente terapéutico, las amputaciones, mutilaciones o esteriliza-

ciones directamente voluntarias de personas inocentes son contrarias a

la ley moral (cf. Pío XI, Cart enc. Casti connubii: DS 3722).

2298. En tiempos pasados, se recurrió de modo ordinario a prácticas crueles

por parte de autoridades legítimas para mantener la ley y el orden, con

frecuencia sin protesta de los pastores de la Iglesia, que incluso adoptaron,

en sus propios tribunales las prescripciones del derecho romano sobre la

tortura. Junto a estos hechos lamentables, la Iglesia ha enseñado siempre el

deber de clemencia y misericordia; prohibió a los clérigos derramar sangre.

2267

En tiempos recientes se ha hecho evidente que estas prácticas crueles no eran

ni necesarias para el orden público ni conformes a los derechos legítimos de

la persona humana. Al contrario, estas prácticas conducen a las peores

degradaciones. Es preciso esforzarse por su abolición, y orar por las víctimas

y sus verdugos.

EL RESPETO A LOS MUERTOS

2299. A los moribundos se han de prestar todas las atenciones

necesarias para ayudarles a vivir sus últimos momentos en la dignidad

y la paz. Deben ser ayudados por la oración de sus parientes, los

cuales cuidarán que los enfermos reciban a tiempo los sacramentos

que preparan para el encuentro con el Dios vivo.

1525

2300. Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y 1681-1690

caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los

muertos es una obra de misericordia corporal (cf. Tb 1, 16-18), que

honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo.

2301. La autopsia de los cadáveres es moralmente admisible cuando hay

razones de orden legal o de investigación científica. El don gratuito de

órganos después de la muerte es legítimo y puede ser meritorio.

2296

La Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en

la resurrección del cuerpo (cf. CIC can. 1176 § 3).

III. La defensa de la paz

LA PAZ

2302. Recordando el precepto: ―No matarás‖ ( Mt 5, 21), nuestro

1765

Señor pide la paz del corazón y denuncia la inmoralidad de la cólera

homicida y del odio:

La ira es un deseo de venganza. ―Desear la venganza para el mal de

aquel a quien es preciso castigar, es ilícito‖; pero es loable imponer

una reparación ―para la corrección de los vicios y el mantenimiento de

la justicia‖ (Santo Tomás de Aquino,

Summa theologiae, 2-2, q. 158,

a. 1, ad 3). Si la ira llega hasta el deseo deliberado de matar al prójimo

o de herirlo gravemente, constituye una falta grave contra la caridad;

es pecado mortal. El Señor dice: ―Todo aquel que se encolerice contra

su hermano, será reo ante el tribunal‖ (

Mt 5, 22).

2094

2303. El odio voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo

1933

es pecado cuando se le desea deliberadamente un mal. El odio al

prójimo es un pecado grave cuando se le desea deliberadamente un

daño grave. ―Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por

los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial...‖

( Mt 5, 44-45).

1909

2304. El respeto y el desarrollo de la vida humana exigen la paz. La

paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el

equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra,

sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación

entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de

los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad. Es la ―tranquilidad del

1807

orden‖ (San Agustín, De civitate Dei 19, 13). Es obra de la justicia

(cf. Is 32, 17) y efecto de la caridad (cf. GS 78, 1-2).

2305. La paz terrenal es imagen y fruto de la paz de Cristo, el

―Príncipe de la paz‖ mesiánica ( Is 9, 5). Por la sangre de su cruz, ―dio

muerte al odio en su carne‖ (

Ef 2, 16; cf. Col 1, 20-22), reconcilió con

1468

Dios a los hombres e hizo de su Iglesia el sacramento de la unidad del

género humano y de su unión con Dios. ―El es nuestra paz‖ ( Ef 2, 14).

Declara ―bienaventurados a los que construyen la paz‖ (

Mt 5, 9).

2306. Los que renuncian a la acción violenta y sangrienta y recurren

para la defensa de los derechos del hombre a medios que están al

2267

alcance de los más débiles, dan testimonio de caridad evangélica,

siempre que esto se haga sin lesionar los derechos y obligaciones de

los otros hombres y de las sociedades. Atestiguan legítimamente la

gravedad de los riesgos físicos y morales del recurso a la violencia con

sus ruinas y sus muertes (cf. GS 78).

EVITAR LA GUERRA

2307. El quinto mandamiento condena la destrucción voluntaria de la

vida humana. A causa de los males y de las injusticias que ocasiona

toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para

que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra

(cf. GS 81).

2308. Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a

empeñarse en evitar las guerras.

Sin embargo, ―mientras exista el riesgo de guerra y falte una

autoridad internacional competente y provista de la fuerza

correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo

pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima

2266

defensa‖ (

GS 79).

2309. Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una

2243

legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante

decisión somete a esta a condiciones rigurosas de legitimidad moral.

Es preciso a la vez:

– Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad

de las naciones sea duradero, grave y cierto.

– Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan

resultado impracticables o ineficaces.

– Que se reúnan las condiciones serias de éxito.

– Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más

graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los

medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema

en la apreciación de esta condición.

Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada

de la ―guerra justa‖.

La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece

1897

al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común.

2310. Los poderes públicos tienen en este caso el derecho y el deber

de imponer a los ciudadanos las obligaciones necesarias para la

defensa nacional.

2239, 1909

Los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar son

servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos. Si realizan

correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la

nación y al mantenimiento de la paz (cf. GS 79).

2311. Los poderes públicos atenderán equitativamente al caso de

1782, 1790 quienes, por motivos de conciencia, rehúsan el empleo de las armas;

éstos siguen obligados a servir de otra forma a la comunidad humana

(cf. GS 79).

2312. La Iglesia y la razón humana declaran la validez permanente

de la ley moral durante los conflictos armados. ―Una vez estallada

desgraciadamente la guerra, no todo es lícito entre los contendientes‖

(GS 79).

2313. Es preciso respetar y tratar con humanidad a los no

combatientes, a los soldados heridos y a los prisioneros.

Las acciones deliberadamente contrarias al derecho de gentes y a

sus principios universales, como asimismo las disposiciones que las

ordenan, son crímenes. Una obediencia ciega no basta para excusar a

los que se someten a ella. Así, el exterminio de un pueblo, de una

nación o de una minoría étnica debe ser condenado como un pecado

mortal. Existe la obligación moral de desobedecer aquellas decisiones

2242

que ordenan genocidios.

2314. ―Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la

destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus

habitantes, es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo, que

hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones‖ (GS 80). Un riesgo de la guerra moderna consiste en facilitar a los que poseen armas

científicas, especialmente atómicas, biológicas o químicas, la ocasión

de cometer semejantes crímenes.

2315. La acumulación de armas es para muchos como una manera

paradójica de apartar de la guerra a posibles adversarios. Ven en ella

el más eficaz de los medios, para asegurar la paz entre las naciones.

Este procedimiento de disuasión merece severas reservas morales. La

carrera de armamentos no asegura la paz. En lugar de eliminar las

causas de guerra, corre el riesgo de agravarlas. La inversión de

riquezas fabulosas en la fabricación de armas siempre más modernas

impide la ayuda a los pueblos indigentes (cf. PP 53), y obstaculiza su desarrollo. El exceso de armamento multiplica las razones de

conflictos y aumenta el riesgo de contagio.

2316. La producción y el comercio de armas atañen hondamente al

bien común de las naciones y de la comunidad internacional. Por

1906

tanto, las autoridades tienen el derecho y el deber de regularlas. La

búsqueda de intereses privados o colectivos a corto plazo no legitima

empresas que fomentan violencias y conflictos entre las naciones, y

que comprometen el orden jurídico internacional.

1938

2317. Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden

2538

económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que

existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y

1941

causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes

contribuye a edificar la paz y evitar la guerra:

«En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza y les

amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en

que, unidos por la caridad, superan el pecado, se superan también las

violencias hasta que se cumpla la palabra: ―De sus espadas forjarán

arados y de sus lanzas podaderas. Ninguna nación levantará ya más la

espada contra otra y no se adiestrarán más para el combate‖ ( Is 2, 4)»

(GS 78).

Resumen

2318. “Dios [...] tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el

soplo de toda carne de hombre” ( Jb 12, 10).

2319. Toda vida humana, desde el momento de la concepción hasta

la muerte, es sagrada, pues la persona humana ha sido amada por sí

misma a imagen y semejanza del Dios vivo y santo.

2320. Causar la muerte a un ser humano es gravemente contrario a

la dignidad de la persona y a la santidad del Creador.

2321. La prohibición de causar la muerte no suprime el derecho de

impedir que un injusto agresor cause daño. La legítima defensa es un

deber grave para quien es responsable de la vida de otro o del bien

común.

2322. Desde su concepción, el niño tiene el derecho a la vida. El

aborto directo, es decir, buscado como un fin o como un medio, es una

práctica infame (cf. GS 27), gravemente contraria a la ley moral. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra

la vida humana.

2323. Porque ha de ser tratado como una persona desde su

concepción, el embrión debe ser defendido en su integridad, atendido

y cuidado médicamente como cualquier otro ser humano.

2324. La eutanasia voluntaria, cualesquiera que sean sus formas y

sus motivos, constituye un homicidio. Es gravemente contraria a la

dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su

Creador.

2325. El suicidio es gravemente contrario a la justicia, a la

esperanza y a la caridad. Está prohibido por el quinto mandamiento. ‖

2326. El escándalo constituye una falta grave cuando por acción u

omisión se induce deliberadamente a otro a pecar. ‖

2327. A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda

guerra, debemos hacer todo lo que es razonablemente posible para

evitarla. La Iglesia implora así: “del hambre, de la peste y de la

guerra, líbranos Señor”.

2328. La Iglesia y la razón humana afirman la validez permanente

de la ley moral durante los conflictos armados. Las prácticas

deliberadamente contrarias al derecho de gentes y a sus principios

universales son crímenes.

2329. “La carrera de armamentos es una plaga gravísima de la

humanidad y perjudica a los pobres de modo intolerable” ( GS 81).

2330. “Bienaventurados los que construyen la paz, porque ellos

serán llamados hijos de Dios” ( Mt 5, 9).

ARTÍCULO 6

EL SEXTO MANDAMIENTO

«No cometerás adulterio» ( Ex 20, 14; Dt 5, 17).

«Habéis oído que se dijo: ―No cometerás adulterio‖. Pues yo os digo:

Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella

en su corazón» ( Mt 5, 27-28).

369-373

I. “Hombre y mujer los creó...”

2331. ―Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión

personal de amor. Creándola a su imagen [...] Dios inscribe en la

humanidad del hombre y de la mujer la vocación, y consiguientemente

1604

la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión‖ (FC 11).

―Dios creó el hombre a imagen suya; [...] hombre y mujer los creó‖

( Gn 1,27). ―Creced y multiplicaos‖ ( Gn 1,28); ―el día en que Dios creó

al hombre, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y hembra, los

bendijo, y los llamó ―Hombre‖ en el día de su creación‖ ( Gn 5, 1-2).

2332. La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana,

362

en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la

afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más

general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro.

2333. Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar

su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas,

morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y

1603

al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de

la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los

sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.

2334. «Creando al hombre ―varón y mujer‖, Dios da la dignidad

357

personal de igual modo al hombre y a la mujer» (FC 22; cf. GS 49, 2).

―El hombre es una persona, y esto se aplica en la misma medida al

hombre y a la mujer, porque los dos fueron creados a imagen y

semejanza de un Dios personal‖ (MD 6).

2335. Cada uno de los dos sexos es, con una dignidad igual, aunque

de manera distinta, imagen del poder y de la ternura de Dios. La unión

del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en

la carne la generosidad y la fecundidad del Creador: ―El hombre deja a

2205

su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne‖

( Gn 2, 24). De esta unión proceden todas las generaciones humanas

(cf. Gn 4, 1-2. 25-26; 5, 1).

2336. Jesús vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes.

1614

En el Sermón de la Montaña interpreta de manera rigurosa el plan de

Dios: «Habéis oído que se dijo: ―no cometerás adulterio‖. Pues yo os

digo: ―Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio

con ella en su corazón‖» ( Mt 5, 27-28). El hombre no debe separar lo

que Dios ha unido (cf. Mt 19, 6).

La Tradición de la Iglesia ha entendido el sexto mandamiento como

referido a la globalidad de la sexualidad humana.

II. La vocación a la castidad

2337. La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en 2520, 2349

la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser

corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la

pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace

personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la

relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente

ilimitado del hombre y de la mujer.

La virtud de la castidad, por tanto, entraña la integridad de la

persona y la totalidad del don.

LA INTEGRIDAD DE LA PERSONA

2338. La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida

y de amor depositadas en ella. Esta integridad asegura la unidad de la

persona; se opone a todo comportamiento que la pueda lesionar. No

tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje (cf. Mt 5, 37).

2339. La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es

una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el

hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por

ellas y se hace desgraciado (cf. Si 1, 22). ―La dignidad del hombre

requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es

decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la

presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El

hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de

1767

las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura

con eficacia y habilidad los medios adecuados‖ (GS 17).

2340. El que quiere permanecer fiel a las promesas de su Bautismo y

resistir las tentaciones debe poner los medios para ello: el

2015

conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las

situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la

práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la oración. ―La

castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos

perdido dispersándonos‖ (San Agustín, Confessiones, 10, 29; 40).

2341. La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la

1809

templanza, que tiende a impregnar de racionalidad las pasiones y los

apetitos de la sensibilidad humana.

2342. El dominio de sí es una obra que dura toda la vida. Nunca se

la considerará adquirida de una vez para siempre. Supone un esfuerzo

407

reiterado en todas las edades de la vida (cf. Tt 2, 1-6). El esfuerzo

requerido puede ser más intenso en ciertas épocas, como cuando se

forma la personalidad, durante la infancia y la adolescencia.

2343. La castidad tiene unas leyes de crecimiento; éste pasa por

grados marcados por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado.

2223

―Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y

amoroso de Dios, es un ser histórico que se construye día a día con sus

opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien

moral según las diversas etapas de crecimiento‖ (FC 34).

2344. La castidad representa una tarea eminentemente personal;

implica también un esfuerzo cultural, pues ―el desarrollo de la persona

2525

humana y el crecimiento de la sociedad misma están mutuamente

condicionados‖ (GS 25). La castidad supone el respeto de los derechos de la persona, en particular, el de recibir una información y una

educación que respeten las dimensiones morales y espirituales de la

vida humana.

2345. La castidad es una virtud moral. Es también un don de Dios,

1810

una gracia, un fruto del trabajo espiritual (cf. Ga 5, 22). El Espíritu

Santo concede, al que ha sido regenerado por el agua del bautismo,

imitar la pureza de Cristo (cf. 1 Jn 3, 3).

LA INTEGRIDAD DEL DON DE SÍ

2346. La caridad es la forma de todas las virtudes. Bajo su influencia,

1827

la castidad aparece como una escuela de donación de la persona. El

dominio de sí está ordenado al don de sí mismo. La castidad conduce

al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y de la

210

ternura de Dios.

2347. La virtud de la castidad se desarrolla en la amistad. Indica al

374

discípulo cómo seguir e imitar al que nos eligió como sus amigos

(cf. Jn 15, 15), a quien se dio totalmente a nosotros y nos hace

participar de su condición divina. La castidad es promesa de

inmortalidad.

La castidad se expresa especialmente en la amistad con el prójimo.

Desarrollada entre personas del mismo sexo o de sexos distintos, la

amistad representa un gran bien para todos. Conduce a la comunión

espiritual.

LOS DIVERSOS REGÍMENES DE LA CASTIDAD

2348. Todo bautizado es llamado a la castidad. El cristiano se ha

―revestido de Cristo‖ ( Ga 3, 27), modelo de toda castidad. Todos los

fieles de Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida

particular. En el momento de su Bautismo, el cristiano se compromete

a dirigir su afectividad en la castidad.

1620

2349. La castidad ―debe calificar a las personas según los diferentes

estados de vida: a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado,

manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios solo con corazón

indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral,

según sean casadas o célibes‖ (Congregación para la Doctrina de la

Fe, Decl. Persona humana, 11). Las personas casadas son llamadas a

vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la

continencia.

«Se nos enseña que hay tres formas de la virtud de la castidad: una de los

esposos, otra de las viudas, la tercera de la virginidad. No alabamos a una

con exclusión de las otras. [...] En esto la disciplina de la Iglesia es rica»

(San Ambrosio, De viduis 23).

1632

2350. Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia.

En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un

aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el

otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las

manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben

ayudarse mutuamente a crecer en la castidad.

LAS OFENSAS A LA CASTIDAD

2528

2351. La lujuria es un deseo o un goce desordenados del placer

venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es

buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de

unión.

2352. Por masturbación se ha de entender la excitación voluntaria de

los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo. ―Tanto el

Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como

el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la

masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado‖. ―El

uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales

normales contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo

determine‖. Así, el goce sexual es buscado aquí al margen de ―la

relación sexual requerida por el orden moral; aquella relación que

realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación

humana en el contexto de un amor verdadero‖ (Congregación para la

Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 9).

Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los

sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la

inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de

angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal

1735

vez reducir al mínimo la culpabilidad moral.

2353. La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer

fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las

personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de

los esposos, así como a la generación y educación de los hijos.

Además, es un escándalo grave cuando hay de por medio corrupción

de menores.

2354. La pornografía consiste en sacar de la intimidad de los

2523

protagonistas actos sexuales, reales o simulados, para exhibirlos ante

terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque

desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la

dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público),

pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y

de una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión de un

mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben

impedir la producción y la distribución de material pornográfico.

2355. La prostitución atenta contra la dignidad de la persona que se

prostituye, puesto que queda reducida al placer venéreo que se saca de

ella. El que paga peca gravemente contra sí mismo: quebranta la

castidad a la que lo comprometió su bautismo y mancha su cuerpo,

templo del Espíritu Santo (cf. 1 Co 6, 15-20). La prostitución

constituye una lacra social. Habitualmente afecta a las mujeres, pero

también a los hombres, los niños y los adolescentes (en estos dos

últimos casos el pecado entraña también un escándalo). Es siempre

gravemente pecaminoso dedicarse a la prostitución, pero la miseria, el

1735

chantaje, y la presión social pueden atenuar la imputabilidad de la

falta.

2356. La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad

sexual de una persona. Atenta contra la justicia y la caridad. La

violación lesiona profundamente el derecho de cada uno al respeto, a

2297

la libertad, a la integridad física y moral. Produce un daño grave que

puede marcar a la víctima para toda la vida. Es siempre un acto

1756

intrínsecamente malo. Más grave todavía es la violación cometida por

2388

parte de los padres (cf. incesto) o de educadores con los niños que les

están confiados.

C

ASTIDAD Y HOMOSEXUALIDAD

2357. La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o

mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o

predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy

variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico

permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada

Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf. Gn 19, 1-

29; Rm 1,24-27; 1 Co 6,10; 1 Tm 1,10), la Tradición ha declarado

siempre que ―los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados‖

(Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 8).

Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida.

No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual.

2333

No pueden recibir aprobación en ningún caso.

2358. Un número apreciable de hombres y mujeres presentan

tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación,

objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una

auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y

delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación

injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en

su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las

dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.

2359. Las personas homosexuales están llamadas a la castidad.

Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad

interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de

2347

la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y

resueltamente a la perfección cristiana.

III. El amor de los esposos

2360. La sexualidad está ordenada al amor conyugal del hombre y de

la mujer. En el matrimonio, la intimidad corporal de los esposos viene

1601

a ser un signo y una garantía de comunión espiritual. Entre bautizados,

los vínculos del matrimonio están santificados por el sacramento.

2361. ―La sexualidad [...] mediante la cual el hombre y la mujer se

dan el uno al otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no

es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la 1634, 2332

persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente

humano solamente cuando es parte integral del amor con el que el

hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la

muerte‖ (FC 11).

1611

«Tobías se levantó del lecho y dijo a [...] Sara: ―Levántate, hermana, y

oremos y pidamos a nuestro Señor que se apiade de nosotros y nos salve‖.

Ella se levantó y empezaron a suplicar y a pedir el poder quedar a salvo.

Comenzó él diciendo: ―¡Bendito seas tú, Dios de nuestros padres [...]. Tú

creaste a Adán, y para él creaste a Eva, su mujer, para sostén y ayuda, y

para que de ambos proviniera la raza de los hombres. Tú mismo dijiste:

‗No es bueno que el hombre se halle solo; hagámosle una ayuda

semejante a él‘. Yo no tomo a ésta mi hermana con deseo impuro, mas

con recta intención. Ten piedad de mí y de ella y podamos llegar juntos a

nuestra ancianidad‖. Y dijeron a coro: ―Amén, amén‖. Y se acostaron

para pasar la noche» ( Tb 8, 4-9).

2362. ―Los actos [...] con los que los esposos se unen íntima y

castamente entre sí son honestos y dignos, y, realizados de modo

verdaderamente humano, significan y fomentan la recíproca donación,

con la que se enriquecen mutuamente con alegría y gratitud‖ (

GS 49).

La sexualidad es fuente de alegría y de agrado:

«El Creador [...] estableció que en esta función [de generación] los

esposos experimentasen un placer y una satisfacción del cuerpo y del

espíritu. Por tanto, los esposos no hacen nada malo procurando este

placer y gozando de él. Aceptan lo que el Creador les ha destinado. Sin

embargo, los esposos deben saber mantenerse en los límites de una justa

moderación» (Pío XII, Discurso a los participantes en el Congreso de la

Unión Católica Italiana de especialistas en Obstetricia, 29 octubre 1951).

2363. Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del

matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se

pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin

alterar la vida espiritual de los cónyuges ni comprometer los bienes

del matrimonio y el porvenir de la familia.

Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo

la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad.

LA FIDELIDAD CONYUGAL

1646-1648

2364. El matrimonio constituye una ―íntima comunidad de vida y

1603

amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias‖.

Esta comunidad ―se establece con la alianza del matrimonio, es decir,

con un consentimiento personal e irrevocable‖ (GS 48, 1). Los dos se dan definitiva y totalmente el uno al otro. Ya no son dos, ahora forman

una sola carne. La alianza contraída libremente por los esposos les

impone la obligación de mantenerla una e indisoluble (cf. CIC can.

1615

1056). ―Lo que Dios unió [...], no lo separe el hombre‖ ( Mc 10, 9; cf.

Mt 19, 1-12; 1 Co 7, 10-11).

2365. La fidelidad expresa la constancia en el mantenimiento de la

palabra dada. Dios es fiel. El sacramento del Matrimonio hace entrar

1640

al hombre y la mujer en el misterio de la fidelidad de Cristo para con

su Iglesia. Por la castidad conyugal dan testimonio de este misterio

ante el mundo.

San Juan Crisóstomo sugiere a los jóvenes esposos hacer este

razonamiento a sus esposas: ―Te he tomado en mis brazos

, te amo y te

prefiero a mi vida. Porque la vida presente no es nada, te ruego, te pido y

hago todo lo posible para que de tal manera vivamos la vida presente que

allá en la otra podamos vivir juntos con plena seguridad. [...] Pongo tu

amor por encima de todo, y nada me será más penoso que apartarme

alguna vez de ti‖ ( In epistulam ad Ephesios, homilia 20, 8).

L

A FECUNDIDAD DEL MATRIMONIO

1652-1653

2366. La fecundidad es un don, un fin del matrimonio, pues el amor

conyugal tiende naturalmente a ser fecundo. El niño no viene de fuera

a añadirse al amor mutuo de los esposos; brota del corazón mismo de

ese don recíproco, del que es fruto y cumplimiento. Por eso la Iglesia,

que ―está en favor de la vida‖ (FC 30), enseña que todo ―acto matrimonial en sí mismo debe quedar abierto a la transmisión de la

vida‖ (HV 11). ―Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha

querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre

los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el

significado procreador‖ (HV 12; cf. Pío XI, Carta enc. Casti

connubii).

2205

2367. Llamados a dar la vida, los esposos participan del poder

creador y de la paternidad de Dios (cf. Ef 3, 14; Mt 23, 9). ―En el

deber de transmitir la vida humana y educarla, que han de considerar

como su misión propia, los cónyuges saben que son cooperadores del

amor de Dios Creador y en cierta manera sus intérpretes. Por ello,

cumplirán su tarea con responsabilidad humana y cristiana‖ (

GS 50,2).

2368. Un aspecto particular de esta responsabilidad se refiere a la

regulación de la procreación. Por razones justificadas (GS 50), los esposos pueden querer espaciar los nacimientos de sus hijos. En este

caso, deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que

es conforme a la justa generosidad de una paternidad responsable. Por

otra parte, ordenarán su comportamiento según los criterios objetivos

de la moralidad:

«El carácter moral de la conducta [...], cuando se trata de conciliar el

amor conyugal con la transmisión responsable de la vida, no depende sólo

de la sincera intención y la apreciación de los motivos, sino que debe

determinarse a partir de criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la

persona y de sus actos; criterios que conserven íntegro el sentido de la

donación mutua y de la procreación humana en el contexto del amor

verdadero; esto es imposible si no se cultiva con sinceridad la virtud de la

castidad conyugal» (GS 51).

2369. ―Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y

procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor

mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre

a la paternidad‖ (

HV 12).

2370. La continencia periódica, los métodos de regulación de

nacimientos fundados en la autoobservación y el recurso a los

períodos infecundos (HV 16) son conformes a los criterios objetivos de la moralidad. Estos métodos respetan el cuerpo de los esposos,

fomentan el afecto entre ellos y favorecen la educación de una libertad

auténtica. Por el contrario, es intrínsecamente mala ―toda acción

que,

o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo

de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio,

hacer imposible la procreación‖ (HV 14):

«Al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los

esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente

contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no

sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una

falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a

entregarse en plenitud personal. [...] Esta diferencia antropológica y

moral entre la anticoncepción y el recurso a los ritmos periódicos implica

[...] dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana

irreconciliables entre sí» (FC 32).

2371. Por otra parte, ―sea claro a todos que la vida de los hombres y

la tarea de transmitirla no se limita a este mundo sólo y no se puede

medir ni entender sólo por él, sino que mira siempre al destino eterno

1703

de los hombres‖ (GS 51).

2372. El Estado es responsable del bienestar de los ciudadanos. Por eso es

legítimo que intervenga para orientar la demografía de la población. Puede

hacerlo mediante una información objetiva y respetuosa, pero no mediante

una decisión autoritaria y coaccionante. No puede legítimamente suplantar la

2209

iniciativa de los esposos, primeros responsables de la procreación y

educación de sus hijos (cf. PP 37; HV 23). El Estado no está autorizado a favorecer medios de regulación demográfica contrarios a la moral.

EL DON DEL HIJO

2373. La sagrada Escritura y la práctica tradicional de la Iglesia ven

en las familias numerosas como un signo de la bendición divina y de

la generosidad de los padres (cf. GS 50).

1654

2374. Grande es el sufrimiento de los esposos que se descubren

estériles. Abraham pregunta a Dios: ―¿Qué me vas a dar, si me voy sin

hijos...?‖ ( Gn 15, 2). Y Raquel dice a su marido Jacob: ―Dame hijos, o

si no me muero‖ ( Gn 30, 1).

2293

2375. Las investigaciones que intentan reducir la esterilidad humana

deben alentarse, a condición de que se pongan ―al servicio de la

persona humana, de sus derechos inalienables, de su bien verdadero e

integral, según el plan y la voluntad de Dios‖ (Congregación para la

Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, intr. 2).

2376. Las técnicas que provocan una disociación de la paternidad por

intervención de una persona extraña a los cónyuges (donación del esperma o

del óvulo, préstamo de útero) son gravemente deshonestas. Estas técnicas

(inseminación y fecundación artificiales heterólogas) lesionan el derecho del

niño a nacer de un padre y una madre conocidos de él y ligados entre sí por

el matrimonio. Quebrantan ―su derecho a llegar a ser padre y madre

exclusivamente el uno a través del otro‖ (Congregación para la Doctrina de

la Fe, Instr. Donum vitae, 2, 4).

2377. Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas (inseminación y

fecundación artificiales homólogas) son quizá menos perjudiciales, pero no

dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto

procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el

que dos personas se dan una a otra, sino que ―confía la vida y la identidad del

embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de

la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal

relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser

común a padres e hijos‖ (cf. Congregación para la Doctrina de la Fe,

Instr. Donum vitae, 82). ―La procreación queda privada de su perfección propia, desde el punto de vista moral, cuando no es querida como el fruto del

acto conyugal, es decir, del gesto específico de la unión de los esposos [...]

solamente el respeto de la conexión existente entre los significados del acto

conyugal y el respeto de la unidad del ser humano, consiente una procreación

conforme con la dignidad de la persona‖ (Congregación para la Doctrina de

la Fe, Instr. Donum vitae, 2, 4).

2378. El hijo no es un derecho sino un don. El ―don [...] más

excelente [...] del matrimonio‖ es una persona humana. El hijo no

puede ser considerado como un objeto de propiedad, a lo que

conduciría el reconocimiento de un pretendido ―derecho al hijo‖. A

este respecto, sólo el hijo posee verdaderos derechos: el de ―ser el

fruto del acto específico del amor conyugal de sus padres, y tiene

también el derecho a ser respetado como persona desde el momento de

su concepción‖ (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr.

Donum vitae, 2, 8).

2379. El Evangelio enseña que la esterilidad física no es un mal

absoluto. Los esposos que, tras haber agotado los recursos legítimos

de la medicina, sufren por la esterilidad, deben asociarse a la Cruz del

Señor, fuente de toda fecundidad espiritual. Pueden manifestar su

generosidad adoptando niños abandonados o realizando servicios

abnegados en beneficio del prójimo.

IV. Las ofensas a la dignidad del matrimonio

2380. El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad conyugal.

Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está

casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un

adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio (cf. Mt 5, 27-

28). El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento prohíben

absolutamente el adulterio (cf. Mt 5, 32; 19, 6; Mc 10, 11; 1 Co 6, 9-

10). Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la imagen

1611

del pecado de idolatría (cf. Os 2, 7; Jr 5, 7; 13, 27).

2381. El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus

compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo

1640

matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la

institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen.

Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que

necesitan la unión estable de los padres.

EL DIVORCIO

2382. El Señor Jesús insiste en la intención original del Creador que

1614

quería un matrimonio indisoluble (cf. Mt 5, 31-32; 19, 3-9; Mc 10,

9; Lc 16, 18; 1 Co 7, 10-11), y deroga la tolerancia que se había

introducido en la ley antigua (cf. Mt 19, 7-9).

Entre bautizados, ―el matrimonio rato y consumado no puede ser

disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la

muerte‖ (CIC

can. 1141).

1649

2383. La separación de los esposos con permanencia del vínculo

matrimonial puede ser legítima en ciertos casos previstos por el

Derecho Canónico (cf. CIC can. 1151-1155).

Si el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar

ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del

patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral.

1650

2384. El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende

romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir

juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de

salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho

de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil,

aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se

halla entonces en situación de adulterio público y permanente:

«No es lícito al varón, una vez separado de su esposa, tomar otra; ni a una

mujer repudiada por su marido, ser tomada por otro como esposa» (San

Basilio Magno, Moralia, regula 73).

2385. El divorcio adquiere también su carácter inmoral a causa del

desorden que introduce en la célula familiar y en la sociedad. Este

desorden entraña daños graves: para el cónyuge, que se ve

abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los

padres, y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres; por su

efecto contagioso, que hace de él una verdadera plaga social.

2386. Puede ocurrir que uno de los cónyuges sea la víctima inocente

del divorcio dictado en conformidad con la ley civil; entonces no

contradice el precepto moral. Existe una diferencia considerable entre

el cónyuge que se ha esforzado con sinceridad por ser fiel al

sacramento del Matrimonio y se ve injustamente abandonado y el que,

por una falta grave de su parte, destruye un matrimonio

canónicamente válido (cf. FC 84).

1640

OTRAS OFENSAS A LA DIGNIDAD DEL MATRIMONIO

2387. Es comprensible el drama del que, deseoso de convertirse al

Evangelio, se ve obligado a repudiar una o varias mujeres con las que

ha compartido años de vida conyugal. Sin embargo, la poligamia no se

1610

ajusta a la ley moral, pues contradice radicalmente la comunión

conyugal. La poligamia ―niega directamente el designio de Dios, tal

como es revelado desde los orígenes, porque es contraria a la igual

dignidad personal del hombre y de la mujer, que en el matrimonio se

dan con un amor total y por lo mismo único y exclusivo‖ (FC 19; cf. GS 47, 2). El cristiano que había sido polígamo está gravemente obligado en justicia a cumplir los deberes contraídos respecto a sus

antiguas mujeres y sus hijos.

2388. Incesto es la relación carnal entre parientes dentro de los

2356

grados en que está prohibido el matrimonio (cf. Lv 18, 7-20). San

Pablo condena esta falta particularmente grave: ―Se oye hablar de que

hay inmoralidad entre vosotros [...] hasta el punto de que uno de

vosotros vive con la mujer de su padre. [...] En nombre del Señor

Jesús [...] sea entregado ese individuo a Satanás para destrucción de la

carne...‖ (

1 Co 5, 1.4-5). El incesto corrompe las relaciones familiares

2207

y representa una regresión a la animalidad.

2389. Se puede equiparar al incesto los abusos sexuales perpetrados

por adultos en niños o adolescentes confiados a su guarda. Entonces

esta falta adquiere una mayor gravedad por atentar escandalosamente

2285

contra la integridad física y moral de los jóvenes que quedarán así

marcados para toda la vida, y por ser una violación de la

responsabilidad educativa.

2390. Hay unión libre cuando el hombre y la mujer se niegan a dar

1631

forma jurídica y pública a una unión que implica la intimidad sexual.

La expresión en sí misma es engañosa: ¿qué puede significar una unión

en la que las personas no se comprometen entre sí y testimonian con ello una

falta de confianza en el otro, en sí mismo, o en el porvenir?

Esta expresión abarca situaciones distintas: concubinato, rechazo

del matrimonio en cuanto tal, incapacidad de unirse mediante

compromisos a largo plazo (cf. FC 81). Todas estas situaciones ofenden la dignidad del matrimonio; destruyen la idea misma de la

familia; debilitan el sentido de la fidelidad. Son contrarias a la ley

2353

moral: el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el

matrimonio; fuera de éste constituye siempre un pecado grave y

1385

excluye de la comunión sacramental.

2391. No pocos postulan hoy una especie de “unión a prueba”

cuando existe intención de casarse. Cualquiera que sea la firmeza del

propósito de los que se comprometen en relaciones sexuales

prematuras, éstas ―no garantizan que la sinceridad y la fidelidad de la

relación interpersonal entre un hombre y una mujer queden

aseguradas, y sobre todo protegidas, contra los vaivenes y las

veleidades de las pasiones‖ (Congregación para la Doctrina de la Fe,

Decl. Persona humana, 7). La unión carnal sólo es moralmente

2364

legítima cuando se ha instaurado una comunidad de vida definitiva

entre el hombre y la mujer. El amor humano no tolera la ―prueba‖.

Exige un don total y definitivo de las personas entre sí (cf. FC 80).

Resumen

2392. “El amor es la vocación fundamental e innata de todo ser

humano” ( FC 11).

2393. Al crear al ser humano hombre y mujer, Dios confiere la

dignidad personal de manera idéntica a uno y a otra. A cada uno,

hombre y mujer, corresponde reconocer y aceptar su identidad sexual.

2394. Cristo es el modelo de la castidad. Todo bautizado es llamado

a llevar una vida casta, cada uno según su estado de vida.

2395. La castidad significa la integración de la sexualidad en la

persona. Entraña el aprendizaje del dominio personal.

2396. Entre los pecados gravemente contrarios a la castidad se

deben citar la masturbación, la fornicación, las actividades

pornográficas y las prácticas homosexuales.

2397. La alianza que los esposos contraen libremente implica un

amor fiel. Les confiere la obligación de guardar indisoluble su

matrimonio.

2398. La fecundidad es un bien, un don, un fin del matrimonio.

Dando la vida, los esposos participan de la paternidad de Dios.

2399. La regulación de la natalidad representa uno de los aspectos

de la paternidad y la maternidad responsables. La legitimidad de las

intenciones de los esposos no justifica el recurso a medios moralmente

reprobables (p.e., la esterilización directa o la anticoncepción).

2400. El adulterio y el divorcio, la poligamia y la unión libre son

ofensas graves a la dignidad del matrimonio.

ARTÍCULO 7

EL SÉPTIMO MANDAMIENTO

«No robarás» ( Ex 20, 15; Dt 5,19).

«No robarás» ( Mt 19, 18).

2401. El séptimo mandamiento prohíbe tomar o retener el bien del

prójimo injustamente y perjudicar de cualquier manera al prójimo en

1807

sus bienes. Prescribe la justicia y la caridad en la gestión de los bienes

terrenos y de los frutos del trabajo de los hombres. Con miras al bien

común exige el respeto del destino universal de los bienes y del

derecho de propiedad privada. La vida cristiana se esfuerza por

952

ordenar a Dios y a la caridad fraterna los bienes de este mundo.

I. El destino universal y la propiedad privada de los bienes

2402. Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la

administración común de la humanidad para que tuviera cuidado de

226

ellos, los dominara mediante su trabajo y se beneficiara de sus frutos

(cf. Gn 1, 26-29). Los bienes de la creación están destinados a todo el

género humano. Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres

para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la

violencia. La apropiación de bienes es legítima para garantizar la

libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a

atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que

1939

están a su cargo. Debe hacer posible que se viva una solidaridad

natural entre los hombres.

2403. El derecho a la propiedad privada, adquirida o recibida de

modo justo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la

humanidad. El destino universal de los bienes continúa siendo

primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la

propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio.

2404. ―El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las

cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino

también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no

sólo a él, sino también a los demás‖ (GS 69, 1). La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo

307

fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus

próximos.

2405. Los bienes de producción –materiales o inmateriales– como tierras o

fábricas, profesiones o artes, requieren los cuidados de sus poseedores para

que su fecundidad aproveche al mayor número de personas. Los poseedores

de bienes de uso y consumo deben usarlos con templanza reservando la

mejor parte al huésped, al enfermo, al pobre.

2406. La autoridad política tiene el derecho y el deber de regular en

1903

función del bien común el ejercicio legítimo del derecho de propiedad

(cf. GS 71, 4; SRS 42; CA 40; 48).

II. El respeto de las personas y sus bienes

2407. En materia económica el respeto de la dignidad humana exige

la práctica de la virtud de la templanza, para moderar el apego a los

1809

bienes de este mundo; de la justicia, para preservar los derechos del

1807

prójimo y darle lo que le es debido; y de la solidaridad, siguiendo la

1839

regla de oro y según la generosidad del Señor, que ―siendo rico, por

vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza‖

( 2 Co 8, 9).

EL RESPETO DE LOS BIENES AJENOS

2408. El séptimo mandamiento prohíbe el robo, es decir, la

usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable de su dueño.

No hay robo si el consentimiento puede ser presumido o si el rechazo

es contrario a la razón y al destino universal de los bienes. Es el caso

de la necesidad urgente y evidente en que el único medio de remediar

las necesidades inmediatas y esenciales (alimento, vivienda, vestido...)

es disponer y usar de los bienes ajenos (cf. GS 69, 1).

2409. Toda forma de tomar o retener injustamente el bien ajeno,

aunque no contradiga las disposiciones de la ley civil, es contraria al

séptimo mandamiento. Así, retener deliberadamente bienes prestados

u objetos perdidos, defraudar en el ejercicio del comercio (cf. Dt 25,

1867

13-16), pagar salarios injustos (cf. Dt 24,14-15; St 5,4), elevar los

precios especulando con la ignorancia o la necesidad ajenas (cf. Am 8,

4-6).

Son también moralmente ilícitos, la especulación mediante la cual se

pretende hacer variar artificialmente la valoración de los bienes con el fin de

obtener un beneficio en detrimento ajeno; la corrupción mediante la cual se

vicia el juicio de los que deben tomar decisiones conforme a derecho; la

apropiación y el uso privados de los bienes sociales de una empresa; los

trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas,

los gastos excesivos, el despilfarro. Infligir voluntariamente un daño a las

propiedades privadas o públicas es contrario a la ley moral y exige

reparación.

2101

2410. Las promesas deben ser cumplidas, y los contratos

rigurosamente observados en la medida en que el compromiso

adquirido es moralmente justo. Una parte notable de la vida

económica y social depende del valor de los contratos entre personas

físicas o morales. Así, los contratos comerciales de venta o compra,

los contratos de arriendo o de trabajo. Todo contrato debe ser hecho y

ejecutado de buena fe.

1807

2411. Los contratos están sometidos a la justicia conmutativa, que

regula los intercambios entre las personas en el respeto exacto de sus

derechos. La justicia conmutativa obliga estrictamente; exige la

salvaguardia de los derechos de propiedad, el pago de las deudas y el

cumplimiento de obligaciones libremente contraídas. Sin justicia

conmutativa no es posible ninguna otra forma de justicia.

La justicia conmutativa se distingue de la justicia legal, que se refiere a lo

que el ciudadano debe equitativamente a la comunidad, y de la justicia

distributiva que regula lo que la comunidad debe a los ciudadanos en

proporción a sus contribuciones y a sus necesidades.

2412. En virtud de la justicia conmutativa, la reparación de la

1459

injusticia cometida exige la restitución del bien robado a su

propietario:

Jesús bendijo a Zaqueo por su resolución: ―Si en algo defraudé a alguien,

le devolveré el cuádruplo‖ ( Lc 19, 8). Los que, de manera directa o indirecta,

se han apoderado de un bien ajeno, están obligados a restituirlo o a devolver

el equivalente en naturaleza o en especie si la cosa ha desaparecido, así como

2487

los frutos y beneficios que su propietario hubiera obtenido legítimamente de

ese bien. Están igualmente obligados a restituir, en proporción a su

responsabilidad y al beneficio obtenido, todos los que han participado de

alguna manera en el robo, o que se han aprovechado de él a sabiendas; por

ejemplo, quienes lo hayan ordenado o ayudado o encubierto.

2413. Los juegos de azar (de cartas, etc.) o las apuestas no son en sí

mismos contrarios a la justicia. No obstante, resultan moralmente

inaceptables cuando privan a la persona de lo que le es necesario para

atender a sus necesidades o las de los demás. La pasión del juego corre

peligro de convertirse en una grave servidumbre. Apostar injustamente o

hacer trampas en los juegos constituye una materia grave, a no ser que el

daño infligido sea tan leve que quien lo padece no pueda razonablemente

considerarlo significativo.

2414. El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que,

2297

por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria,

conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad

personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía.

Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos

fundamentales reducirlos por la violencia a la condición de objeto de

consumo o a una fuente de beneficio. San Pablo ordenaba a un amo

cristiano que tratase a su esclavo cristiano ―no como esclavo, sino [...]

como un hermano [...] en el Señor‖ (

Flm 16).

EL RESPETO DE LA INTEGRIDAD DE LA CREACIÓN

226, 358

2415. El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la

creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están

naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada,

presente y futura (cf. Gn 1, 28-31). El uso de los recursos minerales,

vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a

las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al

373

hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto;

está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo

incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso

378

de la integridad de la creación (cf. CA 37-38).

2416. Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su

solicitud providencial (cf. Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo

bendicen y le dan gloria (cf. Dn 3, 57-58). También los hombres les

deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales

344

san Francisco de Asís o san Felipe Neri.

2417. Dios confió los animales a la administración del que fue creado

por él a su imagen (cf. Gn 2, 19-20; 9, 1-4). Por tanto, es legítimo

servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos.

Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y

en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales son

prácticas moralmente aceptables, si se mantienen en límites razonables

2234

y contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas.

2418. Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a

los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno

2446

invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de

los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar

hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos.

III. La doctrina social de la Iglesia

2419. ―La revelación cristiana [...] nos conduce a una comprensión

1960

más profunda de las leyes de la vida social‖ (GS 23). La Iglesia recibe del Evangelio la plena revelación de la verdad del hombre. Cuando

359

cumple su misión de anunciar el Evangelio, enseña al hombre, en

nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de

las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz,

conformes a la sabiduría divina.

2420. La Iglesia expresa un juicio moral, en materia económica y

2032

social, ―cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o

la salvación de las almas‖ (GS 76). En el orden de la moralidad, la Iglesia ejerce una misión distinta de la que ejercen las autoridades

políticas: ella se ocupa de los aspectos temporales del bien común a

causa de su ordenación al supremo Bien, nuestro fin último. Se

2246

esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes

terrenos y en las relaciones socioeconómicas.

2421. La doctrina social de la Iglesia se desarrolló en el siglo XIX, cuando

se produce el encuentro entre el Evangelio y la sociedad industrial moderna,

sus nuevas estructuras para producción de bienes de consumo, su nueva

concepción de la sociedad, del Estado y de la autoridad, sus nuevas formas

de trabajo y de propiedad. El desarrollo de la doctrina de la Iglesia en

materia económica y social da testimonio del valor permanente de la

enseñanza de la Iglesia, al mismo tiempo que del sentido verdadero de su

Tradición siempre viva y activa (cf. CA 3).

2422. La enseñanza social de la Iglesia contiene un cuerpo de

doctrina que se articula a medida que la Iglesia interpreta los

acontecimientos a lo largo de la historia, a la luz del conjunto de la

palabra revelada por Cristo Jesús y con la asistencia del Espíritu Santo

(cf. SRS 1; 41). Esta enseñanza resultará tanto más aceptable para los hombres de buena voluntad cuanto más inspire la conducta de los

2044

fieles.

2423. La doctrina social de la Iglesia propone principios de reflexión,

extrae criterios de juicio, da orientaciones para la acción:

Todo sistema según el cual las relaciones sociales deben estar

determinadas enteramente por los factores económicos, resulta contrario a la

naturaleza de la persona humana y de sus actos (cf. CA 24).

2424. Una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la

actividad económica es moralmente inaceptable. El apetito desordenado de

2317

dinero no deja de producir efectos perniciosos. Es una de las causas de los

numerosos conflictos que perturban el orden social (cf. GS 63, 3; LE 7;

CA 35).

Un sistema que ―sacrifica los derechos fundamentales de la persona y de

los grupos en aras de la organización colectiva de la producción‖ es contrario

a la dignidad del hombre (cf. GS 65). Toda práctica que reduce a las personas a no ser más que medios con vistas al lucro esclaviza al hombre,

conduce a la idolatría del dinero y contribuye a difundir el ateísmo. ―No

podéis servir a Dios y al dinero‖ ( Mt 6, 24; Lc 16, 13).

2425. La Iglesia ha rechazado las ideologías totalitarias y ateas asociadas en

676

los tiempos modernos al ―comunismo‖ o ―socialismo‖. Por otra parte, ha

rechazado en la práctica del ―capitalismo‖ el individualismo y la primacía

absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo humano (cf. CA 10. 13. 44).

La regulación de la economía por la sola planificación centralizada pervierte

en su base los vínculos sociales; su regulación únicamente por la ley de

mercado quebranta la justicia social, porque ―existen numerosas necesidades

humanas que no pueden ser satisfechas por el mercado‖ (CA 34). Es preciso promover una regulación razonable del mercado y de las iniciativas

1886

económicas, según una justa jerarquía de valores y con vistas al bien común.

IV. Actividad económica y justicia social

2426. El desarrollo de las actividades económicas y el crecimiento de

la producción están destinados a satisfacer las necesidades de los seres

humanos. La vida económica no tiende solamente a multiplicar los

bienes producidos y a aumentar el lucro o el poder; está ordenada ante

todo al servicio de las personas, del hombre entero y de toda la

comunidad humana. La actividad económica dirigida según sus

propios métodos, debe moverse no obstante dentro de los límites del

orden moral, según la justicia social, a fin de responder al plan de Dios

1928

sobre el hombre (cf. GS 64).

2427. El trabajo humano procede directamente de personas creadas a

307

imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo

beneficio, la obra de la creación dominando la tierra (cf. Gn 1,

378

28; GS 34; CA 31). El trabajo es, por tanto, un deber: ―Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma‖ ( 2 Ts 3, 10; cf. 1 Ts 4, 11). El

trabajo honra los dones del Creador y los talentos recibidos. Puede ser

también redentor. Soportando el peso del trabajo (cf. Gn 3, 14-19), en

unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado del Calvario,

531

el hombre colabora en cierta manera con el Hijo de Dios en su obra

redentora. Se muestra como discípulo de Cristo llevando la Cruz cada

día, en la actividad que está llamado a realizar (cf. LE 27). El trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de las realidades

terrenas en el espíritu de Cristo.

2428. En el trabajo, la persona ejerce y aplica una parte de las

2834

capacidades inscritas en su naturaleza. El valor primordial del trabajo

pertenece al hombre mismo, que es su autor y su destinatario. El

trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo (cf. LE 6).

2185

Cada cual debe poder sacar del trabajo los medios para sustentar su

vida y la de los suyos, y para prestar servicio a la comunidad humana.

2429. Cada uno tiene el derecho de iniciativa económica, y podrá

usar legítimamente de sus talentos para contribuir a una abundancia

provechosa para todos y para recoger los justos frutos de sus

esfuerzos. Deberá ajustarse a las reglamentaciones dictadas por las

autoridades legítimas con miras al bien común (cf. CA 32-34).

2430. La vida económica se ve afectada por intereses diversos, con

frecuencia opuestos entre sí. Así se explica el surgimiento de

conflictos que la caracterizan (cf. LE 11). Será preciso esforzarse para reducir estos últimos mediante la negociación, que respete los

derechos y los deberes de cada parte: los responsables de las empresas,

los representantes de los trabajadores, por ejemplo, de las

organizaciones sindicales y, en caso necesario, los poderes públicos.

2431. La responsabilidad del Estado. ―La actividad [...] económica,

en particular la economía de mercado, no puede desenvolverse en

medio de un vacío institucional, jurídico y político. Por el contrario

supone una seguridad que garantiza la libertad individual y la

propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios

1908

públicos eficientes. La primera incumbencia del Estado es, pues, la de

garantizar esa seguridad, de manera que quien trabaja y produce pueda

gozar de los frutos de su trabajo y, por tanto, se sienta estimulado a

realizarlo eficiente y honestamente [...]. Otra incumbencia del Estado

es la de vigilar y encauzar el ejercicio de los derechos humanos en el

sector económico; pero en este campo la primera responsabilidad no

1883

es del Estado, sino de cada persona y de los diversos grupos y

asociaciones en que se articula la sociedad‖ (CA

48).

2432. A los responsables de las empresas les corresponde ante la

2415

sociedad la responsabilidad económica y ecológica de sus operaciones

(CA 37). Están obligados a considerar el bien de las personas y no solamente el aumento de las ganancias. Sin embargo, éstas son

necesarias; permiten realizar las inversiones que aseguran el porvenir

de las empresas, y garantizan los puestos de trabajo.

2433. El acceso al trabajo y a la profesión debe estar abierto a todos

sin discriminación injusta, a hombres y mujeres, sanos y disminuidos,

autóctonos e inmigrados (cf. LE 19; 22-23). Habida consideración de las circunstancias, la sociedad debe, por su parte, ayudar a los

ciudadanos a procurarse un trabajo y un empleo (cf. CA 48).

2434. El salario justo es el fruto legítimo del trabajo. Negarlo o

1867

retenerlo puede constituir una grave injusticia (cf. Lv 19, 13; Dt 24,

14-15; St 5, 4). Para determinar la justa remuneración se han de tener

en cuenta a la vez las necesidades y las contribuciones de cada uno.

―El trabajo debe ser remunerado de tal modo que se den al hombre

posibilidades de que él y los suyos vivan dignamente su vida material,

social, cultural y espiritual, teniendo en cuenta la tarea y la

productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y

el bien común‖ (GS 67, 2). El acuerdo de las partes no basta para justificar moralmente la cuantía del salario.

2435. La huelga es moralmente legítima cuando constituye un

recurso inevitable, si no necesario para obtener un beneficio

proporcionado.

Resulta

moralmente

inaceptable

cuando

va

acompañada de violencias o también cuando se lleva a cabo en

función de objetivos no directamente vinculados con las condiciones

del trabajo o contrarios al bien común.

2436. Es injusto no pagar a los organismos de seguridad social las

cotizaciones establecidas por las autoridades legítimas.

La privación del trabajo a causa del desempleo es casi siempre

para su víctima un atentado contra su dignidad y una amenaza para el

equilibrio de la vida. Además del daño personal padecido, de esa

privación se derivan riesgos numerosos para su hogar (cf. LE 18).

V. Justicia y solidaridad entre las naciones

2437. En el plano internacional la desigualdad de los recursos y de

1938

los medios económicos es tal que crea entre las naciones un verdadero

―abismo‖ (SRS 14). Por un lado están los que poseen y desarrollan los medios de crecimiento, y por otro, los que acumulan deudas.

2438. Diversas causas, de naturaleza religiosa, política, económica y

financiera, confieren hoy a la cuestión social ―una dimensión mundial‖

1911

(SRS 9). Es necesaria la solidaridad entre las naciones cuyas políticas son ya interdependientes. Es todavía más indispensable cuando se trata

de acabar con los ―mecanismos perversos‖ que obstaculizan el

desarrollo de los países menos avanzados (cf. SRS 17; 45). Es preciso sustituir los sistemas financieros abusivos, si no usurarios (cf. CA 35),

las relaciones comerciales inicuas entre las naciones, la carrera de

2315

armamentos, por un esfuerzo común para movilizar los recursos hacia

objetivos de desarrollo moral, cultural y económico ―redefiniendo las

prioridades y las escalas de valores‖ (CA 28).

2439. Las naciones ricas tienen una responsabilidad moral grave

respecto a las que no pueden por sí mismas asegurar los medios de su

desarrollo, o han sido impedidas de realizarlo por trágicos

acontecimientos históricos. Es un deber de solidaridad y de caridad; es

también una obligación de justicia si el bienestar de las naciones ricas

procede de recursos que no han sido pagados con justicia.

2440. La ayuda directa constituye una respuesta apropiada a

necesidades inmediatas, extraordinarias, causadas por ejemplo por

catástrofes naturales, epidemias, etc. Pero no basta para reparar los

graves daños que resultan de situaciones de indigencia ni para

remediar de forma duradera las necesidades. Es preciso también

reformar las instituciones económicas y financieras internacionales

para que promuevan y potencien relaciones equitativas con los países

menos desarrollados (cf. SRS 16). Es preciso sostener el esfuerzo de los países pobres que trabajan por su crecimiento y su liberación (cf.

CA 26). Esta doctrina exige ser aplicada de manera muy particular en el ámbito del trabajo agrícola. Los campesinos, sobre todo en el Tercer

Mundo, forman la masa mayoritaria de los pobres.

2441. Acrecentar el sentido de Dios y el conocimiento de sí mismo

1908

constituye la base de todo desarrollo completo de la sociedad

humana. Este multiplica los bienes materiales y los pone al servicio de

la persona y de su libertad. Disminuye la miseria y la explotación

económicas. Hace crecer el respeto de las identidades culturales y la

apertura a la trascendencia (cf. SRS32; CA 51).

2442. No corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir

directamente en la actividad política y en la organización de la vida

social. Esta tarea forma parte de la vocación de los fieles laicos, que

899

actúan por su propia iniciativa con sus conciudadanos. La acción

social puede implicar una pluralidad de vías concretas. Deberá atender

siempre al bien común y ajustarse al mensaje evangélico y a la

enseñanza de la Iglesia. Corresponde a los fieles laicos ―animar, con

su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser

testigos y operadores de paz y de justicia‖ (SRS 47; cf. 42).

VI. El amor a los pobres

2544-2547

2443. Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los

que se niegan a hacerlo: ―A quien te pide da, al que desee que le

prestes algo no le vuelvas la espalda‖ (

Mt 5, 42). ―Gratis lo recibisteis,

dadlo gratis‖ ( Mt 10, 8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que

hayan hecho por los pobres (cf. Mt 25, 31-36). La buena nueva

786, 525

―anunciada a los pobres‖ ( Mt 11, 5; Lc 4, 18) es el signo de la 544, 853

presencia de Cristo.

2444. ―El amor de la Iglesia por los pobres [...] pertenece a su

constante tradición‖ (CA 57). Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas (cf. Lc 6, 20-22), en la pobreza de Jesús (cf. Mt 8,

1716

20), y en su atención a los pobres (cf. Mc 12, 41-44). El amor a los

pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin

de ―hacer partícipe al que se halle en necesidad‖ ( Ef 4, 28). No abarca

sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de

pobreza cultural y religiosa (cf. CA 57).

2445. El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado

2536

de las riquezas o su uso egoísta:

«Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que

2547

están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros

vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de

herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará

vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que

son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que

segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han

llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra

regaladamente y os habéis entregado a los placeres; habéis hartado

vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al

justo; él no os resiste» ( St 5, 1-6).

2446. San Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: ―No hacer

participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la

2402

vida; [...] lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos‖ ( In

Lazarum, concio 2, 6). Es preciso ―satisfacer ante todo las exigencias

de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo

que ya se debe a título de justicia‖ (AA 8):

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos

liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más

que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de

justicia» (San Gregorio Magno, Regula pastoralis, 3, 21, 45).

1460

2447. Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante

las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y

espirituales (cf. Is 58, 6-7; Hb 13, 3). Instruir, aconsejar, consolar,

confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son

perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales

consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a

quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los

1038

presos, enterrar a los muertos (cf. Mt 25,31-46). Entre estas obras, la

1969

limosna hecha a los pobres (cf. Tb 4, 5-11; Si 17, 22) es uno de los

principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica

de justicia que agrada a Dios (cf. Mt 6, 2-4):

«El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga

para comer que haga lo mismo» ( Lc 3, 11). «Dad más bien en limosna lo

que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros» ( Lc 11, 41).

«Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento

diario, y alguno de vosotros les dice: ―Id en paz, calentaos o hartaos‖,

1004

pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?» ( St 2, 15-16;

cf. Jn 3, 17).

2448. ―Bajo sus múltiples formas –indigencia material, opresión

injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte–, la

miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en

que se encuentra el hombre tras el primer pecado de Adán y de la

386

necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la

compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e

identificarse con los «más pequeños de sus hermanos». También por

ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de

preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar

1586

de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar

para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante

innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar

continúan siendo indispensables‖ (Congregación p

ara la Doctrina de la

Fe, Instr. Libertatis conscientia, 68).

2449. En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas

(año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención de la prenda,

obligación del diezmo, pago cotidiano del jornalero, derecho de

rebusca después de la vendimia y la siega) corresponden a la

exhortación del Deuteronomio: ―Ciertamente nunca faltarán pobres en

este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a

tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra‖

( Dt 15, 11). Jesús hace suyas estas palabras: ―Porque pobres siempre

tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis‖ ( Jn 12, 8).

Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos antiguos:

―comprando por dinero a

los débiles y al pobre por un par de sandalias

[...]‖ ( Am 8, 6), sino que nos invita a reconocer su presencia en los

1397

pobres que son sus hermanos (cf. Mt 25, 40):

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y

enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: ―Cuando servimos a los pobres

y a los enfermos, somos buen olor de Cristo‖ (P. Hansen, Vita mirabilis

786

[…] venerabilis sororis Rosae de Sancta Maria Limensis, p. 200).

Resumen

2450. “No robarás” ( Dt 5, 19). “Ni los ladrones, ni los avaros [...] ,

ni los rapaces heredarán el Reino de Dios” ( 1Co 6, 10).

2451. El séptimo mandamiento prescribe la práctica de la justicia y

de la caridad en el uso de los bienes terrenos y de los frutos del

trabajo de los hombres.

2452. Los bienes de la creación están destinados a todo el género

humano. El derecho a la propiedad privada no anula el destino

universal de los bienes.

2453. El séptimo mandamiento prohíbe el robo. El robo es la

usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable de su dueño.

2454. Toda manera de tomar y de usar injustamente un bien ajeno es

contraria al séptimo mandamiento. La injusticia cometida exige

reparación. La justicia conmutativa impone la restitución del bien

robado.

2455. La ley moral prohíbe los actos que, con fines mercantiles o

totalitarios, llevan a esclavizar a los seres humanos, a comprarlos,

venderlos y cambiarlos como si fueran mercaderías.

2456. El dominio, concedido por el Creador, sobre los recursos

minerales, vegetales y animales del universo, no puede ser separado

del respeto de las obligaciones morales frente a todos los hombres,

incluidos los de las generaciones venideras.

2457. Los animales están confiados a la administración del hombre

que les debe benevolencia. Pueden servir a la justa satisfacción de las

necesidades del hombre.

2458. La Iglesia pronuncia un juicio en materia económica y social

cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la

salvación de las almas. Cuida del bien común temporal de los

hombres en razón de su ordenación al supremo Bien, nuestro fin

último.

2459. El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida

económica y social. El punto decisivo de la cuestión social estriba en

que los bienes creados por Dios para todos lleguen de hecho a todos,

según la justicia y con la ayuda de la caridad.

2460. El valor primordial del trabajo atañe al hombre mismo que es

su autor y su destinatario. Mediante su trabajo, el hombre participa

en la obra de la creación. Unido a Cristo, el trabajo puede ser

redentor.

2461. El desarrollo verdadero es el del hombre en su integridad. Se

trata de hacer crecer la capacidad de cada persona a fin de responder

a su vocación y, por lo tanto, a la llamada de Dios (cf. CA 29 ).

2462. La limosna hecha a los pobres es un testimonio de caridad

fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.

2463. ¿Cómo no reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la

parábola, en la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin

patria? (cf. Lc 16, 19-31). ¿Cómo no escuchar a Jesús que dice: “A

mí no me lo hicisteis?” ( Mt 25, 45).

ARTÍCULO 8

EL OCTAVO MANDAMIENTO

«No darás testimonio falso contra tu prójimo» ( Ex 20, 16).

«Se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus

juramentos» ( Mt 5, 33).

2464. El octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las

relaciones con el prójimo. Este precepto moral deriva de la vocación

del pueblo santo a ser testigo de su Dios, que es y que quiere la

verdad. Las ofensas a la verdad expresan, mediante palabras o

acciones, un rechazo a comprometerse con la rectitud moral: son

infidelidades básicas frente a Dios y, en este sentido, socavan las bases

de la Alianza.

I. Vivir en la verdad

215

2465. El Antiguo Testamento lo proclama: Dios es fuente de toda

verdad. Su Palabra es verdad (cf. Pr 8, 7; 2 S 7, 28). Su ley es verdad

(cf. Sal 119, 142). ―Tu verdad, de edad en edad‖ ( Sal 119, 90; Lc 1,

50). Puesto que Dios es el ―Veraz‖ ( Rm 3, 4), los miembros de su

pueblo son llamados a vivir en la verdad (cf. Sal 119, 30).

2466. En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó en plenitud.

―Lleno de gracia y de verdad‖ ( Jn 1, 14), él es la ―luz del mundo‖

( Jn 8, 12), la Verdad (cf. Jn 14, 6). El que cree en él, no permanece en

las tinieblas (cf. Jn 12, 46). El discípulo de Jesús, ―permanece en su

palabra‖, para conocer ―la verdad que hace libre‖ (

cf. Jn 8, 31-32) y

que santifica (cf. Jn 17, 17). Seguir a Jesús es vivir del ―Espíritu de

verdad‖ ( Jn 14, 17) que el Padre envía en su nombre (cf. Jn 14, 26) y

que conduce ―a la verdad completa‖ (

Jn 16, 13). Jesús enseña a sus

2153

discípulos el amor incondicional de la verdad: «Sea vuestro lenguaje:

―sí, sí‖; ―no, no‖» (

Mt 5, 37).

2467. El hombre busca naturalmente la verdad. Está obligado a

honrarla y atestiguarla: ―Todos los hombres, conforme a su dignidad,

por ser personas [...], se ven impulsados, por su misma naturaleza, a

buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo,

sobre todo con respecto a la verdad religiosa. Están obligados también

2104

a adherirse a la verdad una vez que la han conocido y a ordenar toda

su vida según sus exigencias‖ (DH 2).

2468. La verdad como rectitud de la acción y de la palabra humana,

tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o

veracidad es la virtud que consiste en mostrarse veraz en los propios

1458

actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la

simulación y la hipocresía.

2469. ―Los hombres [...] no podrían vivir juntos si no tuvieran

confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad‖ (Santo

Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 109, a. 3 ad 1). La virtud

de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa

un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe

1807

ser guardado: implica la honradez y la discreción. En justicia, ―un

hombre debe honestamente a otro la manifestación de la verdad‖

(Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 109, a. 3).

2470. El discípulo de Cristo acepta ―vivir en la verdad‖, es decir, en

la simplicidad de una vida conforme al ejemplo del Señor y

permaneciendo en su Verdad. ―Si decimos que estamos en comunión

con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos conforme a

la verdad‖ (

1 Jn 1, 6).

II. “Dar testimonio de la verdad”

2471. Ante Pilato, Cristo proclama que había ―venido al mundo para

dar testimonio de la verdad‖ ( Jn 18, 37). El cristiano no debe

―avergonzarse de dar testimonio del Señor‖ (

2 Tm 1, 8). En las

1816

situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe

profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces.

Debe guardar una ―conciencia limpia ante Dios y ante los hombres‖

( Hch 24, 16).

2472. El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la

863, 905

Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las

obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la

1807

fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que

establece o da a conocer la verdad (cf. Mt 18, 16):

«Todos [...] los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a

manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al

hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del

Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación» (AG 11).

852

2473. El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe;

designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da

testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la

caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana.

1808

Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. ―Dejadme ser pasto

1258

de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios‖ (San Ignacio de

Antioquía, Epistula ad Romanos, 4, 1).

2474. Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los

recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de

su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la

Verdad escritos con letras de sangre:

1011

«No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este

siglo. Es mejor para mí morir en Cristo Jesús que reinar hasta los confines

de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él

quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca...» (San

Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos, 6, 1-2).

«Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de

ser contado en el número de tus mártires [...]. Has cumplido tu promesa,

Dios, en quien no cabe la mentira y eres veraz. Por esta gracia y por todo

te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote,

Jesucristo, tu Hijo amado. Por Él, que está contigo y con el Espíritu, te

sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén» ( Martyrium

Polycarpi, 14, 2-3).

III. Ofensas a la verdad

2475. Los discípulos de Cristo se han ―revestido del hombre nuevo,

creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad‖ ( Ef 4, 24).

―Desechando la mentira‖ ( Ef 4, 25), deben ―rechazar toda malicia y

todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias‖ ( 1

P 2, 1).

2476. Falso testimonio y perjurio. Una afirmación contraria a la

2152

verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente.

Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio (cf. Pr 19, 9). Cuando

es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de

obrar contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un culpable

o a aumentar la sanción en que ha incurrido el acusado (cf. Pr 18, 5);

comprometen gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad de la

sentencia pronunciada por los jueces.

2477. El respeto de la reputación de las personas prohíbe toda

actitud y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto (cf.

CIC can. 220). Se hace culpable:

– de juicio temerario el que, incluso tácitamente, admite como

verdadero, sin tener para ello fundamento suficiente, un defecto

moral en el prójimo;

– de maledicencia el que, sin razón objetivamente válida,

manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los

ignoran (cf. Si 21, 28);

– de calumnia el que, mediante palabras contrarias a la verdad,

daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto

a ellos.

2478. Para evitar el juicio temerario, cada uno debe interpretar, en

cuanto sea posible, en un sentido favorable los pensamientos, palabras

y acciones de su prójimo:

«Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del

prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la

entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque

todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve»

(San Ignacio de Loyola, Exercitia spiritualia, 22).

2479. La maledicencia y la calumnia destruyen la reputación y el

honor del prójimo. Ahora bien, el honor es el testimonio social dado a

la dignidad humana y cada uno posee un derecho natural al honor de

1753

su nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la maledicencia y la

calumnia lesionan las virtudes de la justicia y de la caridad.

2480. Debe proscribirse toda palabra o actitud que, por halago,

adulación o complacencia, alienta y confirma a otro en la malicia de

sus actos y en la perversidad de su conducta. La adulación es una falta

grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves. El deseo de

prestar un servicio o la amistad no justifica una doblez del lenguaje.

La adulación es un pecado venial cuando sólo desea hacerse grato,

evitar un mal, remediar una necesidad u obtener ventajas legítimas.

2481. ―La vanagloria o jactancia constituye una falta contra la

verdad. Lo mismo sucede con la ironía que trata de ridiculizar a uno

caricaturizando de manera malévola tal o cual aspecto de su

comportamiento.

2482. ―La mentira consiste en decir falsedad con intención de

engañar‖ (San Agustín, De mendacio, 4, 5). El Señor denuncia en la

mentira una obra diabólica: ―Vuestro padre es el diablo [...] porque no

392

hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro,

porque es mentiroso y padre de la mentira‖ ( Jn 8, 44).

2483. La mentira es la ofensa más directa contra la verdad. Mentir es

hablar u obrar contra la verdad para inducir a error. Lesionando la

relación del hombre con la verdad y con el prójimo, la mentira ofende

el vínculo fundamental del hombre y de su palabra con el Señor.

2484. La gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de la

verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que

1750

la comete, y los daños padecidos por los que resultan perjudicados. Si

la mentira en sí sólo constituye un pecado venial, sin embargo llega a

ser mortal cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la

caridad.

2485. La mentira es condenable por su misma naturaleza. Es una

1756

profanación de la palabra cuyo objeto es comunicar a otros la verdad

conocida. La intención deliberada de inducir al prójimo a error

mediante palabras contrarias a la verdad constituye una falta contra la

justicia y la caridad. La culpabilidad es mayor cuando la intención de

engañar corre el riesgo de tener consecuencias funestas para los que

son desviados de la verdad.

2486. La mentira, por ser una violación de la virtud de la veracidad,

es una verdadera violencia hecha a los demás. Atenta contra ellos en

su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda

decisión. Contiene en germen la división de los espíritus y todos los

males que ésta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad:

1607

socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las

relaciones sociales.

2487. Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el

deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es

1459

imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto;

si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado

directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de

la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas

2412

cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a

veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado.

Obliga en conciencia.

IV. El respeto a la verdad

1740

2488. El derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional.

Todos deben conformar su vida al precepto evangélico del amor

fraterno. Este exige, en las situaciones concretas, estimar si conviene o

no revelar la verdad a quien la pide.

2489. La caridad y el respeto de la verdad deben dictar la respuesta a

toda petición de información o de comunicación. El bien y la

seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada, el bien común,

son razones suficientes para callar lo que no debe ser conocido, o para

2284

usar un lenguaje discreto. El deber de evitar el escándalo obliga con

frecuencia a una estricta discreción. Nadie está obligado a revelar una

verdad a quien no tiene derecho a conocerla (cf. Si 27, 16; Pr 25, 9-

10).

1467

2490. El secreto del sacramento de la Reconciliación es sagrado y no

puede ser revelado bajo ningún pretexto. ―El sigilo sacramental es

inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor

descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por

ningún motivo‖ (CIC can. 983 § 1).

2491. Los secretos profesionales –que obligan, por ejemplo, a

políticos, militares, médicos, juristas– o las confidencias hechas bajo

secreto deben ser guardados, salvo los casos excepcionales en los que

el no revelarlos podría causar al que los ha confiado, al que los ha

recibido o a un tercero daños muy graves y evitables únicamente

mediante la divulgación de la verdad. Las informaciones privadas

perjudiciales al prójimo, aunque no hayan sido confiadas bajo secreto,

no deben ser divulgadas sin una razón grave y proporcionada.

2522

2492. Se debe guardar la justa reserva respecto a la vida privada de la

gente. Los responsables de la comunicación deben mantener un justo

equilibrio entre las exigencias del bien común y el respeto de los

derechos particulares. La injerencia de la información en la vida

privada de personas comprometidas en una actividad política o

pública, es condenable en la medida en que atenta contra su intimidad

y libertad.

V. El uso de los medios de comunicación social

2493. Dentro de la sociedad moderna, los medios de comunicación

social desempeñan un papel importante en la información, la

promoción cultural y la formación. Su acción aumenta en importancia

por razón de los progresos técnicos, de la amplitud y la diversidad de

las noticias transmitidas, y la influencia ejercida sobre la opinión

pública.

2494. La información de estos medios es un servicio del bien común

1906

(cf. IM 11). La sociedad tiene derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad:

«El recto ejercicio de este derecho exige que, en cuanto a su contenido, la

comunicación sea siempre verdadera e íntegra, salvadas la justicia y la

caridad; además, en cuanto al modo, ha de ser honesta y conveniente, es

decir, debe respetar escrupulosamente las leyes morales, los derechos

legítimos y la dignidad del hombre, tanto en la búsqueda de la noticia

como en su divulgación» (IM 5).

906

2495. ―Es necesario que todos los miembros de la sociedad cumplan sus

deberes de caridad y justicia también en este campo, y, así, con ayuda de

estos medios, se esfuercen por formar y difundir una recta opinión pública‖

(IM 8). La solidaridad aparece como una consecuencia de una información verdadera y justa, y de la libre circulación de las ideas, que favorecen el

conocimiento y el respeto del prójimo.

2496. Los medios de comunicación social (en particular, los mass-media)

pueden engendrar cierta pasividad en los usuarios, haciendo de éstos,

consumidores poco vigilantes de mensajes o de espectáculos. Los usuarios

2525

deben imponerse moderación y disciplina respecto a los mass-media. Han de

formarse una conciencia clara y recta para resistir más fácilmente las

influencias menos honestas.

2497. Por razón de su profesión en la prensa, sus responsables tienen la

obligación, en la difusión de la información, de servir a la verdad y de no

ofender a la caridad. Han de esforzarse por respetar con una delicadeza igual,

la naturaleza de los hechos y los límites el juicio crítico respecto a las

personas. Deben evitar ceder a la difamación.

2237

2498. ―La autoridad civil tiene en esta materia deberes peculiares en razón

del bien común [...] al que se ordenan estos medios. Corresponde, pues, a

dicha autoridad [...] defender y asegurar la verdadera y justa libertad‖

(IM 12). Promulgando leyes y velando por su aplicación, los poderes 2286

públicos se asegurarán de que el mal uso de los medios no llegue a causar

―graves peligros para las costumbres públicas y el progreso de la sociedad‖

(IM 12). Deberán sancionar la violación de los derechos de cada uno a la reputación y al secreto de la vida privada. Tienen obligación de dar a tiempo

y honestamente las informaciones que se refieren al bien general y responden

a las inquietudes fundadas de la población. Nada puede justificar el recurso a

falsas informaciones para manipular la opinión pública mediante los mass-

media. Estas intervenciones no deberán atentar contra la libertad de los

individuos y de los grupos.

2499. La moral denuncia la llaga de los estados totalitarios que falsifican

sistemáticamente la verdad, ejercen mediante los mass-media un dominio

1903

político de la opinión, manipulan a los acusados y a los testigos en los

procesos públicos y tratan de asegurar su tiranía yugulando y reprimiendo

todo lo que consideran ―delitos de opinión‖.

VI. Verdad, belleza y arte sacro

1804

2500. La práctica del bien va acompañada de un placer espiritual

gratuito y de belleza moral. De igual modo, la verdad entraña el gozo

y el esplendor de la belleza espiritual. La verdad es bella por sí misma.

La verdad de la palabra, expresión racional del conocimiento de la

realidad creada e increada, es necesaria al hombre dotado de

inteligencia, pero la verdad puede también encontrar otras formas de

expresión humana, complementarias, sobre todo cuando se trata de

evocar lo que ella entraña de indecible, las profundidades del corazón

humano, las elevaciones del alma, el Misterio de Dios. Antes de

revelarse al hombre en palabras de verdad, Dios se revela a él,

mediante el lenguaje universal de la Creación, obra de su Palabra, de

341

su Sabiduría: el orden y la armonía del cosmos, que percibe tanto el

niño como el hombre de ciencia, ―pues por la grandeza y hermosura

de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor‖ ( Sb 13,

5), ―pues fue el Autor mismo de la belleza quien las creó‖ ( Sb 13, 3).

2129

«La sabiduría es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la

gloria del Omnipotente, por lo que nada manchado llega a alcanzarla. Es

un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios,

una imagen de su bondad» ( Sb 7, 25-26). «La sabiduría es, en efecto, más

bella que el Sol, supera a todas las constelaciones; comparada con la luz,

sale vencedora, porque a la luz sucede la noche, pero contra la sabiduría

no prevalece la maldad» ( Sb 7, 29-30). «Yo me constituí en el amante de

su belleza» ( Sb 8, 2).

2501. El hombre, ―creado a imagen de Dios‖ ( Gn 1, 26), expresa

también la verdad de su relación con Dios Creador mediante la belleza

de sus obras artísticas. El arte, en efecto, es una forma de expresión

propiamente humana; por encima de la satisfacción de las necesidades

vitales, común a todas las criaturas vivas, el arte es una

sobreabundancia gratuita de la riqueza interior del ser humano. Este

brota de un talento concedido por el Creador y del esfuerzo del

hombre, y es un género de sabiduría práctica, que une conocimiento y

habilidad (cf. Sb 7, 16-17) para dar forma a la verdad de una realidad

en lenguaje accesible a la vista y al oído. El arte entraña así cierta

semejanza con la actividad de Dios en la creación, en la medida en que

339

se inspira en la verdad y el amor de los seres. Como cualquier otra

actividad humana, el arte no tiene en sí mismo su fin absoluto, sino

que está ordenado y se ennoblece por el fin último del hombre (cf. Pío

XII, Mensaje radiofónico del 24 diciembre de 1955; Id. Mensaje

radiofónico dirigido a los miembros de la Juventud Obrera Católica -

J.O.C. , 3 de septiembre de 1950).

2502. El arte sacro es verdadero y bello cuando corresponde por su

1156-1162

forma a su vocación propia: evocar y glorificar, en la fe y la

adoración, el Misterio trascendente de Dios, Belleza sobreeminente e

invisible de Verdad y de Amor, manifestado en Cristo, ―Resplandor de

su gloria e Impronta de su esencia‖ ( Hb 1, 3), en quien ―reside toda la

Plenitud de la Divinidad corporalmente‖ (

Col 2, 9), belleza espiritual

reflejada en la Santísima Virgen Madre de Dios, en los Ángeles y los

Santos. El arte sacro verdadero lleva al hombre a la adoración, a la

oración y al amor de Dios Creador y Salvador, Santo y Santificador.

2503. Por eso los obispos deben personalmente o por delegación vigilar y

promover el arte sacro antiguo y nuevo en todas sus formas, y apartar con la

misma atención religiosa de la liturgia y de los edificios de culto todo lo que

no está de acuerdo con la verdad de la fe y la auténtica belleza del arte

sacro (cf. SC 122-127).

Resumen

2504. “No darás falso testimonio contra tu prójimo” ( Ex 20, 16).

Los discípulos de Cristo se han “revestido del Hombre Nuevo, creado

según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” ( Ef 4, 24).

2505. La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse

verdadero en sus actos y en sus palabras, evitando la duplicidad, la

simulación y la hipocresía.

2506. El cristiano no debe “avergonzarse de dar testimonio del

Señor” ( 2 Tm 1, 8) en obras y palabras. El martirio es el supremo

testimonio de la verdad de la fe.

2507. El respeto de la reputación y del honor de las personas

prohíbe toda actitud y toda palabra de maledicencia o de calumnia.

2508. La mentira consiste en decir algo falso con intención de

engañar al prójimo.

2509. Una falta cometida contra la verdad exige reparación.

2510. La regla de oro ayuda a discernir en las situaciones concretas

si conviene o no revelar la verdad a quien la pide.

2511. “El sigilo sacramental es inviolable” ( CIC can. 983 § 1 ) . Los secretos profesionales deben ser guardados. Las confidencias

perjudiciales a otros no deben ser divulgadas.

2512. La sociedad tiene derecho a una información fundada en la

verdad, la libertad, la justicia. Es preciso imponerse moderación y

disciplina en el uso de los medios de comunicación social.

2513. Las bellas artes, sobre todo el arte sacro, “están relacionadas,

por su naturaleza, con la infinita belleza divina, que se intenta

expresar, de algún modo, en las obras humanas. Y tanto más se

consagran a Dios y contribuyen a su alabanza y a su gloria, cuanto

más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible

con sus obras a dirigir las almas de los hombres piadosamente hacia

Dios” ( SC 122).

ARTÍCULO 9

EL NOVENO MANDAMIENTO

«No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo,

ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu

prójimo» ( Ex 20, 17).

«El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su

corazón» ( Mt 5, 28).

377, 400

2514. San Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia:

la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la

soberbia de la vida (cf. 1 Jn 2,16 [Vulgata]). Siguiendo la tradición

catequética católica, el noveno mandamiento prohíbe la concupiscencia

de la carne; el décimo prohíbe la codicia del bien ajeno.

405

2515. En sentido etimológico, la ―concupiscencia‖ puede designar

toda forma vehemente de deseo humano. La teología cristiana le ha

dado el sentido particular de un movimiento del apetito sensible que

contraría la obra de la razón humana. El apóstol san Pablo la identifica

con la lucha que la ―carne‖ sostiene contra el ―espíritu‖ (cf. Ga 5,

16.17.24; Ef 2, 3). Procede de la desobediencia del primer pecado

( Gn 3, 11). Desordena las facultades morales del hombre y, sin ser una

falta en sí misma, le inclina a cometer pecados (cf. Concilio de Trento:

DS 1515).

362

2516. En el hombre, porque es un ser compuesto de espíritu y

cuerpo, existe cierta tensión, y se desarrolla una lucha de tendencias

entre el ―espíritu‖ y la ―carne‖. Pero, en realidad, esta lucha pertenece

a la herencia del pecado. Es una consecuencia de él, y, al mismo

tiempo, confirma su existencia. Forma parte de la experiencia

407

cotidiana del combate espiritual:

«Para el apóstol no se trata de discriminar o condenar el cuerpo, que con

el alma espiritual constituye la naturaleza del hombre y su subjetividad

personal, sino que trata de las obras –mejor dicho, de las disposiciones

estables–, virtudes y vicios, moralmente buenas o malas, que son fruto de

sumisión (en el primer caso) o bien de resistencia (en el segundo caso) a

la acción salvífica del Espíritu Santo. Por ello el apóstol escribe: ―Si

vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu‖ ( Ga 5, 25)

(Juan Pablo II, Carta enc. Dominum et vivificantem, 55).

I. La purificación del corazón

2517. El corazón es la sede de la personalidad moral: ―de dentro del

368

corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios,

fornicaciones‖ ( Mt 15, 19). La lucha contra la concupiscencia de la

carne pasa por la purificación del corazón:

1809

«Mantente en la simplicidad y en la inocencia, y serás como los niños

pequeños que ignoran la perversidad que destruye la vida de los

hombres» (Hermas, Pastor 27, 1 [ mandatum 2, 1]).

2518. La sexta bienaventuranza proclama: "Bienaventurados los

limpios de corazón porque ellos verán a Dios" ( Mt 5,8). Los

"corazones limpios" designan a los que han ajustado su inteligencia y

su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en

tres dominios: la caridad (cf. 1 Tm 4, 3-9; 2 Tm 2 ,22), la castidad o

rectitud sexual (cf. 1 Ts 4, 7; Col 3, 5; Ef 4, 19), el amor de la verdad

y la ortodoxia de la fe (cf. Tt 1, 15; 1 Tm 3-4; 2 Tm 2, 23-26). Existe

un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe:

94

Los fieles deben creer los artículos del Símbolo ―para que, creyendo,

obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen

su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen‖ (San

158

Agustín, De fide et Symbolo, 10, 25).

2519. A los ―limpios de corazón‖ se les promete que verán a Dios

2548

cara a cara y que serán semejantes a Él (cf. 1 Co 13, 12, 1 Jn 3, 2). La

pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta

2819

pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un ―prójimo‖;

nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo,

como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza

2501

divina.

II. El combate por la pureza

1264

2520. El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la

purificación de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir

luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos

desordenados. Con la gracia de Dios lo consigue

2337

– mediante la virtud y el don de la castidad, pues la castidad

permite amar con un corazón recto e indiviso;

1752

– mediante la pureza de intención, que consiste en buscar el fin

verdadero del hombre: con una mirada limpia el bautizado se

afana por encontrar y realizar en todo la voluntad de Dios

(cf. Rm 12, 2; Col 1, 10);

1762

– mediante la pureza de la mirada exterior e interior; mediante la

disciplina de los sentidos y la imaginación; mediante el rechazo

de toda complacencia en los pensamientos impuros que inclinan

a apartarse del camino de los mandamientos divinos: ―la vista

despierta la pasión de los insensatos‖ ( Sb 15, 5);

2846

– mediante la oración:

«Creía que la continencia dependía de mis propias fuerzas, las cuales no

sentía en mí; siendo tan necio que no entendía lo que estaba escrito: [...]

que nadie puede ser continente, si tú no se lo das. Y cierto que tú me lo

dieras, si con interior gemido llamase a tus oídos, y con fe sólida arrojase

en ti mi cuidado» (San Agustín, Confessiones, 6, 11, 20).

2521. La pureza exige el pudor. Este es parte integrante de la

templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el

rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la

castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos

en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que

existe entre ellas.

2492

2522. El pudor protege el misterio de las personas y de su amor.

Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa; exige

que se cumplan las condiciones del don y del compromiso definitivo

del hombre y de la mujer entre sí. El pudor es modestia; inspira la

elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva donde se

adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en

discreción.

2523. Existe un pudor de los sentimientos como también un pudor del

2354

cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo

humano propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de

comunicación a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una

manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la

presión de las ideologías dominantes.

2524. Las formas que reviste el pudor varían de una cultura a otra. Sin

embargo, en todas partes constituye la intuición de una dignidad espiritual

propia al hombre. Nace con el despertar de la conciencia personal. Educar en

el pudor a niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto de la persona

humana.

2525. La pureza cristiana exige una purificación del clima social.

2344

Obliga a los medios de comunicación social a una información

cuidadosa del respeto y de la discreción. La pureza de corazón libera

del erotismo difuso y aparta de los espectáculos que favorecen el

exhibicionismo y las imágenes indecorosas.

2526. Lo que se llama permisividad de las costumbres se basa en una

1740

concepción errónea de la libertad humana; para llegar a su madurez,

esta necesita dejarse educar previamente por la ley moral. Conviene

pedir a los responsables de la educación que impartan a la juventud

una enseñanza respetuosa de la verdad, de las cualidades del corazón y

de la dignidad moral y espiritual del hombre.

2527. ―La buena nueva de Cristo renueva continuamente la vida y la

cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males que

1204

brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado. Purifica y

eleva sin cesar las costumbres de los pueblos. Con las riquezas de lo

alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo, como desde

dentro, las bellezas y cualidades espirituales de cada pueblo o edad‖

(GS 58).

Resumen

2528. “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió

adulterio con ella en su corazón” ( Mt 5, 28).

2529. El noveno mandamiento pone en guardia contra el desorden o

concupiscencia de la carne.

2530. La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la

purificación del corazón y por la práctica de la templanza

2531. La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios: nos da

desde ahora la capacidad de ver según Dios todas las cosas.

2532. La purificación del corazón es imposible sin la oración, la

práctica de la castidad y la pureza de intención y de mirada.

2533. La pureza del corazón requiere el pudor, que es paciencia,

modestia y discreción. El pudor preserva la intimidad de la persona.

ARTÍCULO 10

EL DÉCIMO MANDAMIENTO

«No codiciarás [...] nada que [...] sea de tu prójimo» ( Ex 20, 17).

«No desearás su casa, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno:

nada que sea de tu prójimo» ( Dt 5, 21).

«Donde [...] esté tu tesoro, allí estará también tu corazón » ( Mt 6, 21).

2534. El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que

versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien

ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos por el

séptimo mandamiento. La ―concupiscencia de los ojos‖ (cf. 1 Jn 2, 16)

lleva a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto

(cf. Mi 2, 2). La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la

idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley

2112

(cf. Sb 14, 12). El décimo mandamiento se refiere a la intención del

corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley.

2069

I. El desorden de la concupiscencia

2535. El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables

que no poseemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o

calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos;

pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a

1767

codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece o es debido a

otra persona.

2536. El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una

apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo

2445

desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su

poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la

cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

«Cuando la Ley nos dice: No codiciarás, nos dice, en otros términos, que

apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed

codiciosa de los bienes del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada,

como está escrito: El ojo del avaro no se satisface con su suerte ( Qo 14,

9)» ( Catecismo Romano, 3, 10, 13).

2537. No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que

pertenecen al prójimo siempre que sea por medios justos. La

catequesis tradicional señala con realismo ―quiénes son los que más

deben luchar contra sus codicias pecaminosas‖ y a los que, por tanto,

es preciso ―exhortar más a observar este precepto‖:

«Hay [...] comerciantes [...] que desean la escasez y la carestía de las

mercancías, y no soportan que otros, además de ellos, compren y vendan,

porque ellos podrían comprar más barato y vender más caro; también

pecan aquellos que desean que sus semejantes estén en la miseria para

ellos enriquecerse comprando y vendiendo [...]. También hay médicos

que desean que haya enfermos; y abogados que anhelan causas y

procesos numerosos y sustanciosos...» ( Catecismo Romano, 3, 10, 23).

2538. El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón

2317

humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el

arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo

poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico que, a

pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por

robarle la oveja (cf. 2 S 12, 1-4). La envidia puede conducir a las

peores fechorías (cf. Gn 4, 3-7; 1 R 21, 1-29). La muerte entró en el

391

mundo por la envidia del diablo (cf. Sb 2, 24).

«Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra

otros [...] Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a

dónde llegaremos? [...] Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo [...] Nos

declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo

harían las fieras» (San Juan Crisóstomo, In epistulam II ad Corinthios,

homilía 27, 3-4).

2539. La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza

1866

experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de

poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un

mal grave es un pecado mortal:

San Agustín veía en la envidia el ―pecado diabólico por excelencia‖ ( De

disciplina christiana, 7, 7).

―De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría

causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad‖

(San Gregorio Magno, Moralia in Job, 31, 45).

2540. La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por

tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella

mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del

1829

orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

«¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del

progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por

vosotros. Dios será alabado –se dirá– porque su siervo ha sabido vencer

la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros» (San Juan

Crisóstomo, In epistulam ad Romanos, homilía 7, 5).

II. Los deseos del Espíritu

2541. La economía de la Ley y de la Gracia aparta el corazón de los

hombres de la codicia y de la envidia: lo inicia en el deseo del

1718

Supremo Bien; lo instruye en los deseos del Espíritu Santo, que sacia

2764

el corazón del hombre.

El Dios de las promesas puso desde el comienzo al hombre en

guardia contra la seducción de lo que, desde entonces, aparece como

397

―bueno [...] para comer, apetecible a la vista y excelente [...] para

lograr sabiduría‖ ( Gn 3, 6).

2542. La Ley confiada a Israel nunca fue suficiente para justificar a

1963

los que le estaban sometidos; incluso vino a ser instrumento de la

―concupiscencia‖ (cf. Rm 7, 7). La inadecuación entre el querer y el

hacer (cf. Rm 7, 10) manifiesta el conflicto entre la ―ley de Dios‖, que

es la ―ley de la razón‖, y la otra ley que ―me esclaviza a la ley del

pecado que está en mis miembros‖ (

Rm 7, 23).

1992

2543. ―Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios

se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de

Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen‖ (

Rm 3, 21-22).

Por eso, los fieles de Cristo ―han crucificado la carne con sus pasiones

y sus apetencias‖ ( Ga 5, 24); ―son guiados por el Espíritu‖ ( Rm 8, 14)

y siguen los deseos del Espíritu (cf. Rm 8, 27).

2443-2449

III. La pobreza de corazón

2544. Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a Él respecto a todo

y a todos y les propone ―renunciar a todos sus bienes‖ ( Lc 14, 33) por

Él y por el Evangelio (cf. Mc 8, 35). Poco antes de su pasión les

mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su

indigencia, dio todo lo que tenía para vivir (cf. Lc 21, 4). El precepto

544

del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el

Reino de los cielos.

2545. ―Todos los cristianos han de intentar orientar rectamente sus

deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las

riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica,

2013

buscar el amor perfecto‖ (LG 42).

2546. ―Bienaventurados los pobres en el espíritu‖ ( Mt 5, 3). Las

1716

bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza

y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes pertenece ya

el Reino (cf. Lc 6, 20):

«El Verbo llama ―pobreza en el Espíritu‖ a la humildad voluntaria de un

espíritu humano y su renuncia; el apóstol nos da como ejemplo la pobreza

de Dios cuando dice: ―Se hizo pobre por nosotros‖ ( 2 Co 8, 9)» (San

Gregorio de Nisa, De beatitudinibus, oratio 1).

2547. El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo

en la abundancia de bienes (cf. Lc 6, 24). ―El orgulloso busca el poder

terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los cielos‖

(San Agustín, De sermone Domini in monte, 1, 1, 3). El abandono en

la providencia del Padre del cielo libera de la inquietud por el mañana

305

(cf. Mt 6, 25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza

de los pobres: ellos verán a Dios.

IV. “Quiero ver a Dios”

2548. El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego

desordenado a los bienes de este mundo, y tendrá su plenitud en la

2519

visión y la bienaventuranza de Dios. ―La promesa [de ver a Dios]

supera toda felicidad [...] En la Escritura, ver es poseer [...]. El que ve

a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir‖ (San

Gregorio de Nisa, De beatitudinibus, oratio 6).

2549. Corresponde, por tanto, al pueblo santo luchar, con la gracia de

lo alto, para obtener los bienes que Dios promete. Para poseer y

contemplar a Dios, los fieles cristianos mortifican sus concupiscencias

y, con la ayuda de Dios, vencen las seducciones del placer y del poder.

2015

2550. En este camino hacia la perfección, el Espíritu y la Esposa

llaman a quien les escucha (cf. Ap 22, 17) a la comunión perfecta con

Dios:

«Allí se dará la gloria verdadera; nadie será alabado allí por error o por

adulación; los verdaderos honores no serán ni negados a quienes los

merecen ni concedidos a los indignos; por otra parte, allí nadie indigno

pretenderá honores, pues allí sólo serán admitidos los dignos. Allí reinará

la verdadera paz, donde nadie experimentará oposición ni de sí mismo ni

de otros. La recompensa de la virtud será Dios mismo, que ha dado la

virtud y se prometió a ella como la recompensa mejor y más grande que

puede existir [...]: ―Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo‖ ( Lv 26, 12)

[...] Este es también el sentido de las palabras del apóstol: ―para que Dios

sea todo en todos‖ (

1 Co 15, 28). El será el fin de nuestros deseos, a quien

314

contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos sin

cansancio. Y este don, este amor, esta ocupación serán ciertamente, como

la vida eterna, comunes a todos» (San Agustín, De civitate Dei, 22,30).

Resumen

2551. "Donde [...] está tu tesoro allí estará tu corazón" ( Mt 6,21).

2552. El décimo mandamiento prohíbe el deseo desordenado, nacido

de la pasión inmoderada de las riquezas y del poder.

2553. La envidia es la tristeza experimentada ante el bien del

prójimo y el deseo desordenado de apropiárselo. Es un pecado

capital.

2554. El bautizado combate la envidia mediante la caridad, la

humildad y el abandono en la providencia de Dios.

2555. Los fieles cristianos "han crucificado la carne con sus

pasiones y sus concupiscencias" ( Ga 5,24); son guiados por el

Espíritu y siguen sus deseos.

2556. El desprendimiento de las riquezas es necesario para entrar en

el Reino de los cielos. "Bienaventurados los pobres de corazón"

( Mt 5, 3).

2557. El hombre que anhela dice: "Quiero ver a Dios". La sed de

Dios es saciada por el agua de la vida (cf. Jn 4,14).

CUARTA PARTE

LA ORACIÓN CRISTIANA

PRIMERA SECCION:

LA ORACION EN LA VIDA CRISTIANA

LA ORACIÓN EN LA VIDA CRISTIANA

2558. ―Este es el misterio de la fe‖. La Iglesia lo profesa en el

Símbolo de los Apóstoles ( primera parte) y lo celebra en la Liturgia

sacramental ( segunda parte), para que la vida de los fieles se

conforme con Cristo en el Espíritu Santo para gloria de Dios Padre

( tercera parte). Por tanto, este misterio exige que los fieles crean en

él, lo celebren y vivan de él en una relación viva y personal con Dios

vivo y verdadero. Esta relación es la oración.

¿QUÉ ES LA ORACIÓN?

«Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada

lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde

dentro de la prueba como en la alegría» (Santa Teresa del Niño Jesús,

Manuscrit C, 25r: Manuscrists autohiographiques [Paris 1992] p. 389-

390).

LA ORACIÓN COMO DON DE DIOS

2559. ―La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a

Dios de bienes convenientes‖ (San Juan Damasceno, Expositio fidei,

68 [ De fide orthodoxa 3, 24]). ¿Desde dónde hablamos cuando

oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia

voluntad, o desde ―lo más profundo‖ (

Sal 130, 1) de un corazón

humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf. Lc 18, 9-14).

2613

La humildad es la base de la oración. ―Nosotros no sabemos pedir

2736

como conviene‖ ( Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria

para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un

mendigo de Dios (San Agustín, Sermo 56, 6, 9).

2560. ―Si conocieras el don de Dios‖ ( Jn 4, 10). La maravilla de la

oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a

buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es

el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su

petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La

oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed

del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él (cf. San

Agustín, De diversis quaestionibus octoginta tribus 64, 4).

2561. ―Tú le habrías rogado a él, y él te habría dado agua viva‖ ( Jn 4,

10). Nuestra oración de petición es paradójicamente una respuesta.

Respuesta a la queja del Dios vivo: ―A mí me dejaron, manantial de

aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas‖ ( Jr 2, 13),

respuesta de fe a la promesa gratuita de salvación (cf. Jn 7, 37-

39; Is 12, 3; 51, 1), respuesta de amor a la sed del Hijo único (cf. Jn

19, 28; Za 12, 10; 13, 1).

LA ORACIÓN COMO ALIANZA

2562. ¿De dónde viene la oración del hombre? Cualquiera que sea el

lenguaje de la oración (gestos y palabras), el que ora es todo el

hombre. Sin embargo, para designar el lugar de donde brota la

oración, las sagradas Escrituras hablan a veces del alma o del espíritu,

y con más frecuencia del corazón (más de mil veces). Es el corazón el

que ora. Si este está alejado de Dios, la expresión de la oración es

vana.

2563. El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito

368

(según la expresión semítica o bíblica: donde yo ―me adentro‖). Es

nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la

de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el

lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias

2699

psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y

1696

la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos

en relación: es el lugar de la Alianza.

2564. La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el

hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu

Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con la

voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre.

LA ORACIÓN COMO COMUNIÓN

2565. En la nueva Alianza, la oración es la relación viva de los hijos

de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y

260

con el Espíritu Santo. La gracia del Reino es ―la unión de la Santísima

Trinidad toda entera con el espíritu todo entero‖ (San Gregorio

Nacianceno, Oratio 16, 9). Así, la vida de oración es estar

habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión

con Él. Esta comunión de vida es posible siempre porque, mediante el

Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo

(cf. Rm 6, 5). La oración es cristiana en tanto en cuanto es comunión

792

con Cristo y se extiende por la Iglesia que es su Cuerpo. Sus

dimensiones son las del Amor de Cristo (cf. Ef 3, 18-21).

CAPÍTULO PRIMERO

LA REVELACIÓN DE LA ORACIÓN

VOCACIÓN UNIVERSAL A LA ORACIÓN

2566. El hombre busca a Dios. Por la creación Dios llama a todo ser

desde la nada a la existencia. Coronado de gloria y esplendor ( Sal 8,

296

6), el hombre es, después de los ángeles, capaz de reconocer ¡qué

glorioso es el Nombre del Señor por toda la tierra! ( Sal 8, 2). Incluso

después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el

hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de

355

Aquel que le llama a la existencia. Todas las religiones dan testimonio

de esta búsqueda esencial de los hombres (cf. Hch 17, 27).

28

2567. Dios es quien primero llama al hombre. Olvide el hombre a su

Creador o se esconda lejos de su faz, corra detrás de sus ídolos o acuse

a la divinidad de haberlo abandonado, el Dios vivo y verdadero llama

incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración.

30

Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la

oración, la actitud del hombre es siempre una respuesta. A medida que

Dios se revela, y revela al hombre a sí mismo, la oración aparece

142

como un llamamiento recíproco, un hondo acontecimiento de Alianza.

A través de palabras y de actos, tiene lugar un trance que compromete

el corazón humano. Este se revela a través de toda la historia de la

salvación.

ARTÍCULO 1

EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

2568. La revelación de la oración en el Antiguo Testamento se

encuadra entre la caída y la elevación del hombre, entre la llamada

410

dolorosa de Dios a sus primeros hijos: ―¿Dónde estás? [...] ¿Por qué lo

has hecho?‖ (

Gn 3, 9. 13) y la respuesta del Hijo único al entrar en el

1736

mundo: ―He aquí que vengo [...] a hacer, oh Dios, tu voluntad‖

( Hb 10, 7; cf. Hb 10, 5-7). De este modo, la oración está ligada con la

2738

historia de los hombres; es la relación con Dios en los acontecimientos

de la historia humana.

LA CREACIÓN, FUENTE DE LA ORACIÓN

288

2569. La oración se vive primeramente a partir de las realidades de

la creación. Los nueve primeros capítulos del Génesis describen esta

relación con Dios como ofrenda por Abel de los primogénitos de su

rebaño (cf. Gn 4, 4), como invocación del nombre divino por Enós (cf.

Gn 4, 26), como ―marcha con Dios‖ ( Gn 5, 24). La ofrenda de Noé es

58

―agradable‖ a Dios que le bendice y, a través de él, bendice a toda la

creación (cf. Gn 8, 20-9, 17), porque su corazón es justo e íntegro; él

también ―marcha con Dios‖ (

Gn 6, 9). Este carácter de la oración ha

sido vivido en todas las religiones, por una muchedumbre de hombres

piadosos.

En su alianza indefectible con todos los seres vivientes (cf. Gn 9,

8-16), Dios llama siempre a los hombres a orar. Pero, en el Antiguo

Testamento, la oración se revela sobre todo a partir de nuestro padre

59

Abraham.

LA PROMESA Y LA ORACIÓN DE LA FE

2570. Cuando Dios lo llama, Abraham se pone en camino ―como se

lo había dicho el Señor‖ (

Gn 12, 4): todo su corazón ―se somete a la

145

Palabra‖ y obedece. La escucha del corazón a Dios que llama es

esencial a la oración, las palabras tienen un valor relativo. Por eso, la

oración de Abraham se expresa primeramente con hechos: hombre de

silencio, en cada etapa construye un altar al Señor. Solamente más

tarde aparece su primera oración con palabras: una queja velada

recordando a Dios sus promesas que no parecen cumplirse (cf. Gn 15,

2-3). De este modo surge desde los comienzos uno de los aspectos de

la tensión dramática de la oración: la prueba de la fe en Dios que es

fiel.

2571. Habiendo creído en Dios (cf. Gn 15, 6), marchando en su

presencia y en alianza con él (cf. Gn 17, 2), el patriarca está dispuesto

a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable

hospitalidad de Mambré, preludio a la anunciación del verdadero Hijo

494

de la promesa (cf. Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38). Desde entonces,

habiéndole confiado Dios su plan, el corazón de Abraham está en

consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y se

atreve a interceder por ellos con una audaz confianza (cf. Gn 18, 16-

2635

33).

2572. Como última purificación de su fe, se le pide al ―que había

recibido las promesas‖ ( Hb 11, 17) que sacrifique al hijo que Dios le

ha dado. Su fe no vacila: ―Dios proveerá el cordero para el

holocausto‖ ( Gn 22, 8), ―pensaba que poderoso era Dios aun para

resucitar a los muertos‖ ( Hb 11, 19). Así, el padre de los creyentes se

hace semejante al Padre que no perdonará a su propio Hijo, sino que lo

603

entregará por todos nosotros (cf. Rm 8, 32). La oración restablece al

hombre en la semejanza con Dios y le hace participar en la potencia

del amor de Dios que salva a la multitud (cf. Rm 4, 16-21).

2573. Dios renueva su promesa a Jacob, cabeza de las doce tribus de

Israel (cf. Gn 28, 10-22). Antes de enfrentarse con su hermano Esaú,

lucha una noche entera con ―alguien‖ misterioso que rehúsa revelar su

nombre pero que le bendice antes de dejarle, al alba. La tradición

espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la

oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia

162

(cf. Gn 32, 25-31; Lc 18, 1-8).

MOISÉS Y LA ORACIÓN DEL MEDIADOR

2574. Cuando comienza a realizarse la promesa (Pascua, Éxodo,

entrega de la Ley y conclusión de la Alianza), la oración de Moisés es

62

la figura conmovedora de la oración de intercesión que tiene su

cumplimiento en ―el único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo-

Jesús, hombre también‖ ( 1 Tm 2, 5).

205

2575. También aquí, Dios interviene, el primero. Llama a Moisés

desde la zarza ardiendo (cf. Ex 3, 1-10). Este acontecimiento quedará

como una de las figuras principales de la oración en la tradición

espiritual judía y cristiana. En efecto, si ―el Dios de Abraham, de Isaac

y de Jacob‖ llama a su servidor Moisés, es que él es el Dios vivo que

quiere la vida de los hombres. Él se revela para salvarlos, pero no lo

hace solo ni contra la voluntad de los hombres: llama a Moisés para

enviarlo, para asociarlo a su compasión, a su obra de salvación. Hay

como una imploración divina en esta misión, y Moisés, después de

debatirse, acomodará su voluntad a la de Dios salvador. Pero en este

diálogo en el que Dios se confía, Moisés aprende también a orar:

rehúye, objeta, y sobre todo interroga; en respuesta a su petición, el

Señor le confía su Nombre inefable que se revelará en sus grandes

gestas.

555

2576. Pues bien, ―Dios hablaba con Moisés cara a cara, como habla

un hombre con su amigo‖ (

Ex 33, 11). La oración de Moisés es

modelo de la oración contemplativa gracias a la cual el servidor de

Dios es fiel a su misión. Moisés ―conversa‖ con Dios frecuentemente

y durante largo rato, subiendo a la montaña para escucharle e

implorarle, bajando hacia el pueblo para transmitirle las palabras de su

Dios y guiarlo. ―Él es de toda confianza en mi casa; boca a boca hablo

con él, abiertamente‖ ( Nm 12, 7-8), porque ―Moisés era un hombre

humilde más que hombre alguno sobre la haz de la tierra‖ ( Nm 12, 3).

2577. De esta intimidad con el Dios fiel, lento a la ira y rico en amor

210

(cf. Ex 34, 6), Moisés ha sacado la fuerza y la tenacidad de su

intercesión. No pide por él, sino por el pueblo que Dios ha reunido.

2635

Moisés intercede ya durante el combate con los amalecitas (cf. Ex 17,

8-13) o para obtener la curación de María (cf. Nm 12, 13-14). Pero es

sobre todo después de la apostasía del pueblo cuando ―se mantiene en

la brecha‖ ante Dios ( Sal 106, 23) para salvar al pueblo (cf. Ex 32, 1-

34, 9). Los argumentos de su oración (la intercesión es también un

combate misterioso) inspirarán la audacia de los grandes orantes tanto

del pueblo judío como de la Iglesia. Dios es amor, por tanto es justo y

214

fiel; no puede contradecirse, debe acordarse de sus acciones

maravillosas, su gloria está en juego, no puede abandonar al pueblo

que lleva su Nombre.

DAVID Y LA ORACIÓN DEL REY

2578. La oración del pueblo de Dios se desarrolla a la sombra de la

morada de Dios, el Arca de la Alianza y más tarde el Templo. Los

guías del pueblo –pastores y profetas– son los primeros que le enseñan

a orar. El niño Samuel aprendió de su madre Ana cómo ―estar ante el

Señor‖ (cf. 1 S 1, 9-18) y del sacerdote Elí cómo escuchar su Palabra:

―Habla, Señor, que tu siervo escucha‖ (cf. 1 S 3, 9-10). Más tarde,

también él conocerá el precio y el peso de la intercesión: ―Por mi

parte, lejos de mí pecar contra el Señor dejando de suplicar por

vosotros y de enseñaros el camino bueno y recto‖ ( 1 S 12, 23).

2579. David es, por excelencia, el rey ―según el corazón de Dios‖, el

709

pastor que ruega por su pueblo y en su nombre, aquel cuya sumisión a

la voluntad de Dios, cuya alabanza y arrepentimiento serán modelo de

la oración del pueblo. Ungido de Dios, su oración es adhesión fiel a la

436

promesa divina (cf. 2 S 7, 18-29), confianza cordial y gozosa en aquel

que es el único Rey y Señor. En los Salmos, David, inspirado por el

Espíritu Santo, es el primer profeta de la oración judía y cristiana. La

oración de Cristo, verdadero Mesías e hijo de David, revelará y llevará

a su plenitud el sentido de esta oración.

2580. El Templo de Jerusalén, la casa de oración que David quería

583

construir, será la obra de su hijo, Salomón. La oración de la

Dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-61) se apoya en la Promesa de

Dios y su Alianza, la presencia activa de su Nombre entre su Pueblo y

el recuerdo de los grandes hechos del Éxodo. El rey eleva entonces las

manos al cielo y ruega al Señor por él, por todo el pueblo, por las

generaciones futuras, por el perdón de sus pecados y sus necesidades

diarias, para que todas las naciones sepan que Dios es el único Dios y

que el corazón del pueblo le pertenece por entero a Él.

ELÍAS, LOS PROFETAS Y LA CONVERSIÓN DEL CORAZÓN

2581. Para el pueblo de Dios, el Templo debía ser el lugar donde

aprender a orar: las peregrinaciones, las fiestas, los sacrificios, la

ofrenda de la tarde, el incienso, los panes de ―la proposición‖, todos

1150

estos signos de la santidad y de la gloria de Dios, Altísimo pero muy

cercano, eran llamamientos y caminos para la oración. Sin embargo, el

ritualismo arrastraba al pueblo con frecuencia hacia un culto

demasiado exterior. Era necesaria la educación de la fe, la conversión

del corazón. Esta fue la misión de los profetas, antes y después del

destierro.

2582. Elías es el padre de los profetas, de la raza de los que buscan a

Dios, de los que van tras su rostro (cf. Sal 24, 6). Su nombre, ―El

Señor es mi Dios‖, anuncia el grito del pueblo en respuesta a su

oración sobre el monte Carmelo (cf. 1 R 18, 39). Santiago nos remite a

él para incitarnos a orar: ―La oración ferviente del justo tiene mucho

poder‖ ( St 5, 16; cf. St 5, 16-18).

2583. Después de haber aprendido la misericordia en su retirada al

torrente de Kérit, Elías enseña a la viuda de Sarepta la fe en la palabra

de Dios, fe que confirma con su oración insistente: Dios devuelve la

vida al hijo de la viuda (cf. 1 R 17, 7-24).

En el sacrificio sobre el Monte Carmelo, prueba decisiva para la

696

fe del pueblo de Dios, el fuego del Señor es la respuesta a su súplica

de que se consume el holocausto [...] ―a la hora de la ofrenda de la

tarde‖: ―¡Respóndeme, Señor, respóndeme!‖ son las palabras de Elías

que las liturgias orientales recogen en la epíclesis eucarística (cf. 1

R 18, 20-39).

Finalmente, volviendo a andar el camino del desierto hacia el

lugar donde el Dios vivo y verdadero se reveló a su pueblo, Elías se

recoge como Moisés ―en la hendidura de la roca‖ hasta que ―pasa‖ la

presencia misteriosa de Dios (cf. 1 R 19, 1-14; Ex 33, 19-23). Pero

555

solamente en el monte de la Transfiguración se dará a conocer Aquél

cuyo Rostro buscan (cf. Lc 9, 30-35): el conocimiento de la Gloria de

Dios está en la rostro de Cristo crucificado y resucitado (cf. 2 Co 4, 6).

2584. A solas con Dios, los profetas extraen luz y fuerza para su

2709

misión. Su oración no es una huida del mundo infiel, sino una escucha

de la palabra de Dios, es, a veces, un debatirse o una queja, y siempre

una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios salvador,

Señor de la historia (cf. Am 7, 2. 5; Is 6, 5. 8. 11; Jr 1, 6; 15, 15-18;

20, 7-18).

LOS SALMOS, ORACIÓN DE LA ASAMBLEA

2585. Desde David hasta la venida del Mesías, las sagradas

Escrituras contienen textos de oración que atestiguan el sentido

1093

profundo de la oración por sí mismo y por los demás (cf. Esd 9, 6-

15; Ne 1, 4-11; Jon 2, 3-10; Tb 3, 11-16; Jdt 9, 2-14). Los salmos

fueron reunidos poco a poco en un conjunto de cinco libros: los

Salmos (o ―alabanzas‖), son la obra maestra de la oración en el

Antiguo Testamento.

2586. Los Salmos alimentan y expresan la oración del pueblo de

Dios como asamblea, con ocasión de las grandes fiestas en Jerusalén y

los sábados en las sinagogas. Esta oración es indisociablemente

individual y comunitaria; concierne a los que oran y a todos los

hombres; brota de la Tierra santa y de las comunidades de la Diáspora,

pero abarca a toda la creación; recuerda los acontecimientos

salvadores del pasado y se extiende hasta la consumación de la

historia; hace memoria de las promesas de Dios ya realizadas y espera

al Mesías que les dará cumplimiento definitivo. Los Salmos, recitados

por Cristo en su oración y que en Él encuentran su cumplimiento,

continúan siendo esenciales en la oración de su Iglesia (cf.

1177

Ordenación general de la Liturgia de las Horas, 100-109).

2587. El Salterio es el libro en el que la Palabra de Dios se convierte

en oración del hombre. En los demás libros del Antiguo Testamento

―las palabras [...] proclaman las obras‖ [de Dios por los hombres] ―y

explican su misterio‖ (DV 2). En el Salterio, las palabras del salmista expresan, proclamándolas ante Dios, las obras de salvación. El mismo

Espíritu inspira la obra de Dios y la respuesta del hombre. Cristo unirá

2641

ambas. En Él, los salmos no cesan de enseñarnos a orar.

2588. Las múltiples expresiones de oración de los Salmos se hacen

realidad viva tanto en la liturgia del templo como en el corazón del

hombre. Tanto si se trata de un himno como de una oración de

desamparo o de acción de gracias, de súplica individual o comunitaria,

de canto real o de peregrinación, o de meditación sapiencial, los

salmos son el espejo de las maravillas de Dios en la historia de su

pueblo y en las situaciones humanas vividas por el salmista. Un salmo

puede reflejar un acontecimiento pasado, pero es de una sobriedad tal

que verdaderamente pueden orar con él los hombres de toda condición

y de todo tiempo.

2589. Hay unos rasgos constantes en los Salmos: la simplicidad y la

espontaneidad de la oración, el deseo de Dios mismo a través de su

creación, y con todo lo que hay de bueno en ella, la situación

incómoda del creyente que, en su amor preferente por el Señor, se

enfrenta con una multitud de enemigos y de tentaciones; y que, en la

espera de lo que hará el Dios fiel, mantiene la certeza del amor de

304

Dios y la entrega a la voluntad divina. La oración de los salmos está

siempre orientada a la alabanza; por lo cual, corresponde bien al

conjunto de los salmos el título de ―Las Alabanzas‖. Recopilados los

salmos en función del culto de la Asamblea, son invitación a la

oración y respuesta a la misma: ―Hallelu-Ya!‖ (Aleluya), ―¡Alabad al

Señor!‖

«¿Qué cosa hay más agradable que un Salmo? Como dice bellamente el

mismo David: ―Alabad al Señor, que los salmos son buenos; nuestro Dios

merece una alabanza armoniosa‖. Y con razón: los salmos, en efecto, son

la bendición del pueblo, la alabanza de Dios, el elogio de los fieles, el

aplauso de todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia, la profesión

armoniosa de nuestra fe» (San Ambrosio, Enarrationes in Psalmos, 1, 9).

Resumen

2590. “La oración es la elevación del alma hacia Dios o la petición

a Dios de bienes convenientes” (San Juan Damasceno, Expositio

fidei , 68).

2591. Dios llama incansablemente a cada persona al encuentro

misterioso con Él. La oración acompaña a toda la historia de la

salvación como una llamada recíproca entre Dios y el hombre.

2592. La oración de Abraham y de Jacob aparece como una lucha

de fe vivida en la confianza a la fidelidad de Dios, y en la certeza de

la victoria prometida a quienes perseveran.

2593. La oración de Moisés responde a la iniciativa del Dios vivo

para la salvación de su pueblo. Prefigura la oración de intercesión

del único mediador, Cristo Jesús.

2594. La oración del pueblo de Dios se desarrolla a la sombra de la

morada de Dios, del Arca de la Alianza y del Templo, bajo la guía de

los pastores, especialmente del rey David, y de los profetas.

2595. Los profetas llaman a la conversión del corazón y, al buscar

ardientemente el rostro de Dios, como Elías, interceden por el pueblo.

2596. Los Salmos constituyen la obra maestra de la oración en el

Antiguo Testamento. Presentan dos componentes inseparables:

personal y comunitario. Y cuando conmemoran las promesas de Dios

ya cumplidas y esperan la venida del Mesías, abarcan todas las

dimensiones de la historia.

2597. Rezándolos en referencia a Cristo y viendo su cumplimiento en

Él, los Salmos son elemento esencial y permanente de la oración de su

Iglesia. Se adaptan a los hombres de toda condición y de todo tiempo.

ARTÍCULO 2

EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

2598. El drama de la oración se nos revela plenamente en el Verbo

que se ha hecho carne y que habita entre nosotros. Intentar

comprender su oración, a través de lo que sus testigos nos dicen en el

Evangelio, es aproximarnos a la santidad de Jesús Nuestro Señor

como a la zarza ardiendo: primero contemplándole a Él mismo en

oración y después escuchando cómo nos enseña a orar, para conocer

finalmente cómo acoge nuestra plegaria.

JESÚS ORA

470-473

2599. El Hijo de Dios, hecho Hijo de la Virgen, también aprendió a

orar conforme a su corazón de hombre. Él aprende de su madre las

fórmulas de oración; de ella, que conservaba todas las ―maravillas‖ del

Todopoderoso y las meditaba en su corazón (cf. Lc 1, 49; 2, 19; 2, 51).

Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo,

584

en la sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de

una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce

años: ―Yo debía estar en las cosas de mi Padre‖ ( Lc 2, 49). Aquí

534

comienza a revelarse la novedad de la oración en la plenitud de los

tiempos: la oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser

vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con los

hombres y en favor de ellos.

2600. El Evangelio según San Lucas subraya la acción del Espíritu

Santo y el sentido de la oración en el ministerio de Cristo. Jesús ora

antes de los momentos decisivos de su misión: antes de que el Padre

535

dé testimonio de Él en su Bautismo (cf. Lc 3, 21) y de su

554

Transfiguración (cf. Lc 9, 28), y antes de dar cumplimiento con su

612

Pasión al designio de amor del Padre (cf. Lc 22, 41-44); Jesús ora

también ante los momentos decisivos que van a comprometer la

858

misión de sus apóstoles: antes de elegir y de llamar a los Doce

(cf. Lc 6, 12), antes de que Pedro lo confiese como ―el Cristo de Dios‖

443

( Lc 9, 18-20) y para que la fe del príncipe de los apóstoles no

desfallezca ante la tentación (cf. Lc 22, 32). La oración de Jesús ante

los acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega,

humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del

Padre.

2601. «Estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo

uno de sus discípulos: ―Maestro, enséñanos a orar‖» ( Lc 11, 1). ¿No es

acaso, al contemplar a su Maestro en oración, cuando el discípulo de

Cristo desea orar? Entonces, puede aprender del Maestro de oración.

Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprenden a orar al

Padre.

2765

2602. Jesús se retira con frecuencia a un lugar apartado, en la

soledad, en la montaña, con preferencia durante la noche, para orar

(cf. Mc 1, 35; 6, 46; Lc 5, 16). Lleva a los hombres en su oración, ya

616

que también asume la humanidad en la Encarnación, y los ofrece al

Padre, ofreciéndose a sí mismo. Él, el Verbo que ha ―asumido la

carne‖, comparte en su oración humana todo lo que viven ―sus

hermanos‖ (

Hb 2, 12); comparte sus debilidades para librarlos de ellas

(cf. Hb 2, 15; 4, 15). Para eso le ha enviado el Padre. Sus palabras y

sus obras aparecen entonces como la manifestación visible de su

oración ―en lo secreto‖.

2603. Los evangelistas han conservado las dos oraciones más

explícitas de Cristo durante su ministerio. Cada una de ellas comienza

precisamente con la acción de gracias. En la primera (cf. Mt 11, 25-27

2637

y Lc 10, 21-23), Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice

porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos

y los ha revelado a los ―pequeños‖ (los pobres de las

2546

Bienaventuranzas). Su conmovedor ―¡Sí, Padre!‖ expresa el fondo de

su corazón, su adhesión al querer del Padre, de la que fue un eco el

―Fiat‖ de su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo

494

que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta

adhesión amorosa de su corazón de hombre al ―misterio de la

voluntad‖ del Padre ( Ef 1, 9).

2604. La segunda oración nos la transmite san Juan (cf. Jn 11, 41-

42), antes de la resurrección de Lázaro. La acción de gracias precede

al acontecimiento: ―Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado‖,

lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y Jesús añade

a continuación: ―Yo sabía bien que tú siempre me escuchas‖, lo que

implica que Jesús, por su parte, pide de una manera constante. Así,

apoyada en la acción de gracias, la oración de Jesús nos revela cómo

pedir: antes de que lo pedido sea otorgado, Jesús se adhiere a Aquél

que da y que se da en sus dones. El Dador es más precioso que el don

478

otorgado, es el ―tesoro‖, y en Él está el corazón de su Hijo; el don se

otorga como ―por añadidura‖ (

cf. Mt 6, 21. 33).

2746

La oración ―sacerdotal‖ de Jesús (cf. Jn 17) ocupa un lugar único en la

Economía de la salvación. Su explicación se hace al final de esta primera

sección. Esta oración, en efecto, muestra el carácter permanente de la

plegaria de nuestro Sumo Sacerdote, y, al mismo tiempo, contiene lo que

Jesús nos enseña en la oración del Padre Nuestro, la cual se explica en la

sección segunda.

2605. Cuando llega la hora de cumplir el plan amoroso del Padre,

Jesús deja entrever la profundidad insondable de su plegaria filial, no

solo antes de entregarse libremente (― Padre... no mi voluntad, sino la

614

tuya‖: Lc 22, 42), sino hasta en sus últimas palabras en la Cruz, donde

orar y entregarse son una sola cosa: ―Padre, perdónales, porque no

saben lo que hacen‖ ( Lc 23, 34); ―Yo te aseguro: hoy estarás conmigo

en el Paraíso‖ ( Lc 24,43); ―Mujer, ahí tienes a tu Hijo [...]. Ahí tienes a

tu madre‖ ( Jn 19, 26-27); ―Tengo sed‖ ( Jn 19, 28); ―¡Dios mío, Dios

mío! ¿Por qué me has abandonado?‖ (

Mc 15, 34; cf. Sal 22, 2); ―Todo

está cumplido‖ ( Jn 19, 30); ―Padre, en tus manos pongo mi espíritu‖

( Lc 23, 46), hasta ese ―fuerte grito‖ cuando expira entregando el

espíritu (cf. Mc 15, 37; Jn 19, 30).

2606. Todos las angustias de la humanidad de todos los tiempos,

403

esclava del pecado y de la muerte, todas las súplicas y las

intercesiones de la historia de la salvación están recogidas en este grito

del Verbo encarnado. He aquí que el Padre las acoge y, por encima de

toda esperanza, las escucha al resucitar a su Hijo. Así se realiza y se

653

consuma el drama de la oración en la Economía de la creación y de la

salvación. El Salterio nos da la clave para la comprensión de este

2587

drama por medio de Cristo. Es en el ―hoy‖ de la Resurrección cuando

dice el Padre: ―Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy. Pídeme, y

te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la

tierra‖ ( Sal 2, 7-8; cf. Hch 13, 33).

La carta a los Hebreos expresa en términos dramáticos cómo actúa la

plegaria de Jesús en la victoria de la salvación:

―El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y

súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la

muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo

que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se

convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen‖

(Hb 5, 7-9).

JESÚS ENSEÑA A ORAR

2607. Con su oración, Jesús nos enseña a orar. El camino teologal de

520

nuestra oración es su propia oración al Padre. Pero el Evangelio nos

entrega una enseñanza explícita de Jesús sobre la oración. Como un

pedagogo, nos toma donde estamos y, progresivamente, nos conduce

al Padre. Dirigiéndose a las multitudes que le siguen, Jesús comienza

con lo que ellas ya saben de la oración por la Antigua Alianza y las

prepara para la novedad del Reino que está viniendo. Después les

revela en parábolas esta novedad. Por último, a sus discípulos que

deberán ser los pedagogos de la oración en su Iglesia, les hablará

abiertamente del Padre y del Espíritu Santo.

541, 1430

2608. Ya en el Sermón de la Montaña, Jesús insiste en la conversión

del corazón: la reconciliación con el hermano antes de presentar una

ofrenda sobre el altar (cf. Mt 5, 23-24), el amor a los enemigos y la

oración por los perseguidores (cf. Mt 5, 44-45), orar al Padre ―en lo

secreto‖ ( Mt 6, 6), no gastar muchas palabras (cf. Mt 6, 7), perdonar

desde el fondo del corazón al orar (cf., Mt 6, 14-15), la pureza del

corazón y la búsqueda del Reino (cf. Mt 6, 21. 25. 33). Esta

conversión se centra totalmente en el Padre; es lo propio de un hijo.

153

2609. Decidido así el corazón a convertirse, aprende a orar en la fe.

La fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo que nosotros

1814

sentimos y comprendemos. Se ha hecho posible porque el Hijo amado

nos abre el acceso al Padre. Puede pedirnos que ―busquemos‖ y que

―llamemos‖ porque Él es la puerta y el camino (

cf. Mt 7, 7-11. 13-14).

2610. Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes

de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: ―todo cuanto

pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido‖ ( Mc 11, 24). Tal

es la fuerza de la oración, ―todo es posible para quien cree‖ (

Mc 9,

165

23), con una fe ―que no duda‖ ( Mt 21, 22). Tanto como Jesús se

entristece por la ―falta de fe‖ de los de Nazaret (

Mc 6, 6) y la ―poca

fe‖ de sus discípulos ( Mt 8, 26), así se admira ante la ―gran fe‖ del

centurión romano (cf. Mt 8, 10) y de la cananea (cf. Mt 15, 28).

2611. La oración de fe no consiste solamente en decir ―Señor, Señor‖,

2827

sino en disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre ( Mt 7,

21). Jesús invita a sus discípulos a llevar a la oración esta voluntad de

cooperar con el plan divino (cf. Mt 9, 38; Lc 10, 2; Jn 4, 34).

2612. En Jesús ―el Reino de Dios está próximo‖ ( Mc 1, 15), llama a

672

la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el

discípulo espera atento a Aquel que es y que viene, en el recuerdo de

su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su

segundo advenimiento en la gloria (cf. Mc 13; Lc 21, 34-36). En

2725

comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate,

y velando en la oración es como no se cae en la tentación (cf. Lc 22,

40. 46).

2613. San Lucas nos ha trasmitido tres parábolas principales sobre la

546

oración:

La primera, ―el amigo importuno‖ (cf. Lc 11, 5-13), invita a una oración

insistente: ―Llamad y se os abrirá‖. Al que ora así, el Padre del cielo ―le dará

todo lo que necesite‖, y sobre todo el Espíritu Santo que contiene todos los

dones.

La segunda, ―la viuda importuna‖ (cf. Lc 18, 1-8), está centrada en una

de las cualidades de la oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con

la paciencia de la fe. ―Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe

sobre la tierra?‖.

La tercera parábola, ―el fariseo y el publicano‖ (cf. Lc 18, 9-14), se

refiere a la humildad del corazón que ora. ―Oh Dios, ten compasión de mí

2559

que soy pecador‖. La Iglesia no cesa de hacer suya esta oración: ¡ Kyrie

eleison!

2614. Cuando Jesús confía abiertamente a sus discípulos el misterio

de la oración al Padre, les desvela lo que deberá ser su oración, y la

nuestra, cuando haya vuelto, con su humanidad glorificada, al lado del

Padre. Lo que es nuevo ahora es ―pedir en su Nombre‖ ( Jn 14, 13). La

434

fe en Él introduce a los discípulos en el conocimiento del Padre

porque Jesús es ―el Camino, la Verdad y la Vida‖ ( Jn 14, 6). La fe da

su fruto en el amor: guardar su Palabra, sus mandamientos,

permanecer con Él en el Padre que nos ama en Él hasta permanecer en

nosotros. En esta nueva Alianza, la certeza de ser escuchados en

nuestras peticiones se funda en la oración de Jesús (cf. Jn 14, 13-14).

2615. Más todavía, lo que el Padre nos da cuando nuestra oración

728

está unida a la de Jesús, es ―otro Paráclito, [...] para que esté con

vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad‖ ( Jn 14, 16-17). Esta

novedad de la oración y de sus condiciones aparece en todo el discurso

de despedida (cf. Jn 14, 23-26; 15, 7. 16; 16, 13-15; 16, 23-27). En el

Espíritu Santo, la oración cristiana es comunión de amor con el Padre,

no solamente por medio de Cristo, sino también en Él: ―Hasta ahora

nada le habéis pedido en mi Nombre. Pedid y recibiréis para que

vuestro gozo sea perfecto‖ ( Jn 16, 24).

JESÚS ESCUCHA LA ORACIÓN

2616. La oración a Jesús ya ha sido escuchada por Él durante su

548

ministerio, a través de signos que anticipan el poder de su muerte y de

su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras

(del leproso [cf. Mc 1, 40-41], de Jairo [cf. Mc 5, 36], de la cananea

[cf. Mc 7, 29], del buen ladrón [cf. Lc 23, 39-43]), o en silencio (de los

portadores del paralítico [cf. Mc 2, 5], de la hemorroisa [cf. Mc 5, 28]

que toca el borde de su manto, de las lágrimas y el perfume de la

pecadora [cf. Lc 7, 37-38]). La petición apremiante de los ciegos:

―¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!‖ (

Mt 9, 27) o ―¡Hijo de

David, Jesús, ten compasión de mí!‖ (

Mc 10, 48) ha sido recogida en

2667

la tradición de la Oración a Jesús: ―Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten

piedad de mí, pecador‖. Sanando enfermedades o perdonando

pecados, Jesús siempre responde a la plegaria del que le suplica con

fe: ―Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!‖.

San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de

Jesús: Orat pro nobis ut sacerdos noster, orat in nobis ut caput nostrum,

oratur a nobis ut Deus noster. Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et

voces eius in nobis (―Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en

nosotros como cabeza nuestra; a Él se dirige nuestra oración como a Dios

nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces; y la voz de Él,

en nosotros‖) ( Enarratio in Psalmum 85, 1; cf. Ordenación general de la

Liturgia de las Horas, 7).

LA ORACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

148

2617. La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud

de los tiempos. Antes de la Encarnación del Hijo de Dios y antes de la

efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el

494

designio amoroso del Padre: en la anunciación, para la concepción de

Cristo (cf. Lc 1, 38); en Pentecostés para la formación de la Iglesia,

Cuerpo de Cristo (cf. Hch 1, 14). En la fe de su humilde esclava, el don

de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el comienzo de los

tiempos. La que el Omnipotente ha hecho ―llena de gracia‖ responde

490

con la ofrenda de todo su ser: ―He aquí la esclava del Señor, hágase en

mí según tu palabra‖. Fiat, ésta es la oración cristiana: ser todo de Él,

ya que Él es todo nuestro.

2618. El Evangelio nos revela cómo María ora e intercede en la fe:

2674

en Caná (cf. Jn 2, 1-12) la madre de Jesús ruega a su Hijo por las

necesidades de un banquete de bodas, signo de otro banquete, el de las

bodas del Cordero que da su Cuerpo y su Sangre a petición de la

Iglesia, su Esposa. Y en la hora de la nueva Alianza, al pie de la Cruz

(cf. Jn 19, 25-27), María es escuchada como la Mujer, la nueva Eva, la

726

verdadera ―madre de los que viven‖.

2619. Por eso, el cántico de María, el Magnificat latino, el

Megalinárion bizantino (cf. Lc 1, 46-55) es a la vez el cántico de la

Madre de Dios y el de la Iglesia, cántico de la Hija de Sión y del

nuevo Pueblo de Dios, cántico de acción de gracias por la plenitud de

gracias derramadas en la Economía de la salvación, cántico de los

―pobres‖ cuya esperanza ha sido colmada con el cumplimiento de las

724

promesas hechas a nuestros padres ―en favor de Abraham y su

descendencia, para siempre‖.

Resumen

2620. En el Nuevo Testamento el modelo perfecto de oración se

encuentra en la oración filial de Jesús. Hecha con frecuencia en la

soledad, en lo secreto, la oración de Jesús entraña una adhesión

amorosa a la voluntad del Padre hasta la cruz y una absoluta

confianza en ser escuchada.

2621. En su enseñanza, Jesús instruye a sus discípulos para que oren

con un corazón purificado, una fe viva y perseverante, una audacia

filial. Les insta a la vigilancia y les invita a presentar sus peticiones a

Dios en su Nombre. Él mismo escucha las plegarias que se le dirigen.

2622. La oración de la Virgen María, en su Fiat y en su Magnificat,

se caracteriza por la ofrenda generosa de todo su ser en la fe.

ARTÍCULO 3

EN EL TIEMPO DE LA IGLESIA

731

2623. El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó

sobre los discípulos, ―reunidos en un mismo lugar‖ ( Hch 2, 1), que lo

esperaban ―perseverando en la oración con un mismo espíritu‖ ( Hch 1,

14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús

dijo (cf. Jn 14, 26), será también quien la instruya en la vida de

oración.

1342

2624. En la primera comunidad de Jerusalén, los creyentes ―acudían

asiduamente a las enseñanzas de los Apóstoles, a la comunión, a la

fracción del pan y a las oraciones‖ ( Hch 2, 42). Esta secuencia de

actos es típica de la oración de la Iglesia; fundada sobre la fe

apostólica y autentificada por la caridad, se alimenta con la Eucaristía.

2625. Estas oraciones son en primer lugar las que los fieles escuchan

y leen en la sagrada Escritura, pero las actualizan, especialmente las

de los salmos, a partir de su cumplimiento en Cristo (cf. Lc 24, 27.

1092

44). El Espíritu Santo, que recuerda así a Cristo ante su Iglesia orante,

conduce a ésta también hacia la Verdad plena, y suscita nuevas

formulaciones que expresarán el insondable Misterio de Cristo que

actúa en la vida, los sacramentos y la misión de su Iglesia. Estas

1200

formulaciones se desarrollan en las grandes tradiciones litúrgicas y

espirituales. Las formas de la oración, tal como las revelan los escritos

apostólicos canónicos, siguen siendo normativas para la oración

cristiana.

I. La bendición y la adoración

2626. La bendición expresa el movimiento de fondo de la oración

1078

cristiana: es encuentro de Dios con el hombre; en ella, el don de Dios

y la acogida del hombre se convocan y se unen. La oración de

bendición es la respuesta del hombre a los dones de Dios: porque Dios

bendice, el corazón del hombre puede bendecir a su vez a Aquel que

es la fuente de toda bendición.

2627. Dos formas fundamentales expresan este movimiento: o bien la

1083

oración asciende llevada por el Espíritu Santo, por medio de Cristo

hacia el Padre (nosotros le bendecimos por habernos bendecido; cf. Ef

1, 3-14; 2 Co 1, 3-7; 1 P 1, 3-9); o bien implora la gracia del Espíritu

Santo que, por medio de Cristo, desciende de junto al Padre (es Él

quien nos bendice; cf. 2 Co 13, 13; Rm 15, 5-6. 13; Ef 6, 23-24).

2628. La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce

2096-2097

criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha

hecho (cf. Sal 95, 1-6) y la omnipotencia del Salvador que nos libera

del mal. Es la acción de humillar el espíritu ante el ―Rey de la gloria‖

( Sal 14, 9-10) y el silencio respetuoso en presencia de Dios ―siempre

[...] mayor‖ (San Agustín, Enarratio in Psalmum 62, 16). La

adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena

2559

de humildad y da seguridad a nuestras súplicas.

II. La oración de petición

2629. El vocabulario neotestamentario sobre la oración de súplica

está lleno de matices: pedir, reclamar, llamar con insistencia, invocar,

clamar, gritar, e incluso ―luchar en la oración‖ (cf. Rm 15, 30; Col 4,

12). Pero su forma más habitual, por ser la más espontánea, es la

petición: Mediante la oración de petición mostramos la conciencia de

nuestra relación con Dios: por ser criaturas, no somos ni nuestro

396

propio origen, ni dueños de nuestras adversidades, ni nuestro fin

último; pero también, por ser pecadores, sabemos, como cristianos,

que nos apartamos de nuestro Padre. La petición ya es un retorno

hacia Él.

2630. El Nuevo Testamento no contiene apenas oraciones de lamentación,

frecuentes en el Antiguo Testamento. En adelante, en Cristo resucitado, la

2090

oración de la Iglesia es sostenida por la esperanza, aunque todavía estemos

en la espera y tengamos que convertirnos cada día. La petición cristiana

brota de otras profundidades, de lo que san Pablo llama el gemido: el de la

creación ―que sufre dolores de parto‖ ( Rm 8, 22), el nuestro también en la

espera ―del rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es objeto de

esperanza‖ ( Rm 8, 23-24), y, por último, los ―gemidos inefables‖ del propio

Espíritu Santo que ―viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no

sabemos pedir como conviene‖ ( Rm 8, 26).

2838

2631. La petición de perdón es el primer movimiento de la oración de

petición (cf. el publicano: ―Oh Dios ten compasión de este pecador‖

Lc 18, 13). Es el comienzo de una oración justa y pura. La humildad

confiada nos devuelve a la luz de la comunión con el Padre y su Hijo

Jesucristo, y de los unos con los otros (cf. 1 Jn 1, 7-2, 2): entonces

―cuanto pidamos lo recibimos de Él‖ (

1 Jn 3, 22). Tanto la celebración

de la Eucaristía como la oración personal comienzan con la petición

de perdón.

2816

2632. La petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda

del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús (cf. Mt 6, 10.

1942

33; Lc 11, 2. 13). Hay una jerarquía en las peticiones: primero el

Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para

cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del

Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de

la comunidad apostólica (cf. Hch 6, 6; 13, 3). Es la oración de Pablo,

el apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por

todas las Iglesias debe animar la oración cristiana (cf. Rm 10, 1; Ef 1,

16-23; Flp 1, 9-11; Col 1, 3-6; 4, 3-4. 12). Al orar, todo bautizado

2854

trabaja en la Venida del Reino.

2633. Cuando se participa así en el amor salvador de Dios, se

comprende que toda necesidad pueda convertirse en objeto de

2830

petición. Cristo, que ha asumido todo para rescatar todo, es glorificado

por las peticiones que ofrecemos al Padre en su Nombre (cf. Jn 14,

13). Con esta seguridad, Santiago (cf. St 1, 5-8) y Pablo nos exhortan a

orar en toda ocasión (cf. Ef 5, 20; Flp 4, 6-7; Col 3, 16-17; 1 Ts 5, 17-

18).

III. La oración de intercesión

2634. La intercesión es una oración de petición que nos conforma

muy de cerca con la oración de Jesús. Él es el único intercesor ante el

Padre en favor de todos los hombres, de los pecadores en particular

(cf. Rm 8,34; 1 Jn 2,1; 1 Tm 2, 5-8). Es capaz de ―salvar perfectamente

432

a los que por Él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para

interceder en su favor‖ ( Hb 7, 25). El propio Espíritu Santo ―intercede

por nosotros [...] y su intercesión a favor de los santos es según Dios‖

( Rm 8, 26-27).

2635. Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo

2571

propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el

tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo:

es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que

ora busca ―no su propio interés sino [...] el de los demás‖ (

Flp 2, 4),

2577

hasta rogar por los que le hacen mal (cf. San Esteban rogando por sus

verdugos, como Jesús: cf. Hch 7, 60; Lc 23, 28. 34).

2636. Las primeras comunidades cristianas vivieron intensamente

esta forma de participación (cf. Hch 12, 5; 20, 36; 21, 5; 2 Co 9, 14).

El apóstol Pablo les hace participar así en su ministerio del Evangelio

(cf. Ef 6, 18-20; Col 4, 3-4; 1 Ts 5, 25); él intercede también por las

comunidades (cf. 2 Ts 1, 11; Col 1, 3; Flp 1, 3-4). La intercesión de

los cristianos no conoce fronteras: ―por todos los hombres, por [...]

todos los constituidos en autoridad‖ ( 1 Tm 2, 1), por los perseguidores

1900

1037

(cf. Rm 12, 14), por la salvación de los que rechazan el Evangelio (cf.

Rm 10, 1).

IV. La oración de acción de gracias

224

2637. La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al

1328

celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte cada vez más en lo

que ella es. En efecto, en la obra de salvación, Cristo libera a la

creación del pecado y de la muerte para consagrarla de nuevo y

devolverla al Padre, para su gloria. La acción de gracias de los

2603

miembros del Cuerpo participa de la de su Cabeza.

2638. Al igual que en la oración de petición, todo acontecimiento y

toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias.

Las cartas de san Pablo comienzan y terminan frecuentemente con una

acción de gracias, y el Señor Jesús siempre está presente en ella. ―En

todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de

vosotros‖ ( 1 Ts 5, 18). ―Sed perseverantes en la oración, velando en

ella con acción de gracias‖ ( Col 4, 2).

V. La oración de alabanza

2639. La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más

directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo

213

que hace, sino por lo que Él es. Participa en la bienaventuranza de los

corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la gloria.

Mediante ella, el Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio

de que somos hijos de Dios (cf. Rm 8, 16), da testimonio del Hijo

único en quien somos adoptados y por quien glorificamos al Padre. La

alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquel

que es su fuente y su término: ―un solo Dios, el Padre, del cual

proceden todas las cosas y por el cual somos nosotros‖ ( 1 Co 8, 6).

2640. San Lucas menciona con frecuencia en su Evangelio la admiración y

la alabanza ante las maravillas de Cristo, y las subraya también respecto a las

acciones del Espíritu Santo que son los Hechos de los Apóstoles: la

comunidad de Jerusalén (cf. Hch 2, 47), el tullido curado por Pedro y Juan

(cf. Hch 3, 9), la muchedumbre que glorificaba a Dios por ello (cf. Hch 4,

21), y los gentiles de Pisidia que ―se alegraron y se pusieron a glorificar la

Palabra del Señor‖ (

Hch 13, 48).

2641. ―Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad

y salmodiad en vuestro corazón al Señor‖ ( Ef 5, 19; Col 3, 16). Como los

autores inspirados del Nuevo Testamento, las primeras comunidades

cristianas releen el libro de los Salmos cantando en él el Misterio de Cristo.

2587

En la novedad del Espíritu, componen también himnos y cánticos a partir del

acontecimiento inaudito que Dios ha realizado en su Hijo: su encarnación, su

muerte vencedora de la muerte, su resurrección y su ascensión a su derecha

(cf. Flp 2, 6-11; Col 1, 15-20; Ef 5, 14; 1 Tm 3, 16; 6, 15-16; 2 Tm 2, 11-13).

De esta ―maravilla‖ de toda la Economía de la salvación brota la doxología,

la alabanza a Dios (cf. Ef 1, 3-14; Rm 16, 25-27; Ef 3, 20-21; Judas 24-25).

2642. La revelación ―de lo que ha de suceder pronto‖ –el Apocalipsis– está

sostenida por los cánticos de la liturgia celestial (cf. Ap 4, 8-11; 5, 9-14; 7,

1137

10-12) y también por la intercesión de los ―testigos‖ (mártires) ( Ap 6, 10).

Los profetas y los santos, todos los que fueron degollados en la tierra por dar

testimonio de Jesús (cf. Ap 18, 24), la muchedumbre inmensa de los que,

venidos de la gran tribulación nos han precedido en el Reino, cantan la

alabanza de gloria de Aquel que se sienta en el trono y del Cordero

(cf. Ap 19, 1-8). En comunión con ellos, la Iglesia terrestre canta también

estos cánticos, en la fe y la prueba. La fe, en la petición y la intercesión,

espera contra toda esperanza y da gracias al ―Padre de las luces de quien

desciende todo don excelente‖ ( St 1, 17). La fe es así una pura alabanza.

2643. La Eucaristía contiene y expresa todas las formas de oración:

es la ―ofrenda pura‖ de todo el Cuerpo de Cristo a la gloria de su

Nombre (cf. Ml 1, 11); es, según las tradiciones de Oriente y de

Occidente, ―el sacrificio de alabanza‖.

1330

Resumen

2644. El Espíritu Santo que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo

que Jesús dijo, la educa también en la vida de oración, suscitando

expresiones que se renuevan dentro de unas formas permanentes de

orar: bendición, petición, intercesión, acción de gracias y alabanza.

2645. Gracias a que Dios le bendice, el hombre, su corazón puede

bendecir, a su vez, a Aquel que es la fuente de toda bendición.

2646. La oración de petición tiene por objeto el perdón, la búsqueda

del Reino y cualquier necesidad verdadera.

2647. La oración de intercesión consiste en una petición en favor de

otro. No conoce fronteras y se extiende hasta los enemigos.

2648. Toda alegría y toda pena, todo acontecimiento y toda

necesidad pueden ser motivo de oración de gracias, la cual,

participando de la de Cristo, debe llenar la vida entera: “En todo dad

gracias” ( 1 Ts 5, 18).

2649. La oración de alabanza, totalmente desinteresada, se dirige a

Dios; canta para Él y le da gloria no sólo por lo que ha hecho sino

porque ÉL ES.

CAPÍTULO SEGUNDO

LA TRADICIÓN DE LA ORACIÓN

2650. La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso

interior: para orar es necesario querer orar. No basta sólo con saber lo

que las Escrituras revelan sobre la oración: es necesario también

aprender a orar. Pues bien, por una transmisión viva (la sagrada

Tradición), el Espíritu Santo, en la "Iglesia creyente y orante" (DV 8), 75

enseña a orar a los hijos de Dios.

2651. La tradición de la oración cristiana es una de las formas de

crecimiento de la Tradición de la fe, en particular mediante la

94

contemplación y la reflexión de los creyentes que conservan en su

corazón los acontecimientos y las palabras de la Economía de la

salvación, y por la penetración profunda en las realidades espirituales

de las que adquieren experiencia (cf. DV 8).

ARTÍCULO 1

LAS FUENTES DE LA ORACIÓN

2652. El Espíritu Santo es el ―agua viva‖ que, en el corazón orante,

694

―brota para vida eterna‖ ( Jn 4, 14). Él es quien nos enseña a recogerla

en la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay

manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu

Santo.

LA PALABRA DE DIOS

2653. La Iglesia «recomienda insistentemente a todos sus fieles [...]

133

la lectura asidua de la Escritura para que adquieran ―la ciencia

suprema de Jesucristo‖ ( Flp 3,8) [...]. Recuerden que a la lectura de la

sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el

1100

diálogo de Dios con el hombre, pues ―a Dios h

ablamos cuando

oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras‖ (DV 25; cf.

San Ambrosio, De officiis ministrorum, 1, 88).

2654. Los Padres espirituales parafraseando Mt 7, 7, resumen así las

disposiciones del corazón alimentado por la Palabra de Dios en la

oración: ―Buscad leyendo, y encontraréis meditando; llamad orando, y

se os abrirá por la contemplación‖ (Guido El Cartujano, Scala

claustralium, 2, 2).

LA LITURGIA DE LA IGLESIA

1073

2655. La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia

sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de

368

la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales

comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y

asimila la liturgia durante y después de la misma. Incluso cuando la

oración se vive ―en lo secreto‖ ( Mt 6, 6), siempre es oración de la

Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima (cf. Ordenación general

de la Liturgia e las Horas, 9).

1812-1829

LAS VIRTUDES TEOLOGALES

2656. Se entra en oración como se entra en la liturgia: por la puerta

estrecha de la fe. A través de los signos de su presencia, es el rostro

del Señor lo que buscamos y deseamos, es su palabra lo que queremos

escuchar y guardar.

2657. El Espíritu Santo nos enseña a celebrar la liturgia esperando el

retorno de Cristo, nos educa para orar en la esperanza. Inversamente,

la oración de la Iglesia y la oración personal alimentan en nosotros la

esperanza. Los salmos muy particularmente, con su lenguaje concreto

y variado, nos enseñan a fijar nuestra esperanza en Dios: ―En el Señor

puse toda mi esperanza, él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor‖

( Sal 40, 2). ―El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en

vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo‖

( Rm 15, 13).

2658. ―La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido

derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido

dado‖ ( Rm 5, 5). La oración, formada en la vida litúrgica, saca todo

del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite

responder amando como Él nos ha amado. El amor es la fuente de la

826

oración: quien bebe de ella, alcanza la cumbre de la oración:

«Te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de

mi vida. Te amo, Dios mío infinitamente amable, y prefiero morir

amándote a vivir sin amarte. Te amo, Señor, y la única gracia que te pido

es amarte eternamente [...] Dios mío, si mi lengua no puede decir en

todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada

vez que respiro» (San Juan María Vianney, Oratio, [citado por B.

Nodet], Le Curé d'Ars. Sa pensée-son coeur, p. 45).

―HOY‖

2659. Aprendemos a orar en ciertos momentos escuchando la Palabra

1165

del Señor y participando en su Misterio Pascual; pero, en todo tiempo,

en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que

2837

brote la oración. La enseñanza de Jesús sobre la oración a nuestro

305

Padre está en la misma línea que la de la Providencia (cf. Mt 6, 11.

34): el tiempo está en las manos del Padre; lo encontramos en el

presente, ni ayer ni mañana, sino hoy: ―¡Ojalá oyerais hoy su voz!: No

endurezcáis vuestro corazón‖ ( Sal 95, 7-8).

2660. Orar en los acontecimientos de cada día y de cada instante es

uno de los secretos del Reino revelados a los ―pequeños‖, a los

servidores de Cristo, a los pobres de las bienaventuranzas. Es justo y

2546

bueno orar para que la venida del Reino de justicia y de paz influya en

2632

la marcha de la historia, pero también es importante impregnar de

oración las humildes situaciones cotidianas. Todas las formas de

oración pueden ser la levadura con la que el Señor compara el Reino

(cf. Lc 13, 20-21).

Resumen

2661. Mediante una transmisión viva, la Sagrada Tradición, el

Espíritu Santo, en la Iglesia, enseña a orar a los hijos de Dios.

2662. La Palabra de Dios, la liturgia de la Iglesia y las virtudes de

la fe, la esperanza y la caridad son fuentes de la oración.

ARTÍCULO 2

EL CAMINO DE LA ORACIÓN

1201

2663. En la tradición viva de la oración, cada Iglesia propone a sus

fieles, según el contexto histórico, social y cultural, el lenguaje de su

oración: palabras, melodías, gestos, iconografía. Corresponde al

Magisterio (cf. DV 10) discernir la fidelidad de estos caminos de oración a la tradición de la fe apostólica y compete a los pastores y

catequistas explicar el sentido de ello, con relación siempre a

Jesucristo.

LA ORACIÓN AL PADRE

2664. No hay otro camino de oración cristiana que Cristo. Sea

comunitaria o individual, vocal o interior, nuestra oración no tiene

2780

acceso al Padre más que si oramos ―en el Nombre‖ de Jesús. La santa

humanidad de Jesús es, pues, el camino por el que el Espíritu Santo

nos enseña a orar a Dios nuestro Padre.

LA ORACIÓN A JESÚS

2665. La oración de la Iglesia, alimentada por la palabra de Dios y

451

por la celebración de la liturgia, nos enseña a orar al Señor Jesús.

Aunque esté dirigida sobre todo al Padre, en todas las tradiciones

litúrgicas incluye formas de oración dirigidas a Cristo. Algunos

salmos, según su actualización en la Oración de la Iglesia, y el Nuevo

Testamento ponen en nuestros labios y graban en nuestros corazones

las invocaciones de esta oración a Cristo: Hijo de Dios, Verbo de

Dios, Señor, Salvador, Cordero de Dios, Rey, Hijo amado, Hijo de la

Virgen, Buen Pastor, Vida nuestra, nuestra Luz, nuestra Esperanza,

Resurrección nuestra, Amigo de los hombres...

2666. Pero el Nombre que todo lo contiene es aquel que el Hijo de

Dios recibe en su encarnación: JESÚS. El nombre divino es inefable

432

para los labios humanos (cf. Ex 3, 14; 33, 19-23), pero el Verbo de

Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos

invocarlo: ―Jesús‖, ―YHWH salva‖ (

cf. Mt 1, 21). El Nombre de Jesús

435

contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y

de la salvación. Decir ―Jesús‖ es invocarlo desde nuestro propio

corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que

significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre

acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él (cf. Rm 10,

13; Hch 2, 21; 3, 15-16; Ga 2, 20).

2667. Esta invocación de fe bien sencilla ha sido desarrollada en la

tradición de la oración bajo formas diversas en Oriente y en Occidente. La

formulación más habitual, transmitida por los espirituales del Sinaí, de Siria

y del Monte Athos es la invocación: ―Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten

2616

piedad de nosotros, pecadores‖ Conjuga el himno cristológico de Flp 2, 6-11

con la petición del publicano y del mendigo ciego (cf. Lc 18,13; Mc 10, 46-

52). Mediante ella, el corazón está acorde con la miseria de los hombres y

con la misericordia de su Salvador.

2668. La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino más sencillo

435

de la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón

humildemente atento, no se dispersa en ―palabrerías‖ ( Mt 6, 7), sino que

―conserva la Palabra y fructifica con perseverancia‖ (cf. Lc 8, 15). Es posible

―en todo tiempo‖ porque no es una ocupación al lado de otra, sino la única

ocupación, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo

Jesús.

2669. La oración de la Iglesia venera y honra al Corazón de Jesús, como

478

invoca su Santísimo Nombre. Adora al Verbo encarnado y a su Corazón que,

por amor a los hombres, se dejó traspasar por nuestros pecados. La oración

1674

cristiana practica el Vía Crucis siguiendo al Salvador. Las estaciones desde

el Pretorio, al Gólgota y al Sepulcro jalonan el recorrido de Jesús que con su

santa Cruz nos redimió.

―VEN, ESPÍRITU SANTO‖

683

2670. «Nadie puede decir: ―¡Jesús es Señor!‖ sino por influjo del

Espíritu Santo» ( 1 Co 12, 3). Cada vez que en la oración nos dirigimos

2001

a Jesús, es el Espíritu Santo quien, con su gracia preveniente, nos atrae

al camino de la oración. Puesto que Él nos enseña a orar

recordándonos a Cristo, ¿cómo no dirigirnos también a él orando? Por

1310

eso, la Iglesia nos invita a implorar todos los días al Espíritu Santo,

especialmente al comenzar y al terminar cualquier acción importante.

«Si el Espíritu no debe ser adorado, ¿cómo me diviniza él por el

Bautismo? Y si debe ser adorado, ¿no debe ser objeto de un culto

particular?» (San Gregorio Nacianceno, Oratio [teológica 5], 28).

2671. La forma tradicional para pedir el Espíritu es invocar al Padre

por medio de Cristo nuestro Señor para que nos dé el Espíritu

Consolador (cf. Lc 11, 13). Jesús insiste en esta petición en su nombre

en el momento mismo en que promete el don del Espíritu de Verdad

(cf. Jn 14, 17; 15, 26; 16, 13). Pero la oración más sencilla y la más

directa es también la más tradicional: ―Ven, Espíritu Santo‖, y cada

tradición litúrgica la ha desarrollado en antífonas e himnos:

«Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos

el fuego de tu amor» ( Solemnidad de Pentecostés, Antífona del

«Magnificat» in I Vísperas: Liturgia de las Horas; cf. Solemnidad de

Pentecosté s, Misa del día, Secuencia: Leccionario, V, 1).

«Rey celeste, Espíritu Consolador, Espíritu de Verdad, que estás presente

en todas partes y lo llenas todo, tesoro de todo bien y fuente de la vida,

ven, habita en nosotros, purifícanos y sálvanos. ¡Tú que eres bueno!»

( Oficio Bizantino de las Horas, Oficio Vespertino del día de Pentecostés,

capítulo 4: «Pentekostárion»).

2672. El Espíritu Santo, cuya unción impregna todo nuestro ser, es el

695

Maestro interior de la oración cristiana. Es el artífice de la tradición

viva de la oración. Ciertamente hay tantos caminos en la oración como

orantes, pero es el mismo Espíritu el que actúa en todos y con todos.

En la comunión en el Espíritu Santo la oración cristiana es oración en

la Iglesia.

EN COMUNIÓN CON LA SANTA MADRE DE DIOS

2673. En la oración, el Espíritu Santo nos une a la Persona del Hijo

689

Único, en su humanidad glorificada. Por medio de ella y en ella,

nuestra oración filial nos pone en comunión, en la Iglesia, con la

Madre de Jesús (cf. Hch 1, 14).

2674. Desde el sí dado por la fe en la Anunciación y mantenido sin

494

vacilar al pie de la cruz, la maternidad de María se extiende desde

entonces a los hermanos y a las hermanas de su Hijo, ―que son

peregrinos todavía y que están ante los peligros y las miserias‖

(LG 62). Jesús, el único Mediador, es el Camino de nuestra oración; María, su Madre y nuestra Madre es pura transparencia de Él: María

―muestra el Camino‖ [ Odighitria], es su Signo, según la iconografía

tradicional de Oriente y Occidente.

2675. A partir de esta cooperación singular de María a la acción del

970

Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa

Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en

512

sus misterios. En los innumerables himnos y antífonas que expresan

esta oración, se alternan habitualmente dos movimientos: uno

―engrandece‖ al Señor por las ―maravillas‖ que ha hecho en su

2619

humilde esclava, y por medio de ella, en todos los seres humanos

(cf. Lc 1, 46-55); el segundo confía a la Madre de Jesús las súplicas y

alabanzas de los hijos de Dios, ya que ella conoce ahora la humanidad

que en ella ha sido desposada por el Hijo de Dios.

2676. Este doble movimiento de la oración a María ha encontrado una

expresión privilegiada en la oración del Avemaría:

722

“Dios te salve, María (Alégrate, María)” . La salutación del ángel Gabriel

abre la oración del Avemaría. Es Dios mismo quien por mediación de su

ángel, saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María

con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava (cf. Lc 1, 48) y a

alegrarnos con el gozo que Dios encuentra en ella (cf. So 3, 17)

490

“Llena de gracia, el Señor es contigo”: Las dos palabras del saludo del

ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor

está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquel que

es la fuente de toda gracia. ―Alégrate [...] Hija de Jerusalén [...] el Señor está

en medio de ti‖ ( So 3, 14, 17a). María, en quien va a habitar el Señor, es en

persona la hija de Sión, el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria

del Señor: ella es ―la morada de Dios entre los hombres‖ ( Ap 21, 3). ―Llena

de gracia‖, se ha dado toda al que viene a habitar en ella y al que entregará al

mundo.

435

“Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu

vientre, Jesús”

. Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel.

―Llena [...] del Espíritu Santo‖ ( Lc 1, 41), Isabel es la primera en la larga

serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María (cf. Lc 1, 48):

―Bienaventurada la que ha creído... ‖ ( Lc 1, 45): María es ―bendita [...] entre

todas las mujeres‖ porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del

146

Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las

―naciones de la tierra‖ ( Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los

creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que

es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.

495

2677. “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros... ” Con Isabel,

nos maravillamos y decimos: ―¿De dónde a mí que la madre de mi Señor

venga a mí?‖ ( Lc 1, 43). Porque nos da a Jesús su hijo, María es madre de

Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras

peticiones: ora por nosotros como oró por sí misma: ―Hágase en mí según tu

palabra‖ ( Lc 1, 38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en

la voluntad de Dios: ―Hágase tu voluntad‖.

“Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte” .

Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores y nos

dirigimos a la ―Madre de la Misericordia‖, a la Toda Santa. Nos ponemos en

sus manos ―ahora‖, en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se

ensancha para entregarle desde ahora, ―la hora de nuestra muerte‖. Que esté

1020

presente en esa hora, como estuvo en la muerte en Cruz de su Hijo, y que en

la hora de nuestro tránsito nos acoja como madre nuestra (cf. Jn 19, 27) para

conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso.

2678. La piedad medieval de Occidente desarrolló la oración del Rosario,

971, 1674

en sustitución popular de la Oración de las Horas. En Oriente, la forma

litánica del Acáthistos y de la Paráclisis se ha conservado más cerca del

oficio coral en las Iglesias bizantinas, mientras que las tradiciones armenia,

copta y siríaca han preferido los himnos y los cánticos populares a la Madre

de Dios. Pero en el Avemaría, los theotokía, los himnos de San Efrén o de

San Gregorio de Narek, la tradición de la oración es fundamentalmente la

misma.

2679. María es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le

967

rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que envía a su

Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado,

acogemos en nuestra intimidad (cf. Jn 19, 27) a la Madre de Jesús, que

se ha convertido en la Madre de todos los vivientes. Podemos orar con

ella y orarle a ella. La oración de la Iglesia está como apoyada en la

oración de María. Y con ella está unida en la esperanza (cf. LG 68-972

69).

Resumen

2680. La oración está dirigida principalmente al Padre; igualmente

se dirige a Jesús, en especial por la invocación de su santo Nombre:

“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros, pecadores!”

2681. « Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, sino por influjo del

Espíritu Santo» ( 1 Co 12, 3). La Iglesia nos invita a invocar al

Espíritu Santo como Maestro interior de la oración cristiana.

2682. En virtud de su cooperación singular con la acción del

Espíritu Santo, la Iglesia ora también en comunión con la Virgen

María para ensalzar con ella las maravillas que Dios ha realizado en

ella y para confiarle súplicas y alabanzas.

ARTÍCULO 3

MAESTROS Y LUGARES DE ORACIÓN

UNA PLÉYADE DE TESTIGOS

2683. Los testigos que nos han precedido en el Reino (cf. Hb 12, 1),

especialmente los que la Iglesia reconoce como ―santos‖, participan en

la tradición viva de la oración, por el testimonio de sus vidas, por la

transmisión de sus escritos y por su oración hoy. Contemplan a Dios,

956

lo alaban y no dejan de cuidar de aquéllos que han quedado en la

tierra. Al entrar ―en la alegría‖ de su Señor, han sido ―constituidos

sobre lo mucho‖ (cf. Mt 25, 21). Su intercesión es su más alto servicio

al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por

nosotros y por el mundo entero.

2684. En la comunión de los santos, se han desarrollado diversas

917

espiritualidades a lo largo de la historia de la Iglesia. El carisma

personal de un testigo del amor de Dios hacia los hombres puede

919

transmitirse a fin de que sus discípulos participen de ese espíritu

(cf. PC 2), como aconteció con el ―espíritu‖ de Elías a Eliseo (cf. 2 R

2, 9) y a Juan Bautista (cf. Lc 1, 17). En la confluencia de corrientes

litúrgicas y teológicas se encuentra también una espiritualidad que

1202

muestra cómo el espíritu de oración incultura la fe en un ámbito

humano y en su historia. Las diversas espiritualidades cristianas

participan en la tradición viva de la oración y son guías indispensables

para los fieles. En su rica diversidad, reflejan la pura y única Luz del

Espíritu Santo.

―El Espíritu es verdaderamente el lugar de los santos, y el santo es para el

Espíritu un lugar propio, ya que se ofrece a habitar con Dios y es llamado

templo suyo‖ (San Basilio Magno, Liber de Spiritu Sancto, 26, 62).

SERVIDORES DE LA ORACIÓN

1657

2685. La familia cristiana es el primer lugar de la educación en la

oración. Fundada en el sacramento del Matrimonio, es la ―iglesia

doméstica‖ donde los hijos de Dios aprenden a orar ―como Iglesia‖ y a

perseverar en la oración. Particularmente para los niños pequeños, la

oración diaria familiar es el primer testimonio de la memoria viva de

la Iglesia que es despertada pacientemente por el Espíritu Santo.

2686. Los ministros ordenados son también responsables de la

1547

formación en la oración de sus hermanos y hermanas en Cristo.

Servidores del buen Pastor, han sido ordenados para guiar al pueblo de

Dios a las fuentes vivas de la oración: la palabra de Dios, la liturgia, la

vida teologal, el hoy de Dios en las situaciones concretas (cf. PO 4-6).

2687. Muchos religiosos han consagrado y consagran toda su vida a

916

la oración. Desde el desierto de Egipto, eremitas, monjes y monjas han

dedicado su tiempo a la alabanza de Dios y a la intercesión por su

pueblo. La vida consagrada no se mantiene ni se propaga sin la

oración; es una de las fuentes vivas de la contemplación y de la vida

espiritual en la Iglesia.

2688. La catequesis de niños, jóvenes y adultos, está orientada a que

la Palabra de Dios se medite en la oración personal, se actualice en la

oración litúrgica, y se interiorice en todo tiempo a fin de fructificar en

una vida nueva. La catequesis es también el momento en que se puede

purificar y educar la piedad popular (cf. CT 54). La memorización de 1674

las oraciones fundamentales ofrece una base indispensable para la vida

de oración, pero es importante hacer gustar su sentido (cf. CT 55).

2689. Grupos de oración, o ―escuelas de oración‖, son hoy uno de

los signos y uno de los acicates de la renovación de la oración en la

Iglesia, a condición de beber en las auténticas fuentes de la oración

cristiana. La salvaguarda de la comunión es señal de la verdadera

oración en la Iglesia.

2690. El Espíritu Santo da a ciertos fieles dones de sabiduría, de fe y

de discernimiento dirigidos a este bien común que es la oración

( dirección espiritual). Aquellos y aquellas que han sido dotados de

tales dones son verdaderos servidores de la tradición viva de la

oración:

Por eso, el alma que quiere avanzar en la perfección, según el consejo de

san Juan de la Cruz, debe ―mirar en cuyas manos se pone, porque cual

fuere el maestro tal será el discípulo, y cual el padre, tal el hijo‖. Y añade

que el director: ―demás de ser sabio y discreto, ha de ser experimentado.

[...] Si no hay experiencia de lo que es puro y verdadero espíritu, no

atinará a encaminar el alma en él, cuando Dios se lo da, ni aun lo

entenderá‖ ( Llama de amor viva, segunda redacción, estrofa 3,

declaración, 30).

LUGARES FAVORABLES PARA LA ORACIÓN

1181

2691. La iglesia, casa de Dios, es el lugar propio de la oración

litúrgica de la comunidad parroquial. Es también el lugar privilegiado

1379, 2097 para la adoración de la presencia real de Cristo en el Santísimo

Sacramento. La elección de un lugar favorable no es indiferente para

la verdad de la oración:

– para la oración personal, el lugar favorable puede ser un ―rincón de

oración‖, con las Sagradas Escrituras e imágenes, para estar ―

en lo

secreto‖ ante nuestro Padre (cf. Mt 6, 6). En una familia cristiana este

tipo de pequeño oratorio favorece la oración en común;

– en las regiones en que existen monasterios, una misión de estas

1175

comunidades es favorecer la participación de los fieles en la Oración

de las Horas y permitir la soledad necesaria para una oración personal

más intensa (cf. PC 7).

– las peregrinaciones evocan nuestro caminar por la tierra hacia el cielo.

1674

Son tradicionalmente tiempos fuertes de renovación de la oración. Los

santuarios son, para los peregrinos en busca de fuentes vivas, lugares

excepcionales para vivir ―con la Iglesia‖ las formas de la oración

cristiana.

Resumen

2692. En su oración, la Iglesia peregrina se asocia con la de los

santos cuya intercesión solicita.

2693. Las diferentes espiritualidades cristianas participan en la

tradición viva de la oración y son guías preciosos para la vida

espiritual.

2694. La familia cristiana es el primer lugar de educación para la

oración.

2695. Los ministros ordenados, la vida consagrada, la catequesis,

los grupos de oración, la “dirección espiritual” aseguran en la

Iglesia una ayuda para la oración.

2696. Los lugares más favorables para la oración son el oratorio

personal o familiar, los monasterios, los santuarios de peregrinación

y, sobretodo, el templo que es el lugar propio de la oración litúrgica

para la comunidad parroquial y el lugar privilegiado de la adoración

eucarística.

CAPÍTULO TERCERO

LA VIDA DE ORACIÓN

2697. La oración es la vida del corazón nuevo. Debe animarnos en

todo momento. Nosotros, sin embargo, olvidamos al que es nuestra

Vida y nuestro Todo. Por eso, los Padres espirituales, en la tradición

del Deuteronomio y de los profetas, insisten en la oración como un

1099

«recuerdo de Dios», un frecuente despertar la «memoria del corazón»:

«Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar» (San

Gregorio Nacianceno, Oratio 27 [teológica 1], 4). Pero no se puede

orar «en todo tiempo» si no se ora, con particular dedicación, en

algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en

intensidad y en duración.

1168

2698. La Tradición de la Iglesia propone a los fieles unos ritmos de

oración destinados a alimentar la oración continua. Algunos son

diarios: la oración de la mañana y la de la tarde, antes y después de

1174, 2177 comer, la Liturgia de las Horas. El domingo, centrado en la Eucaristía,

se santifica principalmente por medio de la oración. El ciclo del año

litúrgico y sus grandes fiestas son los ritmos fundamentales de la vida

de oración de los cristianos.

2699. El Señor conduce a cada persona por los caminos que Él

dispone y de la manera que Él quiere. Cada fiel, a su vez, le responde

según la determinación de su corazón y las expresiones personales de

su oración. No obstante, la tradición cristiana ha conservado tres

expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la

meditación, y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo

2563

fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para

conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de estas

tres expresiones tiempos fuertes de la vida de oración.

ARTÍCULO 1

EXPRESIONES DE LA ORACIÓN

I. La oración vocal

2700. Por medio de su Palabra, Dios habla al hombre. Por medio de

palabras, mentales o vocales, nuestra oración toma cuerpo. Pero lo

más importante es la presencia del corazón ante Aquél a quien

1176

hablamos en la oración. ―Que nuestra oración se oiga no depende de la

cantidad de palabras, sino del fervor de nuestras almas‖ (San Juan

Crisóstomo, De Anna, sermo 2, 2).

2701. La oración vocal es un elemento indispensable de la vida

cristiana. A los discípulos, atraídos por la oración silenciosa de su

Maestro, éste les enseña una oración vocal: el ―Padre Nuestro‖. Jesús

no solamente ha rezado las oraciones litúrgicas de la sinagoga; los

Evangelios nos lo presentan elevando la voz para expresar su oración

2603

personal, desde la bendición exultante del Padre (cf. Mt 11, 25-26),

hasta la agonía de Getsemaní (cf. Mc 14, 36).

612

2702. Esta necesidad de asociar los sentidos a la oración interior

responde a una exigencia de nuestra naturaleza humana. Somos cuerpo

y espíritu, y experimentamos la necesidad de traducir exteriormente

1146

nuestros sentimientos. Es necesario rezar con todo nuestro ser para dar

a nuestra súplica todo el poder posible.

2703. Esta necesidad responde también a una exigencia divina. Dios

busca adoradores en espíritu y en verdad, y, por consiguiente, la

oración que brota viva desde las profundidades del alma. También

reclama una expresión exterior que asocia el cuerpo a la oración

interior, porque esta expresión corporal es signo del homenaje perfecto

2097

al que Dios tiene derecho.

2704. La oración vocal es la oración por excelencia de las multitudes

por ser exterior y tan plenamente humana. Pero incluso la más interior

de las oraciones no podría prescindir de la oración vocal. La oración

se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de Aquél ―a

quien hablamos‖ (Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, 26).

Por ello la oración vocal se convierte en una primera forma de oración

contemplativa.

II. La meditación

2705. La meditación es, sobre todo, una búsqueda. El espíritu trata de

158

comprender el porqué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y

responder a lo que el Señor pide. Hace falta una atención difícil de

encauzar. Habitualmente se hace con la ayuda de algún libro, que a los

cristianos no les faltan: las sagradas Escrituras, especialmente el

127

Evangelio, las imágenes sagradas, los textos litúrgicos del día o del

tiempo, escritos de los Padres espirituales, obras de espiritualidad, el

gran libro de la creación y el de la historia, la página del ―hoy‖ de

Dios.

2706. Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo

consigo mismo. Aquí se abre otro libro: el de la vida. Se pasa de los

pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se

descubren los movimientos que agitan el corazón y se les puede

discernir. Se trata de hacer la verdad para llegar a la Luz: ―Señor, ¿qué

quieres que haga?‖.

2707. Los métodos de meditación son tan diversos como diversos

2690

son los maestros espirituales. Un cristiano debe querer meditar

regularmente; si no, se parece a las tres primeras clases de terreno de

la parábola del sembrador (cf. Mc 4, 4-7. 15-19). Pero un método no

es más que un guía; lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo,

2664

por el único camino de la oración: Cristo Jesús.

2708. La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación,

la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar

en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y

fortalecer la voluntad de seguir a Cristo. La oración cristiana se aplica

preferentemente a meditar ―los misterios de Cristo‖, como en la lectio

516

divina o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante es de gran valor,

2678

pero la oración cristiana debe ir más lejos: hacia el conocimiento del

amor del Señor Jesús, a la unión con Él.

III. La oración contemplativa

2709. ¿Qué es esta oración? Santa Teresa responde: ―No es otra cosa

oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas

2562-2564

veces tratando a solas con quien sabemos nos ama‖ (Santa Teresa de

Jesús, Libro de la vida, 8).

La contemplación busca al ―amado de mi alma‖ ( Ct 1, 7; cf. Ct 3,

1-4). Esto es, a Jesús y en Él, al Padre. Es buscado porque desearlo es

siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que

nos hace nacer de Él y vivir en Él. En la contemplación se puede

también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.

2710. La elección del tiempo y de la duración de la oración

contemplativa depende de una voluntad decidida, reveladora de los

secretos del corazón. No se hace contemplación cuando se tiene

tiempo, sino que se toma el tiempo de estar con el Señor con la firme

2726

decisión de no dejarlo y volverlo a tomar, cualesquiera que sean las

pruebas y la sequedad del encuentro. No se puede meditar en todo

momento, pero sí se puede entrar siempre en contemplación,

independientemente de las condiciones de salud, trabajo o afectividad.

El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la pobreza y

en la fe.

2711. La entrada en la contemplación es análoga a la de la Liturgia

eucarística: ―recoger‖ el corazón, recoger todo nuestro ser bajo la

1348

moción del Espíritu Santo, habitar la morada del Señor que somos

nosotros mismos, despertar la fe para entrar en la presencia de Aquel

que nos espera, hacer que caigan nuestras máscaras y volver nuestro

corazón hacia el Señor que nos ama, para ponernos en sus manos

2100

como una ofrenda que hay que purificar y transformar.

2712. La oración contemplativa es la oración del hijo de Dios, del

pecador perdonado que consiente en acoger el amor con el que es

amado y que quiere responder a él amando más todavía (cf. Lc 7, 36-

50; 19, 1-10). Pero sabe que su amor, a su vez, es el que el Espíritu

derrama en su corazón, porque todo es gracia por parte de Dios. La

2822

contemplación es la entrega humilde y pobre a la voluntad amorosa

del Padre, en unión cada vez más profunda con su Hijo amado.

2713. Así, la oración contemplativa es la expresión más sencilla del

2559

misterio de la oración. Es un don, una gracia; no puede ser acogida

más que en la humildad y en la pobreza. La oración contemplativa es

una relación de alianza establecida por Dios en el fondo de nuestro ser

(cf. Jr 31, 33). Es comunión: en ella, la Santísima Trinidad conforma

al hombre, imagen de Dios, ―a su semejanza‖.

2714. La oración contemplativa es también el tiempo fuerte por

excelencia de la oración. En ella, el Padre nos concede ―que seamos

vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre

interior, que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que

quedemos arraigados y cimentados en el amor‖ ( Ef 3, 16-17).

2715. La oración contemplativa es mirada de fe, fijada en Jesús. ―Yo

le miro y él me mira‖, decía a su santo cura un campesino de Ars que

1380

oraba ante el Sagrario (cf. F. Trochu, Le Curé d'Ars Saint Jean-Marie

Vianney). Esta atención a Él es renuncia a ―mí‖. Su mirada purifica el

corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro

corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su

compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su

521

mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el

―conocimiento interno del Señor‖ para más amarle y seguirle (

cf. San

Ignacio de Loyola, Exercitia spiritualia, 104).

2716. La oración contemplativa es escucha de la palabra de Dios.

Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de la fe, acogida

494

incondicional del siervo y adhesión amorosa del hijo. Participa en el

―sí‖ del Hijo hecho siervo y en el ― fiat‖ de su humilde esclava.

2717. La contemplación es silencio, este ―símbolo del mundo

533

venidero‖ (San Isaac de Nínive,

Tractatus mystici, 66) o ―amor [...]

silencioso‖ (San Juan de la Cruz, Carta, 6). Las palabras en la oración

contemplativa no son discursos sino ramillas que alimentan el fuego

del amor. En este silencio, insoportable para el hombre ―exterior‖, el

498

Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y

resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de

Jesús.

2718. La oración contemplativa es unión con la oración de Cristo en

la medida en que ella nos hace participar en su misterio. El misterio de

Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo

lo hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio

de la caridad en acto.

2719. La oración contemplativa es una comunión de amor portadora

de vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la

noche de la fe. La noche pascual de la resurrección pasa por la de la

165

agonía y la del sepulcro. El Espíritu de Jesús, no la ―carne que es

débil‖, hace que llevemos a la vida en la oración contemplativa los

tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús. Es necesario aceptar el ―velar

2730

una hora con él‖ (cf. Mt 26, 40).

Resumen

2720. La Iglesia invita a los fieles a una oración regulada: oraciones

diarias, Liturgia de las Horas, Eucaristía dominical, fiestas del año

litúrgico.

2721. La tradición cristiana contiene tres importantes expresiones de

la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración

contemplativa. Las tres tienen en común el recogimiento del corazón.

2722. La oración vocal, fundada en la unión del cuerpo con el

espíritu en la naturaleza humana, asocia el cuerpo a la oración

interior del corazón a ejemplo de Cristo que ora a su Padre y enseña

el “Padre Nuestro” a sus discípulos.

2723. La meditación es una búsqueda orante, que hace intervenir al

pensamiento, la imaginación, la emoción, el deseo. Tiene por objeto la

apropiación creyente de la realidad considerada, que es confrontada

con la realidad de nuestra vida.

2724. La oración contemplativa es la expresión sencilla del misterio

de la oración. Es una mirada de fe, fijada en Jesús, una escucha de la

Palabra de Dios, un silencioso amor. Realiza la unión con la oración

de Cristo en la medida en que nos hace participar de su misterio.

ARTÍCULO 2

EL COMBATE DE LA ORACIÓN

2725. La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por

nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la

Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los

2612

santos con Él nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra

409

quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que

hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión

con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que

no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco

2015

podrá orar habitualmente en su Nombre. El ―combate espiritual‖ de la

vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración.

I. Obstáculos para la oración

2726. En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en

nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la

oración. Unos ven en ella una simple operación psicológica, otros un

esfuerzo de concentración para llegar a un vacío mental. Otros la

reducen a actitudes y palabras rituales. En el inconsciente de muchos

cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen

que hacer: no tienen tiempo. Hay quienes buscan a Dios por medio de

2710

la oración, pero se desalientan pronto porque ignoran que la oración

viene también del Espíritu Santo y no solamente de ellos.

2727. También tenemos que hacer frente a mentalidades de ―este

mundo‖ que nos invaden si no estamos vigilantes. Por ejemplo: lo

verdadero sería sólo aquello que se puede verificar por la razón y la

37

ciencia (ahora bien, orar es un misterio que desborda nuestra

conciencia y nuestro inconsciente); es valioso aquello que produce y

da rendimiento (luego, la oración es inútil, pues es improductiva); el

sensualismo y el confort adoptados como criterios de verdad, de bien y

de belleza (y he aquí que la oración es ―amor de la Belleza absoluta‖

2500

[ philocalía], y sólo se deja cautivar por la gloria del Dios vivo y

verdadero); y por reacción contra el activismo, se da otra mentalidad

según la cual la oración es vista como posibilidad de huir de este

mundo (pero la oración cristiana no puede escaparse de la historia ni

divorciarse de la vida).

2728. Por último, en este combate hay que hacer frente a lo que es

sentido como fracasos en la oración: desaliento ante la sequedad,

tristeza de no entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos

―muchos bienes‖ (

cf. Mc 10, 22), decepción por no ser escuchados

según nuestra propia voluntad; herida de nuestro orgullo que se

endurece en nuestra indignidad de pecadores, difícil aceptación de la

gratuidad de la oración, etc. La conclusión es siempre la misma: ¿Para

qué orar? Es necesario luchar con humildad, confianza y

perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.

II. La humilde vigilancia del corazón

F

RENTE A LAS DIFICULTADES DE LA ORACIÓN

2729. La dificultad habitual de la oración es la distracción. En la

oración vocal, la distracción puede referirse a las palabras y al sentido

de estas. La distracción, de un modo más profundo, puede referirse a

Aquél al que oramos, tanto en la oración vocal (litúrgica o personal),

como en la meditación y en la oración contemplativa. Dedicarse a

2711

perseguir las distracciones es caer en sus redes; basta con volver a

nuestro corazón: la distracción descubre al que ora aquello a lo que su

corazón está apegado. Esta humilde toma de conciencia debe empujar

al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide

cuando se elige a quién se desea servir (cf. Mt 6,21.24).

2730. Mirado positivamente, el combate contra el ánimo posesivo y

dominador es la vigilancia, la sobriedad del corazón. Cuando Jesús

insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al

2659

último día y al ―hoy‖. El esposo viene en mitad de la noche; la luz que

no debe apagarse es la de la fe: ―Dice de ti mi corazón: busca su

rostro‖ ( Sal 27, 8).

2731. Otra dificultad, especialmente para los que quieren

sinceramente orar, es la sequedad. Forma parte de la oración en la que

el corazón está desprendido, sin gusto por los pensamientos, recuerdos

y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más

pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el

sepulcro. ―El grano de trigo, si [...] muere, da mucho fruto‖ ( Jn 12,

24). Si la sequedad se debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído

1426

sobre roca, no hay éxito en el combate sin una mayor conversión

(cf. Lc 8, 6. 13).

FRENTE A LAS TENTACIONES EN LA ORACIÓN

2732. La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de

2609

fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas

2089

preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como

prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes;

una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de su más

profundo deseo. Mientras tanto, nos volvemos al Señor como nuestro

único recurso; pero ¿alguien se lo cree verdaderamente?

Consideramos a Dios como asociado a la alianza con nosotros, pero

nuestro corazón continúa en la arrogancia. En cualquier caso, la falta

2092

de fe revela que no se ha alcanzado todavía la disposición propia de un

corazón humilde: «Sin mí, no podéis hacer nada» ( Jn 15, 5).

2074

2733. Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es

la acedia. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de

2094

aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la

ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. ―El

espíritu [...] está pronto pero la carne es débil‖ ( Mt 26, 41). Cuanto

más alto es el punto desde el que alguien toma decisiones, tanto mayor

es la dificultad. El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción.

Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una

2559

mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.

III. La confianza filial

2734. La confianza filial se prueba en la tribulación, ella misma se

prueba (cf. Rm 5, 3-5). La principal dificultad se refiere a la oración de

petición, al suplicar por uno mismo o por otros. Hay quien deja de orar

2629

porque piensa que su oración no es escuchada. A este respecto se

plantean dos cuestiones: Por qué la oración de petición no ha sido

escuchada; y cómo la oración es escuchada o ―eficaz‖.

QUEJA POR LA ORACIÓN NO ESCUCHADA

2735. He aquí una observación llamativa: cuando alabamos a Dios o

le damos gracias por sus beneficios en general, no estamos

preocupados por saber si esta oración le es agradable. Por el contrario,

cuando pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la

2779

imagen de Dios presente en este modo de orar: Dios como medio o

Dios como el Padre de Nuestro Señor Jesucristo?

2559

2736. ¿Estamos convencidos de que ―nosotros no sabemos pedir

como conviene‖ ( Rm 8, 26)? ¿Pedimos a Dios los ―bienes

convenientes‖? Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de

que nosotros se lo pidamos (cf. Mt 6, 8), pero espera nuestra petición

1730

porque la dignidad de sus hijos está en su libertad. Por tanto es

necesario orar con su Espíritu de libertad, para poder conocer en

verdad su deseo (cf. Rm 8, 27).

2737. ―No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís

mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones‖ ( St 4, 2-3;

cf. todo el contexto de St 4, 1-10; 1, 5-8; 5, 16). Si pedimos con un

corazón dividido, ―adúltero‖ ( St 4, 4), Dios no puede escucharnos

porque Él quiere nuestro bien, nuestra vida. ―¿Pensáis que la Escritura

dice en vano: Tiene deseos ardientes el espíritu que él ha hecho habitar

en nosotros‖ ( St 4,5)? Nuestro Dios está ―celoso‖ de nosotros, lo que

es señal de la verdad de su amor. Entremos en el deseo de su Espíritu

y seremos escuchados:

«No pretendas conseguir inmediatamente lo que pides, como si lograrlo

dependiera de ti, pues Él quiere concederte sus dones cuando perseveras

en la oración» (Evagrio Pontico, De oratione, 34).

Él quiere «que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone

para recibir lo que él está dispuesto a darnos» (San Agustín, Epistula

130, 8, 17).

PARA QUE NUESTRA ORACIÓN SEA EFICAZ

2738. La revelación de la oración en la Economía de la salvación

enseña que la fe se apoya en la acción de Dios en la historia. La

2568

confianza filial es suscitada por medio de su acción por excelencia: la

Pasión y la Resurrección de su Hijo. La oración cristiana es

cooperación con su Providencia y su designio de amor hacia los

307

hombres.

2739. En san Pablo, esta confianza es audaz (cf. Rm 10, 12-13),

2778

basada en la oración del Espíritu en nosotros y en el amor fiel del

Padre que nos ha dado a su Hijo único (cf. Rm 8, 26-39). La

transformación del corazón que ora es la primera respuesta a nuestra

petición.

2740. La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición

eficaz. Él es su modelo. Él ora en nosotros y con nosotros. Puesto que

el corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al Padre, ¿cómo el

de los hijos de adopción se apegaría más a los dones que al Dador?

2604

2741. Jesús ora también por nosotros, en nuestro lugar y en favor

nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por

todas en sus palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la

2606

Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre

(cf. Hb 5, 7; 7, 25; 9, 24). Si nuestra oración está resueltamente unida

a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que

pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al

2614

Espíritu Santo, que contiene todos los dones.

IV. Perseverar en el amor

2742. ―Orad constantemente‖ ( 1 Ts 5, 17), ―dando gracias

2098

continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor

Jesucristo‖ ( Ef 5, 20), ―siempre en oración y suplica, orando en toda

ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e

intercediendo por todos los santos‖ ( Ef 6, 18).―No nos ha sido

prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos

una ley que nos manda orar sin cesar‖ (Evagrio Pontico, Capita

practica ad Anatolium, 49). Este ardor incansable no puede venir más

que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la

162

oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor

abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y

vivificantes:

2743. Orar es siempre posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo

resucitado que está con nosotros ―todos los días‖ ( Mt 28,20),

cualesquiera que sean las tempestades (cf. Lc 8, 24). Nuestro tiempo

está en las manos de Dios:

«Conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o

mientras da un paseo: igualmente el que está sentado ante su mesa de

trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores, que levante su alma a

Dios: conviene también que el siervo alborotador o que anda yendo de un

lado para otro, o el que se encuentra sirviendo en la cocina [...], intenten

elevar la súplica desde lo más hondo de su corazón» (San Juan

Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 6).

2744. Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el

Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (cf. Ga 5, 16-25). ¿Cómo

puede el Espíritu Santo ser ―vida nuestra‖, si nuestro corazón está

lejos de él?

«Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo

que es difícil [...]. Es imposible [...] que el hombre [...] que ora [...] pueda

pecar» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 5).

«Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente»

(San Alfonso María de Ligorio, Del gran mezzo della preghiera, pars 1,

c. 1).

2660

2745. Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del

mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma

conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma

unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez

más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor

con el cual Jesús nos ha amado. ―Todo lo que pidáis al Padre en mi

Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a

los otros‖ ( Jn 15, 16-17).

«Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la

oración. Sólo así podemos cumplir el mandato: ―Orad constantemente‖»

(Orígenes, De oratione, 12, 2).

LA ORACIÓN DE LA HORA DE JESÚS

2746. Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf. Jn 17). Su

oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la

Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su

Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida ―una vez por

1085

todas‖, permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la

Hora de Jesús sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.

2747. La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración

―sacerdotal‖ de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote,

inseparable de su sacrificio, de su ―paso‖ [pascua] hacia el Padre

donde él es ―consagrado‖ enteramente al Padre (cf. Jn 17, 11. 13. 19).

2748. En esta oración pascual, sacrificial, todo está ―recapitulado‖ en

518

Él (cf. Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y

el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los

discípulos presentes y los que creerán en Él por su palabra, la

820

humillación y su gloria. Es la oración de la unidad.

2749. Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual

que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La

oración de la Hora de Jesús llena los últimos tiempos y los lleva hacia

su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se

entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una

libertad soberana (cf. Jn 17, 11. 13. 19. 24) debido al poder que el

Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es

el Señor, el «Pantocrátor». Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por

2616

nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

2750. Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos

2815

recibir en toda su hondura la oración que Él nos enseña: ―¡Padre

Nuestro!‖. La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las

grandes peticiones del Padre Nuestro: la preocupación por el Nombre

del Padre (cf. Jn 17, 6. 11. 12. 26), el deseo de su Reino (la gloria;

cf. Jn 17, 1. 5. 10. 24. 23-26), el cumplimiento de la voluntad del

Padre, de su designio de salvación (cf. Jn 17, 2. 4 .6. 9. 11. 12. 24) y la

liberación del mal (cf. Jn 17, 15).

2751. Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el

240

―conocimiento‖ indisociable del Padre y del Hijo (cf. Jn 17, 3. 6-10.

25) que es el misterio mismo de la vida de oración.

Resumen

2752. La oración supone un esfuerzo y una lucha contra nosotros

mismos y contra las astucias del Tentador. El combate de la oración

es inseparable del “combate espiritual” necesario para actuar

habitualmente según el Espíritu de Cristo: Se ora como se vive porque

se vive como se ora.

2753. En el combate de la oración debemos hacer frente a

concepciones erróneas, a diversas corrientes de mentalidad, a la

experiencia de nuestros fracasos. A estas tentaciones que ponen en

duda la utilidad o la posibilidad misma de la oración conviene

responder con humildad, confianza y perseverancia.

2754. Las dificultades principales en el ejercicio de la oración son la

distracción y la sequedad. El remedio está en la fe, la conversión y la

vigilancia del corazón.

2755. Dos tentaciones frecuentes amenazan la oración: la falta de fe

y la acedía que es una forma de depresión o de pereza debida al

relajamiento de la ascesis y que lleva al desaliento.

2756. La confianza filial se pone a prueba cuando tenemos el

sentimiento de no ser siempre escuchados. El Evangelio nos invita a

conformar nuestra oración al deseo del Espíritu.

2757. “Orad continuamente” ( 1 Ts 5, 17). Orar es siempre posible.

Es incluso una necesidad vital. Oración y vida cristiana son

inseparables.

2758. La oración de la Hora de Jesús, llamada (cf. Jn 17) con razón

“oración sacerdotal”, recapitula toda la Economía de la creación y

de la salvación. Inspira las grandes peticiones del “Padre Nuestro” .

SEGUNDA SECCION:

LA ORACION DEL SEÑOR: "PADRE NUESTRO"

LA ORACIÓN DEL SEÑOR: “PADRE NUESTRO”

2759. «Estando él [Jesús] en cierto lugar orando, cuando terminó, le

dijo uno de sus discípulos: ―Maestro, enséñanos a orar, como enseñó

Juan a sus discípulos‖» ( Lc 11, 1). En respuesta a esta petición, el

Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana

fundamental. San Lucas da de ella un texto breve (con cinco

peticiones [cf. Lc 11, 2-4]), San Mateo una versión más desarrollada

(con siete peticiones [cf. Mt 6, 9-13]). La tradición litúrgica de la

Iglesia ha conservado el texto de San Mateo:

Padre nuestro, que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas

como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.

2760. Muy pronto, la práctica litúrgica concluyó la oración del Señor con

una doxología. En la Didaché (8, 2) se afirma: ―Tuyo es el poder y la gloria

2855

por siempre‖. Las Constituciones apostólicas (7, 24, 1) añaden en el

comienzo: ―el reino‖: y ésta es la fórmula actual para la oración ecuménica.

La tradición bizantina añade después un gloria al ―Padre, Hijo y Espíritu

Santo‖. El misal romano desarrolla la última petición (cf. Rito de la

Comunión, [Embolismo] Misal Romano) en la perspectiva explícita de

―mientras esperamos ( Tt 2, 13) la gloriosa venida de nuestro Salvador

2854

Jesucristo‖; después se hace la aclamación de la asamblea, volviendo a tomar

la doxología de las Constituciones apostólicas.

ARTÍCULO 1

RESUMEN DE TODO EL EVANGELIO

2761. ―La oración del Señor o dominical es, en verdad el resumen de

todo el Evangelio‖ (Tertuliano, De oratione, 1, 6). «Cuando el Señor

hubo legado esta fórmula de oración, añadió: ―Pedid y se os dará‖

( Lc 11, 9). Por tanto, cada uno puede dirigir al cielo diversas oraciones

según sus necesidades, pero comenzando siempre por la oración del

Señor que sigue siendo la oración fundamental» (Tertuliano, De

oratione, 10).

I. Corazón de las Sagradas Escrituras

2762. Después de haber expuesto cómo los salmos son el alimento

principal de la oración cristiana y confluyen en las peticiones del

Padre Nuestro, San Agustín concluye:

«Recorred todas las oraciones que hay en las Escrituras, y no creo que

podáis encontrar algo que no esté incluido en la oración dominical»

( Epistula 130, 12, 22).

2763. Toda la Escritura (la Ley, los Profetas, y los Salmos) se

102

cumple en Cristo (cf. Lc 24,44). El evangelio es esta ―Buena Nueva‖.

Su primer anuncio está resumido por san Mateo en el Sermón de la

Montaña (cf. Mt 5-7). Pues bien, la oración del Padre Nuestro está en

el centro de este anuncio. En este contexto se aclara cada una de las

peticiones de la oración que nos dio el Señor:

«La oración dominical es la más perfecta de las oraciones [...] En ella, no

2541

sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además

según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no

sólo nos enseña a pedir, sino que también llena toda nuestra afectividad»

(Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 83, a. 9).

1965

2764. El Sermón de la Montaña es doctrina de vida, la Oración

dominical es plegaria, pero en uno y otra el Espíritu del Señor da

forma nueva a nuestros deseos, esos movimientos interiores que

animan nuestra vida. Jesús nos enseña esta vida nueva por medio de

sus palabras y nos enseña a pedirla por medio de la oración. De la

1969

rectitud de nuestra oración dependerá la de nuestra vida en Él.

II. “La oración del Señor”

2765. La expresión tradicional ―Oración dominical‖ (es decir,

―Oración del Señor‖) significa que la oración al Padre nos la enseñó y

nos la dio el Señor Jesús. Esta oración que nos viene de Jesús es

2701

verdaderamente única: ella es ―del Señor‖. Por una parte, en efecto,

por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que

el Padre le ha dado (cf. Jn 17, 7): él es el Maestro de nuestra oración.

Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de

hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y

nos las revela: es el Modelo de nuestra oración.

2766. Pero Jesús no nos deja una fórmula para repetirla de modo

mecánico (cf. Mt 6, 7; 1 R 18, 26-29). Como en toda oración vocal, el

Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de

Dios a hablar con su Padre. Jesús no sólo nos enseña las palabras de la

oración filial, sino que nos da también el Espíritu por el que estas se

hacen en nosotros ―espíritu [...] y vida‖ (

Jn 6, 63). Más todavía: la

prueba y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre «ha

enviado [...] a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama:

―¡Abbá, Padre!'‖» (

Ga 4,6). Ya que nuestra oración interpreta nuestros

deseos ante Dios, es también ―el que escruta los corazones‖, el Padre,

quien ―conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión

en favor de los santos es según Dios‖ ( Rm 8, 27). La oración al Padre

se inserta en la misión misteriosa del Hijo y del Espíritu.

690

III. Oración de la Iglesia

2767. Este don indisociable de las palabras del Señor y del Espíritu

Santo que les da vida en el corazón de los creyentes ha sido recibido y

vivido por la Iglesia desde los comienzos. Las primeras comunidades

recitan la Oración del Señor ―tres veces al día‖ ( Didaché 8,3), en lugar

de las ―Dieciocho bendiciones‖ de la piedad judía.

2768. Según la Tradición apostólica, la Oración del Señor está

arraigada esencialmente en la oración litúrgica.

«El Señor nos enseña a orar en común por todos nuestros hermanos.

Porque Él no dice ―Padre mío‖ que estás en el cielo, sino ―Padre nuestro‖,

a fin de que nuestra oración sea de una sola alma para todo el Cuerpo de

la Iglesia» (San Juan Crisóstomo, In Matthaeum, homilia 19, 4).

En todas las tradiciones litúrgicas, la Oración del Señor es parte

integrante de las principales Horas del Oficio divino. Este carácter

eclesial aparece con evidencia sobre todo en los tres sacramentos de la

iniciación cristiana:

1243

2769. En el Bautismo y la Confirmación, la entrega [ traditio] de la

Oración del Señor significa el nuevo nacimiento a la vida divina.

Como la oración cristiana es hablar con Dios con la misma Palabra de

Dios, ―los que son engendrados de nuevo por la Palabra del Dios

vivo‖ ( 1 P 1, 23) aprenden a invocar a su Padre con la única Palabra

que él escucha siempre. Y pueden hacerlo de ahora en adelante porque

el sello de la Unción del Espíritu Santo ha sido grabado indeleble en

sus corazones, sus oídos, sus labios, en todo su ser filial. Por eso, la

mayor parte de los comentarios patrísticos del Padre Nuestro están

dirigidos a los catecúmenos y a los neófitos. Cuando la Iglesia reza la

Oración del Señor, es siempre el Pueblo de los ―neófitos‖ el que ora y

obtiene misericordia (cf. 1 P 2, 1-10).

1350

2770. En la Liturgia eucarística, la Oración del Señor aparece como

la oración de toda la Iglesia. Allí se revela su sentido pleno y su

eficacia. Situada entre la Anáfora (Oración eucarística) y la liturgia de

la Comunión, recapitula por una parte todas las peticiones e

intercesiones expresadas en el movimiento de la epíclesis, y, por otra

parte, llama a la puerta del Festín del Reino que la comunión

sacramental va a anticipar.

2771. En la Eucaristía, la Oración del Señor manifiesta también el

carácter escatológico de sus peticiones. Es la oración propia de los

1403

―últimos tiempos‖, tiempos de salvación que han comenzado con la

efusión del Espíritu Santo y que terminarán con la Vuelta del Señor.

Las peticiones al Padre, a diferencia de las oraciones de la Antigua

Alianza, se apoyan en el misterio de salvación ya realizado, de una vez

por todas, en Cristo crucificado y resucitado.

2772. De esta fe inquebrantable brota la esperanza que suscita cada

1820

una de las siete peticiones. Estas expresan los gemidos del tiempo

presente, este tiempo de paciencia y de espera durante el cual ―aún no

se ha manifestado lo que seremos‖ ( 1 Jn 3, 2; cf. Col 3, 4). La

Eucaristía y el Padre Nuestro están orientados hacia la venida del

Señor, ―¡hasta que venga!‖ ( 1 Co 11, 26).

Resumen

2773. En respuesta a la petición de sus discípulos (“Señor,

enséñanos a orar”: Lc 11, 1), Jesús les entrega la oración cristiana

fundamental, el “Padre Nuestro”.

2774. “La oración del Señor o dominical es, en verdad, el resumen

de todo el Evangelio” (Tertuliano, De oratione , 1, 6), “la más perfecta

de las oraciones” (Santo Tomás de Aquino , Summa. theologiae 2-2, q.

83, a. 9). Es el corazón de las Sagradas Escrituras.

2775. Se llama “Oración dominical” porque nos viene del Señor

Jesús, Maestro y modelo de nuestra oración.

2776. La Oración dominical es la oración por excelencia de la

Iglesia. Forma parte integrante de las principales Horas del Oficio

divino y de los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo,

Confirmación y Eucaristía. Inserta en la Eucaristía, manifiesta el

carácter “escatológico” de sus peticiones, en la esperanza del Señor,

“hasta que venga” ( 1 Co 11, 26).

ARTÍCULO 2

“PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO”

I. Acercarse a Él con toda confianza

2777. En la liturgia romana, se invita a la asamblea eucarística a

rezar el Padre Nuestro con una audacia filial; las liturgias orientales

usan y desarrollan expresiones análogas: ―Atrevernos con toda

confianza‖, ―Haznos dignos de‖. Ante la zarza ardiendo, se le dijo a

Moisés: ―No te acerques aquí. Quita las sandalias de tus pies‖ ( Ex 3,

5). Este umbral de la santidad divina, sólo lo podía franquear Jesús, el

que ―después de llevar a cabo la purificación de los pecados‖ (

Hb 1,

3), nos introduce en presencia del Padre: ―Henos aquí, a mí y a los

hijos que Dios me dio‖ ( Hb 2, 13):

«La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría

meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo, si la

autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo, no nos

empujasen a proferir este grito: ―Abbá, Padre‖ (

Rm 8, 15)... ¿Cuándo la

debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios Padre suyo, sino

270

solamente cuando lo íntimo del hombre está animado por el Poder de lo

alto?» (San Pedro Crisólogo, Sermón 71, 3).

2778. Este poder del Espíritu que nos introduce en la Oración del

Señor se expresa en las liturgias de Oriente y de Occidente con la bella

palabra, típicamente cristiana: parrhesia, simplicidad sin desviación,

2828

conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser

amado (cf. Ef 3, 12; Hb 3, 6; 4, 16; 10, 19; 1 Jn 2,28; 3, 21; 5, 14).

II. “¡Padre!”

2779. Antes de hacer nuestra esta primera exclamación de la Oración

del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas

imágenes falsas de ―este mundo‖. La humildad nos hace reconocer

que ―nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo

quiera revelar‖, es decir ―a los pequeños‖ ( Mt 11,25-27). La

purificación del corazón concierne a imágenes paternales o

maternales, correspondientes a nuestra historia personal y cultural, y

239

que impregnan nuestra relación con Dios. Dios nuestro Padre

transciende las categorías del mundo creado. Transferir a Él, o contra

Él, nuestras ideas en este campo sería fabricar ídolos para adorar o

demoler. Orar al Padre es entrar en su misterio, tal como Él es, y tal

como el Hijo nos lo ha revelado:

«La expresión Dios Padre no había sido revelada jamás a nadie. Cuando

Moisés preguntó a Dios quién era Él, oyó otro nombre. A nosotros este

nombre nos ha sido revelado en el Hijo, porque este nombre implica el

nuevo nombre del Padre» (Tertuliano, De oratione, 3, 1).

2780. Podemos invocar a Dios como ―Padre‖ porque Él nos ha sido

revelado por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo hace conocer.

240

Lo que el hombre no puede concebir ni los poderes angélicos entrever,

es decir, la relación personal del Hijo hacia el Padre (cf. Jn 1, 1), he

aquí que el Espíritu del Hijo nos hace participar de esta relación a

quienes creemos que Jesús es el Cristo y que hemos nacido de Dios

(cf. 1 Jn 5, 1).

2781. Cuando oramos al Padre estamos en comunión con Él y con su

2665

Hijo, Jesucristo (cf. 1 Jn 1, 3). Entonces le conocemos y lo

reconocemos con admiración siempre nueva. La primera palabra de la

Oración del Señor es una bendición de adoración, antes de ser una

imploración. Porque la Gloria de Dios es que nosotros le

reconozcamos como ―Padre‖, Dios verdadero. Le damos gracias por

habernos revelado su Nombre, por habernos concedido creer en Él y

por haber sido habitados por su presencia.

2782. Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su

vida al adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único: por el

1267

Bautismo nos incorpora al Cuerpo de su Cristo, y, por la Unción de su

Espíritu que se derrama desde la Cabeza a los miembros, hace de

nosotros ―cristos‖:

«Dios, en efecto, que nos ha destinado a la adopción de hijos, nos ha

conformado con el Cuerpo glorioso de Cristo. Por tanto, de ahora en

adelante, como participantes de Cristo, sois llamados ―cristos‖ con todo

derecho» (San Cirilo de Jerusalén, Catecheses mystagogicae, 3, 1).

«El hombre nuevo, que ha renacido y vuelto a su Dios por la gracia, dice

primero: ―¡Padre!‖, porque ha sido hecho hijo» (San Cipriano de Cartago,

De dominica Oratione, 9).

1701

2783. Así pues, por la Oración del Señor, hemos sido revelados a

nosotros mismos al mismo tiempo que nos ha sido revelado el Padre

(cf. GS 22):

«Tú, hombre, no te atrevías a levantar tu cara hacia el cielo, tú bajabas los

ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia de Cristo: todos tus

pecados te han sido perdonados. De siervo malo, te has convertido en

buen hijo [...] Eleva, pues, los ojos hacia el Padre que te ha rescatado por

medio de su Hijo y di: Padre nuestro [...] Pero no reclames ningún

privilegio. No es Padre, de manera especial, más que de Cristo, mientras

que a nosotros nos ha creado. Di entonces también por medio de la

gracia: Padre nuestro, para merecer ser hijo suyo» (San Ambrosio, De

sacramentis, 5, 19).

2784. Este don gratuito de la adopción exige por nuestra parte una

1428

conversión continua y una vida nueva. Orar a nuestro Padre debe

desarrollar en nosotros dos disposiciones fundamentales:

El deseo y la voluntad de asemejarnos a él. Creados a su imagen, la

1997

semejanza se nos ha dado por gracia y tenemos que responder a ella.

«Es necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios ―Padre nuestro‖, de

que debemos comportarnos como hijos de Dios» (San Cipriano de

Cartago, De Dominica oratione, 11).

«No podéis llamar Padre vuestro al Dios de toda bondad si mantenéis un

corazón cruel e inhumano; porque en este caso ya no tenéis en vosotros la

señal de la bondad del Padre celestial» (San Juan Crisóstomo, De angusta

porta et in Oratione dominicam, 3).

«Es necesario contemplar continuamente la belleza del Padre e impregnar

de ella nuestra alma» (San Gregorio de Nisa, Homiliae in Orationem

dominicam, 2).

2785. Un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser

2562

como niños (cf. Mt 18, 3); porque es a ―los pequeños‖ a los que el

Padre se revela (cf. Mt 11, 25):

«Es una mirada a Dios y sólo a Él, un gran fuego de amor. El alma se

hunde y se abisma allí en la santa dilección y habla con Dios como con su

propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad en verdad

entrañable» (San Juan Casiano, Conlatio 9, 18).

«Padre nuestro: este nombre suscita en nosotros todo a la vez, el amor, el

gusto en la oración [...] y también la esperanza de obtener lo que vamos a

pedir [...] ¿Qué puede Él, en efecto, negar a la oración de sus hijos,

cuando ya previamente les ha permitido ser sus hijos?» (San Agustín, De

sermone Domini in monte, 2, 4, 16).

III. Padre “nuestro”

2786. Padre ―nuestro‖ se refiere a Dios. Este adjetivo, por nuestra

443

parte, no expresa una posesión, sino una relación totalmente nueva con

Dios.

2787. Cuando decimos Padre ―nuestro‖, reconocemos ante todo que

todas sus promesas de amor anunciadas por los profetas se han

cumplido en la nueva y eterna Alianza en Cristo: hemos llegado a ser

―su Pueblo‖ y Él es desde ahora en adelante ―nuestro Dios‖. Esta

782

relación nueva es una pertenencia mutua dada gratuitamente: por amor

y fidelidad (cf. Os 2, 21-22; 6, 1-6) tenemos que responder a la gracia

y a la verdad que nos han sido dadas en Jesucristo (cf. Jn 1, 17).

2788. Como la Oración del Señor es la de su Pueblo en los ―últimos

tiempos‖, ese ―nuestro‖ expresa también la certeza de nuestra

esperanza en la última promesa de Dios: en la nueva Jerusalén dirá al

vencedor: ―Yo seré su Dios y él será mi hijo‖ ( Ap 21, 7).

2789. Al decir Padre ―nuestro‖, es al Padre de nuestro Señor

Jesucristo a quien nos dirigimos personalmente. No dividimos la

245

divinidad, ya que el Padre es su ―fuente y origen‖, sino confesamos

que eternamente el Hijo es engendrado por Él y que de Él procede el

Espíritu Santo. No confundimos de ninguna manera las Personas, ya

que confesamos que nuestra comunión es con el Padre y su Hijo,

253

Jesucristo, en su único Espíritu Santo. La Santísima Trinidad es

consubstancial e indivisible. Cuando oramos al Padre, le adoramos y

le glorificamos con el Hijo y el Espíritu Santo.

2790. Gramaticalmente, ―nuestro‖ califica una realidad común a

varios. No hay más que un solo Dios y es reconocido Padre por

aquéllos que, por la fe en su Hijo único, han renacido de Él por el agua

y por el Espíritu (cf. 1 Jn 5, 1; Jn 3, 5). La Iglesia es esta nueva

787

comunión de Dios y de los hombres: unida con el Hijo único hecho ―el

primogénito de una multitud de hermanos‖ ( Rm 8, 29) se encuentra en

comunión con un solo y mismo Padre, en un solo y mismo Espíritu

(cf. Ef 4, 4-6). Al decir Padre ―nuestro‖, la oración de cada bautizado

se hace en esta comunión: ―La multitud [...] de creyentes no tenía más

que un solo corazón y una sola alma‖ ( Hch 4, 32).

821

2791. Por eso, a pesar de las divisiones entre los cristianos, la oración

al Padre ―nuestro‖ continúa siendo un bien común y un llamamiento

apremiante para todos los bautizados. En comunión con Cristo por la

fe y el Bautismo, los cristianos deben participar en la oración de Jesús

por la unidad de sus discípulos (cf. UR 8; 22).

2792. Por último, si recitamos en verdad el ―Padre nuestro‖, salimos

del individualismo, porque de él nos libera el Amor que recibimos. El

adjetivo ―nuestro‖ al comienzo de la Oración del Señor, así como el

―nosotros‖ de las cuatro últimas peticiones no es exclusivo de nadie.

Para que se diga en verdad (cf. Mt 5, 23-24; 6, 14-16), debemos

superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros.

2793. Los bautizados no pueden rezar al Padre ―nuestro‖ sin llevar

con ellos ante Él todos aquellos por los que el Padre ha entregado a su

Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras, nuestra oración

604

tampoco debe tenerla (cf. NA 5). Orar a ―nuestro‖ Padre nos abre a dimensiones de su Amor manifestado en Cristo: orar con todos los

hombres y por todos los que no le conocen aún para que ―estén

reunidos en la unidad‖ ( Jn 11, 52). Esta solicitud divina por todos los

hombres y por toda la creación ha inspirado a todos los grandes

orantes: tal solicitud debe ensanchar nuestra oración en un amor sin

límites cuando nos atrevemos a decir Padre ―nuestro‖.

IV. “Que estás en el cielo”

2794. Esta expresión bíblica no significa un lugar [―el espacio‖] sino

326

una manera de ser; no el alejamiento de Dios sino su majestad. Dios

Padre no está ―en esta o aquella parte‖, sino ―por encima de todo‖ lo

que, acerca de la santidad divina, puede el hombre concebir. Como es

tres veces Santo, está totalmente cerca del corazón humilde y contrito:

«Con razón, estas palabras ―Padre nuestro que estás en el Cielo‖ hay que

entenderlas en relación al corazón de los justos en el que Dios habita

como en su templo. Por eso también el que ora desea ver que reside en él

Aquel a quien invoca» (San Agustín, De sermone Dominici in monte, 2,

5, 18).

«El ―cielo‖ bien podía ser también aquéllos que llevan la imagen del

mundo celestial, y en los que Dios habita y se pasea» (San Cirilo de

Jerusalén, Catecheses mystagogicae, 5, 11).

2795. El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que

vivimos cuando oramos al Padre. Él está en el cielo, es su morada, la

1024

Casa del Padre es, por tanto, nuestra ―patria‖. De la patria de la

Alianza el pecado nos ha desterrado (cf. Gn 3) y hacia el Padre, hacia

el cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cf. Jr 3, 19-4, 1a;

Lc 15, 18. 21). En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra

(cf. Is 45, 8; Sal 85, 12), porque el Hijo ―ha bajado del cielo‖, solo, y

nos hace subir allí con Él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su

Ascensión (cf. Jn 12, 32; 14, 2-3; 16, 28; 20, 17; Ef 4, 9-10; Hb 1, 3;

2, 13).

2796. Cuando la Iglesia ora diciendo ―Padre nuestro que estás en el

1003

cielo‖, profesa que somos el Pueblo de Dios ―sentado en el cielo, en

Cristo Jesús‖ ( Ef 2, 6), ―ocultos con Cristo en Dios‖ ( Col 3, 3), y, al

mismo tiempo, ―gemimos en este estado, deseando ardientemente ser

revestidos de nuestra habitación celestial‖ ( 2 Co 5, 2; cf. Flp 3,

20; Hb 13, 14):

«Los cristianos están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su

vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo» ( Epistula ad Diognetum,

5, 8-9).

Resumen

2797. La confianza sencilla y fiel, la seguridad humilde y alegre son

las disposiciones propias del que reza el “Padre Nuestro”.

2798. Podemos invocar a Dios como “Padre” porque nos lo ha

revelado el Hijo de Dios hecho hombre, en quien, por el Bautismo,

somos incorporados y adoptados como hijos de Dios.

2799. La Oración del Señor nos pone en comunión con el Padre y

con su Hijo, Jesucristo. Al mismo tiempo, nos revela a nosotros

mismos. (cf. GS 22).

2800. Orar al Padre debe hacer crecer en nosotros la voluntad de

asemejarnos a Él, así como debe fortalecer un corazón humilde y

confiado.

2801. Al decir Padre “nuestro”, invocamos la nueva Alianza en

Jesucristo, la comunión con la Santísima Trinidad y la caridad divina

que se extiende por medio de la Iglesia a lo largo del mundo.

2802. “Que estás en el cielo” no designa un lugar, sino la majestad

de Dios y su presencia en el corazón de los justos. El cielo, la Casa

del Padre, constituye la verdadera patria hacia donde tendemos y a la

que ya pertenecemos.

ARTÍCULO 3

LAS SIETE PETICIONES

2803. Después de habernos puesto en presencia de Dios nuestro

Padre para adorarle, amarle y bendecirle, el Espíritu filial hace surgir

de nuestros corazones siete peticiones, siete bendiciones. Las tres

primeras, más teologales, nos atraen hacia la Gloria del Padre; las

2627

cuatro últimas, como caminos hacia Él, ofrecen nuestra miseria a su

gracia. ―Abismo que llama al abismo‖ ( Sal 42, 8).

2804. El primer grupo de peticiones nos lleva hacia Él, para Él: ¡ tu

Nombre, tu Reino, tu Voluntad! Lo propio del amor es pensar

primeramente en Aquél que amamos. En cada una de estas tres

peticiones, nosotros no ―nos‖ nombramos, sino que lo que nos mueve

es ―el deseo ardiente‖, ―el ansia‖ del Hijo amado, por la Gloria de su

Padre, (cf. Lc 22, 14; 12, 50): ―Santificado sea [...] venga [...] hágase

[...]‖: estas tres súplicas ya han sido escuchadas en el Sacrificio de

Cristo Salvador, pero ahora están orientadas, en la esperanza, hacia su

cumplimiento final mientras Dios no sea todavía todo en todos (cf. 1

Co 15, 28).

2805. El segundo grupo de peticiones se desenvuelve en el

movimiento de ciertas epíclesis eucarísticas: son la ofrenda de nuestra

1105

esperanza y atrae la mirada del Padre de las misericordias. Brota de

nosotros y nos afecta ya ahora, en este mundo: ― danos [...] perdónanos

[...] no nos dejes [...] líbranos‖. La cuarta y la quinta petición se

refieren a nuestra vida como tal, sea para alimentarla, sea para sanarla

del pecado; las dos últimas se refieren a nuestro combate por la

victoria de la vida, el combate mismo de la oración.

2806. Mediante las tres primeras peticiones somos afirmados en la fe,

2656-2658

colmados de esperanza y abrasados por la caridad. Como criaturas y

pecadores todavía, debemos pedir para nosotros, un ―nosotros‖ que

abarca el mundo y la historia, que ofrecemos al amor sin medida de

nuestro Dios. Porque nuestro Padre cumple su plan de salvación para

nosotros y para el mundo entero por medio del Nombre de Cristo y del

Reino del Espíritu Santo.

2142-2159

I. «Santificado sea tu nombre»

2807. El término ―santificar‖ debe entenderse aquí, en primer lugar,

no en su sentido causativo (solo Dios santifica, hace santo) sino sobre

todo en un sentido estimativo: reconocer como santo, tratar de una

2097

manera santa. Así es como, en la adoración, esta invocación se

entiende a veces como una alabanza y una acción de gracias

(cf. Sal 111, 9; Lc 1, 49). Pero esta petición es enseñada por Jesús

como algo a desear profundamente y como proyecto en que Dios y el

hombre se comprometen. Desde la primera petición a nuestro Padre,

estamos sumergidos en el misterio íntimo de su Divinidad y en el

drama de la salvación de nuestra humanidad. Pedirle que su Nombre

sea santificado nos implica en ―el benévolo designio que Él se propuso

de antemano‖ ( Ef 1, 9) para que nosotros seamos ―santos e

inmaculados en su presencia, en el amor‖ ( Ef 1, 4).

203, 432

2808. En los momentos decisivos de su Economía, Dios revela su

Nombre, pero lo revela realizando su obra. Esta obra no se realiza para

nosotros y en nosotros más que si su Nombre es santificado por

nosotros y en nosotros.

2809. La santidad de Dios es el hogar inaccesible de su misterio

293

eterno. Lo que se manifiesta de Él en la creación y en la historia, la

Escritura lo llama Gloria, la irradiación de su Majestad (cf. Sal 8; Is 6,

3). Al crear al hombre ―a su imagen y semejanza‖ ( Gn 1, 26), Dios ―lo

705

corona de gloria‖ ( Sal 8, 6), pero al pecar, el hombre queda ―privado

de la Gloria de Dios‖ (

Rm 3, 23). A partir de entonces, Dios

manifestará su Santidad revelando y dando su Nombre, para restituir

al hombre ―a la imagen de su Creador‖ ( Col 3, 10).

2810. En la promesa hecha a Abraham y en el juramento que la

acompaña (cf. Hb 6, 13), Dios se compromete a sí mismo sin revelar

su Nombre. Empieza a revelarlo a Moisés (cf. Ex 3, 14) y lo

manifiesta a los ojos de todo el pueblo salvándolo de los egipcios: ―se

cubrió de Gloria‖ ( Ex 15, 1). Desde la Alianza del Sinaí, este pueblo

es ―suyo‖ y debe ser una ―nación santa‖ (

cf. Ex 19, 5-6) (o

―consagrada‖, que es la misma palabra en hebreo), porque e

l Nombre

63

de Dios habita en él.

2811. A pesar de la Ley santa que le da y le vuelve a dar el Dios

Santo (cf. Lv 19, 2: ―Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios soy

santo‖), y aunque el Señor ―tuvo respeto a su Nombre‖ y usó de

2143

paciencia, el pueblo se separó del Santo de Israel y ―profanó su

Nombre entre las naciones‖ (cf. Ez 20, 36). Por eso, los justos de la

Antigua Alianza, los pobres que regresaron del exilio y los profetas se

sintieron inflamados por la pasión por su Nombre.

2812. Finalmente, el Nombre de Dios Santo se nos ha revelado y

434

dado, en la carne, en Jesús, como Salvador (cf. Mt 1, 21; Lc 1, 31):

revelado por lo que Él es, por su Palabra y por su Sacrificio (cf. Jn 8,

28; 17, 8; 17, 17-19). Esto es el núcleo de su oración sacerdotal:

―Padre santo... por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos

también sean consagrados en la verdad‖ (

Jn 17, 19). Jesús nos

―manifiesta‖ el Nombre del Padre ( Jn 17, 6) porque ―santifica‖ Él

mismo su Nombre (cf. Ez 20, 39; 36, 20-21). Al terminar su Pascua, el

Padre le da el Nombre que está sobre todo nombre: Jesús es Señor

para gloria de Dios Padre (cf. Flp 2, 9-11).

2813. En el agua del bautismo, hemos sido ―lavados [...] santificados

[...] justificados en el Nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de

nuestro Dios‖ ( 1 Co 6, 11). A lo largo de nuestra vida, nuestro Padre

―nos llama a la santidad‖ (

1 Ts 4, 7) y como nos viene de Él que

2013

―estemos en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros [...]

santificación‖ ( 1 Co 1, 30), es cuestión de su Gloria y de nuestra vida

el que su Nombre sea santificado en nosotros y por nosotros. Tal es la

exigencia de nuestra primera petición.

«¿Quién podría santificar a Dios puesto que Él santifica? Inspirándonos

nosotros en estas palabras ―Sed santos porque yo soy santo‖ ( Lv 20, 26),

pedimos que, santificados por el bautismo, perseveremos en lo que hemos

comenzado a ser. Y lo pedimos todos los días porque faltamos

diariamente y debemos purificar nuestros pecados por una santificación

incesante [...] Recurrimos, por tanto, a la oración para que esta santidad

permanezca en nosotros» (San Cipriano de Cartago, De dominica

Oratione, 12).

2045

2814. Depende inseparablemente de nuestra vida y de nuestra

oración que su Nombre sea santificado entre las naciones:

«Pedimos a Dios santificar su Nombre porque Él salva y santifica a toda

la creación por medio de la santidad. [...] Se trata del Nombre que da la

salvación al mundo perdido, pero nosotros pedimos que este Nombre de

Dios sea santificado en nosotros por nuestra vida. Porque si nosotros

vivimos bien, el nombre divino es bendecido; pero si vivimos mal, es

blasfemado, según las palabras del apóstol: ―el nombre de Dios, por

vuestra causa, es blasfemado entre las naciones‖( Rm 2, 24; Ez 36, 20-22).

Por tanto, rogamos para merecer tener en nuestras almas tanta santidad

como santo es el nombre de nuestro Dios (San Pedro Crisólogo, Sermo

71, 4).

«Cuando decimos ―santificado sea tu Nombre‖, pedimos que sea

santificado en nosotros que estamos en él, pero también en los otros a los

que la gracia de Dios espera todavía para conformarnos al precepto que

nos obliga a orar por todos, incluso por nuestros enemigos. He ahí por

qué no decimos expresamente: Santificado sea tu Nombre ―en nosotros‖,

porque pedimos que lo sea en todos los hombres» (Tertuliano, De

oratione, 3, 4).

2750

2815. Esta petición, que contiene a todas, es escuchada gracias a

la oración de Cristo, como las otras seis que siguen. La oración del

Padre Nuestro es oración nuestra si se hace “en el Nombre” de Jesús

(cf. Jn 14, 13; 15, 16; 16, 24. 26). Jesús pide en su oración sacerdotal:

―Padre santo, cuida en tu Nombre a los que me has dado‖ ( Jn 17, 11).

II. Venga a nosotros tu Reino

2816. En el Nuevo Testamento, la palabra basileia se puede traducir

541

por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (de

reinar, nombre de acción). El Reino de Dios es para nosotros lo más

2632

importante. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de

todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El

56

Reino de Dios adviene en la Última Cena y por la Eucaristía está entre

1107

nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo

devuelva a su Padre:

«Incluso [...] puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona,

al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos

apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra

Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de

Dios porque en él reinaremos» (San Cipriano de Cartago, De dominica

Oratione, 13).

2817. Esta petición es el Marana Tha, el grito del Espíritu y de la

451, 2632

Esposa: ―Ven, Señor Jesús‖:

671

«Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el

advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición ,

dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de

los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ―¿Hasta

cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra

sangre a los habitantes de la tierra?‖ ( Ap 6, 10). En efecto, los mártires

deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la

venida de tu Reino!» (Tertuliano, De oratione, 5, 2-4).

2818. En la Oración del Señor, se trata principalmente de la venida

769

final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo (cf. Tt 2, 13).

Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más

bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es

obra del Espíritu del Señor ―a fin de santificar todas las cosas llevando

a plenitud su obra en el mundo‖ (cf. Plegaria eucarística IV,

118: Misal Romano).

2046

2819. ―El Reino de Dios [...] [es] justicia y paz y gozo en el Espíritu

Santo‖ ( Rm 14, 17). Los últimos tiempos en los que estamos son los

de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un

2516

combate decisivo entre ―la carne‖ y el Espíritu (cf. Ga 5, 16-25):

2519

«Solo un corazón puro puede decir con seguridad: ―¡Venga a nosotros tu

Reino!‖ Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: ―Que

el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal‖ ( Rm 6, 12). El que se

conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede

decir a Dios: ―¡Venga tu Reino!‖» (San Cirilo de Jerusalén, Catecheses

mystagogicae 5, 13).

2820. Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir

1049

entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la

promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción

no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no

suprime, sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y

los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la

justicia y a la paz (cf. GS 22; 32; 39; 45; EN 31).

2746

2821. Esta petición está sostenida y escuchada en la oración de Jesús

(cf. Jn 17, 17-20), presente y eficaz en la Eucaristía; su fruto es la vida

nueva según las Bienaventuranzas (cf. Mt 5, 13-16; 6, 24; 7, 12-13).

III. «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»

851

2822. La voluntad de nuestro Padre es ―que todos los hombres [...] se

salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad‖ (

1 Tm 2, 3-4). El

―usa de paciencia [...] no queriendo que algunos perezcan‖ (

2 P 3, 9;

2196

cf. Mt 18, 14). Su mandamiento que resume todos los demás y que nos

dice toda su voluntad es que ―nos amemos los unos a los otros como él

nos ha amado‖ ( Jn 13, 34; cf. 1 Jn 3; 4; Lc 10, 25-37).

59

2823. Él nos ha dado a ―conocer [...] el Misterio de su voluntad

según el benévolo designio que en Él se propuso de antemano [...]

hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza [...] a Él, por quien entramos

en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que

realiza todo conforme a la decisión de su Voluntad‖ ( Ef 1, 9-11).

Pedimos con insistencia que se realice plenamente este designio

benévolo en la tierra como ya ocurre en el cielo.

2824. En Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del

475

Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas. Jesús dijo al

entrar en el mundo: ―He aquí que yo vengo [...] oh Dios, a hacer tu

voluntad‖ (

Hb 10, 7; Sal 40, 8-9). Sólo Jesús puede decir: ―Yo hago

siempre lo que le agrada a Él‖ (

Jn 8, 29). En la oración de su agonía,

acoge totalmente esta Voluntad: ―No se haga mi voluntad sino la tuya‖

612

( Lc 22, 42; cf. Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38). He aquí por qué Jesús ―se

entregó a sí mismo por nuestros pecados [...] según la voluntad de

Dios‖ ( Ga 1, 4). ―Y en virtud de esta voluntad somos santificados,

merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de

Jesucristo‖ ( Hb 10, 10).

2825. Jesús, ―aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la

obediencia‖ ( Hb 5,8). ¡Con cuánta más razón la deberemos

experimentar nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser

hijos de adopción en Él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra

615

voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de

salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente

impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu

Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir

escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al

Padre (cf. Jn 8, 29):

«Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con Él, y así

cumplir su voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como en

el cielo» (Orígenes, De oratione, 26, 3).

«Considerad cómo [Jesucristo] nos enseña a ser humildes, haciéndonos

ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo sino de la

gracia de Dios. Él ordena a cada fiel que ora, que lo haga universalmente

por toda la tierra. Porque no dice ―Que tu voluntad se haga‖ en mí o en

vosotros ―sino en toda la tierra‖: para que el error sea desterrado de ella,

que la verdad reine en ella, que el vicio sea destruido en ella, que la virtud

vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo» (San

Juan Crisóstomo, In Matthaeum homilia 19, 5).

2826. Por la oración, podemos ―discernir cuál es la voluntad de

Dios‖ ( Rm 12, 2; Ef 5, 17) y obtener ―constancia para cumplirla‖

( Hb 10, 36). Jesús nos enseña que se entra en el Reino de los cielos, no

mediante palabras, sino ―haciendo la voluntad de mi Padre que está en

los cielos‖ ( Mt 7, 21).

2611

2827. ―Si alguno [...] cumple la voluntad [...] de Dios, a ése le

escucha‖ ( Jn 9, 31; cf. 1 Jn 5, 14). Tal es el poder de la oración de la

Iglesia en el Nombre de su Señor, sobre todo en la Eucaristía; es

comunión de intercesión con la Santísima Madre de Dios (cf. Lc 1, 38.

49) y con todos los santos que han sido ―agradables‖ al Señor por no

haber querido más que su Voluntad:

«Incluso podemos, sin herir la verdad, cambiar estas palabras: ―Hágase tu

voluntad en la tierra como en el cielo‖ por estas otras: en la Iglesia como

en nuestro Señor Jesucristo; en la Esposa que le ha sido desposada, como

796

en el Esposo que ha cumplido la voluntad del Padre» (San Agustín, De

sermone Domini in monte, 2, 6, 24).

IV. «Danos hoy nuestro pan de cada día»

2778

2828. “Danos” : es hermosa la confianza de los hijos que esperan

todo de su Padre. ―Hace salir su sol so

bre malos y buenos, y llover

sobre justos e injustos‖ ( Mt 5, 45) y da a todos los vivientes ―a su

tiempo su alimento‖ ( Sal 104, 27). Jesús nos enseña esta petición; con

ella se glorifica, en efecto, a nuestro Padre reconociendo hasta qué

punto es Bueno más allá de toda bondad.

2829. Además, ―danos‖ es la expresión de la Alianza: nosotros

somos de Él y Él de nosotros, para nosotros. Pero este ―nosotros‖ lo

reconoce también como Padre de todos los hombres, y nosotros le

pedimos por todos ellos, en solidaridad con sus necesidades y sus

1939

sufrimientos.

2830. ― Nuestro pan‖. El Padre que nos da la vida no puede dejar de

darnos el alimento necesario para ella, todos los bienes convenientes,

2633

materiales y espirituales. En el Sermón de la Montaña, Jesús insiste en

esta confianza filial que coopera con la Providencia de nuestro Padre

(cf. Mt 6, 25-34). No nos impone ninguna pasividad (cf. 2 Ts 3, 6-13)

sino que quiere librarnos de toda inquietud agobiante y de toda

preocupación. Así es el abandono filial de los hijos de Dios:

«A los que buscan el Reino y la justicia de Dios, Él les promete darles

todo por añadidura. Todo en efecto pertenece a Dios: al que posee a Dios,

nada le falta, si él mismo no falta a Dios» (San Cipriano de Cartago, De

227

dominica Oratione, 21).

2831. Pero la existencia de hombres que padecen hambre por falta de

pan revela otra hondura de esta petición. El drama del hambre en el

mundo llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad

efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como

en su solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración

del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cf.

Lc 16, 19-31) y del juicio final (cf. Mt 25, 31-46).

1038

2832. Como la levadura en la masa, la novedad del Reino debe

fermentar la tierra con el Espíritu de Cristo (cf. AA 5). Debe manifestarse por la instauración de la justicia en las relaciones

1928

personales y sociales, económicas e internacionales, sin olvidar jamás

que no hay estructura justa sin seres humanos que quieran ser justos.

2833. Se trata de ―nuestro‖ pan, ―uno‖ para ―muchos‖: La pobreza de

2790, 2546

las Bienaventuranzas entraña compartir los bienes: invita a comunicar

y compartir bienes materiales y espirituales, no por la fuerza sino por

amor, para que la abundancia de unos remedie las necesidades de otros

(cf. 2 Co 8, 1-15).

2834. ―Ora et labora‖ (Lema de tradición benedictina. Cf. San

Benito, Regla, 20). ―Orad como si todo dependiese de Dios y trabajad

como si todo dependiese de vosotros‖

(San Ignacio de Loyola).

2428

Después de realizado nuestro trabajo, el alimento continúa siendo don

de nuestro Padre; es bueno pedírselo, dándole gracias por él. Este es el

sentido de la bendición de la mesa en una familia cristiana.

2835. Esta petición y la responsabilidad que implica sirven además

para otra clase de hambre de la que desfallecen los hombres: ―No sólo

de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de

la boca de Dios‖ ( Mt 4, 4, cf. Dt 8, 3), es decir, de su Palabra y de su

Espíritu. Los cristianos deben movilizar todos sus esfuerzos para

2443

―anunciar el Evangelio a los pobres‖. Hay hambre sobre la tierra, ―mas

no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios‖

( Am 8, 11). Por eso, el sentido específicamente cristiano de esta cuarta

petición se refiere al Pan de Vida: la Palabra de Dios que se tiene que

1384

acoger en la fe, el Cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía (cf. Jn 6,

26-58).

1165

2836. “Hoy” es también una expresión de confianza. El Señor nos lo

enseña (cf. Mt 6, 34; Ex 16, 19); no hubiéramos podido inventarlo.

Como se trata sobre todo de su Palabra y del Cuerpo de su Hijo, este

―hoy‖ no es solamente el de nuestro tiempo mortal: es el Hoy de Dios:

«Si recibes el pan cada día, cada día para ti es hoy. Si Jesucristo es para ti

hoy, todos los días resucita para ti. ¿Cómo es eso? ―Tú eres mi Hijo; yo te

he engendrado hoy‖ ( Sal 2,7). Hoy, es decir, cuando Cristo resucita» (San

Ambrosio, De sacramentis, 5, 26).

2659

2837. “De cada día” . La palabra griega, epiousion, no tiene otro

sentido en el Nuevo Testamento. Tomada en un sentido temporal, es

una repetición pedagógica de ―hoy‖ (cf. Ex 16, 19-21) para

confirmarnos en una confianza ―sin reserva‖. Tomada en un sentido

cualitativo, significa lo necesario a la vida, y más ampliamente

2633

cualquier bien suficiente para la subsistencia (cf. 1 Tm 6, 8). Tomada

al pie de la letra ( epiousion: ―lo más esencial‖), designa directamente

el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, ―remedio de inmortalidad‖ (San

1405

Ignacio de Antioquía, Epistula ad Ephesios, 20, 2) sin el cual no

tenemos la Vida en nosotros (cf. Jn 6, 53-56) Finalmente, ligado a lo

que precede, el sentido celestial es claro: este ―día‖ es el del Señor, el

1166

del Festín del Reino, anticipado en la Eucaristía, en que pregustamos

el Reino venidero. Por eso conviene que la liturgia eucarística se

celebre ―cada día‖.

1389

«La Eucaristía es nuestro pan cotidiano [...] La virtud propia de este

divino alimento es una fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y

hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos

[...] Este pan cotidiano se encuentra, además, en las lecturas que oís cada

día en la Iglesia, en los himnos que se cantan y que vosotros cantáis.

Todo eso es necesario en nuestra peregrinación» (San Agustín, Sermo 57,

7, 7).

El Padre del cielo nos exhorta a pedir como hijos del cielo el Pan del

cielo (cf. Jn 6, 51). Cristo ―mismo es el pan que, sembrado en la Virgen,

florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del

sepulcro, reservado en la iglesia, llevado a los altares, suministra cada día

a los fieles un alimento celestial‖ (San Pedro Crisólogo, Sermo 67, 7)

V. «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden»

2838. Esta petición es sorprendente. Si sólo comprendiera la primera

1425

parte de la frase, (―perdona nuestras ofensas‖)

podría estar incluida,

implícitamente, en las tres primeras peticiones de la Oración del

Señor, ya que el Sacrificio de Cristo es ―para la remisión de los

1933

pecados‖. Pero, según el segundo miembro de la frase, nuestra

petición no será escuchada si no hemos respondido antes a una

2631

exigencia. Nuestra petición se dirige al futuro, nuestra respuesta debe

haberla precedido; una palabra las une: ―como‖.

«PERDONA NUESTRAS OFENSAS»...

2839. Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro

Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido

1425

que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la

vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios.

Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a Él, como el hijo

1439

pródigo (cf. Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante Él como

el publicano (cf. Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una

―confesión‖ en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y

su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo,

―tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados‖ ( Col 1,

14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos

1422

en los sacramentos de su Iglesia (cf. Mt 26, 28; Jn 20, 23).

2840. Ahora bien, lo temible es que este desbordamiento de

misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no

hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor, como el

Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no

vemos, si no amamos al hermano, a la hermana a quien vemos (cf. 1

Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el

1864

corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor

misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el

corazón se abre a su gracia.

2841. Esta petición es tan importante que es la única sobre la cual el

Señor vuelve y explicita en el Sermón de la Montaña (cf. Mt 6, 14-15;

5, 23-24; Mc 11, 25). Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza

es imposible para el hombre. Pero ―todo es posible para Dios‖ ( Mt 19,

26).

... «COMO TAMBIÉN NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN»

2842. Este ―como‖ no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed

perfectos ―como‖ es perfecto vuestro Padre celestial» (

Mt 5, 48); «Sed

misericordiosos, ―como‖ vuestro Padre es misericordioso» ( Lc 6, 36);

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros.

Que ―como‖ yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a

los otros» ( Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es

imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de

una participación, vital y nacida ―del fondo del corazón‖, en la

521

santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el

Espíritu que es ―nuestra Vida‖ ( Ga 5, 25) puede hacer nuestros los

mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf. Flp 2, 1. 5). Así, la

unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente

―como‖ nos perdonó Dios en Cristo» (

Ef 4, 32).

2843. Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este

Amor que ama hasta el extremo del amor (cf. Jn 13, 1). La parábola

del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la

comunión eclesial (cf. Mt 18, 23-35), acaba con esta frase: ―Esto

mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno

de corazón a vuestro hermano‖. Allí es, en efecto, en el fondo ―del

corazón‖ donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no

368

sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al

Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria

transformando la ofensa en intercesión.

2844. La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos

2262

(cf. Mt 5, 43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su

Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la

oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la

compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro

mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de

hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición

fundamental de la reconciliación (cf. 2 Co 5, 18-21) de los hijos de

Dios con su Padre y de los hombres entre sí (cf. Juan Pablo II, Cart.

enc. DM 14).

1441

2845. No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino

(cf. Mt 18, 21-22; Lc 17, 3-4). Si se trata de ofensas (de ―pecados‖

según Lc 11, 4, o de ―deudas‖ según Mt 6, 12), de hecho nosotros

somos siempre deudores: ―Con nadie tengáis otra deuda que la del

mutuo amor‖ ( Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la

fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf. 1 Jn 3, 19-24). Se

vive en la oración y sobre todo en la Eucaristía (cf. Mt 5, 23-24):

«Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide

del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser

pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es

nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu

Santo de todo el pueblo fiel» (San Cipriano de Cartago, De dominica

Oratione, 23).

VI. «No nos dejes caer en la tentación»

2846. Esta petición llega a la raíz de la anterior, porque nuestros

pecados son los frutos del consentimiento a la tentación. Pedimos a

164

nuestro Padre que no nos ―deje caer‖ en ella. Traducir en una sola

palabra el texto griego es difícil: significa ―no permitas entrar en‖ (

cf.

Mt 26,41), ―no nos dejes sucumbir a la tentación‖. ―Dios ni es tentado

por el mal ni tienta a nadie‖ ( St 1,13), al contrario, quiere librarnos del

mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al

2516

pecado, pues estamos empeñados en el combate ―entre la carne y el

Espíritu‖. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de

fuerza.

2847. El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria

para el crecimiento del hombre interior (cf. Lc 8, 13-15; Hch 14, 22; 2

Tm 3, 12) en orden a una ―virtud probada‖ ( Rm 5, 3-5), y la tentación

que conduce al pecado y a la muerte (cf. St 1, 14-15). También

2284

debemos distinguir entre ―ser tentado‖ y ―consentir‖ en la tentación.

Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación:

aparentemente su objeto es ―bueno, seductor a la vista, deseable‖

( Gn 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.

«Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres [...] En algo la

tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra

alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo

manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos

nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la

tentación nos ha manifestado» (Orígenes, De oratione, 29, 15 y

17).

2848. ―No entrar en la tentación‖ implica una decisión del corazón:

―Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón [...] Nadie

puede servir a dos señores‖ ( Mt 6,21-24). ―Si vivimos según el

Espíritu, obremos también según el Espíritu‖ ( Ga 5, 25). El Padre nos

da la fuerza para este ―dejarnos conducir‖ por el Espíritu Santo. ―No

1808

habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios

que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien,

con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito‖ ( 1 Co 10,

13).

2849. Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la

oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador,

desde el principio (cf. Mt 4,11) y en el último combate de su agonía

(cf. Mt 26, 36-44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a

su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con

540, 612

insistencia en comunión con la suya (cf. Mc 13, 9. 23. 33-37; 14,

38; Lc 12, 35-40). La vigilancia es ―guarda del corazón‖, y Jesús pide

2612

al Padre que ―nos guarde en su Nombre‖ ( Jn 17, 11). El Espíritu Santo

trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia (cf. 1 Co 16,

13; Col 4, 2; 1 Ts 5, 6; 1 P 5, 8). Esta petición adquiere todo su sentido

dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra;

pide la perseverancia final. ―Mira que vengo como ladrón. Dichoso el

162

que esté en vela‖ (

Ap 16, 15).

VII. «Y líbranos del mal»

2850. La última petición a nuestro Padre está también contenida en la

oración de Jesús: ―No te pido que los retires del mundo, sino que los

guardes del Maligno‖ ( Jn 17, 15). Esta petición concierne a cada uno

individualmente, pero siempre quien ora es el ―nosotros‖, en

comunión con toda la Iglesia y para la salvación de toda la familia

humana. La Oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones

de la Economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama

309

del pecado y de la muerte se vuelve solidaridad en el Cuerpo de

Cristo, en ―comunión con los santos‖ (cf. RP 16).

2851. En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa

una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El

391

―diablo‖ ( diá-bolos) es aquél que ―se atraviesa‖ en el designio de Dios

y su obra de salvación cumplida en Cristo.

2852. ―Homicida [...] desde el principio [...] mentiroso y padre de la

mentira‖ ( Jn 8, 44), ―Satanás, el seductor del mundo entero‖ ( Ap 12,

9), es aquél por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el

mundo y, por cuya definitiva derrota toda la creación entera será

―liberada del pecado y de la muerte‖ ( Plegaria Eucarística IV, 123:

Misal Romano). ―Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca,

sino que el Engendrado de Dios le guarda y el Maligno no llega a

tocarle. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en

poder del Maligno‖ ( 1 Jn 5, 18-19):

«El Señor que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas

también os protege y os guarda contra las astucias del Diablo que os

combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la

falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al demonio. ―Si

Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?‖ ( Rm 8, 31)» (San

Ambrosio, De sacramentis, 5, 30).

677

2853. La victoria sobre el ―príncipe de este mundo‖ ( Jn 14, 30) se

adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó

libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este

mundo, y el príncipe de este mundo está ―echado abajo‖ ( Jn 12, 31;

Ap 12, 11). ―Él se lanza en persecución de la Mujer‖ (cf. Ap 12, 13-

16), pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, ―llena de gracia‖ del

490

Espíritu Santo es preservada del pecado y de la corrupción de la

muerte (Concepción inmaculada y Asunción de la santísima Madre de

Dios, María, siempre virgen). ―Entonces despechado contra la Mujer,

972

se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos‖ (

Ap 12, 17). Por eso, el

Espíritu y la Iglesia oran: ―Ven, Señor Jesús‖ ( Ap 22, 17. 20) ya que

su Venida nos librará del Maligno.

2854. Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser

liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él

es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al

Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los

males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz

y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo. Orando

así, anticipa en la humildad de la fe la recapitulación de todos y de 2632-2634

todo en Aquél que ―tiene las llaves de la Muerte y del Hades‖

( Ap 1,18), ―el Dueño de todo, Aquel que es, que era y que ha de venir‖

( Ap 1,8; cf. Ap 1, 4):

«Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros

días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de

pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa

venida de nuestro Salvador Jesucristo» ( Rito de la Comunión, Embolismo,

1041

Misal Romano).

LA DOXOLOGÍA FINAL

2855. La doxología final ―Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria

2760

por siempre Señor‖ vuelve a tomar, implícitamente, las tres primeras

peticiones del Padrenuestro: la glorificación de su Nombre, la venida

de su Reino y el poder de su Voluntad salvífica. Pero esta repetición se

hace en forma de adoración y de acción de gracias, como en la

Liturgia celestial (cf. Ap 1, 6; 4, 11; 5, 13). El príncipe de este mundo

se había atribuido con mentira estos tres títulos de realeza, poder y

gloria (cf. Lc 4, 5-6). Cristo, el Señor, los restituye a su Padre y

nuestro Padre, hasta que le entregue el Reino, cuando sea consumado

definitivamente el Misterio de la salvación y Dios sea todo en todos

(cf. 1 Co 15, 24-28).

1061-1065

2856. «Después, terminada la oración, dices: Amén, refrendando por

medio de este Amén, que significa ―Así sea‖ (cf. Lc 1, 38), lo que

contiene la oración que Dios nos enseñó» (San Cirilo de Jerusalén,

Catecheses mystagogicae, 5, 18).

Resumen

2857. En el Padre Nuestro, las tres primeras peticiones tienen por

objeto la Gloria del Padre: la santificación del nombre, la venida del

reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro

presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a

nuestra vida para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren

a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal.

2858. Al pedir: “Santificado sea tu Nombre” entramos en el plan de

Dios, la santificación de su Nombre –revelado a Moisés, después en

Jesús– por nosotros y en nosotros, lo mismo que en toda nación y en

cada hombre.

2859. En la segunda petición, la Iglesia tiene principalmente a la

vista el retorno de Cristo y la venida final del Reino de Dios. También

ora por el crecimiento del Reino de Dios en el “hoy” de nuestras

vidas.

2860. En la tercera petición, rogamos al Padre que una nuestra

voluntad a la de su Hijo para realizar su Plan de salvación en la vida

del mundo.

2861. En la cuarta petición, al decir “danos”, expresamos, en

comunión con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro

Padre del cielo. “Nuestro pan” designa el alimento terrenal necesario

para la subsistencia de todos y significa también el Pan de Vida:

Palabra de Dios y Cuerpo de Cristo. Se recibe en el “hoy” de Dios,

como el alimento indispensable, lo más esencial del Festín del Reino

que anticipa la Eucaristía.

2862. La quinta petición implora para nuestras ofensas la

misericordia de Dios, la cual no puede penetrar en nuestro corazón si

no hemos sabido perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la

ayuda de Cristo.

2863. Al decir: “No nos dejes caer en la tentación”, pedimos a Dios

que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta

petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la

gracia de la vigilancia y la perseverancia final.

2864. En la última petición, “y líbranos del mal”, el cristiano pide a

Dios, con la Iglesia, que manifieste la victoria, ya conquistada por

Cristo, sobre el “príncipe de este mundo”, sobre Satanás, el ángel que

se opone personalmente a Dios y a su plan de salvación.

2865. Con el “Amén” final expresamos nuestro “fiat” respecto a las

siete peticiones: “Así sea”.

SIGLAS

DE LOS DOCUMENTOS DEL MAGISTERIO

AA

Decr. Apostolicam actuositatem, Concilio Vaticano II.

AG

Decr. Ad gentes, Concilio Vaticano II.

CA

Cart. enc. Centesimus annus, Juan Pablo II.

CCEO

Código de Cánones de las Iglesias Orientales

CD

Decr. Christus Dominus, Concilio Vaticano II.

CIC

Código de Derecho Canónico (Codex Iuris Canonici)

CL

Exhort. ap. Christifideles laici, Juan Pablo II.

CT

Exhort. ap. Catechesi tradendae, Juan Pablo II.

DCG

Directorium Catechisticum Generale, Congregación para el

Clero.

DH

Decl. Dignitatis humanae, Concilio Vaticano II.

DM

Cart. enc. Dives in misericordia, Juan Pablo II.

DS

H. Denzinger-A. Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum

defnitionum et declarationum de rebus fidei et morum.

DeV

Cart. enc. Dominum et vivificantem, Juan Pablo II.

DV

Const. Dogm. Dei Verbum, Concilio Vaticano II.

EN

Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, Pablo VI.

EV

Cart. enc. Evangelium vitae, Juan Pablo II.

FC

Exhort. ap. Familiaris consortio, Juan Pablo II.

GE

Decl. Gravissimum educationis, Concilio Vaticano II.

GS

Const. past. Gaudium et spes, Concilio Vaticano II.

HV

Cart. enc. Humanae vitae, Pablo VI.

IM

Decr. Inter Mirifica, Concilio Vaticano II.

LE

Cart. enc. Laborem exercens, Juan Pablo II.

LG

Const. Dogm. Lumen Gentium, Concilio Vaticano II.

MC

Exhort. ap. Marialis cultus, Pablo VI.

MD

Cart. ap. Mulieris dignitatem, Juan Pablo II.

MM

Cart. enc. Mater et Magistra, Juan XXIII.

NA

Decl. Nostra aetate, Concilio Vaticano II.

OE

Decr. Orientalium Ecclesiarum, Concilio Vaticano II.

OT

Decr. Optatam totius, Concilio Vaticano II.

PC

Decr. Perfectae caritatis, Concilio Vaticano II.

PO

Decr. Presbyterorum ordinis, Concilio Vaticano II.

PP

Cart. enc. Populorum progressio, Pablo VI.

PT

Cart. enc. Pacem in terris, Juan XXIII.

RH

Cart. enc. Redemptor hominis, Juan Pablo II.

RM

Cart. enc. Redemptoris missio, Juan Pablo II.

RP

Exhort. ap. Reconciliatio et paenitentia, Juan Pablo II.

SC

Const. Dogm. Sacrosanctum Concilium, Concilio Vaticano II.

SRS

Cart. enc. Sollicitudo rei socialis, Juan Pablo II.

UR

Decr. Unitatis redintegratio, Concilio Vaticano II.

Edición electrónica del

Catecismo de la Iglesia Católica

conforme a la edición típica latina de 1997

en formatos PDF, EPUB y MOBI

Textos tomados de

www.vatican.va

© Copyright – Libreria Editrice Vaticana

Versión: 11 de octubre de 2017

XXV aniversario de la publicación del Catecismo

Edición gratuita

Prohibida su venta

P. Alfredo de la Cruz y de María

catecismoalfredodelacruz@gmail.com

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  • ÍNDICE ANALÍTICO
  • Documentos de promulgación y prólogo
  • LA PROFESIÓN DE LA FE
    • El hombre es capaz de Dios
    • La Revelación de Dios
    • La transmisión de la Revelación
    • La Sagrada Escritura
    • Creo
    • Creemos
    • El Credo
  • EL CREDO
    • El Padre
    • El Hijo
    • El Espíritu Santo
    • La Iglesia
    • La comunión de los santos
    • María, Madre de Cristo y de la Iglesia
    • El perdón de los pecados
    • La resurrección de la carne
    • La vida eterna
  • LA CELEBRACIÓN DEL MISTERIO CRISTIANO
    • La liturgia, obra de la Stma. Trinidad
    • El misterio pascual en los saramentos
    • La celebración sacramental del misterio pascual
  • LOS SIETE SACRAMENTOS
    • Bautismo
    • Confirmación
    • Eucaristía
    • Penitencia y Reconciliación
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    • Matrimonio
    • Otras celebraciones litúrgicas
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    • El primer mandamiento
    • El segundo mandamiento
    • El tercer mandamiento
    • El cuarto mandamiento
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